Alacrán Azul, año 1, n. 1, 1970 · Archivo Rialta /

Alacrán Azul, año 1, n. 1, 1970

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ALACRAN
AZUL
AÑO 1 • No. 1 • 1970
PORTADA DE MIJARES
ALACRAN
AZUL
AÑO 1 • No. 1 • 1970
ALACRAN
AZUL

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ALACRAN AZUL
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TITULOS DE PROXIMA ARRICION
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EDICIONES UNIVERSAL
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Oscar A. Echevarría Salvat ... Democracia y Bienestar ... $2.95
García Montes y Alonso Avila ... Historia del Partido Comunista Cubano ... $7.50
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Ana Rosa Núñez ... Viaje al Casabe ... $1.50
TITULOS DE PROXIMA APARICION
Martha de Castro ... El Arte en Cuba
Andrés Valdespino ... Significación de Jorge Mañach y su generación en las letras cubanas
Julio Hernández-Miyares ... Antología del cuento cubano
COLECCION ALACRAN AZUL
José Antonio Arcocha ... El esplendor de la entrada (relatos)
José Antonio Arcocha ... Los Límites del silencio (poesía)
Fernando Palenzuela ... Amuletos del Sueño (poesía)

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EXORDIO 5
VISLUMBRACION DE LYDIA CABRERA 6
José Antonio Arcocha
EL VUELO DE JICOTEA 8
Lydia Cabrera
UNA ENTREVISTA CON CABRERA INFANTE 12
Kjell A. Johansson
META-FINAL 18
Guillermo Cabrera Infante
CALVERT CASEY IN MEMORIAM 23
Fernando Palenzuela – Natalio Galán – Alberto Baeza Flores – Ana Rosa Núñez – Wifredo Fernández
BLACAMAN EL BUENO, VENDEDOR DE MILAGROS 34
Gabriel García Márquez
POEMAS 40
Ben-Ami Fihman, Fernando Palenzuela, José Antonio Arcocha, Jeddu Mascoretto
OBSESIVOS DIAS CIRCULARES 47
Gustavo Saínz
BARROCO TERMINA CON B 54
Natalio Galán
ELEMENTOS DE LA COMPOSICIÓN 60
Juan Ventura Aguqiez
ACTITUDES NO VERBALES 65
Constantino Manuel Torres
EL MUNDO ALUCINANTE DE REYNALDO ARENAS 69
José Antonio Arcocha
EL POETA MIJARES 70
J.A.A. y F.P.
CRONOLOGIA DE UN DERRUMBRE: CORTAZAR Y FUENTES 74
Claudio B. Charosky
DIBUJOS DE MIJARES, RIVERON, CORDOBA Y SORIANO
SUMARIO

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Editor: JUAN MANUEL SALVAT
Directores: JOSE ANTONIO ARCOCHA
FERNANDO PALENZUELA
Director Artístico: JOSE MARIA MIJARES
Editor:
Directores:
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JUAN MANUEL SALVAT
JOSE ANTONIO ARCOCHA
FERNANDO PALENZUELA
JOSE MARIA MIJARES

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Toda aparición de una revista literaria implica un optimismo feroz por parte de aquellos que la publican. Alacrán Azul se adhiere con firmeza a esa tradición centenaria. Proclamamos nuestro optimismo en un gran alarido poético sobre las realidades del mundo. Muy por encima de las guerras y los cataclismos, de los azarosos destierrros y los campos de concentración —ya innumerables— debemos continuar publicando palabras que, aparentemente, nada tienen que ver con estas tenebrosidades de nuestro planeta. Aparentemente, decimos, porque un lector avisado siempre podrá vislumbrar de qué lado se inclina la aguja imantada de nuestro espíritu. Los que asumimos la responsabilidad de editar esta revista hacemos causa común con dos simples verdades: la libertad y la poesía. Este doble fulgor no será borrado por nada visible, mientras el mismo sea el que configure el ámbito de los pequeños pasos del hombre sobre la tierra. Alacrán Azul pretende ser un testimonio implacable de esas huellas.
XORDIO PARA UN ALACRAN AZUL
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Mi primer encuentro con Lydia Cabrera tuvo lugar en el lobby de un hotel neoyorkino, mientras las nieves de Enero azotaban las calles. Venía de París, donde había sido invitada de honor a un congreso de antropólogos celebrado en esa ciudad. Iba rumbo a Miami; habita allí desde el año 1960 en que salió de Cuba. Yo había comenzado a leer en esos días su libro "El Monte". Desde la primera página fuí transportado a un mundo de una intensidad poética como pocas veces me ha sido deparado vislumbrar. Aquella mujer, cuyo amor por Cuba era profundo como una frase de Heráclito, había preferido abandonar la isla y los altos cargos que seguramente le hubieran sido ofrecidos, para continuar sus trabajos en la incertidumbre total que representa el exilio. Esa decisión la revestía de un fulgor estelar a mis ojos. Esa noche habló de muchas cosas: se admiró de que alguien pudiera vivir en New York mucho tiempo sin acabar en un manicomio; hizo el elogio de Miami "una ciudad humana donde abundan las hierbas"; contó anécdotas de París y de los viejos amigos que había visto por primera vez después de 30 años; finalizó invitándome a visitarla si alguna vez iba por la Florida. Esa invitación fue profética: una serie de acontecimientos fortuitos hicieron posible que yo pasara recientemente una semana en Miami.
Miami, el South West de Miami, constituye la realidad especular de La Habana de los años 50. Para aquel que ha mordido la barra electrizada del destierro en las desoladas nieves del Norte, entre edificios de cincuenta pisos y los intrincados laberintos del subway, el momento en que el avión comienza su descenso algodonal en los antiguos predios de Hernando de Soto y Cabeza de Vaca es de una felicidad que bordea en el éxtasis. En este paraiso secreto los cubanos se han afirmado en sus raíces profundas al duplicar con la minuciosa obsesión de Pierre Menard las superficies fulgurantes que poblaban La Habana.
Es necesario a estas alturas hablar de la magia: al otro día de mi llegada, fuí a almorzar con Fernando Palenzuela, figura fantasmal y eminencia gris de todas estas peripecias, a uno de esos pequeños restaurants que traen a mi memoria los gritos chinos en las fondas misteriosas de la calle Conlado. Conversábamos sobre la mejor manera de llegar a casa de Lydia, cuando sentí una mano que se apoyaba en mi hombre y una voz que muró, incrédula:
—¿Arcocha?
Era Lydia. Continuó diciendo:
—Ahora mismo le decía a María Teresa: como se parece ese señor a Arcocha. Pero yo le hacía a Ud. en Nueva York.
Yo me situé en seguida en su mundo de coincidencias y de piedras rociadas con la sangre del gallo.
—Esto es increíble. En este mismo momento hablábamos de Ud. Una de las razones de mi viaje es hacerle una entrevista y le estaba preguntando a Fernando la forma de conseguir una grabadora. Pensaba telefonearle en cuanto acabara de comer.
—No se preocupe de la grabadora. No le interrumpo más en su almuerzo. Mañana por la tarde lo espero en casa. No le prometo una poición mágica sino una taza de café.
Se fue tan misteriosamente como había llegado.
Esa tarde la pasamos en una búsqueda desesperada de la grabadora. al otro día llovió con ansias de diluvio. Como es de esperarse cuando de poetas se trata, nos perdimos por el camino. Fue con bastante retrazo y totalmente empapados que vinimos a tocar a su puerta. La mirada de Lydia se dirigió, apenas traspasamos el umbral, hacia la grabadora.
—Me da tanta pena que hayan traído ese aparato. Yo creo que lo mejor es que conversemos sin preocuparnos de él. Con la grabadora ando siempre hay cierta tendencia a lo solemne y a lo pedantesco. Hablemos y Ud. después haga un artículo con lo que se acuerde nuestra conversación. O si prefiere no escriba nada. Eso no es lo importante.
Lo que sigue, pues, no es una transcripción de todo lo hablado en esa tarde lluvia, sino lo que pudieron rescatar los arpones de la memoria.
—Yo comencé a intermararme en las cosas negras de Cuba en París. Nadie puede ver lo que lo circunda sino es poñiendo mucho mar por el medio. Por aquella época yo estudiaba los mitos y las leyendas del Oriente. En medio de todas aquellas narraciones altamente poéticas, creí vislumbrar una semejanza con los viejos cuentos que mi

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ama de crianza negra me contaba en los dias de mi niñez. Tuve algo así como una revelación de la belleza del mundo que yo había abandonado por las nieblas francesas. Decidí volver a Cuba. No crean que fácil penetrar en el mundo del negro. Su desconfianza ante el blanco que le interroga es ancestral y profunda; y mucho más sobre estas cuestiones. Intuíque no era necesario ir a leer los viejos libros de magia en las bibliotecas europeas cuando la verdadera magia, la que se vive, estaba al alcance de nuestras manos y en los patios de nuestras casas. Ud. me preguntó hace un rato si yo alguna vez había utilizado una grabadora en mis conversaciones con los negros. Que va, mi hijo, eso fue un trabajo a punta de lápiz. El negro vive en universo mágico y la idea de que yo les pudiera robar la voz hubiera sido suficiente para que hubiesen rehusado hablarme. Todo este trabajo fue hecho en las condiciones más primitivas. Todos mis libros fueron publicados con dinero de mis propios bolsillos. A los intelectuales cubanos les interesaba más la última novela publicada en New York o París que bucear en las raíces de su propio destino. Es sólo ahora que hemos comenzado la indagación de nosotros mismos. Esa pesquisa tiene que desembocar necesariamente en el negro. A pesar de que éste constituye sólo el 30 por ciento de la población cubana, su modo de pensar o, mejor, de ser ha influido grandemente en todas las capas sociales. ¿Quién no le ha rezado alguna vez en su vida a Santa Bárbara? ¿Quién no ha visto tirar los caracoles? Yo he pensado hacer algún día un libro repleto de anecdotas sobre las creencias de las más altas figuras de la República. En este momento creo recordar que fuimos interrupidos por el aroma del café que comenzaba a inundar la pequeña sala donde conversábamos. Aproveché para sacar una hoja de papel donde, una hora antes, había garabateado unas preguntas.
—¿Qué importancia tuvo Fernando Ortiz en su obra?
—Los libros de Fernando Ortiz me ayudaron mucho al inicio de mis investigaciones. El estaba más interesado en las organizaciones sociales, por decirlo así, de los negros que en los mitos propiamente hablando. Su ámbito era el científico. Yo perseguía la fuente recóndita de donde brotaba la poesía que parecía permear toda narración y todo mito negro. Mis libros hay que leerlos en el compás del espíritu abierto a la poesía.
Entre sorbo y sorbo le preguntamos el motivo de su estancia en Miami durante tantos años.
—Le voy a confiar un secreto. El centro de la magia lucumí se ha trasladado a Miami. Los grandes adeptos han abandonado la Isla. Aquí he podido continuar mis investigaciones. Tengo cuatro libros inéditos. También hay razones de índole económica, pero en esas tristes realidades mejor no demorarse.
Aquí, de una manera brusca y arbitraria, se detiene mi artículo. Mucho más, y mejor, se pudiera escribir sobre Lydia Cabrera. Estas líneas no quieren ser sino un testimonio de mi admiración hacia ella; una manera de agradecerle las horas que he pasado en el círculo mágico de su presencia.

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EL VUELO DE
LYDIA CABRERA
Jicotea quería volar. En una esterilla de sol, miraba al cielo desde el patio oloroso a hierbabuena y albahaca, mientras su moana torombola refunfuñaba y barría más que escoba nueva de palmiche, sacudía sus muleles y, a grandes chorros de plata, baldeaba el suelo. Era su orgullo que la vecina, una negra tajalana, piojosa y moñuda como caraira, oyera la charracacharra de su furibundo trajineo mañana acompañado con algún canto de pulla:
¡Ay sí! Por la mañana jaraganzú, por la noche jaré, jaré.
Cielo claro de enero de suavidad extrema: Jicotea ascendía y se perdía en las alturas navegando inmensos lagos tranquilos. Sin cuerpo, sin mal, todo en sus ojos desprén-dido, Jicotea cruzaba transparencias, alto, hondo, lejos, en un gran vuelo dormido e infinito. Pero la moana revencuda e infatigable, de una pedrada de su voz abatía a Jicotea, y ésta acordaba en la tierra, pesante y sin alas.
¡Pronto, levántate! Traeme cebolla, ajo, perejil; manteca de chicarrón y harina de maíz.
De vez en cuando se comentaban el pueblo las fiestas que las aves celebraban el cielo.
Ngomune y Mayimbe eran siempre las primeras en llegar de un solo vuelo. Chechengula se veía obligado a hacer altos en las nubes; Gondubiola se detenía y desalteraba en las siembras de estrellas blancas antes de llegar al último cielo; y las punitas de las estrellas se llenaban de pájaros que beían la trémula gota de luz que vierten incesantemente sus corazones.
De estos viajes se había traído el Azulito un lucero en el pecho; Chegüie, el Zun-Zun, el resplandor incesante de sus alas.
Están cantando los pájaros y las estrellas, decía entonces el portero, San Pedro-Sarabanda, asomándose el postigo. Tendremos fiesta.
JICOTEA

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menester que el Santo Portero pusiese una escoba detrás de la puerta y recitara tres veces con su lengua torpe:
"Una cucaracha muerta
anda por aquí volando.
Visita, véteme ando
que quiero cerrar mi puerta".
Descendía Mayimbe, las alas quietas, a dulce modorra abandonada.
—Comadre, díjole de pronto al oído Jicotea, eres hedionda.
Despertó Mayimbe sobresaltada.
—Comadre, de Viento Norte y de Viento Sur me viene una pestecita... ¡Fufi!
—¿Eso lo dices por mí?
—De Este y Oeste me viene otra pestecita... ¡Fufi!
Un silencio.
—Comadre: muy mal te huele la cabeza!
—Jicotea ten cuenta que la tierra está muy lejos...
—Comadre, tu boca hiede a cadáver. Tu aliento empesta los cielos.
—Jicotea!, dijo Mayimbe que enrabió al escuchar tales verdades e insolencias. —Esas palabras... vivo no las repetiantes bien pulida, se quebró en pedazos.
Se le acercó una hormiga oficiosa, sabia en curandería.
—Ay! lloví del Cielo porque la Tiñosa hiede, explicó Jicotea. Cúrame y en lindos luises de oro te pagaré.
—Prefiero escudos. Para la contusión: sanguijuelas, cataplasmas emolientes, balsamo de Samsuquino... dijose en alta voz la Hormiga recetando, afilando y silbando las eses; y tentándole todo el cuerpo con sus seis manos mínimas y expertas, le sanó las heridas.
Cuando Jicotea, libre de ungüentos e hilas, se palpó los hombros y los costados:
—Qué son estos bultos duros que toco?
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Estas eran muy del agrado de Sambi y su familia. Contento el Padre Eterno, abría de par en par su Cielo a estos hijos suyos que venían del cielo de la tierra. Pronto se formaba una gran Mumboma, con Mula, Cachimbo y Uákara.
El pájaro Kreketé tenía la tristeza enconada de saberse feo. Un día, en una fuente, acompañado de Gonogono, vio su cara repugnante reflejarse en el agua.
—¡Qué horrible pajarraco se asoma ahí dentro! ¡Me asusta!
—Eres tú mismo, le dijo Gonogono.
Ahora, para ir a la fiesta del Cielo, andaba buscando alguien bien parecido que le prestara su cabeza porque le daba vergüenza presentarse ante Sambi con su cara repulsiva, o malquistarse con él al recordarle que también era obra suya y no le hacía favor. Esto fue lo que oyó decir Jicotea.
—Kreketé pide emprestada una cabeza para ir a la fiesta del Cielo. Hace ocho días que la busca y no encuentra ninguna disponible. Mañana tendrá que ir con la propia...
Hablaba Temboakala y contestaba Nchókala.
—Más vale andar toda la vida sin cabeza que una sola noche con la cabeza de Kreketé.
Y con esto, Jicotea, habiendo concebido fuertemente el deseo de ir al cielo con los pájeros, subió a un cerro que encercaban los vuelos cada vez más ceñidos de unas Auras. Mayimbe picoteaba con bastante apetito en la carroña de un chivo muerto.
Rodilla en tierra, Jicotea pidió respetuosamente la bendición de la Tiñosa más vieja: —La bendición, Mamá.
—Dios te haga un santo.
—Un empeño me trae aquí, Señora Mayimbe. Tengo un favor que pedirle.
—Tu dirás.
—Desde niño la veo volar y ¡la admiro tanto, tanto! que es la ambición de mi vida que su mercé me conceda el honor de darme un paseo por el espacio.
—En las alturas soy reina, afirmó Mayimbe, ¿lo habías reparado?
Con entusiasmo contagioso continuó Jicotea.
—No hay pájaro en todo el mundo que vuele con tal elegancia y majestad! Mirándola me quedo lelo...
—Todos piensan lo mismo, dijo el Aura Tiñosa con irreprimible coquetería, contoneándose y entornando sus ojos purulentos. Mañana tendremos fiesta allá arriba, en el último cielo, y siempre llego antes que nadie.
—; Escucha mi ruego, Señora Mayimbe! ¡Llévame contigo y seré tu esclavo toda la vida!
—Jicotea, respondió la Tiñosa repentinamente seria; tu fama, sin que yo quiera ofenderte, no es de las mejores. Nunca se dice de ti nada bueno; nadie confía en tu especie. Con toda franqueza, si te complaciera, ¿no tendría más tarde que arrepentirse?
—; Arrepentirse! ¿De qué, Señora? ¿Qué mal podría causarle mi admiración? ¿O lo que teme su modestia es que venga afamándola después por todas partes? Se convencerá de mi buena fe... ¡el tiempo dirá! Vaya, póngame el con qué y condición, ordene, obedezco y... lléveme al Cielo por su gloria.
El tal Jicotea era gran embaucador. Tan merecidos le parecieron sus elogios al Aura Tiñosa que lo llevó al Cielo cómodamente sentado entre sus alas. Cual lo había soñado tantas veces, rozó las nubes espesas de merengue que dejó Mayimbe a barlovento; vio a Tangu, carrilludo, sus pelos, cejas y pestañas de oro ardiendo, muy redondo y orondo en el medio del cielo, candelera que cegaba y abrasaba inmensamente. Y de cerca, en la región más silenciosa del espacio, donde vagan los muertos sin memoria, a Ngonde, helada y verde. Birló a vuela mano las flores de luz más sorprendente, y dejando muy atrás los prados de estrellas, cubiertos de un polvillo resplaneciente, en el etéreo palacio de Sambi, Jicotea bailó y se regaló.
A una hora dada los pájeros empezaron a decirse con tristeza: —Se acerca el momento de volver a la tierra. Al Ave María, el Mayoral restalla el cuero y llama a fila a los negros; los pájeros debemos estar en los campos.
—; Ay! suspiró una tojosita escuchando al Totí que decía: —El cazador despierta: Nsila uara kilanga nkele moka muran mensu che uanga la musenga... (1)
Cesó la música y fue la señal de partida. Primero descendió la paloma, Yembe Diampembe. Los tristes, los puros de corazón se regocijaban al verla tornar, aún más blanca, de la fiesta del Cielo. Yembe Diampembe siempre les traía un consuelo, una esperanza.
Partieron las aves todas y la Tiñosa se retardaba, pues Jicotea se negaba socarronamente a acomodarse entre sus alas: —Bien se está en el Cielo! y remoloneaba.
—Ya es hora, Jicotea. No ha quedado nadie. ¡No sea majadero en casa de Dios!, suplicábale Mayimbe.
San Pedro-Sarabanda, aunque cortés y tambaleándose un poco a causa del malfo mamuto que había bebido, sonaba su clavero, impaciente por atrancar el portón; pero fue
(1) Tomó el camino del Monte escopeta en mano. Apuntó y le disparó al pájaro en la cañada.

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—Tolondroness...
—¿Tolondrones? ¡Muy mal remendado estoy! ¡No te pago!
Y se marchó cubriendo de injurias a la Hormiga, demasiado pequeña y asustadiza para entrar en discusiones.
Cuando llegó a su pueblo apoyándose en un bordón como Tata Fumbe, todo criado, enjibado y renqueando, alma en boca y huesos en costal, muchos de buena fe le compadecieron. El hacía la historia de su descendimiento del Cielo, lanzado al abismo por crueldad o burlería de la Tiñosa malvada. ¡Ay! porque su boca habló verdad. La Má-Mayimbe, enhoramala le preguntó: —Jicotea, hijo mío, ¿es cierto que hiedo? Y él, con sinceridad y respeto, respondió: —Sí, Señora.
Su desventura e inocencia conmovieron al Mulo Masango, que si era terco, tenía en consecuencia un recto sentido de la justicia; y Masango y Jicotea encompadaron.
Conviene saber que en aquel entonces no era moronda la Señá Mayimbe, aunque sí legañosa. Tenía hermosamente emplumada la cabeza. Que cuando hallaba en escampado un animal muerto —no se olvide este detalle importante— lo primero que hacía era introducir la cabeza hasta la base del cuello en el orificio de la bestia y de un tirón magistral, extraía las tripas, que siguen siendo su manjar favorito.
Procedía luego, con calma, a despedazarlo; comía lentamente y lo último, el postre, —postre ligero y delicado— eran los ojos. Nadie ignoraba estos pormenores.
Así el Mulo Masango creyó idear un castigo que Jicotea sutilmente le sugirió. Fueron a un llano solitario y Masango se tendió cuan largo era sobre la grama tupida. Entiesó las patas, cerró los ojos y descubrió los dientes. ¡Muerto estoy!, dijo.
—Ganas me dan de rezarte! aplaudió Jicotea; y se condió cerca, entre unos hierbajos, y desde allí pudo contemplar y gozar a sus anchas del engaño.
No tardó en aparecer una gran Tiñosa. ¡Era ella, Má-Mayimbe!
—Mulo, ¿su mercé está muerto? preguntó cortesmente la gandida. Sí que está muerto; tiene las patas rigidas, comienza a hinchársele la barriga. Quizá para mi gusto está un poco fresquecito todavía. Alertemos sin embargo a mis hermanas que están hoy en ayunas.
Voló Mayimbe y a poco volvió con seis tiñosas más. Se posaron en torno al cadáver.
—Lindas carnes tiene, hermana. Sea con el respeto debido, comentaron.
—El Diablo desgaja con violencia el alma de los feos y de los malos. Los Angeles de seguro que tomaron con dulzura infinita, con toda clase de miramientos, el alma de este Mulo tan bien formado, dijo una de las Tiñosas que era señorita y muy beata como sus hermanas.
—Aunque dista de estar podrido enteramente, engulliré con deleite un buen trozo de sus ancas tan redondas...
—Hermoso! ¡Hermoso!
Y todas lo miraban golosamente y ya se lo repartían con los ojos. Dijo Mayimbe, la mayor de todas:
—Bendito sea el Señor que nos lo ha dado! Su Majestad se lo de al pobrecito que no lo tenga y a nosotros salud para ganarlo, —que con estas palabras, en el tiempo viejo y santo, grandes y chicos, ricos y pobres, daban gracias a Dios al sentarse a la mesa y partir el pan de cada día.
—Amén, amén, repitió el ruedo de Tiñosas.
—Empecemos, dijo la hermana mayor.
—Primero tú... Y Ma-Mayimbe fue a ejecutar la primera operación que al comer realizaba con tanta maestría y rapidez. Hundió la cabeza en la entraña del Mulo. Masango apretó con todas sus fuerzas y se alzó sobre sus rodillas, redivivo, relinchando triunfalmente.
Mientras el funebre corro de hermanas se dispersaba aleteando y se oían las bascas del susto que les volvía al revés los estómagos vacíos, Mayimbe, fuertemente cogida por el pescuezo, se asfixiaba en una oscuridad viscoza, intentando en vano librar su cabeza de aquella trampa.
Jicotea bailaba de contento. ¡Aquello valía enjeco, jiba y tolondrones por la eternidad!
Creyó el Mulo, apretando concienzudamente que había extrangulado a Mayimbe y al fin soltó la presa: su noble rostro expresaba una satisfacción inefable.
Ciega, a medio ahogarse, calva la cabeza que fue moñuda y pelado el cuello y ensangrentado, Aura Tiñosa resbaló por entre las patas de Masango y cayó al suelo dando brincos y aletazos.
Entonces, aprovechando el último aliento, juró la Tiñosa en su agonia, en el nombre de su especie y por los siglos de los siglos:
—Juro, juro, —juró— que en adelante, primero comeré los ojos y después el culo!
De las estrellas de entonces muchas ya no se ven desde la tierra de puro viejas, consumidas. Sin embargo, ninguna Tiñosa olvidó esta historia, y lo primero que devoran son los ojos de los muertos.

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Una entrevista con Cabrera Infante
Una entrevista con
Cabrera Infante
Esta entrevista con el autor de TRES TRISTES TIGRES fue hecha por el periodista Kjell A. Johansson para el diario sueco "Expressen", donde apareció publicada el verano pasado. Alacrán Azul obtuvo de GCI el texto original (inédito) en español, que a continuación reproducimos.
Cabrera Infante y Jacobo Diego Santiago Offenbach, en su casa de Kensington, Londres. El escritor cubano escribe actualmente un monólogo para cinta grabadora titulado: "Texto para ser leído con un tabaco en la boca".
Fotos: NESTOR ALMENDROS
NES PARA SUECOS OPINIONES

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Quisiera que me contara algo de sus primeras experiencias como escritor en el ambiente cultural de Cuba en los años cincuenta.
Mis primeras experiencias en los años cincuenta tuvieron que ver más con la ley que con la literatura. En octubre de 1952 fuí encarcelado por publicar un cuento que tenía unas cuantas malas palabras —y estaban escritas en inglés!— Más tarde dediqué casi todo mi tiempo a ganarme la vida como periodista y a jugarme la vida en conatos políticos. No sé cual de las dos actividades puede ser más catastrófica para un escritor. Pero de tener que eligir hoy día, escogería por supuesto el periodismo.
¿Por qué?
Porque el periodismo exige facilismo y frivolidad, y entrega a cambio un estilo transparente, inmediato. (Pero quién quiere escribir claramente? Es fácil comprobar que detrás de la "clara prosa" —cf. Maugham, Hemingway, Pavese— hay siempre una triste chatura de pensamiento.) Mientras que la política obliga a desarrollar el sentimiento nacional, el patriotismo y el concepto del deber (o peor aún, de la obediencia ciega, el espíritu de partido) como imperativos categoricos. Ya sabemos que al final de tales prácticas históricas (es decir, contra natura) puede encontrarse Auschwitz —o sus equivalentes siberianos y tropicales. Es evidente que prefiero que el escritor naufrague entre hojas de periódicos a que el intelectual se realice en comisario o en burócrata o en verdugo de intelectuales.
¿Pero qué hizo usted como escritor en esos años?
De 1953 a 1960 fuí un crítico de cine tal vez demasiado popular. Una ocupación concurrente fue la de jefe de redacción del semanario Carteles, cargo que en otro tiempo habla prestigioso —o tal vez hollado— Alejo Carpentier. Desde el 1 de enero de 1959 se anadió el vertiginoso trajín revolucionario, ocupando simultáneamente diferentes cargos en la cultura y el periodismo oficial. Así al terminar la década solamente habla escrito una veintena de cuentos —de los cuales apenas una docena valía la pena recoger en un tomo— y construido un laberinto de opiniones críticas. Este balance se llama Así en la paz como en la guerra y Un Oficio del Siglo XX, libros publicados en 1960 y en 1963, y que son respectivamente una colección de cuentos y una suite de críticas de cine.
¿Por qué empezó a trabajar —como diplomático— para el gobierno de Fidel Castro y por qué lo dejó?
El cargo de agregado cultural en Bruselas —que acepté en octubre de 1962— fue lo que se llama en inglés un "consolación prize". La consolación de la diplomacia, que es más triste que de la filosofía. Como usted sabe, el magazine Lunes de Revolución, que yo fundé y dirigí, se vió envuelto en una polémica con los dirigentes de la cultura y el gobierno revolucionario. Este acto de desobediencia culminó en las hoy famosas Conversaciones de la Biblioteca Nacional, a raíz de las cuales fue clausurado Lunes —escasez de papel" fue la razón oficial, aunque el suplemento fue inmediatamente suplantado por tres! publicaciones controladas directamente por el gobierno y el partido—a finales de 1961. Desde ese momento hasta septiembre del año siguiente estuve sin trabajo porque en un país comunista todos los cargos son oficiales, aunque hay cargos más oficiales que otros. Durante esos ocho largos meses me dediqué a vivir del sueldo que ganaba mi mujer, entonces actriz de teatro y de televisión. No me cansaba de decir dondequiera que era el primer proxeneta creado por el socialismo. Otras opiniones como éstas y el hecho de que en mi casa se reunieran todos los disidentes —pintores abstractos, homosexuales perseguidos, beatniks visitantes, trotskistas amateurs, poetas herméticos— que caben un apartamento moderno, me consiguieron esa forma de exilio oficial que es un cargo diplomático para un partido en desgracia. Como usted conoce, esta es una formula clásica para construir un puente de plata al enemigo que huye en los países de América Latina—i.e. Caamaño de República Dominicana, Asturias de Guatemala, Paz de México, etc. Aunque esta práctica ha terminado oficialmente en Cuba, no es difícil encontrar hoy día extraños becados de organizismo fantasmas que viven París o en Ginebra o en Madrid, quienes aunque privadamente critican al régimen de Castro con mas violencia de palabra que yo, no faltan en la celebración de cada 26 de julio en la embajada cubana de turno. Las reglas del juego obligan más que la nobleza. Estas respuestas más a sus preguntas son un testimonio más de que detesto cualquier compromiso —o engagement. Otras francas entrevistas anteriores me costaron el cargo diplomático, me empujaron al exilio y me han ganado la enemistad de muchos agentes (pagados o gratuitos) de la internacional comunista.
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¿Cuál ha sido su actitud frente a la revolución cubana desde el principio hasta ahora?
Mi actitud ha variado siempre frente a cada maniobra (democracia burguesa, nacional-socialismo, socialismo prosoviético/pro-chino/pro-soviético, socialismo "en un solo pueblo blito!", etc.) de navegación histórica de ese Titanic político, la nave insumergible destinada a hundirse. En un principio la revolución fue justa y necesaria y como tal tuvo el apoyo de la casi totalidad del pueblo cubano. Fijese que digo pueblo y no "proletariado", "campesinado", "burguesía" o "inteligentzia". (Parafraseando a Mark Twain puedo pedirle: No me hable de pobres ni de ricos, hableme del hombre—no puede haber animal político más torpe!). Esta revolución fue imprescindible, impostergable y si viviéramos en un año platónico, al llegar otro 1958, mi otro yo escogería otra revolución de 1959. Cuando, como dijo el Mexicano, la revolución degeneró en gobierno, mi actitud se hizo primero dubitativa, después desencantada, después desalentada, después desengañada, luego ajena y finalmente hostil—es que habíamos llegado a la etapa del poder absoluto de Fidel Castro. Si es cierto que el poder corrompe, el poder subdesarrollado corrompe subdesarrolladamente. "Un solo hombre libre" hay en Cuba. Como no pueden haber dos, escogí el exilio. No escogí la libertad, sino que rechaçé la libertad absoluta (y por tanto opresiva) del otro. En cuanto a la filosofía oportuna adoptada por Castro (recuerdo, sin ánimo de analógías, que Perón de Argentina y Trujillo de Santo Domingo escogieron en su tiempo los modelos nazi y facista) hace rato que es letra tan muerta como los números-clave de los pitagóricos. Cada día estoy mas convencido de que toda ideología es reacciónaria. Para mí, el comúnismo no es más que el facismo del pobre. El hecho de que Cuba haya apoyado tan decisivamente como Alemania Oriental la invasión rusa de Checoslovakia demuestra que Castro es otro avatar de Ulbricht—con más suerte este último, porque no ha tenido que construir su muralla china: lo hizo por él la Naturalza, esa providencia de los materialistas: el mar Caribe es nuestro muro de Berlín.
¿Tiene algún comentario a hechos como la discusión en torno a la posición de Heberto Padilla en Cuba ultimamente?
El corresponsal comunista de Le Monde, Saverio Tutino (quien fue enviado a Cuba originalmente por el diario italiano L'Unité) dijo casi la última palabra sobre el caso de Padilla et alii: "... es una muestra de que la tregua de diez años entre el régimen de Castro y los intelectuales ha terminado". (Le Monde, nov/8/68.) A estas rivelazioni d'un partigiano quiero agregar nada más la respuesta de un amigo divorciado "después de siete años de feliz matrimonio" según la desconsolada esposa. Le pregunte que cuánto se había iniciado tal proceso disolvente y me confío: "Cuando pronunciaba la del Sí que di al cura".
¿Qué tipo de influencias literarias y extra-literarias han sido decisivas para lo que ha escrito y está escribiendo?
De mis influencias literarias tal vez la mayor ha sido el cine. Entre las extra-literarias puedo nombrar una ninez pobre y feliz, una adolescencia infeliz y pobre, ya de adulto: la timidez, el exhibicionismo, la fluencia, la tartamudez, el ingenio, las respuestas de la escalera, el coraje, la cobardía, la facilidad para jugar con las palabras, la dificultad para expresarme, las ganas de contar cuentos, detestar la literatura narrativa, el lenguaje, el silencio, el amor, las mujeres, el miedo al sexo, la obsesión con el sexo, la sensualidad, la noche, los terrores nocturnos, el miedo al sueño, los sueños, la memoria, la nostalgia que es la metafísica del recuerdo, el olvido, las ganas de vivir, el miedo a vivir, el odio y la pena por los muertos, la fascinación de la muerte, la imitación, el afán de originalidad y si el espacio me condenara a una sola palabra diría el ser—para añadir inmediatamente, pero también la nada.
¿Le parece que hay razones para hablar de una nueva novela latinoamericana?
No creo que se pueda hablar de "nueva novela latinoamericana", sino de otra encarnación de la novela. Esta metempsicosis se ha producido otras veces, en otros lugares: Inglaterra, Francia, Rusia, USA, Italia, Japón, etc. Pero es posible decir que la novela latinoamericana no existe, que solamente existen algunas novelas escritas por latinoamericanos. O mejor dicho, escritas por escritores que viviendo en continentes distintos y pertenecientes a pueblos diferentes, comparten ese degenerado linaje que es el español hablado en vastas zonas geográficas unidas por lo que sería un fenómeno raro, a recoger en los anales de una ciencia que no existe: la genética de las lenguas. Ese monstruo es un mismo mestizo de diferentes razas. Nuestro híbrido asombraría más fácilmente si supiéramos que
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un mismo mulo es hijo posible no solo de burro y yegua sino también de caballo y zebra. El espanto del futuro de la novela latinoamericana solo alcanzo a expresar con un verso de mi compatriota, Lezama Lima. He aquí lo que dijo el vate cantándose en apariencias a sí mismo cuando en realidad profetizaba el vía crucis de la novela en América Latina: "Con que seguro paso el mulo en el abismo..."
¿Cómo ve a los escritores latinoamericanos de generaciones anteriores: Gallegos, Asturias, Borges, Carpentier, etc.?
De acuerdo con las leyes (y las costumbres) anglo-sajonas, el delito de libelo termina con la vida del difama-do. Eso le quita toda la diversión al juego de las reputaciones. Muerto Gallegos hace poco no vale la pena hablar de él ahora. Prefiero ser caritativo a ser despiadado o men-tiroso, que es peor. Asturias ha sido difamado (en privado siempre, muchas veces en público, a menudo en letra impresa) por un gesto político que ha sido muy celebrado en Carpentier: aceptar un cargo diplomático en París enviado por un gobierno que no representa a un pueblo. Esa figura de retórica de las sinecuras se llama exile doré. En honor a la verdad tengo que decir que no he venido a estas páginas ni a enterrar ni a alabar a Asturias, sino a desgraviar a Borges. Es bueno que un periódico sueco me permita decir a mi lo que pienso del premio Nobel de 1967. Tengo que empezar por decir que mi primer cuento, mi primer intento de literatura escrito y publicado lo hice imitando, copiando servilmente, plagiando casi a El señor Presidente. Conoci a Asturias en Cuba, sé de las penurias que sufrió en
Miriam Gómez, Cabrera Infante y un visitante diurno, Sebastían Morín, M.C. El tercer hombre es Jaime Jacobo Offenbach, un gato siempre con puntos de llama, personaje ubicuo si los hay: no falta en ninguna fotografía.

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su ostracismo (lo sé mejor que nunca ahora) y me alegro por su persona que haya obtenido el premio sueco y todo lo que representa en dinero contante y en fama, que es dinero sonante. Pero lo siento por la literatura, latinoamericana y las otras. Dar el premio Nobel a Asturias por encima de Carpentier es una ceguera literaria, ya que no puede ser política —Videlicet Sholojov. No dar ese premio a Pablo Neruda es un atentado contra la Academia, es decir, un auto-atentado. No dar nunca el premio a Borges un crimen contra literatura. Para decirlo más explicitamente, si Jorge Luis Borges no merece el premio Nobel de literatura es que el premio (como se ha dicho tantas veces) no tiene nada que ver con la literatura o que la literatura, según la definición los canones del premio, no se merece a Borges.
Creo que fue Carlos Fuentes quien dijo que los dos únicos escritores originales de la vieja generación eran Borges y Asturias. De no haber tenido que decir lo que dije más arriba, tal vez suscribiría esta opinión osada. Carpentier es la respuesta cubana a Heredía: un escritor francés que escribe en español. El hecho de que este heredero directo de Hugo haya escogido el español de América me llena del mismo asombro con que debieron ver los italianos la editio princeps de la Commedia. Tal sincretismo novelístico y haber visto —y oído— los discursos del general De Gaulle me convencen de que el francés comienza a ser una lengua literariamente muerta. De Borges sólo se puede decir lo que él dijo (injustamente) de Quevedo: no es un escritor, es una literatura. Otra literatura —para los académicos.
¿Qué lugar ocupa usted entre los escritores de la vieja y de la nueva generación?
—Si lugar en esta pregunta es sinónimo de alineación el ranking literario latinoamericano, la inmodesta, la modestia y aun la falsa modestia me impiden responder por triplicado. Si por lugar debo entender posición estética, estado animico o dirección espiritual puedo responder así.
Estéticamente estoy situado al norte-nordeste de Borges, en el mismo meridiano creador que Cortázar pero otro paralelo, y en un cuadrante a veces coincidente en las cartas pop con el de Fuentes. García Márquez está decidida en otro hemisferio, mjentas que Vargas Llosa se coloca en mis antipodas, de mutuo consenso. Carpentier, me han dicho, piensa que yo habito en la anti-novela. Creo que si dijera meta-novela llevaría mejor rumbo.
Los mismos frescos ventos allíos de trivolidad que acarcian constantemente a Sarduy y a Manuel Puig, refrescan mis costas orientales de vez en cuando. Como se ve me describo como una isla, aunque flotante o tal vez volante, como Laputa. Mi brujula es demasiadas veces Nabokov, esa estrella de primera magnitud que, desaparecida la stella polaris joyceana, sirve para orientarse en la larga noche del exilio.
Pero no me asombraría nada que algún erudito latinoamericano decidiera, algún día del siglo XXI, que mi único aporte de mérito a literatura serían, imitadores reales del fingido manuscrito de Mono y Esencia mis screenplays que jamas llegaron a la screen y se quedaron solo en plays. Es decir, lugares de palabras (inútiles puesto que éstas están destinadas a convertirse en imagenes, en lucha incertita contra una proporción de 1000 a 1) escritos en inglés! Anímicamente me siento muchas veces como Calvert Casey, ese pobre hombre y gran escritor cubano exilado en Roma que acaba de suicidarse el mes pasado. Me rescatan de ese destino solo las adquiridas obligaciones de padre de familia, de exilado político y de cabeza de fila literaria, sino tres pasiones innatas: la curiosidad, el humor y el miedo. Me salva también ese instinto de la historia que es el amor. Es decir, el sexo. Es decir, las mujeres. Es decir, mi mujer.
Espiritualmente me siento cada día más escéptico, cada día más libre.
Finalmente, si lugar quiere decir clasificación para los tratados de literatura (latinoamericana) puedo afirmar que soy el único escritor (latinoamericano) que declara que sus libros no son más que una broma que dura un número dado de páginas. Mi primera y ultima intención al escribir es conseguir la diversión —primero la propia, después la de ese prójimo que se llama lector.
¿Es un problema para usted como escritor vivir fuera de Cuba?
—Vivir fuera de Cuba le plantea problemas a mi cuerpo, que, como se sabe, contiene y sostiene y detiene al escritor. Pero son problemas solamente de latitud: soy un hombre del trópico. No tengo problemas de tierra o de patria porque (como dice Juan Goytisolo) el hombre no es un árbol y (como dije el doctor Johnson) el patriotismo es el
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Mientras Miriam duerme y Cabrera Infante y su visitante contemplan el vacío taciturnos, Offenbach mira a Néstor Almendros, fotógrafo y cineasta maestro, favorito no sólo de Eric Rohmer sino también de François Truffaut.
último refugio del pícaro - cf. Retamar, Lisandro Otero. La primera declaración podría completarla diciendo que si un hombre necesita tierra, ya no la necesita. La segunda se complementa diciendo que el patriotismo, muchas veces, sule ser también el primer refugio del pícaro - viz. Mussolini, Hitler, Fidel Castro. Vivir en Cuba planteaba problemas a mi psiquis, porque me contagiaba ese mal de los estados policiacos asumidos - que no es la paranoia sino la esquizofrenia. Todavía peor, me inducía ese cáncer del espíritu que es la mala fe y la hipocresía, una enfermedad más atroz que las de la mente o del cuerpo porque es un mal del ser.
¿Podría decirme algo de lo que está escribiendo ahora?
-Hace muchos años que escribo una novela (todas las noches en la cabeza, algunos días sobre el papel) que se titulará o titularía Cuerpos Divinos. Sugiero que no se traduzca este título porque una visión central del libro lo explica. Es la alucinación del héroe cuando zambulle desde un alto trampolín a una piscina que a medio camino se llena de mujeres desnudas. Al no poder nadar el que suena se ahoga entre piernas, senos y nalgas. Mi libro (y su título) intenta hacer de esa pesadilla un sueño.
Kjell A. JOHANSSON Londres, verano de 1969.
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Te equivocaste en un dellate en un detalle me dijo Walter Socarrás, socarrón, para añadir socorrido, corriendo, corrigiendo, te equisbotaste. Lo que este quería decir es que no era verdad lo que dije de La Estrella, el tercero en decirme que no era verdad lo que dije pero el no hablaba de la mentira de su vida sino de su muerte. No de su muerte sino de la muerte de La Estrella. A lo que Silvestre replicó cómo es posible, hay vidas inautenticas pero todas las muertes son auténticas. Y ahí se paró, dándose cuenta demasiado tarde para su ser de que no daba pie porque le había dado pie al muy cabrón de Socarrás para que dijería socorriendo, No todas las muertes son auténticas, Silverio. Hay muertes ortodoxas.
Pero tenía razón Walter Socarrás, de verdadero nombre Gualterio Suárez, que es el marido de Gloria Pérez cuando ella se llama Cuba Venegas, ése que no se si ustedes saben que es director de orquesta o un conductor como dicen sus peores amigos queriendo decir que está mejor en una gua de pie cobrando el pasaje que orquestando un pasaje parado sobre el podium o podio o poyo o como se llame esa tribuna de gestos, salvado en el último rollo por el Difunto quien solía decir solito que en definitiva ir en gua de pie, con aquello de la velocidad, los tumbros y las maneras de ser de los guagüeros no es más que estar sobre un podium que camina. Lo cierto es que Dobleve Ese es arreglista y él mismo dice de sí mismo en el mismo disco de plomo de La Estrella para el que debía de haber una goma de borrar sonidos, escribió el de él: "Walter Socarrás reclama, al lanzar este disco, el puesto de el mejor arreglista de América". Discóbolo que le da la razón a Cerpentier (o a la Condesa de Marlín, no sé: tal vez a los dos) cuando dijo que los cubanos estaban todos grisés, diciendo así quizás en francés que Cuba es una isla rodeada (por todas partes) por un mal de genios o genios del mar. Aunque Silvestre cuando él se llama Isla dice que las islas siempre terminan por (o al menos tratar de) dominar al continente, como el líquido que contiene una botella. A lo que el Diphunto respondía citando, recitando a las islas del Maregeo, a esa isla de Cretinos, creta, a Sí-cilia, a Ingalaterra y ultimadamente dijo El al Japón, conocido también como Nipón, Nihón o Imperio del Sol Na Signe.
Pero volviendo a dar vuelta a este disco o mejor a su envoltura o cuadratura del circulo donde se dicen o dice WalSoc cosas como estás que hay que leerlas para creerlas y sic La cadena de avocaciones que llega a cada amante de la música del acento auténtico de Cuba, lo lleva al público una voz de mujer, la de La Estrella. La Reina, la Monarca absoluta de la música cubana en todas sus manifestaciones. En las modalidades y estilos dentro de un mismo ritmo, en la expresión definitiva, en el alarde acentuado de una realidad indiscutida desde el ayer lejano al presente y, quizá en el futuro, hay una sola estrella: La Estrella (del carajo! más que del pobre Gualterio Suárez que después de todo quizá no ha escrito esto porque inte-
META FINAL
El fragmento de novela que les envío es el final de TRES TRISTES TIGRES, que nunca incluí en el libro porque había demasiada simetría ya para añadir esa parodia. Por casualidad hace poco que me llegaron unos baules dejados en Bruselas que tenían muchas notas y fragmentos míos. Ahí venía ese pedazo. Solamente lo he pasado en limpio para ustedes, añadiendo una otrografa nueva aquí, un malapropismo allá, alguna dosis de anacoluto y el título, que es posiblemente lo único nuevo realmente. El texto a mí me gusta ahora pasado en limpio, con su feroceidad humorística y su homenaje torcido a Monk Lewis, a Melville y a Conrad".
GCI
Copyright Guillermo Cabrera Infante, 1970.

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rrogación lo permitiría Cuba cierra interrogación cierra paréntesis y punto y seguido Pero sí fue WSeguro quien escribió lo que sigue sobre sí sobre la cubierta encubierta del disco "En este album Walter Socarrás hace un alarde inusitado del perfecto dominio que tiene sobre las distintas combinaciones orquestales imaginablemente (así mismo!) posibles y traza pautas en la orquestación moderna" mierda, trazar pautas en la orquestación! "Así vemos como logra magnificas combinaciones de cuerdas y metales, quintetos de trombones con piano, bajo y ritmo" para terminar diciendo que comillas actualmente dirige la orquesta de un lujoso Casino habanero para la cual hace los arreglos orquestales además de hacer los arreglos orquestales para otro fastuoso Casino siempre con c mayúscula cierra comillas y cogiendo al todo por elculo de la parte hace de la orquesta casino (no confundir por favor con la Orquesta casino de la playa) y convierte o se convierte a sí mismo en sus notas nada musicales en Walter Socarrás el dealer que orquesta, además de que me cago! TODOS grisés. Hasta los casinos o Casinos. Estás equivocado, me dijo Walter Socarrás en esa o esta ocasion. (O casino!) La Estrella no está enterrada en México, me dijo aunque no así sino con jota. No, le dije, le grité yo: NO? no, me respondió él, no está enterrada en el mismo) que el que embalsamó el caballo de Zapata. Pero resulta ser que este embalsamador Adecuado era ahora una momia él mismo, un viejo pero muy viejo que apenas si veía a quien embalsamar y tal vez hasta había empezado a autoembalsamarse, y como todos los embalsamadores estaba bastante tocado o tal vez todo lo contrario: es decir, intocable. Lo cierto es que este taxidermista mexicano tenía la teoría de que la mejor manera de embalsamar es la natural, que no es tan desatinado como suena o como se lee sino que es más, porque este doctor en taxidermia de Oaxaca dice o decía o tal vez dice todavía (nunca se sabe cuando un embalsamador está del todo embalsamado), decía dice que la mejor tajidermia, así dijo, la hace la Madre Natura y ahí están los mamuts, dicen que dijo y los amigos del amiguito y el amiguito que no era otro que el necesario con su secreter se volvieron agitados para eludir el alud de mamuts, la estampida, antes de que el viejo tuviera tiempo de agregar "que aparecieron en Siberia" Y con esta confidencia más el suspiro alivado de la concurrencia comenzó su conferencia con la inferencia de que era una teoría a tomar en consideración por la congregación. En una palabra (que es un decir: ya verán) su texis era embalsamar a la gente tal y como están, es decir, muertas, pero sin destriparlas ni limpiar sus visceras
rrogación lo permitiría Cuba cierra interrogación cierra paréntesis y punto y seguido Pero sí fue WSeguro quien escribió lo que sigue sobre sí sobre la cubierta encubierta del disco "En este album Walter Socarrás hace un alarde inusitado del perfecto dominio que tiene sobre las distintas combinaciones orquestales imaginablemente (así mismo!) posibles y traza pautas en la orquestación moderna" mierda, trazar pautas en la orquestación! "Así vemos como logra magnificas combinaciones de cuerdas y metales, quintetos de trombones con piano, bajo y ritmo" para terminar diciendo que comillas actualmente dirige la orquesta de un lujoso Casino habanero para la cual hace los arreglos orquestales además de hacer los arreglos orquestales para otro fastuoso Casino siempre con c mayúscula cierra comillas y cogiendo al todo por elculo de la parte hace de la orquesta casino (no confundir por favor con la Orquesta casino de la playa) y convierte o se convierte a sí mismo en sus notas nada musicales en Walter Socarrás el dealer que orquesta, además de que me cago! TODOS grisés. Hasta los casinos o Casinos. Estás equivocado, me dijo Walter Socarrás en esa o esta ocasion. (O casino!) La Estrella no está enterrada en México, me dijo aunque no así sino con jota. No, le dije, le grité yo: NO? no, me respondió él, no está enterrada en el mismo) que el que embalsamó el caballo de Zapata. Pero resulta ser que este embalsamador Adecuado era ahora una momia él mismo, un viejo pero muy viejo que apenas si veía a quien embalsamar y tal vez hasta había empezado a autoembalsamarse, y como todos los embalsamadores estaba bastante tocado o tal vez todo lo contrario: es decir, intocable. Lo cierto es que este taxidermista mexicano tenía la teoría de que la mejor manera de embalsamar es la natural, que no es tan desatinado como suena o como se lee sino que es más, porque este doctor en taxidermia de Oaxaca dice o decía o tal vez dice todavía (nunca se sabe cuando un embalsamador está del todo embalsamado), decía dice que la mejor tajidermia, así dijo, la hace la Madre Natura y ahí están los mamuts, dicen que dijo y los amigos del amiguito y el amiguito que no era otro que el necesario con su secreter se volvieron agitados para eludir el alud de mamuts, la estampida, antes de que el viejo tuviera tiempo de agregar "que aparecieron en Siberia" Y con esta confidencia más el suspiro alivado de la concurrencia comenzó su conferencia con la inferencia de que era una teoría a tomar en consideración por la congregación. En una palabra (que es un decir: ya verán) su texis era embalsamar a la gente tal y como están, es decir, muertas, pero sin destriparlas ni limpiar sus visceras
México, me dijo aunque no así sino con jota. No, le dijo, le grité yo: NO? no, me respondió él, no está enterrada en México con jota. Entonces dónde pregunté yo interrogante. Ella no está enterrada en México ni en ninguna parte. ¿Cómo! dijo yo preguntando con signo de exclamación doble, por delante y por detrás, la palabra cogida, como el general Custer, entre flechas. Ella no está muerta entonces? Que NO está muerta!?! me dijo el interrogante asombrado aunque no estaba asombrado ni interrogante sino más bien arrogante, abrogante, atorrante. Está más muerta que el mar muerto me dijo y se rió. Lo que después de todo no es tan mal acorde, me dijo, no señor. Aunque sería mejor hacerlo un acorde invertido, muerto el mar, así y en este caso es un acorde perfecto o mayor si se dice muerta en el mar. Porque así es me dijo y me dijo mucho más.
La Estrella se murió de verdad en México y su secretario con el neceser hizo lo imposible por traerla a enterrar en Cuba, y ya se sabe lo que pasa cuando se hace lo imposible que todo termina en el caos. La cosa o el caos empezó cuando intenaron embalsamarla y unos amigos del amiguito de La Estrella buscaron al embalsamador adecuado, de nombre Inocente Adecuado, que era el que tenía más fama en México porque no era otro (es decir que era su tesis era embalsamar a la gente tal y como estan, es decir, muertas, pero sin destriparlas ni limpiar sus visceras (que el viejo pronunciaba viseras) ni formolizarlas pero teniendo cuidado de colocarlas en una tartera de zinc ad hoc y echándoles encima celofán derretido pero no derretido al calor sino al frío, licuado, dijo el viejo, y con este plástico hacer un molde transparente rodeando al cadáver por todas partes menos por una que se llama tarta. Isla incorrupta en un mar de plástico, dijo el viejo. Sí, dijo un amigo entre los amigos, como la Bella Durmiente. Y para qué lo dijo porque el sectario recordó a La Estrella antes de haberla olvidado y se cubrió los ojos con una manita, así, como diciendo Que no quiero verla pero dijo Ay no! locual el viejo momificante puso punto final a su charla diciendo, Y eso es lo que cuesta, hijito, un ojo de la cara! Ahí no estaba el punto final de la charla sino un poco más adelante cuando el viejo dijo su precio, este taxidermista poniendo el taxis por delante de la dermia y ver que nadie tenía dinero suficiente siquiera para iniciar el proceso que después de todo era absoluta y totalmente experimental en el sentido de que, como decía el Dinfundido, es perimental toda tioría sin prajis. (Entre paréntesis) si los amigos de La Estrella no tenían dinero La Estrella misma no tenía mucho tiempo y ya se sabe que time is money como money is
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México, me dijo aunque no así sino con jota. No, le dijo, le grité yo: NO? no, me respondió él, no está enterrada en México con jota. Entonces dónde pregunté yo interrogante. Ella no está enterrada en México ni en ninguna parte. ¿Cómo! dijo yo preguntando con signo de exclamación doble, por delante y por detrás, la palabra cogida, como el general Custer, entre flechas. Ella no está muerta entonces? Que NO está muerta!?! me dijo el interrogante asombrado aunque no estaba asombrado ni interrogante sino más bien arrogante, abrogante, atorrante. Está más muerta que el mar muerto me dijo y se rió. Lo que después de todo no es tan mal acorde, me dijo, no señor. Aunque sería mejor hacerlo un acorde invertido, muerto el mar, así y en este caso es un acorde perfecto o mayor si se dice muerta en el mar. Porque así es me dijo y me dijo mucho más.
La Estrella se murió de verdad en México y su secretario con el neceser hizo lo imposible por traerla a enterrar en Cuba, y ya se sabe lo que pasa cuando se hace lo imposible que todo termina en el caos. La cosa o el caos empezó cuando intenaron embalsamarla y unos amigos del amiguito de La Estrella buscaron al embalsamador adecuado, de nombre Inocente Adecuado, que era el que tenía más fama en México porque no era otro (es decir que era su tesis era embalsamar a la gente tal y como estan, es decir, muertas, pero sin destriparlas ni limpiar sus visceras (que el viejo pronunciaba viseras) ni formolizarlas pero teniendo cuidado de colocarlas en una tartera de zinc ad hoc y echándoles encima celofán derretido pero no derretido al calor sino al frío, licuado, dijo el viejo, y con este plástico hacer un molde transparente rodeando al cadáver por todas partes menos por una que se llama tarta. Isla incorrupta en un mar de plástico, dijo el viejo. Sí, dijo un amigo entre los amigos, como la Bella Durmiente. Y para qué lo dijo porque el sectario recordó a La Estrella antes de haberla olvidado y se cubrió los ojos con una manita, así, como diciendo Que no quiero verla pero dijo Ay no! locual el viejo momificante puso punto final a su charla diciendo, Y eso es lo que cuesta, hijito, un ojo de la cara! Ahí no estaba el punto final de la charla sino un poco más adelante cuando el viejo dijo su precio, este taxidermista poniendo el taxis por delante de la dermia y ver que nadie después de todo era absoluta y totalmente experimental en el sentido de que, como decía el Dinfundido, es perimental toda tioría sin prajis. (Entre paréntesis) si los amigos de La Estrella no tenían dinero La Estrella misma no tenía tiempo y ya se sabe que time is money como money is

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time y lo que es peor todavía y terrible: time is time:
De manera que, la momia aconsejó que después de todo el estaba por lo positivo, que era aquí lo natural y que tan bueno como el hielo plástico era el hielo verdadero y si no se podía conseguir hielo glaciar o siberiano el hielo aunque fuera seco hielo era y mejor que nada o que la Nada. Acto seguido le dio dos inyecciones de caballo (zapatista) de formol a La Estrella que estuvo allí de cuerpo presente todo el tiempo y recomendó (el viejo taxidérmico) que aceptaran la oferta de enviarla por mar, que después de todo el mar es salado y la sal cura. Además de ser el transporte marítimo mucho más barato, dijo. Y luego habló de la calma oceánica, del yodo, del aire puro y de cómo se gana perspectiva cuando uno se rodea de horizonte y se hace isla. Terminó. Pero antes, una mencion comercial. Son diez pesos. Digo dólares, al cambio actual. Por la consulta. Ustedes la pasen bien.
El secresectario de La Estrella embarcó por tren hasta Veracruz donde la caja o como dice el Gran Be no un ataúd sino un alud, un cataratafalco, el esféretro, donde sería embarcado rumbo a La Habana. La Compañía Nacional de Transporte Ese A había quedado en que en la aduana mexicana después que abrieran la caja para la inspección (ya ustedes saben: plata posible, el Sagrado Patrimonio Artístico de la Nación Azteca siendo saqueado seguro, mariguana que fumar) se le pondría más hieloseco, antes de cerrarlo claro está. Y en Ver-a-Cruz abrieron y cerraron el, el cajón sin más problema que el pequeño, casi insignificante, deleznable olvido de un adjetivo que, a quién se le va a ocurrir joven que haga daño que falte digame usted. Es decir que enviaron a un mandadero a echarle hieloseco dentro y éste fue y compró hielo a secas en el bar de enfrente y lo regó bien por todas partes de la isla de acero macabro que tenía adentro la perla negra barrueca. Fue cuando le preguntaron (no a la perlada sino al pelado) si era hieloseco que dijo, Qué seco niqué seco. Pero tiene que ser hieloseco! Seco o mojado, joven, todo es hielo, y siguió echando el hielo, si bien frappé, alrededor del estuche de metal que encerraba la suma mortal de La Estrella. Luego cerró la caja y dijo que ya podían embarcarla gritando, Arriba con La Escarchada!
No sé si ustedes saben que cuando se dice que hace calor en Veracruz quiere decir que la olla del golfo hieve bajo el sol y que de la selva viene un vaho torrido que convierte al puerto en agua a baño de maría. Ese día hizo calor en Veracruz y el barco estuvo atracado desde por la mañana.

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con el ataúd con la Estrella encerrado en la bodega, una caja con hielo dentro de una marmita en agua a baño de María cociéndose a fuego violento en la olla del golfo calentada a vaho selvático.
El barco zarpó a las quince dos puntos cero horas. Dos horas mar afuera el hedor se sentía en todo el barco cubriendo todas las zonas de la rosa de los vientos fétidos y supieron que el barco era el centro universal de la peste. En sus entranías encontraron la caja chorreando agua pútrida, soltando vapor hediondo, chirriando mefítica. El médico de a bordo declaró que no llegaría a La Habana y si llegaba el ataúd no llegaba el barco. La disyuntiva impresionó al capitán quien haciendo uso de sus prerrogativas navales rompió en pedazos el manifiesto de carga fúnebre y ordenó lo único posible, echarle el muerto a otro. En este caso al agua.
Izaron con gran trabajo la caja a cubierta y la dejaron sobre el puente mientras, en deferencia a su condición de mujer (la del cadáver no del féretro), buscaban una bandera cubana, con respeto a su condición de tal, con que cubrirla (la caja no el cadáver), acciones que fueron gestos innecesarios o sentimentales porque dentro de la caja no había un ciudadano cubano ni una mujer sino una increible masa de carroña al vapor. Casi como quien dice carne asada. Palel y el polizón, tuvo que dar una mano y luego la otra para levantar el ataúd, mientras el mexicano decía, declaraba, gritaba, Quéles dije, quéles dije! Quéles dije!, varias veces y finalmente exclamo: ¡Qué les dije! justo antes de tropezar con un cabo, caer hacia delante, empujar al cocinero gallego en su caída que en la propia se aferró la caja al tiempo que también caía (como todos los cocineros gallegos cuando son empujados por detrás mientras llevan en andas un ataúd pesado a bordo de un barco de carga para echarlo a la mar porque hiede) hacia delante, logrando en su gestión cayente tumbar al primer andero y ambos servir de propulsor al cuerpo inerte convirtiéndolo gracias al impulso en proyectil y hacer que saliera disparado sobre cubierta mientras los demás anderos, en acción refleja tardía, agarraban primero aire hueco y finalmente lienzo vacío y todavía color habano entre las manos, mirando inútiles como la bala de lata envuelta en madera, el balón cuadrado, el misil inverso caía de regreso a la cubierta, cepillaba las planchas de hierro, se desizaba libre y rompía la varanda del puente para volver a ser cohete segundos antes de decidir convertirse en torpedo y zambullir en arco de trayectoria y caer al agua con un ruido de barrigazo tan alto como la columna de doce metros de altura por cuatro que levantó
un ciudadano cubano ni una mujer sino una increible masa de carroña al vapor. Casi como quien dice carne asada. Para añadir grotesco al absurdo ocurrió que nadie a bordo sabía como era una bandera cubana, cosa nada extraña en un barco canadiense fletado por un armador griego que navega bajo bandera panameña con una tripulación compuesta de mexicanos, argentinos, un gallego, un liberiano, la morralla de siete continentes y cinco mares (o es al revés? la morralla de cinco mares y siete continentes?) más el capitán, polaco exilado y un polizón de Pernambuco nacido en la isla de Malta que nadie detectó hasta llegar el barco a Madeira. Finalmente, el capitán decidió o dictó que la bandera de Havana, así dijo, debía ser color habano ya que ese era el nombre y el color de un buen cigarro, y de la bodega trajeron un pedazo de lana color chocolate sucio en que envolvieron el ataúd, de acuerdo con la tradición marina. Pero todavía no lo echaron al mar.
Antes de hacerlo decidieron buscar lastre. Qué lastre ni qué lastre! dijo uno de los mexicanos o el otro. No están viendo nomás que no hay cristiano que levante ese fardo! Se val fondo, dijo, predijo, que se va como van las arengas al mal! Le hicieron caso, siempre se hace caso al hiperbólico: en todo caso mucho más caso que al parabólico. Toda la tripulación, menos el capitán, el timo-
agua con un ruido de barrigazo tan alto como la columna de doce metros de altura por cuatro de ancho que levantó agua, rocio y salitre hasta las caras aliviadas del peso y la responsabilidad de los anderos y su capitán mientras el marinero mexicano, en pie de nuevo y asomándose al agua, gritaba otra vez Quéles dije, jijos de la, quéles dije! Ay Chihuagua!
Ya se iban a ocupar sus puestos los miembros de la tripulación, a reparar el puente algunos, el capitán a fumar su pipa, el cocinero al caldero, cuando el silencio abrupto del mexicano entre dos Quéles dije! Que les dije! les hizo volver la cabeza y luego los cuerpos respectivos hacia donde estaba este mirando con la boca abierta debajo del arco de sus bigotes mexicanos. O séase, hacia el arco abierto debajo del barco. Vieron, como el mexicano, un poco después, un poco más, surgir primero un extremo oscuro y agorero y después todo el fretro como un submarino de madera, como un pez muerto y obsceno y no es verdad que bien narro? preguntó Socarrás, socarrando, mirando a Silvestre. Nadie le respondió ni nadie tuvo tiempo de hacerlo porque enseguida explicó, otorrinelaringólogo, que evidentemente, así dijo, con el agua del hielo hecha vapor dentro del vapor se había hinchado la madera y ahora el estuche del fretro técnicamente era impermea-

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ble, navegante y flotaba. Es decir, dijo, era una nave del tiempo exterior.
Los mexicanos Quélesdije y su carnal y un estibador liberiano vieron el ataúd flotante un castigo si no del cielo por lo menos del mar insultado, un seguro signo de mal agüero, la señal de la profecía y decidieron por su cuenta (y riesgos) que había que hundir aquel navío satélite que insistía en navegar junto a su rampa de lanzamiento. Sin consultar con nadie empezaron a tirarle varias cosas, todas lanzables: un pedazo de varanda del puente roto hecha flecha, lanzas de trozos de madera del mismo origen, un zapato de baqueta, un huarache, un chorro de insultos, varias balas de saliva y finalmente su desesperación individual y colectiva y su odio ciego y mudo. Finalmente, alguien los socorrió trayendo una escopeta con que dispararle una, dos, varias descargas. Pero las balas (de plomo) o caían cerca o muy lejos y no daban nunca en blanco tan visible y oscuro o daban todas en diana si el blanco era el mar. Por fin un plomo pegó en el paquebote y rebotó hacia el agua, la madera no solo hecha impermeable sino también impenetrable. El capitán contagiado (ese no era su nombre, completo, era capitán Jozef Teodor Achabowski, nacido en Korzeniev en la Ucrania Rusa, entonces bajo dominio polaco, el 3 de diciembre de 1857, por lo que contaría, mediante ábaco, con 101 años de edad, según el nuevo calendario. Su padre, un terrateniente de literarios gustos, fue exilado al norte de Prusia por participar en los movimientos por la independencia rusa del yugo polaco. Los padres de Achabowski murieron antes de que éste naciera, por lo que fue dado a luz por sus abuelos. Después de navegar muchos años por las aguas que rodean los continentes, decidió españolizar y apocopar su nombre por lo que era conocido ahora o antes, es decir en el momento en que ocurre esta historia como el Capitán José Acá o Capi Acá o Pepe el Poloco, pero esa es otra historia) decidió ordenar bajar un bote cuando vio a los tres en cuestión descendiendo en otro bote y dejó su orden sin efecto o con efecto retroactivo. Los mexicanos y el librarian embararon con las hachas de incendio en mano y luego de alguna indecisión decidieron depositarlas en el fondo de la embarcación para remar, cuidando de que no quedaran filo abajo. Como el barco tuvo que aminorar la marcha para arriar el bote, cuando éste tocó agua ya el fretro les llevaba algunos largos de ventaja hacia la proa y se vieron obligados a remar duro y contra el viento, logrando con su pericia y esfuerzo disminuir la ventaja del ataúd bogante.
Ya le estaban dando alcance a este cuando un golpe de mar, el cambio de viento, la estela del barco, la corriente, el trópico de cáncer o el azar (o todas esas cosas juntas) hicieron que el ataúd barloventeara bruscamente, se volteara en redondo y embistiera al bote, abriéndole un boquete de tamaño regular antes de que nadie pudiera evitar el choque de los cuerpos y mucho menos descargar un golpe de hacha salvador o bueno paralizar al agresor, y fue el bote el que hizo agua, se inclinó y se iba a pique entre el silencio del mar y los marinos. Silencio que duró poco porque otra embestida del ataúd raspó con un chirrido como un chillido triunfal la popa del bote que se hundía al mismo tiempo que los dos mexicanos nadaban con furia hacia el barco y el liberiano chapoteaba, tragaba agua, parecía que se ahogaba y finalmente nada también hasta el barco, ansiosamente. Los otros marineros no pudieron hacer otra cosa que recogerlos a los tres con cabos y salvavidas mientras el capitán Acá ordenaba, Llámeneme a Ismaeliño el médico de abordo antes de volverse a ver alejándose a La Estrella en su tumba flotante que para él era un destino envidible: el insumergible, el navío perfecto, el anti-Titanic o tal vez fuera el mito: un María Celeste de carne y hueso y madera, la holandesa errante, y fascinado la miró primero a ojo limpio de lobo de mar, después con ojos de marino, después con ojos sucios de llanto, después con su catalejo, después con su catarata y vio cómo la Nao se hacía Nada: primero fue ballena de madera y grasa, luego pez fúnebre, después cresta de ola negra, luego mosca de los ojos hasta que se la tragó la distancia y se perdió en el mar, en nuestra eternidad Silvestre, navegando viajando flotando en el Gulf Stream a 13 nudos por hora con rumbo nor-noroeste.
Eso fue lo que me nos contó Walter Ego antes de anunciar lo inevitable, que no era el anti-climax sino el clima, Y por ahí debe andar todavía, dándole la vuelta al globo, y añadió, Un matías pérez marino. Bueno, dijo Silvestre, una posdata es una forma de epitafio. O viceversa. Lo que es un retoque dije yo. O séase, dijo Silvestre, permiso para un leve sobreasalto. Casar la verdad con el final. O como diría el Huno, un epitafio.
Pero el verdadero epitafio, la epifanía, la epifonema, la epistola, el epígrafe, el epigrama o la epítais no la dijo el epifito ni el Epígono, sino menda. Cité, re-situé: Sicus Vita Finis Ita. Sólo que realmente pronuncié Si Cubita Finisita.
Gibara-La Habana-Bruselas-Madrid-Londres, 1929-1969

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CALVERT
CASEY
IN MEMORIAM
Víctima de una época cada vez más sombría, y de una soledad insuperable que le tocaba las raíces mismas del ser, el 14 de mayo del pasado año se suicidó en Roma el escritor cubano Calvert Casey. Me atrevo a afirmar, parafraseando lo que Artaud dijo al referirse a la muerte de Van Gogh, que Calvert fue un artista suicidado por la sociedad y el tiempo en los que le tocó vivir. El ingenuo y delirante juego que la fiebre de su imaginación construyera para ahuyentar a sus enemigos, lo fue poblando de fantasmas —no por absurdos, menos reales y exterminadores. Al final, la literatura resultó incapaz de realizar un exorcismo último que justificara su existencia; quedando el mismo convertido en fantasma. Quizá no servía del todo ilícito añadir que Calvert estaba demasiado comprometido con la vida (bien es cierto que de una manera extraña y misteriosa) para aceptar por más tiempo otra imagen de ella que no fuera la que le dictaba constantemente su deseo. Cuando comenzó a sentirla como “una pasión inútil” decidió lanzarse del otro lado del espejo; no para encontrar su definitivo y verdadero rostro, sino para borrar el testimonio cruel de su memoria. Perdido en el laberinto de absurdas y endemoniadas circunstancias que lo rodeaba, con la interrupción de su conciencia se cumplía el término al irrealizable y angustioso proyecto que constituyó su vida. Ahora sólo nos quedan sus libros, sus palabras, arañando el pálido cristal de los recuerdos..., y algunas cartas que él me escribiera desde Cuba cuando yo me encontraba viviendo en Alemania. Los fragmentos de las mismas que ofrezco a los ojos del lector creo que revelan el hondo perfil humano de aquel hombre que fue mi amigo, Calvert Casey, que nació en Baltimore, amó a Cuba y se suicidó en Roma.
fernando palenzuela
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"Estoy mirando la fotografía que nos tomaron en aquel bellísimo patio de Camagüey durante aquel deprimiento encuentro de poetas, no sé si recordarás. Qué rápido ha pasado el tiempo y cuántas cosas han pasado desde entonces. Tengo versiones fugaces de tu viaje, te imagino al volante de un camión de la casa Mercedes-Benz, por la Plaza de la Magdalena, en París, o inspeccionando las ruinas de la catedral de Colonia, la flamante obra de la civilización, luego he dejado de saber de tí hasta que O. llegó a mi casa y me habló de tí y de querías que te escribiera".
"He vivido fuera y sé la importancia que tiene recibir cartas, el prestigio increíble que tiene un sobre sin abrir, y el misterio. Recuerdo haberlos conservado hasta dos días y mirarlos sin querer abrirlos para no develar el misterio, que muchas veces, casi todas las veces no era más que palabras banales como éstas que te escribo, pero qué extraño y sugerente valor tenían cuando aún estaban dentro del sobre sin abrir".
"Por correo ordinario en un barco que tardará en llegar te estoy mando un libro de cuentos míos que salió este mes. Espero que si abandonas Stuttgart te hagas remitir la correspondencia y te llegue el libro. Creo que en Camagüey me difijiste que te interesaba lo que escribía. Siento mi vida ya muy concluída y siento que debía tener ya media docena de libros; el tiempo perdido es irrecuperable. Con gran escepticismo he empezado una novela. Conspira también contra nosotros la sensación de desastre inminente que pesa sobre la humanidad, y que algunos días es muy fuerte, sobre todo en nuestro pequeño pedazo de tierra, por todas las amenazas que pesan sobre él".
"Pienso en Stendhal que, salvando las enormes distancias, tuvo la suerte de vivir en la Europa de la Santa Alianza donde se podía planear una novela que tardaría meses o años en escribirse, porque había la seguridad del tiempo, que creo es algo que nos ha abandonado. Me pregunto si la anatomía humana, que se adapta a todo, reflejará en alguna forma, quizás monstruosa, esta sensación de apocalipsis inminente con la que (algunos días) parece que hemos aprendido a vivir".
"Del pequeño mundo que tú conociste y sus ramificaciones, antecedentes y futuro preferiero que hablemos cuando volvamos a vernos. Creo que es tan pequeño, con tan pequeñas repercusiones en nuestro pequeño y subdesarrollado país, a pesar de nuestras ilusiones de ser importantes, que si dejara de existir no pasaría nada. No quieras mal a los que no te escriben, el momento es tan complejo que lo que te digan hoy, mañana dejará de ser válido".
"Si te decides a escribirme cuéntame algo de tus viajes, si has conocido Italia. Si no, trata de hacerlo. Hay allí una vitalidad asombrosa, la vitalidad española, pero muy depurada, algo muy viejo y muy joven al mismo tiempo. Quizás Grecia sea así también, pero quizás, como España, más cruda. Roma es como si la Habana tuviera 2,000 años de fundada, y viejos palacios de principes vestidos de negro a los que nadie ve, porque lo extraño es que se me pareció a la Habana, y Génova en cierto modo también. Lo más cerca que te quedaría en París, donde me dice O. que vivirás, es Génova. Es"
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una extraña ciudad, como la Habana pero tenebrosa. Y Nápoles como la Habana, pero con algo malévolo y abyecto. Ya todo eso forma parte de mis recuerdos; en tí es cosa viva. Lo único que deseo es que, pase lo que pase, no tenga que abandonar nunca a Cuba. Tengo esa cosa pueril que se llama el nacionalismo, el amor al lugar donde se ha crecido, que te hará reir a carcajadas allá en tu rincón de Sttutgart, pero que a mí, hoy por hoy, me mantiene aquí”.
la habana, marzo 31, 1962
“Cuenta con que el Libro de Rolando ha salido ya por vía marítima y te llegará. Creo que es un hermoso libro y que la pérdida de Rolando fue tremenda. Me parece, sin embargo, que el cursi epíteto de malogrado no le conviene. El libro parece obra de quien resume constantemente su experiencia porque sabe que va a morir muy pronto. Su temor (o su deseo) tarde o temprano se cumple. Pero yo no soy poeta y leo mal la poesía, todo está ahí y tu juzgarás mejor que yo”.
“No sé si conocías “En San Isidro”, que publiqué en el último número de “Ciclón”, único que salió después del famoso 1ro. de enero. Creo que es también lo de más vitalidad que yo he hecho. En todo caso, únelo a “El Regreso”, porque es parte inseparable de mi visión de la Habana y de Cuba. Como ves, no es poema, ni cuento, sólo una especie de oratorio desesperado”.
“Estoy dando tu dirección a X., pues me la pidió con interés. Pero tú sabes que está un poco como todos nosotros, sujetos a cambios de humor. –Tiene el mismo espíritu invencible de siempre, a pesar de los ataques, de los años y de la soledad”.
“Paso en estos momentos por una crisis personal y me es difícil escribirte nada que tenga sentido. He comenzado y terminado un capítulo de la novela – y me he preguntado ¿es que yo no puedo escribir más que sobre cosas y gentes muy jodidas como yo? ¿Y el lado alegre de la vida? ¿Y la alegría de estar vivo? ¿Y el humor? ¿Y el amor?”
“Luego la crisis personal inevitable de quien ve concluir la juventud y se pregunta qué pasará –posiblemente no pasará nada. La decadencia es demasiado sutil como para que “pase” nada –o es, precisamente: que no pasa nada”.
la habana, junio 17, 1962
“Algo de la pesantez de Munich conozco por libros y por gente que me ha hablado; la capital de Luis I, el loco apasionado de Wagner, recubierta de mármol en un esfuerzo pedante por igualarla a Atenas ¿no hay algo de eso? Algún escritor malo de fin de siglo (creo que Blasco Ibáñez) la llamó “la de los mármoles fríos”. Pero ¿no son los alemanes del Sur, de

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cabellos negros, más vivaces y simpáticos que los del Norte, y más libres de sus manías de trabajo y limpieza? A lo mejor todo esto te hace sonreir; bien, sonrí ante mi ignorancia”.
“Al fin cayeron sobre tu pobre isla, torturada por una sequía bíblica, feroz, inmensos enormes aguaceros tropicales, que me hacen ver a la Naturaleza como una madre menos cruel. El agua del cielo sin descanso, en cantidad diluviana, me agarró en Isla de Pinos. Algún día hablaremos de ese viaje. Qué bello y qué amenazador es el mar en la madrugada bajo un diluvio, lleno de relámpagos. Y yo aterido de frío durmiendo en cubierta, sintiéndome perdido en aquella inmensidad. Constantemente huyo de la ciudad, sobre todo de los pequeños grupos asfixiantes de los que tú, con gran prudencia, te mantuviste a distancia; viajo mucho por la isla; a fines de abril llegué hasta Remedios; Las Villas son amables, en algunas de ellas hay aun viejos fiacres que transportan de lugar y de siglo por una peseta; barato ¿verdad? Hay viejos caserones remedianos conmovedores por lo hermosos; Trinidad es infinitamente superior, allí estuve cuando salí de la Habana, pero es que uno siente que a Remedios no llega nadie. Ya los amigos se han acostumbrado a estas desapariciones constantes mías, que en los últimos tiempos se han hecho obsesivas, y que muchas veces, en un país estremecido por los cambios sociales, a veces tienen extrañas consecuencias que algún día (?) asumirán forma literaria”.
“Tu última carta larga desde Stuttgart me conmovió, pero también me hizo sentir que no estamos tan lejos el uno del otro. Yo también defiendo el derecho a locura. Si hay segunda edición de los cuentos, figurará San Isidro como parte de ese derecho. Eso no me aumentará el número de amigos, ni aquí ni en el exterior, pero me reconcililará conmigo mismo. ¿Y tu locura? ¿Asumirá forma literaria? No olvides que ese será el único rastro de nuestras vidas antes de perderse en el vacío”.
“¿Crees que soy feliz o estoy contento? Como tantos otros, vivo desgarrado, aunque las apariencias indiquen otra cosa; estoy aquí por un amor profundo a mi país, que siento que no puedo abandonar a su dramática suerte, y por un deseo ingenuo de compartir sus tristezas y una esperanza más ingenua aún (estas ingenuidades suelen pagarse muy caras) de influir en esa suerte. Para los de fuera, las apariencias me acusarán de buscar mi mejor conveniencia. Bien, que piensen lo que quieran. Ellos también están sometidos a un sufrimiento intenso. La huella que va dejando el desgarramiento diario en el espíritu sólo es visible para quien lo sufre. Soy tan mal artista que ni siquiera tengo el talento de dejar constancia de ella”.
“Fernando, escribeme cuando sientas la necesidad de hacerlo; tus cartas rompen la sensación esta de aislamiento, tan penosa, hablame de Paris, trata de ver algo del Teatro de las Naciones, que durará hasta julio y cuéntame”.
“Ya yo sabía, antes que me lo dijera Victor Manuel la otra mañana en un café de O'Reilly, completamente ebrio, que lo más hermoso, y lo más terrible, es lo que no se dice. Díme tú lo que puedas”.
“Me siento mucho más sereno; hoy es domingo, un domingo en la Habana, que tan bien conoce. Anduve hoy con Z. por Guanabacoa, él es medio guajiro; anduvimos buscando viejos manantiales, admirando los ríos crecidos, llegamos hasta el río Cojímar, y sus altos paredones impresionantes y llenos de una paz infinita, donde no hace muchos años, aún corrián venados. Cómo se extiende la ciudad hacia allá, qué amenazadora y qué grande”.
“Y tú, que has visto el Elba y el Oder y el Rin, soportas en silencio que yo llame ríos a nuestros pobres arroyos casi secos”.
Calvert Casey

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CALVERT CASEY
—Calvert, tú mueres en un país lejano y en condiciones misteriosas.
—El país lejano es Cuba, ya que nació en Baltimore. Así pues voy a morir en la isla.
Ese fue su razonamiento cuando al interesarse por su muerte leía por primera vez su carta natal. Pero no fue la Habana sino Roma la ciudad lejana de Baltimore donde las circunstancias de su muerte iban a confundirse.
Es Urano el planeta que domina su sector del pensamiento abstracto y su muerte al mismo tiempo. Literatura, religión y muerte son términos sinónimos en el complejo de su horóscopo. Anunciando el exilio por Pisces, Urano totaliza la idea en su orientación hacia lo excepcional, lo misterioso, el último estertor del que agoniza, el bembé, la superstición. El acto creador por derroteros esotéricos afirmándose en una abstracción de morbosas sinuosidades dirigidas a una intención exclusiva: la muerte me ronda, procuremosla.
El sol se ha puesto en el signo viajero de Sagitario enemistado con el Medio Cielo. Su ego destruyendo su fama, se lee.
Por el contrario Plutón se destaca en levante removiendo las aguas de Cáncer con toda su agresividad destructora. Es el quien le lleva a la crisis profunda que se convirtió en su autodestrucción “perché stanco della vita”. Los símbolos de sus últimos años (la casa de la tumba) Mercurio y Venus, se oponen a Plutón. Tras 46 años de rencillas su mente cayó, al fin, en los torbellinos plutónicos escondidos más allá de todo signo celeste.
Hoy, ya cumplido su papel, nos contempla desde las bambalinas, a la espera de un nuevo rol en el cual Plutón no será su Convidado de Piedra.
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CALVERT CASEY
NATALIO GALAN
1923 - 1969

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"La comprensión del pasado ha sido para mí una especie de obesión (...). Recuerdo a la Isla de Pinos de mi ado-
lesencia como un lugar vago, sin límites, de cabalgatas interminables y generosa lluvia. (...)
Cuando la humanidad esté libre del hambre y del miedo y haya esclavizado a la máquina, y el hombre aprenda por primera vez a jugar, comprenderá mejor lo que quiso decir Henry Miller al habiar de la libertad”.
Calvert Casey. “Memorias de una Isla”.
La Habana, Ediciones R.
calvert casey
Después de los días veloces, las noches asperas,
y esa ventana a la circulación de las horas
(Es decir a la circulación de si mismo)
Roma o Ginebra, Nueva York o Paris, México o La Habana-
rincones donde la existencia se consume paso a paso de las estaciones
o a capricho de las galaxias que ya no tendrás tiempo de visitar,
peldaño a peldaño de lo transitorio. Entonces, ¿donde tr?
Al cición de las horas acumuladas más allá de los sueños veloces
o a la redacción de la revista calcinada en el amanecer de los años,
o menivamente a Nueva York –¿cuál es el piso de esa metafísica de ascensores? –
donde llueve desde adentro hacia afuera de las costumbres
mientras las noches son carnívoras y cuando llueve
Dios dibuja sus signos en el universo de cualquier calle o avenida
Estabas siempre de regreso sin saber cómo.
Regresar era la sola costumbre de la angustia –¿a qué?–
mientras los otros regresos se acumulaban.
Entonces –como en la adolescencia –¿quien se hace cargo
de ese fantasma de la lluvia sobre Pinar del Río sin cerrojos,
mientras cabalgabas más allá de ti mismo y la memoria
sin saber aún si todo el país se llamaba Misterio?
Toda la vida humana es partir y llegar, despedirse algún día
para luego, otro día, regresar. Así se vine a empujones de la eternidad.
Así volviste tú con un extraño pasaporte de fe
que había sido acuñado por la inseguridad. –¿por qué?–
Hasta que las manos de la dicha fueron un día extrañas
después delirio de los espejos multiple,
de las pantallas de TV en que se había convertido el interior de las personas.
(Los radares oscurecían las calles y el ojo del adiós vigilaba al adiós y todo a nada).
Quedaron los viajes del prisionero de su angustia,
las interrogaciones del destino que giraban como oídos mecánicos de infinito.
Los buzz bajaban silenciosos al corazón acribillado a descargas en el amanecer.
La Habana se tha vaciado de los sueños que le pertenecían

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¿Pero quién podía comprenderlo? El ay llovía por dentro de las personas.
No era posible pedir a las pantallas de la televisión dos pesos de tregua o de silencio, pesar el hambre en el tiempo que dura un adiós o comprender que el desencanto tiene compartimentos familiares que en un instante nos son extraños, que la máquina de la muerte está allí como cualquier computadora electrónica y saber que todo fue de nièbla y silencio como los pasos adolescentes entre la llunia de Isla de Pinos hace ya tantos siglos en los años.
Entonces, la necesidad de partir. Las antesales delante del adiós, las noches de preguntas desveladas para que el olvido no delate.
Los demás se habituaban a sus trajes de ausencia sistemática.
Todo estaba atomizado en el alma.
La arena cubría el rostro de la poesía.
Las catástrofes nucleares ocurrían sólo en el interior de las personas
Ya no vendían a buscarte de madrugada las máscaras azules, ni de noche te perseguirían los ojos detenidos del olvido
detrás de cuya pupila aún puede divisarse el mar o Nueva York en el amanecer cayendo de rodillas ante cualquier soledad.
"Aquella silla en el café de Saint Germain des Pres esperaria en vano por tí mientras andabas detrás de los paraísos de los idiomas extraños.
Ya no quedaban países en tu cartera. Y te fue negada esa puerta detrás de la que circulaban viejos que haceres de media vida.
Las salidas de escape habían sido marcadas por manos ciegas contraseñas imborrables. Y era preciso persistir.
Roma con una puerta entreabierta al foro de las fieras, hasta que una puerta entreabierta laia ya sin lluvia (Sólo la muerte no estaba raciónada).
En fin. También a ti te correspondió la marca del segundo diluvio para que no pudiera asceptarlo.
¿Quién puede caminar así por Isla de Pinos, bajo la lluvia, desde Roma?
Ya aún mejor que el teléfono de Cesare Pavese para decir unas palabras a cualquiera y luego morir. Un simple papel sonámbulo, noctámbulo de adiós – Pero ya sin atreverse a llorar–
"No se cupe a nadie, etcétera..." ¿A quién? ¿A Dios? ¿A cada uno?
Ahora, querido Calvert Casey, ya no te dolerá el largo exilio de los siglos.
Tus amigos – Severo o Guillermo – esperarán allá, alguna llamada que puedas hacerles por teléfono.
Habrá que conversar de tus libros recién aparecidos. Celebrarlos contigo en ese afuera de los mundo.
Y hasta podrás dedicarnos algún ejemplar retrasado desde esa mesa donde ahora cenas y donde todos son recuerdos.
Alberto Baeza Flores

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CON CALVERT CASEY
DESDE MEMORIAS DE
UNA ISLA
ANA ROSA NUÑEZ
Roma y La Habana se han dado un tiro,
un tiro en la lengua de la Capilla Sixtina,
un tiro en la espuma de la Playa de Santa Fé.
Venir desde tan hondo para ser un símbolo
y agudizarte en hombre para ser tierra y esperanza,
donde comienzan los seres afines, semejantes
como lluvia y nube tomada por asalto en la tormenta
y tiro y fuego para dejar de ser paloma.
Nadie puede pedirte nada que no se entienda
Calvert Casey.
La Isla de Memoria y la Memoria de una Isla:
ausentan y vigencian tu vida entre los ángeles
y las columnatas, ellas tan íntimamente solas
en el corazón de Roma, en el corazón de los lobos,
en las noches que se encienden todas las ciudades
del mundo.
El centro de este infierno es la carga contra la soledad.
Cuando estalla furia de recuerdos poderosos
Ni término de muerte ni rectitud de vida,
sólo sangre que no es dialogada, y en un levantamiento de la verdad
se desploma para gozar con las llamas del compromiso.
No muere quien se esconde en el alma de los que viven.
¿Quién es el héroe de la existencia?
¿Quién el héroe que recrea y profundiza y mira por primera vez?
No ciertamente están ellos del lado de la esfinge.
El centinela en el Cristo es un aire remoto, un sillón vacío,
un portal apagado.
Siéntate Calvert Casey, y atrás la ciudad y el problema obtruso-
Repíteme:
—La Habana dormida era mucho más hermosa—
—En la ciudad desierta, el silencio era perfecto—
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POR WIFREDO FERNANDEZ
El cuento es la lucha de la resistencia contra el tropiezo. Es una mezcla que da por resultado forma y situación; el experimento de un escritor que necesita mantener su marcha hacia el objetivo, donde la consciencia del mismo riega imágenes. Esta es la realidad de Calvert Casey.
Intuir exige motivaciones. Pero a veces la mejor manera de hacer comprender es profundizar con la experiencia. Quien instala verdades tiene fuerza agresiva. Calvert fue un escritor de instintiva violencia; asípero, elocuente y francamente brutal. El no comprimió en los límites: disponía de palabras como de huesos el subsuelo terrestre. Construyó sin fatigar; se dilató en la suma. Así establece a su manera el análisis sicológico del relato; saca materia para el cuento, mientras sus situaciones accesorias, excitan. Sus personajes no se repiten, pero se abrochan en la posibilidad de su ser. Los afanes íntimos arañan otras tonalidades.
Calvert vió rebozada su sensibilidad por una fantasía personal: la vocación del escritor. Es la reacción particular que le permite evocar las ideas fundamentales de un tema. Este asedio engendra relatos. Utiliza mil redes. Surte, atisba ocultas dimensiones. Su dialéctica no es anémica. Aun-
IMAGEN DE CALVERT CASEY
WIFREDO SANTIAGO FERNANDEZ nació en Consolación del Sur, Pirar del Río, Cuba, en 1945. Entre sus más ilustres antepasados "literarios" se destaca, con raro fulgor, la figura enigmática del famoso sabio pinaréiro Tranquilino Sandalio de Noda. Cursó estudios periodísticos en México, donde residió durante 4 años. Hía publicado artículos de critical literaria en diferentes periodicos de México y Miami. Actualmente reside en New York, rodeado de libros y delirios.

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que con razón directa sus relatos ceden el paso a la brevedad. La aventura de una ola puede tener categoría de cuento; silenciar el vaivén ocasionado por un impulso invisible, su corona de espuma como fatiga epiléptica, etcétera, es de por sí un cuento. Por ello a veces silenciar un final puede romper un desenlace, o desechar una minucia no es bueno, porque ésta puede también poner en marcha la magia de una expresión. Calvert no rehusó a nada de esto, porque todo cuento tiene un dinamismo interno. Lo interno es una red con eje: ¿hacia dónde va y por qué va?, es la pregunta de este escritor.
Calvert siempre pastoreó la precisión, porque una descripción puede tener el mismo destino de una luna negra, o abrigar lo crucial, que es el paso del triunfo por la solidez. El fondo de un cuento puede ser ojo vacío, o agitación. Le sucede la lucha intensa, interna e inconfiesable del lenguaje. Lo intenso puede tener una punzante gradación. Calvert combina: acrecenta su poder de comprensión mediante la observación. Traza los caracteres como son: con sus defectos, virtudes, vicios, ideales, esperanzas y modos de ser. Dosifica bien. Los hace aparecer en su integridad y describe su fondo: nada sobresale con exceso de color, ni sus personajes son simples siluetas. Es un equilibrio poco visto en un escritor escéptico.
El sentir no guarda un orden preestablecido, pero sí anota, hace entrever regiones ignotas, reputa el misterio, y mientras, le da crédito a la imagen. Esta despierta nuestra capacidad humana y se adscribe a la significación de una experiencia por el fragmento reconocedor. Su realismo va de su yo a la búsqueda trascendente de lo interdependiente. Así se propuso describir la etapa más decisiva: la comprensión de su verdadera patria (por sentimiento), Cuba, frente a la de su país natal, Estados Unidos. El cuento El Regreso, raspa los huesos. El otro gran tema de su vida fue la muerte, como drástica preocupación climática de su destino y el del ser humano en general.
LA IMAGEN DE CUBA
Todo narrador es —o debe ser— un poeta andariego. Quien anda, descubre y modela. Es la pretensión del hombre que no recuesta su cabeza ni dobla sus rodillas; la confesión de lo que sabe, se ha visto, o encadena un sentimiento inmemorial renovado. Es el encuentro de una sustancia que se quiere y se llega a ella por la percepción, vitalizada por una destreza progresiva si se plasma. Esa es Cuba en la cuentística de Calvert Casey.
Calvert trae a sus páginas el espíritu nacional. No como cuento, sino como recuerdo, porque le dolía el descuido de las tradiciones. Un filósofo es parte —o puede ser— del contexto general de la historia. Así, su identidad (la de nuestro escritor) se transformaba en experiencia agónica. Era un intelectual cebado por la tortura, el pesimismo y el amor.
El deceso de la agonía tiene la cara redonda. Esa no era la cara de Calvert. Se dolía conforme la miseria de un vientre en espera; la cima de su sueño se tornaba en pantano. Una frustración política no le volvió el entendimiento mecánico y vacío, pero sí le hizo orinar sobre la sangre de sus creencias políticas, porque estas se habían convertido en esputo.
¿El pespunteo de sus alas podían ser el plomo de un escopetazo? Lo era. Así nació su cuento El Regreso, cuento absolutamente autobiográfico. Como suprema función describió las limitaciones que le imponía una realidad. Su razonamiento —en cuanto a sentir— tiene una matriz bipartita. Escribe, refiriéndose a Cuba: “temía desde lejos llegar a sentirse extraño en su propio país y aplazaba indefinadamente el viaje con un gesto displicente: lo amo desde lejos”. Pero la dualidad confirma escenas con el traslado. Viviendo en Estados Unidos evocaba Cuba diciendo de ella que “le despertaba viejas memorias de infancia”. Es la lucha de un hombre en plena dualidad patriótica. Admite ser una cosa —en este caso cubano—, pero no rompe la cadena de causas y efectos. Reconoce su cubanidad, pero no puede desarraigarse de su naturaleza natal.
... También es otra órbita mental ineludible. Porque en lo ancestral no era visible una quebradura por la apostasia. Ni sus antepasados abandonaron su naturaleza y lo reconocieron a él como tal, pero la fuga de la vivienda, la crianza, creó otra, también ineludible, que como la anterior, dentro del orden de la libertad, la lealtad, la voluntad de elección formaba una conjunción trascendental e inherente. Este escritor no elimina ilusiones, porque quiere que resistan a sus presiones. Pero conocía que ellas eran aguador en operación de cestería. Entretejía. El factor espiritual centro su vida. Luego palpó el moho horroroso de la deslusión. Calvert transformó la imagen, no subestimó la facultad de abstracción, pero tampoco fue ciego a la realidad: de ahí su duda que le hace presentar una experiencia agónica, vitalizada por su propia agonía. Es la manifestación de un escritor que pocos años después le pedirá perdón al diálogo por el suicidio.

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LA MUERTE EN SU OBRA
Calvert Casey con la muerte encara un proceso: la vida. No disminuye voces, sino renueva extremos hasta llegar a la manifestación vital. Despierta tumbas; las presenta en tono roscoso y tenso, difunde gases y colorea. Colorear la muerte es como dar paso a una consecuencia: la disminución de la elasticidad... Una tumba es el desabrido y triste coágulo del recuerdo. La transparencia de su ojo tenía rigidez cadavérica; sin embargo, era esponjoso por lo receptivo e impresionante. La muerte tiene cola de cangrejo de mar. Cuando habla de ella lo hace conforme camina: "Y pensé en una cosa que nunca había pensado mientras una dependiente muy gorda y muy bella me servía el café con leche sentado cerca de la puerta de San Miguel. Pensé que siempre habría más muertos que vivos, que la suma de los que han muerto siempre será enormemente mayor que la suma de los que en un momento dado viven sobre la tierra, y que el número de muertos se agiganta constantemente, y releí con la mente la necrología del periódico de la mañana y comprendí esa especial satisfacción que siempre siento al leerla, satisfacción de matemático que ve sus cálculos confirmados cada día que pasa".
El corazón de Calvert Casey agotaba sus ultimas reservas, mediante una brusca aceleración... Sobre su aspecto estático el no distribuye las causas de la muerte. Era un escritor que prefería no excederse en el estudio fisiológico, pero sí presentar las tablas de la mortalidad según las edades históricas (directa o indirectamente), comparando seriamente (pero es también ambivalente la comparación porque tiene un sólido filo de ironía) el subsuelo terrestre habitado con nuestro mundo, creando así una burla inconsciente de que bajo la tierra hay una mayor densidad de población que sobre ella.
Calvert nunca redujo las visiones trágicas; sus lineamientos pretenden dar una interpretación universal de la muerte. En él se daba esa realidad trágica transfiguradora del hombre. La muerte no era una dirección de su saber trágico, sino la coloración de su espíritu.
La tormenta siempre avanzó sobre su recuerdo. En él no vivieron la furia y el desdén contra el mundo, sino la desilusión, a veces palpable como una fijación racional. La vida es un cristal en parpadeo; su anemia palpebral no podía vigilar ese océano.
De acuerdo con su posición personal no le embargo objetivos finitos. Consintió y le hizo reverencias a la muerte, y por supuesto, a lo metafísico. Su obra eso: la negatividad realizada con maestría. Pensó en la muerte, escribió sobre ella y la amó. Ahora solo falta saber si Calvert se convertirá en Fortinbras, y la muerte en su Hamlet. Fortinbras contó con el consentimiento de este, el hombre sabio, quien le dijo: "el tiene mi voto de moribundo". La muerte con él debe ser despojo persistente de un castigo.

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BLACAMAN
EL BUENO
Vendedor de Milagros
GABRIEL GARCIA MARQUEZ nació en Aracataca, Colombia, en 1928. Junto a Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante y otros, García Márquez es uno de los más conocidos e importantes novelistas de la hora actual; de lo que se ha dado en llamar la nueva narrativa latinoamericana. Ha publicado "Cien Años de Soledad", "El Coronel no tiene quien le escriba", "Los Funerales de Mamá Grande", "La Mala Hora". Actualmente trabaja en una novela que llevará por título "El Otoño del Patriarca".
Desde el primer domingo que lo ví me pareció una mula de monosabio, con sus tirantes de terciopelo pespuntados con filamentos de oro, sus sortijas con pedrerías de colores en todos los dedos y su trenza de cascabeles, trepado sobre una mesa en el puerto de Santa María del Darién, entre los frascos de específicos y las yerbas de consuelo que él mismo preparaba y vendía a grito herido por los pueblos del Caribe, sólo que entonces no estaba tratando de vender nada de aquella cochambre de indios sino pidiendo que llevaran una culebra de verdad para demostrar en carne propia un contraveneno de su invención, el único infalible, señoras y señores, contra las picaduras de serpientes, tarántulas y escolopendras, y toda clase de mamíferos ponzoñosos. Alguien que parecía muy impresionado por su determinación consiguió nadie supo dónde y le llevó dentro de un frasco una mapaná de las peores, de esas que empiezan por envenenar la respiración, y el la destapó con tantas ganas que todos creimos que se la iba a comer, pero no bien se sintió libre el animal saltó fuera del frasco y le dio un tijeretazo en el cuello que ahí mismo lo dejó sin aire para la oratoria, y apenas tuvo tiempo de tomarse el antídoto cuando el dispensario de pacotilla se desbarrumbó sobre la muchedumbre y él quedó revolcándose en el suelo con el enorme cuerpo desbaratado como si no tuvie-
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ra nada por dentro, pero sin dejarse de reir con todos sus dientes de oro. Cómo sería el estrépito, que un acorazado del norte que estaba en el muelle desde hacía como veinte años en visita de buena voluntad declaró la cuarentena para que no se subiera a bordo el veneno de la culebra, y la gente que estaba santificando el domingo de ramos se salió de la misa con sus palmas benditas, pues nadie quería perderse la función del emponzoñado que ya empezaba a inflarse con el aire de la muerte, y estaba dos veces más gordo de lo que había sido, echando espuma de hiel por la boca y resollando por los poros, pero todavía riéndose con tanta vida que los cascabeles le cascabeleaban por todo el cuerpo. La hinchazón le reventó los cordones de las polainas y las costuras de la ropa, los dedos se le amorcillaron por la presión de las sortijas, se puso del color del venado en salmuera y se le salieron por la culata unos requiebros de postrimerías, así que todo el que había visto un picado de culebra sabía que se estaba pudriendo antes de morir y que iba a quedar tan desmigajado que tendrían que recogerlo con una pala para echarlo dentro de un saco, pero también pensaban que hasta en su estado de aserrín iba a seguirse riendo. Aquello era tan increible que los infantes de marina se encaramaron en los puentes del barco para tomarle retratos en colores con aparatos de larga distancia, pero las mujeres que se habían salido de misa les descompusieron las intenciones, pues taparon al moribundo con una manta y le pusieron encima las palmas benditas, unas porque no les gustaba que la infantería profanara el cuerpo con máquinas de adventistas, otras porque les daba miedo seguir viendo aquel idólatra que era capaz de morirse muerto de risa, y otras por si acaso conseguían con eso que por lo menos el alma se le desenvenenara. Todo el mundo lo daba por muertos, cuando se apartó los ramos de una brazada, todavía medio atarantado y todo desconvalecido por el mal rato, pero enderezó la mesa sin ayuda de nadie, se volvió a subir como un cangrejo, y ya estaba otra vez gritando que aquel contraveneno era sencillamente la mano de Dios en un frasquito, como todos lo habíamos visto con nuestros propios ojos, aunque sólo costaba dos cuartillos porque el no lo había inventado como negocio sino por el bien de la humanidad, y a ver quién dijo uno, señoras y señores, no más que por favor no se me amontonen que para todos hay.
Por supuesto que se amontonaron, y que hicieron bien, porque al final no hubo para todos. Hasta el almirante del acorazado se llevó un frasquito, convencido por él de que también era bueno para los plomos envenenados de los anarquistas, y los tripulantes no se conformaron con tomarle subido en la mesa los retratos en colores que no pudieron tomarle muerto, sino que le hicieron firmar autógrafos hasta que los calambres le torcieron el brazo. Era casi de noche y sólo quedábamos en el puerto los más perplejos, cuando él buscó con la mirada a alguno que tuviera cara de bobo para que lo ayudara a guardar los frascos, y por supuesto se fijó en mí. Aquella fue como la mirada del destino, no sólo del mío sino también del suyo, pues de eso hace más de un siglo y ambos nos acordamos todavía como si hubiera sido el domingo pasado. El caso es que estabamos metiendo su botica de circo en aquel baúl con vuelta de púrpura que más bien parecía el sepulcro de un erudito, cuando él debió verme por dentro alguna luz que no me había visto antes, porque me preguntó de mala índole quién eres tú, y yo le contesté que era el único huérfano de padre y madre a quien todavía no se le había muerto el papá, y el soltó unas carcajadas más estreptosas que las del veneno y me preguntó después qué haces en la vida, y yo le contesté que no hacía nada más que estar vivo porque todo lo demas no valía la pena, y todavía llorando de risa me preguntó cuál es la ciencia que más quisieras conocer en el mundo, y esa fue la única vez en que le contesté sin burlas la verdad, quería ser adivino, y entonces no se volvió a reir sino que me dijo como pensando de viva voz que para eso me faltaba poco, oues ya tenía lo más difícil de aprender, que era mi cara de bobo. Esa misma noche habló con mi padre, y por un real y dos cuartillos y una baraja de pronosticar adulterios, me compró para siempre.
Así era Blacamán, el malo, porque el bueno soy yo. Era capaz de convencer a un astrónomo de que el mes de febrero no era más que un rebaño de elefantes invisibles, pero cuando la buena suerte se le volteaba se volvía bruto del corazón. En sus tiempos de gloria había sido embalsamador de virreyes, y dicen que les componía una cara de tanta autoridad que durante muchos años seguían gobernando mejor que cuando estaban vivos, y que nadie se atrevía a enterrarlos mientras él no volviera a ponerles su semblante de muertos, pero el prestigio se le descalabró con la invención de un ajedrez de nunca acabar que volvió loco a un capellán y provocó dos suicidios ilustres, y así fue decayendo de interprete de sueños en hipnotizador de cumpleaños, de sacador de muelas por sugestión en curandero de feria, de modo que por la época en que nos conocimos

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ya lo miraban de medio lado hasta los filibusteros. Andábamos a la deriva con nuestro tenderete de chanchullos, y la vida era una eterna zoobra tratando de vender los supositorios de evasión que volvían transparentes a los contrabandistas, las gotas furtivas que las esposas bautizadas echaban en la sopa para infundir el temor de Dios en los maridos holandeses, y todo lo que ustedes quieran comprar por su propia voluntad, señores y señoras, porque esto no es una orden sino un consejo, y al fin y al cabo, tampoco la felicidad es una obligación. Sin embargo, por mucho que nos muriéramos de risa de sus ocurrencias, la verdad es que a duras penas nos alcanzaban para comer, y su última esperanza se fundaba en mi vocación de adivinar lo que pudiera, mientras él le daba vuelta a la gramá-tica buscando el mejor modo de convencer al mundo de mi nueva ciencia, y aquí tienen, señoras y señores, a esta criatura encandilada por las luciérnagas de Ezequiel, y usted que se ha quedado ahí con esa cara de incrédulo vamos a ver si se atreve a preguntarle cuando se va a morir, pero nunca conseguí adivinar ni la fecha en que estabamos, así que él me desahució como adivino porque el sopor de la digestión te trastorna la glándula de los presagios, y resolvió llevarme donde mi padre para que le devolviera la plata. Sin embargo, en esos tiempos le dio por encontrar aplicaciones prácticas para la electricidad del sufrimiento, y se puso a fabricar una máquina de coser que funcionara conectada mediante ventosas con la parte del cuerpo en que se tuviera un dolor. Como yo pasaba la noche quejándome de las palizas que él me daba para conjurar la mala suerte, tuvo quedarse conmigo como probador de su invento, y así el regreso se nos fue demorando y se le fue componiendo el humor, hasta que la máquina funcionó tan bien que no sólo cosía mejor que una novicia, sino que además bordaba pájaros y astromelias según la posición y la intensidad del dolor. En esas estábamos, convencidos de haber burlado otra vez a la adversidad, cuando nos alcanzó la noticia de que el comandante del acorazado había querido repetir en Filadelfia la prueba del contraveneno, y se convirtió en mermelada de almirante en presencia de su estado mayor.
No se volvió a reir en mucho tiempo. Nos fugamos por desfiladeros de indios, y mientras más perdidos nos encontrábamos más claras nos llegaban las voces de que los infantes de marina habían invadido la nación con el pretexto de exterminar la fiebre amarilla, y andaban descabezando a cuanto cacharrero inveterado o eventual encontraban a su paso, y no sólo a los nativos por precaución, sino también a los chinos por distracción, a los negros por costumbre y a los hindues por encantadores de serpientes, y despues arrasaron con la fauna y la flora y con lo que pudieron del reino mineral, porque sus especialistas en nuestros asuntos les habían enseñado que la gente del Caribe tenía la virtud de cambiar de naturaleza para embolatar a los gringos. Yo no entendía de dónde les había salido aquella rabia, no por qué nosotros teníamos tanto miedo, hasta que nos hallamos a salvo en los vientos eternos de la Guajira, y sólo allí tuvo ánimos para confesarme que su contraveneno era más que ruibarbo con trementina, pero que le había pagado dos cuartillos a un calanchín para que llevara aquella mapaná sin ponzoña. Nos quedamos en las
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ruinas de una misión colonial, engañados con la esperanza de que pasaran los contrabandistas, que eran hombres de fiar y los únicos capaces de aventurarse bajo el sol mercurial de aquellos yermos de salitre. Al principio comíamos salamandras con flores de escombros, y aún nos quedaba espíritu para reírnos cuando tratamos de comernos sus polainas hervidas, pero al final nos comimos hasta las telarañas de los aljibes, y solo entonces nos dimos cuenta de la falta que nos hacía el mundo. Como yo no conocía en aquel tiempo ningún recurso contra la muerte, simplemente me acosté a esperarla donde me doliera menos, mientras él deliraba con el recuerdo de una mujer tan tierra que podía pasar suspirando a través de las paredes, pero también aquel recuerdo inventado era un artificio de su ingenio para burlar a la muerte con lástimas de amor. Sin embargo, a la hora en que debíamos habernos muerto se me acercó más vivo que nunca y estuvo la noche entera vigilándome la agonía, pensando con tanta fuerza que todavía no he logrado saber si lo que silbaba entre los escombros era el viento o su pensamiento, y antes del amanecer me dijo con la misma voz y la misma determinación de otra época que ahora conocía la verdad, y era que yo le había vuelto a torcer la suerte, de modo que amárrate bien los pantalones porque lo mismo que me la torciste me la vas a enderezar.
Ahí fue donde se echó a perder el poco de caríneo que le tenía. Me quitó los últimos trapos de encima, me enrolló en alambre de púas, me restregó piedras de salitre en las mataduras, me puso en salmuela en mis propias aguas y me colgó por los tobillos para macerarme al sol, y todavía gritaba que aquella mortificación no era bastante para apaciguar a sus perseguidores. Por último me echó a pudir en mis propias miserias dentro del calabozo de penitencia donde los misioneros coloniales regeneraban a los herejes, y con la perfidia de ventrílocuo que todavía le sobraba se puso a imitar las voces de los animales de comer, el rumor de las remolachas en octubre y el ruido de los manantiales, para torturarme con la ilusión de que me estaba muriendo de indigencia en el paraíso. Cuando por fin lo abastecieron los contrabandistas, bajaba al calabozo para darme de comer cualquier cosa que no me dejara morir, pero luego me hacía pagar la caridad arrancándome las uñas con tenazas y rebajándome los dientes con piedras de triturar, y mi único consuelo era el deseo de que la vida me diera tiempo y fortuna para desquitarme de tanta infamia con otros martirios peores. Yo mismo me asombraba de que pudiera resistir la peste de mi propia putre-facción, y todavía me echaba encima las sobras de sus almuerzos y mataba animales del desierto y los ponía por los rincones para que el aire del calabozo se acabara de envenenar. No sé cuanto tiempo había pasado, cuando me llevó el cadáver de un conejo para mostrarme que prefería echarlo a pudir en vez de darmelo a comer, y hasta allí me alcanzó la paciencia y solamente me quedó el rencor, de modo que agarré el conejo por las orejas y lo mandé contra la pared con la ilusión de que era el y no el animal el que se iba a reventar y entonces fue cuando sucedió, como en un sueño, que el conejo no solo resucitó con un chillido de espanto, sino que regresó a mis manos caminando por el aire.
Así fue como empezó mi vida grande. Desde entoncesando por el mundo desfiebrando a los palúdicos por dos pesos, visionando a los ciegos por cuatro con cincuenta, desaguando a los hidrópicos por dieciocho, completando a los mutilados por veinte pesos si lo son de nacimiento, por veintidos si lo son por accidente o peloteras, por veinticinco si lo son por causa de guerras, terremotos, desembarcados de infantes o cualquier otro género de calamidades públicas, atendiendo a los enfermos comunes al por mayor mediante arreglo especial, a los locos según su tema.

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a los niños por mitad de precio y a los bobos por gratitud, y a ver quién se atreve a decir que no soy un filantropo, damas y caballeros, y ahora sí, señor comandante de la vigésima flota, ordene a sus muchachos que quiten las barricadas para que pase la humanidad doliente, los lazariños a la izquierda, los epilépticos a la derecha, los tullidos donde no estorben y allá detrás los menos urgentes, no más que por favor no se me apelotonen que después no responde si se les confunden las enfermedades y quedan curados de lo que no es, y que siga la música hasta que hierva el cobre, y los cohetes hasta que se quemen los ángeles y el aguardiente hasta matar la idea, y vengan las maritornes y los maromeros, los matarifes y los fotógrafos, y todo eso por cuenta míía, damas y caballeros, que aquí se acabó la mala fama de los Blacamanes y se armó el despelote universal. Así los voy adormeciendo, con técnicas de diputado, por si acaso me falla el criterio y algunos se me quedan peor de lo que estaban. Lo único que ya no hago es resucitar a los muertos, porque apenas abren los ojos contramatan de rabia al perturbador de su estado, y a fin de cuentas los que no se suicidan se vuelven a morir de desilusión. Al principio me perseguía un congreso de sabios para investigar la legalidad de mi industria, y cuando estuvieron convencidos me amenazaron con el infierno de Simón el Mago y me recomendaron una vida de penitencia para que llegara a ser santo, pero yo les contesté sin menosprecio de su autoridad que era precisamente por ahí por donde había empezado. La verdad es que yo no gano nada con ser santo después de muerto, yo lo que soy es un artista, y lo único que quiero es estar vivo para seguir a pura de flor de burro con este carricoche convertible dieciseis cilindros que le compré al cónsul de los infantes, con este chofer trinitario que era baritono de la ópera de los piratas en Nueva Orleans, con mis camisas de gusano legítimo, mis lociones de oriente, mis dientes de topacio, mi sombrero de tarita y my botines de dos colores, durmiendo sin despertador, bailando con las reinas de la belleza y dejándolas como alucinadas con mi retórica de diccionario, y sin que me tiemble la pajarilla si un miércoles de ceniza se marchitan las facultades, que para seguir con esta vida de ministro me basta con mi cara de bobo y me sobra con el tropel de tiendas que tengo desde aquí hasta más allá del crepúsculo, donde los mismos turistas que nos andaban cobrando al almirante trastabillan ahora por comprar los retratos con mi rúbrica, los almanaques con mis versos de amor, las medallas con mi perfil, mis pulgadas de ropa, y todo eso sin la gloriosa conduerma de estar todo el día y toda la noche esculpido en mármol ecuestre y cagado de colondrinas como los padres de la patria.
Lástima que Blacamán el malo no pueda repetir esta historia para que vean que no tiene nada de invención. La última vez que alguien lo vio en este mundo había perdido hasta los estoperoles de su antiguo esplendor, y tenía el alma desmantelada y los huesos en desorden por el rigor del desierto, pero todavía le sobró un buen par de cascabeles para reaparecer aquel domingo en el puerto de Santa María del Darién con el eterno baúl sepulcral, sólo que entonces no estaba tratando de vender ningún contraveneno sino pidiendo con la voz agrietada por la emoción que los infantes de marina lo fusilaran espectáculo público para demostrar en carne propia las facultades resucitadoras de esta criatura sobrenatural, señoras y señores, y aunque a ustedes les sobra derecho para no creerme después de haber padecido durante tanto tiempo mis malas mañas de embustero y falsificador, les juro por los huesos de mi madre que esta prueba de hoy no es nada del otro mundo sino la humilde verdad, y por si les quedara alguna duda fijense bien que ahora no me estoy riendo como antes sino aguantando las ganas de llorar. Cómo sería de convincente, que se desabotonó la camisa con los ojos ahogados de lágrimas y se daba palmadas de mulo en el corazón para indicar el mejor sitio de la muerte, y sin embargo los infantes de marina no se atrevieron a disparar por temor de que las muchedumbres dominicales los conocieran el desprestigio. Alguien que quizás no olvidaba los blancamanismos de otra época consiguió nadie suponde y le llevó dentro de una lata unas raíces de barbasco que habrían alcanzado para sacar a flote a todas las corbinas del Caribe, y el las destapó con tantas ganas como si de verdad se las fuera a comer, y en efecto se las comió, señoras y señores, no más que por favor no se me connuevan ni vayan a rezar por mi descanso, que esta muerte no es más que una visita. Aquella vez fue tan honrado que no incurrió en estertores de ópera sino que se bajó de la mesa como un cangrejo, buscó en el suelo a través de las primeras dudas el lugar más digno para acostarse, y desde allí me miró como a una madre y exhaló el último suspiro entre sus propios brazos, todavía aguantando sus lágrimas de hombre y torcido al derecho y al revés por el tétrano de la eternidad. Fue esa la única vez, por supuesto, en que me fracasó la ciencia. Lo metí en aquel baúl de tamaño premonitorio donde cupo de cuerpo entero, le hice cantar

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una misa de tijhieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para el solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepúcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de laástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento.es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.
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una misa de tijhieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para el solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepúcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de laástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento.es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.
una misa de tijhieblas que me costó cincuenta doblones de a cuatro porque el oficiante estaba vestido de oro y había además tres obispos sentados, le mandé a edificar un mausoleo de emperador sobre una colina expuesta a los tiempos más propicios del mar, con una capilla para el solo y una lápida de hierro donde quedó escrito con mayúsculas góticas que aquí yace Blacamán el muerto, mal llamado el malo, burlador de los infantes y víctima de la ciencia, y cuando estas honras me bastaron para hacerle justicia por sus virtudes empecé a desquitarme de sus infamias, y entonces lo resucité dentro del sepúcro blindado, y allí lo dejé revolcándose en el horror. Eso fue mucho antes de que a Santa María del Darién se le tragara la marabunta, pero el mausoleo sigue intacto en la colina, a la sombra de los dragones que suben a dormir en los vientos atlánticos, y cada vez que paso por estos rumbos le llevo un automóvil cargado de rosas y el corazón me duele de laástima por sus virtudes, pero después pongo el oído en la lápida para sentirlo llorar entre los escombros del baúl desbaratado, y si acaso se ha vuelto a morir lo vuelvo a resucitar, pues la gracia del escarmiento.es que siga viviendo en la sepultura mientras yo esté vivo, es decir, para siempre.

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BEN-AMI FIHMAN nació en Caracas, Venezuela en 1949. No revela su signo por temor a los hechiceros. Estudia, equivocadamente, cine en New York. Ha publicado cuentos en Imagen, de Caracas y crítica literaria en remotos periódicos de las llanuras venezolanas. Aspira a ser el más grande cuentista de horror de América Latina. Para lograr su propósito, se afirma que en las noches sin luna le es dado comunicarse con el alma bienaventurada de Boris Karloff.
BEN-AMI FIHMAN
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BEN-AMI FIHMAN
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POEMAS
BEN-AMI FIHMAN nació en Caracas, Venezuela en 1949. No revela su signo por temor a los hechiceros. Estudia, equivocadamente, cine en New York. Ha publicado cuentos en Imagen, de Caracas y crítica literaria en remotos periódicos de las llanuras venezolanas. Aspira a ser el más grande cuentista de horror de América Latina. Para lograr su propósito, se afirma que en las noches sin luna le es dado comunicarse con el alma bienaventurada de Boris Karloff.
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La tortuga inadvertidamente recorre el jardín en sus últimos rincones
El libro de arquelogía está abierto con Ur entre sus brazos
El laboratorio de juguete es el recuerdo doméstico de la alquimia
La tortuga sospecha las alturas sin osadía para enfrentar las
En el laboratorio un mechero de alcohol hace estallar el incendio
La ciudad de Ur, la habitación, la casa éntera, son delicias entre las llamas.
Hagan el favor de dejar los jardines de esta casa
antes de ser acorralados por el ciervo feroz
que deposita sus patas con lentitud
sobre la grama regada en todos los rincones.
Es preferible abandonar la comodidad vegetal de este ambiente
antes de caer bajo la maldición de las nutrias aéreas.
Ahora que se han decidido a huir antes de la caida del sol:
eviten aquella esquina a un lado de la entrada.
La esquina donde revuelcan su furor dos leones grises:
uno con la acariciada melena hecha una costra de piedra
el otro las patas heridas por la espera de la presa.
La esquina donde hay que sufrir el enfrentamiento
del ciego calvo que mira el mundo con las manos.
La esquina de los querubines viejos.
que han abandonado el hábito del arpa
y la raida escalera de caracol
que desciende hasta la boca murante de Borges.
Entra tú, regresa, tú que eres yo:
atraviesa los dos leones de piedra,
la alfombra, la esquina de atrocidades que se repiten;
con la cabeza baja, dejando el aire cansado a tu espalda,
camina hasta tu cuarto donde olvidarás,
olvidarás al ciego
olvidarás los querubines, a la escalera, a Borges,
olvidarás los dos leones que te aguardan diariamente,
olvidarás tu cara en la tranquilidad de tu cuarto.
Registra las humaredas que casi te tocan las manos,
hurgalas también para no encontrar nada,
ni siquiera la ceniza senil del otro invierno.
Reconoce en las paredes renegridas de estos edificios
las puertas que fueron tu entrada y serán tu salida
las ventanas que cedieron lentas a tus manos
y mañana clausurarán las diminutas fallebas
las escaleras que recibieron la ascensión de tus pasos
y dentro de unos días escucharán tu descenso.
Has barecos con las manos para reunir un poco de luz
o toma una soga para colgarte.

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Más bellas que la sombra del tigre tus manos nada las detiene cuando avanzan sin sombra por el bosque cabalgando la abeja y el cristal espléndido de los veranos
Ellas que viajan siempre en la nocturna corteza de tus dientes para emboscarse piel en la mañana en el cadáver de las palmas en las sangrantes cárceles del viento
Esas manos de labios que derrumban la muralla de púas de ojos bajo la hierba de elefante —grabadas en las insomnes raíces del cisne o de la tierra—
Son un río de entrañas vivas que acarician las armas de la aurora son el azogue de la violencia el resplandor de la anémona las flores de la fiebre en tu garganta el sueño desatando
Entre tu ademán y las rosas entre las brasas del mar y mi cabeza una araña de vidrios necesarios teje la transparencia en la explosión de los espejos de obsidiana virgen
En mi dormitorio cada noche el viento insomne de tus manos levanta las espinas la llamarada libre del acero bajo la catedral de Chartres se lava en la hoguera de mi voz en mi respiración sin compromiso como una daga transcurre lentamente en aguas desiguales el unicornio fumando las estrellas bajo el azar culpable de tus manos de venas de madera dispuesta para el fuego del lado de los que afilan los corales las casas las montañas como una ola de rabia contra el tiempo de los asesinos y las máscaras
Mientras los poetas recurren a las manchas que dejan las palabras sobre los duros labios del castillo yo me deslizo por el relámpago de tus cabellos como un fruto sombrío cuyas manos con la sombra del pez cortan la noche que se reparte hacia las migraciones y el olvido
Hacia los altos hornos de la muerte hasta la crucifixión de los coleópteros entramos sin dejar rastro en el espejo de las momias envueltos con las hojas del mar pasamos decididos como el resplandor de una mordida ante el árbol de los tiburones de imanes transparentes entre las orejas del radar
LIBERTAD COLOR DE HOMBRE
FERNANDO PALENZUELA nació en Güira de Melena, Cuba, en 1938. Vive exilado de su país desde principios de 1961. Su exilio ha sido un androide gigantesco con nombres diferentes: España, Francia, Alemania, U.S.A., regido siempre por un solo signo: la soledad. Próximamente publicará un libro de poemas, “Amuletos del Sueño”, que escribiera hace 10 años.

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como un río de arterias cristalizadas que derrumban el bosque y las semillas corrompidas del tiempo
Una coraza de grillos nos precede y alcanza nos protege un talismán de balas duerme en nuestros puños el silencio de tus que trabajan como el castor invade el monte y lo detiene
Al filo del sueño al filo de un nombre pronunciado con asco al filo de un hielo oscuro enjaulado de noche al filo de tus senos de mangle rojo al filo de los que esperan yo me incrusto al cristal libre y sonoro respirando pájaros de carbón como una lanza fundida a la yagruma bajo la luz abierta del tungsteno
La música de cabellos más blancos que el sol
Perfora el brazo los vitrales
Las mariposas que flotan en tus ojos
Se posa en tu mirada hacha o pájaros
Como un reptil acude lentamente
Muriendo ante la flor asul de la mañana
Esa música de dientes que borran las palabras
Siempre serán las venas del agua detenida
Ante la sombra de un Adán tenebroso
Luchando por avanzar hacia lo oscuro
La lentitud con que la piedra existe
Es enfrentar un resplandor incierto
Saltar sobre mi abismo en llamas
Tinieblas de amor besar entre papeles
La crueldad de descubrir que hablamos
Una implacable ceniza que borra el hormiguero
De algunas luces podridas en la lengua
Esa música es lengua de mi sombra
Para levantar el velo de Isis y las rosas
Destinada a llevar una memoria un cuerpo
Como una alegoria doble y de cristal rugiendo
Hacia la piedra más alta del árbol de la niebla
Donde los fantasmas se disuelven puños como flores
Cuando el hombre de lágrimas de hierro
Condenado
Al plomo de su sombra
A la conclusión de sus muslos
Siempre a la exacta medida de sus huesos
Respira la opacidad concreta en las plumas del cisne
Algunos restos de naufragio brillan
En las temblorosas jaulas de sus manos
Flor atroz de arterias de lágrimas que saltan como púas
Para no abrir jamás las puertas a los peces
Un sol le sale por la axila
Su moneda en mis oídos crece hacia el despertar de la alondra
Independientemente que mis ojos siempre estarán abiertos
Me alimento de un suelo sólido de llamas o cerrados
De una realidad que me visita joya
Agua viva naciendo de lo alto
Cayendo como una espada o signo que se borra
Como un perro todo mandíbulas de tela
En la densidad de lo visible
Que traerá en sus alas siniestras las palabras
En lo oscuro sin límites ni sombra
El luminoso bebe un color clandestino
Como los ojos de Horus
Como los mitos de Osiris
Como un cadáver rápido que ama
Los eslabones de la alquimia
Subyugan la mirada del árbol
El tabú de las cortinas que florecen
Más allá del brazo más allá del ojo
Más allá de la neblina lógica del peso
De la conciencia como una mosca en los estratos de la no
Del otro lado del ser muy lentamente che
En las escaleras del deseo
Me mira con su apariencia de reloj suspendido
Da cuerda al tambor de la ceniza
Devolviéndome intacto lo invisible
Este silencio el sueño de frente de cristal
Por donde empieza la palabra.

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LOS LIMITES DEL SILENCIO
JOSE ANTONIO ARCOCHA nació en Jagüey Grande, Cuba, en 1938 bajo el signo del escorpión. Logró sobrevivir a 9 meses de aventura europea y vive desde noviembre de 1961 en New York. Ha publicado recientemente un libro de poemas "EL REINO IMPENETRABLE". Arrojaría, con gusto, su mano izquierda al fuego con tal de leer los manuscritos de la biblioteca de Alejandría. Admira indiscriminadamente a Homero y al anónimo autor de la cuarteta que comienza: "Adios Nueva York querido..."
JOSE ANTONIO ARCOCHA
Tu perfil de estatua egipcia
Y tus ojos que atraviesan mis ojos
No sabrán del poema
Del poema que ejercce su dominio sobre la noche
Que es la secreta justificación de la noche
Más poderoso que la lluvia conque finaliza la noche
Recurrente como la epilepsia
Fantasmagórico como la lepra
Aquí no hay noche ni senos ni ojos
Aquí sólo brilla ciega voluntad del poema
O quizá no porque miento
Quizá miento para ocultar mi faz de cebra enjaulada
Y en ese vaivén entre tu perfil y la cebra
He aquí que ha surgido el poema
Inaudito como el amor
Silencioso como el vuelo del ave
Invisible como los vampiros al alba.

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He invocado a mi antiguo temor a locura
Al viejo mundo de dardos y máscaras
Donde la luna inicia la transformación de los hombres
En jardines tenebrosos donde imperan las momias
Mis gritos de manicomio en noches de rayos
Ocultan la levitación de las brujas
Sobre los designios secretos del escorpión.
Nunca más tus ojos que traspasan la niebla
No hay sílabas para tus senos de relámpago bajo la lluvia
Aquí ya sólo hay corales de realidad que esperan el desembarco
Los volcanes del archipiélago indonesio
La espada que reluctce con la sangre de la dialéctica
Son signos visibles de los montes del Cáucaso
Y del huracán que anuncian los días de Octubre
Llegaremos galopando al alba con el ras de los mares
No habrá piedad para las naves siniestras
Una escuadra de buques fantasmas ya avizora el castillo
Una salva de libros un arabesco de páginas
Inician su danza en las garras mismas del tigre
Se esfuman las puertas de la prisión y los guardianes con ellas
Ennegrecen los cabellos en la raíz del silencio
Como en sueños hemos asesinado al ángel de la espada flamígera
Es pasto de las llamas un solo árbol del bosque.

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Jeddu Mascoretto nació en La Habana, Cuba, en fecha que se niega a revelar. En su país fue niño, mecanógrafo, corrector de galeridas, fotógrafo y supervisor de construcción públicas, aunque no necesariamente en ese orden. No teniendo más tarde en actor. Debido a su innata facilidad para el fingimiento y a su carácter y fantasía bizantinas, vivió de esa aleatoria profesión durante algunos años, tanto en su país como fuera de él. Actualmente dirige comerciales filmados en la isla de Puerto Rico. No ha publicado hasta ahora ninguna poesía, ninguna novela, ningún cuento, ni ninguna obra de teatro. La única convicción que sostiene actualmente es la de crearse inmortal.
JARDINES AEREOS
Aprendí del abismo insomne de la estrella cuando los peces azules recorrieron tu sangre. Supe entonces de los derrumbes milenarios que azotaron el anaquel sagrado de los sacerdotes egipcios. La sombra de los buhos cubrió la distancia de los ciervos porque el arquero invisible sucumbió a los altos tulipanes del bosque. Y el espiral onírico que separa al águila de la montaña invirtió el cinematógrafo de los espejos para retornar a las picualas. ... Luego el plumaje del sol me dejó ciego entre los pájaros de piedra. Ahora mi refugio es la guarida de los íncitos grifos imperiales donde la ceniza letárgica de los océanos interrumpe mi nombre.
La paloma ha cruzado el desierto encendido. Una flecha la abrasa. Un calendario espera. El rostro momificado de Ramsés la mira. La brújula constante – guillotina de fuego – descubre la agonía de la Esfinge en el invernadero de los héros vencidos. Una paloma retorna. Un barquero sin nave. Por sobre las cornizas, los palacios del aire. Bajo los humeantes estantes babilónicos el anacrónico trazo de los siglos observa. ... Una línea fugaz ha roto el lienzo de un apretado crepúsculo de puñales.
JEDDU MASCORETTO
El misterio de las ruinas revelado frente al suicidio de los alfileres.
El pájaro preso. La vidriera del tiempo.
Los paisajes no se detienen frente al abismo ...
La navaja barbera que repite y cercena el milagro de la forma y la complejidad del espejo.
A la concatenación del emigrar de las aves se suceden los remolinos concénticos que conducen al espasmo definitivo.
La atalaya de los ángeles inútil frente a la rebeliión de los cipreses.
La veloz cimitarra aniquila el esplendor sereno de los Césares.
Los umbrales de Aquiles adivinaron siempre la cosmogonía de la flecha.

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DIBUJO DE MIJARES

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Donají no quiso visitar al gordo en el hospital. Pensó que ibamos a presenciar el momento en que los cirujanos vaciarian de grasa el montgolfiérico cuerpazo, o que Sarro estaría erizado de sanguijuelas, o sumergido en disolventes, o alimentado por lavativas, envuelto en gasas y desinfectantes o algo peor. Y la verdad es que yo, para alarma de Lalka, creía lo mismo, pues soñé que tratamientos así eran adecuados para acelerar la recuperación de paralíticos. Y pucha, Yin tardaba en comprender que no habíamos soñado lo mismo, sino que Dona había aceptado mis métodos como naturales, haciéndolos suyos. Y preocupada, deprimida más bien, inició la marcha sin temor, aceptando con gran interés mi compañía y pidiéndole a su hermana que arreglara, ordenara, las camas sobre todo, las tiendas bien antes de mi regreso y estudias, no dejes de estudiar. Sí, aceptó ella. Of course hubiera dicho Sarro.
En la cama del sanatorio lucía completamente distinto: aumentado y demasiado oval, un mucho ballenato o pez globo dormido en el lecho de burbimpido acuario. O Humpty Dumpty si no fuera tan deprimente, la cabeza hundida entre rollos de grasa que borraban quijada orejas cuello nariz y demás; apenas los ojos bajo la calva como impresos en una rodilla: los ojos sorprendidos y tiesos. Y no era Sarro, no en ese silencio de Hospital. Faltaban las toses, las exclamaciones, los pujidos: un Humpty Dumpty anquilosado entre almohadones y conectado a botellas de suero; nosotros revisándolo desde lejos, puerta de por medio, con advertencias y explicaciones a cargo del enfermero de guardia, quien aseguraba que pronto podría mover tres dedos de la mano derecha, o todos, parte de la cara, parpadear digamos, la pierna correspondiente a, y yo no despegaba la vista de aquella bola de pliegues sudorosos. La parálisis afortunadamente, seguía el tipo entre latinajos y modos adverbiales, afectamente solamente parcialmente. Luego intentó distraernos: que si queríamos ir a diseción, a la sala infantil, a tocoquirurgia. Y es que un verdugo de bata blanca había aparecido en el acuario y se probaba manos y brazos de goma. ¿Prefieres quedarte? Sí dijo Yin mordiéndose los labios y viendo intrigada como lo descubrián y ladeaban sin esfuerzo dada su redondez, y como le metían la mano para limpiar sus intestinos. Reparé en la alfombra del pasillo, bien firme de pared a pared y guinda, coloreada por la sangre de sacrificios humanos. Espectacularmente deber continuamente seguía el enfermero y lo dejamos allí, el otro sádico hundiéndose en Sarro como si saqueara el costal de Santa Claus.
GUSTAVO SAINZ nació en México D.F., en 1940. Es uno de los más importantes autores jóvenes mexicanos. En 1965 publicó "Gazapo", su primera novela; y en 1966 su "Autobiografía". El fragmento que a continuación reproducimos forma parte de su novela "Obsesivos Días Circulares", próxima a ser publicada por Joaquín Mortiz.
Capítulo de la novela del mismo título. Copyright Joaquín Mortiz, 1970.
circulares
GUSTAVO SAINZ
Y esas escupideras enumeraba Yin, afuera, y las plantas carnivoras en la entrada. Sortéabamos árboles que nos aislaban del Monumento a la Madre, sin reparar en la gente ociosa pero sí en nuestros zapatos llenos de tierra, en las veredas fuera del itinerario. Y el raro carácter del médico que redactó el diagnóstico... Reflexionamos más de una vez sobre lo intempestivo del acontecimiento... El mal gusto del accidente: era algo propio de Sarro, había sido, y en mi opinión ese derrumbe no tuvo nada de espontáneo. Toda su historia estaba sembrada de rebuscamientos, dobleces, trampas, sorpresas; y sus salidas a la calle parecian forzadas para vencer la monotonía, el miedo de que detrás de cada árbol, del automóvil que se detuvo a unos pasos de nosotros, estuvieran amas de casa camino del mercado y no enemigos armados hasta los talones.
Jobías, o Dona, o yo hubiéramos estirado la pata de unjalón, pero Sarro no, el tenia que rodar perlático, o con 80balas en la panza pero el corazón rehabilitable. Y nopreparaba algo, puesto que en los últimos días se mostróajeno a todo, haciendo salidas misteriosas e insistiendo, con particular saña, en contar una tras otras y en aparenteorden las principales aventuras de su vida? Cuantas pinches cosas ignoramos de esas arrugas que tasajeaban susexpresiones, de sus intereses, esos rapés por ejemplo,cuántas... Como nosotros entre sí, comenté para Yin ¿a partir de qué gesto, de qué lucubración, de qué acto nosfuimos acercando inevitablemente para reunimos aquí, ahora, en esta calle? Y sonréí al recuerdo de Yin desnudaen su cama esperando la primera arremetida del gordo.Húmeda y compreniva y cálida y amorosa y necesitadade un orgasmo epiléptico pero al mismo tiempo atercio-

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pelado / El gordo vestido en mi memoria y ya no Yin, sino otra mujer atada a una mesa y abierta de piernas, abroquela, apretando la vagina cuando el gordo anuncio que iba a husmear por allí, la herida avergonzada y atrayente, pero no él, of course, sino el incubo que sujetaba de la cola mostrándolo para que la víctima recordara esos movimientos nerviosos de los roedores y / Puedes gritar lo que quieras decía el gordo.
¿Qué te pasa? Tomé del brazo a Yin para cruzar Villa-longín y sentí el peso de uno de sus senos. Nada, es buena educación, qué quieres. Y presioné hacia arriba, dulcemente, contando con su complicidad pero sin prevenir, claro, que al llegar a la otra acera iba a separarse, adusta, orgullosa, muy consciente de caminar representando su viudez, complacida en ese papel de séquito procesionario. Y todavía falta que esto haya sido una balmoriada, una farsa. Entremos dijo, desoyéndome. ¿Adónde? Aquí, hay que comprar café, un frasco, o dos... Mejor vamos a ese restorán, te invito una copa. Luego, y antes de repetirlo arrugó la nariz, luego. Me sorprendí pensando café en grandes letras de gas neón. EL MEJOR CAFE. Y el sádico aquel, metiéndole mano a mi gordo. No te preocupes dije, al final siempre los vulcanizan. ¿De veras? La tomé del brazo otra vez, condescendiente.
¿Otras gracejadas? Teníamos necesidad de Sarro, de algo contundente que acabara con él o nos lo devolviera, no que ese compás de espera, semejantes puntos suspensivos, este paréntesis: coño. Y qué tal si una gigantesca máquina pulverizahuesos le hubiera caído encima... En vez del espectáculo guiñol que nos tocó ver hubiéramos recibido un recipiente con el gordo adentro, metamorfoseado en gramos de ceniza. Yin soportó esas frases con desagrado; no hay ofertas dijo, nada más uno, y se dirigió a las cajas registradoras. Espérate ¿no te gustan los supermercados? Ese gesto, esos ojos entrecerrados no le iban a durar mucho tiempo. Son museos: hay colores, sorpresas, catálogos; alguna vez se te ha hecho agua la boca viendo una exposición el Palacio de Bellas Artes? Nunca he ido a Bellas Artes opinó Yin sujetando un Nescafé. Y además está el poder de adquisición, la oportunidad de elegir y sobre todo, mil y diez cosas que no podrás encontrar en ninguna galería, por artística que sea, comenzando por la carga testimonial o lúdica de estos carritos, columnas, estuches, carteles, cajas, el diseño de los pasillos y los stands, las murallas de duraznos en conserva o piñas maduras, como para que venga Josué con su bíblica trompeta y / También hay que pagar dijo Yin, ajena a mí y avanzando hacia las cajas registradoras, jalada por números y timbres. O párlame con quién andas y te diré qué hora es, susurré dirigiéndome al frasco, y dime con quién taloneas para ver si te acompaña, y pendejas así, arañando la etiqueta. No gracias, no queremos bolsa, gracias /
En el bar el frasco ridículo junto a nosotros, a un lado de la azucarera y del desayuno que no engulliríamos pero que era necesario pedir para que pudieran servirvos vino. Y a la hora y media las confesiones, el deseo que sentíamos hervir en algún sitio, la lujuria evidente, y luego el estupor de estar juntos, una sensación muy extraña que se complica con imágenes fugaces de Dona, Leticia, el sanatorio y Lalka, más la certidumbre de que en la escuela no encontraráíamos para besuquearnos, y mucho menos para coitos, ni aunque fuesenfurtivos, y por consiguiente tendríamos que seguir una vida normal, sin otra alternativa que simulaciones y neurosis/ Los ojos enrojecidos de Yin y su interrumpida felicidad. Veinte o más orgasmos al mes y ahora cero, en enorme cero, The Wonderful O y la amargura de su sonrisa. Luego quizás olvidamos el frasco. Había muchos peligros alrededor nuestro, en nosotros mismos también, en el bar y en todos los sitios adonde pudiéramos ir en la immense del valle de México. Pero nada era especialmente castrador y seguíamos besándonos, cada uno con la idea de no quedar satisfecho, pensando en una muralla de honor y decora enlatados que iba a elevarse entre los dos al desaparecer el sabroso mareo de esos martinis, pensando en el amor que haríamos algún día, dentro de un mes, dentro de un año, y en la cara de la Sagan tal y como salió en algún número de Paris-Match; pero un mesero presentaba la cuenta con insistencia y nos separaba de ese embriagador abrazo enfrentándonos a razonamientos de moralista. Ok, ok, pago la cuenta pero traiga dos güisquis. Para mezclarlos con Sarro en polvo propuso Yin señalando el frasco de café, o los polveamos. Y me puse a perforar la tapa con un tenedor. Y vas a ver obeso, ahora sí te desinflo. Y se dobló el cubierto, llegaron las bebidas y cafeteamos el mantel, vinieron a limpiar y se cayeron las copas, gritamos. Total: un desgariate.
Afuera Yin quería comprar helados de limón. Quiso entrar también en una pulquería llamada Las glorias de Cuauhtémoc, pero resultado prohibido el acceso a menores de edad, mujeres, policías y militares uniformados. ¿Cómo se uniforman las mujeres? Nos acariciábamos y por favor,

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respétame, no me hagas caer en tentación. Estas palabras acompañadas de suspiros: un jadeante fervor. Maldito gordo ¿no?, tan orgulloso de su volumen, tan feliz con su millón de kilos de peso. Y comenzamos a cernir su pesada ceniza sobre la calle... Queríamos creer que el pasto ya no creceria allí donde lo derramábamos... Y luego los deseos de seguir bebiendo, la garrafita de ron comprada en una tienda de dueño pamplonés, el calor y Yin pegándose a las paredes sombreadas. Una figura tímida y casi doliente que no me atrevía a captar como disponible. Tendremos que dejar la escuela, se amargaba. No creo, no necesariamente. Y ¿aquí es donde se alquila un departamento? dijo sacando la lengua de una bola de nieve seudoverdosa. Sí aceptó un tipo patibulario y yo pensé que teníamos que comprar helados de limón, que habíamos terminado con sendos barquillos hacia rato, o que Yin quería un poco de intimidad para arreglarse el liguero, o volver el estómago, o proponerme la instalación de una casa chica, y me acerqué lo más posible a sus muslos en el ascensor, sus piernas cálidas, su grupa firme, animal. Y qué hermoso, comentó al entrar en el departamento, mira eso querido, qué vista más impresionante, y puf, huele a pintura, aquí podemos poner el sillón azul y cuánto renta, si no es indiscreción. No sé graznó el encargado con impertinencia, pero Yin no lo oyó, distraída en tirar un poco de nescafé en cada cuarto. Lástima dejarlos a ustedes ¿eh?, pero si tengo que poner un departamento mejor ponerlo cerca de la escuela, por mi hermana. ¿De qué vas a vivir? Primero hay que esperar unos días ¿por qué no vamos a Acapulco tal y como estaba planeado?, ¿qué tal si vamos, eh? así la espera será más fácil y entonces/Era ella que se me apretaba en el ascensor, ocultándose del portero. Tenemos que ir a la playa, no creas que voy a guardar luto o alguna otra mamada, poco ganamos con amargarnos la vida ¿aceptas? Me da gusto que pienses de esa sousandrádica manera, o sí, dije, ok, llanamente.
Después un periplo por diez once doce o trece inmuebles desocupados por que Yin, cada vez que leia SE RENTA, no perdía oportunidad de asomarse en esos espacios deshabitados, uno en Estocolmo y Paseo de la Reforma, todos en la colonia Juárez o en la Cuauhtémoc, malolientes a familia, con pedazos de periódicos desperdigados por pisos que pronto cafeteábamos, o botes de pintura, una escalera abandonada por allí, una brocha en la caja fuerte empotrada en un closet. Y Sarro va a penar por todas estas habitaciones, caj, imagínatelo a media noche, caj, flotando fantasmal como globo meteorológico y disparando una pistola de fulminantes; o en ese ropero, bamboleándose cuando abran para colgar las gabardinas, o escondido detrás de una pared medianera, la panza descubierta; o en aquel balcón, venadeando. En fin, no cesábamos de calcular posibilidades, de sarrear esos espacios mal ventilados, enyesados a medias, o de preguntar los precios, la calidad del agua, las facilidades para instalar teléfono, las profesiones de los vecinos; o descubriíamos olor a bebé o a pecado en la textura de un muro que Yin rápidamente salpicaba de polvo descafeinado. Y en un departamento sobre la calle Río Papaloapan, y en otro desde donde se veía el Castillo de Chapultepec, tomé sus senos, sus senos tome, sopesándolos desde su senospalda, espalda, hasta que un ruido o una presencia nos hizo recorrernos hacia habitaciones más alejadas, hablando de la ciudad con sus capas de smog y polvo, espléndida desde los ventanales de esa estancia corroprida si dispusiéramos de varios miles de dólares al mes, y deprimiento abajo, pisoteadas por oleadas de pobres, anuncios, tránsito y vendedores, al regresar a la banqueta sin aludir a las caricias no correspondidas pero soportadas pacientemente por Yin, quien poco a poco fue perdiéndose en la disculpa de la embriaguez para quedar así, locuaz y descuidadada, abordable. Maldito gordo gritó al consumir el último trago de ron, y arrojó la botella con fuerza hacia una barda. Plof.
Habíamos ingerido una mixtura pavorosa, era cierto, pero nos inclinábamos a creer que no podía afectarnos a tal grado. Al grado, decíamos, de haber parado un taxi para que nos llevara una calle más allá, y lo que es peor locura: Yin abrió una portezuela, entró al auto y salió por la otra; la tomé del brazo y perdió el equilibrio. Y sobre eso la necesidad de la adustez, una estúpida solemnidad de llorona o de turista de luto. Y al llegar a la escuela los gritos, la confusión, las aclaraciones. A los borrachos, vino, decíamos. Lalka y Dona corrián desde el final del patio hacia la entrada, sorprendidas pero más serias que empleadas de agencia funeraria. Y vámonos a Acapulco a imitación de otra mediante la cual, según ella, alcanzó coches y camiones para lanzarles puñados de cenizas del gordo. Lalka estaba absolutamente desconcertada, con el frasco de café en polvo en las manos, vacío y casi limpio pero todavía con la etiqueta, sostenida sin estremecimientos. ¿Y la tapa? Una tierra gruesa y gris, llena de implicaciones. Dona nos veía con sospecha. ¿A qué hora murió? Caminábamos hacia el departamen-

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to. Y al final quedaron algunos pedazos de hueso que chocaban contra el vidrio con un tineo repugnante. Ave María purísima suspiró Lalka, y Yin dio una vuelta completa sobre sí misma. De afinación variable agregué. Olía a pasto recién cortado gritó Yin y corrió escaleras arriba. Yo hice un alto dramático, impidiendo la entrada de Dona y la niña. Recuerdo el ruido y también cómo destacamos el frasco y arrojamos los huesitos frente a la embajada, sobre el pasto recién cortado. Ser o no ser sentenció Dona, sumándose a la confusión. Qué le vamos a hacer: yo, caviloso. Lalka clavó su mirada en el fondo del pomo. O como dijo Heidelberg: cae primero un hablador que un muerto. Dirás Hindemith porque Heidelberg es una ciudad, y lo que dijo Hindemith fue antes cae un ciego que la Torre Latinoamericana. No, ese fue Heidegger. Ah, así, lo que dijo Hindemith fue Guten Morgen Herr Wagner/
En eso unos pantalones negros de Sarro salieron zopiloteando por la ventana. Y tras ellos, pares de calcetines y unos calzones enormes, casi paracadaas. Lalka me dió automático el frasco vacío y quiso subir, quiso levantar el resultado de esa lluvia de pertenencias, y al compás de algo incomprensible que cantaba Yin, allá arriba, agitó varias veces la cabeza, y no tengo ropa de luto, lloriqueando, y habría que rezar, los ojitos sin maquillaje abriéndose desorbitados, no entiendo, sus manos crispadas ante las carcajadas histrónicas de Yin que Siboney, Siboney yo te quiero, y mi aliento alcohólico, por qué rien, por qué, Dona aclarando que Wagner lohengrinaba cuando Holthusen arrribó y dijo Guten Abend, o Guten Morgen, o Gutemberg a secas, Yin a punto de tropezar por la escalera y canturreando se wag caimán, se wag paga Sibonquilla, esquivando a Lalka que descubria a su tortuga desfondándose entre los brazos de, Donita y yo doblados de risa, Yin cagando tortugas al arrastrar su maleta semideshecha, una suave brisa arrastrando las cosas más ligeras que andaban por el patio, Lalka enajenada en una serie de porque sucesivos y gritando también, pateando el suelo, histórica, al comprender nuestra borrachera, regañando con su hermana, alejándose. Y nuestra torcida manera de explicar hospital, atención médica, sueros, gordo hemipiérico; y su carrera visiblemente nerviosa hasta la dirección, luego desaforada hasta el otro lado de la escuela, sus cabellos alborotados a la Einstein. Y el viento...
¿Lloverá? No creo. Pero las vejigas bravas, mira, anunciando vienen: un nutrito destacamento de jorobados nubarrones; tendríamos que comer y recoger todo esto antes que/ Demonios, me siento muy mal, no sé, perdóname... El aire polvoriento arrastraba sin dificultad a los hijos más pequeños de Jack el destripador: giraban sobre el piso de cemento, levantaban un vuelo lleno de tumbros y aterrizaban por etapas, para después otra vez/ Oh no, se alarmó Yin soltando la maleta. Y será mejor que la ayudemos dijo Dona. ¿Lloverá? Voy al baño. Yin corría tras las tortuguitas. Realmente me dieron ganas de orinar, o de volver el estómago, y pese a eso me puse a levantar cosas del gordo. La perversa apátrida había sacado de las valijas todo aquello que no le pertenecía, y esas cosas estaban allí, ofreciéndose, implorándome casi que no las fuera a dejar a la intemperie. Un ataque de tos. ¿Yin o Dona? Me esforzaba en recoger aquello y comencé a sentir un poco de cansancio. La luz del sol bajó de intensidad. Y ya no podía cargar con más prendas de ropa y hallaba más y más: parecía que no iba a acabar nunca, que se reproducían. Una camisa eran dos camisas que eran tres camisas, y otra más, una camisa y un par de tirantes. Y algo como sueño. Ya otras veces me había invadido ese, cansancio general, bueno, no exactamente cansancio, sino esa lasitud, esa proclividad al ocio. ¿Y por qué general? Coronel o mariscal por lo menos. El viento arreciaba. ¿Sabes por qué son tan bestias los generales? Y me orinaba, así que subí al departamento, recordando una fisonomía desvanescente, Elizabeth quizás, las piernas delgadisimas de Elizabeth siempre con listones alrededor del muslo izquierdo ¿o era el derecho? Un departamento por fin y mi política de puertas abiertas, las ventanas azotándose, la ventana, el polvo y la foto donde Sarro saluda a Papá la Oca descuadrada ¿o Papuchas saluda a Sarro? Y la tierra. Arrojé todo aquello sobre un sillón con la funda fuera de lugar. Tres pasos más y/ Qué buena puntería. Y la espuma. Terencio gritaba Dona, abajo. No es fácil sentirse borracho, no era fácil. Calculaba la distancia que habría hasta la cama de Lalka cuando subió por la escalera el ejército confederado con más estruendo que en las películas de John Ford. Y ven, apúrate, Yin se cayó en la alberca, pícale. Dona descendiendo delante de mí. La alberca sucia y seca desde noviembre, junto a las palmeras. Coño: y excesiva luminosidad. La explicación de Dona se la llevas el viento. Y de pronto Yin desapareció y no me animo a verla destrozada. ¿Se caería? No más faltaba esto ¿no? La cubierta de plástico manchada de tierra y hojas secas agujerada en un extremo. Yin? No estaba a la vista. ¿Yin? La escalera tubular de aluminio coincidía

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DIBUJO DE RIVERON

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con la rotura. Me asomé otra vez. Claridad de claustro materno, bueno, ambiente así, y Yin al fondo, engarruñada en un rincón, su regazo lleno de tortuguitas. ¿Y Lalka? Mira dijo Dona, yo voy a convencer a esta loca de que éste no es su cuarto, y a curarle la borrachera, ¿qué tomaron? Dos o tres cosas. Y luego vamos a comer algo, si ustedes no quieren yo si. Ok, ok. Sus piernas habían desaparecido, las caderas. Y no voy a andar sirviendo a la hora que se les antoje. Voy por Lalka y nos vemos arriba, hipée. Y ve pensando cómo tapas este agujero: la voz amplificada, fantasmal, como si viniera del fondo de la tierra. Y venía. Yin ¿estás bien?, un cuchicheo ininteligible.
... Marañas de nubes se disolvían por el rumbo del Pedregal: jorobados volando sobre la Ciudad Universitaria...
Lalka estaba en la cooperativa y en cuanto me vio comenzó a caminar alejándose. Mi confianza se desvanecía y recordé a Leticia en el aeropuerto, su cara obstinadamente enojada, igual que esta niña: Amphetamine Annie...
Tenia que hacerla reir para reconocerla mejor. ¿Sabes por qué son tan bestias los generales? Continuaba ando, ahora hacia la dirección. Repetí la pregunta. No, dijo, los músculos de su cara tensos. Porque los escogen los coroneles sonreí, y reí con facilidad. Ella siguió enojada. Mira, y la tomé del brazo acariciable, sabroso al tacto, casi comestible. Estábamos frente a los cuadros de honor de fin de año. ¿Sabes? Las niñas que obtienen las mejores calificaciones y todo eso. Silencio. El papá de ésta es piloto aviador, el de esta licenciado en la Secretaría de Salubridad, el de esta gerente de algo exótico, no recuerdo qué diablos. Seguía el silencio. Te regalo diez pesos por lo que estás pensando. En navidad, y dame los diez pesos. La navidad ya pasó. ¿Y mis diez pesos? Luego te los doy. Por qué no pusieron arbolito de navidad. Porque se murió Sarro. No se murió. Quiero decir que le dio el ataque y al otro día nos olvidamos de todo. Sí, pero yo digo antes. Antes de qué. Antes, como toda la gente. Cómo sabes que estas niñas tienen pinitos navideños. Así se usa. Y por qué. No sé, así es la costumbre. Bueno, conoce el departamento ok? es tan pequeño que si metiéramos un árbol tendríamos que salirnos. Torció la boca por fin, en disimulada risita. Además tenemos palmeras. Sí, pero no están adornadas. ¿Dices lucecitas, esferas y todo eso? Sí. Bueno, si quieres las adornamos. ¿Cuándo? Mañana mismo. Bueno, pero primero dame mis diez pesos... Y mil frases más de esa calaña. Además vinieron borrachos, por ejemplo... Es que aspiramos amoniaco durante dos horas, allá en el sanatorio. ¿De veras? Si lo has olido tú te desmayas. ¿En serio? El timbre era el de Yin, la cadencia quizás, el ritmo, pero no la expresión. ¿Qué pasa? Nada. Quizás quedé petrificado mirándola, sólo mirándola. Y ¿ves a esta con cara de hipocampo? Atacaba de nuevo los cuadritos de honor. ¿Qué tiene? Es muy creativa. ¿Qué? Es muy creativa repetí; el año pasado encargaron composiciones sobre perros y ella inventó un poodle que fumaba cigarros de veinte marcas distintas y reía de veinte maneras diferentes, sin contar la normal. ¿Y? Como ¿ay?, no te parece genial? ¿Qué tiene de genial? Y ésta pregunto qué diferencia había entre la reproducción del hombre y la metamorfosis de las ranas. Que estúpidida. Y esta tiene una amiga que no sale nunca en los cuadros de honor pero que es muy inteligente, y esa amiga, una niña, claro, de ambientación, que es como decimos aquí preprimaria, esa niña decía, me preguntó cómo se reproducián los hombres primitivos si en esa época no había doctores. Qué imbécil, y desviaba la mirada, se sonrojaba; pero la obligaba a enfrentarme, sujetándola ya no de uno, sino de ambos bracitos, obstinado en provocar su buen humor sin que me importara el procedimiento.
No te gusta escribir composiciones? No. Odias escribirlas? No. Te importa? No. Porque aquí había una maestra que imponía muy buenos temas: las pasiones secretas del benemérito de las Américas, por ejemplo, o la verdad sobre la expropriación petrolera, o ¿estaba circunscio el soldado desconocido? Que qué. Bueno, depende del año en que estés; en primaria hablan de las ranas y esas cosas. Por qué dijiste había?, la despidieron? No importa. Con un solo movimiento rompio mi abrazo y comenzó a caminar. Volvemos?, no tienes hambre? Me acercaba lo más posible a ella, hipeé otra vez. La reproducción de la rana es algo fabuloso. El viento renació para llevarse parte de mis argumentos: nuestras sombras se confundían. La señora rana tiene ajolotitos que nacen sin patas y con larga cola; con el tiempo la cola se les va encogeriendo y les salen patas y manitas.
Sudaba al explicar aquellas composiciones de las alumnas de tercer año: patio por todas partes, la alberca al fondo y la luz solar, tímida. Continuaba. Luego se desarrollan completamente y se hacen ranas lo mismo que sus papás y tienen ajolotitos; perdón, se hacen ranas y hacen lo mismo que sus papás y tienen ajolotitos, sí, así era ¿qué te parece? Reparé en la ventana de la recámara de Yin, abierta de par

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en par; ella y Dona todavía en la piscina, con seguridad, pues no se les veía por ninguna parte; Lalka avanzando delante de mí. No escuché bien ¿cómo era? Que los ajolotitos nacen sin patas y con larga cola; pero con el tiempo la cola se les va encogiendo y les salen patas y manitas, y cuando se desarrollan completamente y se hacen ranas, hacen lo mismo que sus papás y tienen ajolotitos que nacen sin patas y con larga cola; pero con el tiempo/ Ya, ya decía Lalka, está bien.
Habíamos llegado a la escalera. Diablos, había que barrer y dejar todo limpio antes de salir. Y mi Ulysses. Lalka desapareció. ¿No vas a comer? Al rato subo, gritó a través de la puerta. Podía espiarla, pero el hipo otra vez, y Yin, a lo peor se descalabró realmente. Y fui hasta la alberca, tambaleándome de puro gusto, pues lo que es equilibrio lo conservé perfectamente hasta mil decilitros de tequila después, hasta cantidades industriales de coñaquitos, güis-
pero que él me importaba a mí/ El viento sopló por la abertura, un saxofonazo desinflado, y oímos correr la tierra sobre la lona de plástico.
A Dona le resultaba todo eso demasiado desagradable: se instalaba en su expresión favorita de enojo y veía sin ver. No es que a mí me gustaran las confesiones, también me sentía un poco molesto, pero teníamos que dejarla hablar guardando un prudente silencio. Y Yin no desaprovechaba oportunidad. Meses de silencio y monosilabos que se convertían en una telenovela con teléfonos que sonaban y ¿sabe que su hija anda con marihuanos? ¿sabe que el amante de su hija mató a mis hijos? Y no había nadie en la casa, se habían ido todos y ya lo había pensado un poco mejor, esa vez no le abriría dije, y el timbre se retorcía en mi cuerpo, me latigueaba y hacía hervir la sangre, las manos y ya estás grandecita me decía, ya estás crecida, ya puedes respetar una decisión, no puedes comportarte como una recién nacida, se trata de no abrir y basta con eso. Y ¿si no fuera Sarro? pensaba y si fuera mi hermana que regresó? Pero el maldito timbre no descansaba nunca y me iba a enloquecer, ya estaba loca de
ombligo: la horrisona luminosidad. Y el sudor, las palabras automáticas de Yin, que como hipnotizada se perdía en su propio reflejo, cuadriculado por los mosaicos, y en la frescura de aquel mausoleo repetía que a su santa madre la llamaban cada media hora para decirle las baridades que hacía, y a sus abuelos también, por larga distancia inclusive, y que a ella traían loca con los buenos consejos. No crean que ignoraba la fama de Sarro, su afecto por la violencia, el alcohol, sus crímenes probablemente pura mitomanía, y lo que arruga el alma, sabía que todo eso no estaba en absoluto alejado de la verdad, en absoluto. Y lo reducía a la nada, no permitía intentos de absolución, pero me dejaban una escapatoria una sola, y neciamente impugnaban, perdón, que estoy diciendo, y sacudía la cabeza, miraba las tortuguitas y volvía a dudar, qué deciamos, en qué iba, ah, sí, ya estaba harta de los malditos consejos, harta, definitivamente harta, y mandé a mi familia de regreso y me quedé aquí, no es que yo importara un silbato, pero estaba loca, me traían loca, otra vez loca, con cuántas palabras hablo Dios mío ¿cien siquiera? ¿doscientas? Y Terencio, reclamaba, darling, dime cómo explico que no era nada, yo sabía antemano que nunca le importé ni le importará ni le importaría,
maestras, las ganzuzas, su fuerza/ Y se pasó una mano por la frente como alejando esas ideas de la cabeza y pidió un cigarro. No tengo aquí dije, registrándome. Ni yo agregó Dona. Vamos arriba ¿quieres? Te tomas un tecito o algo así. ¿Qué hacemos aquí? y se planteó más preguntas acerca de nuestra estancia, y oh, qué resbaloso, al ascender la pendiente bajo el trampolín, no se me vayan a caer estas moñas y ¿podremos nadar?, ¿cada cuándo la llenan?, y de qué hacen el ron este maldito país, y que buenos son conmigo, unas monjas, deveras queridos, deveritas, como voy a adaptarme a vivir sin ustedes y con mi gordo allá, encerrado; me gustaría que lo vieran así, todas aquellas huacaleras ancianas que conocían su biografía de memoria y lo que es del carajo, mi número de teléfono, malditas, que todo lo que toque se vuelva menstruación, y cuánto pagan aquí por una mecanógrafa. Habíamos llegado a la escalera tubular, con el agujero arriba como una claraboya. Dona subió primero. ¿Por qué no seré de aluminio? Casi cargué a Yin, que arrugaba los ojos y los apretaba porque la luz del día era acida y corrosiva. Malditas viejas ¿no?, que la sangre se les vuelva cagada, y la saliva pus, a ellas y a sus hijos y a los hijos de sus hijos, y pucha, qué sueño tengo. Voy a prepararte un caldito de pollo dijo Dona.
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Llegamos arriba y la abracé de la cintura ayudándola a caminar. Dona se adelantó y Lalka vino a reemplazarla. Ve por mis cigarros dije. Ahorita. Ve, tu hermana quiere uno. ¿Qué pasó? Nada. Y a Yin ¿te duele la pierna? Cuál pierna. ¿Por qué cojeas? No se, y se enderezó, pero no dejes de abrazarme dijo, y te necesito muchismo. También yo muré y tomé su cara de la barbilla que se ajustaba exactamente a mi mano. Iba a besarla, pero estábamos en medio del patio, que es como decir en la pista del circo, y Dona podía vernos desde la ventana del comedor y Lalka desde su recámara. Levanté la vista para checar sus posiciones y en efecto, la niñita venía brincando sobre una pierna y con los cigarros. ¿Sabes cuántos libros tienes? Como dos mil. No. Qué viento gruñó Yin y encendió otro cerillo. ¿Cuántos crees? No tengo idea, pero mas de mil. Estás loco. Chingada madre escupió Yin y arrojó la cajetilla al suelo y los cerillos, que se desperdigaron instantáneamente. Di un número dijo Lalka y se inclinó, gustosa, a recogerlos. Mil trescientos. Di otro para que veas que te doy varias oportunidades. Mil quinientos ochenta. Di otro si quieres. Mil novecientos uno. Tampoco. Yin suspiró al alcanzar la protección del quicio de la puerta. Setenta y cuatro gritó Lalka y regresó contentísima con su botín. Mil setenta y cuatro? Qué mil ni qué narices, setenta y cuatro a secas. Pero no contaste los de las valijas. Claro que los conté, son cuatro. Y los que están en tu casa. También los conté. Pues no sabrás contar, porque tengo más de mil. ¿Apostamos? Lo que quieras. Diez pesos, aparte de los diez que me debes. Me siento dura, dura... Era Yin: había encendido su cigarro y me arrojaba el humo en la cara. Dame uno, sugerí.
Doce dijo Lalka, trece, catorce, quince, etetera, hasta sesenta y tres, uno que tiene Donají, otro que está en tu cuarto, cuatro que van a llevar a la playa y tres que están en casa y dos que tienes escondidos arriba del ropero. Creo que me disgusté, no podía aceptarlo, no, era imposible. Valparaíso es muy diferente de Acapulco? Dona ya se entretenía en la cocina y Yin se derrumbó sobre el sillón, durmiéndose muy pronto. Y de qué se trata este. Ah, es muy interesante. Y este. Ah, tiene un protagonista gordisimo, y el autor que es el personaje más gordo de la literatura. Cómo se llama el gordo? No recuerdo, pero lo puedes ver aquí, en la portada. Oh, quiero unas botas así; ¿me las comprás con lo que me debes? Desde luego, aseguré bajando la voz. ¿Acapulco es muy distinto de Manzanillo?/
Dona se apoyó en la puerta de la cocina, apuntándonos con un tirabu佐ón. ¿Por qué no pegan esos recortes? Del otro lado? No, busquenles un rinconcito dijo, dominando con su voz el roneo de la licuadora. Y entre la curiosidad de Lalka y su buena voluntad, mis miradas constantes a Yin, el pegamento, las tijeras y el olor a comida, nos perdimos entre Kremennaia (URSS) y Tel-Aviv (Israel), pues mientras Anastasia Plotnikova se extraía una aguja del pie, el señor Moshé Vardim recuperaba 875 mil dólares en diamantes que le habían robado... La policía no encontró pista alguna para descubrir a los malhechores, leímos, pero en los suburbios de la ciudad unos niños vieron que muchas hormigas en hilera llevaban piedrecitas brillantes. Por curiosidad los muchachos recogieron algunas y los padres—lerdos—, al ver que eran gemas avisaron a la policía, quien encontró en el hormiguero la fortuna sustraída... Anastasia Plotnikova, en cambio, bordadora de profesión, hace treinta años, al hacer un movimiento brusco, se clavó una aguja en la palma de la mano. Al intentar sacarla se le rompió y quedó la punta de acero dentro de la carne. Cuando llegó ante un médico, el trozo de aguja había penetrado más. Tuvo miedo de una sencilla operación y así quedaron las cosas, pero la particula de metal se deslizaba dentro del cuerpo, y en ocasiones Anastasia sentía piquetes en la espalda, en las costillas y hasta cerca del corazón. Recientemente sintió un dolor punzante en el talón del pie derecho, se quitó el zapato y vio la punta de la aguja, y con unas pequeñas pinzas se la extrajo ella misma.
Viaje fantástico y misterioso rubricó Dona, y su voz ascendió en el aire caliente del comedor junto con el penetrante perfume del tomillo. ¡Mis tortugas! aulló Lalka y corrió escaleras abajo. El color le subió a las mejillas, eme, y se llevó las manos a las orejas, i ese te o ere te u ge a ese. Y faltaba Yin. Unos minutos más y se incorporará con los ojos sorprendidos, aseguré ante Donají, murando quiero agua, rubia arriba de la arrugadísima ropa de luto, o dónde estoy. Pero perdí, bien pronto perdió, pues preguntó por sus maletas antes de pedir algo comestible, y se conformó con un cigarro que estuvo a punto de encender por el lado incorrecto. Nos revisó a todos mientras fumaba, como desde atrás de una puerta de vidrio, de una cortina de humo, hasta que empezó a lagrimear.
Jeremiadas.

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NATALIO GALAN nació en Camaguay y dice tener 55 años para asombro del interlocutor que siempre exclama: —Pero qué bien se conserva. A Galán le gustan las frases hechas. Ha vivido en grandes ciudades: París, Nueva York, Habana, y en pequeños infiernos: Emporia (Kansas) y Somter (Carolina del Sur). En todas ellas la “competencia” ha tenido el mismo significado: crueldad. Poco gregario, su circulo de amistades más el centro que la circunferencia. Compone música cuando no escribe y por escribir no compone. Se distrae con la astrología y otros enseres esotéricos. No desdeña ser escritor, música y astrologo, pero nació en las Antillas donde la política despierta más curiosidad. Y de eso nada sabe.
TERMINA
CON
B
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De todos los indicios, aquel de la palabra señalaba, con más certeza, el embarazo de la nueva tendencia. Había otras señales que no sólo por un gesto se define el bailarín- apuntando como la fermentación se apropiaba nuevos giros. La dramatización sobresalía entre las señales, hacia sus más insistentes demostraciones. Se hubiera dicho que quiso ahogar a la palabra con el gesto, el gesto tapando a la música con manos crispadas; pero la música no tiene rostro, sólo vibraciones y como este elemento lo comparte con la palabra, palabra y música se aunaron, dejando a Euterpe como nodriza, quien no cejó en su empeño de conspirar para que terminado el XVII el dramma per musica se llama Opera.
La música sola dramatiza a su manera, o en la convención que el siglo considera un modo musical de dramatizar.
Aquí puede comenzar el juego de las definiciones que ha llenado de tinta páginas de volúmenes y de dinero bolsillo de editóres, cuántas veces quedando el lector en un mundo de Pascua florida, a la espera de los retoños, o de la perla distorsionada que jamás le llega por caminos de Marco Polo.
Lo exótico envuelto en arabescos. Bernini y sus columnas giratorias, y el ropaje de Santa Teresa, dramatizaban, como los coros, que divididos, iniciaban careos misticos entre las galerías del templo. Adrian Willaert, vestido de antífona barroca en pleno renacimiento, siembra en sus ecos toda la turbulencia dramática de los Gabrieli. Giovanni, máximo emperador, no destronado aún por el tiempo.
Estos fueron los primeros indicios, las primeras intuiciones. La música se bastaba a sí misma, y con sólo el ritmo y armonías modales se pavoneaba con orgullo por los templos de su suerte. En los títuecos renacentistas se liquidan sus experiencias cromáticas para centrarse en el ritmo monolítico, dejando a un lado el tropel de palabras desencadenadas simultáneamente. El madrigal a la búsqueda de una monodía. Una armónica transfusión de sangre se comunicaba al moribundo renacimiento, donde la música había sido reina y señora, sin que el gesto aún se mesara los cabellos. He dicho que el drama per se llega luego.
El conflicto surje más tarde cuando Monteverdi lleva sus armonías cromáticas a las cármas nobles y sirve la poesía en bandejas escénicas, para que la vean de una manera representada. Y es aquí cuando Euterpe empieza sus intrigas, solivianta al gesto, al ropaje, al decorado; y la palabra, que había sido sólo música se hace teatro, skené. Ahí, donde está el cante está la música elocución, la música mimo, la música danza. El público condenaba por un defecto de dicción. Monteverdi dejó bien claro que en su música priva el ropaje armónico y que sus líneas cromáticas, ahora sin esos ecos que las distorsionen, acentúan la intensidad dramática del verso al que siguiendo, se independizaban.
La música no era el niño tras el aya, o el juguete que se escapa. Era un problema entre dos colosos donde la música, sin serpiente reptaba para salvarse. Fueron dos lenguas distintas, una, pura abstracción, la otra objetiva, enfrentadas ante un conflicto que ya tenía su historia y que, en sus futuras consecuencias, no iba a dejar muy claro el mestizaje entre palabras, música y escena. Esta indefinición todavía se comenta en los pasillos de los intermedios,

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y el público no ignora que está ahí para escuchar la melodía sin prestar seria atención a las palabras.
Al dominio de la palabra en el recitativo la melodía opuso el triunfo de sus intervalos, que el cante, más virtuoso de la garganta que del empeño literario, no desprecia. La sensualidad del sonido al servicio de la tensión donde el individualismo del cante tendía más al virtuosismo vocal que a trasmitir el significado de la palabra. La cuerdad floja del equilibrista-cantor se transformó en centro de atracción, y ciertas convenciones rítmicas o melódicas en la proyección adquirieron significados que equivalían a lo dicho con la palabra, ya perdida en el arabesco barroco del sonido.
Para entender estas demostraciones de afecto es necesaria una condición: ser hombre barroco; pero el tiempo ha cambiado estas convenciones. Si consiguiéramos repetirlas en toda su exactitud nuestros manerismos chocarán con ellas; se conseguirían “curiosidades en el decir humano”. Qué pensar del vecino que nos trata de Vuestra Merced? El espíritu de la época flotando sobre sus aguas lógicas. La moda archivó en anaqueles históricos tanto la manera de expresar las relaciones sociales como los giros musicales. Nadie se viste con fósiles, aunque sea grato recordar al fantasma de una época.
De una ópera barroca lo que más fiel se revive es el contexto musical; el resto lo componían desde el cirio en las candilejas, y la alegoria, hasta la maquinaria ingenua que trazaba levitaciones. Hoy el cine las lleva a colosalidades cósmicas y Apolo es un tejano que cabalga en su potranca. El realismo liquidó las categorías mitológicas; no se ha perdido la magia sólo han cambiado los simbolos. Los intervalos en la música no cambian sus proporciones, por ello, Monteverdi llega, aunque los dioses volantes que musicaliza desaparecen con los cirios que les iluminan.
Pero así lleno su siglo y se plegó al siguiente y hoy busca la conformidad del momento. Estas mismas indefiniciones de la ópera le hacen substancia maleable a cualquier circunstancia histórica. Vivió antes del barroco en los milagros medievales narrando en los pórticos de las iglesias vidas de santos, incidentes bíblicos. Cuando el barroco la solicita y construye teatros para efectos especiales, se llenó del oropel del momento, pues no quería ser el acto de fe, sino la resultante aristocrática del buen gusto envuelto en artificios; con tantas convenciones que se estimó una disciplina intelectual, placer exquisito que abarcaba al conocedor y a la masa.
DIALOGO CON NOTAS*
—Llaman a la puerta. Mira a ver quién es.
—Cavalli buscando un arioso.
—Si Schütz se entera lo mata. Dale las Visperas de la Beata Virgen, Massimiliano3.
—Se fue muy contento; tarareaba un aire que llamó aria4, señor.
—No me extraña, ya está en el Orfeo5. En ese joven compositor el lirismo ahoga al drama... y cierra la puerta que el aire del canal6 me apaga el candil que ilumina a Popea7.
* ... MARGINALES
1 Cavalli, Francesco (1602-76). Un Handel o Menotti de su época. Componía sus óperas con la misma facilidad que las promovía. Dejó más de 42. Como en Europa todo Alguien desentierra una obra arqueológica, es muy posible que en unos cuantos años se doble la cifra.
2 Schütz, Heinrich (1588-1672). Murió viejo. Se metió al barroco italiano en el bolsillo y lo llevó para Alemania sin pagar aduana. Le debe varias melodías al Mediterráneo.
3 Monteverdi, Massimiliano. Hijo menor (?) de Claudia Cattaneo y Claudio Monteverdi. Ponía sanguijuelas, por tanto médico, y predecía las pestes por aspectos de Marte y Saturno, por tanto astrólogo. Hasta que la Santa Inquisición le llamó la atención, para dolor de su rótula quedó un poco desviada después de la entrevista. El lector habrá observado como cojeaba al dirigirse a la puerta.
4 Cavalli hizo el recitativo un arioso y de este obtuvo el aria da capo. Historiadores menores le adjudicán el invento de la última, aunque en el aire de Orfeo “Vi ricordo boschi oscuri” (1607) ya Monteverdi le mete mano al A, B, A ternario, que como una maldición gitana regirá los destinos de toda la ópera barroca.
5 Véase nota 4, si no vease nota 7, si no, no sé si se vea qué nota al azar.
6 “... el aire del canal,” resulta una ubicación histórica exagerada. En cuanto al lugar donde Monteverdi compuso “Poppea”, su última ópera, no hay certeza si vivía junto a un canal o a una piazza. Sólo consta que era de noche y sin embargo llovía. (Véase nota sig.).
7 “L'incoronazione di Poppea,” primera ópera de Monteverdi que suelta el mito y se agarra a la historia. Una ópera histórica es ya un mito de ópera.
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Fue en los días homéricos cuando la ronda del A regía el discurso. Con el predominio de la narración, música y palabras se fundían ante la gesta. El círculo de la danza popular, el corro en su eterno retorno encontrando el clímax en la histeria general.
Cuando hubo que buscar contraste, B entró en la escena.
Sin la B el principio tenía fin, no había forma. La estructura binaria dejaba en suspenso el comienzo, su retorno era indispensable y el ternario ABA apareció como fórmula divina. A justificaba la elaboración de su retorno, cuando C intervenía creando más expectación el discurso, para luego retirarse como visita indiscreta en ágape familiar.

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En aquel madrigal que anunciaba al espectáculo, en ese preludio, toccata o sinfonía que abanicaba a la audiencia con las primeras vibraciones, nadie previó al relámpago-overtura que se convertiría en trueno-sinfonía beethoveniana.
Lully preludiando en Francia y Alejandro Scarlatti por Napoles respondían a contrastes en los aires que venían de muy lejos: la chanson, la sonata da chiesa, aprisa-despaciorápido, negro-blanco-gris. Un juego de aires como claroscuros en el tiempo.
Los de Mannheim amanceban la overtura con la suite; los aires abstractos como entidades con ideas propias para que Mozart y Haydn tengan moldes más precisos. Luego, la sinfonía beethoveniana situando la forma como si surgiera de la nada.
—Dos notas hacen un intervalo. He aquí una sinfonía.
Y Beethoven, prestidigitador de turno, convertía a la célula-pañuelo en mantel, que se extendía para envolver a su audiencia en un devenir de desarrollo, y codas con desarrollos, y reexposiciones con desarrollos en la recontracoda de la sinfonía. Brahms solicita un sistema, un retorno ideal —qué romántico!— y usa calzado neoclasicista en sus excursiones costumbristas, pero sus duraciones no abrevian, sigue extendiendo la idea que engendra toda una sierpe sonora (boa constrictor germanus). Sinfonía y elocución eran sinónimos. Ya es hora de preguntarse si esta "symphonia" tuvo su raíz en Schütz o Scarlatti, en la suite o en la sonata da chiesa. Al final de su carrera ¿había la overtura sugerido la sinfonía?
Aun entre las dudas de la definición histórica hay que aceptar la ópera como el horno, y madre tierra, que entre vacilaciones e imprecisiones ofreció en cada hornada las formas más diversas de panes imaginables.
La overtura; el bajo continuo, melodia grave que con sus cifras mantén al clave en una aritmética de acordes con suma total de sonidos en tensiones: 7 a 8; IV, V7, I. El número se resolvía en una rápida ojeada que los dedos desefraban entre las teclas del clave, el complejo armónico reforzando el efecto; el prodigio de los conjuntos vocales —pluralidad de ideas en sintesis gótica; la orquesta, con sus timbres y varias combinaciones siempre a la caza de efectos nuevos, creando por sí sola un personaje musical que comenta la acción en su crítica.
Entre los aires que se apropiara, el aria da capo fue arma indispensable para liquidar al drama per musica de sus comienzos.
En el aria estaba la puerta musical que traía la melodía a un primer término. El recitado consagraba a la palabra, la hacía dueña de la acción; cuando el recitado le cedió un tanto al arioso, la melodía comenzó a enseñorearse. La palabra había claudicado lo suficiente para que el aria entrara y con sus melismas se hiciera la diva en todas las situaciones dramáticas. Al regodearse con el tema del principio, el aria da capo consigue su triunfo final, la independencia del canto y el eterno retorno, ese A, B, A, barroco por ternario.
El arioso tendrá su venganza tardía en la etapa wagneriana, cuando ni aria ni recitado parecian asomarse en la continuidad del panorama operático. Todo se resumía en el triunfo del arioso germánico, aunque por una cuestión de raza Verdi mantén la tradición.
Al seguir estos tres elementos (recitado, arioso y aria da capo) en sus etapas barroca o clásica, romántica o contemporánea —donde a pesar de la continuidad sobreviven como algas electrónicas— se descubre la escalinata en la fachada de un edificio barroco y hasta el modo de pensar o vestir de aquellos que la suben o bajan.
Género, estilo, formas, con qué espontáneos giros iluminaban los días del barroco. “Erase que se era un alfabeto que se bastaba con tres letras: A, B y C...” y los niños creían con este cuento y se dormían en formas que no causaban problemas pues privaba el estilo.
El estilo, sello de la individualidad, sin buscas inquietas se dejaba llevar por la tradición para encontrar su misterio. Bach totocando a Vivaldi transformaba las maneras de éste en una apoteosis alemana. Se comenzaba en el otro para terminar en sí mismo. El estilo respondía, pues estilo es talento, olor de lacre encendido cuyo aroma de brea el sello apaga y queda fija la estampa, aunque no se nombre al sirviente que ejecuta tal función: no era más que un artesano con talento en el oficio. Preocupaba el estilo y no las formas, que se daban por sentadas.

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AB, ABA, eran los abracadabrás de las estructuras musicales. Con el ABACA se sitúa una perspectiva de monolitos:
Se solazaba en la ambivalencia del género que no dejaba de tener sus conflictos pues el drama invadía a la iglesia, pero con nombres abstractos traía la música por derroteros dogmáticos. Al clasificar comunicaba al género su independencia. Una sonata da chiesa no pasaba jamás por suite, y la cantata se despojaba de todo vestuario para que llamaran ópera, ayudando el texto en este empeno.
Entre un allegro y una giga existe la misma diferencia que estar en la calle o asomarse al balcón, en ambos la estructura AB podía ser la misma y hasta el ritmo asemejarse, pero en el género religioso el fluir no se impacientaba, el tempo teñía de austeridad lo que se había visto desde el balcón. ¡Qué rejuego de convenciones, que temor de ser sorprendido en fragante delito! Entre el allegro y la giga bastaba la definición del género. “A la gloria de Dios” justificaba una gavota con palabras en latín; meses antes se había danzado en la corte “a la gloria del monarca”.
Dadme la razón de ser y existo. Y el barroco por definir cayó en la contradicción de su definición. Del recitado del XVII a la fuga del XVIII hay polaridades opuestas, la primera resume la monodía mientras que la segunda se entrega al contrapunto. El recitado es hebra única, la fuga complicado telar. Absorto en sus definiciones llegó a opuestos, que por el apetito de convenciones las hubiera justificado como sombra y cuerpo confundidos.
La fuga se ensimismaba en A y en ese monólogo gestaba una forma de máxima economía. A proyectoada en si misma, inflando el balón dialéctico. Un Sí eterno en el que el No era su imagen reflejada. Entre las formas fue entelequia. Puesta de espaldas su tema organizaba otra A maromera, pues hasta su sombra se incorporaba. Nada sobraba en ese palindromo que extendido en todas las dimensiones del tiempo cierra con bastante densidad al barroco del XVIII, para que los que continúan busquen otros decries menos complejos. La historia es niño malcriado que siempre se contradice.
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Juan Ventura Agudiez nació en Santiago de Chile en 1933. Cursos estudios en la Argentina y Francia. Ha publicado dos novelas: "Las tardes de Therese Lamark" y "Enumeraciones armonía tiempos desiguales". Para finales de año saldrá su primer libro de crítica literaria: "Forma y estética de "La regenta" de "Clarín". El texto que reproducimos forma parte de su nueva novela "Elementos de la composición".
FICCIONES PERTENCIENTES a
COWBO2ICION
DE IV
EГЕWENILO2
ELEMENTOS
DE LA
COMPOSICION
si Mario-Gaston despertase bruscamente en su habitación rectangular bajo la resolana amortiguada de una tarde, a las tres y media, con sensaciones de cansancio-descanso, y evitando reflejos fastidiosos volviese la cabeza hacia el costado izquierdo para fijar la mirada en una área sombría, casi fresca, y renunciase a todo movimiento corporal, en trecerraria progresivamente los párpados escuchando su respiración sibilante, no cortada, permanecería en posición idéntica durante cuatro minutos, luego buscaría con las piernas pliegues de sábanas, aún desconocidos, extendería los brazos protegidos por frazadas, apoyaría los puños sobre una tela rugosa, el cobertor, caería en cierto letargo redoblando enérgicamente el silbido de la respiración que obediente al instante anunciaría el sueño próximo:
o bien:
si Mario-Gaston despertase repentinamente en su habitación alargada, expuesto a luz tamizada de la tarde, a las tres y veinte minutos, cansado-descansado, y retirando los ojos de brillos molestos diese la vuelta para echar la vista a una posición estática, bajaría paulatinamente los párpados, consciente de su respiración aguda, pareja, guardaría igual postura durante tres minutos, luego removería las piernas y las colocaría en los lugares tersos de la sábana, pondría los hombros bajo las frazadas, cruzaría las manos y en la sombra completa de sus párpados no caería en el sopor sino que, alerta, olvidaría el silbido de las exhalaciones y examinaría pensamientos tenues que compondrían un etcétera colosal:
los primos Quinson, mellizos, alcanzan igualdad acabada, si bien no una identidad coincidente pues una cicatriz

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visible, verdadero hilillo blanco, cruza el mentón de uno, surcándolo por breve extensión, y de esta manera Mario-Gaston acentúa esa particularidad, a fin de extraer un Quinson del otro, aunque muy a menudo, con frecuencia irritante, no percibe cicatriz ninguna, suponiendo que Mario-Gaston halle juntos a los dos Quinson quienes, extrañamente, eluden la exhibición de esa igualdad y aparecen siempre por separado mostrando un mentón limpio y refiriéndose de vez en cuando a la cicatriz del compañero, ausente, mientras el índice recorre sobre la piel trazado del hilillo blanco que, sin accidentes, agrieta los poros, y Quinson rechaza toda confusión, como si la cicatriz, que Mario-Gaston ya no recuerda, debilitase la igualdad, no acabada ya para un Quinson, o más bien para los dos:
la identidad no completa, dispar, que atañe a los primos Quinson, es una regla pertinaz con Mario-Gaston quien, prudentemente, intenta dividir la igualdad acabada al intitular a los mellizos:
Quinson-sí, Quinson-no, ignorando uno lo que el otro entiende, y sin conseguir situar la cicatriz Mario-Gaston tendería a creer en la identidad completa, pero la duda le hace concebir ciertos interrogatorios similares, cuyas respuestas localiza a los Quinson en dos bandos, si, no, y cuando Mario-Gaston está convencido de conocer sólo a Quinson-sí, que no posee la cicatriz, respondedor persistente a algunas preguntas, viene la frase de este Quinson, perturbadora, pues trae a mientes la cicatriz facial, obvia quizás en el Quinson del encuentro anterior, la que Mario-Gaston parece dilucidar imprecisamente, por lo que Quinson-cicatriz se vuelve sinónimo de Quinson-no, si bien las contestaciones al cuestionario no aciertan casi nunca con semejante agrupación, falsa en la práctica, y la verdad es que el rostro del Quinson presente queda libre de marca, mientras la sospecha desorienta las ideas formadas y provoca ansiedad en Mario-Gaston, reació a una conclusión definitiva, partidario de una espera discreta para averiguar irrefutablemente si la igualdad acabada con los Quinson incluye la identidad completa:
la reunión de los Quinson, punto delicado, no llega a realizarse, aunque la protesta silenciosa de Mario-Gaston hace reacciónar favorablemente a los mellizos que por separado procuran razones valederas culpando al ausente de independencia, alejamiento, mientras Mario-Gaston piensa en Quinson-sí ante Quinson-no, cuando éste, sin cicatriz, estimula distinción colocándose frente a un espejo, pasando el índice sobre el mentón de piel entera, y luego Quinson-no, al dirigirse a Mario-Gaston, da diez respuestas ignoradas por Quinson-sí, quien tiende a interpretar differentemente el cuestionario, y cuando Mario-Gaston, gracias a las sentencias que oye, descubre al segundo mellizo, reclama la cicatriz, signo individualizar:
Quinson coloca al instante el índice en un lugar preciso del mentón para marcar resueltamente el trazo, que no se denota según Mario-Gaston, que es innegable de acuerdo a Quinson, y ahora el dedo circula por otras regiones donde la piel es tan impeccable como la del mentón, cree Mario-Gaston, pero Quinson insiste en que resulta diferente, y la cicatriz se reneva, pues ya Mario-Gaston no percibe ni sus rastros, y Quinson se empeña en mostrarla forzando gestos faciales para ahondar el surco, luego lamenta no poseer una piel inmaculada, lisa, que proporcionaría a los Quinson, ambos, una identidad coincidente, completa, pudiendo uno reemplazar al otro y aprovechar así conocimientos, necesariamente divididos si existe la cicatriz, mientras que lo ideal sería acumular dos experiencias, dos informaciones, y vivirlas mediante sólo una existencia, única:
entonces la igualdad acabada, a pesar de la cicatriz, podría tener rasgos de identidad completa para Mario-Gaston, si bien éste sigue respetando con energía ese mentón dispar y sus consecuencias que le hacen repetir, convencido, Quinson-no, Quinson-sí, uno con cicatriz, otro sin ella:
la cicatriz debería ser uefecto temporario, de apariciones intempestivas o de mimetismo parcial, visible para algunos ojos, como si el rostro de un Quinson estuviese inconcluso a menos de incluir el trazo, o fuese imperfecto al exceptuarlo:
el tiempo-tamaño es medida que juega con la de forma-color, cuando ambas se mudan y asombran al individuo, si bien la forma-color lanza el objeto a puntos diferentes pues formas diversas sujetas a colores arbitrarios engendran colocaciones dispares, y el tiempo-tamaño estabiliza cualquier artículo pues tiempos desiguales corresponden a tamaños caprichosos y se interpretan gracias a una fijación el espacio:

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el tiempo necesita el tamaño que lo justifica si la operación transformadora se realiza sobre un área circunSCRITA, mientras la forma requiere del color un tránsito continuo donde éste puede adoptar una línea geométrica y devolver una luminosidad corpórea:
pero cuando se visualiza el objeto desde ambas proporciones, forma-color y tiempo-tamaño, la controversia lo desintegra pues un traslado perenne bajo forma-color da a la materia volumen y destello, mientras el sedentario tiempo-tamaño degenera el cuerpo que discrepa con el bulto concebido por la forma-color, inquieta, cuando el tiempo-tamaño subordina la presa ligera y al detenerla obra en escasos instantes modificando el porte, si bien respeta su delineamiento y hace caso omiso de la tonalidad para que luego el objeto se le escape el que, resistente ya, tienta a la forma-color que sin poder operar ante la solidez de la sustancia lo fulmina:
el objeto en una postura, que lo radica sobre la misma posición, lucha contra un movimiento de carácter nomade, sin conseguir mayor ventaja que la de anularse, cuando el estado le procura invisibilidad inmudable pues tampoco puede realizarse su traslado en esas condiciones y el objeto, fuera de tiempo-tamaño y de forma-color, se sutiliza, aunque hay una esperanza de renacimiento si se toman en cuenta transcurso, medida, geometría, reflejo, posados allí a la disposición de un generador que, discreto, los separa en dos porciones para someter el nuevo engendro a las propiedades de una, solamente una:
el objeto de vuelta alcanza rapidez o fijación absolutas:
pero el ojo titilante percibe engorrosa la imagen humana y la anima a su voluntad obligándola al gesto falso, mientras le distorsiona los brazos y los suplanta al cuerpo que, delgado y lacio como los miembros, pende curvo, cuando la figura doble y triple salpica la retina mientras tronco y brazos pierden consistencia y entran en la sombra:
la sombra difuma sus contornos progresivamente mientras el ojo que titila siente el no-color, donde va a quedarse durante una larga etapa lacimal que irritante desconsuela, el no-color se place en trazar reverberaciones que cuando se despejan conducen ese caos filiforme sobre una preponderancia incolora:
pero la imagen distorsionada y aun la sombra de contornos nebulosos se adelantan ahora al no-color, cuando la figura humana vaga parece suficiente a pesar de los brazos y el tronco ilógicos, pues la percepción pasajera de un sintoma humano tranquiliza el ojo defectuoso que a la caza de una silueta inteligible se acomoda rápidamente incluso a la recepción de la sombra, a la cual orna con gracia y armonía, ya que la tolera si le introduce en sus limites un contenido normal que evite desbordarse de esos lindes por los alrededores, mientras el no-color, cuyas líneas no existen, repulsan cualquier manejo pues la monotonía inherente hace brotar emanaciones fugitivas con superficies transitorias:
el ojo titilador, entonces, empobrecido por una incapacidad óptica que desvirtúa la imagen tinieblas y difuma la sombra y el color, clausura el párpado que halla asiento sobre el borde ocular inferior, cercado de pestañas inertes:
cuando una lágrima epilogal puja por salir y rebalsa de un rincón, tajea un pequeño trayecto entre nariz y mejilla para condensar su líquido en una aleta nasal cuya escasa capacidad lo contiene apenas, y con un último vigor esa lágrima se despeja en torrente acelerado mientras deja un vestigio húmedo si bien no mojado:
de una diferencia entre los Quinson los primos Quinson se extenuan en querer vislumbrar una discrepancia entre sus personas cuando Fargo indica que sometiéndolos a tiempo-tamaño y a aspecto del par vendrán a distinguirse, y así Mario-Gaston podrá discernir a ambos individuos sin tener que recurrir al gallardo tajo, la inconstante cicatriz, porque Fargo, ansiosa de finalizar con la suplantación de un mellizo por el otro, los encierrera en una pieza oscura donde esparce una luz que gradúa mediante persianas fraccionadas en múltiples aletas y aberturas entre las que se infiltra el sol, radiante a menudo, pero al que también se obstruye, cuando en tres toques diestros la celosía encogida transparente raudales de luminosidad y una sola aplicação del menique clausura luz precipitando la noche, si bien la maestría queda manifiesta cuando un pequeño ladeo en las tablillas de una persiana tempera un resplandor, y al entorrar la ventana Fargo realza cuatro destellos aunque pone sombras en los alrededores, pues tanta habilidad consumará la división entre dos presencias físicas, porque un Quinson, expuesto a tiempo-tamaño, aguarda en el ángulo de la habi-

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tación un nuevo porte, lo cual exige paciencia, y el segundo Quinson se ofrece al torbellino de la fulgurante forma-color, un rayo en diagonal le enardece la frente, muy despejada, que adelanta las venas y protuberancias, cuando una diafanidad sobre los hombros y pecho principia a animar la evolución donde Quinson pierde la cara aguileña cuyos pómulos en relieve caracterizan a la pareja, y un óvalo innegable rellena las depresiones óseas que se redondean, mientras Fargo pega con sigilo un golpecillo a una bisagra echando a ras una aleta de la celosía, lo que vela pertinentemente las piernas de Quinson quien nota una merma física al ver como se acortan las pantorrillas en favor de los muslos, que se afinan, y ya le es posible afirmar el rostro sobre un puño pues la mandíbula carnosa le reserva cierta blandura que trae a mientes los lóbulos occipitales, fiertos, estriados, impresionantes por fuertes, cuando Fargo, conforme ante el progreso que opera forma-color, acude al asiento donde Quinson, envuelto en una tenaz penumbra, se expone a tiempo-tamaño, y su corporeidad ya no es la misma porque disminuye y el rincon suyo, bastante amplio, parece abalanzarse a la butaca en la cual Quinson estira los miembros inferiores, que sin rozar el piso penden sueltos en vaivén espaciado mientras las manos se encaraman tímidamente a los extremos del respaldo que hasta ese instante no cambia, y Quinson, todavía evidente, se endereza aunque logra sobresalir poco del mueble, cuando Fargo a distancia repara en la modificación y sin considerarla a punto sale de los contornos en silencio para divisar al segundo primo cuyas facciones se alteran satisfactoriamente por lo que se le roba la claridad de formadora de la cara y se la difunde más poderosa sobre el cuello y codos que persisten idénticos, y Fargo administra los focos necesarios desde unas ventanas puestas a su derecha, cuando la garganta de un Quinson se abulta normalmente pues una recia configuración toráxica justifica el robusto brote del cuello mientras los codos pasan de puntiagudos a chatos creando antebrazos fornidos cuya musculatura empieza a acordarse con los hombros cuadrados, porque la luz estimula los biceps pero esa iluminación a veces rebaja una línea exagerada, y el mentón, escueto y decisivo antes, se torna suave cuando respeta el diseño facial que en su parte inferior muda hacia el gesto dulce, mientras Fargo examina detenidamente a Quinson quien exhibe los pies en una cómoda postura, lo que comparten una claridad semejante a la del resto de su persona provocándose luego una deformación en las extremidades, ya que los zapatos son enormes cuando el tobillo delgado soporta un empeine muy en declive que penetra en el calzado y obliga al arqueo de las rodillas, mientras Fargo inspecciona la ventana izquierda que trasluce una breve resolana apta a encrespar el pelo de Quinson quien, mediante este postrero aditamento, podria liberarse en definitiva de forma-color si su mellizo alcanza la dimensión adecuada gracias a tiempo-tamaño, y Fargo revisa el estado en ese Quinson tan empequeñecido que apenas se le percibe posado sobre un cojín, y en la despedida Fargo lo asiste con la mirada que lo presiente como el vestigio final de la pareja porque, si bien diminuto, las facciones reflejan el conflicto de una similitud fastidiosa que esa penumbra no oculta, y desde una esquina el sillón, ahora colosal, estruja casi a su insignificante huésped, cuando Fargo avanza, escarba la butaca, la tantea, se cerciora del vacío y se dirige hacia el Quinson sobreviviente, exento de forma-color aunque padece todavía los efectos del fenómeno, mientras la diferencia, ya establecida, inventa un flamante Quinson, sólo uno, que posterga al otro para siempre:
Mario-Gaston tuvo un indicio inaugural de existencia durante el cambio de dientes. Un diente frontero comenzó por irritarle la encía, a labrar un cómodo lecho que, resueltamente zanjado, motivó atención hacia el fenómeno doloroso que sorprendía como sensación inexperimentada; pues un curioso malestar tomó a la boca entera, de mudanza, cuyas encías susceptibles aflojaban y aflojaban la presa con medida progresión mientras Mario-Gaston contaba uno los dientes vacilantes en el transcurso de un otoño-primavera:
las plantas verdes se encaramaban por los pies y tronco de los árboles trayendo bajo la humedad a la primavera, apenas insinuada, mientras las ramas de pulcra corteza retenían algunas hojas con filos pardos y el resto, bien coloreado de tonalidad primaveral. Entonces Mario-Gaston cavaba alrededor del tronco un surco que hacía fenecer las raíces de esas plantas, las que, pronto arrancadas, enviaban el árbol a un otoño, y repuestas tendían a situarlo en un otoño-primavera. Una gran pericia permitía, sin embargo, anular esas estaciones para penetrar en primavera a solas, expulsándose las hojas divididas por colores, acción que definía un clima ambiguo, pues una brisa levemente cálida presagiaba un cercano estío, y a la vez, bastante fresca, anunciaba el frío aquilonal. Así, Mario-Gaston pudo

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establecer un lapso apropiado cuando:
un diente pasó de vacilante a tembloroso si bien, recostándose de perfil sobre la hendedura trazada en la base, se agarraba fuerte todavía aunque ya vibrante. El diente sobresalía largo y la encía conservadora iba inutilizándose ante esa longitud mayor que estaba simplemente suspendida, mientras cualquiera repercusión bucal la remecía. Luego el temblor se aminoró en un vaivén despacioso que ocasionaba mortificación y deseo de extraer la punta dolorosa:
que frecuentemente había aguijoneado a Mario-Gaston con diversos motivos. En cuanto al cambio dental, la oscilación se redujo a -hacia adelante, -hacia atrás, y el malestar se distribuía en:
durante-la-punzada, entre-dos-punzadas. El diente, de esta manera, empujado -hacia adelante pendía vertical en durante-la-punzada, mientras que el mismo correspondía a entre-dos-punzadas situado -hacia atrás; por lo tanto Mario-Gaston soportaba su dolencia de acuerdo al ángulo dental, lo cual le proporcionó pleno gobierno de la mortificación. Hubo horas en que, cansado de entre-dos-punzadas, decidía mover el diente -hacia adelante, y un pinchazo se fijaba en la encía, el que Mario-Gaston prefería momentáneamente a la uniformidad y espera de la otra orientación:
pero el diente perdió su estabilidad milagrosa durante una estancia entre-dos-punzadas, pues colocado -hacia atrás fue saliendo de la base mientras retrocedía longitudinal para aletargarse por fin sobre la lengua, que lo devolvió con violencia. Un segundo diente se zafo de sujecciones cuando colgaba -hacia adelante y un tercero y cuarto fueron liberados para alinearse sobre la palma de Mario-Gaston quien, al considerar sus siluetas, los halló perfectamente similares:
cuatro dientes de igualdad acabada que, no obstante, habían tenido funciones dispares, pues Mario-Gaston utilizaba sólo dos al mascar y trituraba después con las muelas, por lo que esos dientes sobrantes habían, a pesar de una entera vacancia, emergido, madurado al unisono. Era conceible que alguna marca rebajase tanta igualdad y diese una identificación comparable a la cicatricilla evasiva en un mentón de los Quinson:
fue decidido que el cambio de dientes debía ocurrir con fondo otoñal, y Mario-Gaston arrebató judiciosamente toda planta intrusa y hojas contradictorias de los árboles, dejando plasmar el pardo que dominó el paisaje al caer un séptimo diente:
pero la igualdad entre los dientes permaneció inatacable pues, aunque se les consagró una minuciosa vigilancia, la porcelana de los cuatro no difería ni en sus imperfecciones:
una vez que la boca se hubo desdentado el otoño mostró gran intensidad, desmedida para Mario-Gaston, quien tuvo que sufrir una estación imposible de virar pues las hojas ligeramente tostadas de otoño-primavera se tiñeron enteramente y al apergaminarse abandonaron el árbol:
puesto sobre una avenida prolongada que escoltaban hileras de vegetales escuálidos:

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CONSTANTINO MANUEL TORRES nació en Caraballo, Cuba, en 1947, bajo los auspicios de una luz negra devorada por las hormigas. La influencia de las poblaciones aledañas soldaron a su memoria un río de utópicas realidades. Sintió al próximo Aguacate como lejanía e imaginó la ciudad condal de Jaruco como la abstracción total. También nos asegura que el diálogo secreto que sostuviera en cierta ocasión con el notorio burro de Bainoa –único heredero cuadrúpedo de Socrates– produjo en su espíritu una rebelión estelar contra lógica. Practica la esgrima, la buena lectura y el absurdo, además de ser un apasionado estudioso del Tarot. Quizá con todos esos elementos algún día publique una película o filme un libro.
CONSTANTINO MANUEL TORRES
THE DEVIL.
THE TOWER.
ACTITUDES NO VERBALES
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CONSTANTINO MANUEL TORRES nació en Caraballo, Cuba, en 1947, bajo los auspicios de una luz negra devorada por las hormigas. La influencia de las poblaciones aledañas soldaron a su memoria un río de utópicas realidades. Sintió al próximo Aguacate como lejanía e imaginó la ciudad condal de Jaruco como la abstracción total. También nos asegura que el diálogo secreto que sostuviera en cierta ocasión con el notorio burro de Bainoa –único heredero cuadrúpedo de Socrates– produjo en su espíritu una rebelión estelar contra lógica. Practica la esgrima, la buena lectura y el absurdo, además de ser un apasionado estudioso del Tarot. Quizá con todos esos elementos algún día publique una película o filme un libro.

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I
todo está comenzando, todo ha comenzado ya, todo está por comenzar; nunca se sabrá hasta el fin de los días de eroticismo inmitigable, nunca se podrá tener la certeza de nada hasta quizá después haber finalizado el proceso indicado por la trayectoria de los planetas.
continúa en esa búsqueda en esa persecución del diamante en las entrañas del azufre para evitar tu muerte tal vez un poco apresurada para encontrarle un significado a todo eso/ esa búsqueda será quizá el único modo de retardarla, o, en el mejor de los casos vencerla. (ideal)
todo esta por comenzar: predicciones/profecías/ceremonias para la creación de un mundo nuevo/de una nueva vida/comienzo de un comienzo, sólo tinieblas y gases luces rojas amarillas puras verdes azules constante cambio carencia total de movimiento posición casi-fija preparación para un todo/momentos/ausencia de un concepto que más tarde sabrías se llama tiempo quizá sólo sea un juego u otra de las tantas realidades. todo está por comenzar
todo está comenzando: aprehensión/tenso/algo que va a suceder/se presiente no se sabe que cuando comoporque nada se espera se presiente algo sumamente importante a punto de suceder cambio de realidad de mundo etc presentimiento como el que tendrías muchas veces antes después siempre sin poder definirlo de algo inevitable muchas ocasiones más adelante en esta parte en este nivel en este otro mundo este no todavía a punto con total uso de facultades en aquel mundo espeso. todo está comenzando
todo ha comenzado ya: total uso de facultades en aquel mundo espeso/ha comenzado a suceder/te ves expulsado/a la fuerza/contra tu voluntad fuerzas ajenas a ti ese organismo del que en tu mente has formado una idea como de dios por el que comes respiras vives totalmente parasitariamente ahora te expulsa te abandona en un elemento hostil abierto grandeamplio no mas en tu soledad exquisita presientes muchas cosas gentes lugares quizá es el momento de tu vida en que sabes todo lo que habrá de ocurrir en ese nuevo estado que ha comenzado una premonición que de no olvidarla te servirá de mucho quizá eso sea ese algo del que siempre nos estamos tratando de recordar que sabemos esta ahí presente y cuando logramos el momento de nuestra propia muerte. todo ha comenzado ya:
II
Parado en una esquina con tu cuerpo a tu lado de pie frente a tus ojos miras como se llevan tu voz tan lejana con todos tus sueños a la vez/si tan solo por un momento pudieras salirte escaparte fugarte del esquema creado impuesto en tu mente por la realidad en que vivimos quizás pudieras comprender mejor ese momento esa obsesión que desde tu punto de vista actual tan solo te parece una fantasía de tus sentidos embotados de tu mente inerte quizá pudieras comprenderlo mejor y ver que no es más que la perdida de un yo/un yo que tan solo es una premonición que se consume entre las llamas de un futuro incierto como un aviso de una entrada a una nueva conciencia a un nuevo estado a una forma de vida de las tantas presentes donde le puedas dar un uso total a tus facultades atrofias/perdidas en la región del olvido donde la muerte con su séquito de seres de coral resguarda los secretos de tu pasado/regresa/comienza una vez más/trátalo con todos los recursos al alcance de tus facultades que se vuelven ceniza en esa inacción provocada por la ausencia de libertad/allá en ese camino de sentimientos cristalizados te encontrarás/te-unirás-te-harán-uno/con la mujer de belleza infernal envuelta en una capa de éxtasis y ya nunca más serás tan viejo nunca más caminarás por esos jardines humedecidos por la luz de la luna hasta que te decidas a regresar a volver a vivir a recordar cuando sentiste aquel dolor tan horrible a tratar de recordar ese momento tan importante/proyectarte hacia el/tratar/regresar quizá si eso sea y todas esas posibilidades estén siempre ahí presentes para cuando llegue el momento adecuado propicio servicio se pueda poner todo en uso de nuevo como le corresponde como/

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parado en una esquina por tan solo un momento prefieres olvidarte de todo eso y continuar tu camino en tus quehaceres diarios, y te dices que: quizá sea mejor así, y no aventurarse en esos mundos que se te presentan que tienes siempresentes en una vaga no-conciencia, presentes desde los más remotos rincones de tu memoria hasta que te puedas recordar/una presencia que siempre ha estado contigo Siempre.
III
Ahora, desde hace ya unos años (habiendo perdido ya la más remota idea de cuanto, tal vez sólo breve o mucho tiempo hace, no, nadaausencia), ha comenzado se ha dedicado a una búsqueda en su memoria un sistema a través de asociación de ideas muy elaborado o solo tan personal imposible para otros penetrar que ha elaborado: se ha dedicado a la búsqueda del punto clave donde creerá podría encontrar una solución/no mejor nueva perspectiva a todo lo que le está sucediendo.
una serie de viajes incursiones en tu pasado (?) o proyecciones de tu imagen-cuerpo hacia el para logra resolver para lograr penetrar o volver a comenzar cada vez dejándolo más perplejo sobre la naturaleza de su pasaddo todo tan diferente a como el había pensado imaginado todo el tiempo resto/todo diferente completamente una nueva experiencia aunque vuelta a vivir desde otro modo otro punto de vista perspectiva nueva más amplia cada vez más hacia atrás solo un concepto o modo de expresar quizá no hacia paralelamente o a los lados como ensancharse tal vez/
IV
y se inicia esta mutación/vibraciones de mercurio el aire color de Espíritu y unamarillo más allá de Urano armonía de conceptos opuestos la vida y la muerte conviven su transparencia te acercas tienes a tu alcance los elementos básicos para lograr el final que te has propuesto/los elementos que te harán posible ese final o nuevo comienzo.
la comprensión de todos los signos que se te presentan te llevarán más allá de todos los conceptos pre-establecidos/regresas y vuelves a vivir otro de los tantos momentos en que todavía no comprendías como lo haces hoy pero solo te encuentras en una de las primeras etapas/plenac conciencia/y toda la energía que hoy utilizas estas por descubrir tu fuente todavía/superconciencia/pero persiste en tu obtención trato de alcanzar la perfecta transparencia Toda la magia esta en el deseo.
espacio cósmico mental computarizado a través de convulsiones inducidas químicamente/todos simultáneamente verás como se acercan los jinetes de la region galáctica azufre fluye en sus venas y ahora será el momento en que te encontrarás con la mujer de mirada efímera controladora del león pura y verás como un pez se levanta de su cuerpo para venir a ser la parte mas sagrada de tu mente que se forma de un ser ajeno a tu existencia. Te hijo del Sol amuleto que me protege contra lo tenebroso del silencio y sus sonidos como de óxido infestando los más remotos rincones de mi ser/la posesión de la perfecta inteligencia te facilitará la conjuración del espíritu de la muerte la etérea presencia de tu madre y su cara de hielo tratarán de agotar tus posibilidades/no/conjunción máxima —las imágenes:
obtención de la luz ilimitada
unidades estructurales: Ayin mas importantes de todos los sentidos a la vez evocación de todos maximo/ahora te acercas a uno de los seres supremos siempre vestido de negro una mañana, a limpiar tu corazón con su risa tenebrosa te avecinas ya más al instante que te habías propuesto cada vez menos pues estará en lo que antes tu estado considerabas normal ya ahora no sin lugar en el tiempo quieres solamente seguir adentrándote en este nuevo mundo volver a comenzarlo todo con una nueva perspectiva visión quizá esto la primera etapa en tu desenvolvimiento ya no más atado sensaciones con total libertad.
Marte en estos momentos vienes del Norte lugar desconocido donde anualmente sucede la muerte del Sol/un fuego lanzado desde recintos remotos destruye tu torre encantada tu refugio to caverna protectora ahora oyes sonidos muchos que te agobian te hacen perder todo senti-

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do nada una destrucción necesaria pues debes ir más allá de lo que considerabas el fin más alla del extasis más alla del todo para poder alcanzar lo verdaderamente propuesto/a través presientes la cruz usada para medir las profundidades del Nilo el simbolo de la salvación/de la muerte que te concederá la vida eterna/la llegada a un palacio entre tinieblas que no te recordabas que no sabías te sucedió o quizá si no te haya sucedido nunca y sea una nueva experiencia necesaria para este proceso Un proceso presidido por Saturno que se come a sus propios hijos a su propia expresión momento peligroso inercia todo es ciclo debes tratar de salirte pronto un azul violeta lo domina todo ya tjnieblas de nuevo como hace mucho por primera vez ya estás seguro has perdido tu identidad todo vuelve a comenzar de nuevo todo lo anterior no existe más a comenzar otra vez aunque ya nunca más podrá ser igual pues las condiciones en el tiempo y el espacio no volverán a ser las mismas.
THE HANGED MAN.

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EL MUNDO ALUCINANTE DE REYNALDO ARENAS
Comencemos por los superlativos: “El mundo alucinante” es, junto a “Tres tristes tigres”, “Paradiso”, “Cien años de soledad” y “Rayuela” una de las cumbres de lo que se ha dado en llamar la nueva novela latinoamericana. Esta novela, escrita en 1966 cuando el autor tenía 23 años, constituye un fenómeno de precocidad literaria sólo comparable con Rimbaud escribiendo a los 19 su “Temporada en el infierno” o al misterioso Conde Lautreamont que finalizó “Los cantos de Maldoror” a los 24.
La anecdota visible de la novela es la vida de Fray Servando Teresa de Mier, un religioso mexicano del siglo XVIII, que sufrió persecuciones por parte de las autoridades ecclesiásticas de su país por sus opiniones heterodoxas acerca del dogma mariano. Fray Servando escribió una célebre autobiografía y es sobre esta biografía y otros documentos de la época que Arenas ha volcado todo el poder de su imaginación y todas las astucias de su prosa poética. El resultado ha sido una obra genial en que el autor, asombrosamente para su edad, está en posesión de todos sus recursos y domina con pericia de alquimista todo su universo simbolico. Aquí reina la imaginación en todo el esplendor de su fuerza. Arenas nunca ha salido de Cuba, su mundo es contemporaneo como un automóvil, pero su prosa nos lleva a un México, a una España de siglos pretéritos; nos describe con realismo paisajes que el nunca ha visto; todo esto unido a la dificultad anadida de hacerlo en la primera persona del singular: su metamorfosis frailuna es total.
Cada país de la América Latina tiene una manera especial de enfrentar al idioma español que nos une. De ahí la dificultad, digamos, para un escritor argentino de hacernos creer en la realidad de un personaje colombiano y viceversa. Arenas ha logrado, sin caer en los fáiles clichés, crear un lenguaje a la vez mexicano y poético que nos instaura desde la primera página en una especie de realidad superior donde tienen lugar las aventuras del fraile.
El largo trayecto entre la escritura de este libro y su publicación está sugerido por el prólogo, donde Arenas se refiere misteriosamente a “que algunos consideren que esta novela debe ser censurada”. La antigua tradición china de la referencia oblicua en épocas de penuria vibra en cada una de las aventuras y capítulo del libro. El episodio del fraile en cadenas que lo cubren de la cabeza a los pies, cadenas que subdividen cadenitas que le cierran los párpados, es de una realidad atroz para un lector penetrante.
La novela latinoamericana encontró definitivamente las vías para su esplendor: la fantasía desaforada y la profundización del lenguaje. García Márquez y Rulfo podrían ser considerados como los maestros en la primera; Cabrera Infante y Cortázar como los más altos exponentes de la segunda. Arenas siempre se ha movido con igual soltura ante los poderes de este binario. En su novela anterior “Celestino antes del alba” logra unir una visión infernal de la infancia con una experimentación linguística de primer orden. La figura del abuco en “Celestino” y la del Arzobispo en “El mundo alucinante” constituyen una constante simbólica de la autoridad en la obra de Arenas y una de las claves de su mundo.
Ninguna obra literaria de valor sale del aire. Reynaldo Arenas forma parte del esplendor de la literatura cubana contemporánea. Esta afirmación debe verse desligada de todo matiz político. A la obra reconocida de Alejo Carpentier, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy y del mismo Reynaldo Arenas se unen aquellas que todavía están a la espera de un reconocimiento inevitable. Pienso en José Alvarez Baragaño, poeta maldito, autor de “El amor original”; pienso en Oscar Hurtado y en su libro de vampiros “Los papeles de Valencia, el Mudo”; pienso, finalmente en Fernando Palenzuela, cuyo libro de poemas “Los amuletos del sueño” verá la publicación a principios del año entrante.
Pero temo haberme apartado del tema: es necesario insistir sobre la importancia de “El mundo alucinante”. Reynaldo Arenas, cubano, 26 años, residente en La Habana, autor de dos novelas perfectas y misteriosas como una pirámide, se ha colocado con brillo fulgurante en el mismo centro de la constelación literaria latinoamericana.

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el poeta
mijares

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las relaciones de la conquista de América y en ciertos escritos alucinados que saltan los muros de los manicomios del mundo; igual se nos revela en las danzas, costumbres y utensilios de tribus primitivas que en la vida y la acción de algunos hombres; en los libros de Lydia Cabrera sobre los negros de Cuba o en la conversación y la obra del pintor José María Mijares.
El título a estas notas quizá sorprenda a muchas personas, entre ellas al propio Mijares, ya que su nombre pertenece a la historia de la pintura cubana y no a la de su literatura. A primera vista este último encasillamiento parece justo, si nos atenemos a que la mano serpentina de Mijares nunca ha escrito un verso. ¿Por qué, entonces, el nombre de poeta asociado a su persona? Expliquemosnos.
Desde hace varios siglos existe una conspiración tenebrosa que pretende levantar fronteras —como una muralla alrededor del bosque— contra esa actividad libre del espíritu que es la poesía. Sus epígonos quieren limitar el campo de acción de la misma al producto elaborado por los fabricantes de versos. Pero la poesía se resiste a todo enclaustramiento: brota y fulgura lo mismo en los antiguos textos precolombinos que en los tratados de alquimia; en
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Conversar con Mijares hacer irrupción en un mundo donde el más genuino delirio poético corre como un río mágico inundándolo todo. Confieso que en más de una ocasión he lamentado no poseer una de esas diminutas grabadoras de bolsillo con la cual registrar en cinta magnetofónica todas sus palabras, o mejor aún ser Funes, el memorioso, con su implacable memoria, para asegurarme de que nada sería olvidado. Pero si fascinante resulta Mijares, el hombre, que vive exilado aquí en Miami, mucho más lo es su obra que ha ido creciendo, madurando, parejamente con sus huesos. Esa obra que responde a un solo signo: "el ojo que existe en estado salvaje".
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Ver las cosas, detenerlas, apoderarse de ellas en su esencia original borrando la herrumbre anecdótica de una mal llamada realidad (qué es la realidad?), reconstruyendo sus incandescentes escamas elementales desde adentro, todo eso lo ha conseguido Mijares con las cabezas que ilustran estas páginas. Máscaras que hinchan las velas de la imaginación a ras del deseo, como misteriosas Evas primitivas de flora transparente, ellas han comenzado a andar después de un largo sueño en el bosque imantado del espíritu para iniciar un nuevo magnetismo terrestre. La armonía plana de estos gigantescos volúmenes no ha sido expresada sólo por las líneas de su contorno, sino por un extraño y obstinado uso de los verdes, azules, negros, violetas y amarillos que se aproximan y rechazan, con toda su rica distribución de tonos y matices, hasta obtener su síntesis definitiva en la pirámide del ojo que los contempla. Es como si en estas telas se hubieran dado cita la constelación de los arpones de cristal del mar Caribe, las altas hierbas nocturnas de las islas, y los soles que caen perpendicularmente en lanzas de luz negra: un enlutado trópico radiante transpirando su lenguaje más puro y verdadero.
Estas imágenes virtuales, de una intensidad alucinante, responden a un modelo puramente interior que trasciende los límites de la conciencia. Sus raíces habría que buscarlas en los oráculos del sueño. Hay algo en ellas que escapa a la simple contemplación retinal, a la alegoría del color o de las formas. Quizá sea el enfrentamiento con una memoria anterior lo que levanta la piel y descorre el velo de sombras que nada por el cráneo, cuando nos acercamos a una de estas telas. Entonces, la oscura fiebre de la poesía estalla ante los ojos, produciendo un inesperado estremecimiento semejante al del primer hombre que dibujara con sus manos en el barro. Mijares ha conseguido articular el mundo de lo maravilloso en imágenes plásticas que hablan por sí solas, con un lenguaje duro y transparente como el cristal de roca.
J.A.A. F.P.
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Ver las cosas, detenerlas, apoderarse de ellas en su esencia original borrando la herrumbre anecdótica de una mal llamada realidad (¿qué es la realidad?), reconstruyendo sus incandescentes escamas elementales desde adentro, todo eso lo ha conseguido Mijares con las cabezas que ilustran estas páginas. Máscaras que hinchan las velas de la imaginación a ras del deseo, como misteriosas Evas primitivas de flora transparente, ellas han comenzado a andar después de un largo sueño en el bosque imantado del espíritu para iniciar un nuevo magnetismo terrestre. La armonía plana de estos gigantescos volúmenes no ha sido expresada sólo por las líneas de su contorno, sino por un extraño y obstinado uso de los verdes, azules, negros, violetas y amarillos que se aproximan y rechazan, con toda su rica distribución de tonos y matices, hasta obtener su síntesis definitiva en la pirámide del ojo que los contempla. Es como si en estas telas se hubieran dado cita la constelación de los arpones de cristal del mar Caribe, las altas hierbas nocturnas de las islas, y los soles que caen perpendicularmente en lanzas de luz negra: un enlutado trópico radiante transpirando su lenguaje más puro y verdadero.
Estas imágenes virtuales, de una intensidad alucinante, responden a un modelo puramente interior que trasciende los límites de la conciencia. Sus raíces habría que buscarlas en los oráculos del sueño. Hay algo en ellas que escapa a la simple contemplación retinal, a la alegoría del color o de las formas. Quizá sea el enfrentamiento con una memoria anterior lo que levanta la piel y descorre el velo de sombras que nada por el cráneo, cuando nos acercamos a una de estas telas. Entonces, la oscura fiebre de la poesía estalla ante los ojos, produciendo un inesperado estremecimiento semejante al del primer hombre que dibujara con sus manos en el barro. Mijares ha conseguido articular el mundo de lo maravilloso en imágenes plásticas que hablan por sí solas, con un lenguaje duro y transparente como el cristal de roca.
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CRONOLOGIA DE UN DERRUMBE
:Cortazar y Fuentes
Desde hace poco más de un año, vienen haciendo notables, ciertos signos que bien podrían considerarse alarmantes, con respecto a la evolución de la así llamada "Nueva Narrativa Latino-Americana".
En tren de confirmar la hipótesis de un agotamiento prematuro, presuntamente por desgaste temático, vale la pena tener en cuenta ciertas características llamativas, que son comunes a las cinco o seis más conocidas figuras de este movimiento.
Queremos dejar bien explícito que no nos anima intención peyorativa alguna con respecto al movimiento literario latino-americano, y mucho menos contra ninguna de las figuras que lo constituyen o lo constituyeron. En rigor de verdad, aunque hoy escribimos para denunciar los que a nuestro juicio constituyen los estertores agónicos de toda una generación de creadores, hemos sido, en otros tiempos, ardientes defensores de los hombres que ahora criticamos.
Perovolvamos a lo anterior: cuales son esas características comunes a los escritores de este movimiento?
Obviamente, no vamos a referirnosotros, a todo aquello que caracteriza la forma expresiva de estos hombres. La revitalización de las raíces folklóricas del lenguaje, la ambientación telúrica de las anecdotas, la introduc-
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ción de elementos pertenecientes a la categoría del razonamiento mágico, el peculiar tratamiento de la dimensión temporal (pérdida del desarrollo lineal), el carácter testimonial y presuntamente comprometido, etc. constituyen todos tópicos exhaustivamente estudiados en centenares de ensayos editados en los últimos años.
Evidentemente, son estos puntos de contacto entre sus respectivas obras, los que han permitido considerar a estos autores, como representantes de un mismo movimiento literario.
Pero cuando hablamos de características comunes, nos estamos refiriendo al estilo, sino a algo quizás menos notable, pero seguramente más decisivo: la evolución individual de cada uno de estos hombres en tanto que escritores.
Detallamos ya algunas de esas similitudes que son ciertamente suggestivas.
1) Todos surgen a luz en la década de 1955 a 1965.
2) Todos debutan con éxito de critica, y con poca percusión popular.
3) Todos libros posteriores de estos autores desmejoran en calidad, pero alcanzan éxito editoriales jamás antes alcanzados por autor americano alguno.
4) En todos los casos el declive se produce dentro de la primera década a partir del momento de la aparición de las obras consagratorias.
5) Todos ellos se deterioran progresivamente después de los primeros éxito.
6) La mayoría de estos hombres está trabajando en el exilio (algunos por razones políticas, pero una gran parte por causas personales).
Quizás no fuera del todo descabellado suponer, que uno de los agentes responsables de la catástrofe, sea precisamente, esta desconexión con la fuente nutricia, la perdida de contacto con esa tierra natal que fertilizó las obras iniciales.
Es probable que para esta altura, algún lector comience a oponer ciertos reparos a la exactitud de estas apreciaciones. Trataremos de demostrar, con ejemplos, la causa de nuestras inquietudes.
Uno de ellos, y por cierto que bien demostrativo, lo constituye Carlos Fuentes, escritor mejicano que ha venido sufriendo un acelerado desgaste de sus virtudes como creador.
Este hombre era autor ya de dos novelas bastante convencionales, cuando en 1962, es bruscamente catapultado a la fama por su novela “La Muerte de Artemio Cruz” y ese hermoso cuento hipertrófico que es “Aura”.
Si bien sus obras anteriores, Fuentes ya prefiguraba su estilo y se sumergía, con bastante eficacia, en el turbulento pasado de la revolución mejicana, es indudable que recién en “La muerte…” halla este escritor su modalidad expresiva más plena y comunicativa; por otra parte, la opinión de la crítica en este sentido, fue unánime.
Sin embargo, cuando por considerarlo ya maduro, abrigábamos todos la esperanza de seguir constatando sus virtudes, aparecen, entre otros, libros como “Cambio de Piel” y “Zona sagrada”, dos obras en las que resulta indisimulable la pérdida del vigor original, y en las que los temas se agotan por la reiteración.
Creemos que uno de los primeros en advertir esta falla, fue el mismo Fuentes, cuya primera y poco feliz reacción, fue tratar de encubrir esta debilidad esencial de sus anecdotas con una complejidad progresiva de sus estructuras formales. Así, esa siempre maravillosa dinamización del “tempo” que se produce por la eficaz interpolación de los recuerdos del moribundo Don Artemio, se ve reducida en “Cambio de piel”, a una estéril alteración cronológica que solo contribuye a diluir los efectos de una historia poco convincente.
De la misma manera, la exquisita minuciosidad con que se describe el sombrío caserón donde transcurre “Aura”, y que constituye un elemento fundamental en la creación de esa atmósfera alucinada, se transforma en “Zona sagrada”, en un barroquismo enumerativo y asfixiante, que inevitably aburre y satura la paciencia de los lectores.
Otro ejemplo lamentable de esta serie derrumbes de característicasi epidémicas, es el que ofrece Julio Cortazar.
Podría decirse que el germen de la muerte ya anidaba en algunas páginas de “Todos los fuegos el fuego”. Es curiosa la textura de este libro. Frente a la casi perfección de algunos cuentos, como: “Autopista del sur” o “La Srta Cora”, que junto a “Los premios” y “Rayuela” constituyen quizás, los puntos más altos en la narrativa de Cortazar, se anotaban ya relatos con fallas estructurales no muy marcadas para el lector desprevenido, pero siempre evidentes para los que hemos seguido la obra de este autor, con amor e interés, casi desde sus principios.
Conocimos despues “La vuelta al día en ochenta mundos”, un folleto impecable y costosamente editado, en el que ya tuvimos la palpable sensación de que no todo era
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digno de elogio. Era aquella una colección de ideas inconexas, donde pudo apreciarse que las más lúcidas, casi siempre pertenecían al pasado. En las de cuño más reciente, además de la falta de rigor, una especie de insufrible vanidad, deterioraba, en nuestro criterio, la figura del escritor. Parecia como si por su propia decision, se hubiera otorgado, inmerecidamente, el derecho a apoltronarse en el sillón de la posteridad. Reclamaba para sí, esa cierta condición de infalibilidad que tanta antipatía generara en la obra de Borges.
Sin embargo, sus admiradores de la primera hora, pudimos todavía, mediante una especie de escamoteo intelectual, relegar esta obra a un segundo plano, y considerarla, piadosamente, una intrascendente travesura del genio.
Pero hoy el desencanto es ya una presencia maciza. Leer “62 Modelo para armar” constituye una experiencia desalentadora. Comprobamos con verdadera pena, que el desorden constructivo y meticulosamente administrado de “Los premios”, esa metodología del caos que nutre y valoriza a “Rayuela”, están aquí reducidos a un formalismo incoherente que no solo motiva el fracaso de “62 Modelo...”, sino que, de paso, agravia inmerecidamente y caricaturiza a sus obras anteriores.
Es como si las últimas chispas del talento lo hubieran impulsado a sumergirse en un mundo oscuro y confuso, del que ya no tuvo genio suficiente para salir.
La novela, estructuralmente fallada, se demora así, en la ingenua introducción de elementos autobiográficos, en el infructuoso afán de enriquecer personajes congénitamente débiles. Como siempre sucede con los hijos de la vejez, estas criaturas están mal preparadas para la vida, y Cortázar no logra evitar que sucumban bajo el peso de una historia abrumadora, por mal concebida.
La postulación de una segunda realidad paralela, en esa ciudad onírica compartida por varios de los personajes, reitera una tesis totalmente gastada de Cortázar: esa especie de paradigma del idealismo de Berkeley, que consiste en negar la vigencia real de todo, para instrumentar un nuevo todo, que es en el fondo tan cuestionable como el primero.
Por supuesto, estos dos casos no son únicos, pero de alguna manera desencadenaron en nosotros la necesidad de expresar estas ideas, ante la trascendencia de estas dos figuras en el panorama de la literatura americana contemporánea.
Es probable que se advierta cierto tono emotivo en el comentario que hemos hecho sobre Julio Cortázar, y aun a riesgo de atentar contra la objetividad de que presentamente debe estar imbuida toda preciación de este tipo, hemos preferido no disimular nuestra reacción emocional, en beneficio de la honestidad de estos renglones. Ocurre que, de alguna manera, y hasta hace no mucho tiempo, Julio Cortázar representó para nosotros, una de las figuras más características de la creación literaria del siglo XX. Hoy ha perdido ese sitial, y aunque constituya una esperanza irracional, desearíamos verlo reanudar el camino ascendente. Que ese cerebro, que alguna vez fue el dueno absoluto e indiscutido de la magia, el misterio y la belleza, rechace esa vejez prematura, que aunque incipiente, parece preludiar un eclipse irremediable.
Estos, y otros pequeños y siempre imponderables detalles, nos autorizan a presumir que el ciclo de la “Nueva Narrativa Latino-Americana” ya se ha cumplido. Falta ahora comprobar, qué otro movimiento asume los controles de nuestra narrativa, surgiendo desde las profundidades donde seguramente, ya se esta gestando.
CLAUDIO B. CHAROSKY
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