18
JUSTIFICIO DE APTR
PUBLICIDA
TEMPERATURA
18
JORGE MÁNACH FUE MI PROFESOR, NO MI MAESTRO. LA DISTANCIA QUE SEPARA ESAS DOS PALABRAS EXPLICA QUIZÁS LA NATURALEZA DE LAS COMPLEJAS RELACIONES QUE EL PERIODISTA Y CATEDRÁTICO UNIVERSITARIO, FUNDADOR DE LA REVISTA DE ÁVANCE, ESTABLECIDO CON EL MUNDO INTELECTUAL DE SU TIEMPO. BUEN PROSISTA, SE LE REPROCHABA SU EXCESO DE EMPAQUE, DE CASTICISMO. SU DOMINIO ERA EL DE LA ORATORIA ACADÉMICA. CUANDO IMPROVISABA, LIBRE DE LATIGUILLOS, PARECÍA ESTAR LEYENDO UN TEXTO, BIEN PAUTADO EN SUS PUNTOS Y COMAS. CUANDO LEÍA, ANTIGUO ALUMNO DE DECLAMACIÓN EN UNIVERSIDAD NORTEAMERICA, INTRODUCÍA CON HABILIDAD LA VACILACIÓN DEL QUE IMPROVISA. CUMPLÍA PUNTUAL SU HORARIO DOCENTE. NI MÁS, NI MENOS. EXPLICABA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA, TOMANDO COMO BASE A JULIÁN MARIÁS, SIN OLVIDAR CIERTA FASCINACIÓN JUVENIL POR DON JOSÉ ORTEGA Y GASSET. PERO EN ESTE TERRENO, COMO EN OTROS, SORTEABA OBSTÁCULOS. NOS RECREÁBAMOS EN HERÁCLITO Y PARMÉNIDES, PERO RARA VEZ LLEGÁ-BAMOS A SÓCRATES.
ASÍ, EN ESE PERMANENTE INTENTO POR EVITAR DIFICULTADES, JORGE MÁNACH LAS ENCONTRÓ POR TODAS PARTES. TROPEZÓ CON RAÚL ROA QUE, POR SU COMPORTAMIENTO HIRSUTO, SE COLOCABA EN POSICIÓN DE ANTAGONISTA NATURAL. TROPEZÓ CON RUBÉN Y, MÁS TARDE, CON LEZAMA. SE DISTANCIO SIN REMEDIO DE SU AMIGO MARINELLO. LOS HOMBRES DE LA VANGUARDIA ARTÍSTICA LO VEÍAN CON RECELO, DESILUSIONADOS POR EL ETERNO EVADIR DE COMPROMISOS Y POR EL ACOMODAMIENTO A UN ESTILO DE VIDA DISENADO POR EL ESTABLISHMENT NEOCOLONIAL.
EN UN BREVE ENSAYO SOBRE GRACIÁN Y MARTÍ, FINA GARCÍA MARRUZ CONTRAPONE LA CAUTELA A LA ENTREGA. SALVANDO LAS DISTANCIAS, PODRÍA DECIRSE QUIZÁS QUE, PARA MÁNACH, EN MUCHOS PLANOS DE LA VIDA, INCLUJO EL TRABAJO INTELECTUAL, LA CAUTELA RESULTO UN AUTÉNTICO GRILLETE. DEJÓ TEXTOS CON PENETRANTES OBSERVACIONES DE CRÍTICO DE ARTE, PERO MANTUVO DISTANCIA RESPECTO AL MOVIMIENTO DE VANGUARDIA IMPULSADO POR SUS COETÁNEOS. FUE CRONISTA Y DESCUBRIDOR DE SU CIUDAD. SU INDAGACIÓN DEL CHOTEO SIGUE SIENDO REFERENCIA NECESARIA PARA LOS ESTUDIOSOS DE LA CULTURA CUBANA. HABÍA DESCUBIERTO UNA VETA, PERO NO ADVIRTIÓ LA RIQUEZA DEL FILÓN QUE CONDUCÍA A LOS FUNDAMENTOS DE UNA CULTURA DE RESISTENCIA.
EL OCHO DE MAYO DE 1953 LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS ORGANIZAMOS, COMO REPUDIO AL DICTADOR BATISTA, UNA MANIFESTACIÓN EN HOMENAJE A GUITERAS. AL FINAL DEL RECORRIDO, EN LA ESCALINATA UNIVERSITARIA, SE LE PIDIÓ AL PROFESOR JORGE MÁNACH QUE DIJERA ALGUNAS PALABRAS. AFIRMÓ ENTONCES QUE LA ACCIÓN DE LOS GOLPISTAS HABÍA CONTADO CON EL RESPALDO Y LA ANUENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS Y -EN TÉRMINOS MÁS PRECISOS.- QUE RESPONDÍA A LOS INTERESES DEL GRAN CAPITAL NORTEAMERICANO. ÉSE ERA EL RESPONSABLE VERDADERO Y ERA EL QUE DEBÍA SER ATACADO. SU CONDUCTA POSTERIOR NO ESTUVO DE ACUERDO CON LO QUE SU INTELIGENCIA LE DICTABA. AL CABO, CON EL GESTO Y CON LA PALABRA, SE COLOCÓ DEL LADO DEL IMPERIALISMO. EN EL DILEMA ENTRE EL PENSAR Y EL HACER, LA CAUTELA FRENÓ LAS POSIBILIDADES DE LA ÚNICA LUCIDEZ POSIBLE, LA LUCIDEZ APASIONADA.
DRA. GRAZIELLA POGOLOTTI.
SUMARIO
EL espíritu de Martí ····· 3
Sangre y Tierra ····· 16
Pasión de Martí: La Vocación ····· 30
Pasión de Martí: La Crisis ····· 43
El camino de La consagración ····· 59
El consagrado ····· 74
EL hombre de palabras ····· 88
EL Poeta ····· 103
Vida en esquema ····· 142
NOTA:
Con el título El Espíritu de Martí, el entonces profesor universitario, Dr. Jorge Mañach, impartió en el año 1951 un Curso complaciendo una invitación de la Cátedra Martiana de la Universidad de la Habana, el cual se recogería en unos pocos folletos mimeografiados por la Cooperativa Estudiantil Enrique José Varona a cargo de Máximo Gómez Mirás. Más tarde, en el año 1973, la editorial San Juan de Puerto Rico, sin hacer referencia a la edición realizada por la Cooperativa Estudiantil, publicó este mismo texto como inédito. No obstante, aun hoy, las conferencias que integraron aquel Curso son desconocidas en Cuba no solo por las nuevas generaciones inspiradas en la práctica martiana, sino por reconocidísimos investigadores de la cultura cubana. Albur edita ahora El Espíritu de Martí con una selección de las páginas originales encontradas en el Archivo del autor. Todo parece indicar que Mañach preparaba una versión de este trabajo. Prueba de ello es el texto "Vida en Esquema", que incluímos aquí. El lector tendrá así una opción más para estudiar la vida y la obra de quien es símbolo de lo cubano universal: José Martí.
2
SUMARIO
EL ESPIRITU DE MARTI.
Señor Rector:
Señores Decanos, Profesores y Estudiantes:
Señoras y Señores:
Agradezco profundamente a las autoridades superiores de la Universidad el honor que me han dispensado al confiarme este año el curso de la Cátedra Martiana; al Dr. Agramonte y al Presidente de la Federación Estudiantil Universitaria, las generosas palabras con que acaban de referirse a ese honroso cargo. No menos vivo y sincero es mi reconocimiento a ese organismo del alumnado, y en particular a su Comisión de Cultura, por el empeño que pusieron en que esta primera conferencia del Curso se incorporase a las solemnidades con que hoy se recuerda en nuestra Colina académica el natalicio del Apóstol.
Con este primer acto público, por ellos principalmente organizado, se estrenan los nuevos dirigentes estudiantes, y es, por cierto, de muy buen augurio que hayan querido así poner su actividad bajo el signo y la advocación de Martí. Ello parece prometer que todos sus fervores y designios futuros han de verse regidos por aquel sentido del deber, por aquel intasado afán de servicio real y de ennoblecimiento patrio, que fue norma cardinal y constante del hacer martiano.
Requerido con alguna frecuencia, señoras y señores, a hablar en público acerca de Martí, procuro siempre leer de entrada algún texto breve del Apóstol, que nos ayude a poner el espiritu a la altura de su memoria. En privilegiadas circunstancias puedo hoy cumplir esa suerte de amoroso rito. Antier me visitó en mi casa un joven cubano, recién llegado de los Estados Unidos, para pedirme consejo respecto de la institución en que pudieran conservarse, como sagrada reliquia, ciertos preciosos objetos y documentos patrios que a ese efecto le habian sido confiados por una señora de aquel país. Esta dama, ya anciana, es hija del Dr. Federico Brunet, médico cubano que por mucho tiempo disfrutó de nombradía en Filadelfia, servidor generoso de la causa de nuestra independencia, hombre que amó a Martí y fue de él amado. Entre los documentos que el joven Rangel me mostró y que luego hubo de entregar al Archivo Nacional, había dos cartas hermosísimas, y creo que enteramente inéditas, escritas de puño y letra del Apóstol y dirigidas al Dr. Brunet. Una de ellas, la más breve, está fecha el 10 de Mayo de 1894, cuando ya Martí se acercaba a su agonía final por la patria. Y he aquí lo que se les en su párrafo central:
"¿Qué le diré yo, que gusto poco de decir? No le pintaré el desasosiego en que vivo hasta que esté atendida toda nuestra obligación; no se puede jugar con la muerte: sobre todo, con la muerte de los demás. Ni le diré lo que Ud. ya sabe: que sólo estimo verdaderamente a los hombres que, como Ud., no han perdido el entusiasmo por las cosas grandes, en el gozo de las comodidades de la vida. Adelante, Doctor: sobre las columnas, que son siempre pocas, se levantan los templos."
Traslado esas altas palabras a nuestra juventud universitaria:sólo son estimables los hombres que "no han perdido el entusiasmo por las cosas grandes, en el gozo de las comodidades de la vida". Grábenlas nuestros jóvenes en su conciencia junto con aquellas otras en que Martí nos dijo que "el único modo útil de amar a la Patria, menesterosa de espíritus creadores", no consiste en "estremecer sin sentido", sino en "infundir, como el aire, la decisión de vivir puros en todos los corazones". [i]Ojalá que esas altas consignas orienten y animen todo momento a nuestros jóvenes universitarios!
El año pasado inauguró el profesor Raimundo Lazo, muy brillantemente por cierto, esta Cátedra Martiana. No es necesario insistir en las juiciosas consideraciones que ya él hizo en el logio de este nuevo empeño universitario, dedicado "a la más pura y eficaz recepción y proyección del espíritu martiano". Si hemos de aprovechar la ocasión para recordar -desde esta tribuna del Aula Magna, peraltada de secular autoridad, aún cuando la ocupa una voz tan modesta como la mía-que, aparte de las razones permanentes para que la Universidad abunde en tales esfuerzos respecto de Martí, hay ahora la razón especial de que su Centenario está ya próximo, y que ello nos obliga más que nunca a tomar plena conciencia de lo que el Apóstol significó en la historia de Cuba, de lo que significando para la sustanciación espiritual de nuestro pueblo, y del relieve, cada día más glorioso, con que se perfila en el ámbito continental como uno de los espíritus rectores de la conciencia americana. Si a eso añadísemos que su ejemplo y mensaje son también de inestimable valor para el momento desorientado que está viviendo el mundo, no exagerariamos demasiado. No haríamos más que repetir lo que hace todavía pocos años escribió un biógrafo célebre -Ludwig-, hecho a tomar la medida de los grandes hombres, y agudamente percatado de la precariedad de normas y valores por que atraviesa la Humanidad.
El primer Centenario del nacimiento de Martí, que se cumplirá tal día como hoy a la vuelta sólo de dos años, deberá ser una gran fiesta de la República, un jubileo resonante, celebrado a toda largueza y fecundidad. Si así no fuese, estariamos poniendo en evidencia ante el mundo entero que, al entrar nuestro grande hombre en esa que pudiéramos llamar su madurez de posteridad, la República no había aún madurado ella misma lo suficiente para comprenderle; no se había aún alzado lo bastante en su propia conciencia para sentirse ara -ya que no pedestal- de aquel oficiante incomparable que de toda su vida hizo por ella ofrenda y sacrificio. Si así no ocurriiese, si el Centenario sólo diera ocasion a vana ceremonia y a palabras cumplidos, no tendríamos los cubanos mejillas bastantes para contener nuestro rubor. "El que no sabe honrar a los grandes -dijo el nuestro sin pensar en sí mismo-, no es digno de descender de ellos. Honrar héroes, los hace".
A la Universidad le incumbe no pequeña tarea de tributo a quien no pudo ser hijo espiritual del Alma Mater porque se resolvió desde muy temprano a ser hijo heroico de Cuba. Y vosotros los estudiantes -vosotros, de quienes dijo Martí que érais "el baluarte de la libertad y su ejército más firme"- no podréis tasar el concurso de vuestro juvenil entusiasmo al empeño por-
que la República se acerque al Centenario con genuina dignidad.
Si, con toda la dignidad del gesto y con la más que pueda en la conciencia... Es ya un tópico dolorosamente repetido en las recordaciones de Martí el lamentarse de que la República no esté aún a la altura de su ideal. Por desdicha, es bien cierto; pero si el proclamar lo vale siempre como saludable conciencia crítica de nosotros mismos y como instancia de la propia superación, no debe ser, no, motivo de blandengue desaliento y de estériles plañidos. Los pueblos han de sudar su calentura, dijo el vidente. Todavía estamos sudando la nuestra. Si dura de alcanzar fue la libertad, más arduo aún es el aprendizaje y ejercicio de sus responsabilidades, entre otras razones porque no lo asiste tanto el incentivo de la gloria y el clima de las grandes urgencias históricas. Con todo y nuestros males demasiado ostensibles, mucho hemos adelantado ya en aquel camino de superación, aunque a veces no resulte discreto subrayarlo en demasía, para que la complacencia no enerve la continuidad del esfuerzo ni nos oculte lo mucho que aún tenemos por rectificar.
En este empeño, huelga decir cuán noble pauta nos dan el ejemplo y el legado escrito de Martí. Otros pueblos se fundaron por meros hombres de política o de guerra, cuya tarea en los más de los casos fue sólo romper con el pasado. Nosotros tenemos la rara fortuna de que el último y el más inmediato de nuestros próceres, el fundador decisivo de la República, fuese, a la vez que un héroe, un poeta para inspirarnos y un mentor para instruirnos: que no sólo nos liberase del yugo, sino que nos trajese la estrella (¡La nacionalidad fue obra de muchos; pero él nos la entregó ya pensada, normada en sus ideales!). Aprovechar esa videncia de Martí, estimularnos con sus augurios, aleccionarnos con sus prevenciones, enfebrecernos con su ideal, es de veras un sagrado deber.
Importa, pues, mucho que nos detengamos siquiera un momento a considerar que es lo que significa y lo que de nosotros exige eso de tomar conciencia de los valores martianos. Antes que nada significa, desde luego, conocerlos y comprenderlos, que es el primer paso para sentirlos y enriquecernos con ellos, para actuar desde ellos. Pues hubo mucho de verdad en aquello que ya el viejo Socrates decía sobre la fuerza impulsiva del conocimiento genuino.
¿Lo es el que nosotros solemnos tener de Martí? Si hemos de hablar con franqueza -y quisiera para ello una venia casi inducente de ustedes a lo largo de estas tareas-, tendremos que reconocer que la noción que de Martí y de su obra tienen aún la mayor parte de los cubanos -y nada digamos de los extranjeros- es sumamente precaria. Se trata, por lo común, de algo meramente alusivo, y cuando no, fragmentario y superficial.
Durante mucho tiempo, hasta para nosotros mismos los cubanos fue Martí "el ilustre desconocido", como dijo el peruano Ventura García Calderón refiriéndose a su insustanciada nombradía americana. La estela inmediata de Dos Rios fue el duelo lejano del exilio, absorbido pronto en el clamor de la contienda, que sobrecogieron luego otras muertes gloriosas, como la de Maceo. El jubilo con que se estrenó la República disolvió aún más aquel recuerdo atónito. Cuando el silencio al fin se rompió, comenzaron a elevarse las nubes del panegirico emocionado. El adorante
fervor de ellas nos convino para alimentarnos un poco de esa sustancia de mito que siempre han menester los pueblos, sobre todo en su etapa primeriza; pero no llegó a entregarnos un firme perfil siquiera de la figura y el mensaje martianos.
Por muchos años aún, la vida del Apóstol y su calidad de hombre apenas nos fueron conocidas más que a través del episodio y la anécdota -fragmentos de una estatua heroica. Vinieron después las biografías a componer esa imagen, a hacernos accesible aquel dechado, a "humanizarlo". En cuanto al hombre de letras, se tardó aun más en explorarlo con vistas a una explicación raigal y metódica. Son todavía muy recientes los trabajos de orientación semejante, como los del mexicano Andrés Iduarte y los del propio Dr. Lazo. La mayoría de los cubanos no tiene de la producción literaria de Martí más que un conocimiento por piezas, que ni siquiera se puede llamar antológico, porque rara vez son los poemas, los discursos o los ensayos más sustanciosos los que corren el favor público. Es deplorable que las recitadoras nos dén la medida del poeta, por ejemplo, sólo a través de "La bailarina española" o "La niña de Guatemala". Y si eso ocurre con lo literario, que es, naturalmente, lo más accesible a la común sensibilidad, no ha de extrañar que resulte aun más insuficiente la noción que se tiene del pensamiento martiano, generalmente limitada a unas cuantas sentencias y aforismos sobre los cuales se alza una vagorosa nube de alusiones.
Un conocimiento así de precario, disperso e inorgánico no puede dar de sí ninguna comprensión profunda, puesto que comprender es justamente abarcar y relacionar. Lo alusivo es inevitablemente elusivo. Y si toda conciencia es un cum seire, un saber conjunto, una unidad de saber, [¿] cómo esperar que sobre base tan dispersa podamos "tomar conciencia" de los valores martianos?
Por esa superficialidad se explica que la estimación de Martí haya oscilado, y oscile todavía más de lo que resulta grato admitir, entre una especie de apriorismo adorante, un "culto" ritual y convencional, que a veces tiene mucho de beateria, y por el otro lado, una displicencia apenas disimulada y hasta un reticente empalago.
Si es saludable, aunque penoso, reconocer que en esa vasta zona de los esprits forts, como dicen los franceses, de esos "espiritus fuertes" que rara vez pasan de ser espíritus burdos; entre esa fauna, extensa en Cuba como en todas partes, de los que "han perdido el entusiasmo por las cosas grandes, en el gozo de las comodidades de la vida", abunden más de lo que suele sospecharse los que le nieguen a Martí su sustancia y le tienen como una suerte de embeleco nacional. Y urge denunciar eso, porque se trata de una actitud soterrada, mas por lo mismo muy insidiosa y efectiva, que siembra de pequeñas sornas los caminos de nuestra devoción y conspira contra la fecundación cabal de la conciencia pública por el espíritu de Martí.
Claro que eso se debe en parte a inevitables limitaciones de lo humano. Frente a los héroes, habrá siempre los antihéroes; junto a las conciencias finas, las conciencias toscas, y las inconciencias. Pero si aquella displicencia no sólo perdura, sino que prospera, como a menudo nos parece que ocurre, débese también en gran medida a la precariedad y desarticulación del conocimiento de Martí en los más llamados a sustentarlo y divulgarlo.
entre ellos, y perdóneseme el doloroso juego de palabras, el culto de Martí suele ser un culto...inculto.
No se quiere decir con eso que para sustentar una genuina devoción al Apóstol sea indispensable conocer al detalle su vida y su obra; ser eso que llamamos, con cierto ingrato y como profesional exclusivismo, un "martiano". Semejante exigencia equivaldría a proscribir de aquella devoción a los más, y acaso a los que mayor necesidad tienen de inspirarse en ella -los niños y el pueblo, por ejemplo. Inevitablemente, el culto a Martí tendrá que sustentarse siempre mucho sobre la mera inculcación dispersa: el elogio ocasional, el casuismo docente, la anécdota, el "trozo escogido", el aforismo. Más valdrá eso siempre que nada.
Lo deplorable es que el conocimiento martiano sea insuficiente e inorgánico entre aquellos que blasonan de ilustración y hasta en los que, por oficio, tienen lo que pudiéramos llamar "ministerio de cultura", o cura de almas civicas, porque de ellos es de quienes debe derramarse la esencia martiana en la conciencia nacional y no es sólo que eso se nos frustre o limite en exceso; sino -y he aquí lo más grave -que la falta de familiaridad con los principios que explican la vida y el pensamiento del Apóstol, y con las circunstancias históricas en que se produjeron, conlleva una ausencia de penetración y de sentido crítico respecto de su doctrina y hasta de su conducta, y como consecuencia de ello, una positiva desvaloración.
Cuando no se las ve sustentada en las propias premisas de su temperamento y de su pensar, hay manifestaciones vitales suyas que parecen turbias, actitudes mentales o históricas que en el fuero intimo no se acierta a justificar. Sus ideas todas toman un aire dogmático, y algunas opiniones resultan demasiado simples o arbitrarias, engendrando un inevitable desvio. Para ilustrar lo que quiero sugerir: ¿quién de ustedes no ha percibido indicios de ese despego, y aun de reprobación, en las referencias que más o menos sotto voce se hacen a los "amorios" de Martí, como si con eso se quisiese minar su autoridad moral, o a sus opiniones sobre determinada religión, como para poner en entredicho todo su sentido trascendente de la realidad y de la vida?
Ya se ha dicho en letra de molde que no hay que tomar como dogma todo lo que Martí escribió. Es cierto, desde luego: ningun pensamiento de hombre es válido para siempre y en todo su caudal. Pero esa reserva prudente se ha de medir mucho, para que nos proteja a la vez de la adhesión absoluta y del absoluto desvio. Es evidente que no necesitamos deificar a Martí para preservar su virtualidad como dechado y maestro. Así como la sustitucion del panegirismo lírico de antefoil por la biografía ceñida y veraz nos hizo a Martí más accesible y "humano", así también el examen crítico y valorativo de su obra literaria y de su pensamiento nos permitirá penetrar más profundamente en su espíritu, discernir lo permanente de lo circunstancial, y en definitiva, tomar conciencia más clara y fecunda de los valores martianos.
Ese es el propósito que va a presidir nuestras tareas.
-000-
Una simple mirada a la figura histórica de Martí basta para poner de manifiesto tres dimensiones en ella: la del hombre de palabra, el hombre de pensamiento y el hombre de acción. Como estas mismas fórmulas verbales indican, por debajo de aquellas manifestaciones y sustentándola como el tronco a las ramas, se halla una dimensión todavía más profunda: la del puro hombre en Martí, la de su ser natural, anterior, por tanto, a su obra.
¡Cuál de esos aspectos el más egregio de la personalidad martiana? ¿Es el actor histórico, que sintió desde la niñez el llamamiento de su propio destino como consustancial con el de su pueblo, y a libertar a Cuba dedicó toda su vida con abnegación ejemplar? ¿Es el escritor maravilloso, el poeta del verso y de la prosa, en cuyos dominios toman las palabras color y calor incomparables? ¿Es el sembrador de ideas, cuyas sentencias están preñadas de visión y como pensadas para todas las contingencias de su pueblo y la edificación más honda de la conciencia humana? ¿O es, en fin, por encima y a la vez por debajo de todo eso, el puro hombre en Martí, ese ser de calidad moral tan seductora que gustamos de figurárnosle con perfil angélico.
Quisiera aplazar por el momento la respuesta a esa pregunta, más ligada de lo que a primera vista pudiera parecer al tema de nuestro curso. Había yo pensado dedicar este únicomente a estudio con ustedes el pensamiento de Martí. En primer lugar, por no dispersarlo demasiado y ceñirme a lo que resultaba más incumbente, dada mi provincia académica. Después, porque el ideario martiano es todavía lo más inexplorado en nuestro grande hombre, lo que menos orgánicamente conocemos. Y finalmente, porque es en lo explicito del pensamiento, claro está, donde a mayor cabalidad se nos revela el espíritu de Martí, pues no nos interesa saber solamente cómo era él y lo que hizo, sino también lo que pensó sobre las cosas y los hombres. El pensamiento en él rebasa su mera presencia en el mundo, ya de por sí tan fecunda, para darnos su testimonio ideal, su legado, el mensaje con que Martí aspiró a sobrevivirse y con que, de hecho, vive aún entre nosotros.
Mas apenas abordé esta vez de nuevo aquel vasto ideario, se me confirmó lo que ya hace años eché de ver al iniciarme en el estudio de Martí: que no es posible alcanzar un conocimiento satisfactorio de ninguna de sus vertientes sin abarcarlas todas y penetrar hasta el hondón de su personalidad. Desde luego, la exploración monográfica, el estudio aislado de un particular aspecto de ella, nos acerca ya a ese fondo común; pero no estamos seguros de haber dado efectivamente con la raíz hasta no ver cómo corresponde a ella toda la floración.
Así, por ejemplo, en el caso del pensamiento. Para descubrir sus razones más intimas, hay que rebasar lo puramente intelectual, porque las ideas en él no responden a genuinos procesos reflexivos tanto como a intuiciones e impulsos condicionados por su ser moral. En Martí se nos da con peculiar intensidad aquello que Fichte tuvo el valor de declarar: que "la clase de filosofía que cada cual elige depende la clase de hombre que es". Hay pensadores, sin embargo, que se nos manifiestan como más disociados de su propia sensibilidad: son los abstractos, los impersonales y rigurosamente analíticos, a los que solemnos atribuir la tarea reflexiva más genuina. Pero las ideas de Martí como ya
tendremos ocasion de ver, nos ponen presencia más bien del pensador intuitivo, afirmativo y sintético. Martí piensa, por así decir, con toda el alma.
Ahora bien: ¿cuál es el acento de esa alma suya? ¿Está en la sensibilidad, en la inteligencia, en la voluntad? Lo afectivo, sin duda alguna, domina en él; pero sería un error pensar que sólo eso condiciona todas sus vivencias. Hay en Martí una cohesión y congruencia profundas. Al mismo tiempo que un hijo de la emoción, es un regido por el pensamiento. Y las cosas que hace las tareas que emprende, no son únicamente las que el pensar o el sentir le dictan, sino que a veces responden como a una motivación adivinatoria de la voluntad, a una especie de intuición del hacer adecuado, que sólo se encuentra en los grandes genios de la acción.
Así pues, para explicarse cualquiera de las facetas de Martí hay que contemplarlas todas y llevar desde ellas nuestra pesquisa al seno común de donde todos los destellos irradien, para descubrir en él, si a tanto llegamos, su ley de cristalización. En una palabra, lo que nos tenemos que proponer como tema es ese conjunto de operaciones de la sensibilidad, de la inteligencia y de la voluntad que da su contenido concreto a lo que llamamos en el hombre "espíritu".
Si alguna tesis central ha de presidir nuestro trabajo, es esa que acaba de sugerir: la integralidad del espíritu martiano. Como de ella depende la firmeza de ulteriores apreciaciones, nos será preciso detenernos un poco más a precisar lo que eso significa, aunque ello nos oblique a ciertas consideraciones generales y abstractas, que procurarán hacer lo más breves posible.
Solemos decir que una cosa está integra cuando se nos muestra completa, sin que le falte nada de lo que constituye su ser propio, de lo que realiza en ella un particular designio. En este sentido de cabalidad, claro que todas las cosas pueden estar integras o no estarlo; pero a esto último se hallan particularmente expuestas, como sabemos, las cosas artificiales, las hechas de mera conjunción de partes, porque en ellas la integridad es construida, no ingénita. En cambio, los seres naturales tienen de por sí una exigencia o cuando menos, una como vocación interna de entereza. Todo lo natural parece estar presidido por un principio unitario: cohesión en lo individual, armonia entre las unidades. La inteligencia se resiste a representarse como disperso o incongruo ese "universo pluralista" de que hablaba William James; y de hecho nos parece siempre ver a la Naturaleza producirse hacia lo organico, donde lo incompleto y lo excrescente es accidental y nos resulta monstruoso. Sin insistir más en eso por el momento, desde ahora les pido que lo poneren un poco, porque hemos de hablar mucho de naturaleza y de naturalidad, de unidad y de armonia, a propósito de Martí.
Esta integro lo completo; pero si decimos que algo es integro, nos referimos a la aptitud que ciertos seres parecen tener para no "desintegrarse": a cierta cohesión natural que les asegura, mientras viven, la unidad y la plenitud de sí mismos. La integridad es así la condición de que la unidad se mantenga, y aquí también esa fuerza interior es sólo propia de los seres naturales.
Mirando ahora al ser espiritual del hombre, creemos encontrar ese principio de cohesión en un núcleo temperamental que perdura a lo largo de la vida y condiciona todas las adquisiciones de la experiencia. Algunos de ustedes recordarán que las implicaciones de esta tesis se vieron negadas ha poco entre nosotros, al discutirse si el "Yo" es sustancia o no lo es. No voy a extraviarme ahora en esas disquisiciones. Me limitaré a aducir que todos tenemos -digase lo que se quiera -la intuición clarísima de nosotros mismos como eso precisamente que esta palabra indica, como mismidad, como algo que perdura a través del tiempo. Se hace muy difícil admitir que el alma sea sólo una trama de vivencias contingentes, y cuando se habla de una "estructura" en que ellas se articulan, ya no se ve bien qué diferencia hay entre eso y lo que antes llamábamos, sencillamente, "alma".
Sin necesidad de remontarse a las abstracciones metafísicas, siempre problemáticas, parece licito afirmar que todos nacemos con una nebulosa temperamental -el "suelo rocoso" de la personalidad, que dice Jung: una determinada constelación de aptitudes y de inclinaciones psiquicas que condicionan nuestro ser íntimo, sirviéndole como de ejé y molde a la vez. Sobre ese núcleo temperamental o "carácter innato", que ya desde el niño se manifiesta y que no variará esencialmente a lo largo de la vida, se va construyendo después, en la experiencia, lo que llamamos el "carácter adquirido". Uno y otro van formando la personalidad. Cuando ésta se mantiene muy acusada, por la solidaridad manifiesta de la voluntad con el sentir y el pensar, decimos que la persona es "todo un carácter", y si el acento de la personalidad cae en lo moral, hablamos de un hombre "integro".
El que una personalidad se nos muestre muy "integral" parece consistir, pues, en una peculiar unidad o fusión que en ella se da de las funciones sensibles, intelectivas y volitivas. Y esto, desde luego, no en todos los seres humanos ocurre. Hay espíritus "integrados" o "integrales" y espíritus disociados o dispersos, con toda una gama entre un tipo y otro. Aunque en el fondo cada individuo sea siempre lo que temperalmente es, sucede que en la mayor parte de los casos parece acusarse, ya de por naturaleza, una acentuación a favor de una determinada dimensión psiquica y a expensas de las demás. Spranger ha designado los que él llama "tipos ideales básicos de la individualidad" -el hombre "teórico", el "económico", el "estético", el "social", el "politico" y el "religioso". Pero ¿no se recomienda como evidente una clasificación aun más primaria, de la que esos modos espirituales por combinación se derivan: la que descubre entre los hombres el tipo voluntarioso, el sensible y esa otra especie que llamamos intelectual? Y la particular acentuación de una "facultad" animica que cada uno de ellos representa, ¿no acredita efectivamente la existencia de aquellos dos polos -la integración extrema y la extrema dispersión?
La peculiaridad de conducta por la cual decimos que determinado individuo es "un contemplativo", o un "hombre de acción", o "un sentimental", traduce un desequilibrio, una falta de armonia intima. Cierta particular inclinación conspira entonces contra la solidaridad de la persona. Y si en momentos privilegiados de la naturaleza ese desequilibrio llega a acentuarse en la unilateralidad casi monstruosa de los genios específicos, en otros se
10
da también la genialidad armoniosa, donde todas las facultades alcanzan pareja y eminente eficacia y concurren a integrar espíritus de la estirpe de Leonardo, de Goethe o de Martí.
La integración o la desintegración, sin embargo, no son siempre de facultades excelsas. Hay también hombres integrados al nivel de la estolidez, insensibles e inertes, y los hay de poca y dispersa sustancia, que son los más en el mundo. Hay "monstruos" y mediocres. Por lo común, la desintegración es responsable de que los caracteres insuficientemente constituidos se desintegren a veces bajo el impacto de la experiencia. Lo que entonces se produce, "por debilidad de carácter", como solemnos decir, es una especie de falsificación de si mismo en formas espurias de conducta externa y hasta de conducta intima.
Supongo que, en mayor o menor medida, los más de los hombres no somos inmunes a esos desdoblamientos interiores en que la sensibilidad, el pensamiento y la voluntad van cada cual por su lado, o se contrarian y pugnan entre sí, aunque unas veces esa disociación se haga muy patente, y otras se revista de disimulos. En los casos peores, la expresión y la conducta no se enraizan en la intimidad del propio ser. Se trata entonces de individuos de conciencia poco profunda, cuyo centro psiquico es más bien un punto sin relieve que un eje vertical de la personalidad. El sentir en ellos nunca llega a ser pasión, ni el pensar responde a convicciones. Son los superficiales, los frívolos, los tibios de espiritu, los de egoismo pequeño y disperso más que concentrado, y los farsantes de toda laya. Pero la disociación no siempre llega a tales extremos. Lo más frecuente es que se mantenga dentro de los limites de una cierta falta de unidad y de vigor intimos, por obra de la cual la conducta resulta más o menos plegadiza y convencional, y la personalidad se queda al nivel de lo mediocre.
El espíritu integrado o, si ustedes lo preferieren, integro, es todo lo contrario. Sensibilidad, voluntad e inteligencia concurren, aunque no en grado siempre eminente, ni en proporciones necesariamente iguales, a constituir la personalidad y a darle, por así decir, una polarización unívoca. Hasta parece que esas facultades se confunden entre sí. En el hombre "bruto", todo es romo, sordo e inerte, para la acción o para la resistencia. Cuando aquellas facultades, por el contrario, se integran a un cierto nivel superior, la sensibilidad tiene una suerte de poder intuitivo y al mismo tiempo una energía voluntaria, pasional. La inteligencia se alimenta del sentimiento más que de puras razones lógicas, y una vez formuladas sus convicciones, se convierte por si sola en razón actuante. La voluntad, por consiguiente, se revela en ese linaje de almas no como un fiat arbitrario, sino como un pensamiento que necesita realizarse y como una consecuencia ineludible del empuje sentimental. Estos son los hombres que nunca tienen la decisión "fria" o el sentimiento "ciego", son también los que piensan con aquello que Unamuno llamaba "ideas calientes".
De esa como transustanciación de los factores psiquicos se deriva una casi simultaneidad en la operación de todos ellos. Así resulta que cuando esos hombres sienten, piensan o actuan, nos dan la sensación de que lo hacen con toda el alma, de que todo su ser intimo está comprometido en su expresión, ya sea
emocional, intelectual o práctica. Los desdoblamientos, las inhibiciones de una parte del contexto psiquico en favor de otra, no se producen. [¿]No es eso lo queremos decir cuando describimos a un hombre como "hecho de una sola pieza"? Se trata de alguien que está constituido de tal modo, con tal integridad, que puede llegar a quebrarse todo él, pero que no se dobla ni se raja. Se dan enteros hasta la muerte, o no se dan. Podríamos llamar los hombres sintéticos, si esta palabra no tuviese hoy connotaciones que recuerdan lo imitado y lo artificial. Pues en esos espíritus lo peculiar es una profunda naturalidad, un ser como de raíz, que los hace amar instintivamente la naturaleza y lo natural, repugnar toda doblez y artificio, querer todas las cosas ingenuas, como el pueblo y los niños, y crear generosamente, como la naturaleza crea. Estos son los hombres profundos, en cuyas palabras resuena como una misteriosa voz universal y cuyos actos no son jamás frivolas improvisaciones. Hombres dramáticos, poéticos, y casi siempre sin malicia y sin la gracia discernidora o disolvente del humor. Son aquellos para quienes debiéramos reservar la calificación absoluta de sinceros, pues ya etimológicamente "sincero" significa eso: "sincera, sin amalgama, sin postizo". "Yo soy un hombre sincero", declara Martí, y casi se diría que lo afirma con orgullo un poco dolorido, porque la sinceridad expone demasiado la entraña. Con la integridad, con la sinceridad, va también la vehemencia, y también aquí la etimología nos recuerda que el vehemente (vehemens) es aquel en quien "la mente quiere", en quien el pensar es un querer.
¿Cómo no esperar que tales espíritus sean "apasionados"? Si quieren con toda el alma, ¿cómo no ha de ser el suyo un querer absoluto? Cuando lleva el acento sobre la voluntad, el espíritu de esos hombres híende montañas o conquista continentes, y tenemos entonces los apasionados de la acción. Cuando el pensar es lo que domina, son los fanáticos, los apasionados de la convicción. Cuando la sensibilidad prima en ellos, resultan veraces del dolor o del amor. Tenía razón Martí al declararlos a todos "primogénitos del mundo" -con aquella ingenuidad (lo ingenuo es también lo que nace muy de dentro) con que, sin saberlo, solía describirse a sí mismo. Primogénitos, en efecto, como si fuesen la criatura humana en su forma más natural y primordial, más próxima a la entraña de la realidad en que todo se une y confunde. Primogénitos también el sentido de privilegiados en el merecimiento, porque su egotismo no es egoísmo, sino todo lo contrario: la vital paradoja de un ser que, como el propio Martí decía, vive darse, y la entrega le es dolorosa y dulce a la vez, y "ama el sacrificio", y llega con avidez hasta la muerte. ¿No se ve ya claro con qué palabra sencilla y eterna se cifra ley espiritual de esos apasionados de la sensibilidad? Esta palabra es, sencillamente, amor. Tales hombres están hechos para el amor en todas sus formas.
En todas sus formas. Aquí hay que detenerse ya para salirles al encuentro a las simplificaciones vulgares. Tiene razón Ortega y Gasset al decir que, con ser el amor cosa tan metida en la vida, pocas veces nos tomamos el trabajo de pensar en qué consiste. La mayor parte de las gentes, cuando de amor se habla, piensan en sus manifestaciones más primarias, en las biológicas, o en las más inmediatamente sentimentales. De ahí que sobre el tema del
amor, por más que lo hayan sublimado poetas y filósofos, se proyecte un viso de malicia y de frivolidad, o, cuando más, una estimación de orden social, ceñida a los cálculos caseros y al desideratum de la solidaridad humana. Y, desde luego, esos son los primeros planos del amor.
Pero ya en los albores de la filosofía griega un filósofo, Empedocles, hizo del amor algo más -todo una fuerza cósmica; y un siglo más tarde, Platón trazó para todos los tiempos aquella jerarquía o escala del amor que, partiendo de la atracción corporal, pasando por el amor espiritual o "platónico" de alma a alma, se elevaba al amor dialéctico de la pura idea, que refleja en el orden del pensamiento algo más profundo y universal todavía: el movimiento ascensional de todas las cosas hacia la cúspe de la perfección, hacia la Idea del Bien.
De la ilustre doctrina, no quiero destacar más que ese reconocimiento de la dimensión última que el amor tiene como algo que trasciende el puro plano biológico o psicológico, algo identificable con la atracción mutua que hace de la pluralidad infinita de las cosas una unidad, un cosmos, un "integro" metafísico. Y lo destaco, no por hacer exhibición de metafisiqueos harto conocidos, sino para que nos dispongamos a rescatar por nuestra cuenta la noción del amor -en que tanto hemos de apoyarnos en estas conferencias -de la dimensión pequeña y cotidiana. Para que vayamos presintiendo cómo el amor trasciende a las más diversas vertientes de la realidad, de la cultura, de la acción histórica; para que nos preparemos a comprender por qué, en un ser tan vocado al amor como lo fue Martí, su pensamiento filosófico central está todo el impregnado de aquellas implicaciones metafísicas. El amor, efectivamente, nos explicará su temperamento, su vida, su pensamiento, su política, hasta su arte de palabras. Martí es un hombre en clave de amor.
Termino por hoy. Lo que he querido preparar con el esquema general que tan bondadosamente me habéis escuchado, es la hipótesis que preside este curso de conferencias y que espero pueda verse confirmada en el curso de ellas -la hipótesis de que Martí es uno de esos espíritus integrados, integros. Necesitábamos apoyarnos siquiera provisionalmente sobre esa primera intuición para poder explicárnoslo a él mismo -explicarnos su espíritu -también con alguna integridad y profundidad.
Sobre la base de esa hipótesis podemos ya preciar por qué no resulta eficaz el estudio parcial de Martí, sino que tenemos que abarcarle en todas sus manifestaciones. Ellas se asisten las unas a las otras en el esclarecimiento, porque responden a facultades que se funden también en su carácter. Y esa integridad de Martí sugiere igualmente la respuesta que podemos darnos ya a la pregunta antes planteada sobre que sea lo más grande en Martí.
No exageró Rubén Darío -antes parece que la cautela le hiciese quedarse corto -cuando al emparejarle con Sarmiento, dijo que "dos veces había querido nacer el genio en América". Si lo genial es una forma poderosa de abundancia, o, para decirlo con palabras del propio Martí, "lo trascendental en lo opulento", sin vacilaciones puede reconocerse al gran cubano esa traza impar. Lo que hay es que el genio integral, y no especifico, del tipo de Martí, es naturalmente equivoco: no siempre se ve claro qué
sustancias arden su lumbrarada.
Ya de por si lo americano suele estar vocado a la confusión. Bien sea por aquello que dijo Keyserling de que somos el continente de lo primordial, donde todas las fuerzas están como en germen telúrico y todas las realidades en potencia, o por razones no tan primarias de complejidad cultural y de inmadurez pura y simple, es lo cierto que lo americano tiende, en los planos del espíritu, a lo multiple y disperso. Entre nosotros, el talento suele ser multivoro. Dan nuestros hombres egregios la impresión de una aptitud para la varia eminencia, y de hecho la logran. Cuesta trabajo decir en qué fueron más poderosos los Bolívar, los Sarmiento y los Martí, si organizando patrias o desvelándose el pensamiento por ellas. Y casi siempre la letra fue, para ellos, acto.
Pero Martí resulta un caso particularmente espléndido. Espléndido en los dos sentidos de la palabra: en el de abundancia y en el de fulgor. Largueza generosa de una personalidad cuya opulencia de matices colmó de asombro y devoción a cuantos le conocieron; de un talento que lo mismo servía para explicarse el mundo o pautar una república que para describir con amoroso detalle una exposición de ganado; largueza de una energía de sensibilización continental y de agitación revolucionaria que llenó desde la niñez la vida, ganándole al fin un pueblo más para libertad a la constelación americana.
Pero digo que además de esa esplendidez tuvo el esplendor -el aura luminosa. Su sola presencia ejercía una fascinación impenetrable al análisis; tenía la conversación seductora; enardecia como orador menos por la idea que por el mistico arrebato de su pasión verbal. Escritor, resulta oscuro por su misma brillantez. Hay en su prosa el misterio tropical de la irradiación excesiva, donde todos los perfiles se estremecen y casi se desmaterializan en su anegamiento de luz. Y, sin embargo, no es una claridad conceptual. Prosa de raices, lleva el sentido en sus soterrados enlaces. Alude, elide; tiene lo que él mismo decía de la de Beecher Stowe: "la palabra nueva, el giro abrupto, el salto inesperado, la concreción monstruosa de los creadores".
De todo eso ha padecido el conocimiento, el análisis y comprensión de Martí. Así como en el cotidiano comercio social los pequeños hombres "brillantes" ofuscan acerca de su valor intrínseco, también los brillantes geniales, en los momentos de lucidez crítica que su gloria consiente, suelen suscitar preguntas simples y válidas respecto de su sustancia o de los sentidos y dimensiones de su personalidad.
Pero lo esencial de la "dificultad" martiana no es aún eso: no es la forma; es la índole misma de su espíritu. Es, si vale la palabra, la peculiar sinteticidad que le caracteriza. Las mejores calidades en él escapan al análisis. No se puede someter a descomposición química una llama. Todo en Martí tiene esa integridad ardiente, esa cohesión impalpable, esa realidad sin cuerpo, esa eficacia de energía suma pero que no se alcanza nunca a medida ni a ponderar. Examinamos su estilo vital, o el literario, y nos percatamos en seguida de que solo podemos aislar giros características de conducta o de idioma; pero lo esencial, la temperatura generosa, sigue siendo inexplicable. Consideramos su pensamiento, y observamos que un repertorio relativamente modes-
to de ideas matrices que parecian ya muy agotadas, se abre en un haz potente de visión y de doctrina creadora. Llegamos entonces a la conclusión de que las más sutiles esencias se nos han volatilizado en el examen, y que la hondura de Martí no resulta de ninguna penetración analítica exhaustiva, sino de eso que siempre hay de milagros en la inspiración y en la intuición. Así se explica que el intento de caracterización y análisis de Martí se resuelva tan a menudo en la férvida apología.
En suma: lo más grande en Martí no es el escritor, no es el pensador, no es el actor histórico. En todo ello fue eminente, por dominio y trascendencia; pero su genialidad no es la de los genios específicos, sino la integral genialidad. Es la personalidad total, la obra total, el total sentido lo que más cuenta en él. Lo mayor en él es él mismo; y de la obra, más que la idea, la palabra o el acto, la ardiente unidad de que todo ello se predica. La grandeza de Martí es su espíritu.
PATRIA Y LIBERTAD
3.1306. 9004
1916
SANGRE Y TIERRA.
En la conferencia anterior, introductoria de nuestro curso, traté de sugerir que la dependencia en que el espíritu se halla respecto de la peculiar estructura psicológica que en cada individuo le sirve de soporte, es particularmente acentuada cuando se trata de tipos de personalidad muy "integrados". A seguir, nos esforzamos por precisar que esta integralidad consiste en una fuerte cohesión y hasta fusión, en tales individuos, del sentir, el pensar y el querer. Llegamos, en fin, a apuntar algunas de las tendencias morales características de los hombres así integrados, y anticipamos que en los más puros se advierte una especial capacidad y vocación de amor.
Hoy quisiera ya entrar en más ceñida materia, comenzar a examinar el suceso humano que fue Martí y ver si efectivamente resulta ser un tipo de personalidad semejante. En tal caso, ello nos dará la estructura del espíritu martiano y la ley que lo rige. Eso, desde luego, es lo esencial. Pero nuestra pesquisa se encamina también a descubrir los matices y la expresión total de esa alma suya: los modos como se reveló en su vida moral, en su obra literaria, en su pensamiento y en su acción histórica.
Vamos a considerar hoy, pues, el ser natural de Martí. Y una vez más quisiera apoyarme sobre la noción psicológica general que intenté defender en la primera conferencia. La intimidad moral de todo hombre está constituida por un núcleo primitivo de tendencias naturales -"el suelo rocoso del temperamento congénito", para citar de nuevo a Jung-, en torno y sobre el cual la vida y la circunstancia van dejando sus sedimentos, creando nuevas formas y direcciones, fecundando posibilidades nativas. Pero cualquiera que sea, en último análisis, la validez de esa distinción usual entre el carácter innato y el carácter adquirido, una división semejante se recomienda por razones de método. Conviene, en efecto, aislar lo que en Martí se nos presenta como sustancia propia y original, de aquellas otras vertientes externas que pudieran ser sólo modificaciones determinadas por influencias físicas y morales, naturales y sociales. En una palabra, distinguir entre la materia plástica del temperamento, y el carácter propiamente dicho, que es la forma lograda en ella por el ejercicio de la voluntad moral, por la vida y la cultura.
Se ofrecen tres vías para semejante indagación. Una, la genética, que presume encontrar por lo menos ciertos caracteres básicos de la personalidad en las condiciones primordiales de herencia y medio; otra, la via biográfica, que nos exhibe la manifestación efectiva de esa indole humana en su relación con las demás y con su ambiente histórico; y finalmente, la via que pudiéramos llamar confesional, en que tomamos los testimonios del hombre mismo como reveladores de su conciencia de sí propio. Tales son los caminos por los cuales vamos a llevar nuestra pesquisa. Es de esperar que a lo largo de ellos podamos formarnos una imagen bastante completa del suceso humano que fue Martí.
Doy al factor genético un sentido muy amplio, incluyendo en él, como acabo de anticipar, no sólo el antecedente biológico, sino también el mesológico; no sólo relativo a la sangre, sino también a la tierra. Por lo que toca a la primera, aun cabe un desdoblamiento; la raza en general y la inmediata estirpe en particular. Y antes que nada debo decir que no soy de los que atribuyen a esos antecedentes un determinismo inexorable. En realidad, sabemos todavía muy poco de las profundidades del alma, y creo que lo que sabemos, en modo alguno nos autoriza a pensar -mecanísticamente -que le sea aplicable al espíritu con todo rigor la noción de causa y efecto. Son, al menos, tan multíples, y en su mayor parte tan imprecisables las influencias operantes en la composición del carácter, que toda personalidad se nos presenta en gran medida como algo contingente, y cada hombre tiene mucho de cosa imprevisible e inédita. De un modo especial, el grande hombre parece sustraerse siempre a toda determinación y darse al mundo como una abrupta sorpresa. Una excesiva servidumbre a los antecedentes supuestamente causales, o a cualquiera de los patrones caracterológicos que se han propuesto, sólo conduce a esos rigidos análisis que -como los de base freudiana, por ejemplo -nos dejan reducidas las grandes personalidades a puro inventario, o a esquemas mostrencos de los cuales se ha evaporado precisamente todo lo que es propio y peculiar de ellas, lo que constituye su verdadera individualidad histórica.
Permitaseme añadir todavía a esa reserva, la de que no proyecto un análisis "científico" de Martí. No tengo competencia para eso. Mi explicación descansa, sobre todo, en intuiciones nacidas de una amorosa familiaridad con su obra. Pero, volviendo al tema de lo genético, no podemos llevar la cautela hasta el extremo de desconocer la virtualidad relativa de tales antecedentes. Si la sangre y el ambiente no determinar un carácter humano, son sin duda, factores que contribuyen a modularlo, y en todo caso la consideración de ellos sirve para orientar el estudio de la personalidad y ponderar sus adyacencias.
Hoy está de moda negar a las razas toda sustantividad, toda peculiaridad diferencial. Prevenido por una justa repugnancia a las discriminaciones sociales del racismo, una porción considerable del pensamiento antropológico contemporáneo ha llegado a sostener que las diferencias étnicas son puramente somáticas y que no traducen ninguna diferencia real de aptitudes o de inclinaciones entre los distintos grupos humanos.
Sería extrema petulancia para quien no especializa en ese género de estudios argüir contra semejantes dictámenes. Pero creo que la cuestión se halla todavía lo suficientemente sujeta a oscilaciones dentro de la ciencia misma, para que aun al profano se le permita aventurar sus propios pareceres. En el peor de los casos, ello servirá, al menos, para declarar francamente el criterio con que se opera al respecto.
Debo confesar que el mío está adscrito a la tradicional creencia de que entre las razas se observan, no sólo diferencias externas sino también psíquicas. Que ellas no responden a ninguna diversidad primordial es seguro al menos para los que pensamos que todo en la Naturaleza viene de la unidad. Ni tampoco es de dudarse que una comunidad suficientemente prolongada de cli-
ma natural y social llegaría a obliterar esas diferencias. Pero lo cierto a esta altura de la evolución histórica es que ellas existen. ¿Quién negará -para tomar un ejemplo muy al alcance de nuestra observación -que el hombre negro muestra, entre otras características, un extraordinario sentido del ritmo y, por tanto, una marcada capacidad de interpretación, ejecución y creación musical? O, tomando más ejemplos menos inmediatos, ¿cómo podrá suponerse que es sólo un convencionalismo el atribuir al indígena americano una peculiar sensibilidad plástica, al chino dotes peculiares de paciencia que acaso se enlazan con su sabiduría práctica y moral?
Sobre la presunta licitud de tales diferenciaciones, que la más simple observación autoriza, se ha podido construir la noción de lo que pudiéramos llamar "estilos étnicos", y así decimos que el sajón muestra una tendencia empírica y práctica, el latino una aptitud razonadora o imaginativa, el eslavo un cierto acento emocional y mistico. Martí mismo, hablando de los guatemaltecos, escribe: "De indios y blancos se ha hecho un pueblo perezoso, vivaz, batallador; artístico por indio; por español, terco y osado; y como el inglés es brumoso, y el sueco grave, y el napolitano apático, es el hijo de América ardiente y generoso, como el sol que lo alienta, como la naturaleza que lo cría". En fin, ahora mismo anda en librerías una obra del eminente sociólogo francés André Siegfried titulada El alma de los pueblos, donde -después de calificar de "grotescos" los prejuicios raciales (que confunden las diferencias de "alma" con diferencias de valor y de derecho histórico) -nos habla muy sagazmente del "realismo latino", del "ingenio francés", de "la tenacidad inglesa", de la "disciplina alemana", del "misticismo ruso" y del "dinamismo americano".
La existencia de imperios de la sangre, ya se deban a la trasmisión real de caracteres biológicos o a la acumulación secular de hábitos (a una especie de tradición psicológica y espiritual) me parece un hecho irrefragable. Es intuición común que ciertas tendencias se llevan "en la masa de la sangre", y que, no importa cuál sea el medio en que se le coloque, el hombre hispánico no reacciona frente a él al modo del sajón, por ejemplo. Lo cual no es óbice, como ya sugería, para que un determinado modo racial se vaya diluyendo y modificando en el curso del tiempo por el influjo de un medio distinto del que originariamente lo produjo. Así, el americano de nuestra estirpe habrá de ser -están siéndolo ya -el producto de la acción de las influencias locales sobre el fondo temperamental hispánico. Queramos o no, los americanos tenemos que contar con esos factores de sangre para la interpretación de nosotros mismos. En Cuba, no hay que decir cuánto pesa el elemento de españolidad que tenemos mezclado con vagos residuos indigenas y con una ostensible dosis africana. Ni es excusado ponderarlo, sobre todo, en hombre, como Martí, a quien lo español le venía de tan cerca.
Pues bien: ¿en qué consiste esa españolidad? ¿Qué modo de temperamento es tan de la sustancia del ser hispánico que lo caracterice universalmente y que, por su arraigo en la misteriosa entraña de lo psiquico, parezca susceptible de una efectiva trasmisión por el vehículo de la sangre?
Si para precisar ese fondo racial acudimos a los testimonios que del carácter español nos dan sus más penetrantes observadores y que hallamos confirmados en nuestra propia experiencia, vemos que coinciden atribuir al español típico -pues claro que sólo de él hablamos -precisamente aquella psicología integrada, o aquella integridad psicológica, a que en la conferencia anterior nos referimos. Las funciones del sentir, el pensar y el querer, que en otros tipos raciales se dan como más deslindadas y se producen como por turnos de predominio, en el español típico tienden a fundirse y a simultanearse.
No sería difícil mostrar que todos los análisis, extranjeros o no, del alma español convienen más o menos en esa general característica. Así, cuando ya en el Renacimiento el Navaggio hablaba de la "arrogancia" hispánica; cuando aquel embajador del Presidente Polk -cuyo nombre no recuerdo -informaba confidencialmente desde Madrid sobre la confusión del pensar con el querer en los gobernantes españoles; cuando Keyserling nos dice que "todo español es único y solitario como Don Quijote"; cuando Cassou insiste, siguiendo a Ganivet, en el "adamismo", en el "nihilismo", en el "absurdo" del hombre hispano; cuando Waldo Frank cree ver en el ibero al hombre "completo", "entero"; en fin, cuando un Unamuno, un Azorín o un Antonio Machado nos dan sus versiones de la castellanidad que conquistó y preside espiritualmente la Peninsula, todos están apuntando, por diversos modos y a través de rasgos afines, a esa entereza moral y vital que procede la "integralidad" del alma español. El famoso "individualismo" de la raza no es, en el fondo, sino eso: una incapacidad de abnegación -en el sentido psicológico de la palabra -y de desdoblamiento; una tendencia irresistible a proyecto en la conducta la totalidad de la persona.
Nuestras ideas usuales del español corroboran esos dictámenes. Uno de los adjetivos apologéticos que con más frecuencia solemnos aplicar al buen español típico es el de "integro". También solemnos decir que es "hombre de una sola pieza". Hablamos de la reciedumbre español y, con acento menos laudatorio, del "apasionamiento", de la "terquedad" y otros rasgos análogos en el carácter de nuestros abuelos. El hecho de que empleemos esas descripciones tan convencionalmente y con tan seguro instinto, es indicio de su lealtad al eterno hispánico, y acaso de nuestro propio sentimiento de filiación.
Ese carácter, esa integralidad, no tiene necesariamente un sentido moral; se trata de algo psicológicamente primario, que lo mismo puede dar de sí el noble apasionamiento de un Padre. Las Casas que la épica brutalidad de cualquiera de los conquistadores a quienes combatió. Las repercusiones de ese modo de ser son bastante evidentes en la historia. No se debieron, por ejemplo, a meras diferencias de pensamiento político los distintos modos con que ingleses y españoles ejercieron imperio en el mundo, ni creo que fuese una mera fórmula verbal el que los españoles más apasionados de antaño llamaran "integrismo" a la terquedad absolutista con que defendieron la posesión de Cuba. La palabra "integrismo" tenía en su espíritu resonancias peculiarmente prestigiosas y justificativas.
Un español sagacísimo -que por su varia perspectiva extranjera ha podido mirar en el alma de su raza con la visión.siempre
más objetivadora, del extraño -Salvador de Madariaga, ha confirmado, a mi juicio, esa integralidad, al elaborar su doctrina de que el rasgo central del alma española es la pasión. Superando las apreciaciones convencionales que ve en la pasión un simple episodio impetuoso de la vida afectiva, Madariaga la ha elevado, por así decir, a categoría vital y ha descubierto que se acusa, como "tendencia maestra", en el centro mismo del ser hispánico. Define la vivencia de ella como "una sensación de unión con la corriente de la vida, que dejamos pasar en nosotros...exaltándonos". La definición, a la verdad, es algo esquiva; pero en el admirable análisis de Madariaga se ve cómo ese resorte pasional determina las cualidades y actitudes morales que yo he preferido derivar de algo aún más centrico; la "integralidad" del alma hispana. El hombre de pasión es espontáneo, discontinuo y abrupto en la acción; intuitivo y "genial" en el pensamiento; egotista y al propio tiempo, universal en la esfera de la pasión misma. De esa "tendencia maestra" se siguen las virtudes y defectos del español tipico. En ella tiene sus raíces el famoso "individualismo" de la raza, individualismo integral, mucho más profundo que el puramente económico de los anglosajones, nada ajeno al espíritu de cooperación y de transacción. De ese individualismo a su vez dimanan la autoestimación, la arrogancia, el sentimiento casi dramático de la dignidad y del honor, el culto a la personal independencia sin proyecciones hacia libertad como valor social; el pujo, en fin, de hidalguía y señorio. Moralmente, el hombre integral -el "todo un hombre" que decía Unamuno, pues yo creo que esa es la raíz españolisima de su famoso desiderátumes hombre de pasión, porque sujeto activo y pasivo a la vez de toda su experiencia, todo lo siente como propio, todo le "interesa" hasta lo más profundo. Mentalmente es también un "apasionado": observa Keyserling, que "posee todas las pasiones de la convicción, pero no las de la crítica": su creer, como en Don Quijote, es siempre un querer.
Indagar aquí hasta qué punto ese carácter racial español se halla presente en el americano tipico de nuestra estirpe, nos llevaría demasiado lejos. El concepto mismo de hispanoamericano "tipico" es ya muy inseguro en sus perfiles, de tanto como nos vamos mezclando y diversificando. Pero si nos remontamos un poco en la historia de nuestros pueblos, no creo que sea difícil descubrir una figura temperamental común, anterior a la etapa más intensa de mestizaje y cosmopolitismo. Nuestro criollo romántico, argentino, mexicano o cubano, tiene mucho de aquellos rasgos españoles, y en los grandes varones históricos que consideramos más representativos de nuestro espíritu -un Bolivar, un Miranda, un Sarmiento, un Lastarria, un Montalvo, un González Prada -ese carácter común se nos da en su más alta potencia, y acusa la raíz española (como tantas veces se ha advertido) hasta en la pasión misma con que aquellos próceres se proyectaban contra la propia España.
Por la persistencia de ese carácter se explica, desde luego, el aire de familia que conservamos en lo colectivo tanto como en lo individual, y tal vez hasta ciertas peculiaridades comunes de nuestra evolución histórica, como el caudillismo, el desentendimiento frecuente de la realidad concreta en favor de ciertas idealizaciones utópicas, la intransigencia sectaria y, en gene-
21
---
ral.el predicamento de aquellos "ídolos del foro" cuyo vali-
miento deploraba el colombiano Carlos Arturo Torres.En el fondo
de nuestro espíritu hispanoamericano opera aún, como resabio an-
cestral, la disposición heredada a entender y vivir la vida en
función de la totalidad de nuestro ser; esto es, no a través de
la inteligencia, de la emoción o de la voluntad en primer término,
sino a través de la pasión, que es como un aglutinante de
esas potencias.Y no todas las consecuencias de eso, por supuesto,
son negativas.A esa integralidad debemos mucho de nuestro
idealismo militante de mejor ley y de nuestro amor a libertad.En ese encomiástico sentido habla Martí de "la pasión común
de nuestras tierras",y ya tendremos ocasion de ver que todo su
pensamiento americanista (que es un pensamiento integrador) se
alimenta mucho de esa "pasión",predicada de un temperamento com-
nún que heredó de los españoles -dice el -"brío,tenacidad,histórica arrogancia".
La semejanza,sin embargo,no ha de llevarse demasiado lejos. También es evidente que el medio natural y las influencias advencias de mestizaje y de peculiar experiencia han ido atenuando en el americano de nuestras tierras aquella vocación integral.Normalmente,se presentan en nosotros más diferenciados el pensar,el querer y el sentir.Opiniones,afectos,actos,no asumen nuestra conducta la misma cohesión y congruencia que en el castellano o el extremo,ni se nos revelan con pareja asertividad.No somos ya tan individualistas,ni nos rige un tan solemne sentido de la dignidad personal o del honor.El ethos no ocupa la totalidad de nuestra alma.Se ha debilitado mucho en nosotros la vocación de lo trascendente.En suma,a diferencia de los peninsulares,que Martí llamó "españoles de uva"-almas un poco ebrias de su propio espíritu-,nosotros somos,cuando más, "españoles de maíz":gente de menos capitosa sustancia.
Para llevar ya esta premisa a alguna conclusión -a reserva de demostrarla después con el análisis del carácter,el pensamiento y la obra literaria de Martí -anticipemos que nuestro patricio era un americano de esos,un español de maíz.Afirmación semejante,aunque abonada por los testimonios mismos del Apóstol,podrá soliviantar ciertos nacionalismos minúsculos.de los que preferirían vernos como gente sin raíces,o parasitariamente suspendida,como orquideas,en el espacio histórico.Pero es un hecho.De España venimos en buena parte;de ella hemos heredado mucho de lo esencial en nosotros,y no hemos de tenerlo ni a menos ni a más.El orgullo racial es tan ridículo,y a veces tan calamitoso,como el no saber declarar con dignidad la sangre que se lleva.Todas las razas tienen su grandeza y su servidumbre.De España hemos recibido algo de lo bueno y algo de lo malo.Tenemos de Quijote y de Sanchos,para decirlo con simbolización un poco injusta,porque en Don Quijote había también mucho de pura insensatez,y no poco en Sancho de generosa servidumbre al ideal.
En Martí,el más puro Quijote está a la vista:el sofador de ensueños reivindicadores,el amador de la absoluta justicia,el gran queredor del prójimo,el hombre-ala,debatiéndose contra el hombre-garra,lanzándose contra los molinos de viento de la frivolidad histórica,que eran de veras gigantes en su momento.Hay también el absolutismo moral,el sentido profundo del honor,el natural señorío,que no es cosa de riquezas ni de blasones,sino
un sentimiento cabal de la propia dignidad y la generosa disposición a recabarla también para los demás hombres. De España se sentía venir Martí. "Y me habló -dice Julio Burell aludiendo a una conversación con él -de su alma española, de sus gustos españoles..." ¿No se comprende ya por qué había de tardar mucho más de lo que generalmente se cree en renunciar a la vinculación política con la Madre Patria, y por qué, llegado ya a la convicción de que aquí no podían mandar sino "ellos o nosotros", toda su acción se dirigió, no contra España, a la que amaba, sino contra el dominio de ella en Cuba?
Si, español de raíz era, pero también profundamente americano. Americano, sobre todo y para volver a emplear una metáfora de que hace tiempo me valgo -americano por el ala, por cierta codicia de espacio y de horizonte histórico, por esa vocación de universalidad que Alfonso Reyes tan justamente le ha reconocido a "la mente americana"; por su certidumbre de que ésta del Nuevo Mundo era una porción de Humanidad "destinada a vivificarlo y calentarlo todo", con la libertad como suprema consigna. Americano por su sentimiento de América como algo afín a su propio espíritu, pues América -decía -"es el exabrupto, la brotación, la revelación, la vehemencia"...; por lo que amaba su naturaleza y su aboriginidad,"larva de águila". Americano también por cierta proclividad estética de su espíritu, que es parte de nuestra actitud valorativa y aún de nuestra "cosmovisión", como ahora se dice. Hibrido de la España religiosa y de la América liberal, lo trascendente le seduce al meditar sobre el alma y su destino, pero al cabo se proyecto hacia la realización política; la fuga metafísica se le convierte en impetu y responsabilidad positiva en el mundo. Americano: "español de maíz", hombre dulce y democrática sustancia, amador y acogedor de todas las razas como si hubiesen de ser granos de la mazorca continental; soñador, para su América, de una nueva civilización, más integralmente humana.
-000-
Esa impronta era principalmente obra de la tierra y del medio histórico en él, y a eso hemos de referirnos luego. Pero ahora tenemos aún que dar un paso más en el camino de la sangre, y preguntarnos en qué medida el alma de Martí pudo venir ya conformada por su herencia inmediata, es decir, por sus padres. A estas alturas de la controversia biológica, no extrañara que aborde el asunto con bastante incertidumbre. La tesis hereditaria parece encontrarse hoy muy a la defensiva, por lo menos en cuanto a la trasmisión de las cualidades espirituales. En Psicología, el "conductismo" y el "contextualismo" han reforzado mucho, como es sabido, la vieja sospecha de que las coincidencias psiquicas entre padres e hijos son, al menos en una medida considerable, resultados más bien de la comunidad de medio físico y social. Se ha venido así, por reacción, a caer en un cuasi-determinismo a favor de este factor externo, el ambiente.
Lo probable, sin embargo, es que prevalezca al cabo una posición intermedia, desde la cual se le reconozca por igual cierta influencia, rara vez decisiva por sí sola, a ambos factores: el hereditario y el mesológico. Esta equidistancia parece recomen-
darse particularmente en el estudio de la personalidad de los grandes hombres, cuyo caudal de originalidad es tan dominante. No deja de ser significativo a este respecto el que Martí mismo se pronunciara contra una valoración excesiva de la teoría hereditaria en cuanto al carácter, "puesto que se ven surgir -escribió-, sin progresión ni acumulación visible, de vientos bastos como una cueva de troglodita, espíritus lucientes como un diamante". Y añadía: "No es irracional suponer que con el germen de la vida el padre trasmite al hijo sus cualidades primitivas y esenciales; ni es cuerpo exagerar esta doctrina hasta afirmar que con el germen se trasmiten, no sólo las sutiles esencias y peculiaridades del espíritu, sino todas aquellas meras accidencias que van amoldándolo en su vida por la tierra..." Setenta años de posteridad no han modificado mucho esa discreta opinión. Pero lo que importa destacar aquí no es tanto la opinión en sí cuanto el posible testimonio que implica respecto del carácter de Martí. Cabe inferir que en sí mismo hallaba el fundamento para su propio dictamen, y que, al mirarse por dentro, descubría que de sus padres le venían aquellas "cualidades primitivas y esenciales" de que habla, aunque no las "sutiles esencias y peculiaridades del espíritu", que serían el privilegio de su personal temperamento.
¿Cuáles pudieron ser las cualidades heredadas? Se hace difícil la respuesta porque, en realidad, sabemos muy poco acerca de los padres de Martí. De don Mariano apenas nos consta sino que era un hombre honrado, tozudo, trabajador, muy limpio y bastante proclive al exabrupto -a una especie de furia española.- Justamente lo que más se ha destacado en él, y no sin cierta saña a veces, es esa violencia de carácter, a cuyas explosiones alude Martí doloridamente en una carta de la niñez. Y no es esa, por cierto, una cualidad observable en su hijo. Aunque hay indicios de que Martí no era nada seráfico cuando le hería la injusticia, cosa a que me referiré luego, tendía, sin duda, a la blandura en la actitud y en la palabra. Era "de seda y miel hasta para sus enemigos", escribió Rubén Dario. Y él mismo declara que no le parecian "definitivas sino las conquistas de la mansedumbre". Si de alguien heredaba eso, sería de la madre.
Es sabido, sin embargo, cuánto llegó Martí a amar y apreciar, ando el tiempo, las cualidades intrínsecas de aquel padre nolemente rudo, que la pobreza y el integrismo político habían hecho antaño tan adusto. Los testimonios filiales de la madurez dejan claramentender que el ejemplo de don Mariano había sido una escuela de indomable dignidad y hasta de amor a la independencia. "Tú no sabes -le escribe a Valdés Domínguez al morir don Mariano -cómo llegué a quererlo luego que conoci bajo su humilde exterior toda la entereza y hermosura de su alma... aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía fue puesta a prueba". De casta, pues, le venía al galgo. Manuel de la Cruz escribió que nuestro agonista, "hijo de valenciano, o derribaba el obstáculo o percedía junto a él". En fin, quisiera apuntar, por lo que valga, al hecho de que los valencianos españoles periféricos, vocados al Mediterráneo, han sido siempre gente de cierta arisca independencia de pensamiento y de una sensibilidad artística muy avida de lo plástico, y sobre todo de la luz y el color. Puestos a apurar orígenes,
acaso no sea exagerado atribuir a esa herencia valenciana de Martí un coeficiente al menos de su independentismo y de sus aficiones artísticas en general; sobre todo, de aquel pictoricismo literario de nuestro gran escritor, a que oportunamente nos referiremos.
De doña Leonor Pérez se dice que era una matrona blandamente severa, abnegada, inteligente y "de sentimientos nada vulgares". Amelia Martí me hablaba de su desvelo y angustiada ternura. Cuando, de muchacho, el hijo único trasnochaba demasiado en sus aventuras de periodista precoz o de conspirador sigiloso, doña Leonor se quedaba alerta en la sombra, para ampararle, a su regreso, de las iras paternas. Pero el testimonio más precioso es aquel del propio Martí, que echa sobre ella una hermosa responsabilidad al preguntarle, en la hora suma: "...y ¿por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio?"
Si juntamos ahora esos ingredientes paternos y maternos, ¿no empezamos a hallar razón del espíritu martiano, que por un lado era entereza, tenacidad, dignidad insobornable, y por el otro derroche de ternura, abnegación y generosidad hasta la dádiva total de sí mismo? La acre tozudez del padre se había hecho en él dulce firmeza, la angustiada reserva de la madre, ánimo efusivo de redención. Ya en eso estaban dadas las "cualidades primitivas y esenciales", como él mismo decía. Lo demás en su carácter son las sutiles "peculiaridades del espíritu" propio, del peculiar temperamento, y las "accidencias" que habían ido "amoldándolo en la vida por la tierra".
-000-
A lo uno y lo otro hemos de poner atención en la conferencia venidera. Pero hoy, después de haber hecho tanta referencia al factor "sangre", quisiera considerar otra posible influencia moduladora de carácter general: la del medio físico inmediato; el factor "tierra".
Martí nació a una determinada porción de Humanidad instalada en una isla semitropical americana. Es un cubano. ¿Tiene esto alguna significación respecto de su psicología?
La pregunta no debe sorprenderles demasiado. Sabido es que hace ya mucho tiempo Arturo R. de Carricarte expuso una tesis sobre "la cubanidad negativa de Martí". El informadísimo martiólatra quiso decir, desde luego, la no-cubanidad del Apóstol, y exponía así su tesis: "El cubanismo de Martí en lo que significa amor a Cuba, -que en él fue pasión desbordada, abnegadísima -es obvio; por nadie ha sido superado y aún téngolo por insuperable, ni siquiera igualable en punto a desinterés y perseverancia;pero su cubanidad, en lo que ella implica de identificación entre el país y su redentor, forzoso resulta confesarlo: es absolutamente negativa".
¿Podemos aceptar esa tesis de un modo absoluto? El hombre de quien hemos dicho que fue muy español en la raíz, aunque también muy americano en el ala, en la expansión vital y moral, ¿tiene también algo en común con lo más tipico de nosotros mismos?
A favor del dictamen de Carricarte está, en principio, el hecho de que la ascendencia española de Martí fue tan inmediata, que dificilmente hubiera podido haberse tramitado ya una influencia
profunda del medio natural sobre su ser psiquico a través de los padres. Por otra parte, es sabido también que Martí vivió en Cuba pocos años, relativamente, de su breve vida. Por su bulto evidente, estos hechos deben pesar mucho en nuestras consideraciones y frenar cualquier tentación a exagerar lo mesológico. Pero también es razonable no ignorar esa influencia, sobre todo si se atiende a que los años durante los cuales vivió Martí en Cuba fueron, principalmente, los de su niñez y adolescencia, es decir, los más plásticos e impresionables, y se ha dicho muchas veces que el niño es el padre del hombre. La tesis de Carricarte -muy parcamente sustanciada, por lo demás -se apoyó casi exclusivamente en el hecho de que "su familia (la de Martí), que forma en cierto modo la base del carácter y suele imprimir huella indeleble en el espíritu, su educación y su ilustración no fueron, en lo absoluto, cubanas". Pero lo que Martí debió de recibir del ambiente moral de su pueblo y del ambiente físico de su tierra, Carricarte no lo tuvo en cuenta. ¿Cuál pudo ser esa influencia?
La extensión de nuestro estudio nos permite ciertas pequeñas investigaciones al margen de su tema central, y creo que no es una mera diversión intentarlas, si es queremos situar a Martí en su panorama completo de circunstancias, ponderar todos los hechos, internos y externos, que contribuyen a explicar su espíritu. Y antes de contestarnos si Martí es o no un cubano tipico, tenemos que preguntarnos qué cosa sea precisamente lo cubano, la cubanía o la "cubanidad", como últimoamente se ha venido diciendo con palabra de muy viciadas y hasta viciosas adherencias. Esta pesquisa me seduce desde hace tiempo -por lo menos, desde que esbocé un sector de ella en mi Indaqación del Choteo. Pero lo cubano es mucho más extenso, desde luego, y harto elusivo en su totalidad, por lo mismo que somos un pueblo relativamente joven, sin un carácter suficientemente acentuado todavía. El método para ampliar esa pesquisa pudiera adoptar por lo menos tres vías: el análisis de los factores mesológicos naturales de Cuba, el de los juicios ajenos sobre nuestra indole criolla, y la intuición que de nosotros mismos tenemos a través de nuestras manifestaciones sociales y culturales más caractéristicas. Aquí apenas podremos más que asomarnos a esas tres perspectivas.
¿Será menester todavía argüir que la geografía, el clima, el paisaje contribuyen a formar el alma de un pueblo? Sin caer en las exageraciones deterministas a que llevó Taine esa tesis, ya sustentada por Montesquieu y Buckle, podemos reconocer que aquellas circunstancias naturales no se viven balde, puesto que el hombre es en gran parte el producto de su propia vida, y la vida un complejo de reacciones y de ajustes al medio en que se desenvuelve.
Cuba es, por lo pronto, trópico a medias, tierra caliente y exuberanta. El trópico -tan difamado en la estimativa cultural -tiene sus benignidades. Es fecundo y pródigo. Como si viniese sujeto a un fuerte empuje telúrico, todo en él crece rápidamente, desde la semilla hasta la mujer. Lo tropical es siemprecoz. Temperamentos y caracteres se cuajan sin demora. También es integrador, uniformador. No hay diferencias marcadas de estaciones. El campo se estabiliza en un verdor implacable que engrie la vista. Un
derroche constante de luz, sin embargo, suprime los grises, proscribe el misterio y la intimidad, nos anega en un ambiente radioso que devora todos los perfiles. La falta de eminencias en casi todo el paisaje, lo priva de fondo inmediato y tajante. No descubre más que dulces ondulaciones a través del cordaje de las palmeras; es un paisaje musical más que plástico, pero de cadencias mimosas o sensuales, como nuestra música misma. En compensación a su falta de intimidad, no nos oculta nunca el horizonte, y este resulta siempre muy próximo, muy al alcance de la mano y agenciador de optimismos... El calor todo lo dilata, y si bien es verdad que ablanda un poco los espíritus, también los abre y ensancha generosamente, proyectando a los hombres fuera de sí mismos y hacia la Naturaleza.
Por tanto, así como en lo moral somos gente expansiva y sin repliegues, en lo mental no resultamos ni discernidores ni lógicos, sino impresionistas y algo superficiales. Tendemos a la síntesis más que al análisis, a hacernos cargo de las cosas acelerada y globalmente, con subita aunque poco tenaz inteligencia. Luz y Varona nos parecen menos cubanos que Heredia y Martí. Tropicalidad es imprecisión y laxitud sensual; pero este semitrófico nuestro no carece de excitantes, y es también inquietud de horizontes, fuente de voluntad convivial y comunicativa, caldo de ese sentir en común que es esencialmente la sim-patía. (sic) Resulta, en fin, lo suficientemente moderado para que los caracteres tropicales no nos impidan una cierta prosperidad de esfuerzo y cultura que nuestra condición insular auspicia, según luego veremos. En general, la vida cubana es fácil, y como cierto brebaje, pudiera anunciarse a sí misma de "clara, ligera y sabrosa". [¿]O es que alguien piensa que esos slogans comerciales no tienen un sentido popular profundo? El que ellos "prendan" se debe a una natural receptividad pública hacia sus metáforas valorativas. Nuestro general optimismo, que a veces nos hace tan frivolos,anda hoy cifrado en ese otro blasón alcoholico:"¡Que suerte tiene el cubano!"
Cuba es, además, tierra insular, y no muy extensa. Probablemente eso tiene más importancia social que cultural. Nos incomunica un poco, nos "aisla": y algo tendrá ello que ver con nuestra tendencia a sentirnos como desasidos de mayoresponsabilidades e inclinados a pensar que "entre cubanos no vamos a andar con boberías". Pero al mismo tiempo, como somos tierra estrecha y de ubicación privilegiada en el regazo del Continente, nos sentimos a la vez mimados por el calor de América y algo destacados de ella, como para criar sin confusiones nuestra propia personalidad. El crucero de grandes tráficos, nos asegura cierto oreo de resaca, cargado de "aires de doctrina", que diría Santayana. No somos gente ensimismada, sino bastante abierta a los ecos del mundo. Tenemos una vocación de universalidad muy superior -creo yo -a todos los países hispanoamericanos, incluso esos del extremo sur, que gravitanto hacia lo inglés y francés exclusivamente. Por toda esa conciencia de mundo que nos es natural, poñía Martí tanta esperanza en el destino de esta tierra nuestra.
La mirada extranjera siempre caricaturiza un poco, mas por lo mismo, rara vez deja de tener su punta de verdad. Si desde fuera a los cubanos simplifican y generalizan demasiado, aciertan en algunos rasgos esenciales. Frivolos nos pintan, simpáticos y
sensualones,atropellados y sin esmero en el hablar,generosos por lo común,pero ultimamente harto disparados y hasta disparadores en la conducta -extremismo político o pseudopolitico éste que no se debe a ninguna concentración pasional de pueblo dramático,cortejador de la muerte,como el mejicano,sino a una fermentación circunstancial de nuestra propia frivolidad y falta de miramientos.
En esa falta del sentido de la perspectiva,especie de imprisión nacida del inmediatismo y de la resistencia consiguiente a todo lo jerárquico,me pareció ver antaño el germen del choteo,que era entonces (ya va siéndolo menos,porque la "revolución" nos dramatizó un poco) una de nuestras manifestaciones primarias características.La natural tendencia a la nivelación, a la "parejeria",a la supresión de distancias y de respetos,por un lado nos alimenta la vocación democrática,mas por otro nos lleva a una desustanciación de valores dentro de la democracia misma.Supone,desde luego,una falta de seriedad suficiente en las actitudes y en los propósitos;una tendencia a no complicarnos la vida."No hay problema",es la frase con que el cubano cree arreglarlo todo;aunque,desde luego,lo que ocurre es más bien que somos indiferentes a los problemas que de hecho hay.La jocosidad nos hace un poco irresponsables.Marti creyó que eso era una contaminación colonial,y nos exhortó a "sacarnos el Madrid Cómico de las venas".Nuestra levedad,sin embargo,tiene poco en común con la picante sorna madrileña;es más bien una obliteración de distancias que resulta de la impronta tropical misma,acentuada por ciertas influencias étnicas.
Desde un punto social inmediato,eso,desde luego,no es siempre negativo.Con ello va lo de ser "sangreligeros",es decir,una levadad de trato refractaria a toda pesantez (como se sabe,ser "pesado" en Cuba es el único pecado imperdonable);va también una saludable tendencia a quitarnos importancia a nosotros mismos y a denunciar lo que pueda haber de farsa en lo demasiado solemne;y en lo moral -puesto que olvidamos lo malo con la misma facilidad que lo bueno-,cierta hermosa indulgencia e incapacidad de rencor.En ningún pueblo la lucha por la independencia dejó tan poca estela de odios como en el nuestro;en ninguno se muestra la política (a despecho de su facciosa dispersion individualista y de sus tramos tonitruantes) tan llena de enlaces y lubricaciones afectuosas.Aquí,el abrazo está siempre a la vuelta de la esquina.La capacidad de simpatia,en todos los sentidos de la palabra,es tal vez la gran virtud nacional.Acaso no amos muy profundamente;pero somos "querendones" por naturaleza.
[¿]Nuestra cultura,nuestro arte sobre todo,no acusan esa misma psicología? La falta del sentido de lo trascendente explica que la religión nunca haya echado raices muy hondas entre nosotros.El fanatismo,por lo menos,no existe excepto para las cosas frivolas,como las pugnas deportivas...y politicas.Y es que ya no tenemos la pasión entera y austera de la meseta castellana, sino la más dispersa y voluptuosa de Andalucía,diluida aún más por la irradiación del trópico.Tiende así toda la obra del espiritu al impresionismo y a la improvisación.Alegre y sensual es nuestro arte hasta cuando pretende complicarse con la "sofisticación" europea.Sabido es que el alma de un pueblo se ve sobre todo a través de su música,y ya el hecho de ser el nues-
tro más musical que otra cosa dice bastante de nuestra sensibilidad, efusiva más que concentrada. Estamos inmersos en música como en luz, sólo que en la ebriedad melódica si se acusan, sobre todo por la influencia negra, los perfiles del ritmo, que tienen nosotros más de obsesivo y sensual que de sugestivo y melancólico. Es música "sabrosa" -adjetivo nacional- y sus temas abundan en lo erótico más que en lo poético. La sensibilidad cubana está siempre vertida hacia lo sensual.
Pues bien: si todo esto se acerca siguiera a ser un justo esquema de nuestro temperamento, podemos ya preguntarnos en qué medida resulta Martí cubano. Observemos primero en qué no lo es. No es cubana su gravedad ni la ausencia de humor en él. No lo es su melancolía, ni su tenacidad, ni su sentido de lo trascendente. Hay en él una capacidad de idealización y de previsión que en vano buscaríamos entre las aptitudes típicas de la indole criolla. La frivolidad le es también ajena. "Por frivolo -nos explicaaba el etimólogo latino -se entiende una porción de vasijas rotas, de donde viene el llamar palabras "frivolas" a las que merecen menos fe". Lo frivolo es, pues, lo que se deshace, lo que se descompone fácilmente: y Martí es todo cohesión e integridad -pasión de la más noble ley hispánica.
Pero esa pasión tuvo en él un peculiar acento amoroso que ya me parece más afin a nuestra psicología. Al natural voluptuoso y melancólico -don del destino-, algún ardor sensual e imaginativo debió de comunicarle esta tierra suya. En todo caso, Martí nos impresiona como cubano por lo mucho que la sensibilidad prima en él, condicionando toda la integración de su espiritu, y por el acento afectivo que ella pone en su carácter y en su vida. De todo eso nos ocuparemos más detenidamente en la próxima conferencia.
Concluyamos esta diciendo que Martí es cubano, sobre todo, por la vocación, por la voluntad de serlo. Yo creo que esto, cuando tan abnegados ardores infunde, es siempre un signo de consustancialidad. No se quiere tan angustiosa y heroicamente a una tierra de cuya entraña se siente uno ajeno. Martí vivió relativamente poco en Cuba, pero el temperamento se le formó al amor dolorido del suelo natal, y a él se sintió siempre unido por algo más que el lazo moral deber patrio: por una nostalgia que alimentó de constante sublimación sus imágenes cubanas. Ya veremos que Cuba se liberó sobre todo desde la nostalgia, y por ella. En esa vivencia se cree ver como un sentimiento de mutilación espiritual. Siempre tuvo Martí en sus lugares de destierro la estampa de una palmera presidiendo su mesa de trabajo -la palmera, el árbol cubano por excelencia: fina espesura de raices, fusta clara y recta, penacho al cielo. Todo un simbolo de lo que fue el propio Martí, pero además, el emblema de la tierra en que le había nacido el cuerpo y se le había criado el alma.
En la conferencia pasada iniciamos la investigación del hombre en Martí. Estudiamos las influencias naturales y, por así decir, previas, que en alguna medida pudieron condicionar ese suceso humano: señaladamente, el factor sangre y el factor tierra. Hoy vamos a ocuparnos del temperamento y del carácter de Martí. Es decir, en primer lugar, de lo que él mismo llamaba "las sutiles esencias y peculiaridades del espíritu"; y después de la factura moral, del acendramiento de espíritu por obra de "las meras accidencias que van moldeándolo en su vida por la tierra". Como veremos en seguida, ese "antes" y ese "después" son particularmente relativos en un hombre de la integración espiritual que hemos atribuido a Martí. El temperamento en él es, desde el primer momento, como un agente de su propia experiencia, como un modelador del carácter.
Ya anticipamos el método que parece adecuado para esta elucidación: un método de doble vía: la biografía y la confesional. Vamos, sin embargo, a combinar los dos testimonios en la medida de lo posible. Examinaremos hoy solamente la vertiente privada o intima de aquella vida suya: la que está requida por la sensibilidad y la conciencia. Por eso hemos titulado esta tercera conferencia: "Pasión de Martí", empleando ahora la palabra pasión en su sentido primordial: como todo aquello de que un ser es sujeto pasivo. Oportunamente consideraremos la otra vertiente de su vida: la acción, dictada en él por los sentimientos e impulsos públicos que su propia pasión engendró. Ese será ya el Martí político, el actor histórico.
No hemos de considerar el proceso intimo del vivir martiano en su total y detallada secuencia -eso se ha hecho ya muy cumplidamente-. Nos detendremos solamente en los momentos más significativos de ese proceso, en aquellos que de un modo particularmente revelador nos iluminan la intimidad martiana. Con eso bastará para formarnos una imagen de su personalidad moral y para que podamos apreciar cómo de ella dimana todo lo demás: su pensamiento, su expresión literaria, su acción histórica.
Vida de fruto del trópico, precoz y acelerada, la de Martí presenta tres etapas de las cuales casi diríamos que superpoen unas a otras, por perduración o por anticipación: la niñez y adolescencia en Cuba, la juventud de ámbito hispánico (español e hispanoamericano) y la madurez en el exilio del Norte. Pudiéramos llamar esas etapas de "germinación", de "floración" y de "fruto". Pero si con ese lenguaje, un poco mostrenco, subrayaríamos lo que de espontáneo y de enraizado en la naturaleza tuvo aquel proceso vital, en cambio se nos ocultaría el interno dramatismo con que la vida de Martí tuvo que integrarse cabalmente a sí misma, concertando la pasión y la acción por medio de la voluntad moral. Digamos más bien, pues, que los periodos correspondientes a la niñez y adolescencia, a la juventud y a la madurez, son respectivamente, los de vocación, crisis y consagración.
Vocación: es decir, llamamiento. ¿Es eso lo mismo que "destino"? Hay un libro famoso de Fichte cuyo título alemán se traduce unas veces por "La vocación del hombre", otras por "El destino del hombre". Pero en rigor no son conceptos idénticos, sino
afines. El destino, o se piensa como puro azar, o como predeterminación. Y en este sentido, si se despoja tan solemne palabra de sus adherencias místicas o mágicas, no parece que pueda significar sino la transacción o el cruce entre un temperamento humano y su cricunstancia vital. La suerte de un hombre no responde sólo a lo que él es, sino también a lo que las cosas le permiten ser. Su vida, su destino, es una bisectriz entre lo que quiso y lo que pudo. Se dan casos en que la voluntad, hasta cierto punto, se impone a la circunstancia: decimos entonces que ese hombre "se labra" su destino. Otros hay en que, por el contrario, la circunstancia devora al hombre, y decimos que este fue "victima" de su destino. Para unos, pues, destino es voluntad; para otros es fatalidad. Mas (¿no habrá una posición privilegiada, que es precisamente aquella en que confluyen misteriosamente la voluntad y las cosas, la vocación y la experiencia, lo subjetivo y lo objetivo?... Creo que si: creo que no solamente ciertas almas tienen vocación, sino que también los complejos sociales e históricos suelen formársela, y que el destino superior, en un plano histórico, es ese en que coinciden la vocación de un hombre y la vocación de su pueblo.
Cuando Martí nació, ¿quién duda de que Cuba tenía su vocación? Estaba efectivamente llamada a ser un pueblo libre. Toda su naturaleza de tierra insular, aislada, lejana de la Metrópoli, y su ubicación el Nuevo Mundo, conspiraban ese sentido: toda su experiencia propia de un siglo por lo menos, venía preparando ese destino. A ello nos hemos de referir más puntualmente cuando habemos del pensamiento político de Martí y de su acción histórica. Pero conviene que tengamos desde ahora presente ese signo de "predestinación", tantas veces advertido, bajo el cual se ordenó la vida del patricio. Fue el hombre que le nació a Cuba justamente en el momento necesario, y con las aptitudes naturales indispensables, para que llenase un cometido histórico de liberación. De liberación, y de algo más: de integración inicial de la vida cubana, de preparación para la nacionalidad. La vida de Martí tenía fatalmente que invertirse en esa tarea; tenía que ser lo que fue, entrega y sacrificio.
Recordemos el ambiente primero de ella: las circunstancias a que Martí nació. Aunque no hayamos de hablar todavía de política, también nos es preciso tener ese ambiente en cuenta para poder apreciar a qué presiones y obstáculos se vió enfrentada aquella precocidad suya.
Cuba era entonces una sociedad colonial tramada de primitivismos de sordidos intereses y de acosados ideales. Más que una sociedad, más que un todo integrado y orgánico, era sólo un conglomerado heterogéneo, repartido en tres planos o niveles. Abajo, una masa amorfa y discorde, que todavía no era tampoco propiamente "pueblo", dividida ella misma en blancos (criollos y pennsulares) y negros (libertos o esclavos). Al medio, una clase beneficiaria esclavista: no esclavizada ella misma, sino algo peor; aprovechadora de la esclavitud. Arriba, pero fuera de la mecánica económica, o inserta en ella sólo por mera tradición de intereses, una minoría criolla, sensitiva e ilustrada. Aquellos tres estratos se veían regidos con una mezcla de despotismo y de complicidad. De tiempo atrás, la minoría criolla -y así acababa de recordárselo a su Gobierno el General Concha cuando
nació Martí -soñaba y conspiraba por una Cuba dueña de sí misma o, cuando menos, que pudiese ser ambito de bienes espirituales, y no sólo de riquezas; de civilización moral, y no sólo de provecho. La opresión a que la Isla estaba sometida no era principalmente política o económica; era sobre todo espiritual, y de ese género de opresión que es de todos el más maligno, el que no se experimenta conscientemente como tal opresión y en que el espíritu vegeta con una especie de vida corrupta, como ciertas plantas pantanosas.
A eso nació Martí. Su padre era un celador de aquel régimen. Celador, no ya sólo en la función policía y efímera, sino en el celo apasionado, integral, "integrista", de la Isla y de su servidumbre a una Metrópoli distante, celosa ella misma y muy resentida ya de las mermas de su imperio. Era un hombre del pueblo don Mariano. Su bravia alma valenciana le daba sus gritos rebeldes por dentro; pero él no los sentía dirigidos hacia su España y lo oficial de ella -cosas idealizadas siempre en la distancia-, sino más bien hacia las ariscas peculiaridades de propia suerte de expatriado. Otros españoles en Cuba amontonaban dignidades y onzas de oro; él sólo acumulaba humillaciones, cesantías, infortunios, acaso porque tenía el alma demasiado integra para el desdoblamiento codicioso o hipócrita. Sin saberlo, don Mariano era también una victima, y de ahí su agrío humor. Tardaría mucho tiempo en comprender que la causa de su hijo era, en el fondo, la suya propia; que lo que a él le había nacido en aquella acosada pobreza era el creador de una sociedad genuina, a base de pueblo y conciencia.
Le puso un nombre bien sencillo y popular: José, el nombre de la paternidad en el estable nazareno. El apellido Martí, en valenciano, no es sino el Martín de Castilla, de donde viene el común Martínez. Y el apellido materno era sólo Pérez. ¿Se considerará artificio el sacarle a eso su punta simbólica? Sin embargo, también los nombres tienen su tradición secular, de prosapia o de pueblo. En todo caso, ahí les dejo la sugerencia: hasta por los nombres era Martí un don Nadie al nacer, un hijo natural del pueblo y un vocado hacia él. Por obediencia a esa vocación, algún día se escribirían ciertos versos sencillos:
Con los pobres de la tierra
Quiero yo mi suerte echar;
El arroyo de la sierra
Me complace más que el mar.
propia suerte de expatriado.
Pero ya desde la niñez acusó precozmente no sé qué instinto de señorío y belleza. Asombró tempranamente, y así se explica que se hayan conservado hasta sus primeras cartas. Ustedes recuerdan aquella, dirigida a la madre, en que habla de cómo le han regalado un caballo y lo está "enseñando a caminar enfrentado para que marche bonito", con lo cual, sin embargo, "cada día cría más brío". Consiéntase tomar eso también como pretexto simbólico. Comparaciones jocosas aparte, la vida de Martí había de frenarse igualmente desde la niñez para marchar con noble paso y acaudalar más empuje. Hay en esa estampa del niño campesino como una prefiguración de lo que la conducta, regida por la concien-
cia, tiene siempre de más bella y vigorosa.
Vienen después las cartas a Mendive. Don Mariano fue el padre natural; pero del poeta-maestro, que pertenecía a la minoría sensitiva, fue la paternidad espiritual e histórica. "Su discipulo que le quiere como un hijo", termina el niño una de sus cartas primeras. Ya en ellas se van insinuando los valores martianos. Con orgullo habla de la limpieza y orden que había dispuesto en el colegio: es una pequeña nota del sentido de responsabilidad, dada con acento precozmente grave. Otra vez, lastimado en su dignidad por algún reproche del maestro, le escribe: "Yo no sé que un padre generoso tenga que recordar a su hijo que le adora sus deberes...cuando a cada instante daría por Ud. mi vida, que es de Ud. y sólo de Ud., y otras mil si tuviera". Esto se escribía a los quince años, a la edad en que los muchachos suelen tener leve la sensibilidad y torpe el concepto. Y no se advierte nada de convencional en ese fervor con que el adolescente declara que la autoridad generosa se paga con devoción y deber. Están sonando ya ahí las grandes palabras de la ética martiana.
¿Cómo sorprenderse de que sólo unos meses más tarde esa alma precoz esté ya dando normas patrias en sus primeros escritos públicos y en su carta de reprobación a un compañero desviado? Se va a cumplir el primer año de Yara. El joven Martí ha hecho circular de mano en mano por el Instituto su soneto cespedino; ha sentido de cerca la fusilería del Teatro Villanueva, donde el espíritu bufo criollo (el choteo profesional de los cómicos) se había alzado también frente al integrismo voluntario. Ya el discipulo devoto ha visto preso a su maestro. El mismo queda encendido para su misión. Publica aquel número único de La patria Libre, cuyo título era ya todo un programa, y el poema Abdala, en que Nubia la oscura llora por Cuba. Pero ahora nos hemos de atener sólo a sus cartas, porque esos son los documentos intimos, no calculados, que mejor ilustran su pasión. Urdida una conspiración estudiantil, deserta de ella un camarada, Cristóbal de Castro, que lleva "de" en su apellido. Martí le escribe preguntándole: "¿Has soñado tú alguna vez con la gloria de los apóstatas?" -sarcasmo en tono mayor de alguien que, por demasiado bueno o por demasiado sincero, jamás habría de cultivar la ironía. Esa carta es el primer instrumento de lo que llamamos el destino. Va a cuajar en seguida, pero antes hemos de verle aun a Martí la precocidad del sentido moral y los peculiares acentos que en él toma. Al maestro preso le escribe sobre un retrato suyo que doña Micaela, la esposa, le negó al discipulo nostálgico, y de cómo él se lo buscó por su lado y se hizo varias copias. A doña Micaela -dice con cierta fruición de su propia generosidad -"yo quiero darle cuatro por el uno que me negó". No es más que un detalle; pero hay cierta deliberación, cierto enfasis en el tono sencillo, como si estuviese ya expresando su consigna natural de dar siempre con creces y a costa de su propio esfuerzo.
También es esa la carta en que se queja del padre que le hace sufrir. Solemos irritarnos de eso, de la aspereza que rodeó a Martí en el ambiente de su hogar. Duele, en efecto: hubiéramos preferido saberlo mimado y adivinado en su grandeza desde la infancia. Mas, aparte de que la vida es la vida, y ya he recordado cuán amarga fue la de aquella casa que la frustración de don Mariano presidía, ¿no estaremos lamentando uno de esos misterio-
sos recursos de que "el destino" se vale?...Porque su padre fue así,huraño e incomprensivo,pudo Martí gravitar hacia Mendive, que era todo blandura e inspiración.Porque sintió solo en el ambiente doméstico triste y hostil,tuvo que reaccionar contra él y empezar a construirse por su cuenta desde la niñez.Cobró ya entonces su espíritu la autonomía que había de mostrar durante toda su vida.Parece más bien que se debiera agradecer a los dioses patrios el que no quisieran darle a Martí la casa mimosa,absorbente,engreidora,donde el caríño tantas veces adormece la conciencia,embauca el pensamiento y soborna la inquietud.De esos hogares blandos,sin alguna piedra en que afilar la personalidad,salen los Cristóbal de Catro,los hombres blandos y los ciudadanos tenues.
El hogar preparó a Martí para la prueba precoz de la vocación.Todos recordamos el episodio en que cuajó su destino;el registro por la milicia y el hallazgo de la carta al "apóstata",la denuncia de "infidencia",la comparecencia ante un tribunal militar;el noble careo en que Martí y Fermín Valdés Domínguez se disputan la paternidad de la carta comprometedora;la elocuencia -también genialmente precoz -con que Martí logra persuadir al tribunal de que es suya la responsabilidad.Casi diríamos que no hay heroísmo en esto.Aquella alma siente la proximidad de dolor y lo codicia;ama el sacrificio.Y lo condenan,en efecto,a presidio en las canteras.
De toda esa atroz experiencia,que tan dramáticomente nos ha de describir en las páginas precoces de "El Presidio político en Cuba[".lo que más me ha impresionado y conmovido siempre no son las descripciones de los hombres torturados en aquellos verdaderos círculos dantescos.Ahí,Martí no es todavía más que el espectador trémulo de noble indignación,y ésta tiene,inevitablemente,un coeficiente político.El momento moral más puro y profundo es aquel de la ternura activa,heroica,en que Martí -¿lo recordáis?-se inclina en la enfermería sobre el cuerpo moribundo de un pobre chino atacado del collera.No es el único de los plagados a quien trata de salvar con generosa desesperación."Mis manos han frotado sus rigidos miembros;con mi aliento los he querido revivir;de mis brazos han salido sin conocimiento,sin vista,sin voz,pobres coléricos...".Si,ésa es la pasión ya en su forma solidaria,la compasión,el padecer con los demás,segundo peldaño de aquella escala de generosidad por la cual se asciende a la pasión nazarena:el padecer por los demás.Es la ternura activa de la caridad,pero llevada a ese plano de superración absoluta de todo egoísmo,y aun de la mera piedad,en que el desinterés se hace casi suicida.Estamos empezando a ver de qué dimensiones de amor era capaz aquel hombre.
Hombre,sí,porque la experiencia de las canteras lo ha hecho precozmente adulto.Ha padecido en la carne -magullada por el grillete -y en el espíritu,estragado por el espectáculo de la injusticia y de la crueldad.Y a su maestro le escribe:"Mucho he sufrido,pero tengo la convicción de que he sabido sufrir".Ponderen ustedes esa frase:saber sufrir.A lo largo de su vida, Martí insistirá mucho en esa idea,convertida pronto en consigna moral.Padecer,padece cualquiera:lo de hombre es saber padecer.El sufrimiento,cuando se tiene el alma suficientementera, no quebranta el espíritu:al contrario,lo "edifica".lo integra.
El dolor tiene su fruición y su fecundidad. Enseña lo que la misma carta dice: enseña a "ser verdaderamente hombre", esto es, a asimilar la experiencia adversa en un profundo sentimiento de entereza y dignidad. Martí todavía no había leído a los estoícos. ¿Quién atribuirá, pues, su doctrina del dolor -que estudiaremos más puntualmente al hablar de su ética -a ninguna adquisición libresca? Fue como una resonancia de su propia alma integral, integradora. Otro don del destino.
Lo que sí leyó Martí en su breve pausa pinareña de "El Abra", al salir del presidio, fue Los Miserables de Hugo, y la Biblia. Hay quien, por tradición de familia, ha podido señalar en el Libro de LIBROS su lectura favorita: Corintios, I, capítulo XIII. Allí se dicen cosas como estas: "Si yo hablase lenguas luminosas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuene, o cimbalo que retiñe". Y en otro versículo: "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, jugaba como niño; mas cuando fui hombre hecho, dejé lo que era de niño".
Ahora ya Martí, por el dolor, es hombre hecho.
-000-
Llega a la juventud, por tanto, precozmente y con esa carga honda de melancolía. El primer tramo de ella son sus cuatro años de España. Recordemos que no se trata ahora de historiar sus actividades políticas ni siquiera la evolución de su pensamiento al respecto. Es el puro ser humano lo que de momento nos interesa. Pero ¿será posible desligar enteramente lo uno de lo otro? No: ya veremos que para aquel espíritu naturalmentero, el sentir y el hacer públicos eran como una consecuencia ineludible de su intimidad afectiva y moral. Sus emociones teñían su pensamiento y necesitaban expresarse en la actitud y en la acción. No podía entregarse sólo a las querencias de lo privado sin sentir como una mutilación de sí mismo. Justamente en eso va a consistir el drama de su juventud, que es, como ya anticipé, una época de crisis. Va a haber en ella un conflicto angustioso entre la vocación y la circunstancia: entre el sentimiento del deber público y los derechos del sentimiento intimo, entre la vocación y la más inmediata obligación.
La primera se había definido ya precozmente como un desvelo no inculcado de patria, un sentir que su tierra lo llamaba con los penachos de todas sus palmeras. El temple de esa vocación pasado por la prueba del sacrificio. Seguiría puesto a ella. Desterrado a los dieciocho años, arrancado de su suelo propio, queda con todas las raíces naturales al aire del mundo. Desde entonces, ya casi para siempre, va a tener que enclavarlas en una suerte de tierra ideal, abonada por la nostalgia. Empieza a forjarse, en la larga ausencia, una sublimación de la patria. "Cuba es mi cielo" -escribe en el album de Carlos Sauvalle.
Cuando Martí llega a España, la vocación está todavía respirando por sus nobles heridas. Hay una anecdota de ese momento que resultará útil examinar, si podemos hacerlo con la delicadeza que exige. La he contado así en mi biografía de Martí:
"Por la cuesta de Atocha vió subir, en dirección contraria, a Manuel Fraga, otro cubano desterrado. Le acompañaba un joven a quien Martí no conocía. Fraga se lo presentó: Zeno Gandía, sudame-
ricano. No pudo Martí desdoblar su ánimo en la urbanidad convenional, y cuando el criollo le tendió la mano, profirió extrañas palabras:
- Usted no me conoce. Es preciso que antes de darme su mano, piense si es digno de estrecharla un hombre ultrajado que aún no ha recibido satisfacción a su decoro.
Fraga se echó a reír. Pero Pepe, terriblemente serio, atrajo al criollo sorprendido hacia el interior del vestíbulo y, abriéndose la camisa, le mostró las cicatrices del presidio".
Hasta ahí la anecdota. No puede negarse que tiene el acento que solemnos llamar "melodramático". Cierto sentido de la medida, cierto buen gusto, aconseja que hasta lo trágico y lo heroico se recuerden con alguna continencia. Lo contrario es patetismo, y puede llegar a la teatralidad. Más de una vez, a lo largo de la biografía de Martí, hemos de descubrir algo de lo primero en su expresión y hasta en sus actitudes. No es cosa de ignorarlo, sino de explicarlo.
La explicación, creo yo, es que Martí estaba realmente impostado en una clave temperamental mucho más alta que los mortales corrientes. Da así todas sus notas en un tono mayor natural -natural para él. Lo que en otros resultaría teatral, en él no lo es. Ni en realidad nos lo parece, porque sentimos siempre la presencia de una sinceridad inequivoca y de una grandeza genuina en cuyo radio todo se exalta y dilata -hasta nuestra propia receptividad. La expresión martiana prescinde la pequeña medida exterior, se sobrepone a ella. A veces se piensa que Martí tiene el sentido profundo de la perspectiva, y no el de la inmediata circunstancia; pero lo que en realidad ocurre es que también esta la contempla en dimensión de profundidad. Socialmente, no se reduce nunca a ese menudo complejo de circunspección, de convencionalidad, a que los hombres corrientes tenemos que acomodarnos para no caer en lo extravaqante y hasta en lo ridículo. Tener ese "sentido de la situación" es parte de lo que solemnos considerar "discreción", buen gusto social. En general, me parece que todo buen gusto, incluso en lo estético, conlleva ese sentido de la medida, del canon establecido. Pero reconozcamos que rara vez, si alguna, es eso un coeficiente del genio. Lo genial tiende por sí a ser desmedido, inconvencional. Porque Martí carece de ese normal comedimiento, algún día lo llamarán loco. Porque tan a menudo falta en su expresión literaria, a veces nos parece excesivo y a punto de dar ese paso que sabemos entre lo sublime y lo ridículo. En esa trágica orilla se mueve siempre el genio. Tengamos todo esto en cuenta desde ahora para que, ante el patetismo de las expresiones y actitudes martianas, no brote en nosotros la sospecha siquiera de nada forzado, cuanto menos de superchería retórica o social. Es el modo natural de producirse de un alma realmente integrada al nivel de lo sublime.
A esa luz hay que ver ya las manifestaciones de la vocación patria durante los primeros años de Martí en España. Publica en seguida El Presidio político, que es una de las cosas más precoces y patéticas que jamás se hayan escrito. Nacidas del agravio más hondo, dictadas por una memoria que era todavía "un cesto de llamas", esas páginas dan, sin embargo, la nota de generosa nobleza que ya para siempre ha de dominar la actitud poli-
tica de Martí hacia España. "Ni os odiaré ni os maldeciré. Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo..."; "y yo todavía no sé odiar"...Una y otra vez, la ira a que le exaltan los recuerdos se resuelve en el mismo pensamiento. "La venganza y el odio -escribe- son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la tierra". Nótese bien su extraña, su profunda expresión: dos fábulas, es decir, dos invenciones del espíritu humano, sin afincamiento en la realidad del Ser. Todo el optimismo moral de Martí, a que oportunamente nos referiremos, está ya esbozado en esas páginas precoces, y lo veremos confirmado en seguida en unos versos no menos dramáticos.
"Y yo todavía no sé odiar" -dice. No aprenderá nunca. Está hecho de tal modo, con tal capacidad de amor, que el odio se disuelve en ella. Algún día hablará de ese "alambique" que él lleva en el corazón. Ahora, casi muestra agradecimiento, en el orden íntimo, por aquella terrible experiencia del presidio. Escuchamos otra vez el acento estoico natural: "Sufrir es más que gozar: es verdaderamente vivir... El desprecio conque acallo estas angustias vale más que todas mis glorias pasadas. El orgullo con que agito estas cadenas valdrá más que todas mis glorias futuras..." Hasta el final de su vida había de llevar, en el dedo del corazón, un anillo hecho del hierro de su grillete: era como un blasón, como el cuño heráldico de su conciencia amadora del dolor.
-000-
Unos meses después le llega desde Cuba, como un latigazo, la noticia del crimen horrendo contra los estudiantes de Medicina. Fermín Valdés Domínguez, su amigo entrañable de la niñez, su paño de lágrimas de siempre, se le junta a poco en Madrid, y le estremece en su cama de enfermo, con el trágico relato. Bajo ese impacto emocional escribe Martí su desgarrado poema A mis hermanos muertos el 27 de Noviembre. Probablemente marca el momento de su ruptura política definitiva con España; pero lo que ahora nos interesa de esos versos es su movimiento emocional interno y lo que este nos revela de las vivencias morales en aquel espíritu.
La evocación inicial de las circunstancias en que supo los detalles de la tragedia es un crescendo funeral, que se va carrando de ira, de "espanto y amargura", hasta culminar en el intimo juramento cuyo alcance sólo imaginamos: vindicar aquel crimen y consagrarse de por vida a liberación de Cuba. A seguidas y como para justificar la "fiera promesa", describe por su cuenta el holocausto de Noviembre, en versos que acusan aquel patetismo violento de que hablé. De tanto que se enardece el lenguaje, parece que el odio va a ganar esta vez la partida. Pero ya en el climax, son las propias sombras de los estudiantes muertos quienes vienen a pedirle que su "furor colérico suspenda":
-...¡Perdón!
-¿Perdón para el impío?
-¡Perdón! me gritan,
y en un mundo de ser se precipitan!
No puede Martí imaginarse a aquellos adolescentes sino clamando, desde la huesa sangrienta, por lo mismo que a él su entraña le pide. El poema iba destinado al resentimiento iracundo del exilio: piénsese qué hondura de caridad no haría falta para que Martí se atreviese a poner así el amor frente al rencor. Esta resistencia a permitir que el antagonismo político se animase jamás del odio, esta paradoja de predicar, desde el primer momento, una lucha generosa de la cual no saliese rebajado el espíritu, es -insistamos en recordarlo -la gran consigna moral que presidirá todo su ideario y su acción política.
¿Se trataba, acaso, de un pío sentimentalismo? No; las raíces de eso son mucho más honda y hasta invanden la zona del pensamiento. Esto no lo veremos claro hasta que no examinemos las ideas centrales de Martí; pero ya ahora quisiera ilustrar el punto, aunque sólo sea para mostrar cómo es cierto que las vivencias psíquicas más disímiles se funden aquel espíritu. Recordemos el verso final de los que acabo de transcribir. Perdón piden las sombras de los estudiantes sacrificados -y en un mundo de ser se precipitan.
Este verso, misterioso y abrupto, como tantos de Martí, encierra el mismo un mundo de pensamiento. Su sentido se liga al concepto, de clara filiación platónica, que encontramos en la primera página de El Presidio: "Dios existe en la idea del Bien". Para Platón, esta "Idea del Bien" era también el principio del Ser. La implicación metafísica -que Martí recuerda o intuye genialmente -es que hay, más allá de la tumba, allí donde las sombras moran, un "mundo de ser" verdadero. El de aquí abajo es mera apariencia, mera "fábula". Algún día nos dirá que "la pelea del mundo viene a ser la de la dualidad hindú: bien contra mal". Por eso aquí en la tierra el odio divide y separa las almas. Pero en el "mundo de ser" superior, todo se comprende y se integra: todo se resuelve en unidad, en amor...[¿]No se está viendo cómo lo afectivo en Martí, con ser tan autónomo, se asiste del pensamiento; cómo lo emocional se eleva a lo filosófico, predicando en este caso una religiosidad profunda? Porque la conciencia religiosa, en último análisis, no es sino eso: el sentimiento de religación, de la unidad de todo en una última instancia de lo real. Y eso también es el amor en su dimensión metafísica.
-000-
La vocación revolucionaria tendrá siempre que luchar en Martí con esa querencia amorosa de su espíritu, y no se cuajará en pensamiento y acción política, es decir, creador, hasta que no se armonice e integra con ella. Ahora, esa vocación se manifiesta todavía con avidos tanteos. En la primavera de 1873, Martí le escribe a Néstor Ponce de León, Secretario de la Junta Revolucionaria cubana en Nueva York, diciéndole sobriamente lo que ha venido haciendo en España por la causa cubana y ofreciéndole mayores servicios. Su voluntad -dice- se siente "triste por no tener esfera real en que moverse". Nótense esas palabras. Considera que su vida en España no tiene nada de real. Al parecer, lo verdadero, lo genuino, lo que tiene entidad para él es lo determinado por el sentimiento mismo. Y es este sentimiento de melancolía, de vacante avidez, lo que penetra la voluntad y le comuni-
ca su tristeza. ¿Se había oído antes hablar de una voluntad "triste"? He ahí cómo se manifiesta de nuevo en Martí esa fusión o transustanciación de los movimientos psiquicos que acredita la tendencia integradora de su alma.
No sabemos si recibiría respuesta a aquella carta. Poco después, resuelve irse a continuar sus estudios en Zaragoza. Es decir, se aviene a las circunstancias que van demorando su vocación. Para comprenderlo, es necesario recordar que Martí sólo tiene veinte años y que está en España. Todavía pueden mucho los requerimientos de la sangre, en el doble sentido de sujección a ciertas urgencias juveniles y de vinculación espiritual a una tradición española que sólo ahora empieza a evaluar concretamente.
Notemos esto primero. La reacción de Martí ante España no es soberbia, sino dolorida y avida a la vez. Aunque defraudado, hasta por los liberales de "la Gloriosa" y por los ejecutivos de la República, en sus primeras esperanzas de justicia para Cuba, su animo batallador no parece sentir el más mínimo despego hacia la Peninsula. Se entrega, como en una ardiente provisionalidad, a las seducciones del amor y del estudio en aquella tierra de sus raíces. En un espíritu tan profundo, eso no puede achacarse a frivolidad. Martí intuye que España, la España real y entrañada, no tiene en verdad más culpa de la opresión cubana que de la falsificación política en que ella misma vivía. ¿Será necesario recordar que esa alma de España se sentía, desde siglos atrás, ajena a todas las responsabilidades oficiales? Andando el tiempo, Martí lo dirá repetidamente en sus crónicas para La Opinión Nacional de Venezuela. Por nuestra cuenta, aún podríamos aventurar algo más que tampoco debió de escapar a su intuición: España, tan vocada siempre a lo intemporal, ha solido carecer de resonancia entrañable para lo puramente histórico. Es un pueblo de absolutos, que desdeña profundamente el relativismo de toda política. Su acción histórica ha sido siempre pasión: defensa, ciega y sin fórmulas, de su propio ser, de su propia independencia, como en la guerra napoleónica: o milicia feroz por un sentimiento, por un orden fanático de valores más personales que públicos, como en la guerra carlista. Su absolutidad la lleva unas veces a la utopia, otras al absolutismo. La política como arte de proporcion y de transacción ha tenido siempre en España cierto aire extranjero. España dio al mundo la palabra "liberal"; pero nunca supo a derechas defender el liberalismo, cosa demasiado abstracta. Pueblo de hombres fieramente libres bajo su capa, como los varones de sus comedias clásicas, no siente la urgencia de la libertad colectiva hasta que no se le invade ese fuero personal, que sus gobernantes instintivamente respetan. Pueblo de concreciones individualistas, no podía sentir el lejano dolor de sus colonias, responsabilidad, por lo demás muy recatada, de sus gobiernos.
Si Martí no hubiese comprendido todo eso, apenas nos explicaríamos que se entregara como se entregó a España -a la España profunda. Su avidez de cultura y sus veinte años lo ayudaron. "Cuba llora", le pusieron de mote los cubanos desterrados, y toda su fruición de España tuvo ese acento melancólico, dramático. Pero sería falsear las cosas si negasemos la evidencia de que allí se sintió palpitar aquellas raíces de raza a que en la
anterior conferencia nos referíamos. Herencia y vocación -el tirón del pasado y la solicitud del futuro -estaban guerreando en él. Por el momento primó la avidez de España.
En las clases de la Universidad Central, en las redacciones y tertulias de Madrid, en los hidalgos hogares que frecuentó como amigo o como tutor precoz, se impregnó de la más sutil tradición señorial de España. En los devaneos de estudiantina por los mérenderos que sabían de toda la picante majeza goyesca, se saturó también de lo popular, que ha sido siempre lo mejor de aquella tierra. Probablemente ya en la biblioteca del Ateneo, donde tantas veces se le había de ver, años más tarde, abismado en lecturas clásicas, se saturó de aquel espíritu del Siglo de Oro, que en cierto modo era una sintesis de esas dos dimensiones sociales del alma hispana: la hidalguía y el populismo.
Conviene que nos detengamos un momento en esto para acercarnos ya a comprender lo que de otra manera podría parecernos una contradicción en la actitud social del propio Martí. Sí: lo señorial y lo popular se dan la mano, como Don Quijote y Sancho, en el espíritu social español. De ahí nace que lo verdaderamente "hidalgo" sea siempre muy popular en el acento, y que lo del pueblo sea siempre muy "señor", muy "culto", como decía Chesterton de los analfabetos de Castilla. No hay que confundir, desde luego, el señorio con el "señoritismo", que es su perversión y excrecimiento; pero hasta ese señoritismo allá se caracteriza por plebeyo, y la plebeyez a veces se infla de arrogancia y "tronio". Lo intermedio es, repito, una sintesis; eso que se llama el caballero español, cosa que tiene muy poco en común con el gentleman inglés, y menos aún con el monsieur de Francia. Es fina manera sin amaneramiento, espontaneidad de la cortesía, sosiego y concreción el modo de hablar, "atención" un poco paramental de la conducta, esmero viril del ademán, galantería extrema, adhesión casi solemne a los "principios" de dignidad, empeño intransgresible de "la palabra de honor", lealtad sentimental no siempre exenta de clandestinos desdoblamientos; en fin, cierta espiritualización de la totalidad de la vida, incluyendo su zona más instintiva...
Eso, por supuesto, ya lo había podido ver Martí en la minoría criolla de Cuba, mucho más española de lo que ella misma a veces creía. Pero hay que reconocer que ya por entonces en América ese estilo de "caballerosidad cumplida" comenzaba a verse amenazado o transformado por ciertas influencias del ambiente más primitive y utilitario, por ciertas irradiaciones pragmáticas; ya comenzaba a parecer almidonado y "rancio". Sin la impregnación de su juventud en la propia Peninsula, no nos explicariamos cabalmente, creo yo, aquel estilo social "caballero" que todos los testimonios -recuerdo particularmente ahora el de doña Blanca Baralt le habían de reconocer al Martí adulto; aquel su esmero de frase y ademán, aquellos extremos de galantería y de obsequio que fueron parte de su personal encanto. Ni nos explicariamos tampoco que estilo -aristocrático en el mejor sentido de la palabra -se viese, sin embargo, tan equilibrado por un generoso sentido de pueblo, por una vocación hacia aquellos "humildes de la tierra" con quienes él quiso su suerte echar. Esa sintesis le venía de España.
Acaso donde más hondamente sintió y vivió Martí la España
profunda fue en Aragón. De Madrid sólo parece recordar lo leve, lo picante, lo frívolo, y no con mucha simpatía. En cambio a Aragón, la tierra integra donde las jotas de la pronunciación salen de la entraña, como las de la danza; a la tierra del Goya rudo, impetuoso y amador, que pintó cortesanas con aire popular o plebeyo; a la tierra de Gracián, que habló por sentencias apreta-das, como había de gustarle al propio Martí escribir; a la vieja tierra de fueros, peleadora por sus libertades, socia de Castilla y comadre de América -a esa tierra, le sintió un pulso en ritmo con el suyo propio, cierta afinidad con su propio espíritu. Por eso los versos famosos:
Para Aragón, en España,
tengo yo en mi corazón
un lugar todo Aragón,
franco, fiero, fiel, sin saña.
¿Qué mucho que fuese también allí donde tuvo su primer amor de hombre y donde "rompió su corola poca flor de su vida? (sic) Podemos imaginarnos, -nada más que imaginarnos a través de escasísimas referencias de Fermín Valdés Domínguez, compañero fiel también en Zaragoza -lo que debió de ser aquel estreno sentimental de una vida llamada a múltiples amores. Pero necesitamos especular acerca de aquel idilio juvenil, probablemente intenso y dramático. Otros vendrán en que, con más directos testimonios, podamos examinar ese aspecto del alma martiana, muy necesitado de cuidadoso discernimiento, por lo mucho que tiende a avulgararlo el torpe manoseo biográfico.
De Aragón se fue Martí, ya con sus propios papeles de abogado, como quien se va de una buena patria prestada para buscarse la suya propia. Había terminado eso que llamamos "la primera juventud" -estreno, todavía irresponsable, de los primeros lujos vitales. Un breve asomo a París, estremecido aún por los Castigos de Victor Hugo y del 70: una escala en Inglaterra que, si bien momentánea, no dejó de depararle la aventura de una inglesita indulgente y "una media hora luminosa" en la bruma (luminosa, suponemos de puro ardor) -y ya le tenemos camino de América.
Ha llegado la sazón de las responsabilidades.
¿Qué saldo de apreciaciones nos deja este rápido examen de la primera mitad de su vida? Nos habíamos prometido descubrir con él los indicios del temperamento y el modo como las primeras "accidencias" irían constituyendo su carácter. Creo que no hemos sido defraudados. Ese temperamento es efusivo, generoso y ardiente. Está dominado por la sensibilidad: pero ésta, precozmente, le dicta, desde la niñez, actitudes, actos, grados de la voluntad y hasta modos del pensamiento. Emociones, voliciones, ideas tienden a integrarse en un mismo nivel de intensidad: estamos ante un alma "apasionada". Apasionada por esa cohesión psicológica y también por su peculiar acento moral. Su núcleo es un querer en todos los sentidos: querer como voluntad, como caridad, como amor. Un querer tanávido que casi diríamos llega a devorarse a sí mismo: goza en la abnegación, ama hasta el dolor y corteja el sacrificio.
Este temperamento actúa desde la edad más temprana como un molde o filtro de la experiencia. En la precocidad genial de
Martí, el temperamento es ya carácter moral. La experiencia, precoz ella misma, se le acumula apretadamente, y desde el primer momento observamos una cierta autoridad para regirla y que "marche bonito", una autonomía como de alma que lleva en sí su propia fuerza y no se siente en modo alguno condicionada por el mundo, sino llamada a exaltarlo y conformarlo a su medida. Por tanto, una sustentación temprana de valores morales generalmente adultos -la dignidad, el desinterés, el sentimiento del deber-, y un despliegue tan inmediato de la vocación patria, que se nos muestra, no como cosa inculcada o aprendida, sino como una expansión natural y necesaria de su espíritu.
En un plano superior de formación, hemos considerado la impregnación española de Martí. Es probable que ella reforzara la nativa inclinación amorosa, induciéndole ya a esbozar la concepción política de las reivindicaciones cubanas en términos que proscriben el odio. Las páginas del Presidio Político se enlazan profundamente, a través de una vida, con las del Manifiesto de Montecristi. Pero la experiencia peninsular consolidó algo vez más profundo: una concepción típicamente española de la vida y de la cultura: un sentido espiritualista de la existencia como algo trascendente, y de la conducta como centrada en el decoro: una sintesis, en fin, de la actitud social, en que se integran lo aristocrático y lo popular, el caballero y el servidor de toda humildad.
Lo esencial de Martí está ya cuajado cuando, agotada esa primera juventud, emprende el camino de América. Dejemos para la próxima conferencia el examen de la crisis central de su vida y de la solución que le dio su espíritu necesitado de integridad.
42
42
Al comentar los momentos más reveladores de la vida intima de Martí -cosa que empezamos a hacer en la última conferencia -estamos tratando de mostrar cómo el "espíritu" se acusa en él con ese estilo psicológico especial que llamamos "pasión".
No se les habrá ocultado, sin embargo, lo equivoco de esta palabra. Tres sentidos distintos de ella nos vienen dados en el uso común. El primero es el de la nomenclatura psicológica tradicional, que ve en la pasión, de un modo generalísimo, todo lo que al alma le acontece, toda experiencia de que es sujeto "pasivo". Pero esa misma Psicología suele después definir la pasión más concreta como una particular vivencia dinámica, como cierta impetuosa exaltación emocional que subordina y arrastra todos los demás movimientos del espíritu. Así decimos que una persona tiene la pasión de los celos o de la envidia, por ejemplo, aunque también puede tratarse de un sentimiento generoso particularmente arrebatado. En un tercer sentido, ya más literario y derivado del primero, la pasión no es tanto una exaltación activa del sentir o del querer como una intensidad del sufrir, del padrecer. Esto significa la palabra cuando hablamos de la pasión de Cristo, la pasión por antonomasia.
Y todavía nosotros, por nuestra cuenta ya, hemos venido llamando apasionado el estilo de alma en que el sentimiento, la inteligencia y la voluntad tienden a fundirse. Esta integración, que nos ha parecido característica en general del alma hispánica, se produce en determinados individuos a un alto nivel de intensidad, y yo creo que en ellos al menos, los cuatro sentidos de la pasión que acabamos de ver no son incongéneres, sino que más bien constituyen una escala de grados en la vocación unitaria de tales espíritus. En Martí, por ejemplo, se observa el primado general de la sensibilidad, de la afectividad. Ciertas emociones en él dominantes tienden a la concentración activa, y podemos hablar de su pasión del amor, de su pasión del deber. Una y otra se conjugan para explicarnos aquella fruición del dolor que anotamos en la conferencia pasada y que se nos hace tan explicita cuando Martí dice "yo quosto del placer del sacrificio". En fin, todo ello se nos integra en su alma de "apasionado". De "primogénito del mundo". Espíritus como el suyo son, pues, egregiamente unitarios. De ahí la firme consistencia que a su vida comunican.
Pero ya anticipamos que esta unidad no fraguó de un modo subito en la vida de Martí. Anunciada precozmente como una vocación, tuvo que sufrir las presiones dispersadoras a que toda existencia humana está más o menos sujeta, y tardaría en prevailecer sobre ellas hasta lograr una plena integración de la conducta en sí misma y con la propia conciencia. Veamos ahora ese período de la crisis.
Se recordará que en 1873, desde Madrid todavía, el joven de veinte años le había escrito a Nestor Ponce de León. Secretario de la Junta Revolucionaria Cubana en Nueva York, declarándose avido de tener "esfera real" en que moverse y ofreciendo sus servicios a la causa de la Independencia. La vocación pública se había hecho así patente, y del fervor de su propósito no cabe
duda alguna,porque ya lo tenía demostrado y porque a los veinte años hay como un gozo en darse a las grandes empresas. Pero he aquí que ahora, a fines de 1874, cuando ha terminado sus estudios; cuando la guerra de Céspedes se acerca a su apogeo en la manigua cubana; cuando Martí, en plena juventud, pudo haber hecho algún esfuerzo por incorporarse a las filas insurrectas, no es a Cuba adonde se tralada, sino a México. Esta decisión, extraña ya a luz de sus antecedentes patrios, va a gravitar mucho sobre su vida. No podemos saltarnos ese hecho, ni disimularlo. Tenemos que explicárnoslo, a ver si Martí sale indemne de él.
La explicación es sencilla; pero apunta a una dimensión muy honda en el espíritu de Martí: su vivísimo sentido del deber. Es el varón único de una familia pobrísima que está pasando miserias en México y que ha puesto en el joven diplomado todas sus ilusiones, todas sus esperanzas. No se trata sólo del padre amargado, viejo y enfermo, a quien ya su hijo ha aprendido a querer en la distancia. Son también sus hermanas. Es su madre. A ésta le escribía dos años antes, desde el destierro y en verso, que era siempre su lenguaje más del corazón:
¡No más, no más tu santo amor ultrajen
pensamientos de bárbara fiereza!
Una vida acabó: ¡mi vida empieza!
Sentía que su vida empezaba, antes que nada, bajo ese llamamiento de la sangre, y con su precocidad de siempre, se obligaba ya a hacerse cargo de la responsabilidad familiar, a despejar de angustias su hogar lejano. ¿No pensariamos que había algo de falso en la ternura de Martí si no la viésemos arrancar de esa honda devoción a los suyos, de esa voluntad de sacrificio por lo que más de cerca le tocaba?
He ahí, pues, los términos del conflicto que va a llenar toda esta segunda etapa de su vida: de un lado, la vocación histórica -la conciencia de lo público, y el grito de su Isla resonando en ella; del otro, la obligación privada: el eco, en esa conciencia, de la voz familiar. Algún día le escribiría a su propia madre que "el deber de un hombre está allí donde es más útil". ¿No le necesita más ahora a él su casa que Cuba? Se ve obligado, pues, a elegir el deber más inmediato. Hasta qué punto fue angustioso aquel conflicto, y lacerante su decisión, lo veremos en seguida.
Pero antes detengámonos a ponderar la estructura psicológica y moral a que esa decisión respondía, pues repito que nos hallamos ante uno de los grandes rasgos en el carácter martiano. La consigna del deber, que será uno de sus más persistentes postulados éticos, no se apoya en meras retóricas, no es un mero convencionalismo moral, sino algo enraizado en su propia naturaleza y autorizado por su propia vida.
¿Cómo estaba hecho aquel espíritu para sentirla tan hondamente y con tan decisiva fuerza? Y antes que nada, ¿qué misteriosa urgencia es ésa -el deber?
Es curioso el doble sentido moral y económico, que la palabra tiene. Se hace lo que se debe: se paga lo que se debe. Alguna comunidad intuición ha de enlazar esos usos, con ser tan distantes. Y es, en efecto, que también el deber moral nos apremia como una deuda que sentimos tener con nuestra propia naturaleza y con el
amundo. A ese sentido interior de obligación lo llamamos conciencia -la conciencia moral -y yo creo que arranca de un sentimiento aún más profundo de solidaridad humana, el cual a su vez procede la unidad primordial del Ser en general y de la vocación que este tiene a recobrar su perfección, a prevalecer al fin sobre la discorde pluralidad de las cosas. La voz de la conciencia, el deber, es el llamamiento del espíritu a esa integración; es el recordatorio de la deuda que tenemos contraida por el hecho de ser múltiples y distintos en un mundo nacido de la Unidad y vocado hacia ella.
Por lo mismo, esa noción del deber, quien más quien menos la tiene, aunque no la atienda. Pero lo que llamamos sentido del deber, es decir, la voluntad de cumplir lo que esa noción nos ordena, ya es mucho menos frecuente. Casi siempre resulta de la educación moral. Hay sin embargo, como ya sabemos, ciertos seres poderosamente integrados en quienes la consecuencia interna se hace como automática. Cuando se produce entre el pensar y el querer, tenemos la pasión intelectual: el fanatismo. Cuando eso ocurre entre el sentir y la voluntad, estamos ante la pasión heroica, y si ese sentir es particularmente noble, generoso, abnegado, solidario; en una palabra, si tiene su raíz en el amor, lo que contemplamos es la pasión del deber, especie también de fanatismo y de heroismo moral, de ciega y activa certidumbre sobre lo que debe hacerse. Para las almas de semejante factura, no cumplir el deber es como un desdoblamiento odioso que delata la propia debilidad -la servidumbre del "débil de carácter". En cambio, cumplir con el deber es conservar incólume la propia integridad y, por consiguiente, la propia fuerza. Martí siempre asociía el deber, al igual que el amor, a esa idea de fortaleza. "Hago lo que debo, y amo a una mujer; luego soy fuerte", dirá en una de sus cartas a Mercado.
¿Se comprenderá mejor ahora por qué el sentido del deber no es en él, como en la mayor parte de los hombres, una adquisición moral, sino parte de la vocación nata de su propio ser? Con ese sentimiento de cosa ineludible que para él tiene, algún día podría afirmar a plena convicción que "toda la vida es deber". que éste "se ha de cumplir sencilla y naturalmente", y que "el verdadero hombre no mira de qué lado se mira mejor, sino de qué lado está el deber".
Pero con eso nos explicamos cabalmente todavía el conflicto que ahora su vida presenta, que es precisamente un conflicto entre deberes. Y aun a trueque de fatigarles con excesivas abstracciones, les pido indulgencia para acompañarme todavía un poco más en ellas, porque así podremos aclararnos otro aspecto capitalísimo del espíritu martiano: su sentido de los valores.
Deber y amor, impulsos de la sensibilidad, responden apreciaciones que la conciencia se hace, y por consiguiente a valores, que a su vez están referidos a ciertos objetos, internos o externos. Llamamos objetos de valor relativo a los que sólo conciernen a nuestro interés; objetos y valores absolutos a los de interés general. La familia, por ejemplo, es un valor relativo, y el deber que respecto de ella se siente, también lo es. La patria, en cambio, es un objeto de valor absoluto, como absoluto es el deber a que respecto de ella venimos obligados. Pero no todos los hombres son capaces de sentir los deberes absolutos, ni aun
45
los que tienen por naturaleza esa aptitud logran incorporarlos sin más al primer plano de la conciencia. Esto se debe a que el sentimiento de lo próximo y lo concreto es lo más primario en el hombre. El espíritu tiene que ensancharse considerablemente para poder trascender esos sentimientos primordiales.
Pues bien: Martí era un espíritu vocado a lo absoluto. Ese aleteo hacia la infinitud se percibía ya en las páginas inicia-les del Presidio Político. Nos lo hará explícito muy pronto en una carta a Manuel Mercado al expresar el temor de que cierta decisión suya pudiera ser mal entendida "por los que no conocen mi amor a lo pleno y lo absoluto, y cómo yo no gozo sino con los aplausos de mi conciencia". Reiteradamente generalizará esa vocación suya en los escritos públicos, hablando de "la tendencia constante del hombre a entrar en lo absoluto, a salir de sí y esparcirse". "Se tiene -dice en otro lugar -la necesidad de algo inenarrable y puro, de algo claro y luminoso, sano e infalible. Es una forma del ansia perpetua; se necesita lo intachable". Y otra vez: "Menguada cosa es lo relativo que no despierta el sentimiento de lo absoluto..."
Pero este hombre que así pensaba, este espíritu todo ala,ávido de remontar lo circundante e invadir todo el espacio moral e histórico a su alcance, ahora todavía siente como más imperativo el deber inmediato y menor, el deber de la sangre. Le "tira", como solemnos decir, desde las raíces de su ser amoroso. Cuando llega a México, se entera de que su hermana menor, Ana, ha muerto. Era la más próxima a su espíritu. "Linda hermanita mía", la llamaba en unos versos ingenuos de los quince años.
Carta es mi carta, mas si bien la peso
Me une a tu imagen tan estrecho lazo,
Que es cada frase para ti un abrazo,
Y cada letra que te escribo un beso.
Ahí está -como en la otra carta a la madre, que antes cité-toda su ternura familiar. Ahora, los versos del clima romántico le hacen a la hermana muerta un duelo lacerado.
Por ese amor de la familia todo lo sacrifica de momento -a veces, hasta los pudores más exigentes de su personal dignidad. ¡Qué tristes alusiones hay en sus escritos intimos de entonces a los préstamos que tiene que solicitar, mientras el trabajo llega, para aliviar la miseria doméstica! Por cierto, que para no sentirse rebajado por ellos, necesita afincarse en el intimo orgullo. "La mejor manera de agradecer y honrar algunos favores, es aceptarlos["] -le escribirá más tarde a Manuel Mercado, el gran amigo que México le deparó. Y añadía: "No me ruboriza ningún favor recibido de su mano, porque es Ud. digno de hacérmelos, y yo de recibirlos". Luego volveremos sobre ese amor propio de Martí, que era el primer peldaño de su escala de amor.
Entretanto, el reclamo de lo público, de lo histórico, seguía dando aldabonazos en su conciencia. Desde Cuba llegaba un poco del resplandor epico de la maniqua; desde los Estados Unidos, el eco de la gran polemica separatista, convocando a todos los cubanos de fibra. Colaborador ya de la Revista Universal. Martí le hacía coro lejano a la voz mambisa; pero ese ardor, frenado en la expresión por los miramientos que su condición de extranjero le
exponía, se sentía aún más contenido desde dentro por el pudor de la ausencia, por la amargura de que su incorporación a lucha fuese sólo en espíritu. Sus versos la justificaban amargamente:
Y si, más martir que cobarde, libro
tanta amargura de aquel sol lejano.
martir, más que cobarde, aquí lo adoro.
Atada está, no tímida, mi mano.
Refiriéndose a esta época, le escribirá algún día a su gran amigo de México: "Ud. sabe el espanto que azotaba, contenía y empequeñecía todos los actos de mi vida -que helaba los movimientos en mis brazos, y en mis labios las generosas o enérgicas palabras".
¿Me permitiréis subrayar todo eso con una frase de otro trabajo: "Cuando se tiene cierta clase de alma, cuesta a veces más desertar de un deber que cumplirlo. La fuente más copiosa de dolor en la vida de nuestro grande hombre fue la mutilación indispensable en que tuvo que ir sacrificando los requerimientos privados a los públicos. Los años juveniles de México, en que esa jerarquía de deberes estaba aún invertida, debieron de ser los más amargos para Martí. Andando el tiempo, su dolor privado se calmaría con el gozo del público deber cumplido; pero entonces era aún el dolor árido, vergonzante, de tener que reprimir su más hondo anhelo".
-000-
Esa angustia tuvo dos válvulas de escape, que fueron como recursos provisionales respectivos de los dos términos en conflicto; el amor de mujer y el ejercicio también amoroso de las letras como función pública. Dos distracciones apasionadas del propio dolor, dos maneras de anegarse en vida para acallar el grito intimo de la conciencia, que le pedía la integración de la conducta con el ideal.
El episodio amoroso con Rosario de la Peña es sumamente revelador. En las cartas a aquella musa de literatos, Martí nos hace explícita esa clave amorosa de su espíritu que hasta ahora hemos venido descubriendo sólo indirectamente. Tiene veintidós años, y la dama es una sabia receptora de efusiones, toda hospitalidad y esquivez a un tiempo. El joven criollo, de tan raíz natural, le escribe: "Hay un mal tan grave como el de precipitar la naturaleza; es contenerla". Hasta para decirle su amor a una mujer, filosofa un poco. Procede con una especie de cautela impetuosa, si vale la paradoja: "...me parece -le escribe- que están despertándose en mí muy inefables ternuras; me parece que podré yo amar, sin arrepentimiento y sin vergüenza; me parece -nótense los acentos espirituales, platónicos, de todo esto -me parece que voy a hallar un alma pudorosa, entusiasta, leal, con todas las ternuras de mujer y toda la alteza de mujer mía". Y añade, no sin arrogancia: "Mía, Rosario. Mujer mía es más que mujer común".
En estas últimas palabras se ve el egotismo de toda alma fuertemente integrada. Egotismo, no egoismo. Este consiste siempre
en una tendencia del espíritu a replegarse, a concentrarse sobre sí propio, ignorando las solicitaciones de lo externo, o recaundando de ellas provecho para la propia personalidad. El egotismo, en cambio, es más bien como una tendencia efusiva del ego, que se apoya en sí para expandirse, para comunicarle a todo lo demás su propia naturaleza y exaltarlo a su propio nivel. Esa tendencia, esencialmente generosa, conlleva sin embargo un amor propio, y a veces se manifiesta con toda la gama de actitudes que va del orgullo a la vanidad, a la inmodestia, y aún a la soberbia. "No gusto yo de los hombres hipócritamente humildes", le decía Martí a Mercado; y en ocasiones, hasta creemos sorprenderle en el pecado contrario. Como la generosidad en él prevalecía siempre, el amor propio se había de ir disciplinando más y más a lo largo de su vida, según se acentuaban los menesteres de relación, y llegaría, en su madurez, a extremos de modestia y de humildad increibles. Pero esa conciencia del valor de sí mismo estará siempre viva como un mantio secreto de intima certidumbre. Ahora, todavía, se desborda sin disimulos: "Mujer mía es más que mujer común".
Una carta posterior a Rosario de la Peña resulta aún más reveladora del alma martiana. En ella leemos lo siguiente: "Amar en mí, -y vierto aquí toda la creencia de mi espíritu -es cosa tan vigorosa, y tan absoluta, y tan extraterrena, y tan alta, que en cuanto en la tierra estrechísima se mueve no ha hallado en donde ponerse entero todavía. Probablemente -amarguisimo dolor -se habrá ido de la tierra sin completarse y sin ponerse". Noten ustedes en esas frases como Martí eleva su sentir a creencia de su espíritu: las sensaciones o las emociones se le convierten juicios de valor. Adviertan los adjetivos de acento trascendente con que describe su vocación de amor, "absoluta", "extraterrena"... Reparen cómo, de paso, nos sugiere el origen de lo que pudiéramos llamar la otra coordinada de su espíritu: la vocación al dolor. Esta es correlativa de aquella. "La vida es toda de dolor, y el dolor viene desear, y para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo". Al presentar así algún día el pensamiento del Buda, se le ve a Martí la adhesión. Reflexiones análogas por lo demás, abundan en su propia doctrina.
Sobre esa demasia de la voluntad, es decir, del querer, fundo Schopenhauer su pesimismo filosófico. Unamuno, que leyó mucho al sombrío teutón, escribiría refiriéndose a Martí: "Y este hombre... ansiaba amar y ser amado... era, por lo tanto, fundamentalmente un pesimista". ¿Hasta qué punto, sin embargo, podemos aceptar esa conclusión? Una de las paradojas que en Martí observamos (y como tal paradoja envuelve sólo una contradicción aparente) es la de que, con ser por naturaleza un melancólico y un voluptuoso del dolor, y aún pensando, como piensa, que en el mundo prima la maldad, sustentará siempre un tenaz optimismo respecto del hombre y del mundo. "Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti" -dirá la dedicatoria de Ismaelillo a su hijo. La contradicción aparente se explica si tenemos en cuenta la doble virtualidad, pasiva y activa, que el amor tiene en espíritus como el suyo. Es avidez insaciable de ternura, expuesta al aspero roce del mundo; pero también es voluntad, fe, entusiasmo, fuerza creadora. El mundo es malo, mas por el amor se ha de salvar el mundo. De ahí que Martí
añada en su carta a la mexicana: "Porque vivir es carga, por eso vivo; porque vivir es sufrimiento, por eso vivo; -vivo, porque yo he de ser más fuerte que todo obstáculo y todo valor". Desde entonces presentía ya su destino como una misión de redimir por la fuerza del corazón.
Pero veamos todavía cómo abundan esa carta frases que acaban de darnos la clave total de la patética martiana. "Tristezas como sombras me anonadan a veces y me envuelven -le escribe a Rosario-. Y tienen estas pequeñeces tan real grandeza, y crezco yo en ellas tanto..., que aunque yo no soy más que una perenne angustia de mí mismo, todavía tengo una extraña sonrisa para mis locos dolores, y pensamientos de cariño para estas invencibles tristezas que me envuelven". Más adelante insiste: "Anquistia esto de sentirse vivísimo y repleto de ternuras y de delicadezas inmortales y de gemir horas enteras, sin que mi alma me permita el derecho de exhalar gemidos, en esta atmósfera tibia, en esta pequeñez insoportable, en esta igualdad monótona, en esta vida medida, en este vacío de mis amores que sobre el cuerpo me pesa, y que a él lo abruma, y a mí dentro de él me sofoca perennemente y me oprime. Enfermedad de vivir: de esta enfermedad se murió Acuña".
Acuña era el poeta romántico mexicano que se habia suicidado. [dicen] que por desesperación de amor a la misma musa destinaria de Martí; y la alusión nos permite apreciar que en aquel estado pasional del cubano dejaba de influir el clima romántico. Seguramente ya ese tono exaltado y gemidor, ese lenguaje excesivo de los pasajes que he venido leyendo, les habrá hecho a algunos de ustedes sonreir un poco por dentro, poniéndolo todo a la cuenta del romanticismo. Mucho hay de eso, en efecto; pero sería un error suponer que se trata sólo de una contaminación de epoca. Lo que el clima romántico ponía allí era la efusión expresiva, y acaso la demasiada exhibición del alma en ese patetismo verbal; pero ya el alma misma de Martí era por naturaleza romántica.
¿Por naturaleza? ¿Existió, pues, ese tipo de espiritu antes del Romanticismo? Claro que sí, y para nosotros resulta de alguna importancia advertirlo. Hace años, cuando el Centenario de Heredia, hice la misma observación y sugerí cómo ella servía de fundamento para resolver el problema de clasificación de nuestro poeta: cómo éste había sido un romántico en el fondo, a pesar de haberse formado en el neoclasicismo y casi muerto en él. Encarnaba Heredia, en efecto, esa naturaleza romántica que de por sí suele dar la matriz espiritual española y que en América se acentúa mucho, pues como ya observó el argentino Terán, América -nuestra América al menos -es el continente del romanticismo, por la efusión, por la sentimentalidad, por la proximidad a la Naturaleza.
¿Qué cosa es, concretamente, esa alma romántica? Con ayes y suspiros, con éxtasis lunares y con amores etéreos nos acostumbró a asociarla cierta literatura convencional, no del todo rebasada. Pero eso, esa gesticulación, es más bien del alma que ha contraído el romanticismo, que lo ha adoptado como una moda sentimental, y resulta tan artificiosa como aquella palidez que las señoritas de la época se producian tomando vinagre. Las genes que todavía hoy se visten el alma según esa moda, figuran
50
---
notoriamente entre las que tachamos de gente cursi. ¿Me atreveré a decir que cuando Martí le hace concesiones a ese gusto, también nos resulta él un poco cursi?
Verdadera y limpiamente románticas son sólo -porque las hay todavía y las habrá siempre -las almas que nacen tales. Y estas pertenecen al linaje de Musset o al de las que tienen por arquetipo a Byron:las que gustan de padecer y las que gustan de conquistar. Ambos linajes coinciden el egotismo. En ambos el yo se desborda de sí mismo para verterse en lo demás, y al mismo tiempo atrae todo lo ajeno a sí propio, pretende exaltarlo a su nivel, confundirlo con la intimidad de la conciencia. Lo común es, pues, ese subjetivismo que tantas veces se ha señalado como el rasgo central del espíritu romántico.
Pero luego los dos linajes se distinguen la actitud. Cuando el alma romántica es del estilo amoroso, como lo fue en Lamartíne, en Musset o en Heredia, se identifica con el orden total de la Naturaleza y del Espíritu. Conversa con la primera, como Heredia con el Niágara, la tutea y sublima; o bien hace de todas las tristezas naturales y humanas su propia melancolia, como ante el Teocali de Cholula, pues esa identificación con lo externo ensanche enormemente, desde luego, la propia afectividad, y por ende también la capacidad de extasis, de ternura, de dolor. En cambio, si el acento del alma romántica cae, más que en la sensibilidad, en la voluntad, como ocurría con Byron, o en la inteligencia, como sucedía en Larra, nos encontramos frente al otro tipo del yo romántico, el invasor, impetuoso y rebelde, que se alza contra toda norma interna o externa, desafía al destino mismo y puede, en su soberbia, llegar hasta lo satánico. El alma española es naturalmente un alma romántica de tipo invasor, como el alma alemana tiende a serlo del tipo amoroso. Por eso se ha dicho con tanta razón que el teatro clásico de España, la comedia del Siglo de Oro, fue romántica tres siglos antes de que hubiese romanticismo en el mundo; y así nos explicamos también que el espíritu alemán, idealista en filosofía, absolutista en política, sinfónico aún más allá de la música, tienda a hacer de toda la experiencia un sistema bajo la presidencia del yo.
Español "de maíz", español-americano, Martí tuvo el alma romántica de tipo sufridor y amoroso. Cuando él se declara, como lo hace en su carta a la musa mexicana, enfermo de la enfermedad del siglo, la de Rolla y Musset, la que hizo matarse a Acuña, se nos pinta como un contagioso de romanticismo. Aquel "sentirse vivísimo" en un ámbito de "pequeñez insoportable", de "vida medida", era, en efecto, el tedio romántico, que ya Schopenhauer había explicado también como una desproporción entre el querer y el poder. En Martí lo provocaba, o al menos lo acentuaba entonces, el conflicto entre la vocación y la circunstancia. Pero si sentía ese conflicto tan angustiosamente es porque él mismo era un romántico natural. Cuando hemos venido subrayando en su vida intima nos lo ha sugerido ya. Oportunamente nos lo demostrará también su pensamiento, su literatura, su actividad política misma -nada de lo cual podríamos explicarnos a fondo sin esa premisa.
Ella nos permite también entender sus amores. A proposito del momento sentimental que tuvo por inspiradora a Rosario de la Peña, podemos ya decir aquí de una vez, lo que igualmente nos
servirá para comprender los demás episodios de su vida amorosa, aunque cada cual tuviese su peculiar acento. Llegamos así a un aspecto de la intimidad martiana que hasta ahora sólo hemos venido rondando y que, como dije la vez pasada, conviene examinar con algún cuidado, para que el juicio superficial de un biografismo anecdótico nos rebaje la calidad espiritual y moral de nuestro héroe.
Como gran amoroso que era, Martí fue también muy "enamorado". Es de notar este adjetivo -casi un participio pasivo -con que en nuestra lengua indicamos la susceptibilidad de ciertos hombres al amor. Enamorado es el que tiene esa propensión, pero no tanto de un modo activo -por una tensión de la voluntad-, como de un modo más bien pasivo: por una afección de la sensibilidad. Una afección...crónica, derivada de la peculiar contextura psiquica.
¿Cómo sabemos eso, tan íntimo, respecto de Martí? Podría yo aducir aquí varios testimonios, señaladamente el que con mucho enfasis me daba su hermana Amelia. Hay una frase de picante sabor criollo acerca de Martí, atribuida a alguien que también le conoció mucho, un veterano, aún vivo, de nuestra última guerra de Independencia. Me la contó hace poco José Antonio Portuondo, y no se imaginan ustedes cuánto siento no recordarla literalmente. Trataré de incorporarla a la versión definitiva de esta conferencia. La frase es del Capitán Plochet, y nos describe a Martí, en el orden amoroso, como un caballito "trotador", pero no "llegador" -o algo por el estilo. Se pierden ustedes ahora el exacto simil criollo; pero acaso capten la idea. Una manera más formal de expresarla sería decir que Martí tuvo el amor como vocación sentimental más que como designio sensual: que era, por encima de todo, un enamorado del amor mismo.
Con esto no quiero sugerir que siempre fuese en él más el ruido que las nueces. Mucho menos que hubiese en su vida amatoria ninguna hipocresia, ninguna falsificación. Por el contrario: lo que había, según creo, era una extraordinaria ingenuidad, en el sentido más profundo de la palabra, que le hacía tropezar a menudo con el idilio, y a veces hasta con sus más fértiles consumaciones. Pero siempre era un impulso más que un fin. Aquel amoroso no era propiamente un amador -cuanto menos ese profesional del erotismo -que con vario disimulo se nos quiere pintar. Nadie tuvo más respeto que él por la mujer; nadie se detuvo tan austerramente siempre -según su propia confesión -ante lo que pudiéramos llamar la ineditez femenina. Más sensible al encanto espiritual que a la belleza corpórea, con todo y lo que ésta naturalmente seducía a su mirada de artista, se acercaba al sexo opuesto -incluso a la mujer fea, como parece haberlo sido la que ocupó los últimos años de su vida -impulsado y atraído antes que nada por el alma. Hombre de muy quebrantada vitalidad el mismo, no debió de tener, por lo demás, urgencias muy poderosas de otra indole. El halo del espíritu condicionaba para él la atracción. Nada le impresiona tanto, al llegar por primera vez a los Estados Unidos, como la falta de espiritualidad que advierte en las norteamericanas -a quienes nunca debió de llegar a conocer profundamente, porque pronto le absorbieron las criollas del exilio. Son, pues, esas redes sutiles de lo espiritual las que le apresan; es esa fragancia la que le embriaga. Si eso autoriza a
hablar del "erotismo" de Martí, creo que es a costa de falsear un poco el sentido usual de la palabra. Su eros vital, como el filosófico de que oportunamente hablaremos, era eminentemente platónico.
Insisto, sin embargo, en que esta apreciación general no ha de entenderse al extremo de que Martí fuese parco en la voluptuosidad. Hay indicios suficientes de lo contrario, incluyendo su propio testimonio. Si eso es gran pecado, no intento redimirlo de él. Martí era un hombre, aunque por el vuelo de su espíritu a veces nos parezca un ángel. Por otra parte, a cierta altura de la estimativa moral, cuando nos situamos por encima de las apreciaciones -a menudo hipócritas -que la rutina ética o los convencionalismos sociales dictan, no creo necesario pedir que se le perdone a nadie el haber amado mucho. El amor en sí mismo nunca es inmoral, puesto que es generoso. Inmoral es lo que daña al prójimo, no lo que enriquece su vida. Es el estrago, el escándalo, el vicio; no el lazo, por inconvencional o efimero que sea, con que dos sensibilidades -y a veces dos almas -se anudan.
La historia de los grandes espíritus está llena de amadores impenitentes, y creo que el censo sería aún mayor si la vida privada de los grandes hombres fuese en todos los casos accesible. En España, Lope de Vega fatigó el idilio, y otro tanto parece probable de Quevedo y de muchos más de su estirpe. No los admiramos menos por ello. La galantería de intenciones más o menos absolutas es un rasgo hispánico, y solemnos mirarla con indulgencia. Acaso el Don Juan de Tirso de Molina, si prescindimos de sus proyecciones teológicas, no sea otra cosa que una epica española del amor, inspirada en esas proclividades notorias de la raza. El Tenorio de Zorrilla disfruta de una simpatía ya secular. Y es que el alma romántica enfatizó el amor, como todo. Rousseau, Goethe y Byron, fueron también grandes amores. En Martí, lo romántico y lo hispánico son coeficientes de su indole naturalmente queredora y de su vago sensualismo criollo.
Pero fue sobre todo su espíritu,ávido de cariño y belleza, en complicidad con el vacio sentimental de la soledad, y también con la seducción a que sus propios encantos personales le exponían lo que multiplicó en aquella vida el consuelo de los amores adventicios. El mismo nos dejó sobre esto como una disculpa de dramática elocuencia. "Lo que se tiene por lujuria -escribió -no es muchas veces más que el horror a la soledad, o la necesidad de la belleza. De lo feo del mundo se busca alivio en la mujer, que es en el mundo la forma más concreta y amable de lo hermoso".
En fin, señoras y señores: no podemos querer nuestro Martí a medias. No podemos alabar que fuese un gran amoroso para el carrío, para la caridad, para el servicio del prójimo hasta el sacrificio de sí mismo, y pretender que no lo fuese también para la satisfacción de su alma romántica o para el consuelo de su vida angustiada. Principalmente para señalar esa indivisibilidad del amor en él me he detenido tanto en este aspecto de su intimidad. Sin un motivo semejante, resulta siempre un poco odioso andar escarbando en lo más privado de los grandes hombres, que también tienen derecho a que se les respete sus secretos.
-000-
La otra vía de consuelo en la crisis por que Martí atraviesa en México es, como dijimos, la que le ofrecen las letras y, sobre todo, el servicio que con ellas rinde a la tierra que le dio tan generosa hospitalidad. Es ese un aspecto sobre el cual no vamos a detenernos mucho, puesto que no pertenece ya al costado intimo de su vida y porque tendremos ocasion de hablar de él cuando consideremos su obra literaria y la evolución de sus ideas culturales, sociales y políticas. Lo que de momento nos importa no tar es que el interés por los problemas de México viene a llenar en alguna medida el vacío de su vocación política expectante. Al servicio de los afanes culturales, sociales y hasta políticas de aquella tierra, que llegó a querer como una segunda patria, puso Martí la misma pasión que le hemos visto en su vida sentimental.
En los circulos literarios, frecuentados por veteranos de ardiente aureola, como los Altamirano y los Ramírez, o por escritores bisoños y más acogedores hacia el cubano, como Peón y Contreras. Martí se había destacado en seguida por su entusiasmo generoso y su apasionada elocuencia. Pero esta actitud misma no dejaba ya de verse en entredicho, Vivía el país la transición del romanticismo al positivismo. El enfoque idealista y espiritualista de la realidad empezaba a verse desafiado por el materialismo filosófico, que la ciencia había puesto de moda. Esa es otra crisis a que Martí se ve sujeto, sólo que aquí se mantiene más inequivocamente leal a la vocación de su espíritu. En el debate famoso de doctrinas a que se le atrae, se le ve como a la defensiva, queriendo proteger su idealismo de poeta contra el impacto de los criterios científicistas; sustituyendo (asi se colige de los comentarios hechos a la sazón) la fría lógica con el calor de su elocuencia, que era el de su propio corazón. Caía, como siempre, del lado de la armonía, de la visión integral de las cosas.
Pero más que esas disquisiciones abstractas, para las cuales estaba poco dotada aquella cabeza de poeta, lo que entonces le preocupa es servir a los afanes concretos de México. Hervía aún allí la estela de la reforma iniciada por el gran indio Juárez, aunque resistida por fuerzas reaccionarias cada vez más poderosas. Así como el positivismo incipiente quería liberar la inteligencia de prejuicios y rutinas, devolviéndole su espontaneidad, así también el orden social se buscaba la reafirmación de todos los valores naturales: el rescate de la tierra, la redención del indio, la consolidación de la libertad. Ya tendremos oportunidad de ver con qué alternativas -de liberalismo o de integrismo conservador -solía manifestarse en política el espíritu romántico. Pero el alma queredora de Martí se proyectaba irresistiblemente hacia las perspectivas de mayor justicia. En las páginas de la Revista Universal y de otras publicaciones, había ido venciendo cada vez más sus circunspecciones de forastero para entregarse a la defensa apasionada de la cultura popular, de los trabajadores, del indio, de la democracia, de todo lo que representara una exaltación de la natural dignidad humana. Eso no era para él una fórmula ni una mera actitud histórica: era una demanda radical de su espíritu, que no podía menos que generalizar: "Con ser hombres traemos a la vida el principio de la libertad, y con ser inteligentes tenemos el deber de reali-
zarla. Se es liberal por ser hombre...
La experiencia, sin embargo, iría castigando mucho todas sus idealizaciones. Así como su pasión intima, que pronto iba a tomar las vías de la legitimidad social en el compromiso con Carmen Zayas Bazán, estaba destinada, ando el tiempo, al doloroso frascaso que todos sabemos, así también la ilusión pública que México ha suscitado en él se ve ahora defraudada, sólo que por algo inverso, por la ilegitimidad de la fuerza. Este enlace no es tan caprichoso como pudiera parecer: salvadas las zonas y dimensiones, en ambos casos se trataría de las resistencias del realismo práctico contra la idealidad generosa.
El compromiso con Carmen Zayas Bazán nos trae de nuevo al ámbito de su corazón, y de eso hemos hablado ya lo suficiente para que podamos comprender aquel suceso, de tan dramáticos destinos en su vida privada. A la luz melancólica de esas derivaciones, se ha sospechado alguna vez que Martí se casó con la camagüeyana sin quererla de veras, por alguna suerte de engaño sentimental de sí mismo que el común exilio habría favorecido. Pero las cartas suyas a Manuel Mercado, publicadas hace unos años, han disipado toda duda sobre el particular. Como lo ha hecho notar recientemente Pedro López Dorticós, Martí estaba profundamente enamorado de la mujer a quien hizo su esposa; enamorado -se entiende -hasta el punto y medida en que su capacidad absoluta de amor podía ceñirse a nada muy personal y, por tanto, muy relativo. Ha dejado a su novia en la capital mexicana, y desde Veracruz le escribe a su amigo intimo: "Voy lleno de Carmen, que es ir lleno de fuerza". Pero ya en otra alusión se cree ver cómo ese amor de Carmen estaba condicionado a empresas mayores: "No me oculto a mí mismo que para comprender e imaginar, para alentar con fe y con brío, la presencia de Carmen me es indispensable". Bastaría que, ando el tiempo, esa presencia no fuese la de un ala, sino la de un ancla, para que aquella ilusión se defraudase, porque la fortaleza del amor va siempre conjugada en él, como ya dijimos, con la fortaleza del deber. Pero ese desenlace vendrá más tarde, en el umbral de la madurez, cuando ya el destino querrá que se libere de todo freno intimo. Ahora todavía, la ilusión sentimental, la prioridad de los cariños privados, le mantienen secuestrado.
Los hechos públicos en México se conjuran para acentuar ese desvio. El movimiento, esencialmente reaccionario, acaudillado por Porfirio Díaz, triunfa sobre el gobierno liberal, demasiado ingenuamente liberal, de Lerdo de Tejada, a quien Martí ha venido defendiendo. Tiene el cubano la intuición del autoritarismo que se avecina, y se resuelve a abandonar aquel país al cual había venido -confiesa -"con el espíritu aterrado" por los remordimientos.
¿Adónde irá ahora? Estamos en 1877. Martí hace aquel viajefurtivo de exploración a La Habana, en que usó como nombre documental su segundo de pila y el apellido materno, para no ser "más que lo necesariamente hipócrita". Hace años supusimos que esa visita clandestina a Cuba le permitió percatarse de que la guerra andaba ya de capa caída, y que en ello encontró justificación para seguir apartado de la manigua. La verdad es otra. Nos la han revelado también las cartas a Mercado, en una de las cuales, ya desde La Habana, Martí habla "de la preponderancia de
la revolución" y considera que la situación es "favorable para nosotros, sin ser por eso decisiva". A pesar de ese juicio, resuelve irse a Guatemala.
El motivo inmediato es el mismo de cinco años antes. Lo habia escrito hacia poco en unos versos patéticos:
¡Perdónemelo Dios!, porque mis brios con su miseria el hálito han cortado viejos y niños, carne y huesos míos.
Ahora le escribe a Mercado: "Es necesario darles ropa que los cubra, y buena vida que vivir; preparar su salida, colocar a mi padre, emprender este risueño y favorecido viaje a Guatemala". Además, está comprometido para casarse con Carmen Zayas Bazán.
Esclavo aún de lo intimo se va, pues, a esa bella tierra escondida de Centro América. No disimula allí el pesar de conciencia que lleva consigo. "Vengo -le escribe, apenas llegado, al Ministro Macal -vengo a ahogar mi dolor por no estar luchando en los campos de mi patria, en los consuelos de un trabajo honrado y en las preparaciones para un combate vigoroso". Esa franqueza dispipa todo viso de hipocresía, pues el farsante nunca enseña tan a las claras su propio desdoblamiento. Pero además, [¿] no acusa también esa frase la presencia indeclinable en su espiritu de la gran intención histórica? Todo aquello seguía siendo compás de espera, "preparación para un combate vigoroso". Es evidente que Martí intuía que aún no había sonado su hora. Un sentido penetrante de la realidad se ha ido afilando en él. A Macal también le escribe que no quiere "estorbar a su país con abstracciónes, si no inquirir la manera de hacer prácticas las ultiles". Va comprendiendo que la vida no está hecha sólo de idealidades, y acaso advierte ya que hay sólo un momento de justa sazón en que la historia de un pueblo madura para las empresas absolutas. El esperará ese momento de Cuba.
Entretanto, Guatemala le brinda nuevas experiencias que con las de México, y más tarde las de Venezuela, redondearán por así decir la formación de su conciencia americana -premisa de toda su aspiración insular. Es allí una nueva emoción de América, de su paisaje físico y moral, de su aboriginidad, de sus misteriosas huellas precolombinas. Será también otro ejemplo del conflicto entre el idealismo liberal y las resistencias de la sociedad primitiva e inculta. El rudo instinto de los caudillos sabrá aprovechar siempre esas resistencias. Se llamará ahora Rufino Barrios en Guatemala, como antes Porfirio Diaz en México y luego Guzmán Blanco en Venezuela. En los tres casos, Martí acreditaría frente a ellos su alma insumisa, cuyo sentido del deber no consentía transacciones lesivas a su personal dignidad, o a la ajena. "Con un poco de luz en la frente -le escribe a Mercado -no se puede vivir donde mandan tiranos".
Pero todo es más bien del orden público. En el intimo, aquella tierra provee también el marco para un episodio sentimental famoso: el de la Niña de Guatemala. Ese episodio es tal vez el favorito de las reticentes malicias y los aspavientos gazmoños que se empeñan en pintarnos a Martí como un aventurero irresponsable del amor. Y hay que reconocer que el mismo ha contribuido algo a eso con su propio poema, aunque no es menos cierto.
que sus versos suelen leerse con escasa inteligencia, pues nada hay más romo que el mirar una creación poética como si fuese un acta y tomarla al pie de la letra.
De todos los datos accesibles, ¿cómo puede colegirse que fue de veras aquel drama? Conocemos sus protagonistas, su escenario, su pasión. Un hombre joven, algo dramático, muy gustado de mujeres, recién comprometido a casarse, que llega con mucho fulgor de mundo a una tierra todavía provinciana. Una señorita delicada, bella, sensible, llena de música y de versos, cuya casa de alcurnia acoge al poeta transeunte. Protagonista verdadero: el alma romántica -el alma queredora del amor y del dolor. Al calor de ella, la joven se prenda del poeta.
[¿]Le dio alas Martí a aquel amor? José María Izaguirre, el cubano que sigue todos los pasos de Martí en Guatemala, nos dice enfaticamente todo lo contrario. En sus propios versos, Martí le declara sólo a María el afecto de la amistad, y llega a aludir -por cierto algo misteriosamente para nosotros -a la "esposa arrodillada" que había dejado en México. Vuelve a ese país y regresa casado con ella. María se enferma de "una fiebre lenta". Muere.
Esos son los hechos que Izaguirre nos cuenta con tono muy veraz. Lo demás el poema. Antes de partir para México.
Ella dió al desmemoriado
una almohadilla de olor:
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
"Desmemoriado" se llama a sí mismo Martí. Pero no es una traición lo que confiesa: es más bien, creo yo, cierta incapacidad suya para reducirse a las fidelidades demasiado ceñidas, pues la vocación de amor en él trascendía toda concentración personal...
Ante la muerte, que todo lo exalta, nos dice que aquella frente yerta de María era
...la frente
que más he amado en mi vida.
¿Cómo se compadece eso con las recientes protestas de amor a Carmen? ¿Dónde se revela lo más intimo y real de su corazón; en las cartas a Mercado, o en esos versos de la funeral balada? Probablemente en ambos. Yo creo que el amor en Martí era divisible por su misma abundancia. Pero Carmen era la realidad; María, el ideal irrealizable. Si a todas las mujeres en su vida las había idealizado en exceso, la Niña de Guatemala parecia como más aureolada de idealidad por la muerte. No hay que olvidar esa nota de tragedia en que está impostado el poema. Ella lo sublima todo. Es posible que la pobre señorita romántica muriese, en efecto, de haber entrado vesperalmente en el río, como la joven aterida en el cuadro de Paul Chabas. Pero eso era demasiado prosaico.
Dicen que murió de frio;
Yo sé que murió de amor.
No hay vanidad, como algunos piensan, en esos versos famosos. Es la reivindicación de la esencia sobre la apariencia, de la poesía frente a la prosa que lo ronda todo en la vida. Es la idealización. Por encima de la anecdota quería Martí poner la gran categoría humana del amor. Necesitaba convertir el afecto romántico en pasión capaz de morir. Y eso fue lo que hizo siempre, no sólo en sus versos, sino en su propia vida.
La etapa crítica de ella que acabamos de recorrer, nos ha mostrado el conflicto en aquella alma romántica entre los deberes relativos y la vocación absoluta. Ahora, se va a abrir una nueva etapa, dedicada a esa mayor provección. En ella se sacrificarán ya todos los amores, y todos los deberes, que no se situen a ese alto nivel ideal -el nivel de la Patria.
58
---
La tercera etapa de la vida de Martí es la que hemos llamado de consagración. En su momento veremos qué dimensiones tiene esta palabra, tan rebajada en el uso común. Bástenos señalar ahora que ese periodo final de aquella breve existencia se caracteriza esencialmente por el hecho de que en él se resuelve la crisis espiritual que la vez pasada examinamos. Todo lo que es relativo en la intimidad de Martí, o se elimina, o se pone al servicio de un valor absoluto, de un ideal: la liberación de Cuba y la prefiguración de la República. Todo lo que hasta ahora venía siendo pasión intima se eleva a categoría histórica, se convierte en pasión patria; los sentimientos cardinales de amor y deber rebasan lo personal, y en un proceso de abnegación creciente, cortejan, por modo cada vez más cefido, el final sacrificio. Cobra la sensibilidad eficacia creadora en la obra literaria y vierte en el pensamiento sus más delicadas esencias. Emoción y reflexión, de consuno, impulsan y dirigen la voluntad: la pasión se convierte en acción -acción apasionada. Se realiza así de un modo cabal la personalidad de Martí, y su vida se integra precozmente, para entregarse al fin a la suprema unidad de la muerte.
Apresurémonos a notar, sin embargo, que aun este periodo ya de madurez, el esfuerzo de integración hubo de vencer obstáculos intimos y públicos, superar las más angustiosas crisis. Nada hay más superficial que la impresión de concentrado arrebato que a veces nos da Martí en ese periodo final de su vida. No es, sin más ni más, el hombre enteramente desasido de sus raíces francamente disparado hacia la realización de un ideal público. Dolorosamente tuvo que irse desarraigando de su propia intimidad antes de conquistar, poco a poco también y con amor dolorido, el terreno de nuevas devociones y abnegaciones en que había de dar la máxima fecundidad a su vida. Nada favoreció abiertamente ese alto empeño; en cambio, hubo siempre mucha pesadumbre en acecho para cortarle el vuelo. El heroismo de aquella existencia no estuvo principalmente en el episodio piadoso y final de Dos Ríos. Fue más bien una larga suma de actos de abnegación heroica, que le depuraron progresivamente hasta darle aquella levedad de espíritu con que al fin se juntó un día a las palmeras de su patria.
En esta conferencia sólo podremos recorrer el primer tramo de esa etapa final, que fue, desde luego, la más rica, si no la más extensa. Destacaremos de ella sólo los momentos más significativos. Huelga decir que no estoy escribiendo de nuevo la biografía de Martí. Estoy poniendo los comentarios personales que hace veinte años no quise llevar a esa tarea, por no quitarles a los hechos su propia y suficiente elocuencia. Ahora vuelvo a interpretarlos asistiéndome principalmente de las cartas intimas de Martí, que nos dan su alma desnuda; pero con la ventaja de las cartas a Mercado, publicadas sólo hacia cinco años.
Son un tesoro de revelaciones no suficientemente aprovechado todavía. ¿Cómo ilustran ellas, por ejemplo, el genuino amor de Martí por Carmen Zayas Bazán y la gran ilusión de compañerismo total que en ella puso, fundándose sólo en su devoción y abnega-
ción privadas! ¡Cómo nos revelan los resentimientos de la familia inmediata, la de su propia sangre, que hasta por la mano de doña Leonor le escribia "injusta y amorosa carta", reprochándole que la hubiese sacrificado a su personal bienestar de hombre, cuando lo cierto era que se desvivía en Guatemala por asentar, en bien de todos, su pobre vida aventurera! ¡Qué dramaticamente pintan el ambiente de celos y recelos, de envidias y prevenciones en que se le fue ahogando allá, hasta llegar a la innoble conjura de servilismos y a la ruda injusticia de Rufino Barrios al cubano Izaguirre, que le obligan a abandonar el país!
Con una honda conmiseración por la criatura humana, Martí se pregunta: "¿Qué se ha de ser en la tierra, si ser bueno, ser inteligente, ser prudente, ser infatigable y sincero no basta?" Algo más, en efecto, era necesario, aunque a costa de esas virtudes: había que acomodarse a las dimensiones de la pequeña vida común, hacer la vista gorda, atemperarse a lo relativo y concreto, no querer respirar aires ideales, sino moverse bien a ras de tierra. "Mi pobre padre -escribía-, el menos penetrante de todos, es el que más justicia hecho a mi corazón. La verdad es que yo he cometido un gran delito: no nacer con alma de tendero... Me espanta la vida práctica!"
Pero, ¿cómo respondería Carmen a esa actitud ante la vida? Cuando los primeros deliquios se gastaran, cuando el cariño sólo no bastase a compensar las cotidianas angustias, ¿seguiría siendo para él aquella fuente de fortaleza, de integridad?... Empiezan a dibujarse los dilemas de su vida futura: "O martir, o esposo, o batallador".
Y en esto, llega de Cuba la noticia del Zanjón. Carmen la recibe con alborozo: "trae paz a muchos" -escribe ella por su cuenta -y "para nosotros también es un gran bien, pues nos evita más viajes a países extraños donde era temido y no ayudado mi Pepe, que se consumiría en una verdadera soledad". Pero a él, la gran nueva del Pacto le produce una profunda decepción. Había creído imposible que la guerra acabase como no fuera en la independencia. "Y la guerra se ha extinguido; la naturaleza -escribe- ha sido mentira, y una incomprensible traición ha podido más que tanta vejación terrible, que tanta inolvidable injuria!"
Mirando las cosas con el espiritu pequeño de las contabilidades individuales, no tenía el derecho a expresarse con tanta dureza; pero el tamaño de una desilusión no siempre se juzga por la medida en que pudimos trabajar para evitarla. Y ahora, ahora que todo el ajeno esfuerzo ha fracasado, es cuando parece que comienza el sentirse ya en posesión de todo su destino. "¿He decir a Ud. -le escribe a Mercado -cuánto propósito soberbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma que llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mio dependerá en un día su libertad?"
La carta en que eso escribe es fundamental. Se ve cómo siguen batallando todavía en el animo de Martí el sentido de los deberes inmediatos y la vocación cada vez más impetuosa. Pero aquellos están ya a la defensiva. No quisiera ir a Cuba, donde le espera un ambiente de abdicación, pero -confiesa con sorda amargura - "meplego nuevamente a las necesidades de los demás". ¿Le compensará siquiera la presencia física en Cuba, los halagos de la pura tierra? No: la patria es algo más que eso. Es la tierra
propia más un ambiente dignidad en ella y es, sobre todo, un halago del espíritu. "¡Creen que vuelvo a mi patria! Mi patria está en tanta fosa abierta, en tanta gloria acabada, en tanto honor perdido y vendido! Ya yo no tengo patria: -hasta que la conquiste. Voy a una tierra extraña, donde no me conocen; y donde, desde que me sospechen, me temerán. Brillar allí me avergonzaría. Pero ¿podré vivir del modo oscuro que, por largo tiempo, ansío? Tendré que ahogar en mí para vivir en aparente calma y matador sosiego, toda gran inspiración, toda amorosa exaltación, todo noble instinto. Ud. conoce mi pasión por la justicia, mi ardor contra la infamia y la violación más nimia del derecho; mi amor de enamorado por la gloria y el brillo de América: ¿cómo podré dar rienda a todos estos sentimientos naturales, en mí tan dominantes y tan vivos? ¿cómo podré vivir con todas estas aguilas encerradas en el corazón?... Consiste mi dolor en tener que entrar por el real camino de la vida; en tener que sacrificar a sus necesidades, necesidades impetuosas más de género más alto; en tener que sacrificar tanto atrevido pensamiento, que nunca mejor que ahora -que entre la debilidad general causaria asombro- debiera estallar".
Creíamos que durante su ausencia americana había estado también un poco ausente de la lucha de Cuba, o mirándola sólo con distraído fervor. Esa carta nos entera de lo contrario. Avidamente había seguido las peripecias de la larga pelea, y confiado al papel, como para sí mismo, el relato de los primeros años de ella: "Había revelado a nuestros héros, escrito con fuego sus campañas, intentado eternizar nuestros martirios. Con minucioso afán había procurado enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos. Ningún detalle me había parecido nimio. Todo lo hacía yo resplandecer con rayos de grandeza: de su eterna grandeza. ¡Y esta obra noble y filial de un espíritu libre, irá ahora clavada como un crimen el fondo de un baul!"
¡Qué gran perdida para la Historia la de ese manuscrito de Martí!
Ahora nos explicamos por qué, años más tarde, en sus discursos y en sus artículos de Patria, podrá evocar los episodios de la Guerra Grande con tanta precisión y detalle, con la palpitación de una presencia alucinada. Paradójicamente, se había sentido incorporado a Cuba desde aquella lejania; ahora, en cambio, la perspectiva de la presencia física en la isla sumisa, agudizaba la conciencia de un desdoblamiento angustioso: "Quea en mí un hombre doble -el prudente, que hace lo que debe; el pensador rebelde, que se irrita".
Esa escisión interior acaso tiene un sentido más profundo que el puramente histórico que él mismo le atribuía. He venido insistiendo mucho sobre la integridad, la cohesión unitaria del alma de Martí. Sin rectificar esa idea en modo alguno, tenemos ya que matizarla un poco, por la observación reiterada que venimos naciendo de la frecuencia con que Martí se plegaba, al requerimiento práctico y concreto, a eso que solemnos llamar "la realidad". No vale decir solamente que el amor y la conciencia del deber lo obligaban a ello. Llegará pronto un momento en que justamente esas fuerzas de su espíritu, vocadas a lo absoluto, le harán desentenderse de toda obligación relativa. La explicación más honda tiene que ser otra: tiene que incluir, creo yo, un sen-
tido también originario de lo objetivo en el alma martiana, una cierta capacidad natural de acatamiento a una realidad externa a su propia conciencia.
En efecto, me parece que la unidad en él, por lo mismo que se enraizaba en un fondo sumamente sensible, no era esa burda cohesión monolítica del espíritu, que suele descansar solamente en el pensamiento, o en la voluntad, y por la cual se explican los hombres fanáticos y los tercos. Su integración era más bien una especie de natural sinteticidad, es decir, la unidad de contrarios: la armonia. Eso es lo que desde hace tiempo sugeri, en una metáfora que ha corrido con cierta fortuna, al decir que Martí era "ala y raíz". Estas dos son las palabras de más presencia en su vocabulario. No sólo en un sentido estadístico o cuantitativo, sino también por la intensidad, por la fuerza de intención y simpatía con que las usa. Cuando Martí quiere ponderar mucho lo profundo, lo entrañable, lo cargado de naturaleza, por así decir, como algo se le muestra, acude a la palabra "raíz"; cuando quiere celebrar, de otras cosas o de otras actitudes, su trascendencia ideal, su fuga del mundo, su vuelo, gusta de emplear la palabra "ala".
Del uso separado de esas palabras podría traer aquí muchos ejemplos. Juntas se nos dan en la dedicatoria (que la edición de las Cartas a Mercado reproduce en facsimil) de un retrato suyo a la esposa del amigo mexicano. Es una de esas dedicatorias intensas que caracterizan a Martí: "A Lola Mercado -compañera de todos los dolores, dueña del hombre más tierno y puro que jamás conocí, madre de las criaturas que me serán como alas y raices-a Lola: su José Martí".
He subrayado por mi cuenta las palabras en que carga toda la emoción de su envío.
Ahora bien: de viejo es sabido que per algo todos los escritores -al menos los grandes escritores, los llenos de sentido-tienen esas palabras favoritas. Es que ellas traducen, sin mayor deliberación, la sustancia de su espíritu; son como las cifras instintivas de los valores supremos que sustentan. (Por eso yo mismo al hablarles de la conciencia martiana he tenido que recurrir frecuentemente a esas sus palabras predilectas).
En Martí hay el "ala", pero también la "raíz". Es hombre vocado a lo celeste, pero también a lo terreno. Lo rige la idea, pero la naturaleza también. A su vida amatoria le hemos visto ya esa doble vertiente de sensualidad y de espiritualidad. No podriamos explicarnos su literatura en términos puramente conceptuales, sino también en términos plásticos. Su pensamiento no es sólo para el deber ser, sino también para el ser, para lo que de hecho es. Ni hubiera salido nunca del romanticismo, acogiendo como lo hizo las instancias concretas del pensamiento positivista de su madurez, sin ese sentido de lo objetivo y factual que también había en él. Su política estará hecha, a la vez, de norma y de método, de idealismo y de realidad. La noción de un Martí puramente sofíador, escapado del mundo, es enteramente superficial: así hubiese sido, no habría hecho la Revolución ni hubiera logrado pautarnos la República con tan previsora sabiduría.
Pero ahora estamos todavía en la zona de su intimidad, y estas modulaciones nos permitirán acabar de comprenderla. Hay en él -lo hemos venido viendo -la vocación, el ala, y la obligación, la
raíz; un afán impaciente de horizonte ideal e histórico, pero también la conciencia de lo inmediato, del terreno en que de hecho se mueve. Su vida se integrará cuando logre resolver esa contradicción intima: aprovechar las dos polaridades de su espíritu en un sentido único, absoluto. Ese momento está ya muy próximo. Pero todavía Martí se complace y se duele al mismo tiempo de la sumisión con que se entrega al deber inmediato: "Satisfecho de esa victoria que sobre mí mismo obtengo -escribe-, la lloro con indecible amargura". La conciencia moral y la histórica están por integrarse.
-000-
Ya está en Cuba. Apenas llegado, empieza a sacar cuentas de su responsabilidad histórica: "mi mala fortuna, que echó tanto peso humano sobre mis hombres, me defenderá si se me acusa por no haberlo echado, en el gran día triste, lejos de mí". Y aquí cuadra ya decir que si he venido insistiendo tanto en esa crisis de su conciencia, es porque los hombres parece a veces que se fatigan del espectáculo de la grandeza -como aquellos griegos a quienes fastidiaba oír llamar a Aristides "el Justo" y acabaron por condenarlo al ostracismo. Hasta la reverencia nacional a Martí está rondada de las pequeñas insidias que alientan tales o cuales resentimientos de individuos o de grupo; y una de ellas esa que subraya su abstención frente a la manigua en la Guerra Grande. Creen, como creyeron muchos en su tiempo, que el antecedente le menguaba un poco la talla patricia. No le toman la medida a Martí por lo que llegó a dar de sí en la hora grande, sino por lo que se abstuvo de dar cuando no podía, o cuando sólo pudo darlo a costa de su raíz de hombre. Hubieran preferido el sacrificio absoluto desde el comienzo. [¿] No era también lo que su misma alma pública le estaba pidiendo a gritos? Pues ahora lo va a dar: va a comenzar a entregarse enteramente a la Historia. [i] Pero que no le vengan entonces, a sacar cuentas de lo que tenga que sacrificar; que no le apunten también el déficit de hijo y de esposo y de padre en que tendrá que incurrir, después de haber estado pagando esa cuenta con creces! Un hombre no puede ser a la vez grande para la Historia y grande para la casa propia; ser un héroe público y al mismo tiempo un noble animal doméstico.
Le acaba de nacer su hijo en La Habana. Hijo, sin duda, del amor; pero también del dolor, hasta del más físico y cruento, porque fue su nacimiento casi trance de muerte para Carmen. Urgido de proveer, hace Martí tristes conatos de abogacia con su amigo Viondi, aunque le repugna tener que firmar papeles españoles. Quisiera someterse, vivir oscuro, "en aparente calma y matador sosiego", como el decía. Pero ¿no habíamos quedado en que el destino es sólo que se quiere, sino también lo que se puede? ¿No habíamos dicho que también Cuba tenía su vocación?... Si esa se plegaba también a los caminos de la oscuridad, a los modos de la "aparente calma", el Destino, con todo lo que tiene de fuerza ajena a nosotros mismos, o de cruce con la fuerza insita en nosotros, seguía acechando los pasos de Martí.
¡Y a qué sutiles disimulos y arbitrios suele acudir! For ejemplo, el Liceo de Guanabacoa y la tentación a la vanidad li-
teraria y oratoria. Aquel Liceo era una de las sedes espirituales -restablecidas ahora -de la vieja minoría criolla sensitiva. Allí se tiende una noche el cadáver de Alfredo Torroella, el poeta cubano que había compartido con Martí el exilio de México y había venido a morir a La Habana. Ante el espectáculo de la muerte, que siempre le exaltaba, porque le hacía sentir lo breve de la vida para todo lo que hay que hacer en ella, junto al cadáver de Torroella, a Martí se le escapa ya por la boca todo el alma reprimida. Sí, era la suya propia, más que la del poeta, la que se vertió en el discurso, como tantas otras veces después había de verterse en la ajena semblanza, y no por narcisismo, sino porque el amador tiende siempre a identificarse con lo amado. Era su espíritu el que volvía a dar, en una atmósfera cargada de recelos y de resentimientos, como antaño en Madrid, la norma soberana: "la única ley de la autoridad es el amor". Era su propio recuerdo dolorido el que hablaba de las torpes iras patternas y advertía, como para que tuviese largo eco en la historia de Cuba, como para que llegase hasta hoy, que "si fueran los padres en el hogar, ya que no copia, ejemplo al menos de respeto a los buenos, los justos y los bravos...ígeneración de bravos sucediera a esta generación anémica y raquitica!"... Era su propia gratitud la que entonaba aquel cántico a México, donde al igual que Torroella, un día "juzgó su alma muerta, y la vió, desde lejos, errante sollozando en una palma rota por el rayo"; pero la sintió luego revivir al calor de la tierra libre. De sí mismo hablaba a propósito de Torroella, cuando decía que éste, "cargado de deber, amó la vida", o cuando afirmaba que "amar no es más que el modo de crecer"... ¿Y qué duda cabe, puesto que él mismo lo dice ya directamente, que en la magnifica invocación a la Muerte con que cerraba el discurso, era su propia ansia de absoluto la que se expresaba? "¡Muerte amiga!... Seno colosal donde todos los sublimes misterios se elaboran; miedo de los débiles; placer de los valerosos; satisfacción de mis deseos; paso oscuro a los restantes lances de la vida; madre inmensa, a cuyas plantas nos tendemos a cobrar fuerzas nuevas para la via desconocida donde el cielo es más ancho, vasto el limite, polvo los pies innobles, verdad, al fin, las alas... nuncio de libertad!"
Curiosa paradoja: el que de sí mismo acababa de decir: "Cargado de deber, amó la vida", le declaraba también su amor a la muerte. Es que ambos amores, se daban en función de la misma ansia de integridad, de totalidad, de absoluto. En la vida, el deber es la negación de sí propio, de la particularidad, del egoismo que la muerte definitivamente trasciende. Cumplir el deber es siempre ir muriendo un poco, pero también liberándose y cobrando "fuerzas nuevas" para los "restantes lances" del vivir, hasta disolverse, a pura generosidad, en el "seno colosal" donde todo al fin se integra. ¿No seguimos viendo -en la palabra pública ahora -aquel alma que tan temprano había confesado que amaba el sacrificio? Erraría quien viese en eso un funeral pesimismo romántico, o un desesperado espíritu ascético. Martí realmente amó la muerte por lo que significaba de potenciación absoluta de la vida misma. Y si esta paradoja nos resulta demasiado violenta, es porque vivimos demasiado en un mundo de débiles, no de héros.
Aquel discurso era ya el preludio de la consagración. Cuba acababa de saludar a un gran orador, capaz de convocar con magia
de palabras los más hondos pensamientos y de suscitar las más generosas inquietudes. A los pocos días, todos le entendieron la alusión patria en el propio Liceo, cuando dijo con solemne patetismo: "Irredimibles pérdidas, gimientes voces, augustas sombras me pueblan el espíritu; pobres labios que no saben decir, ni pueden decir, lo que dirían." El Destino le estaba ya arrastrando vertiginosamente.
Esa ansia irreprimible de veracidad, ese querer, hasta para la vida de su propia tierra, una integridad plena, se haría ya muy explícito en el famoso discurso político del banquete a Adolfo Márquez Sterling. Ustedes recuerdan el momento magnificamente teatral de la copa alzada, que la tradición recogió y los periódicos silenciaron. Las palabras mismas vibraban como cristal herido en el atónito silencio:
"...por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana. Pero si, entrando por senda estrecha y tortuosa, no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas; si olvidamos como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si nos apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se nos escapa por los labios; si hemos de ser, más que voces de la patria, disfraces de nosotros mismos..., entonces quiebro mi copa: no brindo por la política cubana!"
Y la copa no se rompió; pero el cristal herido quedó vibrando en el aire. De cristal sólo quería ya que fuese su vida misma. Le estaba sacando toda aquella tierra de los deberes y los placeres sucedáneos, que nos había de recetar el timido Rodó en su sobada parábola. Cáliz y no tiesto había de ser su alma; cáliz para el sacrificio, no pedestal de flores. Ya el Capitán-General de España le llama lo que muchos después, sin ser españoles, habían de llamarlo para justificarse a sí mismos: le llama loco. Don Quijote, en efecto, se ha lanzado al camino.
En la alcoba recién estrenada de maternidad, una mujer que no es más que mujer, ni menos, veladora de la domesticidad y del fruto nuevo, frunce el ceño ante las andanzas del conspirador. Pero el Destino puede más. Pocas semanas después, debelada la conspiración, Martí sale otra vez deportado para España.
-000-
Los acontecimientos le habían dado el impulso definitivo. En España, donde la soledad por un lado y el espectáculo de la vida política por otro le ayudaban siempre a pensar en su propio destino, se hace cargo de toda la noble servidumbre a que éste llama, y perfila sus ideas sobre cómo liberar a la Isla. Habrá que hacerlo desde dentro y desde fuera a la vez; puesto que en Cuba era demasiado denso el poder, y no lo era menos la fatiga de los animos, habría que contar con la distancia física, y con la fuerza profunda de ese otro modo de distancia, la nostalgia. Los Estados Unidos eran la libertad; sus ciudades habían acogido mucha voluntad cubana de trabajo y decoro. El iría a trabajar sobre eso.
Pero a la voluntad ya resuelta de consagración se le van presentando, como para ponerla a prueba, los más desalentadores obstáculos. El primero le viene de muy cerca de su propia intimidad familiar.
Estamos a comienzos de 1880. Martí acaba de llegar a Nueva York. Aunque el invierno es un suave conato de primavera, lleva el desterrado su poco de frío en el alma. Desde Madrid aún, le había escrito al amigo de Cuba: "¿Qué será de mí por esos yermos, sin noticias de mi mujer y de mi hijo? No hay, Viondi, a la par de los altos deberes [ nótese bien esa frase: "a la par de los altos deberes"] placer más dulce, ni dolor más grande, que el que causa estar cerca o estar lejos de esas criaturas, en las que, por transfusión maravillosa, está el calor de todos los amores. En vano se busca el alma quedada en ellos. Perderlos es menester, para mejor amarlos. Ni mujer bella, ni niño hermoso, cuando estamos lejos de nuestra mujer y nuestro hijo". Todavía un poco más tarde, en otra carta al propio Viondi, hace un austero analisis de la situación familiar, no ya por el lado del cariño sino por el de la dignidad y el deber: "Si su padre fuera pobre -escribe Martí refiriéndose a Carmen -su mismo bien, porque mi mayor libertad es hoy su bien mayor, me hubiera exigido que la dejase al lado del padre..." ¿Necesitaba explanar más su escrúpulo? No había de parecer que se reclinaba en la opulencia del caballero camagüeyano para descargarse deberes. "Fuera cobarde -añade- buscar para los hombres un gran peso, y en el momento de la lucha echarlo sobre los hombres de otro. Así es fácil el triunfo, siendo injusto". Había, pues, mandado a buscar a su familia. Y muy duras cosas debido de haberle contestado Carmen, muy severas condiciones debió de imponerle tal vez, para que él, desde Nueva York ya, le confiase Viondi que llevaba el corazón "muy en lo hondo herido por la mano más blanca que he calentado con la mía".
Apenas se le anuncia llegada de su mujer y de su hijo, empero, se hace maravillosas anticipaciones. A Viondi le envía ciertas prendas de abrigo para el niño: "Gasto -dice -en salvas de amor mis últimos cartuchos". Y un poco más tarde apunta en su diario: "Hoy tenía un peso y lo he gastado en tazas del Japón; mi mujer viene". ¿Quién no ve en detalles como ésos la tierra ansia de calor familiar que en él había?
Sin embargo... Aquí hay que poner otra adversativa como ustedes ven, si queremos hacernos cargo de toda la realidad. Estaríamos omitiendo, sin utilidad y sin probidad, matices en la caracterización de su espíritu si ocultásemos que ciertos ingenuos testimonios ponen también de manifiesto lo que aún había de voluptuoso en su cuerpo maltrecho y de disperso hacia lo más trivialmente social en su alma naturalmente grave. Por aquellos días más o menos, Martí escribió para la revista norteamericana The Hour y en un inglés muy "latino", muy sinuoso y cálido, sus curiosos artículos Impressions of America. Los subtituló Confessions of a fresh Spaniard, es decir, de un "español" recién llegado. No sabemos si ya entonces la palabra fresh tendría también en la jerga americana de todos los días la misma extensión de sentido que el español "fresco" cuando queremos decir "despachado", "desahogado", "excesivamente franco". Lo cierto es que en algunos aspectos aquellos artículos de Martí debieron pare-
cerles, a los norteamericanos que los leyeron, de una franqueza casi escandalosa. Ponderaba mucho el ambiente de libertad que en los Estados Unidos se respiraba, el energetismo de los hombres y su actitud acogedora para el esfuerzo ajeno. Pero de las mujeres ya no opinaba tan bien. No son, confiesa, "aquellos seres que a nosotros las gentes del Sur nos gustan: débiles, flexibles, tiernas y voluptuosas; tan perfectas en su modo como los hombres lo son el suyo". Encuentra a las americanas, por el contrario, varoniles, demasiado confiadas en sí mismas, deliberadas en su frialdad, desdeñosas de las pasiones, demasiado prácticas y claras... Como se ve, Martí conservaba su alma irremediablemente romántica.
Pero lo que ahora interesa más señalar es que su decepción ante la representación americana del sexo débil le lleva a una confesión que él mismo llama "curiosa" y que ya cité en anterior conferencia: "Este es el único país, de todos los que he visitado, donde he permanecido una semana sin sentirme especialmente atraido y profundamente prendado de alguna mujer". Hace inventario de sus episodios amorosos hasta entonces, y añade: "¡Pero no he hallado en Nueva York mis dos ojos hermosos!... Todavía estoy como un viudo inconsolable, en espera de la primera fuerte emoción"... Y hay indicios en los propios artículos de que no había dejado de hacer sus exploraciones en busca de ella.
Todo esto ocurre -subrayo -por la misma época en que andaba dolido de frases y de ausencias; justamente cuando escribe: "Hoy tenía un peso y lo he gastado en tazas del Japón; mi mujer viene". Estamos en presencia, pues, de un desdoblamiento flagrante de la sensibilidad amorosa: concentrada y nostálgica por un lado; avida de emociones nuevas por otro... [l] Se ve por qué digo que en Martí, cuando de la sensibilidad al menos tratamos, hay que tener siempre lista la conjunción adversativa? Alguna vez escribió Goethe que la realidad, al contrario de lo ideal, no podía explicarse sino en términos de "pares" y de "sin embargos"...
Mas eso incidentalmente nos plantea otra cuestión importante, difícil de formular, como tantas de las que tocan a la intimidad de Martí. [l] Ese desdoblamiento, autoriza en alguna medida a pensar en falsificaciones, en insinceridades, en hipocresía, para decirlo de una vez? A Martí no dejaría de hacérsele en más de una ocasión ese odioso cargo, con motivo no ya de su vida privada, sino hasta de ciertos momentos en su vida pública. Sin citar nombres, doy fe del testimonio que en tal sentido recogí de la viuda de cierto periodista que habia de ser en Nueva York uno de los pocos enemigos que Martí no llegó a conquistar. Se trataba, desde luego, de una opinión alimentada de muchos resentimientos; pero no podemos ignorarla, porque eso también ha dejado cierta estela muradora que dura todavía. Hay gentes a quienes la virtud pública de Martí les resulta inverosímil o cargante, y se apoyan en sus pecados intimos para ponerla en tela de juicio. Esto equivale a una tacha de hipocresía.
Pongámonos de acuerdo sobre qué cosa es hipocresía. Es la simulación de la virtud. Nótese bien: la simulación de la virtud, no el disimulo del pecado. Virtud y pecado no pueden coincidir, pero sí coexistir. Justamente de esa coexistencia está hecho el drama
de la vida moral. La virtud es una polarización del alma hacia el bien. No siempre puede la conducta responder a ese error del espíritu, porque la conducta no está condicionada sólo por el alma, sino también por el cuerpo...y hasta por ciertas maquinasaciones del espíritu que llamamos la fantasía. Sólo los ascetas, los santos, tienen la virtud perfecta -más o menos. En términos más modestamente humanos, hay derecho a llamar conducta virtuosa aquella cuyo acento está puesto activamente en el sentido del bien, aunque el cuerpo y la imaginación hagan, como suelen, sus trapacerías. El disimulo de estas sombras de lo material es un homenaje a la virtud, no una falsificación de ella. Es cuestión de buen gusto moral, parecido al buen gusto estético que el artista pone en ocultar las limitaciones de su materia. Querer que no se vea lo feo de nosotros mismos es un modo primario de acatar la belleza que acariciamos como supremo desideratum. Es decoro ético: no hipocresía.
¿Habrá necesidad de decir que toda la vida de Martí estuvo polarizada hacia un ideal de belleza moral y de nobleza histórica? Negarlo sería negar la evidencia misma. Pero aquel era un hombre, no un santo. Disimulaba sus pecados. Y algunos de ellos, los que tenían que ver con el amor -ésos, como acabamos de anotar, ni los disimulaba siquiera: los declaraba ingenuamente. Si lo que había en él era una profunda ingenuidad, en el sentido originario de la palabra. A Martí no le parecía mal, no le parecía discordante, estar echando hondamente de menos a los suyos y andar cortejando mujeres. Es que sentía ambos movimientos de su espíritu como derivados de la misma raíz amorosa y ambos igualmente legitimados por ella. El desdoblamiento en Martí era siempre una manifestación de su alma integral.
-000-
Cuando al fin su mujer y su hijo llegan, hay en la humilde casa de huéspedes de los Mantillas, donde la familia se aloja, un conato de idilio nuevo que tal vez los recuerdos y las apresiones ajan un poco. Los jubilos del corazón sobre todo para el hijo. Otros huéspedes contarán de los matinales retozos entre el niño chico y el niño grande. Pero ¿no nos basta recordar los versos de incomparable ternura con que él mismo nos habla de ellos en su Ismaelillo? "Mi capitán", "mi reyezuelo", "mi despensero", lo llama Martí, y creemos ver las torpes manitas blancas sobre la frente que ya acaso no sabe mucho de otras caricias. En las cartas, habla del niño con un orgullo extraño: "Sabrá sufrir -dice-, sabrá pensar y sabrá amar. Saber sufrir es lo que más importa -aunque se muera de esto".
Luchaba ya Martí, en la más penosa servidumbre de trabajos commerciales y de traducción, por sostener su hogar; pero estaba igualmente dispuesto a cumplir aquellos que él llamaba "los más altos deberes". Desde el momento mismo en que llegó a Nueva York los estaba sirviendo. A la conspiración del General Calixto García, que por entonces anda en trámites preparatorios, aporta en seguida el concurso de su trabajo oscuro y de su palabra brillantísima. Un vasto público de emigrados cubanos le escucha embebido, en Steck Hall, la "lectura" magnifica que contenía ya todo el programa de la Revolución profunda, todas las premisas
68
"El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente", habían sido sus palabras iniciales. Acaso no dejó de sorprender un poco, sobre todo a los veteranos que le escuchaban, aquella tranquila presunción de autoridad con que presentaba su obra de palabras como "breve y raquitica muestra de la que intentó en beneficio de la patria". Pero en seguida el pensamiento firme y enhiesto, la visión luminosa, acreditaban hasta qué punto aquel hombre casi desconocido tenía derecho a la arrogancia.
De aquellas ideas, no cuadra destacar ahora sino las que sirven el presente propósito de mostrar lo más entrañable de Martí a través de sus actitudes, sus valores y reacciones. Acaba de llegar a los Estados Unidos, y su referencia al "pueblo utilitario y reflexivo" que le rodea es respetuosa, pero no entusiasta. Lo incluye entre aquellos "pueblos hacia los que tradiciones viejas, intereses presentes, simpatías irresistibles y supremas afinidades económicas nos conducen"; pero no sin afirmar antes el derecho de Cuba "a la dueño completa de si misma", ni sin invocar a seguidas "las inquietudes de la dignidad, sin cuyo franco y osado ejercicio a nadie se impone amor ni respeto". Junto al concepto del deber, ese otro concepto de la dignidad se asociaba naturalmente, en el sentimiento y en el pensamiento martianos, como una suerte de compensación. Debemos a los demás siempre que los demás cumplan también lo que nos deben a nosotros. ¿No es eso el sentimiento noble del amor propio componiéndose con el del amor a los otros en una sinteis rectora de la conducta, así en lo colectivo como en lo individual? También el decoro, "el sentimiento del honor", dice, es una de las "leyes primeras de la vida".
Si estaba seguro Martí de que Cuba, después del Zanjón, no se avendría definitivamente a nuevos engaños, era porque sabía a "la naturaleza humana, mala por accidente y por esencia noble": el optimismo político le nacía de un hondo optimismo moral. El relato intimo de la guerra de los Diez Años, que de Guatemala había llevado a Cuba oculto en el fondo del baul, sale a relucir ahora en Steck Hall con alusiones, de timbre genuinamente épico, a "las hazañas de aquellos hombres bravos y magníficos que se alimentaron con raíces; que del cinto de sus enemigos arrancaron las armas del combate; que con armas de árbol empezaron una campaña que duró diez años; que domaban por la mañana los caballos en que batallaban por la tarde!" Todo aquello era, sí, una promesa cierta de libertad. Mas, para lograrla, había que poner ahora sobre "la revolución de la colera" la "revolución de la reflexión". No olvidarian los cubanos lo que suelen ignorar los déspotas, que "el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones"; ni, puesto que a ese pueblo había también que integrarlo, acogerían ya nunca la insidia de que los hombres de color pudieran llegar a ser en Cuba un peligro para el hermano blanco. Ante un público dividido probablemente todavía entre los engreimientos patricios de un lado y los resentimientos humildes de otro, el alma amorosa de Martí alzaba ya la gran consigna de la revolución futura: una República con todos y para el bien de todos.
Por esos caminos iba la vocación histórica. En lo privado, ¿qué repercusión tenía aquella reincidencia? "Carmen no comparte -le escribe Martí sobriamente a Mercado-, con estos juicios del presente que no siempre alcanzan a lo futuro, mi devoción a mis tareas de hoy".
Es la psicología de la feminidad común. Tampoco su propia madre los comparte. Refiriéndose a ella dice Martí: "Se me reprocha que haga en prosa lo que se me tenía por bello cuando lo decía en verso". Y acusando esa conciencia integral que le hemos visto a su espíritu, añadía: "Yo no entiendo estas diferencias entre las promesas de la imaginación y los actos del carácter. Creo que es una decepción en la vida, penable como la de un soldado en campaña, la de consagrar, por el propio provecho, sus fuerzas a algo menos grave que aquello de lo cual son capaces. Poseer algo no es más que el deber de emplearlo bien". En carta de los mismos días a Viondi, amplía esos pensamientos sobre la fidelidad a la propia naturaleza. ["]Tengo pensado escribir, para cuando me vaya sintiendo escaso de vida, un libro que así ha de llamarse: El concepto de la vida. Examinaré en él esa vida falsa que las convenciones humanas ponen enfrente de nuestra verdadera naturaleza, torciéndola y afeándola, -y este cortejo de ansias y pasiones, vientos del alma".
Esas rafagas de la pasión pública le hinchan ahora el espíritu. Se siente ya trabajando en la Historia, junto al General que, por dignidad, se había puesto de un tiro la estrella en la frente. Su consagración es austera, como todo lo que tiene su fin en sí mismo. ¿Ambiciones? ¿Premios para él? ¡Ni vida bastante tendría para cobrarlos! Habla ya de "esta salud mía, que siento perdida para siempre"; y explica: "un espíritu tan exaltable y lastimable no ha debido sufrir en vano tan rudos choques". A los dos amigos de sus confidencias, el de México y el de Cuba, les confía, casi con idénticas palabras, la certidumbre que ya tiene de que a él no han de cobijarle las ramas del árbol que siempre. Un absoluto desinterés, sin más estimulo que el gozo del deber cumplido, y un poco también el de la personalidad halagada, normarán para siempre su esfuerzo en el orden patrio.
Pero ese desinterés absoluto no hace más que agravar, desde el punto de vista privado, la entrega a lo político. Está reñido con todas las contabilidades pequeñas del hogar. Martí, probablemente, no está cumpliendo las vagas promesas que lograron el regreso de Carmen. Y la crisis surge ya adustamente en el matrimonio. Es sólo la primera. Dos veces más habían de separarse y reunirse de nuevo, en patéticos esfuerzos de convivencia, ya exclusivamente dictados por el cariño al hijo. No me propongo hurgar en esas penosas relaciones, ni creo que haga falta, porque todo está bastante a la vista. Pero si hay que exonerar a Martí, en esto también, de las culpas que un sentimentalismo superficial -o esa implacable solidaridad de los criterios formalistas -quisiera echar sobre él. Para disculparle, no hay necesidad de condenar a Carmen Zayas Bazán. Ya sugerí antes que nadie dio más impresionante testimonio de su cariño, de su abnegación y entereza puramente domésticas durante los primeros tiempos, que el propio Martí en sus cartas de recién casado. Pero cada cual nace con su propia medida, y la de Carmen Zayas Bazán no era talla heroica.
Mejor dicho: tenía todas las aptitudes para cierto heroismo privado, ninguna para el heroismo público.
¿Y por qué, después de todo, había de tener también estas? Se recuerda aquella frase maravillosamente concisa con que Tirso de Molina condensa, desde la primera jornada, el tema del Burla-dor. Cuando el Rey sorprende a Don Juan en la camara de amor, junto a la duquesa, pregunta va. Y el amador impenitente contesta:
...¿Quién ha de ser?
Un hombre y una mujer.
...Un hombre y una mujer. Es decir, el diálogo eterno de la especie, que unas veces idilio, otras drama, y las más solo comedía. En todos los casos, esencialmente, pugna. Lucha del principio femenino, inmanente, centripeto, conservador, privado, con el principio masculino, trascendente, centrifugo, acometedor, más o menos vocado siempre a lo público hasta cuando el egoismo lo anima. Si yo no temiese comprometerme aquí demasiado, recordaría aquello que un ingenio cinico de Francia llamó a la esposa: l'enemie intime -la enemiga intima. Como todo cinismo, ése lleva su fondo de verdad. Y lo verdadero es siempre del orden de lo necesario. Por esa pugna ineludible se equilibran los sexos y se fecunda la especie. En esa transacción de los contrarios consiste, como toda armonía, la armonia conyugal. Pero a condición de que haya cierta proporción. Se dan, por supuesto, mujeres de espíritu trascendente, como hay hombres reducidos, por naturaleza, a esa forma humilde inmanencia que es la domesticidad absoluta. Lo grave es cuando se juntan, cualquiera que sea el estilo respectivo, aptitudesproporcionadas.
En el caso de Martí, el conflicto nació de que, siendo ella una buena mujer normalmente doméstica, había casado con un hombre de vocación pública generosísima. El carro matrimonial, como solía decir, en sus cartas más intimas, llevó el eje roto desde que comenzó a rodar. Por eso, cuando ahora se entera de que a su hermana Amelia le ha brotado un amor, Martí la exhorta a que no confunda "la simpatía amorosa con el cariño decisivo e incambiable que lleva a un matrimonio que no se rompe"; le pide que se cerciore de que su amor es el que nace "de la seguridad de que el espíritu al que el nuestro se une tiene derecho, por su fidelidad, por su hermosura, por su delicadeza, a esta consagración tierra y valerosa que ha de durar toda la vida".
Martí no estaba destinado a esa dicha; no lo estuvo, en verdad, a ninguna. Ahora, con su eje roto y todo, el carro siguió rodando mientras le duró a él la esperanza en el nuevo empeño revolucionario. Pero este se deshizo con desoladora celeridad. Al conato efímero de Calixto García había de llamárselo "la Guerra Chiquita". Fracasó por ser chica en más de un sentido: por no haberse sabido incorporar aquella grandeza de intenciones que para la empresa libertadora había pedido Martí en su memorable conferencia de Steck Hall. Por no haber impregnado antes de prédica a la Emigración y a la propia isla, sacudiendo la fatiga de la Guerra Grande, evocando sus glorias, inspirando nueva fe a los humildes con imágenes de justicia y ventura. Consecuencia de ello fue que la Isla no respondió. La carta en que Martí le pide
entonces al General Emilio Núñez que rinda las armas, ya que el pueblo de Cuba no ha querido la guerra, está transida de decepción, pero también de cierta serenidad crítica, como de hombre que ha aprendido en la experiencia lo que habrá que hacer en el futuro.
Súbitamente ha vuelto a quedarse "sin esfera real en que movverse". El ambiente de fracaso en los Estados Unidos lo ahoga. Una "prudencia social", de que con algún misterio nos habla en carta a Mercado, le disuade irse otra vez a México, su patria de espera. Resuelve trasladarse a Venezuela, como si quisiese ir a tocar huesos de santo en la cuna de la liberación americana.
-000-
Muy significativamente se le repiten entonces las viejas experiencias. En mi biografía de Martí, apunté ya a la sorprendente geometricidad de esos destierros. "Sabio azar fue que viviera en México, en Guatemala, en Venezuela más tarde; es decir, que fuese conociendo intimamente un país de cada zona de América", hasta parar en los Estados Unidos, el poderoso gigante que sobre ellos proyectaba su sombra. "Seguro azar", como diría el poeta. Parecía que el destino se cuidase de recordar a Martí que la suya no era tarea sólo de isla, sino también de continente, y que la nacional había de cumplirse en función de la otra vagamente soñada todavía: la de ayudar a que América se juntase y saliese de su letargo, puesto que estaba "destinada a vivificarlo y calentarlo todo". Los tres destierros le habían enseñado la total lección de la historia vieja en esas tierras nuevas. Para todas era esencialmente la misma; pueblos sometidos a lo primordial de la Naturaleza y al primitivismo de la cultura, escindidos entre la ignorancia de abajo y la falsificación de arriba, disputados a la vez por la rudeza y el falso señorío, por el alma y el arma. Opulentos en recursos naturales, vivían en sordida pobreza por no haber sabido organizar sus propios intereses ni educar al hombre para la independencia personal. Vocados a libertad, no habían aprendido a ejercitarla, y se hallaban de continuo forzados a elegir entre los abusos de ella y el darse un amo para reprimir la anarquía.
Sin embargo, por lo mejor de cada uno de esos pueblos hablaba siempre algún noble espíritu que daba toda la potencial medida común. Si el amo ahora en Venezuela se llamaba Guzmán Blanco, el espíritu era Cecilio Acosta. ¡Con cuánta devoción asistió Martí a las postrimerías del venerado escritor! ¡Y qué hermosa, qué profunda semblanza le dedicó a la hora de su muerte! Al igual que años antes en la evocación de Torroella, no sospechaba hasta qué punto se sentía y se describía ahora a sí mismo cuando exaltaba, en prosa apretada de intenciones, al justo varón de Caracas. De Cecilio Acosta habla, sí, pero también de su propia alma cuando escribe: "Quien se da a los hombres devorado por ellos...; pero es ley maravillosa de la Naturaleza que sólo esté completo el que se da, y no se empieza a poseer la vida hasta que no vaciamos, sin reparo y sin tasa, en bien de los demás la nuestra"...Prefiguraba el saldo de su propia vida al resumir la de Acosta diciendo: "Postvió y previó". Amó, supo y creó. Limpió de obstáculos la vía. Puso luces. Vió por sí mismo. Señaló rumbos. Le
sedujo lo bello; le enamoró lo perfecto; se consagró a lo útil. Sirvió a la Tierra y amó al Cielo. Quiso a los hombres y a su honra. Se hermanó con los pueblos y se hizo amar de ellos..." Con todos los respetos, yo casi diría que la semblanza nos parece mucho más ceñida a Martí mismo que al venerable, pero un poco sedentario humanista venezolano.
Forzado otra vez por la arrogancia con mando, que hasta al espíritu lo quiere esclavizar en la lisonja, Martí se va de Venezuela cuando más se disponía a servirla, en la espera de la hora cubana. Importa mucho observar esa reiterada manifestación de su integridad moral hasta en el desvalimiento absoluto; más concretamente: esa su natural repugnancia a toda arrogación presuntuosa de autoridad. Nos ayudará mucho a comprender cierto sonado episodio -ya de la lucha política cubana -a que nos referiremos en la venidera conferencia.
Ahora, Martí se vuelve a los Estados Unidos. Es la suya esa vida errante del hombre en cuya vida se retrasan las condiciones objetivas necesarias para fijar el cauce del destino. Pero en una carta con que se despide Venezuela en uno de sus hijos dignos, cuida de decir que "las consagraciones fervientes no se merman, en un ánimo sincero, por las contrariedades de la vida". A esa consagración ferviente tiene ya entregada la voluntad. Sólo falta que los demás le permitan realizarla.
73
Recordarán ustedes que abordamos la indagación del espíritu martiano definiendo concretamente la palabra "espíritu" -para no perdernos en misticas vaguedades -como la actividad psíquica total, cuya peculiaridad consiste para cada individuo en la relación que entre sí guardan sus aptitudes psíquicas primarias: la sensibilidad, la inteligencia y la voluntad. Es esa peculiar relación lo que constituye el temperamento, como de la modulación que luego este sufre en sus relaciones con el mundo se forma el carácter. Hemos tratado de precisarnos lo uno y lo otro en Martí, examinando su vida y los testimonios que él mismo nos dejó de su propia intimidad. Desde las primeras etapas de aquella trabajosa existencia, se nos acusó un temperamento extraordinariamente sensible, dominado por el sentimiento del amor, y vimos también cómo esa capacidad de simpatia iba naturalmente aparejada en él con un sentido vivísimo del deber. No hay que olvidar ese enlace profundo, que Martí nos recuerda a cada paso sin deliberación alguna; por ejemplo, cuando en una de sus cartas a Mercado, en la época que ahora vamos a examinar, que es ya la final de su vida, le dice: "puesto que he traido carrío en el pecho, es para vaciarlo. Y si no lo hago, falto a mi deber hacia los demás, que es mi mayor deber hacia mí".
Pero lo dramático de aquella vida suya es que, estando su espíritu así constituido para una proporcionalidad entre el querer y el deber, esa armonía, en la que al fin habla de integrarse plenamente, tardó mucho en sobrevenir, por los incontables obstáculos que el mundo le iba presentando. De nada Martí tan frecuente testimonio como de esa aparente morosidad en su destino. Queria vivir -como le escriba a su gran amigo de México -"con aquella entereza acabada sin la cual me sería bochornosa la existencia"; mas por mucho tiempo se ve obligado a una angustiosa espera de oportunidad para la grandeza. Cuando parece ya haberse liberado hasta cierto punto de los deberes relativos de familia para consagrarse a lo que entiende como deber absoluto, el de la patria, son circunstancias objetivas, ajenas a su voluntad, las que retardan el logro de la vocación.
Sin embargo, esos nuevos obstáculos contribuyen también a ir depurando su temperamento y fortaleciendo su carácter: gracias a ellos se ensancha el radio de su sensibilidad, se ahonda su pensamiento, cobra más fino temple su voluntad. Todo en él se prepara así para la realización plena. Su vida parece ilustrar aquella filosofía idealista -nada ajena, por cierto, a su formación intelectual -según la cual el mundo no es sino la resistencia que el Yo absoluto se crea para poder afirmarse como pura conciencia.
Esta fase final de su lucha es la que hoy vamos a considerar a grandes rasgos. Veremos las peculiaridades que ella nos presenta: cómo, antes de la consagración definitiva, hay todavía un lapso en que la sensibilidad sigue dominando, pero no ya con dimensión personal, sino universalizada en el arte y vaciada en el pensamiento; y cómo después las circunstancias permiten que la voluntad, enriquecida ya por el sentir y el pensar, se resuelva al fin en la acción patria, que un sentimiento cada vez más
agudo del sacrificio en el deber precipita ineludiblemente hacia la muerte.
-000-
Le habíamos dejado la vez pasada en el momento en que, alec-
cionado ya por el fracaso del ensueño prematuro que había sido
la Guerra Chiquita, curtido de una nueva experiencia americana
también frustránea en lo inmediato, aunque en lo hondo muy
fecunda, volvía a Nueva York a rehacer aquella vida suya que nunca, hasta los últimos años, había de tomar seguros perfiles. Los acontecimientos políticos y otras cosas del orden intimo lo han separado de su mujer y de su hijo, a quien adora. Para forzarle a volver a Cuba -según el mismo le confía a Mercado -Carmen se demora con el niño en Camagüey. Algún día, en otra carta particular, le dirá a Figueredo: "Todo, Figueredo, se lo he dado a mi patria, hasta la paz de mi casa. Todo va bien este carro mío, menos el eje que va roto. Entre la frivolidad satisfecha y el destierro austero, hubo que elegir, y me costó la ventura de mi vida..." Más que nunca se halla ahora sumido en soledad -en el sentimiento de todos los fracasos. De ese doble y doloroso vacío, el intimo y el público, nacen sus Versos Libres, en su mayor parte escritos en Nueva York hacia 1882.
Convendrá adelantar ya aquí algo a que he de referirme más detenidamente cuando hablemos del escritor en Martí. La literatura ha tenido siempre dos obvias funciones, que sólo en los grandes escritores se integran plenamente: la de expresar y la de comunicar. Expresión es eso que ya la palabra sugiere: es un sacar fuera la presión interior; es el escribir, no tanto para establecer contacto con los demás e influir en ellos, cuanto para despejar el propio espíritu, para aclararse el pensamiento o descargarse la conciencia. Que la poesía fue eso siempre para Martí, una especie de alivio espiritual, nos lo sugieren los tropos con que a ella suele aludir. "Es la poesía breve espuma de mar hondo, que sólo sale a flote cuando hay mar hondo..."; "poesía es un pedazo de nuestras entrañas..." No poeta de palabras quisiera el ser, sino "poeta en actos", pero ahora tiene que resignarse al verso, es decir, a la pasión. Meses antes, había escrito su Ismaelillo en momentos de ilusión y ventura relativas, "en lecho de rosas". Ahora lleva ya "al costado izquierdo una rosa de fuego", y sus Versos Libres están escritos en "almohada de piedra". Por eso le salen tan encrespados y rebeldes. No son la comunicación, sino el grito. No se nutren de comunidad, sino de soledad. Pero de una soledad torturada, avida de comunicación ella misma. De ahí también su acento un poco oratorio. Se dirigen a la propia conciencia, forzándola a declarar su menester más intimo:
Es de inefable
amor del que yo muero, del muy dulce
menester de llevar, como se lleva
un niño tierno en las cuidadosas manos,
cuanto de bello y triste ven mis ojos.
O bien son arengas a los oldos patrios que no escuchan todavía, o a los que, esclavos de la tierra, nada saben del trascendente rumor:
¡Ved que no acaba el drama de la vida en esta parte obscura! ¡Ved que luego, tras la losa de mármol o la blanda cortina de humo y césped, se reanuda el drama portentoso!
Los Versos Libres están impregnados de ese hondo sentido de comunicación cósmica y de trasmigración del espíritu, que es la forma que en Martí toma el sentimiento religioso. Sin eso, ¿cómo hubiera podido sustentar valores absolutos de ningún género? El amor en él es mucho más que un mero sentimiento social o de solidaridad humana; le nace de una conciencia profunda de la vocación del Ser hacia la Unidad en que todo se religa o integra. Lo "sagrado" es lo que está visto o sentido en términos de esa unidad última. Percibir en algo la calidad sagrada es ya estar dotado de una conciencia religiosa. Y a eso hondamente responde lo que llamamos la "consagración" patria en Martí. Libertad y Patria fueron para él objetos sagrados en una valoración muy estricta. Su teoría de la libertad -que es casi una "mística" de la libertad -está imbuida de ese sentimiento, y no será mera retórica lo que lleve a decir que la patria es "ara" y que "todo el que sirvió a la patria es sagrado".
Pero todas las dimensiones del amor se enlazan siempre en aquel espíritu suyo. En los Versos Libres hay también el testimonio de los amores primarios y casi siempre defraudados en que busca su consuelo, y, al fin, el de la pasión nueva que había venido a llenar su vacio sentimental:
¡Como una enredadera ha trepado este afecto por mi vida!
Dijele que de mi se desasiera, y se entró por mi sangre adolorida como por el balcón la enredadera!
Ustedes saben qué enredadera fue aquella. Por un azar -¿quién sabe? acaso por un cálculo del Destino, que sabe arreglar sus propósitos -vinieron a juntarse en la pobreza y en la melancolía dos soledades: la suya y la de aquella otra Carmen criolla que ya había de quedarse hasta el final en su vida.
¿Cómo se quiere juzgar eso: con los pequeños criterios convenionales que dejan a salvo la buena salud social y moral, o con los que no olvidan que el Hombre es hijo de la tierra, aunque a veces lleve alas en el espíritu? No he de volver sobre consideraciones que ya hice en anterior conferencia. Pero algo importa agregar ahora para la exoneración de lo sentimental en Martí. Antes de pronunciarnos éticamente respecto de aquel amor clandestino, tendriamos que definir bien qué cosa es la pureza moral. Y si de algo podemos estar bastante seguros es de que lo puro no es siempre lo legitimo. Hay legitimidades atroces, cundidas de falsificación e hipocresia. Hay un estar bien con el mundo y mal con la propia conciencia; un poderse enseñar a los de-
77
más sin poderse contemplar en paz a sí mismo. Y a la inversa: hay lo que el mundo no deja que se exhiba, porque se presta demasiado a la subversión de las normas que regulan la virtud común, pero que realmente es, en la intimidad, la esencia misma en que la norma se halla fundada o debiera fundarse.
Martí, ya lo sabemos, era un necesitado de amor; pero también de absoluto. Aquellos dos menesteres de su espíritu tenían que conjugarse. Con harto dolor para él, no pudo lograrlo en la legitimidad, cada vez más vacía. Se conciliaron, en cambio, por el amor de una mujer que supo, en el callado heroísmo de su ilegitimidad, situarse "a la par de los más altos deberes" -de los que Martí tenía por más altos: los deberes patrios; una mujer que fue, no rémora para esa máxima entrega, sino alentadora y posibilitadora de ella. En esa intimidad -que nadie bien nacido censuró, porque todos conocieron su discreción y su eficacia humana y hasta política -se pudo al fin integrar la vida de Martí. Aunque parezca una violenta paradoja, aquel amor fue el primer paso de su final purificación.
Por lo pronto, le dio cierta estabilidad intima a su vida. Desde ahora se nos muestra en sus cartas como más sereno y dispuesto a la acción. Con toda la objetividad de que un espíritu como el suyo era capaz, habla a Mercado de sus libros, de los planes grandes con que aspira a redimirse del misero panganar. En parte por liberarse de esas servidumbres, pero también para ir cumpliendo la gran tarea de sensibilización americana a que siente llamado, comienza su colaboración en periódicos de Venezuela, de la Argentina, de México. Esta es ya su literatura de comunicación a la que luego nos referiremos.
Pero lo que ahora, en 1884, tiene más embargado el entusiasmo de Martí son ciertos planes que han juntado en Nueva York a Máximo Gómez y a Maceo para organizar un nuevo esfuerzo libertador. Con la humildad del pariente pobre, aunque sabiendo cuánto le autoriza su férvida voluntad de heróismo y de sacrificio, tercía Martí en aquellas conversaciones. Sobre él llegan a recaer los mayores trabajos de la nueva conspiración. Quisiera llevar el proyecto por donde a él le parece que serviría mejor, no sólo al triunfo militar, sino a lo que únicamente puede hacerlo fecundo: la fundación de una república cuyo destino se pareciese al primerizo y caudillístico de las naciones que ha visitado: una república nacida sin impronta de amo, con una profunda conciencia civil.
Da pena recordar el episodio en que aquellas conversaciones terminaron. Eran tres grandes cubanos los que hablaban; pero la Historia sabe mucho de esos tristes momentos en que ni siquiera los mejores espíritus se entienden para las cosas de patria. La versión que Martí podía dar de su ruptura con Gómez y Maceo, se nos reveló por vez primera en una carta a Mercado, y no he de citarla totalmente ahora, porque no es lo político lo que en este momento nos interesa. Baste decir que las ideas de aquellos jefes respecto del modo como debía inspirarse y animarse la revolución cubana, no cuadraban con las de Martí. Ante cierta insistencia de este en su criterio, se le hizo sentir que no tenía autoridad, hombre de meras palabras como era, para opinar en cuestiones de guerra y fundación.
Herido, más que en su orgullo, que lo tenía, en su ilusión de
dignidad patria, Martí se aparta de aquellos planes. "El pensamiento -dice -de lo que pierdo en autoridad...no podía bastar en mi, que nada sé hacer contra mi concepto de lo justo, para entrar en una campaña incompleta, y funesta si no cambia de espiritu, sin más estimulo que el de mi provecho personal futuro, que es el único estimulo que para mí no lo es jamás".
Toda la devoción difusa de los emigrados hacia aquellos viejos jefes mambises se resuelve entonces contra él. ¿Quién era Martí para tratar de darles lecciones a aquellos hombres cargados de gloria guerrera? Y como, los pueblos suelen ensañarse cruelmente cuando no ven claro, aquella porción de pueblo cubano en los Estados Unidos, al contemplar el fracaso en que los planes al fin se resuelven, no piensa que era Martí el que tenía razón, sino el que los había frustrado. Los odios, las sátiras, las torvas insidias quísieran devorarlo. El nacido para amar y necesitado de cariños tuvo que leer cartas de menosprecio y alusiones hirientes en los periódicos; tuvo que verse el saludo negado hasta por los que más quería, sentirse en un vacío súbito de estimación, y forzar más de una vez la tribuna -aquella tribuna que antes le acogía avidamente -para defenderse, con la ira y la lágrima temblándole en la palabra. Cuando al fin pasó la tormenta, quedaron los campos de amor agostados.
Tendría que sembrarlos de nuevo. Dramáticomente se le había hecho patente el nuevo obstáculo que a su vocación se oponía: una insuficiencia de confianza pública. Había ya una desproporción entre sus condiciones de vida y la empresa con que soñaba: era un hombre pobre, enfermo, sólo a medias conocido aún, y quería echarse encima la tarea enorme de libertar a un pueblo según sus ideas. A esa inadecuación se sumaba ahora otra que venía de la insuficiente estimación ajena; no estaba bendecido por el fuego de la manigua. Su vida, por lo visto, acusaba un déficit de heroísmo. Tendría, pues, que hacer de ella algo cotidianamente heroico, acumulando prestigio, dignidad, obras de amor, sacrificio sin tasa.
Por algún tiempo, se mantuvo en retraimiento político. Contribuyó a justificarlo la misma situación cubana: en la Isla se acariciaban otra vez ilusiones de autonomía que desmoralizaban el separatismo. Determinado a llevar su vida "por donde a mí me parece que va bien, que es por donde se va solo y duele andar". Martí consagra estos años de pausa y espera a la más intensa actividad literaria. Con una fecundidad asombrosa, escribe para grandes y pequeños periódicos de su América -señaladamente para La Nación de Buenos Aires -aquellas "cartas", como el modestamente las llamaba, que son una gloria en la literatura periodística de todos los tiempos. Prodigios de información caudalosa, de esclarecimiento profundo, de sensibilidad para lo minusculo tanto como para lo grande, y de expresión pintoresca y suntuosa a la vez, aquellas "sabanas" de prosa, como había de llamarlas Rubén Darío, asombraron a las más vigilantes miradas americanas. Doble era el cuidado de ellas: enterar a América de cómo eran los Estados Unidos, y despertarla a su propio destino, estimularla a cuidar de sus actitudes y aprovechar todas sus oportunidades.
Se recordará que, apenas comenzada esa tarea, el joven Mitre le puso algunos reparos a Martí, por ciertos visos de antiamerica-
nismo que, entre muchos elogios, había de deplorar también el gran Sarmiento. Esto nos trae a plantearnos -solamente en la medida en que pueda ilustrar el carácter martiano -su actitud hacia los Estados Unidos. Es evidente que nunca llegó a amar aquel país. Todos recordamos la dura frase con que nos previno desde su hora última: "He vivido en el monstruo, y le conozco las entrafas". Por la época a que vengo refiriéndome, el monstruo no es más que un "rinoceronte", como llamará en una carta al amigo de México. ¿Cómo explicarse, en hombre tan tierno, aquella dura actitud?
De las razones culturales y políticas, sólo diré ahora que los Estados Unidos de los ochentas distaban mucho de ser los que hoy comocemos. Era aquella, en efecto, una sociedad paquidérmica, de formas muy torpes y rudas, de espiritu muy utilitario. Sin embargo, su enorme prosperidad material y política deslumbraba a distancia. En Cuba particularmente, aún había anexionistas solapados. Martí no oculta sus temores ante "ciertas aficiones excesivas que en nuestros países se sienten por éste", y le duele que a eso se corresponda con "el concepto ofensivo y desdeñoso en que la mayoría de esta gente, ignorante y acometedora, tiene a México, como a todos nuestros países". Observador sagaz de la política americana de la época, veía en ella más de un indicio de lo que llamaba el "aguilismo" y que nosotros llamariamos después "imperialismo". Su manera de producirse respecto de los Estados Unidos era pues, en parte, una especie de mecanismo político defensivo -el revés, por así decir-, de su gran amor a "Nuestra América".
Pero no hay duda que reflejaba también una antipatia más intima, puramente psicológica. Respondía al radical desacuerdo entre su alma integrada, armoniosa, aunque muy cargada del lado de la sensibilidad, y el espíritu norteamericano, al cual algunos de sus críticos más espirituales en el Norte mismo -un Waldo Frank, por ejemplo -suelen imputarle una falta de "integridad", de wholeness, y un acento excesivo en lo más primario del querer: en el querer puramente práctico. Más regido que nunca en los ochentas por el canon del éxito a todo trance, del éxito como dominio en cualquiera de sus formas, particularmente en la material, aquel estilo americano de vida no podía menos que repugnar profundamente a quien, como Martí, era una de esas "conciencias tiernas" de que habla William James.
Con todo, yo no sé de nadie que haya escrito elogios más justos ni más cálidos que los suyos sobre los valores y figuras de la vida norteamericana que sí reverberaban en su conciencia. De un Grant hablará con irreprimible antipatía, porque no siempre el servidor de una causa justa es un espíritu noble o amable; pero en cambio, de un Emerson, de un Longfellow, de un Whitman, hará las más hermosas y penetrantes semblanzas, con el calor de quien reconocía en tales espíritus su propia estirpe. Eran conciencias tiernas como él.
-oOo-
Todas esas labores literarias tenían muy vasto designio. Ya en 1884 le decía a Mercado que esa "comunicación constante" con sus pueblos no respondía sólo al amor a ellos, que le era "natu-
ral" sino al deseo de cosechar caríffo, para "ponerlo luego al servicio de mi patria". Con todo, aquellas tareas no llenaban su espíritu. Eran sólo, decía, "migajas de mi alma". Se comparaba a sí mismo con "un águila presa...sometida a alimentarse con la piñanza de un jilguero". "Me ahoga -escribía otra vez -la savia que no logro echar fuera". Había en él una necesidad de expresión que las letras no alcanzaban a satisfacer, y acudía a todos los recursos verbales de la modestia para sugerir cuánto más grandes eran sus aptitudes que sus tareas.
La evidencia constante de eso nos sugiere una delicada pregunta. Tan delicada, que no sé cómo formularla sin que parezca herejía. La vocación patria, ¿era realmente una vocación específica en Martí? ¿Respondía al anhelo unívoco de libertad para su pueblo, o era más bien la manifestación de un ansia genérica de realizaciones mayores, que sólo por la circunstancia histórica llegó a tomar aquel camino político?
Esta pregunta podrá resultar sorprendente, pero no es gratuita. A lo largo de los años que van desde 1884 hasta 1889, es decir, casi hasta la vispera misma de su movilización revolucionaria, la intención política en Martí ha quedado muy marginada. Hasta parece, en algún momento, haber renunciado a ella. En 1886, nombrado ya cónsul del Uruguay, llega a confesarle a Mercado que tiene ya "perdida la esperanza de ser, por ahora, y por siempre acaso, útil a mi patria". Le vemos pensar sólo en sus crónicas, hablar de empeños editoriales, de hacer en los Estados Unidos un periódico en inglés, para el servicio y defensa de la América latina. Hasta sueña con alguna independencia económica. Todavía en abril de 1889 le escribe a Mercado que le vaya buscando en Morelia "una escuela de indios" adonde pueda retirarse al cabo de algunos años.
Todo esto autoriza la pregunta que antes hice: ¿Fue la libertad de Cuba un ideal específico de Martí, o sólo un contenido incidental de un vasto anhelo de grandeza? No contestarse esta pregunta con sinceridad equivaldría a perderse, creo yo, la sustancia misma de su espíritu. Y la respuesta quedó preparada ya en cierta apreciación sobre la cual he venido insistiendo de propósito. Martí -dijimos -tenía la vocación de lo absoluto. Lo que esencialmente había en él no era una vocación patriótica, sino una vocación heroica.
Solemos asociar demasiado el heroismo a la acción más o menos pública; pero claro que hay también un heroismo de la inteligencia -el de Varona, por ejemplo-, o de la conciencia moral, como el de los santos más genuinos, o el de la sensibilidad creadora, como en los grandes artistas. Lo heroico es lo descomunal. Martí era un héroe de la pasión -de ese modo de ser en que la sensibilidad, el pensamiento y la voluntad tienden a fundirse. Durante las primeras etapas de su vida le vimos el heroismo de la sensibilidad. Ahora, en esta pausa que pudiéramos llamar literaria o periodística, su heroismo es ya el del pensamiento enriquecido por toda aquella experiencia sensible. Es, en efecto, cuando escribe sus cosas más hondas y universales. Vendrá en seguida el momento final de su vida, que lo integrará todo en la voluntad, en la acción. Si en ese momento Cuba no hubiese estado ahí, lista para ser liberada, para realizar su propia vocación, yo creo que aquella aptitud heroica de Martí se hubiese buscado
alguna otra gran tarea de iluminación o de justicia.
El decir esto -el decir que la específica empresa cubana se inserta en una vocación más amplia de realizaciones absolutas no supone que atribuyamos al empeño patrio ninguna valoración subalterna en el espíritu de Martí. Por el contrario, si se entregó a esa empresa en el momento oportuno, es justamente porque la revestía de un valor absoluto. Precisamente es esta superior valoración lo que quiero sugerir. Pues lo que sitúa a Martí por encima de cualquier otro héroe cubano de la acción libertadora es que en él la acción revolucionaria no respondió a un mero sentimiento patriótico (también el patriotismo puede ser a veces vulgar), ni mucho menos a un simple criterio político: respondió a un impulso de radio muy superior. Por eso se fueron alojando en él tan distintas y crecientes dimensiones, desde la nacional, pasando por la continental, hasta la social y humana. Así se explica que la libertad de Cuba se asociase siempre a la de las Antillas y a la de toda la América en el designio de Martí; y eso nos da razón también del sentido profundo -nada provincial -en aquella su famosa definición de la patria como "la porción de Humanidad en que nos tocó nacer".
Cuba era también la imagen de una porción del absoluto a realizar. El cariño y la angustia por ella formaban parte de un desvelo mayor; mas no por eso resultan menos genuinos. Cuando parece que la descarta de su vida, ella le sigue dando gritos en el alma. Cuatro meses después de pedirle a su amigo mexicano que le buscase en Morelia "una escuela de indios...con las frutas, con el silencio, con la gente natural y con las flores" -pequeñas cosas de valor absoluto también-, entera al propio Mercado de cómo ha consentido entrar en una nueva empresa. La Edad de Oro."mientras me llega -dice -la hora de morir en otra mayor".
Para esta empresa de patria se ha ido preparando poco a poco. El creciente prestigio ha apagado al fin los rescoldos de su disidencia ante Gómez y Maceo. El prestigio, y su obra de amor. Había apelado a esta fuerza, soberana en él, para vencer desvios y hacerse de autoridad. ¿No escribiera muchos años antes que la única ley de la autoridad es el amor? Ahora, extendería ese principio: el amor es también la ley de la política. A fuerza de cariño, de servicio, de generosidad, ha ido conquistando los espíritus. Se le ve atento a todo menester ajeno. Disipaba odios con la humildad, y cuando no, con su poderosa seducción personal. Tenía la mirada dulce, triste la sonrisa, abundosa y brillante la palabra. Trascendía de él, sin rebajamiento, la bondad casi humilde los hombres hechos para querer. Se había purificado ya de toda arrogancia. Trataba de matarse los filos y relieves del talento, para no provocar lo que él llamaba "cierta colera de la bondad ajena, que está en el carácter de la mayor parte de los hombres". La luz genial se le fundía así con una irradiación de dulzura. "Hablando con Martí -me decía una vez el másculo General Pedro Betancourt -daban ganas de besarlo". Los hombres de otras tierras que le visitan por entonces en Nueva York, se hacen lenguas de aquella personalidad que agota las formas todas de la seducción.
Ya ha vuelto a sonar en la tribuna del 10 de Octubre su palabra maravillosa. Está empezando a juntar a los cubanos por las imágenes del pasado, por la nostalgia. Pronto llegará la hora de juntarlos por la imagen del futuro, por la voluntad. En inglés, defiende virilmente a Cuba cuando un periódico yanqui habla mal de ella y de sus hijos. Ni tienen los países y próceres de América mejor cantor que él en aquella tierra extraña. Su prestigio de escritor en las repúblicas del Sur -una de las cuales, el Uruguay, le ha hecho consul suyo -repercute entre los emigrados con hondo halago. En medio de sus trajines, todavía halla tiempo para editar La Edad de Oro, dedicada a los niños, que son la "esperanza del mundo", y para ayudar a la fundación de La Liqa, una sociedad de humildes cubanos de color.
Hacia 1891, todo comienza a madurar de pronto. Martí siente que se aproximan las horas grandes que ha estado esperando toda su vida. Cuba anda inquieta, y en los Estados Unidos ha habido junta de diplomáticos de todo el Continente para fundar eso que después se habla de llamar Pan-Americanismo. Pero aquellos eran los días del imperialista Blaine, y Martí estaba bastante seguro de lo que significaba aquel indiscreto emblema del águila que sostenía en la garra a todos los pabellones de la otra América. Con su don extraño de videncia, se angustiaba que los delegados de ella no vieran lo que él veía. Temió por su América hasta enfermarse.
Como de costumbre, busca en la poesía alivio, y se echó al campo para acabar de escribir sus Versos Sencillos. Eran una cita de viejas imágenes, una especie despedida de su propio pasado. Pero también sonaban allí las grandes consignas del porvenir:
Yo sé de un pesar profundo
entre las penas sin nombres:
la esclavitud de los hombres
es la gran pena del mundo.
Se va desprendiendo de todo lo último que le ata. En aquel matrimonio de toda la vida con la pobreza, el periodismo y los consulados sudamericanos que desempeñía han sido últimos su único alivio. Ya escribe cada vez menos, porque Cuba le lleva todo su tiempo; y basta que el Consul de España proteste de la incongruencia entre su acción política y su condición consular, para que renuncie a sus cargos. Gusta avidamente de esa fruta agridulce de la abnegación. ¿Hay alguna consagración verdadera sin eso? Dedicarse, se dedica uno a la abogacia, o a hacer dinero. Consagrarse ya es otra cosa: es, como ya dijimos, ofrendarse a algo que se tiene por sagrado. Y como en la liturgia religiosa, toda consagración lleva consigo un sacrificio.
La condición objetiva del Destino se va cumpliendo, ahora que el ya ha cumplido la suya. Cuando se llama desde Tampa, desde la tierra americana más próxima a su Isla, es ya como el llamamiento de la propia Cuba. Vuela a la Peninsula lejana. Va con el cuerpo deshecho, pero con el alma en vilo. Es la menor cantidad posible de hombre físico: casi espiritu no más. Por eso sus discursos son una llamada. "Para Cuba que sufre, la primera pala-
bra", dice el que tanto sabe de sufrimientos. Los emigrados, limpios de alma allá en las tierras casi virgenes del Sur, le escuchan un lenguaje de integridad conmovedora:
"Porque si en las cosas de mi patria me fuera dado preferir un bien a todos los demás... éste sería el bien que yo preferiría: yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad pleena del hombre... O la República tiene por base el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio integro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre, o la República no vale una lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros bravos".
La pasión por el decoro del hombre. Era el gran tema de aquel primogénito del mundo, un tema mayor aún, como se ve, que la mera independencia de su patria. Pero esta grave visión no obsta al sentido de las realidades inmediatas, de lo concreto y expeditivo. Empieza a echar las bases políticas de la acción. Cayo Hueso también lo ha invitado. Acude con el cuerpo a rastras, y cuando el esfuerzo le tiene ya postrado, escribe a Nueva York aquellas claras palabras que Unamuno entendió: "Desde la cama, junto". Junto: es decir, ligo, unifico. Como para subrayar el sentido psicológico de eso, añade gozoso: "Aquí me tiene rodeado de una guardia de amor". No son sólo palabras políticas. En Tampa, como en todas partes, hay cubanos blancos y cubanos negros. Martí sabe que su pueblo no es todavía una nación, y que ésta hay que hacerla juntando todos sus elementos. Ya fundó en Tampa una Liga como la de Nueva York, para alzar a la dignidad de la cultura a los hombres oscuros. Ahora, en Cayo Hueso, se pasea del brazo con la mujer negra que algún día dará la casa por él y por Cuba.
¿Por qué ha de aguardarle ya en Nueva York un sorbo de cicuta? Es la carta famosa del General Collazo, a quien unas palabras de Martí en Tampa parecieron desdeños para los veteranos de Cuba. Defiende el bravo general la calidad y conducta de ellos; le recuerda a Martí su abstención de la manigua, y duda que algún día pueda tener ocasión de darle la mano en ella. ¡Terrible carta!... Los más próximos al Apóstol, como José Dolores Poyo, temen que Martí conteste airdadamente: "Contestaré -les dice -acabando de limpiar mi vida, si no está bien limpia ya, de todo pensamiento o culpa que me impidan el servicio absoluto de mi patria". La respuesta escrita a Collazo es conmovedora a la vez por su gallardia y por su humildad. "Defiéndame mi vida. Sé que ha sido útil y meritoria, y lo puedo decir sin arrogancia, porque es deber de todo hombre trabajar porque su vida lo sea"... "Jamás dejé de cumplir en la primera guerra, niño, pobre y enfermo, todo el deber patriótico que a mi mano estuvo, y fue a veces deber muy activo"... "Creo, señor Collazo, que he dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura de su amor, cuanto un hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchas veces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario para morir en su defensa".
Desde ese momento, todo es, en efecto, un crescendo final hacia la muerte. Se invierte en la organización de la lucha con una urgencia febril, como si quisiera enjugar en unos meses la demora de tantos años. Vive, como dice en sus cartas, "montado en un relámpago". Viaja incesantemente por las colonias de emigrados, organizando clubes revolucionarios o encendiéndolos con la palabra apostólica; despacha agentes a Cuba; redacta casi el solo el periódico Patria donde cada palabra es fundadora; escribe -a horas inverosímiles -cartas y más cartas donde se aprietan tu multuosamente el amor, el pensamiento y la acción -su pasión toda. Recauda fondos y trama planes complejos de invasión. Y todavía halla tiempo para seguir enamorando almas, sacrificándose de su pobreza insigne dineros; prodigando la otra del talento. Por ejemplo, en las clases a los cubanos negros de La Liga. Una tarde gran nevada -me contaba hace años uno de ellos viéronle llegar aterido, con la fatiga de quien ha cubierto muchas cuadras a pie. Se dejó caer en un sillón suspirando. Los hombres humildes notaron que no llevaba chanlos de goma, y como la suela de uno de sus zapatos estaba perforada, se había tapado el roto con una laminita de cartón. ¡Y aquel hombre tenía ya a su exclusiva disposición los miles de pesos del óbolo patriótico!
En esa vida de sacrificio pleno, ¿cómo ha de perdurar ningún resentimiento, ninguna soberbia? Máximo Gómez y Maceo son indispensables para la guerra nueva, y él emprende viajes para cerrar trato con ellos, porque ya los tenía ganados la fama de aquel apostolado austero e incansable. Lo demás que aún hace falta es dinero. De un patetismo impresionante son las cartas en que se lo pide a los cubanos ricos de la emigración. A uno de ellos le escribe: "Como un perro infeliz vivo, y no me quejo, desde que empecé este trabajo de salvación; y usted, que lo ve todo, que lo sabe todo, que ama a Cuba, que me ve padecer, ¿me dará estos momentos -acaso los últimos de mi vida -de gloria y respiro. o me dejará sólo en mi dolor y en mi responsabilidad, rodeado de hombres que ya han hecho cuanto podían hacer, arrastrándome y mendigando, por salvarle a su patria, suplicando en vano, lamiendo la tierra lo mismo que un perro?"
Todo al fin está listo. Siente ya el noble henchimiento del deber, y sólo le amarga pensar en la sangre inevitable que hay que derramar. Una noche, en casa ajena, se le oye sollozar en su cama:
-¡La guerra!... Cuánto dolor necesario tenemos que llevar a Cuba!
Pero el Destino juega con su propia obra. Cuando todo está en su punto de acción y va a consumarse el plan maduradísimo de invasión de la Isla, en que se habían invertido tantos esfuerzos y dinero, una torpeza, una indiscreción, acaso algo más nefando aún, movilizó a las autoridades federales americanas. Cayeron en Fernandina sobre los barcos y armas dispuestos por Martí, y confiscaron todo aquel fruto de un esfuerzo heroico. Muchas veces se le había visto suspirar con unos hondos suspiros que él comparaba a los gemidos de las aguas subterráneas en los cenotes mexicanos. Aquella noche, en un hotel de Jacksonville, por primera
vez se le vió llorar. Pero cuentan que se repuso en seguida, dispuesto -como diría en una carta -a sacarse las entrañas triunfantes en el puño.
Aquel fracaso convirtió la acción guerrera viable en algo temerario; pero ya no se podía volver atrás. Había que lanzarse a la acción -le escribía a Maceo -si no en un leviatán, en una uña. La gran purificación había llegado hasta a eso; a tener que hacer la guerra de Cuba sin armas, a puras almas, como lo que al cabo era, como empresa nacida del amor más que del odio.
Esta nota política-moral resuena solemne en los grandes documentos y cartas que Martí escribe desde Santo Domingo. Es la del Manifiesto de Montecristi y de la carta a Henriquez y Carvajal. Se conjuga con aquella otra, más intima, de los apuntes maravillosos en que va anotando sus deleites ante el paisaje de almas y de cosas en la tierra antillana, y sobre todo, con las cartas últimas que les escribe a "sus niñas": cartas de una ternura incomparable, de finísima pedagogía moral, escritas con la dulce melancolía de quien se sabe ya su propio destino de semilla en la tierra. Es lo último que le queda por entregar; el cuerpo físico.
[i] Una noche, al fin, Cuba! ¡Cuántos años sin contemplar aquel solemne cabeceo de las palmeras saludando a las estrellas! Pero todo ha valido la pena todo. "Me siento -escribe -puro y leve, y siento en mí algo así como la paz de un niño". En Cuba Libre se le mantienen juntas las dos dimensiones del amor que habían tramado su vida. Escribe más cartas fundadoras. Y va curando heridos, "sin más que saber como está hecho el cuerpo humano, y haber traido conmigo el milagro del yodo. Y el cariño, que es otro milagro". Milagro: es decir, cosa de otro mundo, no de éste que rigen las "fábulas" del amor y del odio. Ya estaba listo para "morir callado".
A la tarde siguiente, la escaramuza, prevista sólo por el Destino que le había dado sus últimos toques a aquella vida. Y la muerte al fin. No la quiso, no; pero la había estado cortejando desde que nació. La amaba, y ya se sabe que amar es querer. Dos Ríos es acaso palabra simbólica de las dos corrientes que frecuen su alma: el amor y el dolor. Lo uno venía de lo otro. Y yo tengo para mí que, cuando cayó, se debió de escuchar muy queda entre los palmares la respuesta de la Niña de Guatemala, imagen del Absoluto en su vida:
Dicen que murió de bala.
Yo sé que murió de amor.
87
---
Sensibilidad y Cultura
III
EL HOMBRE DE PALABRAS
Considerable espacio se dedicó en las párinas anteriores a indagar lo que del espíritu de Martí nos revelan su vida misma y los testimonios que él nos dejó de su propia conciencia. Pero acaso no fue inútil tanto detenimiento, pues como ya dije desde el comienzo, lo esencial de Martí está en el hombre natural, en el "hombre en sí". A las exigencias de su temperamento, y particularmente de su sensibilidad, a la contextura/total que rompe en el carácter, responde, por lo pronto, el "hombre de palabras" que vamos a estudiar ahora; es decir, el poeta, el escritor, el orador. (Claro que el pensamiento va envuelto con la sensibilidad en esas tres manifestaciones de un obra literaria, y no es menos evidente que el único modo de conocer el pensamiento es a través de las palabras).
Aquí también, lo que sobre todo nos interesa es el espíritu que en toda esa actividad se revela. Lo literario como tal, esto es, en su relativa antonomía y en su conexión histórica, ha venido siendo muy estudiado en Martí (x). También nosotros hemos de considerar detenidamente los aspectos ext puamente estéticos, técnicos e históricos de su obra de palabras, pues en cierto sentido toda expresión, todo el verbo, es espíritu —incluso la forma como un hombre escribe y habla. Es bien conocido el dicho de Buffon según el cual "el estilo es el hombre; mas no sólo el estilo de un modo general. Hasta el tipo particular de forma que en cada momento se elige refleja muchas veces los estados de la sensibilidad. No es nadaaje----
(x) Merece especial mencion, por su plenitud y acierto de juicios, el libro de Andrés Iduarte Martí escritor (México, 1945).
Sensibilidad y Cultura
Considerable espacio se dedicó en las párinas anteriores a indagar lo que del espíritu de Martí nos revelan su vida misma y los testimonios que él nos dejó de su propia conciencia. Pero acaso no fue inútil tanto detenimiento, pues como ya dije desde el comienzo, lo esencial de Martí está en el hombre natural, en el "hombre en sí". A las exigencias de su temperamento, y particularmente de su sensibilidad, a la contextura/total que rompe en el carácter, responde, por lo pronto, el "hombre de palabras" que vamos a estudiar ahora; es decir, el poeta, el escritor, el orador. (Claro que el pensamiento va envuelto con la sensibilidad en esas tres manifestaciones de un obra literaria, y no es menos evidente que el único modo de conocer el pensamiento es a través de las palabras.
no, por ejemplo, al espíritu de Martí el que sus poesías se llamaran "Versos Libres" y "Versos Sencillos", ni el que maximus los años se escribiense en cierta situación moral de su vida y los otros en otra.
Pero el espíritu se refleja sobre todo en el contenido, y aquí también lo que pudiéramos llamar sus dimensiones corresponden a la sensibilidad, a la inteligencia, a la voluntad. Se manifiesta en lo que las palabras dicen que el hombre siente: su pasión; en lo que dicen que piensa: cómo ve las cosas, cómo las interpreta, cómo las evalúa; y finalmente, en lo que, a virtud de esa valoración, el hombre de palabras dice querer y proponese.
Ya sabemos, sin embargo, que en un espíritu tan integrado como lo fue Martí, esos movimientos psíquicos no se separan netamente, sobre todo en el momento de madurez en que lo más importante de su obra literaria se produce. Por el contrario, tienden a fundirse años con oyros; se alimentan entre sí. El sentir dicta el pensar y, a través de éste, el querer. Hecha esa reserva, podemos decir que a tales movimientos espirituales corresponden respectivamente en la palabra martiana: el poeta, en quien se expresa la pasión; el escritor (es decir, el periodista y el ensayista) en quien prima el pensamiento; y el orador, por el oval se comunica la voluntad estimuladora, más o menos directamente orientada a la acción. El total hombre literario en Martí es así como un puente entre el hombre natural y el político, puente onyo arco mayor, el pensamiento, se apoya por un extremo en la sensibilidad personal y por el otro en la intención histórica.
Existe un fondo psíquico inmediato de lo literario?. Sin duda, y así como al ministerio estudiar el hombre natural en Martí comenzamos por señalar las condiciones previas que modularon su temperamento y su carácter --el factor sangre y el factor ambiente--, así también ahora, al estudiar el hombre de palabras, debemos tomar en cuenta las que operan sobre su expresión literaria. Son dos fundamentales: una de ellas, interna, la sensibilidad expresiva peculiar, que corresponde en lo natural temprano; la otra es externa: la cultura, que corresponde a laquivirizmoral llamada cardeter. La sensibilidad se tiene; la cultura se adquiere.
Aoerca del modo de ser personal de Martí hemos hablado ya mucho. Salvo a Badir o ampliar aquí algunos rasgos que de propósito dejamos para esta ocasión, por ser muy linderos con la expresión literaria, ahora sólo necesitas destacar lo más decisivo en la índole martiana y examinar sus implicaciones y su transcendencia para la expresión literaria. Tendremos así lo que llamo la sensibilidad expresiva: la sensibilidad, no ya como mera pasión, sino como aptitud creadora.
Metafísica del amor
Hemos visto que Martí es un espíritu avido de absoluto e impostado en una clave de amor. Esta sentimiento rigió su vida y le dió a toda ella un tono dramático, noblemente codicioso y abnegado a la vez. Dada la integralidad psíquica de Martí, no era de esperar que el amor se projectase también en su obra, y hasta que fuese un motivo rector de ella en lo literario, en lo filosófico y hasta en lo político? Si tal presunción es válida, nos encontramos ya con un amor que rebasa, desde luego, lo puramente biológico y sentimental, un amor ascendido a planos ideales y en cierto modo impersonales. ¿Estaremos todavía hablando de la misma cosa?
Esto equivale a preguntarnos qué sea el amor en sí: en qué consiste y dónde tiene sn raíz ese sentimiento al cual estamos atribuyendo tan varias manifestaciones. No quisiera gravar el presente estudio con apriorismos teóricos; pero creo que ciertas elucidaciones en abstracto son útiles para orientarnos en lo concreto de Martí y, sobre todo, para no seguir viéndolo como una nebulosa sin estructuración alguna.
Ya en la Introducción alndí a cierta observación de Ortega y Gasset
con aer el amor una de las cosas más metidas en nuestra vida, no menos compañero muy poco de pensar en ella. (Naturalmente, a los más de los hombres mos baña con sentirlo -- y pobre del que ni eso pueda siquiera). Pero la verdad es que, como hube de recordar también, la investigación del amor en el piano filosófico tiene ya una tradición de mucho siglo. Casi desde el comienzo mismo de la actividad reflexiva, por la simple observación del enlace de contrario en la Naturaleza, se pensó que el amor era algo más que un mero instinto/o sentimiento humano; que entrañaba toda una interza cósmica y hasta un principio constitutivo de la realidad. No he de pasar revista a las doctrinas que han espaculado sobre eso desde Anaximandro y Empódocles hasta ace (✱). Baate sólo indicar generalmente aceptadas algunas conclusiones más o menos reflexión personal.
Por el engreimiento antropológico que nunca deja de render al peneamiento, se elece crearse que el amor digno de tal nombre es sólo un sentimiento humano con que se decora, por así decir, el instituto perpetuador de la espécie. En otras palabras, aería el asexo elevado a plano moral. Podemos, si nos place, darle a el nombre, embellecido por la poesía, al mecanismo de la perpetuación humana y a sus repercussiones sentimentales y morales; más con ello no habremos diferenciado.
(*) A quien desee informarse encintamente de la altura a que esa especieación llegó ya en el pendamiento platónico, le recomendaría la obra Amor y Mundo (Mexico, 1940), del malogrado filosófo español Joaquín Xiran. Y me apetece algo mucho más cabal, el magnífico tratado de Lax Scheler traducido al español bajo el título de Naturaleza y forma de la simpatía. Scheler examina la tradición filosófica más moderna sobre el problema, y las rectificaciones con que suenta an propia doctrina son muy sagaces.
esencialmente de cualquiera otra forma de conjunción engendradora de nueva vida.
La tradición filosófica y aún la científica se han negado a eas diferenciación. Como ustedes saben, hay toda una copiosa bibliografía sobre la vida "amorosa" de los animales. El pensamiento metafísico por el parte, insiste en situar el amor humano dentro de un movimiento infinitamente más vasto y comprensivo, por el cual se enlazan feundamente/las formas diversas del Ser. Sólo como un antecedente para la determinación que oportunamente haremos de la posición filosófica de Martí apuntaré que, a mi juicio, hay dos maneras fundamentales de pensar esa virtualidad integradora del amor. Una de ellas -- lo que yo llamaría la doctrina vertical o transcendente -- consiste en suponer que toda la realidad aspira -- aunque por su dualismo impara irreparable lo logre -- a la Unidad final indiferenciada, mediante la superación de todas las particularidades en un proceso de identificación; es decir, tratando todas las cosas de asimilarse o identificarse entre sí. Según esa concepción, el amor sería como una gran fuerza que, elevándose progresivamente sobre la multiplicidad de la Naturaleza, aspiraía a resolver en la identificación del Alma con la Divinidad. Tal es la concepción mística, que tuvo su fuente principal en Platón. La otra doctrina, la horizontal o immanente, es la de Hegel, por ejemplo, según la cual, la Unidad no es un ápice o remate del Ser, sino más bien su totalidad, la suma e integración de sus particularidades. La función del amor sería mantener, no sólo los procesos específicos de la particularidad, sino también la coordinación de todos ellos entre sí para asegurar la cohesión y congruencia de todo lo real. El amor decía Nagel -- es la sensación del todo. No el principio de amonía en la healeda. Esta doctrina es esencialmente panteísta. Greo poder montrar en su momento que Martí pasó de la primera concepción a la se-
gunda por la influencia en el del idealismo aleman, a través de Krause.
Fero no tratamos ahora del pensamiento martiano, sino de formarnos una idea del amor que nos explique en el espíritu del propio Martí. Y como no interesa hacer más filosofía que la extrictamente indípen-sable al efeoto, creo suficiente destacar esa virtualidad integradora que, en una forma o en otra, se le suele reconocer al amor. Todo lo que en el orden de la realidad se npa muestra precisamente como orden. como aspira-ción a la unidad y a la solidaridad, a la comunicación y a la congruencia, desde la atracción de las moléculas y de las grandes masas en el mundo físico hasta la compenetración extrígena del hombre con las cosas por el conocimiento, y de los hombres entre sí por la simpatía, parece poner en evidencia la vocación integral del ser.
La dimensión humana del amor
Definió Spinoza el amor como "un gozo al que acompaña la idea de una cansa exterior". Claro que esa cansa smele ser, de un modo inmediato, otro individuo o hecho particular. Pero mimos en evidente que ese querer tiene que orientularizado nos da la razón universal de amar. Ella maximexprudiginarse en algo primordial: la unidad total del ser. El amor humano es, en efecto, la manifestación en nosotros de aquella fuerza oísmo de que hablamos. En como dice Hegel, "la sensación del Todo". Por su parte, E. von Hartmann escribe: "De desde el punto de vista afectivo y al menos en forma parcial, el amor equivale a lo que desde el punto de vista teórico y universal la identidad enencial de los individuos". Y en otro lugar: "El amor es una aspiración espontánea y activa a la realización del sentimiento de identidad".
Lo que nos estorba un poco para reconocer esa correspondencia de la psicología con lo metafísico, en la multiple gradación a que la vivencia amorosa se presta. Platón ya la expuso -- tal vez con excessive calculismo ético-- en su doctrina famosa del Eros. Adaptaníamos esta doctrina a/xx
propias observaciones, podemos decir que la voluntad de integración (el anserer) recorre toda una encala de grados que,
partiendo del egoísmo, cuya forma menos gro-sera es el amor propio, pasa por el eros sexual y por la simpatía en toda su gama pro-plia, hasta culminar en el sentimiento y comprensión de la Unidad absoluta, que sólo algunos espíritus privilegiados alcanzan.
Porque los objetos del amor varian según la calidad de los seres, según la mayor o menor densidad del Espíritu en ellos. El egoís-ta apenas se ama más que a sí mismo, o al-projimo sólo como medio de fruición. Pero ya el amor biológico tiene su coeficiente de entrega de sí, y en la medida en que se elev-a planos sentimentales y sociales y se con-vierte en asiento de la vida familiar, esa entrega asume los caracteres morales de la abnegación y del sacrificio. La simpatía es primariamente una aera aptitud comunicativa y convivial que da a cientos hombres la con-ociación de "amables"; en su dimensión mayor, que sentrega el sentimiento de la soliouridad social. De ahí, repito, algunos seres particulamente generosos ascienden a la competen-tración con la Humanidad y aún al intentomístico de competen-tración con Dios.
Desde luego, no todos los individuos humanos recorren esa escala. Los más se quedan en los primeros pelfados de ella; otros, encambio, se sitúan en los más altos sin pasar por los primeros, antes haciendo de ellos el primero y total sacrificio, como San Francisco de Asís, para mencionar sólo un ejemplo de santidad heroica en función de amor. Hay, en fin, seres a la vez naturales y sublimes.
como Martí, en quienes la vocación amorosa enbre todas los grados, desde el amor propio hasta el amor casi místico a la Humanidad y la intricación más o menos personalizada, de lo divino en el mundo del ser. Esa aptitud y vocación es lo que le confiere esencial dignidad a aquel erotismo marítano de que tanto hemos hablado. El amor de mujer no fue sino un grado inestable en su voluntad absoluta de amor: la raíz de esta ala.
La sensibilidad y lo natural
Porque la primera manifestación positiva del amor es sensibilidad insceptibilidad a determinados valores que llamamos, de un modo general, sensibilidad. Se trata de una zona de la experiencia paquica deleitosa en que lo corpóreo y lo espiritual se tocan, en que la sensación/moviliza al alma, la connueve y quiere ya devenir aprehensión de lo externo, fusión amorosa con ello. En Martí, la sensibilidad siempre se muestra particularmente transida de amor, y lo primero que observamos es que está como vocada de preferencia a lo natural. Qué podía haber en ella que así la impeliese?
No puede verae la explicación sino en su originalidad misma; es decir, en el hecho de que se irradiaba desde la raíz del ser. Martí no era impresionante superficialmente impresionable. La impresión sólo valía en cuanto viniera a servir a la expresión. Operaba su sensibilidad, no desde la periferia de los sentidos, sino desde dentro, desde el registro paquico central, si se me permite la frase. Esto es lo que he venido llamando su "ingenuidad", en la acepción profunda del vocablo. De ella dimahaban otras cualidades más próximas al sentido corriente: su "candor", su sinceridad, su "sencillez" (ya veremos qué valor tiene para Martí esta palabra); en fin, su fuerza intima y comunicativa a la vez.
Ahora bien, esa fuerte integración espiritual -- en la cual vimos que tribar la pasión -- es ya un principio de cohesión y, por tanto, un germen de amor. La conciencia que en eso descansa se acompaña de un aprecio profundo de todo lo "natural" y esponántneo, y esa valoración se trasfiere a la totalidad de la Naturaleza, intrída como amorosa armonía. Así Martí escribe que "el amor conduce a la religión de la Naturaleza". De ese seguirán, como ya veremos, posiciones doctrinales inevitables. La Naturaleza siempre sabe lo que hace. El Naturaleza hombre es naturalmente buena. Lo vicio proceden de la "cultura", de la falsa educación sobre todo. No piensa Martí es porque haya leído a Rousseau, sino porque lo alente. El mismo fundamento paquico tiene an sobrevaloración de lo espontáneo, de lo que se expande sus propias máices (y ahora ya vemos el sentido más profundo que tiene en afición a esta palabra). Ello contribuirá a explicarnos su estimativa histórica, su valoración entusiasta de lo primitivo americano y, en general, oierta displicencia hacia lo europeo. Alma, en cambio, lo esencial español, porque siente a este pueblo más próximo que ningún otro a la entraña humana, más "natural" en su carácter. Pero América se halla ann más cerca de la Naturaleza.
-152-
en mayor a menor intensidad, como Martí, en quienes la vocación amorosa enbre todos los grados, desde el amor propio hasta el amor casi místico a la Humanidad y la intricación más o menos personalizada, de lo divino en el mundo del ser. Esa aptitud y vocación es lo que le confiere esencial dignidad a aquel erotismo marítano de que tanto hemos hablado. El amor de mujer no fue sino un grado inestable en su voluntad absoluta de amor: la raíz de esta ala.
y el año es todavía en servicio, tiempo le señala en via de liberación
y el aporte que de ella espera la cultura del mundo. El americano es el hom-
bre en quien naturaleza y cultura han de volver a integrarse.
Así nos explicamos también la repugnancia de Martí a todo mimetismo y a
toda aperposición de la personalidad, ya sea individual o colectiva. Eso
le comunicamos a su pensamiento un celo por las ventajas de la educación na-
tural y de la evolución, un sentido dinámico y más bien porvenirista de la
cultura, un desdén de todo lo arquéológico e inerte. En este espíritu pro-
fundamente humano, nada hay, por ejemplo, de éxtasis humanista. No oree que
debamos aegernos a los canones de Grecia y Romania culturales difuntas. Todo
lo oral se resumiría tal vez recordando que no es un clásico, sino un rom-
mántico. Pero un romántico, no del tipo medievalizante y lunar, sino del
solar y mesiánico, para quien el mundo todavía agnarda sus mía luminosas
alboradas.
La sensibilidad estética
Martí es desde luego, un apasionado amador de lo bello. Lo gozó siempre
en el paisaje, en la beldad femenina y en las cosas con trémula emoción.
Se gastaba el dinero que no tenía en adquirir pequeños objetos bellamente
inútiles, prefiriendo los de prestancia o gracia natural o los inventidos
de encanto por el tiempo, a través los de mera ornamentación, de belleza
comunicada y artificial. De las artes sensibles, ama, sobre todo, las de
expresión más concreta, particularmente la pintura. Interrumpe una carta
dramática a Mercado para hablarle de algún hermoso lienzo que ha visto,
o para pedirle tal o cual cuadro del pintor Ocaranza que
con ávida nostalgia. El mismo cultivaba el dibujo como forma íntima
de expresión. Las oríginas sobre arte pictórico abundan mucho en su
obra y acuan mayor precisión informativa y crítica que las que tratan
de música, que son escasas y parecen esofítas más por motivos circun-
tanciales que de fruición estética. Martí, en suma, tiene mueno más
sentido plástico que musical.
No es eso un poco sorprendente? El que se tenga la una o la otra
no careciendo de sensibilidad artística general, probable-
mente depende sólo de cómo se esté orgánicamente dotado. Pero alemos
asociar el gusto musical a la sensibilidad de tipo íntimo a imaginati-
vo; el plástico, a la más extrovertida y odnoreta. Ciertamente, pensa-
mos que el pintor temperamento poético es siempre más o menos "lírico",
es decir, musical. Y Martí era, a nó dudarlo, un poeta -- acaso no fué
más que esó fuadamentalmente, como en su pertinidad hemos de ver. De
manera que ese acento plástico de su sensibilidad resulta en cierto modo
contradictorio, al menos, compensador de lo que hay de fuga imaginativa en su espíritu. Esta observación nos prepara ya para explicarnos
ciertos caracteres de su prosa, donde lo plástico se hace muy visible
en la frase henchida y concreta como un músculo, en el detalle "pintor-
resco", en el cabrilleo colorista de los gáros y vocablos. También no
ayudará a comprender las calidades y limitaciones de su poesía, en que
la plastificación simbólica o descriptiva predomina sobre la vaga enso-
fiación, y la efusividad acumulativa sobre el ritmo.
Sospecho, sin embargo, que ese acento trasciende lo puramente formal
y aún lo estético. Una vez más creemos encontrarnos en presencia del
dualismo peculiar de su espíritu: la raíz tirando del ala. Lo plástico
tendía a sofrenar su imaginación y su pensamiento, moderándole la exce-
siva transcendencia y la avidez de lo abauluto. Santayana ha asociado el
"trascendentalismo" de la filosofía alemana -- de la cual hay tantas adherencias, sin embargo, en Martí -- con la gemuth y la musicofilia teutónica. Acaso airvió al equilibrio de Martí, a su peculiar armo-
nia, el ser más plástico que musical.
De eso econtraremos mucha indicio. Adclantaré/ahora que en el orden
religioso, por ejemplo (y Martí tenía -- posiciones intelectuales y con-
fesionales aparte -- un espíritu esencialmente religioso, "religador"),
ese fuerte sentido de lo conoreto, que se asociía a toda tendencia natu-
ralista, equilibró mucho su tendencia espiritualista, impidiendo que
desemboocara en un puro misticismo. Al mismo tiempo, el "ala" refrena-
ba por su parte, cualquier tentación a personalizar lo divino. Se explica
así la vaga inclinación panteísta de su pensamiento, panteíismo llam-
mos al espiritualismo absoluto que no quiere desprenderse del mundo.
La ansencia de humor
Resulta oportuno subrayar también aquí otro rasgo del espíritu mar-
tiano que ya dejé aludido en antiguer conferencia: la gravedad, la au-
sencia de humor, en Martí. De eso hay muchos indicios en su vida y en
su obra literaria. Las jocosidades de su primer período juvenil son
verdaderamente patéticas. "Cuba llora" le llamaban los jóvenes cuba-
nos expatriados en Madrid, y razasaná como, ando el tiempo, decía
que era teniéndole sacarse el Madrid jórico de las venas. En cierto
versos de ocasión y dedicatorias, spenta en juventud. Le una vez altero
delicado ingenio poético de matiz emocional; pero no el humor verdade-
ro. Cómo ppdía haberlo en un espíritu apasionado? El humor es siem-
pre un modo de desdoblamiento espiritual: se apoya a la vez en la em-
ociación y en la comprensión; se interesa por las cosas, pero no se en-
trega a ellas; éstas no le interesan -- para usar la palabra en otro
sentido -- el alma entera; no entran del todo en el ser. Lo movilizan
criticamente, pero no redentoramente. En todo humorista hay un pooo
de aquella cautela blandamente clínica de Montaigne, que se declaraba
partidario del ideal "hasta la horca... exclusive". El humorista
puede ser tierno, pero no heroico. Su reacción ante los equivocos e
injusticias del mundo es oblicua, casi siempre derrota! y en todo
filia tentónica. No treso quesirvio al equilibrio de Martí, a su
peculiar armonía, el ser más plástico que musical. En el orden del
pensamiento religioso (y Martí tenía -- posiciones intelectuales
aparte -- un espíritu esencialmente religioso, "religador") acaso
ese fuerte sentido de lo conoreto, que se asociía a toda tendencia
naturalista, contribuyó no poco a impedir que desembocara en un pu-
ro misticismo. El ala, empero, retenó por su parte la excesiva per-
sonalización de lo divino. Esa conjugación aquería e explicarse el
fondo panteísta de su pensamiento.
caso resignada a que las cosas sigan siendo lo que irremediablemente son. El apasionado, por el contrario, es siempre un optimista, y cuan-do más generoso, una voluntad redentora.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres o etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
Esa generosidad es constante, no sólo en su expresión literaria, sino también en su acción política, y aquí fue una gran fuerza, porque, exentando a los demás sobre su mérito real, les infundía como mucho.
una imagen ideal de sí mismo, una ilusión. Sexmae Gracias a esa generosaidad en la preciación, pudo Martí idealizar tanto a Cuba en la distancia y ahondar en los cubanos expatriados la voluntad de morir por ella.
-12- 159
una imagen ideal de sí mismo, una ilusión. Sexmae Gracias a esa generosaidad en la preciación, pudo Martí idealizar tanto a Cuba en la distancia y ahondar en los cubanos expatriados la voluntad de morir por ella.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres o etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
Esa generosaidad es constante, no sólo en su expresión literaria, sino también en su acción política, y aquí fue una gran fuerza, porque, exentando a los demás sobre su mérito real, les infundía como mucho.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres o etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres o etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres or etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres or etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, porque la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
La falta de humor en Martí se enlaza con el patetismo que ya examina-mos -- con la tendencia a exaltarlo todo, integrándolo en su propia emoción. Ahora es oportuno asociar esp también a falta de centide crítica, o, más exactamente, a la generosidad de su estimativa. A cada paso nos sorprende su largueza en la benevolencia para juzgar las cosas que ama -- ya sea obras, hombres or etapas históricas, como la precolombina en América. Esto entonces demasiado dominado por el amor para poder tomar ante las cosas esa actitud combinada de interés y desinterés, de presencia y distancia, que la crítica exige. El dictamen negativo le repugna como una forma de antipatía. Aunque alguna vez los hombres el "habito saludable de examinarse, y pedirse mutuas cuentas de sus vidas"; aunque opine que "los pueblos han de vivir criticándose, que la crítica es la salud", gusta más de afirmar que "el silencio es forma de desaprobación sobrada", y de sí mismo confiesa: "Cuando tengo que decir bien, hablo. Cuando mal, calle. Este es el modo mío de censurar". A menos que un interés superior exija lo contrario -- como en sus apreciaciones respecto de España oficial y de los Estados Unidos -- su tendencia es a buscar sólo bueno de las cosas y de los hombres. Así se explica aquella generosaidad con que defendía, por ejemplo, la poesía de Juan de Dios Peza, que a nosotros hoy nos parece tan prosaica y trivial. No es que no tuviese el sentido de los más altos valores, sino que tendía a exaltar el mérito ajeno para instalarlo en ellos.
y a toda superposición de la personalidad, ya sea individual o colectiva. Eso le comunicará a su pensamiento un celo por las ventajas de la educación y de la evaluación natural, un sentido dinámico y más bien futurista de la cultura, un desdén de todo lo arquológico e inerte. En este espíritu profundamente humano, nada hay, por ejemplo, de beatería humanista. No cree que debamos acogarnos a los canones de Grecia y Homa, culturas difuntas. Todo lo cual se recumiría tal vez recordando que no es un clásico, sino un romántico. Pero un romántico, no del tipo medievalizante y lunar, sino del solar y mesiánica, para quien el mundo todavía aguarda sus más luminosas alboradas.
Romanticismo y positivismo
Todo que nos ha acercado ya al examen de la otra condición, no ya interna, sino externa, que moduló la expresión de Martí: la cultura. Intendemos aquí por cultura las influencias espirituales que actúan sobre él desde fuera: las que contribuyen a formar su carácter intellectual. Son principalmente dos: la indirecta, que viene del ambiente general de la época; y la directa, constituida por la educación que recibe, por los libros que lee, por la irradiación de los hombres y las cosas más nobles con que entra en contacto.
La influenciabilidad de Martí se muestra siempre muy condicionada por su propia sustancia personal. Como he tratado de sugerir reiteradamente, Martí es, antes que nada, el mismo. La hechura natural de su espíritu es tan definida e imperiosa, que le confiere esencial autono-mía. Se incorporó sólo acentos y fórmulas afines a lo que ya estaba en él como natural tendencia. Eran las suyas adopciones por simpatía por comunidad de pathos. Le es aplicable la protesta cuando haando de Heredía escribe: "Nunca falta... quien sin mirar en las raíces de cada persona poética, ni pensar que los que vienen de igual raíz han de enseñarlo en la hoja, tenga por imitación o idolatría el paracimiento de un poeta con otro que le sea análogo por el carácter, las fuentes de la educación o la naturaleza del genio...". Sán embargo, él mismo anadía: "Ni Heredía ni nadie se libra de su tiempo".
El no se libró. Martí es un producto del Siglo XIX, como se he dicho que lo es América. Pero esa centuria -- escribí en otra ocasión -- no fue un llano del tiempo, sino que tuvo una doble vertiente: la romántica y la positivista. Con su destino natural de eminencia, martí surge en la arista misma donde el siglo se quiebra". Ya concesuena atada, sin embargo, el retraso general a que por ciertas circunstancias históricas se han visto sujetos los pueblos hispánicos y por causas geográficas además los americanos. El romanticismo sobrevive en España y en nuestra América más acá de la mitad del siglo. Sólo de un modo muy lento y ya hacia las pósprimerías decimononas alcanza a estos pueblos la influencia positivista. La madurez de Martí está muy condicionada por ella; pero su juventud es de acento romántico.
Sin propósito alguno de descubrir el Mediterráneo, sino para que nos entendamos mejor en las alusiones, recordemos brevemente lo que fueran ambas posiciones espirituales.
Qué significó esencialmente el Romanticismo -- aquélla de las tres grandes RRH que, con el Renacimiento y la Revolución Francesa, mantrixió a feoundar el espíritu de nuestro tiempo, o a estragarlo, como piensan ya algunos hoy día? Le gustan las definiciones que spoyan en lo trivial. Esto, lo trivial, suele ser cosa muy importante, por lo mismo que es de común percepción. Cuando de muchacho le pregunté a un mentor amado qué cosa era el Romanticismo, me respondió que era la actitud de espíritu en que a la gente le gustaba decir "Ayí". La caracterización podría parecer muy superficial; pero no temos las implicaciones de ella. Históricamente, el Romanticismo fue,
en efecto, una reacción contra ciertos estragoa intelctuales y sociales que habían puesto el espíritu, por así decir, en carne viva. El hombre sentía laitimado por el exceso de razón, por el exceso de disciplina, por los excesos de los demás hombres, de la vida miama y del Destino. (Fué entonces cuando esta palabra comenzó a tomar en sentido místico y fatal). Pero no se tenía el poder de ese sentimiento adolorido, sino que se le expresaba con toda efusión. El romántico tomaba el Yo a lo trágico y lo proyecto hacia fuera en busca de un conflicto o de consuelo. Lo lanzaba contra la sociedad de su tiempo, que le infundía tedio y menosprecio, como al Chatterton de Vigny, o lo amía en la evocación de pasados misteriosos y en la contemplación vagarosa y totalizadora del mundo natural, como Chateambriand. Rebelde, descontenta de su propia actualidad, el alma romántica gustaba de entrar en complicidades con lo antiguo, con lo exótico, con lo cósmico. En lon casos más agudo amaba también lo difunto, o lo que tenía una vida macilenta, próxima al gran misterio de la muerte. Era así un alma ávida -- nostálgica o mesiánica. La cultura que dió de sí fué una cultura del deber ser.
En cambio el positivismo fué la cultura de lo que se de hecho es. No una fuga ni una rebelión contra el mundo, sino más bien una reconciliación con él. No un desprecio de las cosas, de los intereses, de los fenómenos, en una palabra; de "lo positivo"; sino una voluntariosa y humilde proyección hacia los hechos, hasta los más triviales -- les petits faits vrais, como se decía en el lenguaje de Anguito Comte. A la exaltación de la subjetividad había seguido, por consigmente, la de lo objetivo en todas sus formas. Las conciencias tiernas, para recordar ahora a William James, se habían explazadas por las conciencias duran. Y, en consecuencia, la afición a lo absoluto, por la pescaria de lo relativo, y la poesía por la ciencia.
La reperciión en Martí
Si ahora tenemos en cuenta que Martí era hombre de ala y raíz, comprenderemos ya bien a qué tensión de influencias culturalas estuvo sometida su vida, y por qué un alma esencialmente romántica como la suya acabó por hacerle no pocas concesiones al espíritu contra rio. Vuelvo a citar palabras de un trabajo mío anterior: Martí "es un romántico por la sensibilidad, por el anhelo de absolutos, por la sobrevaloración de lo espiritual, por la tendencia a proyecto la intimidad del yo sobre la realidad externa, por la confianza en la bondad innata del hombre y el optimismo mesiánico que de ella se deriva; es un romántico también por la natriz idealista y monista de su filosofía. Pero todo ese romanticismo está contenido, frenado, equilibrado en él por la percepción vivísima del sentido objetivo y científico con que su siglo reaccionaba a los excesos anteriores del entusiasmo y de la fantasía".
Hasta cierto punto, este conflicto estuvo gravitando sobre la vida de Martí casi dede el comienzo. El ambiente intelectual o que responde su maestro Mendive, era el que irradiaba de don José de la Luz, el impugnador del antiescolasticismo de Varela, el impugnador del sincretismo vagaroso y romántico de Víctor Opusin; el preunar, en fin, del gusto y de la disciplina científicos; tanto no hay que elvidir que menízeo era como todo na peste, influencia de Luz en la parece haberme manifestado sólo en cierta prevención antitradicionalista que explica caría en parte sus actitudes patrióticas. En el momento todavía un romántico, como lo muestra sus veres, pero un romántico delicado, sobrio, más concentrado que efusivo, de gustos poco españoles. Sus versos estaban nublados ya del gris nordico y parecen anticipar aquellos "suspirillos germánicos" que se le habían de reprochar en España a Gustavo Adolfo Bécquer. No podemos olvidar esa primera influencia si queremos encontrar le raíz histórica a los Versa Sencillos de
Martí, aunque éstos resultaran de mucho más vigor plástico. De Lendi-
ve tal vez también cierta indiferencia a latines y Humanida-
des y cierto gusto de lo exótico. Se sabe que por entonces el ado-
cente tradujo a Moore y leyó con admiración a Shakespeare, aunque le
escandalizase que hubiera introducido ratones entre los sepultureros
de Hamlet.
Aquella primera etapa de formación del gusto se cierra, como record-
dará, con la lectura de la Biblia entrexix en su soledad pi-
nera, y acaso con la de Víctor Hugo ya y la de Lammenais. De esos ac-
centos poderosos del lenguaje militar versicular, de ese tono apostr-
fico de Hugo y del abate cuasi hereje, creemos hallar dejos en El Pres-
sidio político, el primer trabajo de Martí en España;
Pero la impregnación peninsular trae otras influencias. Aquella de
su primer destierro era la España dminada, al menos en el ambiente u-
niversitario, por las ideas liberales de la revolución del 68, que la
maron "la Gloriosa". Estas ideas se asistían del idealismo filosófico
krausista, recogido por Sanz del Río en Heidelberg. Pero todo era no-
vedad se perfilaba poléricamente sobre un fondo densamente tradi-
cionalista. Lo que más gravitaba aún sobre la cultura general de la
Península era la herencia escolástica y castiza. España seguía si-
do ese pueblo de antepasados que decía Nietzsche. Y su patrimonio de
cultura era, sobre todo, el de las letras del Siglo de Oro.
Esa fué, sin duda, la más fuerte influencia sobre Martí. Gracias a
ella, se le verá siempre a su expresión el trasfondo de la espanol,
con sus caracteres consabidos de individualismo y de concreción plástica.
Afirma el español la sustancia a través de sí mismo y de las
cosas. Ni se abstrae, ni abstrae de ellas. La histogía, el arte, la
meditación, la política y hasta la costumbre de España pregonan ese
personalismo realista. De ese nutre una peculiar inmediación y
concreción el estilo y en el pensamiento, atendiendo el español a huir
del ilado razonamiento, de lo discursivo y lógico, para entregarse a
lo afirmativo y sentencioso, como si lo simple enunciación de un con-
cepto bastara para asegurar su validez, como si la imagen enérgica o
el voluntarioo decir conllevaran segura sustancia. La prosa reflexi-
va española no es de proposiciones a demostrar, sino de posiciones a
revelar. Es prosa de creencia, de fe intelectual, de certidumbre. La
filosofía entendida el modo usual, le es extraña. hasta en su época
acaso más intelectualizada (la del conceptismo barroco, que tanto in-
fluyó sobre Martí), se caracteriza por una especie de oracularidad. En
nuestro tiempo, el acento característico no lo encontramos en razona-
dores a la francesa o a la elemana, sino en un afirmador vigoroso, ar-
diente y a menudo contradictorio, como Unamuno. Martí se bebió sus
clásicos de España. Por espeñola dice no hemos de querer mel
a Santa Teresa", como el río siempre justo lacea a mo-
sudo el reuseto de Graciá, de su "alma conceptuosa", y no, un frag-
mento suyo que elogía, del romanticismo hispano, no a Larra, no, sino
a Donoso Cortés, con todo lo que de él le separaba en el orden ideo-
lógico.
En tercer ambiente cultural que vivió kartí fué el de México, no
responde, como ya sabemos, a la etapa de crisis en su vida. Y fué es-
ta una crisis no sólo sentimental y moral, sino también intelectual.
Recordé en anterior conferencia que México estaba a la sazón en plena
era reformista, en lo social y político. Se salía del romantismo a
gudo de Acuña para entrar en la corriente positivista que poco ahon
más tarde.
Pero a los contenidos concretos de esas influencia, ya t niero
mejor ocasion de referirnos. Ahora sólo hablo de ambientes cultivos
Baste resumir el de España diciendo que, por la época en que vivió allí Martí, tradición y revolución, easticismo y romántismo se
liberal andaban a la greña. Ambos influyeron sobre aquel espírito
Fue — como ha dicho gráecamente Gabriela
Mistral — "al buenEditar que fuera foros por
seleccionar rodillos de la colección de vivadomir
sin saltarse ninguno, sólo que fuero entero,
sin ser molido y vuelto papilla por elas" (*).
Sin embargo, su hecha noble dejaron esas
copias del ketraus. Yo habí offición de ad-
ventirle en el estilo giros de gravia
luganeña que recuerdara a Santa Teresa,
a quien —día— for esforzando herru de
gran maíz; y la grama del Guervido
grave; la sánchez abundancia de Soa-
fedro y Fajardo, el regreso de Gración a
quien se admiró "alma conceptuosa". Me Y en
afoye de lo que soy sugerido cante, es
de notar que se recordar un frag-
(*) Gabriela Mistral: La Anguis de Martí (en
Habano, 1934)
99
Los estudios formales de Martí en España fueron de tachillerato, de Derecho, de Filosofía y Letras. De entonces data, como se colige por cierta petición epistolar-suya de las obras de Azcárate--el comienzo de una afición filosófica insistente, pero que nunca se llegó a encauzar en una severa disciplina. En general, lo más sustancioso de la cultura de Martí deriva de sus lecturas dispersas de la madurez, que fueron tan dispersas como copiosas.
Buena oportunidad es esta para ponderar lo que ese autodidactismo había de influir en su obra. Desde que hay instituciones y métodos de enseñanza en el mundo, está planteado, más o menos ostensiblemente, el debate sobre si supone o no una vontaje el aprendizaje por la propia cuenta. En América sobre todo, donde hemos tenido autodidactas geniales, como Sarmiento, se ha llegado a ponderar mucho la riqueza de saber y la independencia de juicio que de ese modo se cría. Pero no será que las más de las veces se comparan los autodidactas geniales con los didactos mediocres? Si en un nivel medio de aptitud, el aprendizaje institucional y metódico sólo da de sí un ordenamiento de la escasez y un disimulo de la puerta, convengamos en que la mediocridad autodidacta tampoco es fecunda, y resulta siempre caótica. Por lo que nece al talento excepcional, negar que se nutre y crea más con una administración metódica, se parece tesis demasiado anarquizante. No se cultiva mayor una tierra porque se la are en todos-
dos sentidos a la vez, porque se prescinda de abonarla y se le siempre distintas semillas. Ni sé que el cultivo ordenado haya frustrado nunca una capacidad creadora genuina. En cambio, el autodidacto de talento, cuando entra en ciertas profundidades, acuna siempre en alguna medida las consecuencias del desorden: cierta coninución, cierta huella de la acción precipitada, y, lo que no es menos grave, cierta provincia-
7 DR. JORGE MÁFACI 201
Amoas influyeron sobrequel espíritu extraordinariamente sensible.
Los estudios formales de Martí en España fueron de tachillerato, de Derecho, de Filosofía y Letras. De entonces data, como se colige por cierta petición epistolar-suya de las obras de Azcárate--el comienzo de una afición filosófica insistente, pero que nunca se llegó a encauzar en una severa disciplina. En general, lo más sustancioso de la cultura de Martí deriva de sus lecturas dispersas de la madurez, que fueron tan dispersas como copiosas.
Buena oportunidad es esta para ponderar lo que ese autodidactismo había de influir en su obra. Desde que hay instituciones y métodos de enseñanza en el mundo, está planteado, más o menos ostensiblemente, el debate sobre si supone o no una vontaje el aprendizaje por la propia cuenta. En América sobre todo, donde hemos tenido autodidactas geniales, como Sarmiento, se ha llegado a ponderar mucho la riqueza de saber y la independencia de juicio que de ese modo se cría. Pero no será que las más de las veces se comparan los autodidactas geniales con los didactos mediocres? Si en un nivel medio de aptitud, el aprendizaje institucional y metódico solo da de sí un ordenamiento de la escasez y un disimulo de la puerta, convengamos en que la mediocridad autodidacta tampoco es fecunda, y resulta siempre caótica. Por lo que nece al talento excepcional, negar que se nutre y crea más con una administración metódica, se parece tesis demasiado anarquizante. No se cultiva mayor una tierra porque se la are en todos-
nismo: un asombrarse de la ya muy revelado, una argüir lo ya patente. De esos peores estragos anelen salvarse los genios como Sarmiento y Martí. Y sin embargo, hasta a ellos les queda inevitablemente algo de simplistaunas veces y de selvático otras. Así le ocurre a nuestro gran escorritor cuando trata de lo que nunca llegó a estudiar metodicamente, como la filosofía y oleron temae científicos sin tangencia humana. Sólo que entonces la prodigiosa intención, la medestia respetosa y un talento expresivo incomparable compensan con oreces las limitaciones del aprendizaje.
Algo de la confusión elocamente del/aficionado, complicada con la inmadurez juvenil, se le debió de ver en México, el tercer ambiente cultural que contribuyó a su formación. Corresponde, como ya sabemos, a la etapa de crisis de su vida, crisis que no fue sólo sentimental y moral, sino también intelectual. El país mismo traxenha la transición romántica agudo a la etapa positivista que poos años más tarde había de culminar con la introducción formal de las doctrinas de Comte por Gabino Barreda. También vimos que esa crisis se carterió del materialismo XXXXX
Está por hacer -- y no cabe intentarlo aquí -- un estudio del mundo de alusión martiano (testimonio también, naturalmente, de su cultura); algo semejante a lo que respecto de Rubén Darío ha hecho/Arturo Marasso en una obra monumental (x).
Desde niño fue lector voraz, y sabemos que su experiencia de libros llegó a ser vastísima y sumamente variada. En el índice onomástico adscrito a la Edición Lex de sus obras, se cuentan no menos de tres mil nombres, casi todos de rango universal. Su impregnación de olíssicos españoles, como tantas veces se ha hecho notar, es evidente. En México parece haberse empapado más que nada de detras locales. Su actividad profesoral en Guatemala debió de obligarle a copiosas lecturas filosógicas, históricas y literarias de más amplio radio. De América se conocía desde el Popol Vuh y las crónicas de la Congnista hasta los antores de magisterio continental y las novedades que constantemente llegaban a su mesa de Nueva York: le apasionó adentrarse en las entrañas de lo americano a través de la letra como del paisaje y de la historia. En los Estados Unidos, aparte la curiosidad estudiosa de su pasado y de sus instituciones y el onídado, puramente intelectual, de mantenerse informado de la producción más eminente, la actividad periodística le hizo necesario leer asidnamente no sólo libros, sino también revistas y otras publicaciones de materias muy disímiles. Cuando se efectuó en Guatemala Conferencia Monetaria Internacional de 1890, a la que asistió ommo representante del Uruguay, pudo escribir, en español y en inglés, un informe sumamente avisado de cuestiones tan ajenas a su disciplina. De la cría de ganado fino o de hacer que escribe para su América con pareja información. Todo ese caudal de lecturas explican aquе-
(X) Rubén Darío y su creación poética (Mexico, La Plata, R.A., 1934).
Aprendió mucho, por otra parte, del trato con los hombres más diversos. Tenía una insaciable curiosidad del dato humano comoreto. En sus apuntes de viajes y en su diario dominico-cubano le vemos constantemente esa atención generosa a la personalidad ajena, asistida por una visión muy nítida de lo externo y una sagacidad extraordinaria para la penetración del carácter, lo que le permitía vigorosas síntesis descriptivas. Pergonalidad impresionante y sednotora laanya propia, se allanó en sus viajes el acceso a otros hombres de calibre, y consta en algunos casos el deslubramie, to que produjo. En España, el eminente orador liberal Cristino Martos decía de Martí que era uno de los hombres de más talento que había conocido. En los Estados Unidos, para mencionar sólo otro ejemplo, el gran periodista Dana, director de The Sun, franqué desde muy temprano el diario a sus colaboraciones, anneque tuvo que escribirlas al principio en francés para que le frenan traducciones, y a la muerte de Martí hizo Dana un conmovido elogio de la cultura del Martí tanto como de su alma férvida. Rubén Darío, Vargas Vila y muchos más dejaron parejos testimonios. Huelga decir que sus conversaciones con hombres semejantes debieron de contribuir, ya que no a enriquecer la cultura hecha de Martí, si a mantener ágil su sensibilidad y receptividad. Y eso que las circunstancias en que se desarrolló lo más granado de su vida le obligaron más bien al trato con hombres de acción y con hombres humildes.
Su cultura "de cosas" no era menos extraordinaria. En sus cuadernos de apuntes para el trabajo, no sólo anotaba significados de palabras y de conceptos, sino también menudas descripciones de objetos poco usuales, de plantas y de animales. Hay todo un cuaderno suyo de vacaciones dedicado a estudiar amorosamente, por observación direta, "la vida de los gusas". Poco "arqueológico" en general, amaba Martí, sin embargo, las ollas cultura enorme que se le derramaba/de la palabra coloquial y de la cual dan asombrado testimonio cuantos entonces le esoncharon.
la primitivas y sus vestigios. El gusto de lo exótico anele mostrara-le con una marcada preferencia por lo "oriental", en el sentido más amplio de la palabra. Ya veremos cómo esto repercute en sus escritos. De las cindades y pueblos que había visitado, así como de sus costumbres, conservaba las más vividas imágenes, que le permiten alusiones descriptivas de una precisión magnifica; y ann se conocía muy bien, por lectura, ingares donde nunca había estado. Amaba --ya lo vimos-- las finas tazas de porcelana, los pequeños objetos bellos en general. Pero su registro inclúa otros valores. Sabía, onal era el reatorán de Nueva York donde se podía llevar a algnien para gustar la mejor bonilla baise, aunque él mismo no inviese mayor apetito de somejentes snoulencias. Su mundo de alusiones, en fin, era extremo. Onalquier escrito suyo es susceptible de un inventario variadísimo, aunque de observar que a diferencia de Rubén Darío, los elementos "esteticistas" o de pura decoración abundan menos en Martí que los naturales o los de calor humano, y la mitología está casi ansente.
Con esa sensibilidad amorosa, enriquecida por tan varia cultura, se entrega Martí a su obra literaria.
Martí es esencialmente un poeta. Poeta, en el sentido más radical y a la vez más amplio de la palabra. Con esto se afirma algo que más de una vez ha sido puesto en duda --y no siempre por jueces de menor onantía. La dubitación, cuya motivos más inmediatos pueden ser importantes de considerar, obedece en el fondo, según creo, a una lastimosa orante frecuente confusión de la condición de poeta con la calidad poética, cosas que son afines, desde luego, pero distintas. Poesía de Martí, pero ya nuestra afirmación inicial resultaría arbitraria.
Explicación en tiempo y la afirmación inicial de que parbe resultaría arbitrario, si no se hiciese easeguide un esfuerzo por sustentarlo, anque ello oblige a una de esas teorizaciones breves para las cuales he pedido venia al lector. No se trata, en verdad, de ninguna ociosa divagación. De ciertas premisas generales depende no sólo el que se conceptue poeta a Martí, sino también el que se le comprenda y valore justamente como tal; y sobre todo, el que se advierta la profunda relación que hay entre su poesía y su temperamento amoroso.
Lo primero que me veo obligado a angerir es qué entiendo por poeta y por poesía. Difícil intento sin duda, respecto del cual nadie podrá hacerse ilusiones excesivas. Los poetas mismos nunca han sabido definir a derechas la poesía, como tampoco los filósofos han podido ponerse de acuerdo sobre lo que busca el filosofar. No es ya suggestiva esta coincidencia? Ello sin duda se debe a que toda definición es limite, y la poesía y la filosofía, por el contrario, son intentos de aprehender lo ilimitado: proyecciones del espíritu hacia la infinitud de lo absoluto.
Pero anque la definición exacta sea imposible, el renunciar signiera a una aproximación supone quedar totalmente a la merced de las vaguedades más desalentado-
ras, de los criterios más errabundos; o peor aún; de la total ansencia de
criterios. Recondoido a absolutismo esencial de la poesía, sino le será
posible, sin embargo, a la inteligencia, asistiendo de la sensibilidad,
hallar algún aside conceptual? La intención de lo que es poesía exclu-
ye totalmente la posibilidad de entender esa intención?
Em todo caso, nada perdemos con el esfuerzo.
Poesía como emoción
Creo que se puede iniciar la pesquisa por la vía más inmediata y humil-
de: la lingüística. Uno tiene que conservar la fe en que por alguna ra-
zón las cosas han sido llamadas como se llaman. Es sabido que la palabra
"poeta" viene del griego poítes, que significaba "hacedor", "inventor",
"creador". Nótense estas ecuaciones parentes de sentido que la etimolo-
gía nos transmite. No multitan envuelven, en realidad, una sutil jerargnía,
solo que en orden inverso?
En todo caso, nada perdemos con el esfuerzo. Y yo creo que se le
puede conducir por las vías más inmediatas y humildes de investigación.
Por lo pronto, la lingüística.
Uno tiene que conservar la fe en que por alguna razón las cosas han
sido llamadas como se llaman. Es sabido que la palra "poeta" viene
del griego poítes, que significaba "hacedor", "inventor", er ador",
aparentes. Nótense ya estas ecuaciones/de sentido que la etimolo-
gía nos transmite.
No conflten, en realidad, una sutil jerargnía en orden inverso?
absolutamente
Lo que se dice/crear, traer algo a la realidad sin elementos pre-
vios (ex nihilo) es tarea que sólo puede atribuirse a la misteriosa po-
tencia de Dios. Por eso se gustó siempre de llamar "divinos" a los po-
tas y de decir que cantaban bajo la "inspiración", bajo el entusiasmo",
entendido como un en-theos, un estar "lleno de Dios". Exxzlaraves que
tranraxhipirhistria la parencia que también ellos crearan mundos in-
testantes. Pero clero que todo eso eró hi érbole. Lo más próximo a la
-175-
Pero clero que todo eso era hi érbole. Lo más próximo a la creación divina es la pro-creación biológica, en que el amor, de elementos ya existentes, aunque difusos, forma un nuevo ser. In eso están yo implícitas, además de la compenetración amorosa, la organización y la vida. Organizando lo disfaz la vida. El amor enriquece la suma total de vida en el universo. Sucle decirse que el padre y la madre "hacer" un hijo. Un estat expresión de la cruda lengua vulgar, se ve ya la transición del crear rol tivo, de la procreación, al hacer. Hacer no es más que juntar o combinar según determinado designio, faena que el inventor realiza en un plano a n más próximo a la creación pura. La idea que sirve de enlace a esos grados del realizar es la de interración. Si en el poeta se vió un orcador, un inventor, un hacedor por antonomasia, será porque es el quien de modo más eminente, con eficacia de amor, junta las cosas con las almas, y ésta entre sí, para enriquecer la vida del espíritu.
Pero antes que el poeta esté la poesía, examinó este concepto, con el dardo la misma minima. Yo urte que él. No consideremos aún poesía como arte, sino como hecho, por así decir, natural. Cuando hablamos, por ejemplo, de "la poesía de una tarde lluvia", la poesía de un camino solitario, la poesía de "la noche estrellada", la poesía en la minida de un niño, la de una rosa. Qué queremos decir? Qué es lo que establece una afinidad entre esos hechos y experiencias?
Indicamos, por de pronto, un momento de la realidad externa en que esta nos emociona. Sin esta relación, sin esto justa con nuestro espíritu, es obvio que no se da el hecho poético. Este no existe en sí, si no en nosotros, pero a virtud de lo que somos nosotros. Hay Tiene que haber circunstancias externas que propician la valoración poética, como toda valoración, esta es obra del alma, y la experiencia psíquica con que ese valor poético se acredita es la emoción.
Lo que hace preuntado antes alguna vez a qué responde esa agitación interior que experimenta cuando al o más mueve o más commueve? Ilor qué ciertas experiencias nos extraen extremen? La emoción vulgar, de que todos somos oapaces, es como una reacción del espíritu ante cierzas claras incitaciones externas que nos producen tristeza o spurilo alarma o confianza, que nos araen o nos repelen; y yo orco que en el fondo de eso lo que esté en juego es sentimiento fundamental de soquidad o de inquietud del hombre respecto de la instancia exterior, de la circunstancia. La emoción no vulgar, sino poética, aquélla por la cual determinados espíritus sienten que en determinadas oas "hay poesía", requiere de ellos una capacidad y una avidez particularmente intensa de solidaridad, y en las cosas mismas alón complejo peculiar de circunstancias que por asociación de ideas o de imágenes susite esa reacción de simpatía, ese sentir con ellas". En el con-moverse o estar con-movido se extreme esa reacción, cuya contraparte es el mic-
do a disociarse o a desinterrarse, el minimo terror primordial de la criatura a la anulación de sí misma o a la soledad absoluta. La emoción, en suma, parece ser el modo como sentimos, o como echamos de menos, la energía con que toda realidad procura su propia integración.
Hay momentos en que las cosas se dan con tal pureza, tan despojadas de acoidentes ocultadores, o en que nosotros mismos nos sentimos tan puros, tan libres de los egoíamos particularistas en que la existencia individual se asienta, que experimentamos vivamente, concientemente, ese movimiento profundo de la calidad. En las tardes de lluvia, la Naturaleza parece humanizarse, entristecerse y hasta llorar ella misma: nosotros la sentimos penetrar tanto en el fondo de melanoolia (la angustia existencial?) que llevamos siempre latente. El camino solitario nos habla con la muda y como desesperada eloucuencia de las cosas que destinadas a la comunicación, se parecen momentáneamente frustradas en ese destino, y como nosotros mismos en los momentos de aislamiento, también el camino se sentimiento entresa "desolado". La noche estrellada infunde un sentimiento perplexo: el de que hay podres y mundos infinitos respecto de los cuales no somos sino criaturas minúsculas y desvalidas. Este mantén sentir que "no somos nada" nos mantén querer fundirnos con la realidad oámica, a buscar salvación ella. También la mirada de un niño tiene, en su pureza y en su serenidad, algo del misterio estelar de la noche, pero necido a una dimensión humana en que se mantén la ansia de solidaridad se manifiesta como con-pasión ante el desvalimiento infantil. La rosa, en fin, xíxixixxxtx de integración, es el eterno símbolo de ese anhelo humano de unidad. Dondequiera que los misibles son momentos de poesía todos ellos en que de un modo misterioso (por de la poesía es siempre misterio, cosa tan honda que siente, pero no se "ve") nos vivimos unos con todo lo que es, o por el contrario, huérfanos de esa solidaridad.
Un gran poeta, que fue también un meditador profundo sobre su propia tarea, Schiller, apuntó ya algo de eso en un magnífico estudio: Poesía ingenua y poesía sentimental. (Ingenua, por cierto, en el sentido que antes usamos esa palabra respecto a Martí. .) Hablando de las cosas que al poeta conmueven, escribe Schiller: "No son esos objetos mismos, es una idea representada por esos objetos lo que amamos en ellos. Amamos en ellos la serena vida creadora, el silencioso obrar por sí solo, la existencia según leyes propias, la necesidad anterior, la unidad eterna consigo mismo. ." En otrá palabras, el poeta ama la unidad universal aludida en las cosas; lo que pone en palabras esa emoción del Todo.
Emoción del Todo: ¿no definía Hegel precisamente así el amor?. . Pues ansoribamonos a esa intuición de aquellos grandes románticos; atrevémanos a nosotros, sin más, que poesía es esencialmente eso: un modo del intelletto d'a-more; que también habla decho Dante un sentir en algún momento, por cualquiera motivo, la secreta comunicación que entre las cosas existe y que a tantos pasa inadvertida; la unidad, en fin, del ser en lo diverso. Por mismo
En lo bello se hace patente, ya sea por obra de la naturalza o por obra del arte, esa armonía profunda que mixeuxperdiensxinterraciones en las cosas existe y que el poeta echa a mundo de menos entre los hombres. Por que el arte se afana tras esa armonía, sus técnicas -- hasta las más materiales o sensibles -- consisten siempre en una superación de lo discorde. Es precisamente ahí donde arte y poesía se tocan, como modo y sustancia de amor respectivamente.
En suma, así en la forma como en el fondo, poesía es múnadero, amar, xímbrica, y a su modo del corazón, com-prender. De ahí la vinculación profunda entre la filosofía y la poesía, y por eso decía Sócrates que todo lo que sabía lo sabía por amor. En la definición más sencilla que de la poesía se ha hecho, Bécquer escribió: "Poesía eres tú". Tú, es decir, la amada. Y Martí mismo refiriéndose al entusiasmo poético:
Tu sólo, sólo tú, sabes el modo de reducir el universo a un beso!
No se ve ya por qué digo que Martí es esencialmente un poeta?. . Lo es,
qué, sino por eso, han sido siempre el amor y la muerte, los temas cardinales del poeta? El amor, la fuerza integradora; la muerte, la desintegración irreparable de lo individual, pero obediente a un supremo designio unitario. . . En cambio, la mera disolución humana, el odio, nunca ha sido experiencia poética (annque pueda ser materia de arte, lo onal ya es otra cosa), ni han dado james poesía los momentos cargados de odio. La emociación de solidaridad que anda dispersa por el mundo y le da a la Humanidad, como dijo Schiller, "en expresión más completa", así también el poeta en actos", como se llamó Martí a sí mismo, junta emociación de hombres para crear un pueblo.
Los recursos del poeta
Pero ahora estamos hablando del poeta de palabras. Valdrá la pena considerar también sus técnicas. Cómo procede el poeta, ya se
En el fondo, toda poesía; Así en la forma como en el fondo; es com-prender amar. ¡No desía Sócrates que todo lo que sabía lo sabía por amor?
En la definición más sencilla y profunda taíve que de la poesía se haga necho. Bécquer edoribió: "Poecía ores tú"; es decir, la amida. Y Martín mismo dirá, refinándose al entusiasmo poético;
No se ve ya por que digo que marti en esencialmente un poeta? . . Lo es, añadí antes, en el más amplio sentido. Porque el amor no engendra sólo en la belleza, como en el mito platónico, sino también en la Historia. También ella engendra nueva vida, organiza las energías espirituales con que se constituye una nueva existencia. Así como el poeta en palabras recanda y articula emociación de solidaridad que anda dispersa por el mundo y le da a la Humanidad, como dijo Schiller, "en expresión más completa", así también el poeta en actos", como se llamó Martí a sí mismo, junta emociación de hombres para crear un pueblo.
Pero en un sentido literario más restringido, el poeta específico es el que logra expresar la emoción de la solidaridad (o de las frustraciones y avides de ella) mediante ciertos procedimientos verbales que justamente son eficaces porque constituyen otros tantos mecanismos de solidaridad con que se acentúa la intención unificadora de toda poesía.
El primero de tales recursos es la condensación. El poeta tiende a ser breve, pero sobre todo concentrado. Ha de suprimir todo l, que diluya y desparrame con perjuicio de la esencia; ha de cargar su lenguaje de sustancia viva y pura. Tal vez por eso la poetisa norteamericana Certrude Stein escribió que la poesía es esencialmente un vocabulario, y sobre todo un vocabulario de nombres, de sustantivos. Consiste -- decía en su balbuceante pero agudo lenguaje -- consiste la poesía en usar y abusar del nombre, en quererlo y perderlo, en traicionarlo y acariciarlo. Exxixyxxxxx La quería insinuar con eso, creo yo, es que exxixyxxxxx
das en un mismo movimiento del espíritu, implicadas en la misteriosa solidaridad de todo lo real? Es el amor el que siente ese amor de todas las cosas entre sí.
A ese mismo género de recurso expresivo pertenece el símbolo en el sentido corriente. Para la imagen, después de todo, no es más que un símbolo menor, usado como casualmente o sin deliberación; por un mero fiat intuitivo. El símbolo propiamente dicho es ya más deliberado e intelectual, y abuhda en los poetas que, como Martí, están muy cargados de pensamiento al par que de emoción poética. Con él se subraya, además, la preocupación o intención particularmente armonizadora que tales poetas suelen tener.
Anodemos un cuarto recurso de la poesía: la música. Ya hace muchos siglos que Pitágoras le adivinó su sentido metafísico, su raíz en la entrañía misma del Ser. Todo lo formado, todo lo integrado, es a virtud del número -- esencia a su vez de la forma musical. El unitario girar del universo sobre su propio ejecución en su rotación perfecta la serenidad absoluta de Dios, producción, según los antiguos, la música de las esferas. Nace el arte musical asociado a la expresión más concreta de los sentimientos, en la danza. La experiencia universal nos atestigua la eficacia de ese que no superada por más demás, para suscitar nuestra emoción, esto es, para ponermos a toto con el movimiento más íntimo de las almas y las cosas. Lo medios no va con la palabra del poeta, por ninguna superposición caprichosa, sino porque es otro de los recursos de forma con que se acetúa la eficacia integradora y comunicativa de la tarea poética.
Yo creo que dicho sea en paréntesis no del todo importante que una de las razones por las cuales en los últimos tiempos la poesía se ha venido sintiendo tan tentada de prescindir de la música, es que el alma moderna misma tiene su razón integra en crisis. No lo suficiente para que no haya poesía, pero sí lo bastante para que ésta se manifeste con una especie de atomismo verbal, acumulativo y anárgnico, cuando más, estructurado por yuxtaposición, como un reflejo acaso del mecanicismo que priva en nuestro mundo tecnificado. Sabemos que en los últimos tiempos llegó casi a verse proserita la rima, y hasta el ritmo, que estata asociado a toda la gran tradición poética. Espírita como Whitman y Martí, la praezistánica extraklavrina preferencia por el verso libre reflejó, en determinado momento, agudización de la conciencia individualista y liberal que, de hecho, fré el preludio de la crisis social contemporánea. La forma está mucho más en servidumbre de lo que parece, no ya sólo sino también respecto del espíritu creador, y del ánimo social.
109
---
La concepción de la poesía en Martí
Qué idea tiene Martí de la poesía, del poeta, de la tarea poética?
Esta pesquisa corresponde, en rigor, al entorno del pensamiento martiano, pero convendrá anticiparla, a fin de comprender mejor el espírit de la poesía del propio Martí, que eneguida entiende. No debemos olvidar que, por proceder del mismo fondo integral de conciencia, las ideas en Martí contribuyen a explicar su sensibilidad, como ésta, a su vez, explica sus ideas. La poética martiana es tanto una introducción a su hacer poético como a su pensamiento central.
También Martí está demasiado inmerso en el misterio de la poesía para poder definirlo entrixtamente. De la poesía ha dicho más bien cosas descriptivas e incidentales, o cosas. . . poéticas: meros tropos almívivos, avidas metáforas. Por ejemplo: "es la poesía breve espuma de mar hondo, que sólo sale a flote cuando hay mar hondo". . . "Poesía es un pedazo de nuestros entrañas, o el aroma del espíritu, recorido, como en cáliz de flor, por manos delicadas y piadosas"; etcétera. Sin embargo, abandan también aguerencias de más precisión conceptual en los trabajos de crítica o exegesis de poetas que Martí escribió. Vamos a ver cómo esas apreciaciones corroboran lo que exírez dejo dicho sobre la poesía en general, y cómo revelan una concepción de la poesía que, sin desviarse de esa idea central, se va modificando por la instancia histórica.
En Martí
Hay, por lo pronto, un sentido metafísico de la poesía que coincide especialmente con la noción que de ella nos hemos hecho como afén de unidad y, por tanto, como amor y dolor. Ante todo, la distingue implícitamente entre poesía y poesía escrita, o "versap". La primera no está sólo en el poeta; antes que en él, se halla en la Naturaleza, y an por encima de ella, en el orden general de la realidad. Si en más de una ocasión escribe que "el poema está en la Naturaleza", otras va mucho más allá para describir una superior presencia de lo poético. Considérese, por ejemplo, esta reflexión: "Las religiones, en lo que tienen de inefable y puro, son forma de la poesía que el hombre presiende fuera de la vida; son la poesía del mundo venidero". Hay, pues, una poesía como realidad transcendente y una historia histórica, prometida al hombre. En otra ocasión dice Martí que los poetas, "en medio a tanta humana realidad, anuncian y progenen la realidad divina".
Descartemos de esas pensamientos toda connotación religiosa trivial. Martí excluye Al decir de las religiones que son formas de poesía, Martí excluye piensa en lo que aquellas tienen "de inefable y puro", no de dogmático e histórico. Ahora bien, quécosa es religión -- "religación" -- en ese paño, sino el esentío de la xixiata vinculación de todas las cosas bajo un principio único? Estes precisamente el concepto que de la xixiata religión tiene Martí, como cuando dice, por ejemplo, que "la religión verdadera y perturbable está escrrita en las armonías de La Naturaleza". Pero la vocació de i tegridad que esas armonías manifestan es justamente lo que hemos llamado amor en dimensión metafísica, también Martí angiera esa equivalencia "el amor --dice-- conduce a la religión de la Naturaleza". Se explica, pues por qué manti entiende que hay una poesía superior al hombre, realidad que éste "presiente" y de la oval las religiones son, como la poesía de los poetas, una forma de intricción.
que todo esto no se halla tan razonado en Martí? . . . No. Martí rara vez emplea, como decía de Whitman, "las formas pedestres del arrugamento". No es un razonador; es un intrigador, es un poeta. Pero eso nos va da en mostrar las implicaciones conceptuales de su intricción, de la poesía como vocación de unidad en el ser, y por tanto en el hombre como aviado o frustración de amor, la veremos abundantemente confirmada en una versa de Martí.
Acano la exposición más compuesta de las ideas de la poesía y como inspiración de exírez se halla en el primero de sus estudios sobre el poeta en banco Francisco Sellén. "Poesía --escribe-- no es, de seguro lo que corre con el nombre, sino lo heroico y virgíneo de los sentimientos,
puesto de modo que vaya conando y lleve como alas, o lo florido y atil a del alma humana, y la de la tierra, y sus armonías y cologías, o el cono cierto de mundos en que el hombre sublimado se anega y resplandece". .. Adviértase ante todo: poesía es emoción, es sentimiento. Sellén --escrite Martí más abajo -- "expresa la pasión, que es lo esencial de la poesía". Y insiste: "La emoción en poesía es lo primero, como señal de la pasión que la mueve. .. Sin emoción se puede ser escultor en verso, o pintor en verso; pero no poeta". En otro trabajo amo dirá: "lo que importa en poesía es sentir, parézase o no a lo que haya sentido otro; y lo que siente nuevamente, es nuevo".
Con esa insistencia reafirma Martí el requisito esencial de lo poético, justamente por la época en que la reacción contra el romantico inclinaba la poesía ya hacia una presentación de ideas o de estados mentales --como en Nuñez de Arce, por ejemplo --, ya hacia una fría objetividad descriptiva, como en los parnasianos francéses. "In lo poético --precisa Martí-- no es el entendimiento lo principal, sino cierto estado de espírito confuso y tempeatado, en que la mente funciona de mero auxiliar, poniendo y quitando, hasta queda en música, lo que viene se fuera de ella". Mi Increcio ni Dante, en efecto, ann poetas por la metarísica que en sus poemas pusieron, sino por la emoción con que de ella hablaron luego de pensarla, o acaso por la emoción misma con que la pensaron. Pues a ciertas alturas, la emoción en sí es ya una vivencia de la realidad metafísica: un penetrar, con las razones pascalianas del corazón, en el misterio de la solidaridad universal. ¿No es x eso lo que Martí claramente deja entender cuando, en el propio estudio sobre Sellén, dice que la poesía capta "el concierto de mundos en que el hombre ablimado se anega y resplandece"; que "el poeta, magnífico, proclama en las alturas la fraternidad universal"; que en el poema ha de imperar "la música simple y colosal del "niverno"? Esa el clandestino es la emoción esencial de la poesía, y countless veces se la siente en "nova", porque responde a lo originar y eterno. Si lo que enten el mismo todo alma valider, podremos reconocer ahora que esa intención de lo mismo en lo multiple a que Martí se refiere no es sino una emoción de amor.
La asociación del sentimiento poético con el sentimiento amoroso en algo no de que grado en muy frecuentemente explicita en Martí. Es de notar, sin embargo, que prefiere hablar de la emoción poética más bien como dolor. No creo que esto sea un contagio de la rutina romántica, de agnella "idolatría del dolor", considerado como fin en sí, que Pierre Laserre extrema le atribuyen al romanticismo. (x). Laximería del dolor en demasia do evidente en la vida de Martí, así como la sinceridad con que le atribuye una fuerza elevadora y purificadora. Algo he dicho ya de cómo el dolor nace en él de su propia fuerza de amor. Cité las palabras que con evidente adhesión se refieren al evengelro del Buda: "El dolor viene desear". Viene, por tanto, de querer, y sobre todo de querer demasiado. En la estrofa tachada de cierto poema amo, había escrito Martí: "Amar, agonía. .. En tónigo el exceso de amor!" Lo propio de una capacidad amorosa tan vasta como la amya era ése no hallar, como le decía a Rosario de la Peña, donde "ponerse entera", y el ancia y sufrimiento que de esa limitación resulta. El amor es como la sombra del dolor.
Martí tiende naturalmente a atribuirle a toda poesía ese contenido emocional que en sí mismo halla. Por el amor, el poeta aspira a la perfección del bien y de la belleza; por el dolor, siente los vacíos y los obstáculos frente a esa aspiración. El poeta] a redimir. No es el dolor un mero episodio estéril del alma: tiene también una fuerza reveladora. En la dicha que al poeta"le crece de su mismo dolor, como la antora que sigue a la noche, ... aprende sin violencia, que con el testimonio mnénime de cuanto existe, que lo eterno es apetecible y hermoso, que a la pena se la ha de cortejar en vez de huir, porque el que renuncia a sí, y se doma, entra desde esta vida en un gose de majestad y divino albedrío, por donde el espírito, enlazado con el universo, pierde la noción y el apetido de la muerte". Vemos cómo amor y dolor se conjugan, según Martí, para la intención radical del Ser.
(*) Pierre Laocto: Le romantisme francais (Paris, 19)
Esto nos trae ya a considerar la misión y servicio que Martí le atribuye a la poesía escrita y, por tanto, al poeta. En su ensayo soberio sobre Pérez Bonalde, del que dijo Juan Martíllena que era "sin duda, la más intimo y ambicioso que salió de su pluma" (xl), describe a los poetas como "jóvenes eternos. . . sentidores exaltables, reveladores y veedores, hijos de la paz y padres de ella; . . . creyendes fogosos, hambrientos de hermura, devoradores de amor, mal hechos a los pies y a los terminos, henidos de recuerdos, de nubes y de alas. . ." Quién no ve ahí todavía el concepto romántico del "barido" y de la función poética como algo transcendente y dramático?
Qué ancha distancia no media aún entre yo y la tendencia esteticiata finisceolar, que a larga desembocaría, para nuestro tiempo, en el modernismo y en la poesía como puro regreso de la intención, cuando no como un juego de bellas palabras? De nada habla Martí con más evidente desdén que de esas tendencias, que comenzaban a aflorar en su época, o de la melancolía que hoy llamariamos "esca-pista". Chando comenta, conmovido, la muerte de Julian del Casa, se dreele también de que, por gustar tanto del verso de Francia, le hubiese tomaado "la poesía nula y de desagano falso e innecesario".
Para Martí, la verdadera poesía tiene una misión reveladora, incitado a, purificadora. Ensancha nuestra capacidad de contemplación, como el pensamiento, pero sobre todo, puesto que en esencialmente emoción, nos acrece el amor a la naturaleza y al hombre. El dolor que al poeta puríficecendra, eleva también el espíritu de quien amo verso recibe, "insinnando en el alma depurada la certidumbre de la serena aternidad y el parentesco de todo lo creado". De ahí, en orden inverso, los tres contenidos principales que a la poesía asigna Martí: "la flor de nuestro dolor, la chiapa de la colera pública, y el choque vítido del alma vibrante y la beldad de la naturaleza".
Extranjero ser trágico, dolorido de amor, el poeta ha de haber sentido como nadie que al vivir en drama, pero su tarea en penetrar en el sentimiento del sufrimiento y, "demando a la vida su secreto", recordiar a los hombres con ella. El dolor de vivir se ha de resolver en amor por todo lo creado, pues el sufrimiento nade la desintegración, de sentirse mutilado, encindido frente a la vocación unitaria de las cosas y las almas. Lejos de tener una misión contemplativa o meramente confesional, a la poesía le asiste una responsabilidad: "Loa veras no se han de hacer para decir que se está contento o que se está triste, sino para ser útil al mundo. . ."
A esta especie deutilétarismo poético no es ajena, tal vez, la transición del espíritu romántico a la visión positivista. Con ella asoma un sentido social que podemos añadir al sentido metafísico y al sentido moral en la concepción martiana de la poesía. El fondo de esa nuevo se advierte ya en el estudio sobre Pérez Bonalde que antes elé. Enméntrase allí una crítica profunda del prolo lirismo, crítica que se asociía a las ideas sociales y políticas de Martí y hasta a su filosofía de la Historia. Adelantemos aquí lo necesario para illustrar lo que constituye una evolución, post-romántica ya, de su propio espíritu. Martí se que su época asiste a una crisis del individualismo. La señal de esa crisis en la duda, el desconcierto, la falta de asideros filosóficos, la insecuridad. Se ha producido así lo que él llama "una apasión de la vida histórica"; eato es, de la vida social. El hombre se ha individualizadoadamente; el poeta se refugia en su biografía, se repliega a su intimidad. De ahí que "la vida personal, dodadora, alarma, preguntadora, inquieta, anzobólica; la vida inti a y febrid, no bien encendido, pujante, a manera ha venido a ser el asunto principal, y, omita la Naturaleza, el único asunto legítimo de la poesía moderna".
Pero desde esa crisis, Martí columbra ya la emergencia, no lejana, de una nueva vida en que, más ajustado el hombre a la naturaleza, y la sociedad
112
al hombre, piedad ambon ascender a la plenitud histórica. Lo que hay de romántico en laartí, asistido por las ideas evolucionistas de su tiempo,obre las cuales pone él un acento revolucionario, tiende su puente mesiánico hacia ese futuro. "No hay occidente --escribe-- para el espíritu del hombre; no hay más que norte, coronado de luz. La montaña acaba en pico; en cresta la ola empinada que la tempestad arremolina y echa al cielo; y en cima ha de acabar la vida humana". De ese destino ha de ser nuncio la nueva poesía que ya en los Estados Unidos se alzaba, cuando tales profedías se erribieron, en la voz también profética de Whitman.
No sé de mejor introducción al entodo, detrás de la poesía martiana que extranjina la crónica peraltada de entusiasmo orítico que Martí dedicó al poeta de Hojas de verba. Ese escrito es de 1887. Luchas de las cosas que en él se dicen a propósito 1: Whitman, ayudan a entender carácteres que dede mucho años antes se daban ya en la poesía del propio Martí. Con el angelic comento que Whitman no influyó en su modo poético, ni que más bien lo convalidó, si vale la palabra. Encontró el cubano en él un alma poética gemela de la amya, una expresión en cuya apología él mismo se salvaba. Aquí, como en tantas otras de sus grandes loas, hay una consciencia de afinidad. El entierismo con que habla de las ideas y del verso whitmanos traduce una propia convicción.
qué es lo que nos dice de Whitman? Nos dice que es un poeta "natural", es decir, no méramente libresco; que su voz nada tiene que ver con el acento académico de los hombres a quienes "universidades y latines" han de formado espiritualmente. Uniéndolos a formulas y sectas, apartándolos de la Naturaleza, deviándolos de "lo esencial y eterno". En el poeta de Calamus ha de salir de daemolax aquel escapismo lírico que cuatro años había denunciado como análisis histórico; "Cada estado social --escribe Martí -- trae su expresión a literatura, de tal modo que por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos con más verdad que por sus cronicones y sus décadas", la poesía de Whitman expresa, por lo pronto. "la vida libre y corosa del hombre en un continente nuevo", el espíritu de un pueblo en que se ha juntado "la mayor suma de hombres libres y trabajadores que vió jamás la tierra". De esa nueva vida emana "una filosofía sana y buena rostura", regida por un sentido profundo de la solidaridad y de la libertad.
La raía de esta filosofía se halla en la certidumbre de que "no puede haber contradicciones en la Naturaleza"; "todo está en todo, y lo uno explica lo otro". "Convenido de la identidad del Universo", Whitman anuncia el advenimiento de una literatura que, tomando ejemplo de esa integridad, ha de superar las menguadas divisiones de los hombres y a revelarles "un estado social más cercano a la perfección que todos los conocidos", el reino futuro de la concordia y de la libertad como "religión definitiva". Martí ve a Whitman, en suma, como el poeta en quien el amor asume dimensión profética; el que celebra "la pasión que ha de unir a los hombres". Su eros vital y social tiene un alcance metálico: "El prevé que, así como ya se juntan en grado extreme la vi-
rilidad y la ternura en los hombres de genio superior, en la paz deleito sa
en que descansará la vida han de juntarse, con solemnidad y juntillo dignos
del Universo, las dos energías que han necesidad dividirse para continuar
la faena de la creación". Este es el pensamiento en que, como veremos, se
resolvera también el dualismo martiano.
Se comprende que el gran amoros natural que en Martí había se sintiese
tan compenetrado con el mensaje de Whitman. Ese testimonio de afinidad abo-
na, por otra parte, lo que al principio generalizamos como designio profun-
do de toda poesía, y nos prepara ya para aprehender lo esencial
del pensamiento martiano, que deriva todo de esa misma raíz: la vocación
integral de todo lo que existe. Por ese sentido permanente de lo poético
se justifica la función redentora y reintegradora que Martí le a tribuye a
la poesía del tiempo nuevo. "Lo que ha de hacer el poeta ahora -- escribe
en otro lugar -- es aconsejar a los hombres que se quieran bien, y pintar
todo lo hermoso del mundo. . . , y castigar con la poesía, como con el lát-
tigo, a los que quieran quitar a los hombres su libertad". Véase cómo se
enlazan profundamente en su pensamiento el hombre de letras y el de acción
histórica. En Martí apunta un sentido social de la poesía que, hasta donde
se me alcanza, no había sigiiera asomado antes en la poesía española o hispanoamericana. Pues el año no es el mero liberalismo político de la poesía civil tradicional, ni el vago filantrópismo racionalista del siglo XVIII,
sino algo de intención social más profunda, que se vinculaba a un concepto
integral de la libertad.
La concepción de la forma poética
Artífice enidadoso del verso, como de toda expresión, Martí habla mucho
de la forma poética, pero no siempre guardan una norma una coherencia evidente. Le parece, sin embargo, que se las puede clasificar según la triple concepción que Martí se hace de la tarea poética como aprehension de lo eterno, como edificación moral y como incitación para un mundo mejor. A cada una de esas intenciones corresponden requisitos peculiares de expresión
En cuanto es una contemplación de las esencias y concentrada ella misma. "El verso -- dice Martí -- es esencia, o no es"; "por donde quiera que se quiebre, ha de dar luz y perfume". Más cabalmente señala sus requisitos cuando habla de "aquel can-dor, esencia y música, breves por si misma excelitud, que son las dotes de la legítima poesía". La insistencia de Martí en maxima rechazar el verso frenteno y ornado es constante. Todo esto se liga a una creación de fondo. Como vimos, la emoción es para Martí lo esencial. Pero hace una importante reserva: no enalqnier emoción es digna del verso, sino sólo "la emoción in-esperada y suprema, por donde, en una hora propicia, culmina una espacie de emociones semejantes". La posición exacta de Martí entre el romantismo can-doso y el modernismo de exquisitas alquimian verbales, se formula en una reflexiónanya a propósito de Julián del Casal: "No se ha de decir lo raro, sino el insante raro de la emoción noble o graciosa", y eso, claro está, pide una extrema delicadeza verbal.
Hay otra fraseanya, deslizada sin mayor explanación o asistencia de porces en un escrito narrativo, que resulta bastante misteriosa, pero que quizás abona lo que acaba de decir respecto a la ubicación martiana en cuanto a la forma. "Tal vez -- confetró Martí -- la poesía no es más que la distancia". . . Parece obvio que no se refiriese a ningún alejamiento espiritual en la memoria sino a una decantación/de la experiencia emotiva. Esto también significaría una consigna rebasadora del poetizar romántico. Alguna vez, a propósito de
Heredia, apuntó que los románticos gustaban de escorbir sus versos bajo el arrebato de la emoción, como si dijeramos en presencia de ella. "Padme la lira! -- exclama el cardo del Niágara --; dádmela, que siento/ en mi pecho arder la inspiración!". De esta especie de inmediatamente emocional se derivaba una falta de perspectiva, de jerarquía, de selectividad: unaerte de "ahí va todo" poético. En la empieción, el metal fino y la ganga salían juntos del pecho del poeta. Martí también piensa que la poesía se nutre de la experiencia emocional intensa, parece advertir que la visita de la inspiración poética genínea ha de estar algo alejada de ella: creación del poeta sería así una perspectiva mental sobre la propia emoción, o sencillamente una emoción atenuada en el remerdo. Como veremos, no realiza el nextar desde el primer momento ese desideratum, pero sí se le acercará más y más hasta alcanzarlo en un obra poética final.
Es obvio que para Martí toda poesía tiene una base objetiva, puesto que la emoción es un esencia. El tema en simplemente el motivo de la emoción, en cuando ese tema es el yo mismo o más reacciones ante la naturaleza y el mundo, se engendra especie de poesía que llamamos lírica. Martí-pienna-que esta especie-se-ha-vuelte-a-heer-dominante-en-an-tiempe-per-aquella-innegrida-del-individuo-aquella-"smapennión-de-la-vida-histórica" Martí tiene a atribuirle principalmente la función moral que ya vimos --de alivio del alma, de catarís confesional, de protesta. Ese orien interno impone también sus requisitos de forma, particulamente de tono y temperatura. "Bedazo de mestras entrañas", "breve espuma de mar hondo", producto el más característico del genio poético, que, "como las golondrinas", sólo "posa donde hay calor", la poesía lírica reclama el verso cálido y estremecido, rechaza los recursos demasiado plásticos o demasiado intelectuales. Según su tipo y grado de emoción, las formas de ella maximizan/apacibles del canto hasta las mismas maximizan/apacibles del canto o las tumultuosas y endrígenas del treno. Una de las teatras más instantes de Martí es que a cada estado de alma corresponde un medio que le enparri-lmente adecuado. "Da el amor -- dice en el prefacio a Flores del Westierro --versos claros y sonoros, y no sé por qué, en esas horas de floresencia, vertimiento, grata congoja, vigor pujante y generoso reboso del espíritu, recerdo esas gallardas velas blancas que en el mar sereno cruzan por frente a playas limpias bajo un cielo brilloido. Del dolor, saltan los versos cómo las espadas de la vaina, cuando las sacode en ellas la ira, como las negras olas de turbia y alta cresta que azotan los ijares fatigados de un buque formidable en horas de tormenta". Estas mismas imágenes angieren la prodigalidad expresiva; sin embargo, Martí también pide la continencia; el poder de las emociones, y con ella una especie de purificación de la forma misma. Su propia poesía, casi toda ella lírica y ann biográfica, es muy desborrada en la juventud, como muy pronto veremos, pero luego va buscando la expresión mpderada por medio del símbolo y de la decantación almaiva, hasta llegar a la xenotílex simplificad profunda de los Versos Sencillos.
En fin, la poesía de intención social es rebelde y exhortadora. El acento pasa en ella de la mera expresión comunicativa a la incitación; las imágenes tienden a hacerse objetivas y el tono un poco oratorio, cuando no hímmoo. Casi diríamos que sacrifica la sensibilidad y el pensamiento para xenotírax la voluntad de acción. Como su designio se proyecto sobre el futuro y con un sentido liberador, los viejos moldes retóricos, adositos a actitudes y formas de vida ya en vía de periclitar, y los matituye por formas más desembarazadas y enérgicas, por ejemplo, el verso libre.
196
b) Poesía de Inventud
La obra poética de Martí osta de espíso porciones poco extensas. Las que mayor unidad revisen individualmente son las tres series de poemas que pudiéramos llamar "clásicas", por más consagradas y notorias: Ismaelillo, Versos Libres y Versos Sencillos. Pero a esas cosechas que Martí publicó o rennió de su propia mano, hay que añadir -- amén de los versos de ocasion en los numeros poemas juveniles de España y México y las dosg series titulares que bajo los titulos Flores del Destierro y Versos de Amor respectivamente, se han incluido en las últimas ediciones del corpus martiano. La primera, de poemas esoritos en los Estados Unidos, noshha sido trasmitida con un breve prefacio, del cual se colige la intención que Martí tuvo de publicarla, aunque no se tratase, como él mismo dice, de "composiciones acabadas sino de meras "notas de imágenes tomadas al vuelo" en su trabajoosa vida de proscripto. Los Versos de Amor, a juzgar por algunas fechas y por la variadad de acantps, abarcan distintas épocas, y no se que Martí tuviese respecto de ellos la intención de que viesen la luz.
En general, desestimó expresamente toda la obra de lo que llamamos su inventud. "Versos míos -- le encargó a su albacea literario Gonzalo de Quesada y Aróstegui -- no publicque ninguno antes de Ismaelillo: ninguno vale un ápice". Aquella única toda, en efecto, obra de mucha inmadurez técnica y ann espiritual. A los efectos de una valoración puramente literaria, lo más de ella pudo quedar en el olvido. Pero desde el punto de vista psicológico y estético, que es el que más nos interesa, esa parte de su obra sirve mucho, precisamente por su misma espontaneidad confesional y por su insufiiente deliberación artística, para illustrar el espíritu de Martí y para con preender lo que pudiéramos llamar su problema expresivo. Vamos a considerarla, pues, brevamente.
Analizando con suma premisión penetración el estilo del poeta norteamericano, parece desembrizir el suyo propio: "Una de las fuentes de su originalidad es la fuerza heróica con que postra a las ideas opmo si fuera a violarlas, cuando sólo va a darles un beso, con la pasión de un santo. Otra fuente es la forma material, brutal, corpórea, con que expresa sus más delicadas idealidades". Whitman "habla en versión los, sin míga apa-rente, aunque a poco de cirla se percibe que aquello sena como el casco de la tierra cuando vienen por él, descalzos y gloriosos, los ejércitos trinfantes". . . "Acumular le parece el mejor modo de desorbir, y su raciocinio no toma jamás las formas pedestres del argumento ni las altiso-nantes de la oratoria, sino el misterio de la insinación, el fervor de la certidnbre y el giro ígneo de la profecía".
Convendrá recordar esos elogios cuando leamos los versos enfebrecidos, a commlados, demasiado corpóreos también a veces, y sin música aparente, del propio Martí, cuya obra poética vamos a recorrer ahora.
Espíritu y temas
Como ya adelanté, la poesía de Martí refleja generalmente la general de su menos directamente, su propia vida. No sólo situación espíritu en la época a que sus versos corresponden, sino también los varios momentos de ella, los problemas moral que confronta y las soluciones que les procura. Es Martí, por tanto, muy enedidamente, un poeta lírico. De hecho, después del pequeño poema épico-dramático de su adolescencia y ahora del inguete teatral Amor con amor se paga, escrito también en verso, y algunos poemitas narrativos o didácticos que publicó en La Edad de Oro, no hizo más que poesía lírica. Su misma poesía civil lo es esencialmente.
En la etapa de su juventud, ya sabemos la crisis espiritual por que atravesó, debido al sacrificio momentáneo que tuvo que hacer de sus inclinaciones patrias para cumplir con sus debres de familia. Los poemas escritos en España -- de los cuales se dejamos suficientemente caracterizado el más importante, la elegía A mis hermanos muertos el 27 de Noviembre -- se habían dividido entre esos dos amores. En México, el tema central queda casi totalmente silencioso, mas no sin que se perciba la reverberación de angustia que ello produce. Como en momento de mocedad, el amor de mujer viene a llevar, con el de familia, ese vacío de la intención, ya que no de la emoción. Con uno y otro motivo, toda esta poesía de juventud es poesía de amor.
La de tema familiar -- por así llamarlo -- es la primera en el tiempo a que nos referimos ahora y la más próxima a la porra sensibilidad afectiva. Viene de la frontera de la adolescencia, y traduce de un modo inmediato, sin mayor decantación artística, los afectos primarios de la dangre. Poesía ingenna, en los dos sentidos de la palabra, nos deja ver poesía, sin embargo, encerar la conciencia del poeta y en sentido de mundo. El acento es, desde luego, marcadamente romántico, por el subjetivismo intenso, por lo enfático de la sentimentalidad, por cierta incontinencia verbal y hasta por el grato de las imágenes nocturnales y funéreas. A esto contribuye mucho la situación emocional de Martí en aquel momento, particularmente duelo de su hermana muerta. Típico de toda esa poesía de directa motivación biográfica es el poema Mis padres duermen, escorito aún desde aquella estela dolorosa. Examinemoslo con algún detenimiento para que se va ya viendo, no sólo el tono más característico de Martí, sino también los altibajos de forma que no sirven de datos para el problema de su irregulidad expresiva, que oportunamente estudiaremos.
Comienza el poema con antes reinglonese, que da pena transcribir (x):
Es hora de pensar. Pensar espanta cuando se tiene el alma en la garganta.
Pero he aquí que de esa tosca hipérbole, de ese tropo violentamente corpóreo, en que tales estragos hace "la fuerza del consonante", alza enseguida el poeta un prefersivo acento. Inspirándose en la circunstancia trivial que da título al poema, escribe:
Oh, sueño de los pobres, los ignorados héroes de la vida, los que han sólo, en la ruta sin medida, cielo negro, sol puesto, aguas salobres!
De la conmiseración humanitaria por el destino común de los míseros, descririto con tan sombrías imágenes, se repliega al pensamiento de sí prápio, de su personal situación en aquellos días amargos de México, cuando el deber inmediato enyugaba todavía su afán de heroísmo. El pensamiento se oscurece, los versos se retneren como los impulses en su propia alma esclavizada; pero el pasaje desemboca en una imagen profunda. Imprecando al sueño, escribe el poeta:
(X) En todas las transcriptiones de versos, me he permitido modificar ligeramente a veces la puntación y suprimir siempre las mayúsculas convencionales al comienzo de ellos. Creo que así se facilita la inteligencia de una poesía a medida difícil por la frecuencia de los incises y por la extensión de frases y conceptos de un verso a otro.
Oh, sueño acongojado
por el futuro mal interrupido,
por el presente mal sobresaltado!
Pues tu victima soy, mi cuerpo toma:
allá se van los miembros al verdongo:
enviléoelos tú, -- tú me los doma;
y pues, cobarde al fin, acepto el yugo,
sélo digno de mí, sélo tan fuerte
que llegue pronto, por tu peso hundido,
al más lejano yugo de la muerte!
Ya en este poema juvenil la imagen de la muerte suscita en el poeta la preocupación por el más allá, que ha de ser uno de los temas más frecuentes de su poesía. Ligando con el concepto que comentamos de su elegía A mis hermanos muertos..., vuelve aquí Martí a reputar estas de la vida mortal como "tierras del engaño"
donde el espíritu con el cuerpo lucha.
En otras composiciones de la misma época, ya sin motivo tan personal, se hallan alusiones semejantes a la sustantividad y perduración del espíritu allende la vida terrena. Es probable que no fuese ajeno al enfasis de ellas el resentimiento filosófico de Martí tras su debate con los materiallistas mexicanos. Así, dos meses después de aquella discusión el Lioe Hidalgo y recordando otra vez a la hermana desaparecida, escribe en el poema Y es que mi alma..., glosa de una carta de su madre:
n Sombra no más! Mentira es que el sepulcro guarde lo noble de los seres yertos:
nada en el polvo ni en la oal se encierra:
pues mis ayes de amor están despiertos,
ha de haber otra vida y otra tierra
donde respondan a mi amor los muertos!
Pronto, el tema del amor familiar cede al de amor de mujer. Se combina al principio, sin embargo, con el del amor a la patria, afincándose ambos en una melancolía de nostalgia y soledad. Así en Flor blanca dice:
Vida es morir: lo sienten estos años de la canada tierra en que vivimos,
y anan los hombres ciegos, como extraños:
locos somos buscando lo que fuímos.
Mucho dale el vivir, mas hay un dielo mayor que la vida: ¡nuestra vida sola!
No se buscan las nubes en el cielo?
No se enlaza en el mar ola con ola?
El poeta no quiere vivir más esa vida sin "sueños"; pero enseguida le salta el recuerdo de su ensueño mayor, de su ensueño ahogado:
Bueno es con sueños adornar la vida;
mas ¿tienes tú para sofar derecho?
¿Tu tierra acaso está en tu ser dormida?
¿El hambre acaso no te muerde el pecho?
Cuando el hambre sienta a nuestro lado y la miseria las paredes moja,
la luz se apaga, el cielo está cerrado,
y muerre la flor blanca hoja por hoja.
En Patria y Mujer se enlazan ann más deliberadamente los dos temas, y el verso recoge también las disonlpas para la posteridad:
Y si, más martir que cobarde, lloro tanta amargura, de aquel sol lejano,
martir, más que cobarde, aquí la adoro:
¡atada está, no tímida, mi mano!
A Rosario Acnña, la poetisa embana que triunfa en Madrid, le dedica versos que incluyen análisis exclpaciones, aln embargo, se conjugan con severos reproches que, lejos de ser invalidados por ellas, son prueba de su sinceridad. "Nueva Gertrudis" llama a su compatriota, aludiendo a la Avellaneda, y le recuerda que muere triste en la Germania fría golondrina del Africa viajera.
Pero ya el amor de mujer ha entrado impetnosamente en su vida moza. Es la época de la atra Rosario,"la de Acnña", oyo episodio sentimental con Martí --o el Martí con ella-- nos ocupó en el comentario biográfico. Desde ese momento, su poesía se oarga del tema amoroso femenino, ya sea para cantar la presencia o la ansencia de mujer, pues "el amor es la exousa de la vida".
el gran tema lírico tiene a exultarse en el rebasar lo personal y cobrar dimensión cósmica, recorriendo la multiple gama que ya sabemos aquí un fragmento de uno de tres poemas titulados "Sin amores":
Amor: es más que amar! Ann senama, luego que se ha apagado de la vida el fuego!
Se ama cuando en el ser, fortalecido por besos de mujer, el Sol se enciende; cuando en cielos de paz, la luna explende; cuando en el corazón está dormido de dolor el dolor; que, a veces, tanto sufre mi corazón, que llora el llanto, y hasta el dolor se siente adolorido! Y cuando en brazos de la muerte hermosa, de la humana existencia la medida dipen los miserables que reposa, y sé yo que prosigue allí la vida, el musgo, la oropendola, las flores que brotan de esta tierra, nunca fría, son hechos, son ampiros, son amores: /mortos que están amando todavía!
En el segundo de dos poemas tétulados Síntesis, se da la nota, cada vez más inquietente, del fluir cósmico y de la integración de la vida por el amor: Viene exprimida de un misteriosa y como fragmentaria alusión:
Tres hijas, tres simientes de vida universal: tres amreolas para tres nobles, varoniles frentes; y en el correr del mar, tres pobres olas tranquilas, melancólicas, dolientes!
La semilla,--que en el árbol se convierte, la flor,--que fechadada se entrebre, la rema,--luego altivo tronco frente, y la madre,--mujer que en hijos se abre y, dando vida, marcha hacia la muerte.
Por eso nada acaba, y queda la existencia repartida; cuando canseado el cuerpo de la vida, piensa al fin en dormir, se dobla y cava.
He aquí una muestra --si es que no las ha hallado ya el lector en la cita anterior -- de eso que se ha llamado la "oscuridad" de la poesía de Martí, cosa a que en su momento he de referirme más ampliamente. En este presente caso tal vez se explique especialmente por la índole más del poema. Acabo de indicar que hay otro del mismo título: "Síntesis", es decir, integración. Y sin embargo, al igual que el segundo, no es una formal unidad de composición ni de tema, sino más bien un mosaico de momentos poemáticos di-versos. Apunta ya la tendencia (que se extremará en los Versos Sencillos) a presentar, no un solo hilo temático, sino una sección de motivos esencia-les en aquellos "instantes raros" que Martí decía --distintos y sin embargo unidas en la emoción.
Ya eso le resta claridad al conjunto. Pero aquí la razón de la reconditez de sentido es acaso más profunda. El título de ambos poemas parece quedar justificado en una de las quartetas del primero:
Lo abstracto es la verdad, y lo concreto es la traba del alma, y lo anchuroso es el movible punto de reposo para el corcel de la erxistencia inquieto!
En otras palabras, la verdad está en lo sintético, en lo unificado. Es en esa abstracción --inevitablemente oscura para el Verbo -- y no en la concreta pluralidad de las cosas, donde el espíritu puede calmar sn avidez de absoluto, reposar sn inquietud. Toda la tendencia mística de Martí está formulada en esos cuatro version. El pensamiento a que responden es el que he tratado de angerir desde las páminas iniciales de este libro, y particularmente de esta sección. Se halla el último sentido de lo real en la integración absoluta. La aptencia suprema del alma es esa unidad. Y me advierte el significado amoroso que esa apetencia tiene para Martí al notar que la reflexión citada viene a seguidas de una estrofa inicial en que se declara la rehuncia al amor de un "onerpo gentil" y se alade:
/Que ese amor fácil otro se lleve!
/Amar a un cuerpo es sepultarse en nieve!
No se está viendo ahí la huella del "amor platónico"? También el amor del Banquete aspiraba, en última instancia, al reposo en lo Uno. Eso es lo que siempre significará para Martí la palabra "síntesis", que es una de sus favoritas. La poesía, al igual que el pensamiento, se le representa como esa
vocación de unidad, de concentración suma, de presencia de lo universal en lo particular; en una palabra, de amor.
Esta emoción, por tanto, trasciende lo humano, o lo eleva a dimensiones trascendentes. De esa época de México es también un poema que considero, sin embargo, uno de los más maduros de Martí, y de los más nobles y hermosos que jamás escribiera. Se titula Muerto, y se inspira en la evocación de Cristo. Complejo en sí mismo, con un diáctico maximalista que sitúa la meditación poética por encima del nivel puramente naturalista o histórico:
Espíritu, a soñar! Soñando, crece la eternidad en tí, Dios en la altura!
Enseguida se afirma andazmente la vinculación de todo lo real, hasta de lo más discorde, y la voluntad del poeta de ascender, con el impetu de su propia naturaleza, a la unidad eterna desde la oval se puede contemplar lo infinito:
El Cielo y el Infierno
hermanos son, hermanos en lo eterno:
sobre la Eternidad yo me levante,
en la savia vital mi fuego encienda,
todo a mi lado respiandezca y cante,
a mis plantas lo ilímite se extienda,
y cuanto el sol almbra yobre el cielo cantares traiga aquí para este dnelo!
Despnea de ese exordio metafísico a la elegía, se pasa ya a la evocación de la gran persona divinal, oyo aliento despertó al mundo:
Quién sabe enándo ha sido?
Quién piensa que él ha muerto?
Desde que aquel cadáver ha vivido,
el Universo todo está despierto!
Y desde que a luz de aquella frente seno abrió la madre Galilea,
cadáver no hay que bajo el Sol no aliente y eterno vivo en el sepulcro sea.
El cavó las atmósferas dormidas;
El contrajo los miembros fatigados;
en haz de luces concentró las idas mieses descoloridas
de los campos del hombre abandonados;
ungiólo en fuego, lo esparció por tierra,
En un arrebato de aparente arrogancia, que luego trataremos de explicar nos, el poeta siente en sí como un vinculo de fraternidad con aquella paternidad augusta. Pero este sentimiento cede ensegnida al de la conciencia de criatura:
Hermano, hermano fierte!
Oh padre, padre altivo,
que adivinó las vidas de la muerte
y eternamente resplandecce vivo!
Oh padre que sienta
donde el sol de los mundos se calienta!
Oh sol que no anochece!
Ojos de amor que eternamente lloran!
Aquél
Es la estrofa siguiente un treno por la ingratitud del mundo hacia terzáczúniversaz que creó el Universo por un acto de amor:
Fuego de paz que eternamente crece;
brazos que al mundo por el mundo imploran,
cuando a un minero golpe de su planta
en polvo hiere el mundo que levanta.
El hombre en que moriste,
la cruz en que te hollaron,
la madre en que gemiste,
y el sol que con lo muerto iluminaron,
ni hombre, ni cranz, ni sol, ni padre fueron!
Abandonado al Génesis dormía,
y el Universo entero se moría,
y los besos del Ganésia surgieron.
Sólo el amor de María borra un poco la ingratitud de los hombres; y la evocación, que no transcribe, moca en el poeta el recuerdo de su persona madre, y su propia voluntad de saurbficarse porque
la sombría existencia fatal que el polvo invoca no sintiese el horror de to agonia.
Pero vuelve ensegnida a loa sacra. El verso se le va hinchiendo de un acento bíblico e hímnico a la vez:
Aquél! Fué grande Aquél; pero en la cima de la grandeza paternal no hay monte que dolor de pequeféz no gima,
ni hay rayos en el sol, ni hay horizonte que de bebar sus huellas se levante,
ni mar que no mermire,
ni labio que no jure,
ni mundo que no cante.
Hay cantos para tí: canta el mezquino ser de la tierra el oro y el palacio,
y a tí, padre divino,
el mundo entona el canto del espacio;
Y el poema termina con una especie de escalofrío ante el espectáculo del mundo póstrado ante aquel holocausto, pero afirmando también el poeta la eterna adhesión de los hombres al símbolo del supremo sacrificio:
Un leño se cruzó con otro leño;
un cadáver --Jesús-- hundió la arroilla,
y al resplandor espléndido de un sueño,
cayó en tierra del mundo la rodilla.
Un siglo acaba, nace otra centuria,
y el hombre de la cruz canta abrazado,
y sobre el vil cadáver de la Injuria,
el Universo adora arrodillado!
No es este el lugar de examinar las ideas que en ese hermoso poema se presentan. Easte señalar el tono profundamente religioso que tiene; --religioso en un sentido más que confesional; en un sentido de exaltación del espírito a la visión de lo transcendente y eterno. Sin embargo, humánísimo. Cuando Martí se declara hermano del Cristo, en lo que está pensando es en su propia pasión ahogada, en su propia agonía. Esta palabra tiene aún para él el sentido reflejo común; no el originario y estrioto, de acción heroica, que la empleará ando los años. El Cristo es Dios, "padre divino"; pero es sobre todo un símbolo de la pasión con que sufre el espíritu ávido de absoluto.
Y qué fuertes, qué poderosos versos hay en ese cántico elegíaco! ¿Qué energía de expresión, por ejemplo, y qué belleza de imágenes y de ritmo, el doctrí de Cristo:
El cavó las atmósferas dormidas;
en haz de luces concentró las idas
mieses descoloridas
de los campos del hombre abandonados.
No sé si me oegará el entusiasmo; pero ese poema de Martí, escrito a los eightidos años, siempre me ha parecido muy próximo al Cristo de Velázquez,
Unamuno. Y no sólo por el tema, sino también por el tono anateramente legíaco de la inspiración, por los golpes poderosos de luz en la sombra,
por el fervor madero y sin beatería, y hasta por los modos ala de la inspiración arrastra a veces un poco en el canto pedregoso del verso. Seemejanza está que no tiene nada de extraño, pues ya sabemos que, en más apreciado de un aspecto, Martí y Unamuno el español que primero y mejor le sánseguía espíritus gemelos por el absolutismo ideal, por el ansia de inmortalidad, por el sentido "agónico" de la vida.
Ese poema, en que ya la sensibilidad se ha desasidado de los motivos inmediatos para elevarse a planos universales sin carga alguna de filosofismos advenedizos, maroa la cathiminación de la poesía de juventud de Martí. Después vinieron los días de Guatemala, demasiado engrañado de amor para iniciar a un estilo que siempre se alimentaba, más que del amor mismo, de un frimiento o de un nostalgia. (x) Los poemas de entonces a María/Granados y a Carmen apenas tienen más que un interés biográfico, aunque claro entáta, asistido siempre por la mano poética. Cuando le nace el hijo, asuman las notas de amistad termora y deligio que se van a orquestar pronto en el la maelillo.
(x) De esa época es, sin embargo, una drama un drama en verso heroico insrado en la historia de la independencia guatemalteca. Con ese drama, a que píxiatrax oportunemente volveré a referirme, se estrena para la creación literaria la emoción americana de Martí.
Presencia, tradición, personalidad
Podía-está de la adolecencia y de la primera juventud de Martí es poesía de presente, valga la expresión. La mayor parte de las composiciones, en efecto, se inspiran en algún hecho actual o recién acaecido, dentro de cuya aura emocional está ann viviendo el poeta. Ann aquellos poemas que tienen por tema un smoco ya/alegjado en el tiempo, como la elegía a los estudiantes del '71, se alimentan, no de un méro reconerdo, cosa siempre destilada por el tiempo mismo, sino de una emoción vigente al esbirirlos con toda la intensidad que desde el primer momento tuvo. Esto sanele ser características de toda poesía juvenil. Exxárez domo se sabe,/la época de la vida en que, por falta la perspectiva que da la experiencia, lo actual siempre cobra novedoso relieve y aire exxárezendiente.
Pero además creo muy ya lo dejé angerido-- que ese presentismo emocional es muy peculiar de la poesía romántica, escrita casi siempre bajo el arrebato de la emoción. Sólo en el poeta romántico ya muy madro espiritual y literariamente se modera y disimula un poco, a través de la evocación y del símbolo, esa primitivismo o inmediatismo emocional. Este de Martí es todavía un tomo romántico juvenil. Se explica así su patetismo, su abundancia excesiva, su falta de condensación y de sobriedad en los recursos verbales, su tendencia un poco caótica a la confusión de motivos. El poema "Lmerto" es, en alguna medida, una precoz excepción.
Endíéramos ya hacer aquí un intento más cabal de evaluación de ese tramo poético inicial, atendiendo sobre todo al problema de forma que presenta, que es el de un irregularidad, el de una altibajos de aciertо expresivo. Pero creo preferible aplazar eso para un juicio de conjunto, después que hayamos examinado los Versos Libres. Más útil y oportun parece ahora el tratar de situar históricamente esa primera concha poética.
La tradición ante la cmal se produce es, desde luego, la de la poesía onba-nan y española principalmente. La primera una tradición formativa, y sus canceas en Martí han sido ya cuidadosamente estudiados (2). Sobre la influencia poderosa de heredia, que probablemente inició en el gusto de lo poético a la vez que en el fervor patrio, advino la influencia del man-tor espiritual, de Mendive, que representaba ya como ha sugerido Idiarte, para una "fisonomía diferente y fundadora" en Martí; que no ocreo que no crece alicer para acallar del todo, en la etapa juvenil, que los estudiados, el "estr末endo" romántico. Sólo muy a la postre prevalecería, la influencia decantadora de Mendive y de otros esencializadores del verso, pero ya asimilada eqn acento propio.
Cuando exseribió los poemas a que acabamos de referirnos, estaba ann muy viva en Martí la impresión de las letras de España. Sorprende que esa huella parezca muy leve y que desde ella arfangue un paso de tan firme sesgo propio. El gusto de lo clásico español, tan evidente luego en la prosa de Martí, apenas es perceptible-- el mono para mí-- en estos versos primeros, reminiscentia de las silvas míticas y de las tradiciones publicas de Fray Luis de León (en "Lmerto", particularmente), y la de Gutierre de Cetina que Angier ha señaló en la madrigal. Sólo posteriormente, ya en Nueva York, captaron también algún dejo deorge Manrique, de Barto-lomé de Argensola, acaso de Baltasar de Alcázar, y la de Gil Vicente que ya
(1) Además del libro de Idiarte, véanse dos estudios excelentes: el de Angel Angier, Martí poeta, y su influencia innovadora en la poesía de América (La Habana, 1942) y Engenio Florit, José Martí: Versos, en "Revista Hispánica Loderna" (Nueva York, Enero-micembre, 1952).
en Imaelillo. Pero ahora se pide medio abriramos peroibirla, no se aviorte en la poesía de la ninguna fenonancia fresca de lo elástico arpaol comparable a la que halleremos en su prosa.
Impuesto de la poesía neociónia de la Península, que tanto influyó en heredía y que tan afí era, en algunos aspectos, a la inspiración martiana.
Los pretios el lice (printana, Gallega, Lista) sólo modulan entro adolescente, y no tanto como los ambos Heredía y Luaes. Jovellanas, muy gustado en Cuba, debió de realizar demasiado irreflexivo a agradía alma ardorosa. En todo caso, el romántico cayó despnés sobre todo aquel aprendizaje, borrando una efecto.
Pero en que tampoco románticamente español queda mucho en esta poesía de Martí. Alain levínimo dejo, quinzeo, del Duque de hivas más nombrío, del pretensor de Espronceja en "Afredo y "Andalucía", por ejemplo; mía de orientalismo de Zárrita, que la llegará más tarde. Pero Piorit ni norde indígena eco de sérmero, cuyo obras se publicaron post-manteñante hilándone Martí en Ladría; y en el rica, aunque de manifestación criativa, le influencia de la poesía. Quien todavía años más tarde en刊istería martí con su impetia fundada en monola de candor y de experiencia.
Olje que talentos premios sólo un pozo el que se han tan leve la impronta de lo español en el, para aquellos años de México, estaba Martí obogando muy deliberadamente en las páginas de la Revista Universal por una literatura original, americana. Conoceía como tal una poesía dramática que se inspirase en la historia y paisaje de estas tierras nuevas, y una poesía lírica que copara la "ardentísima manera con que en los hombres del nuevo continente se engendra y desarrolla pasión", o que exentaitura desentrañase "en el hombre las razones de la vida, en la tierra los gérmenes del ser". Al go de esa pasión y de este ahondamiento se tiene ya en poesía de los años mexicanos, como hemos visto.
Pero yo creo que lo que más la distingue y peor liariza entonces, y por qué
c) Imaelillo
Como ya quedó indicado, el propio Martí consideró que su poesía de al-gén valor data del Imaelillo: todo lo demás lo consideró prehistoria. No necesitamos, desde luego, compartir ese juicio, tan inquieto para algnos de los poemas juveniles que hemos estudiado. Mas no hay duda de que en ese libro de versos para un hijo, publicado en Nueva York en 1882, Martí comiñanza a dar una de sus notas más características: la nota de la "sencillez"... como el la entendía.
Durante mucho tiempo se apuso que ese manojo de poemitas lo había escrito durante su estancia en aquel cindado el año 1880, enando. Después de su segundo destierro a España, se remiñó con su hijo y con su hijo de dos años. Pero la investigación más resiente ha estancido que ya en Venezuela, puzzado por la noataigia del niño, Martí compriso algnos de los poemas de ese libro. Una carta a su amigo de aquel país Diego Juego Ramírez, escrita en diciembre de 1881 (esto es, onstro meses desnó de haber salido Martí de Vinezuela) le dice que/sma compatriotas venezolanos exptriados en Nueva York le estaban animando "a publicar un librito que esoribí en Caracas". "Ya está en las prenas", añade Martí. "Es un inguete como para mi hijo". Claro que ese libro no podía ser otro que Imaelillo.
La cosa no es un mero detalle de erudición... Tiene algnna importancia para le exégesis de la obra, y hasta para an estétioa. A este segundo aspecto me referiré despnés. Limitéma ahora a recordar que Martí algnna venezolano bidió por la poesía no es ya comentamos: "tal vez la poesía no
más que la distancia". Quería decir, claro está, que la materia de ella tiene que estar germida, aquilatada, por las perspectivas del recuerdo. El recuerdo, como la palabra misma indica, es un volver a pasar las imágenes por el corazón, un volver a anegarlo en los "riachuelos" de que Martí le habla a su hijo en la dedicatoria del Ismaelillo.
Se escribió lo más de este, más, en Caracas, pero con un como resentimiento puro —que también lo hay—, un volver a sentir las emociones vividas en Nueva York en aquellos meses del año 80, que fueron a la vez los de su segunda luna de miel y los de su ilusión con los planes revolucionarios del general Calixto García. Del 6 de mayo de aquel año debe de ser la carta, no fechada, que Martí le escribió sobre su vida de entonces a Manuel Mercado, su gran amigo mexicano. En ella le decía:
Aquí estoy ahora, empujado por los sucesos, dirigiendo en esta afligida emigración nuestro nuevo movimiento revolucionario... Carmen y mi hijo están a mi lado. Carmen no comparte, con estos juicios del presente, que no siempre aleanzan a lo futuro, mi devoción a mis tareas de hoy. Pero compensa estas pequeñas injusticias con su caríneo siempre tierno y con una exquisita consagración a esta delicada criatura que nuestra buena fortuna nos dio por hijo. Apenas entre el verano le mandaremos su retrato. No tiene esas prematureces que hacen las delicias de los padres vulgares. Sabrá sufrir, sabrá pensar y sabrá amar. Saber sufrir es lo que más importa — aunque se muera de esto. Tiene ojos profundos y mente ancha. Pero es blanco y sencillo, como a sus meses toca...
En esa carta, que tiene la fuerza reveladora de todo lo confidencial, están varios de los ingredientes emocionales por así decir, que más tarde los versos del Ismaelillo van a estilizar en tropo y parábola, esencializados ya por el recuerdo. Tiene las confidentias de Martí un doble fondo de ilusión pública y de ilusión intima, pero ambas como un poco veladas de presen-timiento. Si cumple el deber patrio, es en forma a la cual se ha visto "empujado por los sucesos", lo que parece dejarnos entender que aquélla de Calixto García no era aún el tipo de revolución con que soñaba, y que de ella había de quedar un mayor deber pendiente, proyecto hacia el futuro. Junto a ese sentido de la responsabilidad, del deber público, se percibe también un sentimiento de incipiente soledad espiritual, porque su mujer no comparte aquella devoción con juicios que trasciendan la pura actualidad. La esperanza de que el hijo si responda a la hechura del padre se revela en esa especie de candoroso fiat con que vaticina que "sabrá sufrir, pensar y amar", aunque de ello no tiene más indicios que el verle al niño sus "ojos profundos" y su "frente ancha". Es todavía "blando y sencillo" (notemos, de paso, este adjetivo, que vale aquí tanto como "limpio", "inocente", "puro"); pero sabrá ser algún día continuación del padre y justificación de su vida.
Poco después, las dos ilusiones, la de la compenetración conyugal y la de aquel conato revolucionario, se resolvían en suspensivos fracasos. Carmen y el niño regresan a Cuba. Martí, avido de huellas ópicas, se marche a Venezuela. Es posible, hasta probable, que ya lleve escritos algunos de los poemas del Ismaelillo, los más alegres, los de acento más matinal. Acaso, por ejemplo, el que figurará como primero del libro:
Para un principe enano
he hace esta fiesta...
O el de Musa traviesa, con su alborozo de presencia y sus frescos detalles:
Spavemente la puerta
Del cuarto se abre,
y entranse en el gozosos
Luz, risas, aire.
Al par da el sol en mi alma
en los cristales...
Pero si la afirmación categorica de la carta a Jugo Ramírez no fuese decisiva, la evidencia interna bastaría para sugerir que la mayor parte de los poemas se escribieron a distancia en el tiempo y en el espacio de los hechos a que aluden. Algunos están en pasado:
Por las mañana
Mi pequeñuelo
Me despertaba
Con un gran beso.
Y yo besaba
Mis pies pequeños.
¡Dos pies que caben
En sólo un beso!
Otros hablan del niño como de algo lejano:
Un niño que me llama
Plotando veo...
Los hay, en fin, que aluden concretamente a la separación física:
Hijo, en tu busca
Cruzos los mares:
Las olas buenas
ti me traen...
Lo primero que notamos en el conjunto de los poemas esa emoción de soledad del padre con la imagen del hijo, con su recuerdo. Recién nacido el niño, Martí había escrito algún poema como el titulado "Mi tojosa adormecida", en que figuraba también la esposa:
Como una perla dormida sobre su concha de nácar,
de mi Carmen sobre el seno
uestro niño dormitaba...
Esos versos no figuran el Ismaelillo. Los poste-riores del poema "Oh, nave," que tampoco se recogerá en el libro dedicado a Pepito, revelan ya el fondo de desolación —si bien asida a la esperanza— sobre el cual el Ismaelillo se dibuja:
Bien solitario estoy, y bien desnudo;
Pero en tu pecho, oh niño, está mi escudo.
Nótese, incidentalmente, el empleo de metros más largos en esos otros poemas de la intimidad. Pero lo que más importa observar ahora es cómo en el Ismaelillo se acusa esa soledad espiritual del padre con el hijo, ese como diálogo en soliloquio de dos seres que se asisten recíprocamente, enfrentados con su respectivo destino. Fuera del gónero epistolar, no sé de ningún otro caso semejante en la literatura.
Aunque el poeta lo llama una "fiesta", domina la nota melancólica. Ismaelillo está hecho del recuerdo de la alegría tanto como del recuerdo del dolor; pero la alegría recordada nunca es otra vez alegría, y el dolor recordado si lo es. El poema inicial presenta al niño. Las imágenes de aquella linda presencia física de la criatura están vertidas con precisión amorosa:
Tiene guedejas rubias,
Blancas guedejas;
Por sobre el hombre blanco
Luengas le cuelgan.
Mus dos ojos parecen
Estrellas negras...
Es una evocación luminosa, aunque esa última metáfora nos traiga a mientes aquel simbolismo melanólico de otros misteriosos versos suyos: los de
...el canario amarillo;
¡Que tiene el ojo tan negro!
Pero lo descriptivo cede enseguida, en el poemario infantil, a una suerte de narración alusiva, sin trama; al recuerdo de los retozos del padre con su criatura. Y desde el primer momento, esa acción escrita se acoge a tropos de pugna, de rivalidad, de dulce batalla:
¡Hame ya, puesto en armas
En la pelea!
Quiere el príncipe enano
Que a luchar vuelva!
Complácese el padre en la voluntad constante de lucha en el niño. La parábola es insistente a lo largo de la serie poemática. El recuerdo de los estragos de Pejito en el cuarto de estudio de Nueva York provee graciosos elementos plásticos:
Hala acá el travesejo
Mi paño árabe;
Allá monta en el lomo
He un incunable;
Un cárcex con mis plumas
Fabrica y átase;
Un sílex persigniendo,
Yuelea un estante...
Aquélla que me dieron
De oro brillante,
Pluma a marcar nacida
Prentes infames,
De su eaja de seda
Saca y la blande...
Quesada y Miranda ha contado la historia de algunos de esos objetos: el paño árabe, "compra de pocos centavos en un department store" de Nueva York; el pisapapel de ónix que Juan de Dios Peza le había regalado a Martí en México y que el niño le rompió en una de aquellas gozosas trifulecas... Pero lo que más interesa advertir ahora es ese curioso recurso del poeta a la simulación de la lucha, que no es sólo guerra con el hijo, sino también con enemigos supuestos de los cuales la criatura le defiende:
No temo yo, ni euro,
De ejércitos pujantes,
Si tentaciones sordas,
Si virgenes voraces:
El vuela en torno mío,
El gira, el pára, el bate;
Aqui su escudo opone;
Alli su clava blande;
A diestra y a siniestra
Mandobla, quiebra, esparce;
Recibe en su escendillo
Nuvia de dardos hábiles;
Sacúdelos al suelo,
Brindalo a nuevo ataque.
Escüchase el chasquido
De hierros que se parten;
Al sire chispas fulgidas
Suben rubios haces;
Alfómbra la tierra
De dagas y montantes...
Diriase un cantarcillo de gesta figurado. Hasta los apelativos que Martí dedica a su hijo responden a esa concepción. El niño es su "reyecillo", su "caballero"; el padre es su "vasallo"... Por todo esto escribi alguna vez, con hipérbole tal vez no excesiva, que el
Ismaelillo tiene algo de épico; es como una minúscula epopeya de la ternura.
Este recurso al símbolo de la lucha, tan insolito en un poemario de amor (a pesar de aquello de Góngora de las lides "en campos de pluma") no puede dejar de ser significativo. Hay en todos los poetas un estilo del tropo o de la figuración, que responde a su intimidad espiritual, y algunas veces, en distintos poetas, a su común estética de escuela. El símbolo de la lucha del alma y el cuerpo es característico del dualismo de la Edad Media; la rosa, emblema de la pasión, figura prominentemente en la poesía cortesana clásica; la pastoril es recurso frecuente del siglo XVIII; la luna resulta casi privativa del romanticismo, como el cisne lo ha sido del Modernismo hispanoamericano. Hemos tiempo de "ala" y "raíz" como las palabras claves de Martí, las que dan en cifra la doble dimensión, espiritualista y naturalista, de su espiritu. En el Ismaelillo, el empleo de la figuración de la batalla debe de ser algo más que una mera alusión al retozo condescendiente de la fuerza paterna con la debilidad infantil, y esa estilización en términos caballerescos puede significar también algo más que un recurso convencional de la utilizaría romántica.
No me parece forzado hallar ese sentido personal y profundo en la expectante vocación de lucha que llenaba el alma de Martí —de lucha civil y de lucha moral— y en su ávida esperanza de que el hijo se preparase para un destino semejante. Por supuesto, no es cosa de atribuirle implicaciones políticas a un poemario tan ingenuo; pero sí quiero sugerir que en un espíritu tan integrado como el de Martí, emoción e imaginación, menudencia y sublimidad, presente y futuro, se vinculaban más o menos conscientemente en una especie de constante presentimiento y preocupación de su propio destino. El concepto de la vida como lucha, como "agonía", es fundamental en su ética. De sí mismo dice: "Para luchar vivo, intrépida y vigorosamente". Es mucho suponer que al dirigirse a su hijo, en un poemario cuyo sentido edificador, exhortador, resulta evidente, se trasparentase esa conciencia en la figuración poética?
Con sus parabolas guerreras, Martí parece querer decir que también su hijo está vocado a esa pelea del mundo, y que en ella espera verle preservar su "sencillez", su pureza. Se observa, además, que en esa pelea de retozos y de mimos, cuando el padre es el adversario, hay como una relación de superioridad invertida. El niño es siempre el más poderoso, como lo muestran los apelativos paternos: mi reyecillo, mi monarca, mi tirano. Acabamos de ver, en fin, que en ciertos momentos la lucha del niño no es con el padre, sino con enemigos comunes; entonces el hijo es el "guardiancillo magná-nimo", es el "escudo" que a su padre protege. Se hace muy explicitito el sentido íntimo de eso en el poema Musa travieso:
Vaso puro de nácar:
Dame a que harte
Esta sed de pureza:
Los labios cánsame!
Hete aquí, hueso pálido,
Vivo y durable!
Hijo soy de mi hijo!
El me rehace!
En otras palabras, el hijo es el purificador: el "despensero" que le satisface su "sed de pureza". No hay que olvidar el trasfondo biográfico. Cuando Martí escribe esos poemas, probablemente lleva ya en la inti-
midad de su conciencia cierta pesadumbre de pecados amorosos. Ya hemos renunciado a los disimulos en torno a eso, o a condenarlo con pequeños aspavientos de moral superficial. Marti —he repetido muchas veces— estaba todo el impostado en clave de amor; bajo ella hay que entenderle enteramente, y justificarle. Su avidez de ternura, insaciable de por sí, había buscado consuelos tras la frustración más intima —que ya se había producido al escribir el Ismaelillo— de su ilusión matrimonial. Con todo, aquello pesaba en su alma. Hombre de vocación integral y angélica, sentía la necesidad de ir purificando su propia intimidad. Esta ansia moral —muy declarada en poemas posteriores— se empieza a hacer patente en los poemas a su hijo, y claro es que no podía expresarse sino por vía muy indirecta o figurada. El niño es como espuela a su conciencia de la responsabilidad: no de una responsabilidad puramente formal, doméstica, a cuyo cumplimiento estaba dispuesto, pero que no dependía mayormente de él; sino más general y más intima, ante sí mismo, ante su propia conciencia. En el desempeño de ella, el hijo le defiende. Por eso, de contrincante en retozos de cariño, se hace algo más: protector de su padre, compañero suyo de batalla. Le ampara de los "tábanos fieros", de las "tentaciones sordas" y las "virgenes voraces"; restaña con su pureza ciertas heridas morales:
Ya la enemiga tropa
Juye, rota y cobarde.
Hijos, esoudos fuertes
De los cansados padres!
Venga mi caballero,
Caballero del aire!
Vengase mi desnudo
Unerrero de alas de ave,
Y echemos por la vía,
con sus agnas frescas
Jahe mi hilo de sangre!
; Caballeruelo mío!
; Batallador volante!
Asistido en su vocación de pureza por la inocencia del niño, el padre integra con él su destino, y a su vez le unge con sus votos de preservación de toda mancha, particularmente la del egoismo, que es "la gran mancha del mundo":
Cuando te vayas,
Vevame, hijo!
Toca en mi frente
Tu cetro omnimodo:
Angeme siervo,
Siervo sumiso:
No he de cansarme
De verme ungide!
Lealtad te juro,
Mi reyecillo!
Sea mi espalda
Pares de mi hijo:
Pasa en mis hombros
El mar sombrío:
Muerera al ponerte
En tierra viva:
Mas si amar piensas
El amarillo
Rey de los hombres,
Munere conmigo!
Vivir impuro!
No vivas, hijo!
Vemos así cómo lo que empezó siendo apenas más que una canción de cuna, un retozo matinal, se convierte poco a poco, a lo largo de los quince poemas del Ismaelillo, en curso de autopurificación espiritual. Años más tarde, en unos apuntes intimos, Martí diría respecto del niño de su devocionario paterno, palabras que confirm-
man esa interpretación: "Si lo imaginaba rey en su trono" —escribe— es porque "a su presencia, como homenaje a un monarca y dueño, llevaba, a modo de cazador su jauría, mis pasiones embridadas..." El bellísimo poema "Valle lozano", tan reminiscente desde el primer verso de un cantarcillo famoso de Gil Vicente que tuvo muchos ecos en la poesía clásica española, resume así esa purificación:
Digame, mi labriego:
Cómo es que ha andado
En esta noche lóbrega
Este hondo campo!
Digame, de qué flores
Antó el arado,
Que la tierra olorosa
Erasciende a nardos!
Digame, de qué rios
Negó este prado,
Que era un valle muy negro
Orora es lozano!
Otros, con dagas grandes,
Mi pecho araron:
Pues ¿qué hierro es el tuyo
Que no hae daño!
Y esto dije —y el niño
Tiendo me trajo
En sus dos manos blancas
Un beso casto.
Cuando Martí, ya de vuelta en Nueva York, lee esos poemas a sus amigos venezolanos —gente de versos también, y expulsos de Guzmán Blanco—, casi le fuerzan a publicarlos. Está herido de su experiencia bajo aquella dictadura vanidosa: espantado de los servilismos, de las intrigas y dobleces, de lo que cuesta siempre vivir con dignidad. Por otra parte, su mujer todavía no quiere reunirse con el visionario andariego, que no acaba de estabilizarse con "juicios de presente". El idealista se siente más solo que nunca en la gran ciudad —solo con sus inquietudes, con sus fervores, con su concepto heroico de la vida. Como aún no ve el cauce luminoso de la acción pública, las sombras invaden su espíritu. ¿Qué mucho que la dedicatoria a su hijo, que entonces escribe, sea tan melancólica y a la vez, sin embargo, tan afirmativa de su fe?
Hijo: Espantado de todo, me refugio en ti... Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en ti.
Y luego de protestar la sinceridad de sus versos, añade:
Esos riachuelos han pasado por mi corazón. ¡Lleguen al tuyo!
Esas palabras liminaresumen los significados esenciales que hallamos en los versos: el hijo como refugio ante el dolor, como incitador a la purificación, al sentido de la trascendencia espiritual y a la confianza en el porvenir: "corona, almohada, espuela".
Es probable que fuera también entonces cuando Martí le puso título a su libro: Ismaelillo. ¿A quién aludía con ese título? No sé cómo hube, para mi biografía de Martí, el dato de que se refería "a otro niño de su infancia lejana". El nombre aparece solo vez en el poemario. Recordando, en Musa Ivantesa, cómo Pepito trepaba en busca de sus besos, el poeta exclama:
Oh, Jacob, mariposa,
Ismaelillo, árabe!
Estas mezcladas imágenes son también significativas. El amol, mariposa frágil que busca la humana dulzima, puode ser también la escala mística de Jacob.
de su infancia lejana". En uno de sus cuadernos de trabajo, una nota misteriosa dice: "Porque es necesario que ese hijo mío, sobre todas las cosas de la tierra, y a par de las del cielo, y sobre las del cielo! amado; --ese hijo mío a quien no hemos de llamar José, sino Ismael -- no sufra lo que yo he sufrido". ¿Qué importancia tenía para Martí ese nombre, en relación, al parecer, con sus sufrimientos?
Aparece sólo una vez en el poemario. Recordando, en Musa traviesa, cómo el niño le trepaba por encima en busca de sus besos, excedama:
Oh, Jacob, mariposa,
Ismaelillo, árabe!
Estas mezcladas imágenes parecen significativas. El amor, mariposa frágil, puede ser también la escala mística de Jacob hacia lo uno y divino. ¿No habrá ahí como un lejano reflejo del ordo amoris de Martí: una amgerencia de la escala que él mismo ascenderá desde el amor humano hasta el amor, casi mística en él, de patria y Humanidad? ¿No será Ismaelillo un símbolo?
Pero los versos también llaman al niño: "Ismaelillo, árabe". Si lo primero era sólo un recuerdo de otro niño cubano, o bien esa cifra simbólica que digo, ¿por qué lo de"árabe"?... También aquí podemos especular un poco. En el Viejo Testamento, que Martí se conocía tan bien, en cuéntase que el patriarca Abraham tuvo un hijo con la egipcia Agar --arisca, por cierto-- al que le puso por nombre Ismael, que significa "Dios oye". Los árabes rencían a ese Ismael legendario como progenitor de su raza. ¿Tenría todo eso algo que ver con el bantismo literario de Pepito? En tal caso, ¿qué recóndita asociación fue la que se estableció en la creación poética?
Recuérdese lo del paño árabe. Además, Quesada y Miranda nos dice que Martí dibujó ilustraciones para el Ismaelillo, o para cierto ejemplar del libro, y que mocha de ellas eran imágenes "orientales" en el sentido más lato: Rebeica "con un cántaro de agua sobre la cabeza, caminando por un oasis, con una pirámide y una esfinge en la arenosa lontananza"; una pareja de ibises; ca-
mellos y minaretes, y los Reyea Magos (Martí también llama "Mago" a Ismaelillo en el apunte antes mitinárl aludido), con su carga "de joyaa y damascos". En muchos poemas de otros momentos vemos que esa evocación de lo oriental le era grata a Martí. ¿Es eso un mero contagio del exotismo romántico, o se debe más bien a que Martí asociaba vagamente esas imágenes orientales con el esmalte y color, con el arabesco sentnoso y la gracia libérima de su estilo?
La forma nueva.
Esto nos trae a la forma de su poesía en el Ismaelillo. Omo habrá observado el lector, se emplea en la serie de poemas el metro breve, de cinco, seis o siete sílabas, en versos asonantes. Es el metro de la vieja lírica popular español, tan próxima a la de los romances de gente y caballerescos. Es también el metro simple, natural, ingenio de las canciones de una y el adecnado, por tanto, para dirigirse a un niño o para hablar de su candor. Responde, en sin, a la concepción interna del poema y al espíritu del poeta. El mismo Martí nos lo mgiere en aquellos apuntes intimos: "esta idea de reyecía, aleteando sobre mi alma enamorada, hacia na-cer esa sencillega que acaba gravemente, porque así, con gravedad y sencilla, veo mi alma". Inician, pues, la métrica y el tono de los "versos sencillos" que Martí emplea, con diversas variantes, en toda su poesía da relativa serechidad, como una, en cambio, los "endecasílabos hirentos" para sus poemas de protesta y dolor. Se trata, en fin, del Verso de los recuerdos, como el endecasílabo es su verso mesiánico, de futuro.
Por ahí se liga esa forma de sus momentos poéticos más maduros a aquellas definición que al principio cité: "Qnizá la poesía no es máa que la distancia". Y no necesité a propósito de mi llamada esa definición, la frase de Valle-Inclán: "En arte, las cosas no son como sin, sino como se reconeran". En otras palabras, el arte quiere simplificación, poda, reducción a lo esencial. Por lo menos, el arte no desbordado, no romántico.
131
---
se empieza así a comprender la estética de la poesía martiana más madura, la de los Versos Sencillos, que en realidad se anticipa con ésta del Ismaelillo. Poesía decantada, no ya sólo a través del recuerdo, sino de esos filtros ideales que son los símbolos, las alusiones, las imágenes un poco remotas. Poesía que se desprende ya de lo romántico para invadir la exquisitez modernista.
El Ismaelillo marca el punto de sazón juvenil en la poesía hepática de Martí, y desde el entra una rífaga de novedad en la poesía hispánica. Por un agilidad rítmica -- retozo de rimas y cadencías ella misma-- por un feliz conjugación de frases simples y directas y de primores verbales y metafóricos; por un acento de frescor matinal y de candor adulto; por ese tornasol, em fin, del gozo ingenno y de la ternura -- especie de cariño punzante en la yema del alma--, no sólo es un poemario encantador, sino también el testimonio de una instancia nueva de la sensibilidad. La afinidad profunda del alma de Martí con el alma infantil, afinidad que más tarde ha de florecer en las páginas de La Edad de Oro, se alimenta en el Ismaelillo de los jugos de la evoción paterna, y por eso resulta menos deliberada, deslirica corola.
Premiéndose como una fragancia silvestre de su poesía poetífica "Lleno de gracias sentimentales y de juegos poéticos" halló Rubén Darío este libro, y también dijo de él que era "un minisonlo devocionario lírico, un Arte de ser Padre". No cabe lo más antorizada.
El Ismaelillo era poesía de raíz. Ahora, con los Versos Libres, volvemos al ala.
d) Versos Libres
La segunda de las recopilaciones "alásicas" de poesía martiana fue, como ya se ha dicho, la de los Versos Libres, escritos algunos años después de Ismaelillo de ellos en 1882, a la par de los últimos del Ismaelillo, y los demás en los años inmediatamente posteriores. Martí los dejó preparadas para la publicación, en el orden que creó ediciones a incluso con un breve prólogo titulado "Mis versos", si bien no vieron la luz, como casi toda su obra literaria, hasta la edición de Quesada.
Más o menos por aquellos mismos años compuso también los numeros poemas que posteriormente se han publicado en dos compilaciones adicionales, respectivamente tituladas Flores del Destierro y Versos de Amor. Anunque también para la primera de ellas dejó Martí escrito un breve prefacio, no es probable que al final de su vida quisiese la publicación de esas que él mismo declaró no ser "composiciones acabadas", sino meras "imágenes tomadas al vuelo" entre los trabajos y conojas de su vida de conscripto. Así se colige, al menos, análisis que le hiciera a Gonzalo de Quesada: al encargar la publicación de Ismaelillo, de Versos Sencillos y de "lo más onidado o sigificativo" de sus Versos Libres: "No me los mezole a otras formas borrosas y menos características". Al publicar estas con su avidez plenaria de divulgación martiana, la devoción de la posteridad no dejó incumplido ese deseo, puesto que no ha "mezolado" esas composiciones con los Versos Libres; pero ciertamente no ha añadido nada a la gloria poética de Martí, pero más almozo.
(* Gonzalo de Quesada y Misarda, director de las Olas Completa Tesis (Edición Tropical, La Habana, 1942).
Versa Libres en buena medida aplicable al de esas otras composiciones, en
omitas casi todas en los mismas limpieza y cierre notarial. Si el caso en
tres
El Ismaelillo había aido escrito en momentos de ilusión y ventura relativas,
cantar diríamos en un matrimonio lecho de manos, aunque sobresaltado ya de re-
onezdos y de aprendidos. Estos otros versos inmediatamente posteriores son,
en su mayor parte, del momento en que Martí se queda como vacío de intimidad
familiar que todavía podido llenar su vida de pública sustancia.
Los sucedáneos de lo uno y lo otro son espurios y amargos. Buentada ya de los
espera impaciente
los de deber inmediato, la exclamación de un deber mayor llena el alma dal po-
sta y se la consume a la vez. "Estoy como roído -- le escribe a Mercado --
del ansia de vivir en acuerdo conmigo mismo; y en desobediencia a los mandat-
tos que llevo en mi alma". En otra carta de la misma época le confiesa que
está "lleno de espantos interiores", y algo más tarde le pide a su amigo mexi-
caho que le ayude "a vivir con aquella entereza acabada sin la enal me sería
no leja sobre todo la culminación de
miento en la crisis espiritual de Martí, pero si de su culminación, de la fa-
se final que conduce a liberación definíptiva de sí mismo.
El espíritu. Los temas
Salvo el tema de la "poética", es decir, de la justificación de sus propios
versos como tales, a que luego me referiré, el amor es en ellos el tema domi-
nante, su pudiéramos decir único. Y no ya porque el tema por ella esencidal-
mente lo es, de todo lo bueno, pues como dice el mismo Martí,
más dixentos y explítitax la exigíaxtemperamento de Martí ya que "sólo el
amor engendra melodías"; ome el propio Martí dice, sino porque de modo ann
más directo y explícito lo exigía temperamento que ya le conoce.
Pela no se trazca aquí tampoco como en los versos de su juventud, de una e-
fusión sentimental para y simple, de un mero lirismo erótico. En primer lugar
el impulso amoroso se ve condicionado desde fuera, por la circunstancia inti-
ma vila mediata, por la crisis del horar y por el ambiente del destierro.
-228-
caho que le aynde "a vivir con aquella entereza acabada sin la enal me sería bochornosa la existencia".
Los Versos Semecillos expresan ante todo, esa ansia de integración. Martí siente que se hacer está como escindido de un sentir y de su pensar, no por falla minza de su voluntad, sino por obra de circunstancias que aún no ha podido dominar. No poeta de palabras quisiera el ser, sino "poeta en actos". Mientras se le depara esa oportunidad, mientras se la puede forjar, ha de contentarse con dar en verso las inquietudes que hierven su espíritu. Los Versos Libres son, pues, los de un espíritu sin no literado, y esa justamente una de las canas de su congestionada violencia interior. Entiende, como le dice por entonces a un amigo cubano, "de cabeza hecha a dormir en almohada de piedra". "Lo enal no es malo -- añade --: es fama que los buenos pianistas aprenden a tocar en teclado de hierro". Pero si esa almphada engendra queos inquietos, también produce avidos desvelos, atormentadas pesadillas. Escriitas donde los veintiino años, once poemas no sog—el testimonio de una solo moque la colección inclúa poemas escritos desde los veinticinco años, ell a
ma y la mediata, por la crisis del hogar y por el ambiente del destierro. En segundo lugar, esa ansia de vocación de amor,xxxxx defraudada y al mismo tiempo excitada por el vacío en que se agita, tiene que alimentarse de la propia sustancia del alma y se elevas así en espiral hacia dimensiones cada vez más amplias. Los Versos Libres son las confesiones de un alma espíritu que sufre de su destino presente, demasiado reducido para su ansia; un espíritu que el sufrimiento va purificando y elevando hasta escalar las alturas del heroísmo moral, en busca de un destino superior. Por este esquema poemos distinguir los temas especiales de los Versos Libres.
Patria y destierro
Al fondo de todo ese proceso está siempre el recuerdo de Oñba. De ella parte y hacia ella va. La angustia del poeta en palabras se atenará en la medida en que sus actos pueden ir respondiendo al deber patrio, por el enal insacrificado todos los demás. Ahora, en el frío primero del destierro, la patria no es aún programa, sino recuerdo, y esta brasa le quema el alma.
Acaso el poema "Police Verso", "memoria del presidio", se escribió todavía en Zaragoza, como parecen sugerirlo ciertas alusipnes que ensegnida se verán. En tal caso, no sabríamos imaginar por qué motivo, probablemente ocidental, no se publicó antes. Pero el hecho de que Martí lo incorporase a esta poesía de la madurez permite aponer que aún reflejaba el tono de su emoción patria:
Acaso el poema "Police Verso", "memoria del presidio", se escribió todavía en Zaragoza, como parecen sugerirlo las alusipnes que ensegnida se verán a la "rama de almendro", Excluyendo no sabríamos imaginar por qué motivo, probablemente ocidental, muy cerca de incorporarse a esta poesía de la madurez. Por ello en todo caso revela que manera de emoción de Martí en este momento:
Zarzal es la memoria; mas la mía es un cesto de llamas!
Las viejas imágenes no acuden, sin embargo, para el rencor, sino para aviar la conciencia de su tierra aún esolava e iluminar las canas inexorables de su infortonio:
... A su lombre el porvenir de mi nación preveo.
Y lloro. Hay layes en la mente, leyes cual las del río, el mar, la piedra, el astro, asperas y fatales: ese almendro que con su rama oscura en flor sombrea mi alta ventana, viene de semilla de almendro; y ese rico globo de oro, de dulce y perfumado jingo lleno, que en blanca fronte una niñela cara, flor del destierro, candida me brinda, naranja es, y vino de naranjo.
Y el snelo triste en que siembran lágrimas, dará árbol de lágrimas. La colpa es madre del castigo. ...
De esas culpas, la que más hiere el alma amorosa de Martí es la de la es-del presidio, símbolo y cifra de la otra más vasta. clavitud. Sus imágenes desfilan en sombrías perfiles:
Oh, qué visión tremenda! Oh qué terrible procesión de culpables! Como en llano negro los miro, torvos, anhelosos, sin fruta el arbolar, secos los píos bejucos, por comarca fumararia donde ni el sol da luz, ni el árbol sombra!
De espectáculo mental se eleva ensegnida, por contraste, al de la dignidad inalienable del hombre, cuya frente es
porción de Universo, frase unida a frase colosal, sierva ligada a un carro de oro. ...
sierva con escondidas riendas ponderosas a la incansable Eternidad atada!
El apretado poema termina con una homilía. Al llegar a ella cada cual puede elegir los vicios por armas o por escendo las virtudes. Al cobarde, las "vestales rudas" del destino le condenan, como en el caso de Roma los emperadores, invirtiendo el pulgar: pollico verso. No es difícil entrever en a los frivolos señoritos de su isla, los versos finales la alusión miércoles maritima que esquivan la gran tarea, sin parar mientes en que los extraños los deseñan "como a raza rmin, mengoada y floja". El problema de la patria se enlaza siempre con el problema moral, con el problema del carácter. Así también en Banquete de thranos, de un simbolismo truculento, en que la andacia metafórica de Martí no se detiene para representarse a los déspotas hundiendo la manía ensangrentada en el manjar del mártrir muerto, esta imagen le da motivo para afirmar, por contraste, su fervor por los que llevan "del decoro humano/ornado el santo pecho", y su abominación de los frivolos y complacientes, traidores a la humanidad, que junto con los déspotas "se parten la naoión a dentelladas".
Más dulce es la memoria de Coba en otros poemas, donde se comparan sus imágenes queridas con las del hosco antirrojo, en Hierro, por ejemplo, la consciencia de su "virtud imutil" para mayores empresas, le lleva al pen-samiento de la patria, que recuerda en versos de herediana factura:
Sólo las flores del paterno prado tienen olor! / Sólo las seibas patrias del sol smxparan! Como en vaga nube por snelo extraño se anda; las miradas injurias nos parecen, y el sol mismo, más que en grato calor, enciende en ira! No de voces queridas prebla el eco los aires de otras tierras: y no vnelan, del arbolar espeso entre las ramas, los pálidos espíritus amados! De carne viva y profanadas frontas viven los hombres, ay! mas el proscripto de sus entranías propias se alimenta!
Pero las referencias explícitas a la patria no son escasas en los Versos Libres, y las que hay tienen poco contenido político sino que tienden a enlazarse, ménian, como ya he dicho, con el problema moral. Lo primero no deja de sorprender un poco, tratándose de un hombre para quien la libertad de su patria era una obsesión; lo segundo está dentro de su ley psicológica. En su espíritu, la conciencia de lo público tiende siempre a integrarse con la conciencia privada; los valores políticos con los morales. La libertad misma no es para él un fin, sino un principio de edificación del carácter del hombre. Martí no es, pues, un poeta civil. No ha puesto ideales o emociones puramente políticas en verso. Es un poeta lítico, para quien el amor a la patria -- la porción de Humanidad en que le tocó nacer -- caño de los altos peldaños en su escala de amor.
El jansia de heroísmo un movimiento hacia la plenitud. Si todo amor significa una mansión de la existencia del ser, qué mnocho que ese ordo amoris comience paráxfirmismo; por el ensia de realizarse a sí mismo integramente?. . No se puede esquivar la impresión de egotismo (ya distingirí esta palabra de "egoísmo") que nos da toda su poesía, de hurta, y particularmente los Versos Libres. Pero es siempre, eso sí, una poesía del yo generoso. Le tortura, en estos años del destierro, la desproporción entre una taruna minceo las, su servidumbre de panganar, y sus fuerzas. El poema "Hierro" recoge también esa especie de resentimiento del alma vocada al heroísmo:
Ganado tengo el pan: hágase el verso y en su comercio diario se ejercite la mano quem oual prófingo perdido entre oscuras malezas, o quien lleva a rastra enorme peso, andaba ha poco sumas hilando y revolviendo cifras.
Entra el poeta en diálogo con su propia alma, intenta retóricamente el lenguaje del cinismo realista:
Oh, alma! oh alma buena! mal oficio tienes! : pásrate, oalla, cede, lame manos de potentado, ensalza, excusa defectos, tenlos --que es mejor manera de exconsarlos--, y mansa y temerosa vicios celebra, encrombra vanidades: verás entonces, alma, onl se trueca en plato de oro rico tu desnudo.
Pero enseñida, claro está, afirma su ley de amor. ¿Qué puede remediarle sn mal
de soledad estéril que la cindad encona?
Lo alivia el campo inmenso. Otro más vasto
lo aliviará mejor! -- Y las obscuras
tardes me atraen, onal si mi patria fuera
la dilatada sombra.
Homagno sin ventura
la hirenta y retostada cabellera
con sus pálidas manos se mesaba.
"Másara soy, mentira soy, decía;
estas carnes y formas, estas barbas
y rostro, estas memorias de la bestia,
que como silla a lomo de caballo
sobre el alma oprimida echan y ajustan,
por el rayo de luz que el alma mía
en la sombra entrevé,-- no son Homagno!
El símbolo es de la angustia del respíritu alado en su lucha con la materia: Calibán y Ariel. Pero su fondo intencional es todavía aquél de los primeros versos del ansia heroica. Siente el poeta en sí mismo la medida heróica y compara esa fuerza con la misma tarea presente:
Por qué, para cargar en ellos
un grano rím de alpiste mal trojado
talló el Creador más colosales hombres?
Dramáticoamente describe la inquietud de su alma ávida, el trágico desvelo en la "almohada de piedra" y la terrible defraudación de cada mañana nueva:
Y a cada nueva luz, de igual enfojo
modo y rím, la vida me aparece,
como gota de leche que en cansado
pezón, al terco ordeno, tibbea,
como carga de hormiga, como taza
de agua añeja en la janla de un jilgnero.
Ese mismo tema del heroismo reprimido se universaliza, en "Yngo y Estrella". Los dos términos entre los cuales puede optar el mespíritu. Quien acepta el primero, hace de manso buey, y como presta servicio a los señores, duerme en paja caliente, y tiene rica y ancha avena;
quien toma para sí la estrella "que alumbra y mata", elige destino heroico, porque "todo el que lleva luz se queda solo". La visión para un espíritu como al de Martín, lo alación
no es andosa. Se asiate en que de su sentido de lo transcendente, tal vez también de una vagas convicciones sobre la trasmigración de las almas:
... el hombre que al buey sin pena imita, buey vuelve a ser, y en apagado bruto la escala universal de nuevo empieza.
El que la estrella sin temor se oífe, como que crea, crece!
Emerson había aconsejado: Kitch your wagon to a star!... Así elige Homage no, y
la estrella, como un manto, en luz lo envuelve; se enciende, como a fiesta, el aire claro, y el vivo que a vivir no tuvo miedo, se oye que un paso más samba en la sombra!
Dame el yugo, oh mi madre, de manera que, puesto en el de pie, luzca en mi frente mejor la estrella que ilmina y mata!
Pero una cosa es la vocación y otra la posibilidad. Todavía le uneen y las servidumbres a que el amor y el deber obligan. Inexorablemente los menesteres de la tierra/ Del manuscrito de "Hierro" tachó una estrofa entera en la cual se leía: "Amar, agonía! Es tóxico el exceso/de amor!"... El sentido de la responsabilidad privada se debate con el de la vocación pública, y el infinito tedio del alma heroica sin tarea a su tamaño propiedad reiteradamante la idea de la muerte.
En "Canto de Otoño", uno de sus más nobles poemas, esas ideas de amor y muerte se conjugan entre sí y con otros temas universales y eternos. El poema es de 1882, el año de la publicación de Ismaelillo. Está anúnse separado de su hijo, y recuerdo es una obsesión:
... Pienso en aquél a quien mi amor culpable trajo a vivir, y, sollozando, esquivo de mi amada los brazos; mas ya gozo de la amora perenne el bien seguro.
Oh, vida, adiós! Quien va a morir, va muerto.
No es necesario recordar quien fue esa "amada" que ya había entrado en un vida. Extremadamente al drama moral íntimo de Martí. Le vemos entablar "duelos con la sombra", con ese "cónolave de jueces" que es la propia comienda. Ellos le piden ocuertas, como a todos los humanos, "de sus obras de paz":
... de los nuevos árboles que sembraron, de las tristes lágrimas que enjugaron, de las fosas que a los tigres y viboras abrieron, y de las fortalezas eminentes que al amor de los hombres levantaron.
Se siente limpio por dentro. Del fondo del corazón le sale su grito generoso:
Unjanse presto soldados del amor los hombres todos!
La tierra entera marcha a la conquista de este rey y señor, que guarda el cielo!
Mas no le dice también la conciencia que es vil la traición? No le recuerda "que no acaba el drama de la vida/ en esta parte ocurra" y "que los buenos, los tristes, los burlados/ serán en la otra parte burladores"?... Es lacerante el drama de aquella alma delicada. Intenta justificarse a sí misma manhaciendo comparar el recuerdo de toda su vida:
Los lóbregos espacios rasgué desde mi infancia con los tristes penetradores ojos: el misterio en una hora feliz, de smeño acaso de los jueces, así (x), y amé la vida porque del doloroso mal me salva de volverla a vivir. Alegremente el peso eché del infortunio al hombre.
(x) Del verbo asir.
Ya no le importa morir: "¿qué mortal que se asomó a la vida/ vivir de nuevo quiere?" Venga, pues, en buen hora, la "dama oscura" que desde hace tanto tiempo está sentada a sus umbrales. Su principal deber, cumplido estaba: "xxx
El largo poema "Yo sacaré lo que en el pecho tengo..." es un autorretrato moral o, si se quiere, un examen de conciencia. El tíverso del título declara su voluntad de purificación. En sí mismo lleva la fragua que ha de salvarle: "la madre del dolor guardo en mis huesos", "mi dolor, como un cadáver, surge a la orilla no bien el mar se serena". En el sufrimiento del alma generosa en contacto con un mundo egoísta. Martí da aquí insente una nota/de pesimismo sobre la índole humana; que no se encuentra en su pensamiento en prosa: "a los hombres/ palpo, y conozco, y los enocentro malos". En contraste, se siente su propia alma vocada a la ternura, a la generosidad. La describe recurriendo al símbolo del ala (x):
...la qué me dieron,
para vivir en un tigral, sedosa
ala, y no garra agnada? o por acaso
es ley que el tigre de alas se alimente?
Los buenos, en efecto, vienen al mundo a "equilibrar" la furia que anda snelta; pero exceden la pugna della garra y el ala, el destino de los que aman en sufrir. ¿No es ese el doble sentido de la "pasión"?:
Para el misterio de la Cruz, no a un viejo pergamino teológico se baje:
bajese al corazon de un virtuoso.
Padece mucho un cirio que ilumina:
dnele mucho en la tierra un alma buena.
"Amor de cindad grande" es una protesta contra la materialización del amor y de la vida. Evoca con melancolía los viejos tiempos del amor romántico:
...aquel salirse
del pecho el corazón; el inefable
placer de merecer; el grato smato
de camñar de prisa en derecha
(x) Así también el poema "A los espacios":
Si me pedía un símbolo del mundo
en estos tiempos, vedio: un ala rota.
Se labra mucho el oro. El alma apenas!
del hogar de la amada, y a sus puertas,
como un niño feliz, romper en llanto. ...
Ahora, "de gorja son y rapidez los tiempos", y el amor también se ha hecho a presurado y bratal:
La edad es ésta de los labios secos!
De las noches sin sueño! De la vida estrujada en agraz! ¿Qué es lo que falta que la ventura falta? Como liebre azorada el espíritu se esconde. ...
No es ése "de cindad grande" el amor que su alma apetece, y aunque siente que no se ha purificado aún bastante para merecer el querromente amor que de veras apetece, les cede a los viles su deleite mercenario:
tengo sed; mas de un vino que en la tierra
no se sabe beber!
Su impetu amoroso va sobreando así un umbralmente vuelo casi mística; pero inmanente: "el alma/ su ardiente amor reserva al universo", dirá en o-hay
tro poema. Y también: "sólo un vaso que la sed apague/de hermosura y amor; Ma turaleza". Ha asocendido un grado más en su esoala. Ya le ronda luz del alma universal, que canta en los versos bellisimos de "Astro Puro":
espíritu, pureza, luz, ternura,
ave sin pies que el río humano espenta. ...
Oh mago, oh mago amor!
Ya compañía
tengo para afrontar la vida eterna.
Para la hora de la luz, la hora
de reposo y de flor, ya tengo cita
La vocación espiritual de esa sed aya se declara una y otra vez. En "Media noche" despierta su "corazón prendado"
de cuanto vivo el Universo habita:
del gusanillo verde en que se trueca
la hoja del árbol; del rizado jaspe
en que las hojas de la mar se omajan;
de los árboles presos, que a los ojos me sacan siempre lágrimas; del mundo bribón que con los pies desnudos en fango y nieve, diario o flor pregona.
Su impetu amoroso va cobrando así un vuelo cada vez más amplio. "El almaoo"ooo
No es ése "de cindad grande" el amor que su alma apetece, y anque siente que no se ha purificado aún bastante para merecer el querromente amor que de veras apetece, les cede a los viles su deleite mercenario:
La purificación de sí mismo ha ido despersonalizando más y más su poesía, elevándola a planos filosóficos. Todo se le vuelve símbolo moral. Enxxxxx
Su imbertemente amoroso cobra así el más alto vuelo. "El alma/ su ardiente amor reserva al Universo", dirá en otro poema; y también: "aólo hay un vaso que la sed apague/ de hermosura y amor: Naturaleza". Ha asocendido así al último peldaño de su esoa la y ya se siente innundado por la luz del alma universal, que iz oanta en los versos bellísimo de "Astro puro":
espíritu, pureza, luz, ternura, ave sin pies que el ruido humano espanta. ..
Oh mago, oh mago amor! Ya compañía tengo para afrontar la vida eterna.
Para la hora de la luz, la hora de reposo y de flor, ya tengo cita.
141
A doña Leonor, de quien había de decir Martí que había heredado el amor al sacrificio, se le atribuyen "luces naturales" y abnegados desvelos maternos.
Durante los primeros años de Martí, la familia no debió de estar muy escasa de recursos, ya que pudo hacer un viaje de algunos meses a España. Después, las cosas cambiaron. Don Mariano se vió trasladado, como capitán de partido, a la comarca del Hanábana, en la provincia de Matanzas. De esa época data la primera carta suya que conservamos, escrita a los nueve años.
La instrucción de primeras letras que ya esa carta revela continuó en el colegio de San Anacleto, en La Habana. Rarece haberse interrumpido con un rápido viaje don Mariano y su hijo a Honduras Británica, del cual conservará Martí un borroso recuerdo. Al regreso, gracias a la insistente protección de su padrino Arazoza, que había visto en el niño la chispa privilegiada, ingresó en la Escuela Municipal de Varones, recién fundada bajo la dirección de don Rafael María Mendive. Además de excelente maestro, era Mendive un delicado poeta del romanticismo en tono menor y un enamorado de su patria.
# Corrían los años en que los cubanos inconformes con la opresión del régimen colonial agotaban sus últimos diligencias pacíficas piediéndole reforzas a una metrópoli soberbia, no escarmentada por las continuas conspiraciones en la Isla ni por los conatos de insurrección aún recientes. Aunque reformista en la actitud pública, Mendive compartía las ideas separatistas de casi todos los cubanos ilustrados de su tiempo. En su colegio privado "San Pablo", donde Martí continúa sus estudios con su amigo Fermín Valdés Domínguez, el primero estrena sus gustos literarios, traduce partes del Hamlet, le bebe a su maestro nociones de patria que luego, repetidas en el hogar, provocan los malos humores paternos. Gracias a Mendive, Martí puede matricularse en el Instituto en 1866.
Se ha ido enardeciendo el ambiente con la oposición violenta de los españoles "integristas" al movimiento de reformas y al fracaso al cabo, en Madrid, de la Junta de información que había sido creada para procurarlas. Es el año 1868. Soplan vientos de revolución. Carlos Manuel de Céspedes se ha alzado en armas, el 10 de Octubre, en su ingenio "La Demajagua", cerca de Lara. La estudiantina del Instituto es un hervidero de entusiasmos mal reprimidos. Los muchachos, a quienes Martí lee un quintanesco soneto "Al 10 de Octubre", hablan de irse a la manigua. Por las calles de La Habana anda suelta la furia integrista.
Pero la noticia de la insurrección en Oriente casi ha coincidido con la de la revolución liberal que destrona a Isabel II es España, y el suceso tiene repercusiones favorables en Ultramar. Tratan los nuevos gobernantes de apagar, si es posible, las hogueras incipientes en Cuba y Puerto Mico. A La Habana mandan otra vez al General Dulce, que la hace cierto honor a su apellido. el nuevo capitán-general decreta libertad de reunión y de imprenta, y al amparo de ésta publica Valdés Domínguez un periodiquito, El Diablo Cojuelo, donde ve la luz el primer escrito de martí: un artículo irónico, desenfadado, que formula ya, sin embargo, un grave dilema: "O Yara o Madrid".
Irritados por aquellas libertades, los voluntarios españoles se
toman por su mano la defensa de la integridad. Una noche asaltan el Teatro Villanueva, donde unos cómicos cubanos se han estado permitiendo desahogos patrióticos. Hay tiros y alarma por las calles. Los voluntarios se acuerdan del "infidente" Mendive e intentan dar fuego a su casa, donde tiene instalado el colegio "San Pablo". Martí recogerá algún día en unos "versos sencillos" el recuerdo de aquella noche dramática. Los sucesos no le disuaden de publicar el día siguiente el primer número de su periódico La Patria Libre. Sobre ser muy provocador por su título, hay en él un pequeño poema epicodramático del propio Martí, titulado Abdala y "escrito expresamente para la Patria". A nadie se le ocultan sus incitaciones políticas indirectas.
Poco meses después, desterrado ya Mendive a España, algunos jóvenes han tramado una conspiración. Uno de ellos -- antiguo discipullo de Mendive también -- se desvía de ella. Martí y Valdés Domínguez, le escriben preguntándole si ha "soñado alguna vez con la gloria de los apóstatas", si sabe "cómo se castigaba en la antigüedad la apostasia". Al practicarse en casa de Valdés Domínguez un registro, provocado por un incidente con unos militares, las autoridades encuentran la carta aun sin enviar. Se incoa proceso de "inridencia" contra los firmantes, Martí y Valdés Domínguez. Ante el tribunal de guerra que los Juzga después de varios meses de cárcel, el primero se declara, contra las protestas de su amigo, único responsable. Le condenan a seis años de presidio.
Las canteras de San Lázaro, donde se halla el establecimiento penal, son un infierno. El sol castiga brutalmente la piedra caliza. Los presos están sujetos a trabajos forzados. Hay viejos, jóvenes, niños. Muchos no saben por qué están allí. Arrastran grillete, y el cabo de varas, al menos pretexto, les tunde las espaldas. Muchos muere del cólera, de la fiebre amarilla, de la viruela. Es un espectáculo lancinante y un testimonio vivo de la ciega injusticia del régimen. Martí no olvidará jamás aquel lugar danteco.
A los seis meses, por la intervención de un catalán influyente, le trasladan a Isla de Pinos y le computan la pena por la de destierro en España. Ha salido medio ciego del resplandor de las canteras y con una lesión inguinal producida por la cadena del grillette. A su maestro Mendive le escribe: "Mucho he sufrido, pero tengo la convicción de que he sabido sufrir...".
El sufrimiento ha hecho de él un hombre a los disciocho años. Apeñas llegado a Madrid, a comienzos del 71, asume actitudes políticas con enteresa y precocidad extraordinarias. Publica un folleto El Presidio Político en Cuba, vigorosa y dramática denuncia, escrita con el regusto estilístico de sus recientes lecturas de la biblia y de Victor Hugo en el destierro de Isla de Pinos. Polemiza en los periódicos. Discute de alta política con el jurista camagüeyano don Calixto Bernal, que, partidario de una suerte de autonomía para las colonias, profesa, sin embargo, avanzadas ideas liberales y hasta socialistas. Con palabra encendida anima Martí a otros cubanos jóvenes, estudiantes o expatriados como él. Por la frase inicial de un discurso evocador de la situación en la isla, le dan el remoquete de "Cuba llora".
La noticia del fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina en La nabana, relsamente acusados de haber profanado la tumba de un periódista del integrismo, agita a Martí en su cama de enfermo. Poco des-
pués, Valdés Domínguez, que se hallaba entre los estudiantes acusados, llega a España y cuenta terribles detalles de aquel crimen infame. Un poema escrito por aquellos días, "A mis hermanos muertos el 27 de Noviembre", da cuenta del juramento que ya hizo de consagrarse a libertad de su patria.
Entre tanto, se ha matriculado y cursa sus primeros estudios de De recho en la Universidad Central. Cuando cae, en 1873, la precaria monarquía de Amadeo y sube la República, Martí dirige al nuevo gobierno un vibrante alegato: "La República española ante la Revolución Cubana. Apela en sentido de indivisibilidad que debe tener el pensamiento republicano y pide que España rehabilitite su honra mancillada en América. Aquella dialéctica, que no parece de un joven de veinte años, resulta inútil. En una carta a Néstor Ponce de León, secretario de la Junta Cubana Revolucionaria en Nueva York, Martí se le ofrece para servir a la causa de la independencia, "única solución a la que, sin temor y sin descanso, he de prestar la pobreza de mis esfuerzos y toda la energía de mi voluntad, triste por no tener esfera real en que moverse". # Apenas ha podido gozar de los privilegios de la mocedad en la villa del oso y el madroño. Pero sí ha visitado mucho los museos, en que Goya le apasiona; ha asistido a la tertulia del Real y a las conferencias del Ateneo, donde ya se habla de novedades krausistas. Probablemente por necesidades de economía, o acaso por acelerar sus estudios, se traslada a la Universidad de Zaragoza, donde termina los de Verecho, cursando a la vez los de bachiller. En la capital de Aragón sí "rompió su corola poca flor de su vida". Se enamora por primera vez. Con el pintor Gonzalvo, recorre cartones de Goya, monumentos, ruinas,
paísajes. Desde entonces conservará siempre en su corazón, para aquella tierra,
un lugar todo Aragón, franco, fiero, fiel, sin saña.
La paz provinciana se turba con las noticias del golpe de ravía. Zara-goza reacciona como en los días gloriosos de las barricadas contra el francés, y Martí no es ajeno a la acción ni a los discursos. Pero la República ya no tiene salvación.
Ha terminado el joven cubano sus estudios. En octubre de 1874, burla el destierro en España, visita con Valdés Domínguez París y otras ciudades europeas y embarca al fin en Southampton para México.
# Allí están anora sus padres y hermanas, a quienes había secado de Cuba la miseria. Esperan al diplomado de España como al santo adventimiento. | Cuántas estrechas no podrá aliviarles, incluyendo aquéllas de la dignidad que sólo el orgullo satisface!
Martí había recibido en sus últimos meses de estudiante cartas de su madre, llenas de esa expectación, y de su hermana favorita, Ana, rebosantes de ávida ternura. Esas cartas le habían hecho presente -- sin decirlo -- el deber privado. | Y la guerra ardía en los campos de Cuba.
Al llegar a México, recibe la noticia de que Ana acaba de morir de tuberculosis. Es un golpe tremendo que hace aún más vivo el sentido del deber para con los suyos. Por ese amor de familia, ahoga de momento sus ansias de luchar en Cuba. Pero sus versos de entonces acusan un profundo sentimiento de rubor, de frustración. Con la credencial de una traducción de Mes fils, de Víctor Hugo y la ayuda de Manuel
Mercado, un amigo generoso que México le da para toda la vida, ha entrado a colaborar en la Revista Universal. En ella y en otros periódicos, cuando la circunspección de extranjero no se lo veda, comenta con fervor las noticias de la isla. Nada basta, sin embargo, a disiper su angustia intima. Pero halla dos vías de compensación: el amor de mujer y el ejercicio de las letras. Ya tendremos ocasión de referirnos, cuando estudiemos el temperamento de Martí, al más documentado de sus episodios amorosos: aquél de que su protagonista kosario da la Peña, la musa de literatos por quien deciese que se había suicidado el poeta Acuña. No sué sino el primero en México de una serie de amorios del cubano joven, apasionado y romántico.
Homántico también era el ambiente literario de la capital méjicana por aquellos tiempos, aunque ya empezaban a batirlo ráfagas de positivismo. En los circulos que frecuentaban literatos de aureola, o escritores bisonos, generalmente más accedores hacía el cubano, Martí se destacó enseguida por su imaginación y su apasionada elocuencia. Pero esa actitud no dejaba de verse en ocasionales apuros. El enfoque idealista y espiritualista de la realidad empezaba a verse desariado por el materialismo filosófico, que el auge de la ciencia había puesto de moda, y Martí se vió envuelto en públicos debates de doctrina, que alguna vez le pusieron a la defensiva.
Más que esas disquisiciones abstractas, sin embargo, lo que entonces le ocupó fue la sustentación de los intereses concretos del país que tan hospitalariamente lo había acogido. Kervía aún allí la estela de la reforma iniciada por el gran indio Juárez, si bien se veía resistida cada vez más por las fuerzas reaccionarias. Martí se pro-
yectaba irresistiblemente hacia las perspectivas de mayor luz y justicia. En las páginas de la Revista Universal -- de la cual era "boletinista" -- y en otras publicaciones, va venciendo su circunspección de extranjero para entregarse ardorosamente a la defensa de los trabajadores, del indio, de la democracia, de todo lo que representara una exaltación de la natural dignidad humana. Al mismo tiempo, participa intensamente en la estimulación de las letras y del arte nacional; cultiva el mismo la poesía; ascribe y se hace representar un juguete teatral titulado Amor, con amor se paga.
La nostalgia de Cuba, empero, le trabaja por lo hondo. Acaso contribuye a que se enamore de la cubana Carmen Zayas Bazán, por entonces de visita en México. Contrae compromiso de matrimonio con ella. Sus cartas a mercado nos dirán más tarde la intensidad de aquel amor y de la ilusión que en su novia puso.
Entre tanto, la situación política del país se ha ido ensebreciendo. El caudillismo reacciónario ha levantado cabeza contra el cálib gobierno liberal de Lardo de Tajada, que Martí defiende. Prospera la revolución y avanza hacia la capital. Cae al fin el gobierno. Estas circunstancias, unidas al deseo que Martí tiene de casarse y de abrirle cauces más anchos a su vida, le inducen a buscar fortuna en Guatemala, no sin pasar antes disimulada yfurtivamente por Cuba, donde se extingue poco a poco la llamarada del 68.
# En quatemala manda, a lo rústico, el dictador Rufino Barrios. rero martí llega a la paqueta república muy embebido de amor y de lujosiones. "Nunca turbaré -- la escribe al ministro de relaciones inte-
riores Escal -- con actos, ni palabras, ni escritos míos, la paz del pueblo que me acoja. Vengo a comunicar lo poco que sé y a aprender mucho que no sé todavía. Vengo a ahogar mi dolor por no estar luchando en los campos de mi patria, en los consuelos de un trabajo honrado y en las preparaciones para un combate vigoroso. . Hay una gran política universal, y ésa sí es la mía, y la haré: la de las nuevas docrínas".
Le ha preparado el camino de entrada un cubano, José María Izaguirre, que dirige allí la Escuela Normal. Izaguirre logra que nombren a Martí profesor de literaturas, de filosofía. . Su elocuencia se gana enseguida a los entudiantes, pero no deja de despertar celos entre la gente de una y letras. Con cierta ironía le llaman "Doctor Torrente". Pero el cubano es un éxito entre la gente menos prevenida. Le hacen presidente de una sociedad literaria. Le reciben salones y hogares.
Uno de ellos el del General García Granados. Su hija María, delicada y romántica se prenda del cubano transeunte que ha dejado su novia en México. Martí no puede corresponder más que con delicadezas y poesías. En una de ellas subraya su "voz de amigo". En vano se esforzará, sin embargo, por desviar aquel amor harto visible. Aceso, sin quererlo, se deja querer. . Pero un día tiene que volver a México a casarse con la novia cubana. Cuando acompañado de su esposa regresa a Guatemala, el distanciamiento de María se hace inevitable. La mucha se enferma, diz que de haberse bañado tarde en el río. Poco después muere. Hay consternación en la ciudad. Los funerales, a que Martí asiste, dejan una huella de dolor. Tal vez también de co-
micillas sobre el cubano aventurero. . . Andando los años, Martí escribirá un tierno romance sobre "la Niña de Guatemala" -- "la que se murió de amor".
En México se publica ahora en folleto el extenso y hermoso elogio que ha escrito de la tierra guatemalteca, de sus costumbres, de su cultura. Pero esas generosas páginas no bastan a despejar ciertas celosas intrigas provincianas. Además, izaguirre, por un gesto de dignidad, ha incurredo en las iras del dictador Barrios y presentado su renuncia. A pesar de sus consejos, Martí se solicariza con él. Por fortuna, llegan entonces nuevas de Cuba sobre el Pacto del Zanjón, que pone término a la guerra. Martí retorna a su patria, con su mujer encinta.
# En la habana ya, intenta asentar en lo práctico su vida y ejercer de abogado. El nacimiento de su hijo le constrije a más en ese sentido. Trata de satisfacer en la actividad cultural a que se incorpora su sentido ideal de la vida. Pero su temperamento inquieto y sus ideales de justicia y libertad pueden más que todo interés privado. Los discursos que a poco de llegar pronuncia en el Liceo de Guanabacoa tienen un acento de sofrenada impaciencia patria. En un banquete al periodista Adolfo Márquez Sterling, se produce ya enérgicamente a favor de una política capaz de llegar a "soluciones inmediatas, derinidas y concretas". Otro discurso de tema cultural, pronunciado en presencia del Capítulo General Blanco, hace decir a este que Martí es "un loco peligroso".
Los elementos inconformes con el Pacto del Zanjón conspiran. Ma:
ti se asoci en la habana a los trabajos secretos del periodista Juan Qualberto Gómez y de otros. Descubierta la conspiración, se le destierra de nuevo a España por una disposición ejecutiva.
# Esa segunda estancia en la península es brevisima; pero le permite comprobar que ni aun de los políticos liberales españoles cabe esperar beneficio alguno para la isla. Ciertamente, Martí no los esperaba, ni contaba con ellos sino como mera promesa que pudiera entibar, con esperanzas de autonomía, la voluntad cubana de independencia. Disguita ya a trabajar contra eso y también contra el peligro a más grava de que la desesperación en la isla se orientase hacia una anexión a los Estados Unidos, resuelve trasladarse a este país, donde hay numerosas colonias de emigrados cubanos. Sabe, además, que allá está el general Calixto García organizando el nuevo esfuerzo revolucionario, para el cual el propio martí había conspirado en la habana.
En enero de 1880 llega a Nueva York. Espera allí a su mujer e hijo, procedentes de Cuba. Con dificultades se gana la vida haciendo trabajos comerciales y escribiendo artículos para la revista The Hour primero, luego, en francés, para el diario The Sun. Desde el primer momento se incorpora al movimiento dirigido por el general Calixto García, pronunciando en Steck Hall una conferencia que perfila ya claramente todo su pensamiento revolucionario. Pero la llamada Guerra Uniquita, desatada por la expedición del General García a Cuba, franca. A comienzos de 1881, martí, que no puede ya sostenerse en Nueva York, parte para Venezuela a rehacer su vida.
Tiene en esta otra república hispanoamericana éxito personales y literarios parecidos a los de Guatemala. También aquí, sin embargo, su incapacidad para adular el poderoso -- ahora el dictador Guzmán Blanco -- le obliga a abandonar el país a los pocos meses. Ello no obsta para que regresa a los estados unidos prendado de aquella tierra, cuna de bolívar, y dispuesto a luchar por la "revelación, sacudimiento y fundación urgente" de la que pronto había de llamar "Nuestra América".
# Desce Nueva York, comienza enseguida su colaboración periodística, en forma de cartas para el diario La Opinión Nacional, de Caracas. Ha vuelto a reunirse con los suyos. Publica en 1882 su libro de versos ismaelillo, dedicado a su hijo de cuatro años. Escribe buena parte de sus Versos Libres. Vive de hacer traducciones para una casa editorial y de su labor periodística, destinada ahora al diario La Nación de Buenos Aires y a la revista La América, de cuya dirección se encarga en Nueva York.
Pero no abandona sus empeños patrios. En 1884, comienza la gran serie de sus discursos conmemorativos del 10 de Octubre. Ese mismo año se reúnen Nueva York los generales Máximo Gómez y Antonio Macao paraenserar nuevos planes revolucionarios. Martí enseguida se une a ellos. Inconforme, sin embargo, con la orientación que se le piensa dar al movimiento, que considera autoritaria y militarista, se aparta de aquellos planes. Esta disidencia le granjea la desaprobación de muchos emigrados, para quienes aquellos jefes eran idolos. Martí palpó el vacío en torno suyo. No sin justificar su conducta en las oportunidades que se le ofrecen, resuelve esperar a que los juicios maduren.
Durante seis años desenvuelve la que algún día llamará su "campaña de amor". Al mismo tiempo, intensifica su labor periodística en la
América hispánica, no sólo porque de esa labor vive, sino también por ganarse simpatías en esos países para la causa cubana. Sus crónicas, en efecto, despiertan una gran admiración. Martí se ve nombrado Cónsul del Uruguay en Nueva York y recibe honores semejantes de otros países hispanoamericanos. Por esa época, traduce novelas americanas y publica su revista La Edad de Oro, dedicada a los niños de América.
El relieve prestigioso de toda esa labor, su política de captación amorosa de voluntades, su defensa ardiente de Cuba en periódicos americanos, le han ganado de nuevo la admiración y el carrío de los emigrados cubanos. En cambio, ha hecho crisis definitiva su vida conyugal, que ya venía muy quebrantada. Su esposa y su hijo se marchan para Cuba. Martí se entrega ya totalmente a labor de agitación y edificación política. Intensa que por tanto tiempo ha estado ansiando. Desde 1890 sus discursos en ocasiones patrióticas van tomando un crescendo de incitación revolucionaria. Esto provoca reclamaciones diplomáticas de España en Washington, y Martí resuelve renunciar a los cargos consulares que desempeña en representación de la Argentina y del Uruguay.
# En noviembre de 1891, comienza a recoger el fruto de esa siembra. Invitado por un club de emigrados en Tampa, enardece allí a la colonia cubana con sus discursos. Al calor de ese entusiasmo se adoptan unas "Resoluciones" con vistas a la nueva organización revolucionaria. Un mes después, también los obreros de Key West le invitan a que los visite. Allí la acogida a Martí no es menos ardorosa que en Tampa.
En una asamblea de presidentes de clubs de emigrados, se acuerdan bajo la presidencia de Martí, las bases y estatutos que éste ha propuesto para el Partido Revolucionario Cubano. Tampa los aprueba enseguida. Heresa Martí a Nueva York henchido de esperanza y voluntad de triunfo. Apenas logra nublarlas una dura carta que allí recibe, desde la Habana, de un veterano prestigioso de Los Diez Años, el general Enrique Collazo, mortiricado por ciertas frases mal entendidas de un disccurso de Martí en Tampa. En esa carta se le hacen severos reproches por actitudes pasadas. La intervención de no pocos amigos disuelve pronto el incidente, pero Martí contrae consigo mismo el compromiso de acreditar su entereza yendo a pelear a los campos de Cuba cuando la hora llegue.
A la organización del Partido -- del cual se le ha hecho jefe bajo el título de Delegado -- sigue una actividad intensísima de Martí para concertar voluntades dentro y fuera de Cuba, para recaudar fondos y organizar la acción revolucionaria. Funda en Nueva York el periódico Patria, que se escribe casi enteramente de su mano. Multiplica cartas y discursos. Viaja sin cesar. En Santo Domingo, logra la promesa de cooperación del general Gómez; en Costa Rica la del general Maceo. Vive, como dice a la sazón, "montado en un relámpago".
Ciertos además imperiales del "aguilismo" norteamericano, tradicionalmente partidario de la hegemonía de los Estados Unidos sobre los países del Sur, y después la noticia de planes autonomistas para contener la creciente inquietud separatista en Cuba, le obligan a acelerar la acción revolucionaria. Con los óbolos de los obreros cutanos
del tabaco en los Estados unidos y con donativos esporádicos, adquiere barcos y pertrechos de guerra y organiza secretamente, en 1894, un plan de triple invasión de la isla. Dos vapores están ya a punto de salir del puerto de Fernandina, en la Florida, y uno se halla en camino desde Boston, cuando las autoridades federales -- movidas por una delación -- ocupan embarcaciones y armas.
Es una catástrofe. La obra de cuatro largos años de organización, frustrada de un golpe. Pero Martí no se da por vencido. Más que nunca se pone entonces a prueba el temple de su espíritu. Por fortuna, la revelación del secreto "Plan de Fernandina" accedita la importancia del esfuerzo ingente que se había venido llevando a cabo. En un último patético esfuerzo, Martí logra de cubanos emigrados nuevos auxilios económicos, aunque escasos. Pero ya no se detiene a rehacer su obra. Hay que aprovechar la buena disposición de los animos en Cuba. Con los elementos de la isla, conviene y dispone el alzamiento para el 24 de Febrero. Escribe a los comprometidos de Costa Rica y de otros lugares, incitándolos a trasladarse a Cuba como pudieron, "en una o en un leviatán". El mismo parte para Santo Domingo a reunirse con el General Gómez.
Allí le llega la noticia del alzamiento en la provincia de Oriente. En vano se intenta persuadir a Martí a que vuelva a los Estados Unidos para que desde allí alimente el movimiento. Ante todo, irá a Cuba, a enfrentarse con el peligro. Acaso presente el sacrificio extremo: "... mi único deseo -- le escribe al dominicano Henriquez y Carvajal -- seria pegarme allí, al último tronco; morir callado. Para mí ya es hora". Entre esas cartas y documentos finales más importantes, redacta y suscribe con Gómez el Manifiesto de Montecristi, que explica los motivos y propósitos de la Revolución. Después de muchos riesgos y azarosas peripecias, en la noche tempestuosa del li de abril desembargaran Martí y Gómez, con cuatro compañeros más, en Playaitas, al sur de Oriente.
# El diario que ha ido llevando desde Santo Domingo, las últimas cartas que escribe en la zona insurrecta -- "Cuba Libre" --, dicen de su jubilo inmenso al contacto con su tierra, tanto tiempo anorada. "Es muy grande mi felicidad. ...; puedo decir que llegué, al fin, a mi plena naturaleza. ... Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mi patria toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo; este reposo y bienestar explican la constancia y el jubilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio".
Maceo, por su cuenta, ha desembarcado también en Cuba. Con él se entrevistan Martí y Gómez en La Mejorana para discutir la estrategia de la guerra. Despacha Martí circulares sobre el espíritu y los métodos de ésta. Al New York Herald envía una extensa y sólida carta en parejo sentido. Otras letras, intimas estas, son para Mercado y para seres queridos en Nueva York.
El 19 de Mayo la pequeña tropa del General Gómez, con la que va Martí, se ve sorprendida en Dos Kios por una columna española. En la escaramuza que sigue Martí cae atravesado por las balas. Había llegado su hora.
4
La formación moral
a) Vocación
La mera secuencia de hechos externos en la vida de un hombre no revela sino muy indirectamente y sin plenitud lo que ante todo nos interesa de él, que es su interioridad psíquica. De esta, en efecto, fluye todo lo demás: su sentir activo, su pensar, su hacer. No sólo el estilo como expresión es el hombre, que decía Buffon, sino también la acción y la obra. Tendremos, pues, que volver ahora, y muy detenidamente, sobre aquellos momentos de la vida de Martí que parecen más reveladores de su intimidad.
Por otra parte, la mera secuencia biográfica tampoco nos da lo que pudiéramos llamar la estructura o arquitectura vital. En un ser tan vigilante de sí mismo como lo fué Martí, la vida no es un pasivo sucesor. Es una construcción. Sobre "el suelo rocoso del temperamento" se va alzando el edificio del carácter, obra de la conciencia en relación con la experiencia. El propio Martí, como veremos enseguida, advierte esa distinción entre lo nativo y lo adquirido.
Es de advertir que la "integralidad" de Martí fué una aptitud ingénita, pero no una realización inmediata. Especie de vocación temperamental, se manifiesta desde la niñez; mas a medida que ingresa en superioresponsabilidades, se ve presionada por la influencia disociadora de lo externo. La personalidad final se produjo después de un conflicto profundo y un proceso consciente de purificación de sí mismo. Esa autoconstrucción es precisamente uno de los signos de la grandeza espiritual de Martí.
Por eso, al considerar los "momentos" de su formación moral, como vamos a hacerlo ahora, no debemos atender principalmente a épocas y circunstancias -- la niñez y adolescencia en Cuba, la juventud de ámboito hispánico (español e hispanoamericano) y la madurez en el desierto de los Estados Unidos --, sino a las tres etapas internas corrientes: la vocación, la crisis, la consagración.
Vocación y destino
Vocación: es decir, llamamiento. ¿Es eso lo mismo que destino?
Hay un libro famoso de Fichte cuyo título aleman se traduce unas veces por "la vocación del hombre", otras por "El destino del hombre". Pero en rigor no son estos conceptos idénticos, sino afines. El destino, o se piensa como puro azar, o como predeterminación. Si adoptamos este segundo sentido y despojamos la palabra de sus adherencias misticas o mágicas, no parece que pueda significar sino la transacción entre un temperamento humano y su medio. "Yo soy yo y mi circunstancia", dice la fórmula famosa de Ortega y Gasset. ¿No sería preferible decir que es más bien la vida de cada hombre lo que resulta de esa combinación.
La suerte de un individuo no responde sólo a lo que él es, sino también a lo que las cosas le permiten ser. Su vida, su destino, se nos presenta como una bisectriz entre lo que quiso y lo que pudo. Hay casos en que la voluntad se impone, hasta cierto punto, a la circunstancia: decimos entonces que un hombre "se labra" su destino. Otros hay
en que, por el contrario, la circunstancia devora al hombre, y deci-
mos que este fué "victima" de su destino. Pero se dan también clier-
tas vidas privilegiadas en que misteriosamente parecen confluir la
voluntad y la posibilidad, la vocación más profunda y las necesidades
e incitaciones más entrañadas del medio. Corresponder a éstas, y no
a las demandas subalternas, es el "problema" de tales vidas. En pla-
no histórico, el destino superior es ése en que la voluntad de un hom-
bre responde a una intima afinidad entre su querer y el menester de
su pueblo. Así fue de "predestinada" la vida de Martí.
Padres y herencia
¿En qué medida pudo su alma venir ya predispuesta por la herencia
inmediata, es decir, por la naturaleza de sus padres?
A estas alturas de la controversia biológica, no extrañará que abor-
de este asunto con bastante incertidumbre. La tesis hereditaria pare-
ce encontrarse hoy muy a la defensiva en cuanto a la transmisión de las
cualidades espirituales. El "conductismo" y el "contextualismo" han
reforzado mucho, como se sabe, la vieja aspecha de que las coinciden
cías paíquicas entre padres e hijos son, al menos en una medida cone-
derable, resultados más bien de la comunidad de medio físico y social.
Se ha venido así, por reacción, a caer en un cuasi-determinismo a fa-
vor de este factor externo, el ambiente. Lo probable, sin embargo, es
que prevalezca al cabo una posición intermedia, desue la cual se le
reconozca por igual cierta influencia, rara vez decisiva por sí sola,
a ambos factores, el hereditario y el mesológico. Este equidistancia
parece recomendarse particularmente en el estudio de la personalidad
de los grandes hombres, cuyo caudal de originalidad es tan dominante.
No deja de ser significativo a este respecto el que Martí mismo se
pronunciara contra una valoración excesiva de la teoría hereditaria en
cuanto al carácter, "puesto que se ven surgiir -- escribió --, sin pro-
gresión ni acumulación visible, de vientos bastos como una cueva de
troglodita, espíritus lucientes como un diamante". Y añadía: "No es
irracional suponer que con el germen de la vida el padre trasmite el
hijo sus cualidades primitivas y esenciales; ni es cuerpo exagerar
esta doctrina hasta afirmar que con el germen se trasmiten, no sólo
las sutiles esencias y peculiaridades del espíritu, sino todas aquella
meras accidencias que van amoldánzolo en su vida por la tierra...."
Setenta años de posteridad no han modificado mucho esa discreta opi-
nión. Pero lo que importa destacar aquí no es tanto la opinión en si
cuanto el posible testimonio que implica respecto del carácter de Martí.
Cabe inferir que en sí mismo hallaba el fundamento para su propio
dictamen, y que, al mirarse por dentro, descubría que de sus padres le
venían aquellas "cualidades primitivas y esenciales" de que habla, aun
que no las "sutiles esencias y peculiaridades del espíritu", que sería
el privilegio de su personal temperamento.
¿Cuáles pudieron ser las cualidades heredadas? Se hace difícil la
respuesta porque, en realidad, sabemos muy poco acerca de los padres
de Martí. De don Mariano apenas nos consta sino que era un hombre hor
rado, tozudo, trabajador, muy limpio y bastante proclive al exabrupto
a una especie de furia española. Justamente lo que más se ha destaca-
do en él, y no sin cierta saña a veces, es esa violencia de carácter,
a cuyas explosiones alude martí doloridamente en una carta de la niñez. Y no es ésa, por cierto, una cualidad observable en su hijo. Aunque hay indicios de que martí no era nada seráfico cuando le hería la injusticia, cosa a que me referiré oportunamente, tendía, sin duda, a la blandura en la actitud y en la palabra. Era "de seda y miel hasta para sus enemígos", escribió Rubén Darío. Y él mismo declara que no le parecían "definitivas sino las conquistas de la mensedumbre". Si de alguien heredaba eso, sería de la madre.
Es sabido, sin embargo, cuánto llegó martí a amar y apreciar, ando el tiempo, las cualidades intrínsecas de aquel padre noblemente rudo, que la pobreza y el integrismo político habían hecho antaño tan adusto. Los testimonios filiales de la madurez dejan claramentender que el ejemplo de don mariano había sido una escuela de indomable dignidad y hasta de amor a la independencia. "Tú no sabes -- le escribe a Valdés Domínguez al morir don Mariano -- como llegué a querer luego que conocí bajo su humilde exterior toda la entereza y hermosura de su alma... aquella enérgica y soberbia virtud que yo mismo no supe estimar hasta que la mía sué puesto a prueba".
De casta, pues, le vanía al galgo. Manuel de la Cruz escribió que nuestro agonista, "hijo de valenciano, o derribaba el obstáculo o percía junto a él". En fin, quisiera apuntar, por lo que valga, al hecho de que los valencianos, españoles periféricos, vocados al Mediterráneo, han sido siempre gente de cierta arisca independencia de pensamiento y de una sensibilidad artística muy avida de lo plástico, y sobre todo de la luz y el color. Puestas a apurar orígenes, acaso no sea exagerado atribuir a esa herencia valenciana de martí un coeficiente al menos de su independentismo y de sus aficiones artísticas en general; sobre todo, de aquel pictoricismo literario de nuestro grane escritor, a que oportunamente nos referiremos.
De doña Leonor Pérez se dice que era una matrona blandamente severa, abnegada, inteligente y "de sentimientos nada vulgares". Amelia Martí me hablaba de su abnegación y su angustiada ternura. Cuando, de mucha cho, el hijo único trasnochba demasiado en sus aventuras de periodista precoz o de conspirador sigiloso, dona Leonor se quedaba alerta en la sombra, para ampararle, a su regreso, de las iras paternas. Pero el testimonio más precioso es aquél del propio Martí, que echa sobre ella una hermosa responsabilidad al preguntarle, en la hora suma; "... y por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio?".
Si juntamos ahora esos ingredientes paternos y maternos, no empezamos a hallar razón del espíritu martiano, que por un lado era entereza, tenacidad, dignidad insobornable, y por el otro derroche de ternura, abnegación y generosidad hasta la dádiva total de sí mismo? La acre tozudez del padre se había hecho en él dulce firmera, la angustia-da reserva de la madre, ánimo efusivo de redención. La en eso estaban dadas las "cualidades primitivas y esenciales", como él mismo decía. Io demás en su carácter son las sutiles "peculiaridades del espíritu" propio, del peculiar temperamento, y las "accidencias" que habían ido "amoldándolo en la vida por la tierra".
La vocación de Cuba
Sugerí antes que no sólo los individuos, sino también los complejos sociales tienen un modo de temperamento y acumulan una experiencia que
-71-
de su independentismo y de sus aficiones artísticas en general; sobre todo, de aquel pictoricismo literario de nuestro grane escritor, a que oportunamente nos referiremos.
153
---
tarde o temprano los llama a su propio destino.
Cuando Martí nació, ¿quién duda de que Cuba tenía su "vocación"? Estaba, efectivamente, llamada a ser un pueblo independiente. Su naturaleza de tierra insular, aislada, lejana de la metrópoli, y su ubicación el Nuevo Mundo, conspiraban ese sentido; toda su experiencia propia de un siglo por lo menos, venía preparando ese destino. Pero a mediados del XIX Cuba era todavía una sociedad colonial tramada de primitivismos, de sordidos intereses y de acosados ideales. Más que una sociedad, más que un todo integrado y orgánico, era sólo un conglomerado heterogéneo, repartido en tres planos o niveles. Abajo, una ma-sa amoría y discorde, que todavía no era tampoco "pueblo", dividida ella misma en blancos (criollos y peninsulares) y negros (libertos o esclavos). Al medio, una clase beneficiaria esclavista o aprovechador de la esclavitud del negro. Arriba, fuera de la mecánica económica, aunque en determinados casos individuales adscrita a ella por mera tradición de intereses, una minoría criolla sensitiva e ilustrada. Los tres estratos, pero sobre todo los extremos, se veían regidos con una mezcla de despotismo y de complicidad. De tiempo atrás, la minoría criolla -- y así acababa de recordárselo a su Gobierno el Capitán General Concha cuando nació Martí -- soñaba y conspiraba por una Cuba dueña de sí misma o, cuando menos, que pudiese ser ámbito de bienes espirituales, y no sólo de riquezas; de civilización y no sólo de pro-vecho. La opresión a que la isla estaba sometida no era principalmente política o económica, por más patente que ésta fuese; era sobre todo espiritual, y de ese género de opresión que es de todos el más maligno: el que no se experimenta concientemente como tal opresión y en que el espíritu vegeta con una especie de vida corrupta, como ciertas plantas pantanosas.
# El hogar
A eso nació Martí. Su padre era un celador de aquel régimen. Celador, no ya sólo en la función policial y efímera, sino -- permítase este aprovechamiento de la palabra -- en el celo apasionado, integra, "integrista"; en la voluntad de ayudar a mantener la servidumbre de la colonia a una metrópoli distante, celosa ella misma y ya muy resentida de las mermas de su imperio.
Era don Mariano hombre del pueblo. Su bravía alma valenciana le daba sus gritos rebeldes por dentro; pero no los sentía el dirigidos contra su España y lo oficial de ella -- cosas idealizadas siempre en la distancia --, sino más bien contra las arriescas peculiaridades de su propia suerte de expatriado. Otros españoles en Cuba amontonaban dignidades y onzas de oro; él sólo acumulaba humillaciones, cesantías, infortunios -- por escasez de luces tal vez, pero acaso también porque tenía el alma demasiado integra para el desdoblamiento codicioso o hipócrita. Sin saberlo, don Mariano era él mismo una víctima, y de ahí su agrío humor de entonces. Tardaría mucho tiempo en comprender aunque ya alguna vez se lo insinuó al niño, según el propio testimonio de Martí -- que la causa de su hijo era, en el fondo, la suya propia; que lo que a él le había nacido en la acosada pobreza de aquella casita de la calle de Paula era el creador de una sociedad genuina, a base de pueblo y de conciencia.
Lo asombroso es que de aquel ambiente próspero, que doña Leonor
-73-
-74-
en que el espíritu vegeta con una especie de vida corrupta, como ciertas plantas pantanosas.
apenas podía atenuar con sus preocupadas ternuras, saliese un alma capaz de semejante destino. Desde la niñez acusó el vástago no sé qué instinto de distinción, de rectitud y de belleza. Asombró tempranamente, y así se explica que se hayan conservado algunas de sus cartas infantiles. En la primera que tenemos, escrita como ya dije a los nueve años, le cuenta a su madre cómo le han regalado un caballo y lo está "enseñando a caminar enfrenado para que marcha bonito", con lo cual, sin embargo, "cada día cría más brío". Puede verse en el detalle, si no es apurar en exceso la interpretación, un indicio de la inclinación estética. En todo caso, es ésa la única nota de feliz candor que nos ha quedado de una niñez pronto ensombrecida por la pobreza y, sobre todo, por el contraste creciente entre la sensibilidad infantil y su ambiente de hogar, entre el hijo y el padre.
Aunque esto no se extremaría hasta años después, cuando ya el adolescente sensitivo andaba metido en andanzas de riesgo político, podemos adelantar el comentario. La aspereza paterna hacía Martí nos irrita. Hubiéramos preferido saberle mimado y adivinado en su grandeza desde la infancia. Mas, aparte de que el don adivinatorio no es frecuente, y menos en hombres como don Mariano Martí; aparte de que la vida es siempre la vida, y no la sublimación que quisiéramos hacer de ella, no estaremos lamentando uno de esos misteriosos recursos de que a veces se vale "el destino"?
Tal como fué, el hogar preparó a Martí para la prueba de la vocación. Porque tuvo un padre huraño e incomprensivo, pudo el muchacho gravitar hacia Mendive. Porque sintió solo en el ambiente triste y nada estimulador de su casa, reacciónó contra él y empezó a construir-se a sí mismo desde la adolescencia. Todo aquello aguijó su natural aunque extraordinaria precocidad. Parece, pues, que hasta se las debie ra agradecer a los dioses penates el que no quisieran darte a Martí de entrada -- como no se la dieron nunca después -- la casa mimosa, absorbente, engreidora, donde el carrío tantas veces adormece la conciencia, embauca el pensamiento o soborna la inquietud. El destino conoce sus vías.
Mendive
Se comprende, pues, que el padre natural fuera suplantado en su autoridad por el padre espiritual, don Rafael María Mendive.
Sabemos poco de la indole moral del poeta-maestro. Las referencias de quienes le conocieron -- Calcagno, por ejemplo -- son sobre todo acerca de su significación intelectual y literaria. Se había forma-do en el Seminario de San Carlos y en la Universidad; ya de mozo había estado en Europa; en el 47 público su primer libro de poesías, cuyo título, Pasionarias, Martí sin duda recordaría alguna vez con particular adhesión; naturalmente, se había inspirado en Byron por lo menos para una de sus obras, y se comprende que le comunicase el gusto de él a su discipulo, trauctor precoz de letras inglesas, incluyendo a Shakespeare en fin, había dirigido la hevista de la Habana y, por la época en que tomó bajo su protección al hijo de don Mariano, se le acababan de publicar sus poesias completas en Madrid. Hablando de ese talento poético suyo, dijo la Avellaneda: "es un cantor sumamente tierno, cuya alma noble y apasionada se transparente siempre en sus versos".
Sea "alma noble y apasionada" sué la que acogió generosamente al
niño pobre y se hizo amar de él. Los testimonios de esta devoción en las cartas de Martí son muy rendidos. "Su discipulo que le quiere como un hijo", terminaba una de ellas. En otra, lastimado por algún reproche del maestro, le escribe: "Yo no sé que un padre generoso tenga que recordar a su hijo que le adora sus deberes. . . cuando a cada instante daría por Ud. mi vida, que es de Ud., y sólo de Ud., y otras mil si tuviera". Estas palabras, en que la dignidad se conjugaba con la ternura, se escribían a los quince años, a la edad en que los muchachos sueñan tener más técita la sensibilidad y menos solemne el concepto. Sonaban ya ahí algunas de las grandes palabras martianas: el deber, el amor. Es evidente que Mendive también los inculcaba a sus muchachos esos sentimientos, incluso ya en dimensión de patria. Hay un indicio de esa factura moral de escuela. Cuando al año siguiente Martí y Valdés Dominguez le escribían a Carlos de Castro la carta famosa reprochándole su "apostasia", la frase final era: "Esperamos que un discipulo del Sr. Rafael María de Mendive no ha de dejar sin contestación esta carta". Ser discipulo de Mendive era, pues, un compromiso moral, una disciplina de responsabilidad.
Aquellos muchachos tuvieron en su maestro un molde, pero también algo que tiene aun más fuerza de formación: un ejemplo. "La conducta de Mendive -- ha escrito Pittaluga --, su desinterés llevado al limite del máximo desprendimiento, fueron la leyadura que hizo fermentar en Martí la rica sustancia, de su intimo ser. Su espíritu estaba intimately unido con el de su maestro. Un día Mendive le entregó su reloj para que lo empalara. Las seis onzas que le dieron estaban destinadas a socorrer a un pobre poeta desventurado. Tanta bondad es ya heroismo.
Pues de esas manos salió Martí".
# Abdala o el presentimiento.
¿Como sorprenderse demasiado de la precocidad con que aquella fina alma de trópico, así modulada, comenzara a dictar normas patrias?
El primer testimonio de su conciencia de lo público es el poem épico-dramático que se atrevió a publicar al año exacto de estallar el movimiento de Lara y al día siguiente de los sucesos del Villanueva, cuando aún la furia de los voluntarios endaba suelta por las calles. Podemos ya ir examinando estos primeros esfuerzos de creación que constituyen la "prehistoria" literaria de Martí. Si en ellos la capacidad creadora se ve aún débil y ceñida a moldes retóricos, en cambio revelan con pareja simplicidad, los sentimientos, los gustos, los movimientos más espontáneos de la conciencia moral y de la conciencia pública.
Desde el principio, ambas son para Martí manifestaciones de una conciencia única. Lo político no será nunca distinto de lo ético, ni la literatura cosa ajena a tales responsabilidades, en un espíritu de tan integrado temple. Abdala es, por tanto, las tres cosas: ensayo de poeta en cierne, documento de la intimidad sentimental y primer manifiesto de una vocación que presiente su destino.
La trama del breve poema dramático es muy sencilla. El pueblo de Nubia -- repárese en la semejanza fonética de este nombre con "Cuba" -- se ve invadido por un "feros conquiatador". Indita a los nubianos a la defensa un "senador" que acaso tuvo por medio en la imaginación de Martí a Mendive. El joven Abdala aóge con entusiasmo esas exhoraciones:
Seré quien libre a mi angustiada patria
y quien le arranque al opresor el pueblo
que empieza a destrozar entre sus garras!
Cuando Abdala se dispone a salir al combate, su madre, Espirta,
lo detiene e implora su desistimiento. En el corazón del bravo joven
luchan un instante el amor a la madre y el amor a la patria. Este es
más poderoso, y Abdala parte dejando a Espirta sumida en un dolor pro-
fundo, que sus propias reflexiones sobre el deber público no logran aten-
uar. Elmira, su hija, no acude entonces a comfortarla, sino a repro-
charle sus lágrimas.
Fuera, resuena ya el fragor de la batalla. Foco después, en un
tour de force de condensación dramática, entran unos guerreros con el
hijo moribundo. En sus últimos momentos, oyendo ya el clamor de su pu-
blo victorioso, Abdala expira con estas palabras:
Oh, qué dulce es morir cuando se muere
luchando audaz por defender la patria!
Apenas hay que subrayar lo que en ese pequeño ensayo dramático ha
bla de revelación y de premonición. Como se ve, el tema profundo es el
amor. Se desdobla este sentimiento en dos impulsos que entre sí pugnan:
el de los afectos privados y el que engendra la conciencia del deber público. Ese conflicto no estaba tomado de la utilería literaria. Probablemente se caba ya en la vida real de Martí, cuyas actividades tenían
por entonces tan angustiada a doña Leonor. No muchos años después, la
misma tensión, agravada por responsabilidades más concretas, ocuparía
el centro mismo de su vida íntima. Y también acabaría por resolverse
a favor de lo público. El motivo más hondo de Abdala es una oscura
conciencia de destino, asistida ya por una voluntad de sacrificio.
Escuela de dolor
Si el hogar y Mendive, cada cual a su manera, prepararon a Martí
para la prueba precoz de la vocación, el primer instrumento de su des-
tino fue la carta a Carlos de Castro y de Castro. Debió de ser este jo
ven, con tantas "de"s en los apellidos, producto, más que de la escuela
de Mendive, de uno de esos hogares blandos, cuya feliz ausencia señalá-
bamos antes en el caso de Martí. El ánimo se inclina a compadecerle
por esa notoriedad con que ha pasado a la historia, que tan poco sabe
de él. Es más, también a él tenemos que estarle en cierto modo agrade-
cidos. Sin esos fondos de tosca humanidad ¿cómo pudieran afilarse -- o
por lo menos perfilarse -- las nobles actitudes?
Ya he recordado al conocidísimo enlace de episodios: la carta al
"apbátata", el registro accidental de la milicia que descubre el pliego
aún sin enviar, la denuncia de "infidencia", la cárcel, el careo en que
Martí y Valdés Domínguez se disputan la paternidad de las letras compro
metedoras; la elocuencia, también genialmente precoz, con que Martí re-
clama toda la responsabilidad. . . Casi diríamos que no hay heroísmo en
esto sino para la medida común. Aquella alma siente la proximidad del
dolor y lo codicia; ama ya el sacrificio. Y le condenan, en efecto, a
presidio en las canteras.
De toda esa atroz experiencia, que tan dramáticoamente nos ha de
describir en las páginas, asombrosamente precoces, de El Presidio Polí-
tico en Cuba, lo que más impresiona y connueve nos es, desde luego, lo
que les sirve de materia retórica o política. No son, en el trabajo
escrito, las descripciones de los viejos y los niños torturados, con
ser tan lancinantes. El momento moral más puro y profundo es aquél de la ternura activa, del heroismo técito, cuando Martí se inclina en la enfermería sobre el cuerpo moribundo de un chino y le limpia la espuma de los labios y le pincha la vena, para convencer a los guardas de que se trata, en efecto, de un caso de cólera. No fué el único de los plagados a quienes trató de salvar con generosa desesperación: "Mis manos han frotado sus rígidos miembros; con mi aliento los he querido revivir; de mis brazos han salido sin conocimiento, sin vista, sin voz, pobres coléricos..." He ahí ya la pasión en su forma solidaria, con la compasión, el padecer con los demás, segundo peldaño de aquella escala de generosidad por la cual se asciende a la pasión nazarena, el padecer por los demás. Es la caridad llevaba a ese plano de superación absoluta de todo egoísmo en que el desinterés se hace casi suicida. Se veía ya de qué dimensiones de amor era capaz aquella alma.
La terrible experiencia le hizo hombre a los dieciocho años. Había padecido en la carne, magullada por el grillete, y en el espíritu, estragado por el espectáculo de la injusticia. A su maestro le escribe: "Mucho he sufrido; pero tengo la convicción de que he sabido sufrir". Pondérese esa frase; saber sufrir. A lo largo de su vida, Martí insistirá mucho en esa idea, convertida pronto en consigna moral. Padecer, padrece cualquiera; lo de hombre es saber padecer. Es soportar casi fruición el dolor. Cuando se tiene el alma suficientementera, el sufrimiento no quebranta el espíritu; al contrario: lo "edifica", refuerza su integridad. El color es fecundo.
Martí, claro esté, no había leído aún a los estoicos viejos ni a los de España. Lo que sí había leído en su breve pausa de isla de Pinos,
al salir del presidio, sué Los Hiserables y la biblia. Hay quien, por tradición oral, ha podido señalar en el Libro de Libros su lectura favorita: Corintios, l, capítulo XIII. Ahí se dice: "Si yo hablase lengua luminosas y angélicas, y no tengo caridad, vengo a ser como metal que resuene, o cimbalo que retiña". Y en otro versículo: "Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, jugaba como niño; mas cuando fuí hombre hecho, dejé lo que era de niño".
Ahora ya Martí había pasado por la escuela del dolor y era hombre hecho.
Patetismo
Llega a la juventud, por tanto, precozmente y con esa carga de melancolía. El primer tramo de ella son sus cuatro años en España. Hecor demos que no se trata ahora de historiar su actividad, y mucho menos la de caracter político. Es el puro ser humano lo que de momento nos interesa. Pero ya vije antes que para aquel espíritu naturalmentero, el sentir y el hacer eran como una consecuencia ineludible de su intimidad afectiva y moral. Sus emociones tenían su pensamiento y necesitaber expresarse en la actitud y en la acción. No podía entregarse sólo a las querencias de lo privado sin sentir como una mutilación de sí mismo.
La vocación se le había definido precozmente como un desvelo no inculcado de patria, un sentir que su tierra le llamaba con los penachos de todas sus palmeras. El temple de esa vocación había pasado por la prueba del sacrificio. Seguiría puesto a ella. Desterrado a los dieciocho años, arrancado de su suelo propio, queda con todas las raíces naturales al aire del mundo. Desde entonces va a tener que enclavarlas
en una suerte de tierra ideal, abonada por la nostalgia. Empieza a forjarse en la ausencia una imagen sublime de su isla. "Cuba es mi cielo", escribe en el album de un amigo cubano en Madrid.
Cuando llega a España, la vocación está todavía respirando por sus nobles heridas. Hay una anecdota de ese momento que será útil examinar, si podemos hacerlo con la delicadeza que exige. La he contado así en mi biografía de Martí:
"Por la cuesta de Atocha vió subir, en dirección contraria, a Manuel Fraga, otro cubano desterrado. Le acompañaba un joven a quien martí no conocía. Fraga se lo presentó: Zeno Jandía, suamericano (x). No pudo Martí descoblar su ánimo en la urbanidad convencional, y cuando el criollo le tendió la mano, profirió extrañas palabras:
"--Usted no me conoce. Es preciso que antes de darma su mono, piense si es digno de estrecharla un hombre ultrajado que aún no ha recibido satisfacción a su decoro.
"Fraga se echó a reir. Pero Pepe, terriblemente serio, strajo al criollo sorprendido hacia el interior del vestibulo y, abriéndose la camisa, le mostró las cicatrices del presidio."
Hasta ahí la anecdota. No puede negarse que tiene el acento que solemnos llamar melodramático. Cierto sentido de la medida, cierto buen gusto, aconseja que hasta lo tráfico y lo heroico se recuerden con alguna dontinencia. Lo contrario es patetismo, y puede llegar a la teatralidad.
(x) Después se me ha informado que Gandía no era sudamericano, sino de Santo Domingo.
Más de una vez, a lo largo de la biografía de Martí, se descubre algo de lo primero en su expresión y hasta en sus actitudes. No es cosa de silenciarlo, sino de explicarlo.
Martí estaba impostado en una clave temperamental mucho más alta que los mortales corrientes. Da así todas sus notas en un tono mayor natural -- natural para él. Lo que en otros resultaría teatral, en él no lo es. Ni en realidad nos lo parece, porque sentimos siempre la presencia de una sinceridad inequivoca y de una grandeza genuina en cuyo ra dio todo se ensancha y dilate, hasta nuestra propia receptividad. La ex presión martiana prescinde la pequeña medida exterior, se sobrepone a ella. A veces se piensa que Martí tiene el sentido profundo de la perceptiva, pero no el de la inmediata circunstancia. Lo que en realidad ocurre es que también esta la contempla en dimensión de profundidad. Se cialmente no se reducirá nunca a ese menudo complejo de circunspección, de convencionalismo, a que los nombres corrientes tenemos que acomodarnos para no caer en lo extravagento y hasta en lo ridículo. Porque carece de ese normal comedimiento, algún día lo llamarán "loco". Porque tan a menudo talta en su expresión literaria, a veces nos resulta excesivo. Iengamos todo esto en cuenta desde ahora para que, ante el patetismo de cliertas expresiones y actitudes martianas, no brote en nosotros la sospecha siquiera de nada forzado, cuanto menos de superchería retórica o social. Es el modo natural de producirse de un alma realmente integrada al nivel de lo sublime.
El odio y el amor
A essa luz hay que ver ya las manifestaciones de la vocación patria
durante los primeros años de Martí en España. El Presidio político es una de las cosas más patéticas que jamás se hayan escrito. Dictadas por una memoria que era todavía "un cesto de llamas", esas páginas dan, sin embargo, la nota de generosa nobleza que ya para siempre ha de dominar la actitud política de Martí hacia España. "Ni os odiaré ni os maldeciré. Si yo odiara a alguien, me odiaría por ello a mí mismo..."; "y yo todavía no sé odiar"... Una y otra vez, la ira a que le exaltan los recuerdos se resuelve en el mismo pensamiento. "La venganza y el odio -- escribe -- son dos fábulas que en horas malditas se esparcieron por la tierra". Nótese bien su extraña, su profunda expresión: dos fábulas, es decir, dos invenciones del espíritu humano, sin naturalidad genuina, sin afincamiento en la realidad del ser. Todo el optimismo moral de Martí, a que oportunamente nos referiremos, está ya esbozado en esas páginas precoces y lo veremos confirmado enseguida en unos versos no menos dramáticos.
No sebe odiar. No aprenderá nunca. Está hecho de tal modo, con tal capacidad de amor, que el odio se disuelve en ella. Algún día hablará del "alambique" que él lleva en el corazón. Ahora casi muestra agradecimiento, en el orden intimo, por aquella atros experiencia del presidio. "Sufrir es más que gozar; es verdaderamente vivir..." El desprécio con que acallo estas angustias vale más que todas mis glorias pasadas. El orgullo con que agito estas cadenas valdrá más que todas mis glorias futuras." Adviérтase de paso la seguridad que esas palabras muestran el propio destino. Hasta el final de su vida habrá de llevar, en el dedo del corazón, un anillo hecho del hierro de su grillete. Era como un blasón, como el cuño heraldico de su conciencia. Una conciencia amadora hasta del dolor.
A los pocos meses de estar en España, le llega desde Cuba, como un latigazo, la noticia del fusilamiento de ocho estudiantes de Medicina en la Habana. Bajo ese impacto emocional escribe su desgarrado poema A mis hermanos muertos el 27 de Noviembre. Probablemente marca el momento de su ruptura política definitiva con España; pero lo que ahora nos interesa de esos versos es su movimiento emocional interno y lo que es-te nos revela de las vivencias morales en aquel espíritu.
La evocación inicial de las circunstancias en que supo los detalle de la tragedia es un crescendo funeral, que se va cargando de "espanto y amargura" hasta culminar en un juramente intimo, del cual sólo podemos imaginar el alcance: vindicar aquel crimen y consagrarse de por vida a liberación de Cuba:
1. Y yo juré! Fué tal el juramento, que si el fervor patriótico muriera, si Dios puede morir, in nuevo surgiera al soplo arrebatado de su aliento!
2. Tal fué, que si el honor y la venganza y la indomable furia perdieran su poder y su pujanza, y el odio se extinguiese, y de la injuria los recuerdos ardientes se extraviaran, jede mi fiera promesa surgirían, y con nuevo poder se levantaran e indómita pujanza cobrarían!
Era ya la asunción solemne, ante sí mismo del compromiso que su vocación le exigía. Pero a seguidas y como para justificar la "fiera promesa", describe por su cuenta el holocausto del 27 de Noviembre, en ver sos que acusan aquel patetismo violento de que antes hablé. De tanto que se le enardece el lenguaje, parece que el odio va a ganar esta vez la partida. Y he aquí que, ya en el climax, son las propias sombras
de los estudiantes muertos quienes vienen a pedirle que "su furor colárico suspenda":
-- Perdón! | Perdón!
-- ¿Perdón para el impío?
-- | Perdón!, me gritan,
y en un mundo de ser se precipitan!
No puede martí imaginarse a aquellos adolescentes sino clamando, desde la sangrienta huesa, por lo mismo que a él su propia entraña le pide: la extrama generosidad. Si se tiene en cuenta que el poema iba destinado al resentimiento iracundo del exilio, se apreciará qué honda de caridad hacia falta para que Martí se atreviese a poner así el amor frente al rencor. Esta resistencia a envenenar de odio el antagonismo político, esta paradoja de predicar, desde el primer momento, una lucha generosa, de la cual no saliese rebajado el espíritu, es la gran consigna que presidirá toda su acción política.
No se trataba de un pío sentimentalismo. Las raíces son mucho más hondas. Arrancaban, creo yo, de una intuición profunda de la realidad, que acaso se alimentaba, a su vez, de la integración del alma martiana. Esto no se verá claro hasta que no examinemos las ideas metafísicas de Martí, pero ya anora quisiera ilustrar el punto, aunque sólo sea para mostrar cómo es cierto que las vivencias psíquicas más disímiles -- emoción, pensamiento, voluntad -- se fundían en aquel espíritu. Recordemos el verso final de los que acabo de transcribir. Perdón piden las sombras de los estudiantes sacrificados.
"y en un mundo de ser se precipitan".
Este verso, miaterioso y abrupto, como tantos de Martí, encierra el mismo mundo de pensamiento. Su sentido se liga al concepto, de clara filiación platónica, que encontramos en la primera página de El Presidio "Dios existe en la idea del Bien". Para Platón esta Idea del Bien era el principio del Ser. La implicación metafísica -- que Martí recuerda o intuye genialmente (x) -- es que hay, más allá de la tumba, allí donde las sombras moran, "un mundo de ser" verdadero, en que el Bien impera. Se comprende así por qué en el Presidio había dicho que la venganza y el odio eran dos "rábulas que en poras malditas se esparcieron por la tierra Aquí abajo, el odio divide y separa las almas; pero en el mundo trascendente, todo se integra en unidad y amor.
¿No se está vieno cómo lo afectivo en Martí, con ser tan autónomo, se asiste del pensamiento; cómo lo emocional se elevava hasta lo filosófico y desde ahí rige la actitud, es decir, la voluntad? La total vivencia que a esa integración responde es esencialmente religiosa. Porque religión, ya se sabe, no es sino eso: conciencia de religación, de la unidad de todas las cosas en una última instancia de lo real. Y eso también es el amor en su dimensión metafísica.
España
La reacción de Martí ante España no es soberbia, sino dolorida yávida a la vez. Le cuesta trabajo perder del todo la fe en sus hombres.
(x) En una de sus cartas a Manuel Mercado, Martí le dice: "Cuando yo era muy niño, comencé a escribir un poema en cuya introducción se disputaban a un hombre que acababa de nacer el Bien y el Mal..." De muy atrás venía, pues, en él la reflexión sobre ese problema metafísico-moral.
El alegado que dirige a los nuevos gobernantes de "la aloriosa" -- La República española ante la revolución cubana -- es, ante todo, un esfuerzo casi desesperado por defender esa fe contra los pretextos de la miopia política, del utilitarismo o de la rutina mental.
La idea fundamental de Martí es que el ideal liberal y republicano es indivisible. No puede querer una cosa para España y otra para Cuba. No puede ser la república española democrática de puertas adentro, justificándose a sí misma en nombre de la voluntad nacional, y negarle al propio tiempo al pueblo cubano el ejercicio de su propia voluntad. En la isla -- dice Martí adelantando ya, en esbozo, una de sus grandes ideas políticas -- la insurrección es "consecuencia de una revolución"; el hecho de armas responde a una previa movilización de las conciencias. "Cuba ha llegado antes que España a la República". ¿Cómo imaginar que los republicanos españoles le nieguen a "la voluntad enérgica de Cuba" su propia fruición?
Se aduce que ya la insurrección cubana no tiene razón de ser, puesto que la República está dispuesta a darle a Cuba las libertades civiles que pedía. Pero "¿qué derecho tiene España -- dice Martí, consciente de la dureza del argumento -- para ser benefica después de haber sido tan cruel" Se habla de la integridad del territorio, olvidando que el Atlántico está entre Cuba y España, y que la patria no es mera unidad en el espacio, sino "comunidad de intracesos, unidad de tradiciones; unidad de fines, fusión culcisima y consoladora de amores y esperanzas" (x). Entré Cuba
(x) Más adelante se mostrerá la semajanza de esa definición con la que Kenan había de ser famosa, nueve años después, en una conferencia de la Sorbona. - Or., en mi libro Historia y Estilo (La Habana, 1944), el estudio titulado "La Nación y la formación histórica".
y España ya no queda más que la unidad del idioma; pero Cuba "paga ca-ra la sonoridad de la lengua española con las vidas ilustres que España le ha hecho perder". "Los pueblos no se unen sino con solidaridad y amor".
¿Es de defender la honra española de lo que se trate? -- se pregunta Martí volviendo sobre un motivo ya desvirtuado en El Fresidio Político. -- Pues no se puede conservar el honor con su propia mencilla, sobre todo "hoy, que la virtud es sólo el cumplimiento del deber, no ya su exageración heroica". . . Era ya el antiquijotismo de una generación nueva lo que con esas palabras hablaba; pero también el firmador de la esencial ecuación entre política, razón y virtud. Era, en suma, la conciencia integral de Martí resistiéndose a la disociación del sentimiento, el pensamiento y la voluntad.
Aquel esfuerzo fué inútil. Sin embargo, Martí, defraudado en su ánimo batallador, no parece sentir despego emocional alguno incía tierra de sus raíces. Se entrega a ella como en una ardiente provisionalidad. "En España me reservaba para un martirio" -- le escribirá años después a su amigo jerico Mercado. Ahora, con los severos enjuiciamentos políticos se conjugan, frugalmente, los gozos de la cultura y de la mocedad.
En un espíritu tan profundo, esa entrega no puede atribuirse, clara está, a ningún ánimo frivolo. Martí sabe que España, la España real y entradaable, no tiene más culpa de la opresión cubana que de la falsificación política en que ella misma vivía. ¿Será necesario recordar que esa alma de España se sentía, desde mucho tiempo atrás, ajena a todas las tesituras oficiales? Andando el tiempo, Martí lo dirá repetidamente
en sus crónicas para La Opinión Nacional de Caracas.
Por nuestra cuenta aun podríamos aventurar algo más que tampoco debió escapar a su intuición. España, tan vocada siempre a lo intemporal, ha solido carecer de resonancia entrañable para lo puramente histórico. Es un pueblo de absolutos, que desdeña profundamente el relativismo de toda política. Su acción histórica ha sido siempre pasión; defensa -- ciega y sin fórmulas -- de su propio ser, a independencia, como en la invación napoleónica, o milicia feroz por un sentimiento, por un orden de valores más personales que públicos, como en la guerra carlista. Su absolutidad la llega unas veces a la utopía, otras al absolutismo. La política como arte de proporcion y de transacción ha tenido siempre en España cierto aire extranjero. España dió al mundo la palabra "liberal"; pero nunca supo a derechas defender el liberalismo, cosa demasiado abstracta. Pueblo de hombres fieramente libres bajo su capa, como los varones de sus comedias clásicas, no siente la urgencia de la libertad colectiva hasta que no se le invade ese fuero personal, que sus gobernantes instintivamente respetan. Pueblo de concreciones individualistas, no podía sentir el lejano dolor de sus colonias, responsabilidad (muy evadida, por lo demás) de sus gobiernos.
Si Martí no hubiese comprendido todo eso, apenas nos explicariamos que se entregara como se entregó a España, a la España profunda. Su avidez de cultura y sus veinte años lo ayudaron. Es verdad que toda su fruición de España tuvo un acento melancólico, dramático. Pero sería falsear las cosas si negásemos la evidencia de que allí se sintió palpiter sus raices de raza. Herencia y vocación -- el tirón del pasado y la solicitud del futuro -- estaban guerrendo en él. Por el momento primó la avidez de España.
Señorío y pueblo
En las clases de la Universidad Central, en las redacciones y ter-tulias de Madrid, en los hidalgos nogares que frecuentó como amigo o como tutor imberbe, se impregnó de la más sutil tradición señorial de España. Sus devaneos de estudiantina por los merenderos que sabían de la picante majeza goyesca le saturaron, en cambio, de lo popular, que h sido siempre lo mejor de aquella tierra. Probablemente ya entonces, en la biblioteca del Ateneo, donde tantas veces se la había de ver años más tarde abismado en lecturas clásicas, se empapó en el espíritu del Siglo de Oro, que en cierto modo era una sintesis de esas dos dimensiones sociales del alma hispana: la hidalguía y el populismo.
Conviene que nos detengamos un momento en esto para acercarnos ya a comprender lo que de otra manera podría parecernos una contradicción en la actitud social del propio Martí. Lo señorial y lo popular se dan la mano, como Don Quijote y Sancho, en el espíritu social español. De ahí nace que lo verdaderamente "hidalgo" sea siempre muy popular en el acento, y que lo del pueblo sea siempre muy "señor", muy "culto", como decía Chesterton de los analfabetos de Castilla. No hay que confundir, desde luego, al señorio con el "señoritismo", que es su perversión y excreencia; pero hasta ese señoritismo allá se caracteriza por pleboyo y la plebeyez a veces se inlla de arrogancia y "tronio". Lo intermedio es, repito, una sintesis: eso que se llama el caballero español, cosa que tiene muy poco en común con el gentleman inglés, y menos aún con el monsieur de Francia. Es rina manera sin amaneramiento, espontaneidad d
la cortesía, sosiego y concreción el modo de hablar, "atención" un poco paramental de la conducta, es smero viril del además, galantería extrema, adhesión casi solemne a los "principios" de dignidad, empeño intransgresible de "la palabra de honor", lealtad sentimental, no siempre exenta de clandestinos desdoblamientos; en fin, cierta espiritualización de la totalidad de la vida, incluyendo su zona más instintiva.
Eso, por supuesto, ya lo había podido ver Martí en la minoría criolla de Cuba, mucho más española de lo que ella misma a veces creía. Pero hay que reconocer que ya por entonces en América ese estilo de "caballerosidad cumplida" comenzaba a verse amenazado o transformado por ciertas influencias del ambiente más primitivo y utilitario, por ciertas irradiaciones pragmáticas. Ya comenzaba a parecer almidonado y "rancio". Sin la impregnación de su juventud en la propia Península, no nos explicariamos cabalmente aquel estilo social "caballero" que todos los testimonios (x) le habían de reconocer al Martí adulto; aquel su esmero de frase y además, aquellos extremos de galantería y de obsequio que fueron parte de su encanto. Ni nos explicariamos tampoco que estilo social -- aristocrático en el mejor sentido de la palabra -- se viese, sin embargo, tan equilibrado por un generoso sentido de pueblo, por una vocación hacia aquellos "humildes de la tierra" con quienes él quiso su suerte echar. Esa sintesis le venía de España.
Acaso donde más hondamente sintió y vivió Martí la España prolunda fué en Aragón. De Madrid sólo parece recordar lo leve, lo picante, lo frivolo, y no con mucha simpatía. En cambio a Aragón, la tierra
(x) Recuérdense particularmente el de doña Blanca Baralt, en su artículo José Martí, caballero, y en su delicioso librito El Martí que yo conocí (La Habana, 1925).
integra donde las jotas de la pronunciación salen de la entraña, como las de la danza; a la tierra del ooya rudo, impetuoso y amador, que pintó cortesanas con aire popular o plebeyo; a la tierra de dracián, que habló por sentencias apretadas, como había de gustarle al propio Martí escribir; a la vieja tierra de fueros, peleadora por sus libertades, socia de Castilla y comadre de América -- a esa tierra, le sintió su pulso en ritmo con el suyo propio, cierta afinidad con su propio espíritu. Por eso los versos famosos:
Para Aragón, en España,
tengo yo en mi corazón
un lugar todo Aragón,
franco, fiero, fiel, sin saña.
¿Qué mucho que fuese también allí donde tuvo su primer amor de hombre y donde "rompió su corola poca flor de su vida"? Podemos imaginarnos, -- nada más que imaginarnos a través de escasísimas referencias de Fermín Valdés Domínguez, compañero fiel también en Zaragoza -- lo que debió de ser aquel estreno sentimental de una vida llamada a múltiples amores. Pero necesitamos especular acerca de aquel idilio juvenil, probablemente intenso y dramático. Otros vendrán en que, con más directos testimonios, podamos examinar ese aspecto del alma martiana, muy necesitado de cuidadoso discernimiento, por lo mucho que tiende a avulgararlo el manoseo biográfico.
De Aragón se fué Martí, ya con sus propios papeles de abogado, como quien se va de una buena patria prestada para buscarse la suya propia. Había terminado eso que llamamos "la primera juventud" -- estreno, todavía irresponsable, de los primeros lujos vitales. Un breve asomo a Paris, estremecido sún por los Castigos de Victor Hugo y del 70; una
escala en inglaterra que, si bien momentánea, no dejó de depararle la aventura de una inglesita indulgente y "una media hora luminosa" en la bruma (luminosa, suponemos, de puro ardor) -- y ya le tenemos camino de América. Lo esencial de Martí se ha cuajado ya. Va a entrar en la sesión de las responsabilidades.
Haíz y Ale
¿Qué saldo de apreciaciones nos deja este examen interno de la primera mitad de su vida? Nos habíamos prometido descubrir con él los indicios del temperamento y el modo como las primeras "accidencias" irían constituyendo su carácter. Creo que no hemos sido defraudados. Ese temperamento es efusivo, generoso y ardiente. Está dominado por la sensibilidad; pero ésta, precozmente, le dicta, desde la niñez, actitudes, actos, grados de la voluntad y hasta modos del pensamiento. Emociones, voliciones, ideas tienden a integrarse en un mismo nivel de intensidad; estamos ante un alma "apasionada". Apasionada por esa conesión psicológica y también por su peculiar acento moral. Su núcleo es un querer en todos los sentidos: querer como voluntad, como caridad, como amor. Un querer tanávido que casi diríamos llega a devorarse a sí mismo: goza en la abnegación, ama hasta el dolor y corteja el sacrificio.
Este temperamento actúa desde la edad más temprana como un molde o filtro de la experiencia. En la precocidad genial de Martí, el temperamento es ya carácter moral. La experiencia, precoz ella misma, se le acumula apretadamente, y desde el primer momento observamos una cierta autoridad para regirla y que "marche bonito", una autonomía como de alma que lleva en sí su propia fuerza y no se siente en modo aluno condi-
-95-
-96-
cionada por el mundo, sino llamada a exaltarlo y conformarlo a su medida. Por tanto, una sustentación temprana de valores morales generalmente "adultos" -- la dignidad, el desinterés, el sentimiento del deber --, y un despliegue tan inmediato de la vocación patria, que se nos muestra, no como cosa inculcada o aprendida, sino como una expansión natural y necesaria de su espíritu.
Este momento, próximo aún a su salida de Cuba, pero ya de sazón juvenil, parece el oportuno para considerar un problema hasta cierto punto debatido, el del grado mayor o menor de "cubanidad" en Martí. Aunque hasta cierto punto tangamos que apoyarnos en observaciones correspondientes a épocas posteriores de su vida, claro es que lo que haya o deje de haber de cubano tipico en el temperamento de Martí, es ahora cuando debe presentársenos como más nitido y espontáneo junto a lo español en él.
Sabido es que, hace ya mucho tiempo, Arturo R. de Carricarte expuso la tesis de "la cubanidad negativa de Martí" (x). Quiso decir, desde luego, su no-cubanidad, y formulaba de este modo su pensamiento: "El cubanismo de Martí, en lo que significa amor a Cuba, -- que en él fué pasión desborcida, abnegadísima -- es obvio; por nadie ha sido superado y aún téngolo por insuperable, ni siquiera igualable en punto a desinterés y perseverancia; pero su cubanidad, en lo que ella implica de identificación entre el país y su redentor, forzoso resulta confesarlo: es absolutamente negativa".
¿Podemos aceptar esta tesis de un modo absoluto, o siquiera de un modo parcial?
(x) La cubanidad negativa del apóstol Martí, La Habana, 1934. 46 pp.
A favor del dictamen de Carricarte está, en principio, el hecho de que la ascendencia española de Martí fué tan inmediata, que difícilmente hubiera podido tramitarse una influencia profunda del medio natural sobre su ser psiquico a través de los padres, suponiendo que tal cosa sea posible. Por otra parte, Martí vivió en Cuba pocos años, relativamente, de su breve vida. Por su bulto evidente, estos hechos deben pesar mucho en nuestras consideraciones y frenar cualquier tentación a exagerar lo mesológico. Pero también es razonable no subestimar esa influencia, sobre todo si se atiende a que los años durante los cuales vivió Martí en Cuba fueron, principalmente, los de su niñas y adolescentia, es decir, los más impresionables; y ya se ha dicho que el niño es el padre del hombre. La tesis de Carricarte -- muy parcamente sustanciada, por lo demás -- se apoyó casi exclusivamente en el hecho de que la familia "suele imprimir huella indeleble en el espíritu". Pero lo que Martí recibió del ambiente físico de su tierra y del ambiente moral de su pueblo, empezando por Mendive, su "padre espíritual", Carricarte no lo tuvo en cuenta.
Para preparar mi propio juicio en el asunto, intenté páginas atrás una caracterización de Cuba y de lo cubano. Si aquellos pareceres se acercaron siquiera a dar un esquema justo de nuestro modo de ser, en ellos podemos apoyarnos ahora.
Observemos primero en qué no resulta cubano típico Martí. No lo es, ante todo, por su gravedad, por el modo intenso y "serio" de sentir y de enfocar la vida, por su patetismo, por su falta de alegría y de humor. Hay en él una capacidad de idealización y de previsión que en va no buscaríamos entre las aptitudes típicas (vuelvo a subrayar la pela- bra) de la indole cubana. Por tanto, la frivolidad le es también ajena. Eso traduce siempre una mayor o menor dispersion psicológica, y Martí es todo cohesión, o por lo menos voluntad de ella, que le angustia cuan-do no la logra en la conducta. La pasión martiana no es el "apasionamiento", frecuente en nuestro pueblo. Este suele ser erímero, episódico, como tantas manifestaciones de nuestra indole (el "embullo", por ejemplo); en tanto que la pasión en Martí es a la española: una categoría del espíritu.
Pero esa pasión tuvo en él un peculiar acento amoroso que si me parece ya más arriba a nuestra psicología. Al natural voluptuoso de Martí -- peculiaridad suya, tal vez -- algún ardor sensual debió de comunicarle esta tierra en que nació, si el ambito físico y moral no es ajeno a semejantes estimulos, como suele pensarse. Lo mismo y con igual reserva pudiera decirse del temperamento nervioso e impresionable que Martí nos revela y de aquel "calor de alma" que en sí hallaba. Sean o no estas cualidades producto del medio, en todo caso Martí nos resulta cubano por lo mucho que la sensibilidad prima en él y por el acento afectivo que ella pone en su carácter y en su vida. En fin, el estilo mental de Martí, proclive a la antesis por impresión más que al análisis por reflexión, y su estilo moral, dominado, a la vez que por el amor, por el celo de la propia independencia y la antipatía a todo autoritarioismo, son también rasgos cubanos muy características.
Pero todo esto parece un poco ocioso. Está predicado sobre la premisa de la típicidad, y Martí no es típico sencillamente porque es singularísimo. En todos los pueblos hay, por supuesto, a cualquier nivel, individuos disidentes del estilo psicológico común. Y así como en el
nivel superior se dan los grandes hombres en quienes parecen resumirse los caracteres de su pueblo y alcanzar su más alta potencia, halla-se también la grandeza singularizada -- ese linaje de hombres señeros que parecen vaclados en su propio molde. Martí fué más bien un hombre de esos.
Dicho lo cual hay que apresurarse a añadir que, el fin y al cabo, la filiación que más importa no es la que se acusa en el temperamento, sino la que se arinca en la conciencia. Martí es cubano, sobre todo, por la vocación, por la voluntad de serio. Pero a esto nos referiremos en la sección final de este libro.
Las páginas precedentes han mostrado lo que, en un plano superior de formación, le debió Martí a su estancia en España. Es probable que ella reforzara las consecuencias mentales de su nativa inclinación amo-rosa, induciéndole ya a esbozar la concepción política de las reivindicaciones cubanas en términos que proscribían el odio. Las páginas de El Presidio Político se enlazan profundamente, a través de una vida, con las del manifiesto de Montecristi. Pero la experiencia peninsular consolida algo tal vez más profundo: una concepción típicamente española de la vida y de la cultura: un sentido espiritualista de la existencia como algo trascendente, y de la conducta como centrada en el decoro; una síntesis, en fin, de la actitud (moral tanto como social) en que se integran lo aristocrático y lo popular, el caballero y el servidor de toda humildad. Sobre esto también volveremos.
Lo esencial de Martí está ya cuajado cuando, agotada la primera juventud, emprende el camino de América. Pero también el Nuevo Mundo deja su impronta en él, ensanchando las dimensiones de su espíritu. Para valernos de palabras metafóricas muy martianas, cuyo sentido cabal más abajo indicará, podemos ya decir que al Cuba y España fueron la raíz, América fué el ala.
-100-
su impronta en él, ensanchando las dimensiones de su espíritu. Para valernos de palabras metafóricas muy martianas, cuyo sentido cabal más abajo indicará, podemos ya decir que al Cuba y España fueron la raíz, América fué el ala.
b) Crisis
El deber y los deberes
En 1873, desde Madrid todavía, el joven de veinte años la había escrito a Méstor Ponce de León, Secretario de la Junta Revolucionaria Cubana en Nueva York, declarándoseávido de tener "esfera real" en que moverse y ofreciendo sus servicios a la causa de la independencia. Del fervor de su propósito no cabe duda alguna, porque ya lo tenía demostrado y porque a los veinte años hay como un gozo en darse a las grandes empresas. Pero he aquí que a fines de 1874, cuando había terminado sus estudios; cuando la guerra de Céspedes se acercaba a su apogeo en la manigua cubana; cuando Martí, en plena juventud, pudo haber hecho algún esfuerzo por incorporarse a las filas insurrectas, no fué a Cuba adonde se trasladó, sino a México.
Esta decisión, extraña a luz de sus antecedentes patrios, va a gravitar mucho sobre su vida. No podemos salirarnos ess hecho, ni disimularlo. Tenemos que explicarnoslo, a ver si Martí sale indemne de él.
La explicación es sencilla, paradojicamente apunta a una dimensión muy honda en el espíritu de Martí: su vivísimo sentido del deber. Es el varón único de una familia pobrisima que está pasando miserias en México y que ha puesto en el joven diplomado todas sus ilusiones, todas sus esperanzas. No se trata sólo del padre amargado, viejo y enfermo, a quien ya su hijo ha aprendido a querer en la distancia. Son también sus hermanas. Es su madre. A ésta le escribía dos años antes, desde el destierro y en verso, que era siempre su lenguaje más del corazón:
| No más, no más tu santo amor ultrajen pensamientos de bárbara fierezal Una vida acabó: | mi vida empieza!
Sentía que su vida de responsabilidades mayores se iniciaba bajo ese llamamiento de la sangre, y con su precocidad de siempre asumía, ante todo, el deber de despejar de angustias el hogar lejano. ¿No pensaría que había algo de falso en la ternura de Martí si no la viésemos arrancar de esa voluntad de sacrificio por lo que más de cerca le tocaba?
Pero también sentía el otro llamamiento: la conciencia de lo público y el clamor de su isla resonando en ella. . . He ahí, pues, los términos del conflicto que llena toda la segunda etapa de su vida, la más larga. Algún día le escribirá a su madre que "el deber de un hombre está allí donde es más útil". ¿No le necesitaba ahora más su casa que Cuba? . . . Se decidió por el deber más inmediato.
Hasta qué punto fué angustioso aquel conflicto y lacerante esa decisión, lo recordaremos enseguida. Pero antes detengámonos a ponderar la estructura psicológica y moral a que ambos respondieron, pues repito que nos hallamos ante uno de los grandes rasgos del carácter martiano. La consigna del deber, que será uno de sus más persistentes postulados éticos, no se apoya en meras retóricas, no es un mero convencionalismo moral, sino algo enraizado en su propia naturaleza y autorizado por su propia vida. ¿Cómo estaba hecho aquel espíritu para sentirla tan hondamente y con tan decisiva fuerza? Y antes que nada, ¿qué misteriosa urgencia es ésa -- el deber?
169
Es curioso el doble sentido, moral y económico, que la palabra tiene. Se hace lo que se debe; se paga lo que se debe. Alguna común intuición ha de enlazar esos usos, con ser tan distantes. Y es, en efecto, que también el deber moral nos apremia como una deuda que sentimos tener con nuestra propia naturaleza y con el mundo. A ese sentido interior de obligación lo llamamos conciencia -- la conciencia moral --, y yo creo que arranca de un sentimiento aun más profundo de solidaridad humana, el cual a su vez procede la unidad primordial del Ser en general y de la vocación que éste tiene a recobrar su perfección, a prevalecer al fin sobre la discorde pluralidad de las cosas. La voz de la conciencia, el deber, es el llamamiento del espíritu a esa integración; es el recordatorio de la deuda que tenemos contraída por el hecho de ser múltiples y distintos en un mundo nacido de la Unidad y vocado hacia ella.
Por ab mismo, esa noción del deber, quien más quien menos la tiene, aunque no la atienda. Pero lo que llamamos sentido del deber, es decir, la voluntad de cumplir lo que esa noción nos ordena, ya es mucho menos frecuente. Casi siempre resulta de la educación moral. Hay, sin embargo, ciertos seres poderosamente integrados en quienes la consecuencia interna se hace como automática. Cuando se produce entre el pensar y el querer, tenemos la pasión intelectual; el fanatismo. Cuando eso ocurre entre el sentir y la voluntad, estamos ante la pasión heroica. Si ese sentir es particularmente noble, generoso, abnegado, solidario; en una palabra, si tisne su raíz en el amor, lo que contemplamos es la pasión del deber, especie también de fanatismo y de heroismo moral, de ciega y activa cartidumbre sobre lo que se debe hacer. (x) Para las
(x) Por eso, sin duda, Félix Lizaso ha podido hablar de una "mística" del deber en Martí.
almas de se emajante factura, no cumplir el deber es como undesobla-miento odioso que delata la propia debilidad -- la servidumbre del "débil de carácter". En cambio, cumplir con el deber es conservar incólume la propia integridad y, por consiguiente, la propia fuerza. Martí siempre asociía el deber, al igual que el amor, a esa idea de fortaleza. "Hago lo que debo, y amo a una mujer; luego soy fuerte", dirá en una de sus cartas a Mercado.
Se comprende mejor ahora por qué el sentido del deber no es en él, como en la mayor parte de los hombres, una adquisición moral, sino parte de la vocación nata de su propio ser. Con ese sentimiento de cosa ineludible que para él tiene, algún día podrá afirmar, a plena convicción, que "toda la vida es deber", que éste "se ha de cumplir sencilla y naturalmente", y que "el verdadero nombre no mira de qué lado se mira mejor, sino de qué lado está el deber".
La vocación a lo absoluto
Pero con eso nos explicamos cabalmente todavía el conflicto que ahora su vida presenta, que es precisamente un conflicto entre deberes. Y aun a trueque de fatigar al lector con excesivas abstracciones, le pido indulgencia para acompañarme todavía un poco más en ellas porque así podremos aclararnos otro aspecto capitalísimo del espiritu martiano: su sentido de los valores.
Deber y amor, impulsos de la sensibilidad moral, responden apreciaciones que la conciencia se hace, y por consiguiente a valores, que a su vez están referidos a ciertos objetos, internos o externos. Llamamos objetos de valor relativo a los que sólo conciernen a nuestro
interés; objetos y valores absolutos a los de interés general. (x) La familia, por ejemplo, es un valor relativo, y el deber que respecto de ella se siente, también lo es. La patria, en cambio, es un objeto de valor absoluto, como absoluto es el deber a que respecto de ella venimos obligados. Pero no todos los hombres son capaces de sentir los deberes absolutos, ni aun los que tienen por naturaleza esa aptitud logran incorporarlos sin más al primer plano de la conciencia. Esto obedece a que el sentimiento de lo próximo y lo concreto es lo más primario en el hombre. El espíritu tiene que ensancharse considerablemente para poder trascender esos sentimientos primordiales.
Pues bien: Martí era un espíritu vocado a lo absoluto. Ese aleteo hacia la infinitud se percibía ya en las páginas iniciales de El Presidio Político. Nos lo hará explícito muy pronto en una carta a Manuel Mercado al expresar el temor de que cierta decisión suya pudiera ser mal entendida "por los que no conocen mí amor a lo pleno y lo absoluto, y cómo yo no gozo sino con los aplausos de mi conciencia". Reiteradamente generalizaré esa vocación muy en los escritos públicos, hablando de "la tendencia constante del hombre a entrar en lo absoluto, a salir de sí y esparcirse". "Se tiene -- dice en otro lugar -- la necesidad de algo inenarrable y puro, de algo claro y luminoso, sano e infalible. Es una forma del ansia perpetua; se necesita lo intachable". Y otra vez: "Menguada cosa es lo relativo que no despierta el sentimiento de lo absoluto."
Pero este hombre quis así pensaba, este espíritu todo ala, avido de
(x) Véase, en mi libro Para una filosofía de la vida (La Habana, 1951), pp. 65 y s.s. sobre "la condición del valor universal".
rebasar lo circundante e invadir todo el espacio moral e histórico a su alcance, ahora todavía siente como más imperativo el deber inmediato y menor, el deber de la sangre. Le "tire", como solemna decir, desde las raíces de su ser amoroso.
Por ese amor de la familia todo lo sacrifica de momento -- a veces, hasta los pudores más exigentes de su personal dignidad. ¡Qué tristes alusiones hay en sus escritos íntimos de entonces a los préstamos que tiene que solicitar, mientras el trabajo llega, con tal de aliviar la miseria doméstica! Para no sentirse rebajado por ellos, necesita afinarse en el íntimo orgullo. "La mejor manera de agradecer y honrar el genos favores, es aceptarlos -- le escribirá más tarde a Manuel Mercado, el gran amigo que México le deparó. Y añadía: "No me ruboriza ningún favor recibido de su mano, porque es Ud. digno de hacérmelos, y yo de recibirlos". Ese amor propio de Martí, que era el primer peldaño de su escala de amor.
Pero el reclamo de lo público, de lo histórico, seguía inexorablemente dando aldabonazos en su conciencia. Desde Cuba llegaba un poco del resplandor épico de la manígua; desde los Estados Unidos, el eco de la gran polémica separatista, convocando a todos los cubanos de fibra. Colaborador ya de la novista Universal, Martí le hacía coro lejano a la voz mambisa, mas ese ardor, frenado en la expresión por los miramientos que su condición de extranjero le exponía, se sentía aún más contenido desde dentro por el pudor de la ausencia, por la amargura de que su incorporación a lucha ruese sólo en espíritu. Sus verac la justificación ban amargamente:
Y si, más martir que cobarde, libro
tanta amargura de aquel sol lejano,
martir, más que cobarde, aquí lo adoro.
Atada está, no tímida, mi mano.
Refiriéndose a esta época, le escribirá algún día a su gran amigo de México; "Ud. sabe el espanto que azotaba, contenía y empequenecía todos los actos de mi vida -- que belaba los movimientos en mis brazos, y en mis labios las generosas o enérgicas palabras".
Permitase subrayar todo eso con una frase de otro trabajo: "Cuando se tiene cierta clase de alma, cuenta a veces más desertar de un deber que cumplirlo. La fuente más copiosa de dolor en la vida de nuestro grande hombre fue la mutilación indispensable en que tuvo que ir sacrificando los requerimientos privados a los públicos. Los años juveniles de México, en que esa jerarquía de deberes estaba aún invertida, debieron de ser los más amargos para martí. Andando el tiempo, su dolor privado se calmaría con el gozo del público deber cumplido; pero entonces era aún el dolor árido, vergonzante de tener que reprimir su más hondo anhelo".
El amor, el dolor, el alma
Esa angustia tuvo dos válvulas de escape, que fueron como recursos provisionales respectivos de los dos términos en conflicto: el amor de mujer y el ejercicio, también amoroso, de las letras como función pública. Dos distracciones apasionadas del propio dolor, dos maneras de anegarse en vida para acallar el grito intimo de la conciencia, que le pedía la integración de la conducta con el ideal. Pero, al mismo tiempo sin duda, dos manifestaciones accesorias o específicas de la Vocación en su sentido más amplio y profundo.
El episodio amoroso con hosario de la Peña es sumamente revelador. En las cartas a aquella musa de literatos, Martí nos hace explícita esa clave amorosa de su espíritu que hasta ahora hemos venido descubriendo sólo indirectamente. Tiene veintidos años, y la dama es una sabia receptora de efusiones, toda hospitalidad y esquivez a un tiempo. El joven criollo, de tan honda raíz natural, le escribe: "Hay un mal tan grave como el de precipitar la naturaleza; es contenerla". Hasta para decirle su amor a una mujer, filosofía un poco. Procede con una especie de cautela impetuosa, si vale la paradoja; "...me parece -- le escribe -- que están despertándose en mí muy inesables ternuras; me parece que podré yo amar, sin arrepentimiento y sin vergüenza; me parece -- (nótense los acentos espirituales, platónicos, de todo esto) -- me parece que voy a hallar un alma pudorosa, entusiasta, leal, con todas las ternuras de mujer y toda la alteza de mujer mía". Y añade, no sin arrogancia: "Mia, Rosario. Mujer mía es más que mujer común".
En estas últimas palabras se ve el egotismo de toda alma fuertemente integrada. Egotismo, no egoismo. Este consiste siempre en una tendencia del espíritu a replegarse, a concentrarse sobre sí propio, ignorando las solicitaciones de lo externo, o recaudando de ellas provecho para la propia personalidad. El egotismo, en cambio, es más bien como una tendencia efusiva del ego, que se apoya en sí para expandirse, para comunicarle a todo lo demás su propia naturaleza y exaltarlo a su propio nivel. Asa tendencia, esencialmente generosa, conlleva sin embargo un amor propio, y a veces se manifiesta con toda la gama de actitudes que va del orgullo a la vanidad, a la inmodestia, y aún a la soberbia. "No
gusto yo de los hombres hipócrítamente humilde", la decía Martí a Mercado; y en ocasiones, hasta creemos sorprenderle en el pecado contrario. Como la generosidad en el prevalencia siempre, el amor propio se había de ir disciplinando más y más a lo largo de su vida, según se acantusaban los menesteres de relación, y llegaría, en su madurez, a extremos de modestia y de humildad increibles. Pero esa conciencia del valor de sí mismo estará siempre viva como un manantio secreto de intima cardiáumbre. Anora, todavía, se desborda sin disimulos: "Mujer mía es más que mujer común".
Una carta posterior a Kosario de la Feña resulta aún más reveladora del alma martiana. En ella llemos lo siguiente: "Amar en mí, -- y vierto aquí toda la creencia de mi espíritu -- es cosa tan vigorosa, y tan absoluta, y tan extraterrena, y tan alta, que en cuanto en la tierra estrechísima se mueve no ha hallado en donde ponerse entero todavía. Probablemente -- amargísimo dolor -- se habrá ido de la tierra sin completense y sin ponerse". Nótese en estas frases como Martí eleva su sentir a creencia de su espíritu: las sensaciones o las emociones se le convierten juicios de valor. Adviérтanse los adjetivos de acento trascendente con que describe su vocación de amor, "absoluta", "extraterrena"... Kepárese, de paso, cómo nos sugiere el origen de lo que puoiéramos llamar la otra coordinada de su espíritu: la vocación al dolor.
Esta es correlativa de aquella. "La vida es toda de dolor, y el dolor viene desear, y para vivir sin dolor es necesario vivir sin deseo". Al presentar así algún día el pensamiento del Buda, se le ve a Martí su intima adhesión. Reflexiones análogas, por lo demás, abundan en su propia doctrina. Sobre esa demasiada de la voluntad, es decir, del querer, fundó Schopenhauer su pesimismo filosófico. Unamuno, que leyó mucho al sombrío teutón, escribiría refiriéndose a Martí: "Y este hombre... ansiaba amar y ser amado... era, por lo tanto, fundamentalmente un pesimista".
¿Hasta qué punto, sin embargo podemos aceptar esa conclusión? Una de las paradojas que en Martí observamos (y como tal paradoja envuelve sólo una contradicción aparente) es la de que, con ser por naturaleza un melancólico y un voluptuoso del dolor, y aun pensando, como piensa, que en el mundo prima la maldad, sustentara siempre un tenaz optimismo respecto del hombre y del mundo. "Tengo fe en el mejoramiento humano, en la vida futura, en la utilidad de la virtud, y en tí" -- dirá la dedicatoria de Ismaelillo a su hijo.
La contradicción aparente se explica si tenemos en cuenta la doble virtualidad, pasiva y activa, que el amor tiene en espíritus como el suyo. Es avidez insaciable de ternura, expuesta al aspero roce del mundo; pero también es voluntad, fe, entusiasmo, fuerza creadora. El mundo es malo, mas por el amor se ha de salvar el mundo. De ahí que Martí añada en su carta a la mexicana: "Porque vivir es carga, por eso vivo; --vivo, porque yo he de ser más fuerte que todo obstáculo y todo valor". Desde entonces presentía ya su destino como una misión de redimir por la fuerza del corazón.
Pero veamos todavía cómo abundan esa carta frases que acaban de damos la clave total de la patética martiana. "Tristezae como sombras me anonadan a veces y me envuelven -- le escribe a Rosario --. Y tienen estas pequeñeces tan real grandera, y crezco yo en ellas tanto... que aunque yo no soy más que una perenne angustia de mí mismo, todavía ten-
go una extraña sonrisa para mis locos dolores, y pensamientos de carrío para estas invencibles tristezas que me envuelven". Más adelante insiste: "Angustia esto de sentirse vivísimo y repleto de ternuras y de delicadezas inmortales y de gemir horas enteras, sin que mi alma me permita el derecho de exhalar gemidos, en esta atmósfera tibia, en esta pequeñez insoportable, en esta igualdad monótona, en esta vida medida, en este vacío de mis amores que sobre el cuerpo me pesa, y que a él lo abruma, y a mí dentro de él me sofoca perennemente y me oprime. Enfermedad de vivir: de esta enfermedad se murió Acuña".
Acuña era el poeta romántico mexicano que se había suicidado, diz que por desesperación de amor a la misma musa destinataria de Martí. La alusión nos permite apreciar que en aquel estado pasional del cubano dejaba de influir el clima romántico. Seguramente ya ese tono exaltado y gemidor, ese lenguaje excesivo de los pasajes que ha venido citando, le habrá hecho al lector sonreir un poco por dentro, poniéndolo todo a la cuenta del romanticismo. Mucho hay de eso, en efecto. Sería un error, sin embargo, suponer que se trata sólo de una contaminación de época. Lo que el clima romántico ponía allí era la efusión expresiva, y acaso la demasiada exhibición del alma en ese patétismo verbal; pero ya el alma misma de martí era por naturaleza romántica.
Por naturaleza? ¿Existió, pues, ese tipo de espíritu antes del Romanticismo? Claro que sí, y resulta de alguna importancia advertirlo. Ace años, cuando el Centenario de Heredía, sugerí como la existencia de lo romántico antes del romanticismo servía de fundamento para resolver el problema de clasificación de nuestro poeta: cómo heredía había sido un romántico en el fondo, a pesar de haberse formado en el neoclasicismo y casi muerto en él. Encarnaba, en efecto, esa naturaleza romántica que de por sí suele dar la matriz espíritual española y que en América se acentúa mucho, pues como ya observó el argentino Terán, América -- nuestra América al menos -- es el continente del romanticismo, por la efusión, por la sentimentalidad, por la proximidad a la naturaleza.
¿Qué cosa es, concretamente, esa alma romántica? Con ayes y suspiros, con éxtasis lunares y con amores etéreos nos acostumbró a asociarla cierta literatura convencional, no del todo rebasada. Pero eso, esa gesticulación, es más bien del alma que ha contraído el romanticismo, que lo ha adoptado como una moda sentimental, y resulta tan artificiocea como aquella palidez que las señoritas de la época se producian tomando vinagre. Las gentes que todavía hoy se visten el alma según esa moda, figuran notoriamente entre las que tachamos de gente cursi. ¿Me atreveré a decir que cuando Martí le hace concesiones a ese gusto, también nos resulta el un poco cursi?
Verdadera y limpiamente románticas son sólo -- porque las hay todavía y las habrá siempre -- las almas que nacen tales. Y estas pertenecen al linaje de Musset o al de las que tienen por arquétipo a Byron; las que gustan de padecer y las que gustan de conquistar. Ambos linajes coinciden el egotismo. En ambos el yo se desborde sí mismo para verterse en lo demás, y al mismo tiempo atrae a sí todo lo ajeno, pretende exaltarlo a su nivel, confundirlo con la intimidad de la conciencia. Lo común es, pues, ese subjetivismo que tantas veces se ha señalado como el rasgo central del espíritu romántico.
Pero luego los dos linajes se distinguuen la actitud. Cuando el alma romántica es del estilo amoroso, como lo rué en Lamartine, en
Musset o en Heredia, se identifica con el orden total de la naturaleza y del Espíritu. Conversa con la primera, como Heredia con el Niágara, la tutea y sublima; o bien hace de todas las tristezas naturales y humanas su propia melancolía, como ante el Teocalí de Cholula, pues esa identificación con lo extreno ensahcha enormemente, desde luego, la propia afectividad, y por ende también la capacidad de éxtasis, de ternura, de dolor. En cambio, si el acento del alma romántica cae, más que en la sensibilidad, en la voluntad, como ocurría con Byron, o en la inteligencia, como sucedía en Larra, nos encontramos frente al otro tipo del yo romántico, el invasor, impetuoso y rebelde, que se alza contra toda norma interna o externa, desafía al destino mismo y puede, en su soberbia, llegar hasta lo satánico.
El alma española es naturalmente un alma romántica de tipo invasor, como el alma alemana tiende a serlo del tipo amoroso. Por eso se ha dicho con tanta razón que el teatro clásico de España, la comedia del Siglo de Oro, fué romántica tres siglos antes de que hubiese romanticismo en el mundo; y así nos explicamos también que el espíritu aleman, idealista en filosofía, absolutista en política, sinfónica aún más allá de la música, tienda a hacer de toda la experiencia un sistema bajo la presidencia del yo.
Español "de maíz", español-americano, Martí tuvo el alma romántica de tipo sufridor y amoroso. Cuando él se declara, como lo hace en su carta a la musa mexicana, enfermo de la enfermedad del siglo, la de Rolla y Musset, la que hizo matarse a Acuña, se nos pinta como un contagio de romanticismo. Aquel "sentirse vivísimo" en un ambito de "pequeñez insoportable" y de "vida medida", era, en efecto, el tedio romántico, que ya Schopenhauer había explicado también como una desproporción entre el querer y el poder. En Martí lo provocaba, o al menos lo acentuaba entonces, el conflicto entre la vocación y la circunstancia. Pero si sentía ese conflicto tan angustiosamente es porque él mismo era un romántico natural. Cuanto hemos venido subrayando en su vida intima nos lo ha sugerido ya. Oportunamente nos lo demostrarán también su pensamiento, su literatura, su actividad política misma -- nada de lo cual podríamos explicarnos a fondo sin esa premisa.
El eros de Martí
Ella nos permite también entender sus amores. A propósito del momento sentimental que tuvo por inspiradora a Rosario de la Peña, podemos ya decir aquí de una vez, lo que igualmente nos servirá para comprender los demás episodios de su vida amorosa, aunque cada cual tuviese su peculiar acento. Llegamos así a un aspecto de la intimidad martiana que hasta ahora sólo hemos venido rondaño y que conviene examinar con algún cuidado, para que el juicio superficial de un biografismo anecdótico nos rebaje la calidad espiritual y moral de nuestro héroe.
Como gran amoroso que era, Martí fué también muy "enamorado". Es de notar este adjetivo -- de hecho, un participio pasivo en función adjetival -- con que en nuestra lengua indicamos la susceptibilidad de cie tos individuos al amor. "Enamorado" es el que tiene esa propensión; pero no tanto de un modo activo, por una tensión de la voluntad, como de un moco más bien pasivo, por una afección de la sensibilidad. Una afección...crónica; derivada de la peculiar contexto psíquica.
¿Cómo sabemos esto, tan íntimo, respecto de Martí? Podría yo adu-
175
cir varios testimonios no escritos, señaladamente el que con mucho enfasis me daba su hermana Amelia. Hay una frase de pícante sabor criollo que me contó alguna vez José Antonio Fortuondo, atribuyéndosela a un veterano de nuestra última guerra de independencia, que conoció mucho a Martí; el capitán Plochet. Según él, Martí era, en el orden amoroso, "muy enamorado, pero poco caminador". Supongo que se captará el sentido criollo, no exento de malicia, de ese eufemismo. Una manera más formal de expresarlo sería decir que Martí tuvo el amor como vocación sentimental más que como avidez sensual; que era, por encima de todo, un enamorado del amor mismo.
Con esto no quiero sugerir que siempre fuese en él más el ruido que las nueces. Mucho menos que hubiese en su vida amatoria ninguna hipocrasía, ninguna falsificación. Lo que había, según creo, era todo lo contrario: una singular ingenuidad, en el sentido más radical de la palabra, que le hacía tropezar a menudo con el idilio, y a veces, desde luego, con sus consumaciones. Pero siempre era un impulso más que un fin, más que un designio. La misma frecuencia con que Martí habla de sus amores -- Frecuencia que a muchos tartufos suele parecer impudor -- se me antoja a mí un signo de esa ingenuidad, de cierto modo profundamente candorose de sentir, o por lo menos de pensar, semejantes experiencias: una certidumbre de que con esas confesiones aludía a algo esencialmente noble y sano, a un privilegio superior del hombre y a una necesidad del espíritu tanto como de la Naturalzea.
Aquel amoroso no era propiamente el "formidable amador" que diría Rubén Dario, cuanto menos ese profesional del erotismo que con varios disimulo se nos quiere a veces pintar. Nadie tuvo respeto más declarado que él por la mujer en general, ni se detuvo tan delicadamente siempre, según su propia confesión, ante lo que pudiéramos llamar la ineditez femenina. Más sensible al encanto espíritual que a la belleza corpórea, con todo lo que ésta naturalmente seducía su mirada de artista, se acercaba al sexo opuesto (incluso a la mujer fea, como parece haberlo sido la que ocupó los últimos años de su vida) impulsado y atraído, antes que nada, por el alma. Nada le impresiona tanto, al llegar por primera vez a los Estados unidos, como la falta de espíritualidad que advierte en las norteamericanas de entonces. Son las redes sutiles de lo espiritual las que lo apresan; es esa fragancia la que le embriaga.
Con esto, claro está, no pretendo "dsfender" a Martí, sino sólo explicarle. E insisto en que esta apreciación no ha de entenderse al extremo de arirmar que martí fusee parco en la voluptuosidad. Hay indicios suficientes de lo contrario, incluyendo sus propios testimonios. Si eso es "un pecado", no intento redimirlo de él. Martí era un hombre cabal, aunque por el vuelo de su espíritu a veces nos parezca un angel. Por otra parte, a cierta altura de la estimativa moral, cuando nos si tuvamos por encima de las apreciaciones, a menudo hipócritas, que la nutina ética o los convencionalismos sociales dictan, no creo necesario pedir que se le perdone a nadie el haber amado mucho. El amor en sí mismo nunca es inmoral, puesto que es generoso. Inmoral es lo que daña al prójimo, no lo que snriquece su vida. Es el estrago, el escándalo, el vicio; no el lazo, por inconvencional o efimero que sea, con que dos sensibilidades -- y a veces dos almas -- se anudan.
La historia de los grandes espíritus está llena de amadores impenitentes, y creo que el censo sería aún mayor si la vida privada de los
grandes hombres fuese en todos los casos accessible. En España, lope de Vega fatigó el idilio, y casi otro tanto parece probable de Cervantes, de Quevedo y de muchos más de su estirpe. No los admiramos menos por ello. La galantería, de intenciones más o menos ávidas, es un rasgo hispánico, y solemnos mirarla con indulgencia. Acaso el Don Juan de Tirso de molina, si prescindimos de sus proyecciones teológicas, no sea otra cosa que una epopeya del amor, inspirada en esas proclividades notorias de la raza. El Tenorio de Zorrilla disfruta de una simpatía casi secular. En fin, el alma romántica enfatizó el amor como todo, y acaso un poco más, por la dimensión cósmica que en él intuía. Goethe, Byron, Musset, Espronceda y tantos otros fueron también grandes amadores. En Martí, lo romántico y lo hispánico son coeficientes de su indole naturalmente queredora y de su vago sensualismo criollo.
Pero repito que fué sobre todo su espíritu, avido de cariño y de belleza, en complicidad con el vacío sentimental de la soledad y también con la seducción a que sus propios encantos personales le exponían, lo que multiplicó en aquella vida el consuelo de los muores adventicios. El mismo nos dejó sobre esto como una disculpa de dramática elocuencia: "Lo que se tiene por lujuria no es muchas veces más que el horror a la soledad, o la necesidad de la belleza. De lo feo del mundo se busca alivio en la mujer, que es en el mundo la formación concreta y amable de lo hermoso".
No podemos alabar que fuese un gran amoroso para el cariño, para la caridad, para el servicio al prójimo y a la colectividad hasta el sacrificio de sí mismo, y pretender que no lo fuese también para la satisfacción de su alma romántica o para el consuelo de su vida angustiada. Principalmente para señalar esta indivisibilidad del amor en él, me he detenido tanto en este aspecto de su intimidad.
**MÉXICO**
La otra vía de consuelo en la crisis por que Martí atravesó en México, fué como ya dije, la que le ofrecieron las latras y, sobre todo, el servicio que a través de ellas rindió a la tierra que le había dado tan generosa hospitalidad.
Es ese un aspecto sobre el cual no vamos a detenernos mucho, puesto que no pertenecce ya al costado intimo de su vida y porque tendremos oca-sión mejor para hablar de él cuando consideremos su obra literaria y, particularmente, la evolución de sus ideas culturales, sociales y políticas. Lo que de momento nos importa notar es que el interés por los problemas de México llenó en alguna medida el vacío de su vocación política expectante y que su estancia en aquel país, que llegó a querer como una segunda patria, probablemente dejó ciertas sutiles modulaciones en su espíritu.
Adelanté ya en la reseña biográfica que México se hallaba por aquel entonces en la resaca de su romanticismo y comenzando a sentir las primeras ráfagas del movimiento positivista europeo. Eso tuvo varias manifestaciones. La más patente, de orden intelectual, filosófico. Se reveló, por ejemplo, en la pugna del criterio "idealista" o espiritualista con el materialismo, que el augue científico europeo tendía tanto a creditar. Esa fué otra crisis a que Martí se vió sujeto, sólo que en ella se mantuvo más inaquivocamente leal a la vocación de su espíritu que en
la concerniente a su vocación política cubana. En el debate famoso de doctrina a que se vió atraído, se le vió como a la defensa, queriendo proteger su idealismo de poeta, y de poeta romántico, contra el impacto de los criterios científicistas; sustituyendo (así, al menos, se colige de los comentarios publicados a la sazón) la fría lógica con el calor de su elocuencia, que era el de su propio corazón. Caía, como había de caer siempre, del lado del equilibrio, de la armonía, de la visión integral de las cosas.
Pero la pugna de entonces en México tenía otras implicaciones más concretas. El romanticismo, en América, casi siempre fue liberal, y hasta desorbitadamente liberal, es decir, con utopísmos y teorizaciones excesivas. En cambio el positivismo se manifestó, desde el primer momento, ordenador, realista, más atento a concreciones de progreso que a disfrutar de espontaneidad natural; más inclinado a asegurar la disciplina social a través de minorías ilustradas que a confiar en la voluntad popular. Ya desde entonces, el "científico" tendía al desarismo. Curiosamente, esa tendencia hallaba un auxiliar en el clericalismo religioso. Así pues, la obra reformista de Juárez, el gran presidente indio, comenzaba a verse a la defensiva en el México que Martí vivió. Más o menos caútelosamente se movían contra ella las fuerzas reaccionarias asistidas por el realismo político.
No hay que hacerle injusticia a este, sin embargo. Ya he dicho que ponía su empeño en las cosas concretas, y no le faltó en eso un espíritu renovador. Así como aspiraba a liberar la inteligencia de prejuicios y rutinas, por medio de la educación popular, así también el orden social -- aunque no en el político -- buscaba la reafirmación de todos los valores naturales; el rescate de la tierra, la redención del indio, la consolidación de la economía sobre bases autóctonas. Romanticismo y positivismo encontraban, pues, al menos en lo social, cierto terreno común.
En ese terreno se situó Martí. Su alma queredora se proyectaba irresistiblemente hacia las perspectivas de mayor justicia. Su defensa periodística de lo natural y autóctono, de los trabajadores y del indio, se combinaba con la estimulación de la cultura sin mimetismos y con la defensa de los derechos políticos que consideraba inherentes a la dignidad humana. Ello no respondía a una mera actitud histórica; era una demanda radical de su espíritu, demando que no podía menos que generalizar: "Con ser hombres -- escribía -- traemos a la vida el principio de la libertad, y con ser inteligentes tensmos el deber de realizarla. Se es liberal por ser hombre..." Siempre se daría en él este esfuerzo por conjugar el realismo práctico con la idealidad generosa.
México dejaría en su espíritu algo más que la melancolía de ver perdida entonces aquella batalla. Dejó, por lo pronto, la emoción de lo americano. De la naturalidad y vastad del mundo nuevo, de sus culturas indigenas sumergidas, que afloraban, sin embargo, en la solemnidad, más impotente que melancólica, de las ruinas, y también en la gracia de las costumbres y de ciertos talentos específicos; en fin, de la invitación, la "urgencia" de América como escenario para la creación de un mundo más generoso y más digno del hombre. Y quién sabe si no estilizó también, con los matices delicados del alma mexicana, con su sentido de la insinuación y la medida, aquella pasión demasiado absoluta que Martí había heredado con lo español en él, y aquel patetismo que de
-119-
-120-
los valores naturales; el rescate de la tierra, la redención del indio, la consolidación de la economía sobre bases autóctonas. Romanticismo y positivismo encontraban, pues, al menos en lo social, cierto terreno común.
En ese terreno se situó Martí. Su alma queredora se proyectaba irresistiblemente hacia las perspectivas de mayor justicia. Su defensa periodística de lo natural y autóctono, de los trabajadores y del indio, se combinaba con la estimulación de la cultura sin mimetismos y con la defensa de los derechos políticos que consideraba inherentes a la dignidad humana. Ello no respondía a una mera actitud histórica; era una demanda radical de su espíritu, demando que no podía menos que generalizar: "Con ser hombres -- escribía -- traemos a la vida el principio de la libertad, y con ser inteligentes tensmos el deber de realizarla. Se es liberal por ser hombre..." Siempre se daría en él este esfuerzo por conjugar el realismo práctico con la idealidad generosa.
México dejaría en su espíritu algo más que la melancolía de ver perdida entonces aquella batalla. Dejó, por lo pronto, la emoción de lo americano. De la naturalidad y vastad del mundo nuevo, de sus culturas indigenas sumergidas, que afloraban, sin embargo, en la solemnidad, más impotente que melancólica, de las ruinas, y también en la gracia de las costumbres y de ciertos talentos específicos; en fin, de la invitación, la "urgencia" de América como escenario para la creación de un mundo más generoso y más digno del hombre. Y quién sabe si no estilizó también, con los matices delicados del alma mexicana, con su sentido de la insinuación y la medida, aquella pasión demasiado absoluta que Martí había heredado con lo español en él, y aquel patetismo que de
ella se alimentó…….
Nunca ya dejaría de hablar con cierto moroso arraestre de amorosas eses. Para el amigo mexicano Manuel Mercado habían de ser sus más honidas, sus más reservadas confidencias. A él le escribiría algún día: "Si no fuera Cuba tan infortunada, querría más a México que a Cuba".
Carmen
Los grandes hombres no tienen intimidad, se ha dicho muchas veces, y la razón de decirlo es, desde luego, que la intimidad tiene tanto que ver con la grandeza -- o con el destino de ella. Así y todo, no nos sentiríamos inclinados a penetrar en ciertas zonas privadas de la vida de Martí si efectivamente lo fuesen, es decir, si ya no se las hubiese invadido tanto, y no siempre con el discernimiento debido. Así, por ejemplo, la de sus relaciones con su esposa, Carmen Zayas Bazán.
Esto nos trae de nuevo al ámbito de su corazón, y de eso hemos hablado ya lo suficiente para que podamos comprender aquel proceso de tan dramáticos destinos en su vida privada. A la luz melancólica de esas derivaciones, se sospechó alguna vez que Martí se había casado con la camagüeyana sin quererla de veras, por alguna suerte de engaño sentimental de sí mismo que el común destierro habría favorecido. Las cartas suyas a Manuel Mercado, publicadas en 1946, no han disipado del todo las dudas sobre el particular, aunque sí las han iluminado de un modo más directo.
Empecemos por sentar un criterio que supongo será generalmente admitido: el de que el amor es un sentimiento que no admite condiciones. Pro eso se le representa como "ciego". Como tal amor, no pone ni si-
quiera la condición de ser correspondido. No exige, sino da. Tanto, que hasta inviste al ser amado de las sublimidades que no tiene.
Pues bien: uno tiene la impresión de que el amor de Martí por Carmen Zayas bazán nació condicionado. Inconscientemente condicionado, claro está. Si Martí no estaba profundamente enamorado de ella, es evidente que creyó estarlo. Pero las condiciones se le traslucían en las mismas frases con que describía su amor. Ha dejado a su novia en la capital mexicana, y desde Veracruz le escribe a su amigo intimo: "Voy lleano de Carmen, que es ir lleno de fuerza". Se establece así en su espíritu una ecuación entre la amada y el estimulo. Otra alusión posterior nos lo franquea más: "No me oculto a mí mismo -- escribe -- que para comprender e imaginar, para alentar con fe y con brío, la presencia de Carmen me es indispensable". "Ejerce ella en mi espíritu -- dice en otra carta -- una suave influencia fortificante, a tal punto que creo ahora que bien pudiera por encima de la misma nostalgia de la patria, la nostalgia del amor". Apenas llegado a Guatemala, parece como si una levisima duda se insinuase ya en su espíritu: ¿Qué deber ha de estarbarme mi Carmen, ella que vive de mi misma clase de pasiones?". Meses más tarde, dice con lenguaje más genuino de amor: "Si no la trajería a mi lado, textualmente, moriría." Pero enseguida razona demasiado su pasión: "Esta pasión tiene de indomable que es justa. Se mide por la que la inspira y el que la siente".
En verdad, la media más bien por las calidades de Carmen. Después del trabajo viaje de luna de mil que juntos hicieron, a lomo de mulo, desde México hasta Guatemala, habla con admiración del valor de su mujer. Sin embargo, unos meses más tarde, comentando su silencio durante
una breve separación, vuelve a insinuarse la duda: "En mis entrañas vive, y creo en su alteza. La he visto siempre excelsa y abnegada; pero, preparado a todo mal, no me sorprendería su mismo olvido".
Estataría, pues, que endando el tiempo la presencia de Garman no fuese la de un ala, sino la de un ancla, para que aquella ilusión quedase defraudada. La "culpa", si es licito hablar así tratándose de hechos tan predeterminados por el temperamento, no sería sólo de ella. Lo cierto es que Martí, por lo mismo que tenía una capacidad de amor tan universal, no podía ceñirse a nada singular. Entiéndase esto no en un sentido barato de pluralidad amorosa, sino en otro más noble y profundo; en el de que todo amor particular resultaba insuficiente para aquella avidez, relativo dentro de aquel absoluto. No olvidemos su confesión a Rosario de la Feña: "Amar en mí es cosa. . . tan extraterrena y tan alta, que en cuanto en la tierra estrechísima se mueve no ha hallado en donde ponerse entero todavía". .
Guatemala y María
Esclavo aún de lo intimo se había ido a aquella bella tierra de Centro América. No disimula el pesar de conciencia que lleva consigo. "Vengo -- le escribe, apenas llegado, al ministro Macal -- a ahogar mi dolor, por no estar luchando en los campos de mi patria, en los consuelos de un trabajo honrado y en las preparaciones para un combate vigoroso".
Esa franqueza disipa todo viso de hipocresia, pues el farsante nunca enseña a las claras su propio desdoblamiento. Además, no acusa también esa frase la presencia indeclinable en su espíritu de la gran tenencia patria? Todo aquello seguía siendo compás de espera, "preparación para un combate vigoroso". Evidentemente Martí intuía que aún no había sonado su hora. Un sentido penetrante de la realidad se había ido afilando en él. A Macal le dice también que no quiere "estorbar a su país con abstracciones, sino inquirir la manera de hacer prácticas las útiles". Va comprendiendo que la vida no está hecha sólo de idealidades, y acaso advierte que hay sólo un momento de justa gazón en que la historia de un pueblo madura para las empresas absolutas. El esperará ese momento de Cuba.
Guatemala le brindó nuevas experiencias que, con las de México, más tarde las de Venezuela, redondearon la formación de su conciencia americana -- premisa de toda su aspiración insular. Renovó allí su emoción de américa, de su paisaje físico y moral, de su aboriginidad, de sus misteriosas huellas precolombinas. Tuvo nuevo ejemplo del conflicto entre el idealismo liberal y las resistencias de una sociedad primitiva e inculta, y de cómo el rudo instinto de los caudillos sabe siempre aprovechar esas resistencias. Acreditó, en fin, una vez más su alma insumisa, cuyo sentido del deber no consentía transacciones lesivas a la dignidad propia, o a la ajena. "Con un poco de luz en la frente -- le escribe a Mercado -- no se pueda vivir donde mandan tiranos".
En el orden intimo, aquella tierra proveyó el marco para un episodio sentimental famoso: uno de los favoritos de la reticente malicia y los aspavientos gazmoños que quisieran pintarnos a Martí como un aventurero irresponsable del amor. Hay que reconocer que el mismo contribuyó algo a eso con su poema "La Niña de Guatemala"; aunque no es menos cierto que sus versos suelen learse con escasa inteligencia, pues nada hay
más romo que el mirar una creación poética como si fuese un acta y tomarla al pie de la letra.
De todos los datos accessible, ¿cómo puede colegirse que fué de veras aquel drama?
Conocemos sus protagonistas, su escenario, su pasión. Un hombre joven, muy gustado de mujeres y gustador de ellas, pero comprometido a casarse, que llega con fulgor de mundo a una tierra todavía provinciana. Una señorita delicada, bella, sensible, llena de música y de versos, cuya casa de alcurnia acoge al poeta transeunte. Protagonista verdadero: el alma romántica -- el alma queredora del amor y del dolor.
Al calor de ella, la joven se prenda del poeta. ¿La dió alas Martí a aquel amor? José María izaguirre, el cubano que sigue todos los pasos de Martí en Guatemala, nos dice todo lo contrario. Por otra parte advertimos que, en sus propios versos, Martí le declara sólo a María el afecto de la amistad, y llega a aludir -- por cierto algo miseriosamente -- a la "esposa arrodillada" que había dejado en México. Vuelve a ese país y regresa casado con ella. María se enferma de "una fiebre lenta". Muere.
Esos son los hechos que Izaguirre nos cuenta con tono muy veraz. Lo demás el poema. Antes de partir para México,
Ella dió al desmemorizado una almenadilla de olor;
El volvió, volvió casado:
Ella se murió de amor.
"Desmemorizado" se llama a sí mismo Martí. Pero no es una traición lo que confiesa: es más bien, creo yo, aquella incapacidad que antes dije para reducirse a las ríquelidades demasiado cenidas. Ante la muerte, que todo lo exalta, declara que aquella frente yerta de María era
...la frente que más he amado en mi vida.
¿Cómo se compadece eso con las recientes protestas de amor a Carmen? ¿Dónde se revela lo más intimo y real de su corazón: en las cartas a Mercado, o en esos versos de la funeral balada?
Probablemente en ambos. El amor en Martí era divisible por su misma abundancia. Yero Carmen era la realidad; María, el ideal irrealizable. Si a todas las mujeres en su vida las había idealizado en exceso, la niña de Guatemala parecía como más aureolada de idealidad por la muerte. No hay que olvidar esa nota de tragedia en que está impostado el poema. Ella lo sublima todo. Es posible que la pobre señorita romántica muriese, en efecto, de haber entrada vesperalmente en el río, como la joven aterida en el cuadro de Paul Chabas. Pero eso era demasiado prosaico:
Dicen que murió de frío;
Yo sé que murió de amor.
No hay vanidad, como algunos piensan, en esos versos famosos. Es la reivindicación de la esencia sobre la apariencia, de la poesía frente a la prosa que lo ronda todo en la vida. Es la idealización. Por encima de la anécdota quería Martí poner la gran categoría humana del amor. Necesitaba convertir el afecto romántico en pasión capaz de morir. Y eso fué lo que hizo siempre, no sólo en sus versos, sino en su propia vida.
Las águilas presas
Y en ese momento vuelven a confluir los misteriosos recursos del destino. Un incidente burocrático de izaguirre con el dictador Rufino
Barrios precipita la intima repugnancia que ya venía sintiendo Martí a continuar viviendo en Guatemala. A poco, llega de Cuba la noticia del pacto del Zanjón, por el cual se daba término a la guerra.
¡Qué dramáticomente pintan las cartas de entonces a Mercado todo lo que Martí había tenido que sufrir por aquella evasión temporal a sus otros deberes! ¿Cómo revelan los resentimientos de la familia inmediata, la de su propia sangre, que hasta por la mano de doña Leonor le había escrito "injusta y amorosa carta", reprochándole que la hubiese sacrificado a su personal bienestar de nombre, cuando lo cierto era que se desvivía en Guatemala por asentar, en bien de todos, su pobre vida aventurera! Y con qué amargura describen el ambiente de celos y recelos, de envidias y prevenciones, en que se le fué ahogando allá, hasta llegar a la innoble conjura de servilismos y a la ruda injusticia del mayor a Izaguirre, que Martí no pudo menos que sentir como inflingida a él mismo!
Con una honda conmiseración por la criatura humana, se pregunta: "¿Qué se ha de ser en la tierra, si ser bueno, ser inteligente, ser prudente, ser inflatible y sincero, no basta?" . . Algo más, en efecto, era necesario, aunque a costa de esas virtudes: había que ajustarse a las dimensiones de la pequeña vida común, hacer la vista gorda, atemperarse a lo relativo y concreto, no querer respirar airees ideales, sino moverse bien a ras de tierra. "Mi pobre padre -- escribía --, el menos penetrante de todos, es el que más justicia hecho a mi corazón. La verdad es que yo he cometido un gran delito; no nacer con alma de tendero. . .! Me espenta la vida práctica!
Pero ¿cómo respondería Carmen a esa actitud ante la vida? Cuando los primeros deliquios se gastaran, cuando el cariño sólo no bastase a compensar las cotidianas angustias, ¿seguiría siendo para él aquella fuente de fontaleza, de integridad? . . Empiezan a dibujarse los dilemas de su vida futura: "O mártrir, o esposo, o batallador".
Carmen recibe la noticia del Zanjón con alborozo: "trae paz a muchos -- escribe --, y para nosotros también es un gran bien, pues nos evita más viajes a países extraños, donde era temido y no ayudado Pepe, que se consumiría en una verdadera soledad". Pero a él la gran nueva del Pacto le produce una profunda decepción. Había creído imposible que la guerra acabase como no fuera en la independencia. "Y la guerra se ha extinguido! . . ;!una incomprensible traición ha podido más que tanta vejación terrible, que tanta inolvidable injuria!"
Juzgando con pequeño criterio de contable, no se le vería derecho a expresarse con tanta dureza; pero el tamaño de una desilusión no siempre ha de medirse por el esfuerzo que se hizo para evitarla. Ahora que todo el ajena esfuerzo ha fracasado, es cuando parece que comienza el sentirse ya en posesión de su destino. "¿He decir a Ud. -- le escribe a Mercado -- cuánto propósito sclerbio, cuánto potente arranque hierve en mi alma? ¿que llevo mi infeliz pueblo en mi cabeza, y que me parece que de un soplo mío dependerá en un día su libertad?". . . "Ud. conoce mi pasión por la justicia, mi ardor contra la infamia y la violación más nimia del derecho, mi amor de enamorado por la gloria y el brillo de América. ¿Cómo podré dar rienda a todos estos sentimientos naturales, en mí tan dominantes y tan vivos? ¿cómo podré vivir con todas estas águilas encerradas en el corazón? . . ."
Creíamos que durante su ausencia americana había estado también un poco ausente del recuerdo por Cuba, o recordándola sólo con un vago
fervor. Esa carta nos entera de lo contrario. Avidamente había seguido las peripecias de la larga pelea en la manigua, y confiado al papel, como para sí mismo, el relato de los primeros años de ella. "Haía revelado a nuestros héros, escrito con fuego sus campañas, intentado eternizar nuestros martirios. Con minucioso afán había procurado enaltecer a los muertos y enseñar algo a los vivos. Ningún detalle me había parecido nimio. Todo lo hacía yo resplandecer con rayos de grandeza; de su eterna grandeza. . ."
[Qué gran pérdida para nuestra Historia la de ese manuscrito de Martí! Ahora nos explícamos cómo fué posible que, ando el tiempo, lograse evocar los episodios de la Guerra Grande con tanta precisión y detalle, con la palpitación de una presencia alucinada. Paradójicamente, se había sentido incorporado a Cuba desde aquella lejanía. Había estado acumulando fuerzas, secretamente, para resolver su propia crisis.
c) Consagración
La tercera etapa en la vida de Martí es la final de su breve existencia: resuelto ya al sacrificio de todo lo demás, acaba dándose por entero a su tarea histórica. Todo lo relativo, incluso lo que pertenece al orden intimo, se pone entonces al servicio de un valor absoluto, de un ideal: la liberación de Cuba y la prefiguración de la república. Todo lo que hasta entonces había venido siendo pasión privada, se elevava a categoría histórica, se convierte en pasión patria. Los sentimientos cardinales de amor y deber rebasan lo personal y, en un proceso de abnegación cada vez mayor, cortejan de un modo más y más ceñido el final sacrificio. Cobra la sensibilidad eficacia creadora en la obra literaria y vierte en el pensamiento sus más delicadas esencias. Emoción y reflexión, de consuno, impulsan y dirigen la voluntad: la pasión se convierte en acción -- acción apasionada. Se realiza así de un modo cabal la personalidad de Martí, y su vida se integra precozmente, para entregarse al fin a la suprema unidad de la muerte.
Apresurémonos a notar, sin embargo, que aún este período ya de madurez, el esfuerzo de integración nubo de vencer obstáculos intimos y públicos, superar angustiosas crisis. Nada hay más superficial que esa impresión de concentrado arrebato que nos suele dar Martí en el período final de su vida. No es entonces, sin más ni más, un hombre enteramente desasido de sus ruíces, francamente disparado hacia la realización de un ideal público. Colorosamente tuvo que irse desarráigando
184
Respeta
de su propia intimidad antes de conquistar, con amor dolorido, el terre-
no de superiores devociones en que habia de dar la máxima recundidad
de su vía. Lo más heroico de aquella existencia no fue el episodio
piadoso y final de Los años; fue más bien la suma de actos de alne-
ción que le fueron depurando progresivamente hasta darle aquella leve-
dad de espíritu con que al fin se juntó un día a las palmeras de su
patria.
Ála y raíz
"queda en mí un nombre noble -- el prudente, que hace lo que debe;
el pensador rebelde, que se irrita". Con esas palabras nabla descrito
la escisión espiritual en que aún se hallaba al regresar a su tierra.
Esa escisión tenía, sin embargo, un sentido más profundo que el pura-
mente circunstancial con que Martí la explicaba.
He venido insistiendo mucho sobre la vocación de integridad psico-
lógica en él. Sin rectificar en modo alguno esa idea, tenemos ya que
matizarla un poco, a luz de los momentos de su vida que hemos ven-
do destacando. Hemos visto la frecuencia con que Martí se plegaba al
requerimiento práctico y concreto, a eso que solemnos llamar "la reali-
dad". No vale decir solamente que el amor y la conciencia del deber,
referidos a valores relativos e inmediatos, le obligaban a ello. La
explicación tiene que ser más radical: tiene que incluir, según creo,
un sentido también originario de la dualidad en el alma de martí, una
aptitud no menos ingenita para percibir lo real en términos de lo ob-
jetivo y de lo ideal a la vez.
En efecto, me parece que la unidad en él, por lo mismo que se
enraizaba en un fondo sumamente sensible, no era esa cohesión simple
del espíritu que descansa sólo en el pensamiento o en la voluntad, y
por la cual se explican los nombres fanáticos y los tercos. Era más
bien una especie de natural sinteticidad, es decir, la unidad de con-
trarios: la armonía. Eso es lo que desde hace tiempo sugerí, en una
metáfora que na corrido con cierta fortuna, al decir que martí era
"ala y ruiz".
Son ésas las palabras de más presencia en su vocabulario. No sólo
en un sentido estadístico o cuantitativo, sino también por la inten-
sidad, por la fuerza de intención y simpatía con que las usa. Cuando
Martí quiere ponderar mucho lo profundo, lo entrañable, lo carácte de
naturalleza que algo se le muestra, acude a la palabra "raíz"; cuando
quiere celebrar, de otras cosas o de otras actitudes, su trascendencia
ideal, su fuga del mundo, su vuelo, gusta de emplear la palabra "ala".
Del uso separado de esas palabras podría traer aquí muchos ejemplos. Juntas se nos dan en la dedicatoria (que la edición de las Cartas a mercado reproducen facsimil) de un retrato suyo a la esposa del amigo mexicano. Es una de esas dedicatorias intensas que caracte-
rizan a Martí: "a Lola mercado -- compañera de todos los dolores, due-
na del hombre más tierno y puro que jamás conocí, madre de las criaturas que me serán como alas y raíces -- a Lola: su José Martí".
He subrayado por mí cuenta las palabras en que carga toda la emoción de su envío.
Anora bien: de viejo es sabido que por algo todos los escritores
al menos los grandes escritores, los llenos de sentido -- tienen esas
palabras favoritas. Es que ellas traducen, sin mayor deliberación, la
sustancia de su espíritu; son como las cifras instintivas de los valores supremos que sustentan. (Yo mismo, al hablar de la conciencia martiana, he tenido que recurrir frecuentemente a esas sus palabras predilectas).
En Martí hay el "ala", pero también la "raíz". Es hombre vocado a lo celeste, pero también a lo terreno. Lo rige la idea, pero la naturaleza también. A su vida amatoria le hemos visto ya esa doble vertiente de sensualidad y de espíritualidad. No podríamos explicarnos su literatura en términos puramente conceptuales, sino también en términos plásticos. Su pensamiento no es sólo para el deber ser, sino también para el ser, para lo que de hecho es. Ni hubiera salido nunca del romántismo, acociendo como lo hizo las instancias concretas del pensamiento positivista de su madurez, sin ese sentido de lo objetivo y factual que también nabía en él. Su política estará hecha, a la vez, de norma y de método, de idealismo y de realidad. La noción de un martí puramente soñador, escapado del mundo, es enteramente superficial: si así hubiese sido, no habría hecho la revolución, ni hubiera logrado pautarnos la hepública, con tan previsora sabiduría.
Pero ahora estamos todavía en la zona de su intimidad, y estas modulaciones nos permitirán acabar de comprenderla. Hay en él -- lo hemos venido viendo -- la vocación, el ala, y la obligación, la raíz. Hay un afán inpaciente de horizonte ideal e histórico, pero también la conciencia de lo inmediato, del terreno en que de hecho se mueve. Su vida se integra al resolver esa oposición intima, al aprovechar las dos polaridades de su espíritu en un sentido único, absoluto. Esta integración es también su consagración.
Preludio en la nabana
Dije en las primeras páquinas de este libro que la reverencia nacional a Martí está ronda de pequeñas insidias, alentadas por tales o cuas les resentimientos de individuos o de grupos a quienes fatiga el espec-táculo de la grandeza, o el de la rebeldía. Una de ellas es la que subraya su abstención frente a la manigua en la Guerra Grande. Green los que esos censuran, como lo creyeron muchos en tiempos de martí, que el antecedente le menguaba un poco la talla patricia. No le toman la medida al procer por lo que llegó a dar de sí en la hora grande que él mismo preparó, sino por lo que se abstuvo de dar cuando no podía, o cuando sólo pudo darlo a costa de su raíz o hombre. Hubieran preferido el sacrificio absoluto desde el comienzo.
No era eso lo que también su alma pública le había pedido a gritos Pues ahora lo va a dar. Va a comenzar a entregarse enteramente a la Historia. rero que no le vengan entonces a sacar cuentas de lo que tenga que sacrificar; que no le apunten también el déficit de hijo y de esposo y de padre en que tendrá que incurrir, después de haber estado pagando esa cuenta con creces. Un hombre no puede ser a la vez grande para la Historia y grande para la casa propia; ser un héroe público y al mismo tiempo un noble animal doméstico.
Le acaba de nacer au hijo en su tierrera. Hijo, sin duda, del amor, pero también del dolor -- hasta del más físico y cruento, porque su nacimiento casi trance de muerte para Carmen. Urgido de proveer, hace Martí tristes conatos de ejercicio de la abogacia con su amigo Viondi, aunque le repugna tener que firmar papeles españoles. Quisiera todavía
someterse, vivir oscuro, "en aparente calma y matador sosiego". Pero
no habíamos quedado en que el destino es sólo que se quiere, sino
también lo que se puede. No habíamos dicho que también Cuba tenía su
vocación?. Si ésta parecía también plegarse entonces a los caminos
de la oscuridad, a los modos de la "aparente calma", acaso llevaba, como
él, la procesión por centro. Son esas dos fuerzas recónditas, latentes,
las que anora van a juntarse para trazar el "destino". Por más que quis-
siera evitarlo, la de él ha recobrado todo su hervor profundo al contacto
con su tierra.
La qué sutiles, disimulados arbitrios suele el destino acudir por
ejemplo, el Liceo de Guanabaco y la tentación a "la vanidad oratoria",
de que martí hablaría alguna vez. Aquella sociedad era una de las se-
des espirituales -- restablecidas anora -- de la vieja minoría sensitiva criolla. Y allí se tiende una noche el cadáver de Alfredo Torroella,
el poeta cuano que había compartido con martí el exilio de México y na-
bia venido a morir a la Habana. Ante el espectáculo de la muerte, que
siempre le exaltaba, por cuanto le nacía sentir lo breve de la vida para
todo lo que nay que nacer en ella, a martí se le escapan ya por la boca
las águilas presas.
Si, era su propia alma, más que la del poeta muerte, la que se le
vertió en el discurso, como tantas otras veces después había de verter
se en la semblanza ajena, y no por narcisismo, sino porque el amador
tienda a identificarse con lo amado. Era su espíritu el que volvia a
dar, en una atmósfera carácter de recelos y de resentimientos, como an-
tido en madrin, la norma coherente: "la única ley de la autoridad et el
amor". Era su propio recuerdo colorido el que hablaba, en términos
generales, de los torpes que a veces son las iras paternas, y advertía
(como para que tuviese largo eco en la historia de Cuba) que "si fueran
los padres en el hogar, ya que no copia, ejemplo al menos de respeto a
los buenos, los justos y los bravos. ... ¡generación de bravos sucediera
a esta generación anémica y raquitical!
Era su propia gratitud la que entonaba aquel cántico a México, don-
de al igual que Torroella, un día "juzgó su alma muerta, y la vió desde
lejos, errante sollozando en una palma rota por el rayo", para sentirla
luego revivir al calor de la tierra libre. De sí mismo hablaba, a prop-
ósito de Torroella, cuando decía que éste "cargado de deber, amó la vi-
da", o cuando afirmama que "amar no es más que el modo de crecer"....
al que duda cabe, puesto que él mismo lo dice ya directamente, que en la
magnífica invocación a la Muerte con que cerraba el discurso, era su pro-
pia ansia de absoluto la que se expresaba?
"¡Muerte amiga!... Seno colosal donde todos los sublimes miste-
rios se elaboran; miedo de los débiles; placer de los valerosos
satisfacción de mis deseos; paso oscuro a los rentantes lances
de la vida; madre inmensa, a cuyas plantas nos tendemos a cobra
fuerzés nuevas para la via desconocida donde el cielo es más
ancho, vasto el límite, polvo los pies innobles, verdad, al fin
las alas,... nuncio de libertad!"
Curiosa paradoja: el que de sí mismo acaba de decir: "Cargado de
deber, amó la vida", le declaraba también su amor a la muerte. Es que
ambos amores, se daban en función de la misma ansia de integridad, de
totalidad, de absoluto. La vida es la suprema raíz, y la muerte el ala
suprema. En la vida, el deber es la negación de si propio, de la par-
ticularidad, del egoismo que la muerte definitivamente trasciende. Cum
plir el deber es siempre ir muriendo un poco, pero también liberándose
y cobrando "fuerzas nuevas" para los "restantes lances" del vivir, hast
disolverse, a pura generosidad, en el "seno colosal" donde todo al fin se integra.
No seguirimos viendo -- en la palabra pública anora -- aquel alma que tan temprano había confesado que amaba el sacrificio? Erraría quien sólo advirtiera en eso un funeral pesimismo romántico, o un desesperado espíritu ascético. Martí realmente amó la muerte por lo que significa de potenciación absoluta de la vida misma. Si esta paradoja nos resulta demasiado violenta, es porque vivimos demasiado en un mundo de débiles, no de héroes.
Aquel discurso era ya el preludio de la consagración. Cuba acababa de saludar a un gran orador, capaz de convocar con magia de palabras los más hondos pensamientos y de suscitar las más generosas inquietudes. A los pocos días, todos le entendieron la alusión patria en el propio Liceo, cuando dijo con solemne patetismo: "irredimibles pérdidas, gimientes voces, Augustas sombras me pueblas el espíritu; pobres labios que no saben decir, ni pueden decir, lo que dirían..." El Destino le estaba ya arrastrando vertiginosamente.
Ese anhelo irreprímible de verdad, ese querer, hasta para la vida de su propia tierra, una integridad plena, se haría ya muy explícito en el otro discurso político del banquete a Adolfo Márquez Sterling. Se recuerda el momento magnificamente teatral de la copa alzada, que la tradición recogió y los periódicos silenciaron. Las palabras mismas vibran como cristal herido en el atónito silencio:
"Si tal, y más amplía y completa, hubiera de ser la política cubana, si hubieran de ponerse en los labios todas las aspireciones definidas y legítimas del país, bien que fuese entre murmullos de los timoratos, bien que fuese con repugnancia de los acomodar cios, bien que fuese entre tempestades de rencores:"
si na de ser, más que la compensación de intereses mercantiles, la satisfacción de un grupo social amenazado y la redención tardía e incompleta de una raza que ha probado que tiene derecho a redimirse; -- si no se ha extinguido sobre la tierra la raza de los héroes, y a los que fueron suceden los héroes de la palabra y del periódico; si al sentir, al hablar, al reclamar, no nos arrepentimos ce nuestra única gloria y la ocultamos como a una pálida vergüenza; -- por soberbia, por digna, por enérgica, yo brindo por la política cubana".
"Pero si entrando por senda estrecha y tortuosa, no planteamos con todos sus elementos el problema, no llegando, por tanto, a soluciones inmediatas, definidas y concretas; si olvidamos como perdidos o deshechos, elementos potentes y encendidos; si no apretamos el corazón para que de él no surja la verdad que se no escapa por los labios; si hemos de ser, más que voces de la patria, disfraces de nosotros mismos..., entonces, quiebro mi copa: ¡no brindo por la política cubana!"
La copa no se rompió; pero el cristal herido quedó vibrando en el aire. De cristal sólo quería ya Martí que fuere su vida misma. Le estaba sacando toda aquella tierra de los deberes y los placeres sucedáneos, que nos había de recetar Rodó en su parábola. Cáliz y no tiesto había de ser su alma: cáliz para el sacrificio, no pedestal de flores. ya el Capitán-general de España le llamó lo que muchos después sin ser españoles, habían de llamarlo para justificarse a sí mismos; le llamó "loco". Don Quijote, en efecto, se había lanzado al camino.
En la alcoba recién estrenada de maternidad, una mujer que no es más que mujer, ni menos, veladora de la domesticidad y del fruto nuevo, frunce el ceno ante las andanzas del conspirador. Pero el Destino puede más. Pocas semanas después, debelada la conspiración, Martí sale otra vez deportado para España.
Nueva York y la Guerra Chiquita
Los acontecimientos le había dado el impulso definitivo. En España donde la solecad por un lado y el espectáculo de la vida política por
otro le ayudaban siempre a pensar en su propio destino, se hace cargo de toda la noble servidumbre a que este llama, y perfila sus ideas sobre cómo liberar a la isla. Habrá de hacerlo desde dentro y desde fuera a la vez, por la misma condición insular, porque en Cuba era demasiado denso el poder, y también a veces, como ahora, la fatiga de los animos. Los Estados Unidos eran la libertad; sus ciudadas habían acogido mucha voluntad cubana de trabajo y decoro. El iría a actuar sobre eso.
Desde el momento mismo en que llega a la gran urbe americana, se incorpora, como sabemos, a la conspiración del General Calixto García, de cuyas ramificaciones ya había participado en Cuba. Anda todavía en sus trámites preparatorios, y Martí le aporta enseguida el concurso de su trabajo oscuro y su palabra brillantísima. En vasto público de emigrados cubanos le escucna, embeido, su lectura magnifica de Steck Hall, que contenía ya todo el programa de la revolución profunda, todas las premisas de montecristi.
"El deber debe cumplirse sencilla y naturalmente", habían sido sus palabras iniciales. Acaso no dejó de sorprender un poco, sobre todo a los veteranos que le escuchaban, aquella tranquila presunción de autoridad con que presentaba su obra de palabras como "breve y raquífica muestra de la que intento en beneficio de la patria". Pero en seguida el pensamiento firme y enniesto, la visión luminosa, acreditaron nuestra punto aquel hombre casi desconocido tenía derecho a la arrogancia.
De aquellas locas, no cuadra destacar ahora sino las que sirven al presente propósito de mostrar lo más entrañable de martí a través de sus actitudes, sus valores y reacciones. Acaba de llegar a los Estados Unidos, y su referencia al "pueblo utilitario y reflexivo" que le rodea es respetuosa, pero no entusiasta. Lo incluye entre aquellos "pueblos hacia los que tradiciones viejas, intereses presentes, simpatias irresistibles y supremas afinidades económicas nos conducen"; pero no sin afirmar antes el derecho de Cuba "a la dueñez completa de sí misma", ni sin invocar a seguidas "las inquietudes de la dignidad, sin cuyo franco y osado ejercicio a nadie se impone amor ni respeto". Junto al concepto del decer, ese otro concepto de la dignidad se asociaba naturalmente, en el sentimiento y en el pensamiento martianos, como una suerte de compensación. Debemos a los demás, siempre que los demás cumplen también lo que nos deben a nosotros. ¿No es eso el sentimiento noble del amor propio componiéndose con el del amor al prójimo en una sintesis rectora de la conducta, así en lo colectivo como en lo individual? También el decoro, "el sentimiento del honor", dice, es una de las "leyes primeras de la vida".
Si estaba seguro martí de que Cuba, después del Zenjón, no se aveniría definitivamente a nuevos engaños, era porque sabía a "la natureleza numana mala por accidentes y por esencia noble": el optimismo político le nacía de un nondo optimismo moral. El relato íntimo de la guerra de los Diez años, que de Guatemala había llevado a Cuba oculto en el fondo del baúl, sale a relucir ahora en Steck Hall con alusiones, de timbre genuinamente épico, a "las nazanas de aquellos hombres bravos y magnificos que se alimentaron con raices; que del cinto de sus enemigos arrancaron las armas del combate; que con armas de árbol empezaron una campaña que duró ciez años; que domaban por la mañana los caballos en que batallan por la tarde!"
Todo aquello era, si, una promesa cierta de libertad. Más, para lograrla, había que poner ahora sobre "la revolución de la collera" la "revolución de la reflexión". No olvidarián los cubanos lo que suelen ignorar los déspotas: que "el pueblo, la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones". Ni, puesto que a ese pueblo había también que integrarlo, acogerían ya nunca la insidia de que los hombres de color pudieran llegar a ser en Cuba un peligro para el hermano blanco. Ante un público dividido probablemente todavía entre los engreimientos patricios de un lado y los resentimientos humildes de otro, el alma amorosa de Martí alzaba ya la gran consigna de la revolución futura: una República con todos y para el bien de todos.
Por esos caminos iba la vocación histórica. En lo privado, ¿qué repercusión tenía aquella reincidencia?
"Carmen no comparte -- le escribe Martí sobriamente a Mercado -- con esos juicios de presente que no siempre alcanzan a lo futuro, mi devoción a mis tareas de hoy". Es la psicología de la reminidad más common. Tampoco su propia madre compartía aquella devoción. "Se me reprocha -- dice el hijo -- que haga en prosa lo que se me tenia por bello cuando lo decía en verso". Y acusando su conciencia integral, ya en camino de integrarse, añadía: "Yo no entiendo estas diferencias entre las promesas de la imaginación y los actos del carácter. Creo que es una deserción en la vida, penable como la de un soldado en campaña, la de consagrar, por el propio provecho, sus fuerzas a algo menos grave que aquello de lo cual son capaces. Poseer algo no es más que el deber de emplearlo bien".
En carta de los mismos días a Viondi, amplía sus esos pensamientos sobre la fidelidad a la propia naturaleza. "Tengo pensado escribir, para cuando me vaya sintiendo escaso de vida, un libro que así ha de llamarse: El concepto de la vida. Examinaré en él esa vida falsa que las convenciones humanas ponen enfrente de nuestra verdadera naturaleza, torciéndola y areándola, -- y este cortejo de ansias y pasiones, vientos del alma".
Son las rífagas de la pasión pública, sobre todo, las que le sacuden ahora el espiritu. Se siente ya trabajando en la historia, junto al General que, por dignidad guerrera, se había puesto de un tiro la estrella en la frente. Su consagración es austera, como todo lo que tiene su fin en sí mismo. ¿Ambiciones? ¿Premios para él? ¡Ní vida bastante tendría para cobrarlos! Siente ya su salud "perdida para siempre", y explica: "un espíritu tan exaltable y lastimable no ha debido sufrir en vano han rudos choques". A los dos amigos de sus confidencias, a cercado el de México y a Viandí el de Cuba, les confía, casi con identicas palabras, la certidumbre que ya tiene de que a él no han de cobijarle las ramas del árbol que siembra. Un absoluto desinterés, sin más estímulo que el deber cumplido -- y un poco también el de sentir afirmada su personalidad, liberadas las aguilas de su espíritu -- normará para siempre su esfuerzo en el orden patrio.
Aquella primera ilusión revolucionaria se deshizo, empero, con desoladora celeridad. al conato efimero de Calixto García había de llamarse "la Guerra Chiquita". Fracasó por ser chica en más de un sentido: por no haberse sabido inspirar en la grandeza de intenciones que había pedido Martí en su memorable conferencia de Stock Hall; y por no haber impregnado antes de prédica a los emigrados y a la propia isla, sacu-
-141-
-142-
060
diendo la fatiga de la Guerra grande, evocando sus glorias, intundiendo nueva fe a los humildes con imágenes de justicia y ventura. Había dividido que "el pueblo", la masa adolorida, es el verdadero jefe de las revoluciones".
Cómo sorprenderse de que la isla no respondiera? La carta en que Martí le pide entonces al general Emilio Núñez que rinda las armas, ya que el pueblo de Cuba no ha querido la guerra, está transida de decepción; pero también de cierta serenidad crítica, como de nombre que ha aprendido en la experiencia lo que nabrá de nacer en el futuro.
El paréntesis de Venezuela
Súbitamente ha vuelto a quedarse "sin esfera real en que moverse". El ambiente de fracaso en los estados unidos lo anoga. Una "prudencia social", de que con algún misterio nos nabla en carta a mercado, le disuade irse otra vez a México, su patria de espera. Resuelve trasladarse a Venezuela, como si quisiese ir a tocar huesos de santo en la cuña de la liberación americana.
Muy significativamente se le repiten entonces las viejas experiencias. En mi biografía de Martí, apunté ya a la sorprendente geometría de esos destierrros. "Sabio azar fué que viviera en México, en Guatemala, en Venezuela más tarde; es decir, que fuese conociendo intimately un país de cada zona de América", hasta parar en los Estados Unidos, el poderoso gigante que sobre ellos proyectaba su sombra. "Seguro azar", como diría el poeta. Parecia que el destino se cuidase de recordarle a Martí que la suya no era tarea sólo de isla, sino también de continente, y que la nacional nabía de cumplirse en función de la otra, vagamente soñada todavía; la de ayudar a que América se juntase y saliese de su letargo, puesto que estaba "destinada a vivificarlo y calentarlo todo".
Los tres destierrros le habían enseñado la total lección de la historia vieja en esas tierras nuevas. Para todas eras esencialmente la misma: pueblos sometidos a lo primordial de la naturaleza y al primitiismo de la cultura, escindidos entre la ignorancia de abajo y la falsificación de arriba, disputados a la vez por la rudeza y el falso señorío, por el alma y el arma. Opulentos en recursos naturales, vivían en sórdida pobreza por no haber sabido organizar sus propios intereses ni educar al hombre para la independencia personal. Vocados a libertad, no habían aprendido a ejercitarla, y se hallaban de continuo forzados a elegir entre los abusos de ella y el darse un amo para reprir la anarquía.
Sin embargo, por lo mejor de cada uno de esos pueblos hablaba sie pre algún noble espíritu que daba toda la potencial medida común. Si el amo en Venezuela se llamaba Guzmán blanco, el espíritu era Cecilio Acosta. Con cuánta devoción asistió Martí a las postrimerías del vene rado escritor! Y qué hermosa, qué profunda semblanza le dedicó a la hora de su muertel. Al igual que en la evocación de Torroella, no sospechaba hasta qué punto se sentía y se describía a sí mismo cuando exa taba, en prosa apretada de intenciones, al justo varón de Caracas. De Cecilio Acosta habla, sí, pero también de su propia alma cuando escribe: "Quien se da a los hombres devorado por ellos...; pero es ley maravillosa de la Naturaleza que sólo esté completo el que se da, y no se empleza a poseer la vida hasta que no vaciamos, sin reparo y sin
tasa, en bien de los demás la nuestra". Prefiguraba el saldo de su propia vida al resumir la de Acosta diciendo: "Postvió y previó". Amó, supo y creó. Limpió de obstáculos la vía. Puso luces. Vió por sí mismo. Señaló rumbos. Le sedujo lo bello; le enamoró lo perfecto; se consagró a lo útil. Sirvió a la Tierra y amó al Cielo. Quiso a los hombres y a su honra. Se hermanó con los pueblos y se hizo amar de ellos..." Con todos los respetos, yo casi diría que la semblanza parece mucho más coñida a Martí mismo que al venerable, pero un poco sedentario humanista venezolano.
Forzado otra vez por la arrogancia con mando, que hasta al espíritu lo quiere esclavizar en la lisonja, Martí se va de Venezuela cuando más se disponía a servirla, en la espera de la hora cubana. Importa mucho observar esa reiterada manifestación de su integridad moral hasta en el desvalimiento absoluto; más concretamente: esa su natural repugnancia a toda arrogación presuntuosa de autoridad. Nos ayudará mucho a comprender cierto sonado episodio -- ya de la lucha política cubana -- a que luego nos referiremos.
Ahora, Martí se vuelve a los estados Unidos. Es la suya esa vida errante del hombre en cuya vida se retrasan las condiciones objetivas necesarias para fijar el cauce del destino. Pero en una carta con que se despide Venezuela en uno de sus hijos dignos, cuida de decir que "las consagraciones fervientes no se merman, en un ánimo sincero, por las contrariedades de la vida". A esa consagración ferviente tiene ya entregada la voluntad. Sólo falta que los demás le permitan realizarla.
El eje roto; la enredadera
En el orden intimo, las resistencias se acumulaban como por un
designio inexorable. Fué una doble crisis de amor que necesita ser explicada, por los aspectos turbios que ofrece. Ello nos obliga a volver un poco atrás.
A raíz de la primera separación de su mujer y de su hijo, Martí le había escrito a Viondi desde España explicándole por qué deseaba reunirse enseguida con ellos en los estados Unidos. "No hay, Viondi, a la par de los altos deberes" placer más cuálce, ni dolor más grande, que el que causa estar cerca o estar lejos de esas criaturas, en las que, por transfusión maravillosa, está el calor de todos los amores. En vano se busca el alma quedada en ellos. Rarderlos es menester, para mejor amarlos. Ni mujer bella, ni niño hermoso, cuando estamos lejos de nuestra mujer y nuestro hijo". Apenas se le anuncia llegada de ellos, se hace maravillosas anticipaciones. A Viondi le manda prendas de abrigo para el niño: "Gas to -- dice -- en salvas de amor mis últimos cartuchos". Y un poco más tarde: "hoy tenía un peso y lo he gastado en tazas del Japón; mi mujer viene". ¿Quién no ve en detalles como ésos la tierra ansia de calor familiar que en él había, a despecho de que ya estaba "muy en lo hondo herido por la mano más blanca que he calentado con la mía"?
Aquí hay que poner otra adversativa si queremos hacermos cargo de toda la realidad. La estariamos mutilando sin probidad ni provecho, estariamos omitiendo matices en la caracterización de su espíritu si ocultásemos que ciertos ingenuos testimonios de esa misma época ponen de manifiesto lo que aún había de voluptuoso en su cuerpo maltrecho y lo que de socialmente disperso quedaba en su alma naturalmente grave.
Por aquellos días más o menos, Martí escribió para la revista norteamericana The Hour y en un inglés muy "latino", muy sinuoso y cálido, sus curiosos artículos Impressions of America. Los subtituló Confessions of a fresh Spaniard. No sé si ya entonces el adjetivo fresn tendría en el habla común americana la misma extensión de sentido que el español "fresco" cuando quiere decir "despacnado", "desanogado", "excesivamente franco". Lo cierto es que en algunos aspectos aquellos artículos de Martí debieron parecerles a los norteamericanos que los leyeron de una franqueza casi escandalosa.
Ponderaban mucho el ambiente de libertad que en los Estados Unidos se respiraba, el energía de los hombres y su actitud acogedora para el esiuerzo ajeno. Pero de las mujeres ya no opinaban tan bien. No son, declara Martí, "aquellos seres que a nosotros les gentes del Sur nos gustan: débiles, flexibles, tiernas y voluptuosas". Las encuentra, por el contrario, varoniles, demasiado confiadas en sí mismas, deliberadas en su frialdad, desdeños de las pasiones, demasiado prácticas y claras. Como se ve, conservaba su alma irremediablemente romántica.
Pero lo que ahora interesa más senalar es que su decepción ante la mujer americana le lleva a una coniesión que él mismo llama "curiosa". "Este es el único país de tonos los que he visitado -- donde ne permanecido una semana sin sentirme especialmente atraído y profundamente prendado de alguna mujer". Mace inventario de sus episodios amorosos hasta entonces, y anade: "¡Fero ne hallado en nueva York mis dos ojos hermosos! Todavía estoy como un viudo inconsolable, en espera de la primera fuerte emoción"... Y eso que en los propios artículos hay indicios de que no había dejado de hacer sus exploraciones.
Todo esto ocurre -- subrayo -- por la misma época en que se mostraba anhelante de tener a Carmen consigo; justamente cuando escribe: "noy tenía un peso y lo he gastado en tazas del Japón; mi mujer viene". Desdoblamiento flagrante de la sensibilidad amorosa; concentrada y nostálgica por un lado; ávida de emociones nuevas por otro. . .?Se ve por qué digo que en Martí, cuando de la sensibilidad al menos tratamos, hay que tener siempre lista la conjunción adversativa? Alguna vez escribió soethe que la realidad, al contrario de lo ideal, no puede explicarse sino en términos de "peros" y de "sin embargo".
En cuanto a Martí, eso incidentalmente plantea una cuestión importante y difícil de formular, como tantas de las que conciernen a su intimidad. Autorizan semejantes desdoblamientos a pensar en falsificaciones, en insinceridades, en hipocresía, para decirlo de una vez? Aplacemos la respuesta hasta que tengamos motivos más serios para formular la pregunta.
En Nueva York volvió a quebrantar la confianza de Carmen Martí en su disposición a encauzar prácticamente su vida -- al verle entregarse a la conspiración de Calixto García. Separáronse de nuevo. Sobreviño el paréntesis de Venezuela. Al regreso, otra vez quiso Martí tenerla a su lado con su hijo. Ara un momento de pausa anhelante en las posibilidades políticas. La segunda reunión en Nueva York fue la imitación de una luna de miel; una luna velada de recuerdos, deaprensiones. Por parte de ambos, más deber de padres que otra cosa. Deliquios de Martí con su hijo. En ese momento, dulce y melancólico a la vez, escribe para el niño la mayor parte de los poemas del Ismaelillo, que eran cosas de su raíz de padre; pero también sus Versos Libres, que eran un
148
batir del ala expectante y rebeldo. Al ritmo de esa paz de hogar algo ficticia, comienza también su copiosa actividad periodística.
Pero la procesión andaba por dentro. De hecho ya estaba frustrada definitivamente la ilusión que cada cual había puesto en su matrimonio. Ya Carmen no era manantial de fortaleza, ni él refugio prometedor, sino inquieta y sombría presencia, anhelante de algo mayor que no acaba de llegar. Lo que vino a llenar de momento aquel vacío sentimental fue una pasión nueva:
]Como una enredadera ha trepado este afecto por mi vida!
Dijele que de mí se desasiera,
y se entró por mi sangre dolorida
como por el balcón la enredadera!
Poco tiempo después, se hacía definitiva la crisis del hogar. Con la ayuda -- que Martí consideró desleal -- de cierto amigo aparente, Carmen se marchó para Cuba con su hijo, esta vez para siempre. Lo que Martí había soñado que fuese el eje de su vida, estaba definitivamente roto.
Moralidad e hipocresía
¿Cómo se ha de enjuiciar esa noble crisis de amor: con los pequeños criterios convencionales que dejan a salvo las reglas para la buena salud social y moral, o con el sentido humano de los que no olvidan que el hombre es hijo de la tierra, aunque a veces lleve alas en el espíritu?
No he de volver sobre consideraciones que ya hace en páginas anteiores al tocar por primera vez el tema del amor en Martí. Pero algo importa agregar ahora para la exoneración de ese aspecto de su vida sentimental. Antes de pronunciarnos éticamente respecto de aquel amor clandestino, tendríamos que definir bien qué cosa es la pureza moral. I sí
de algo podemos estar bastante seguros es de que lo puro no es siempre lo legitimo. Hay legitimidades atroces, cundidas de falsificación e hipocresía. hay un estar bien con el mundo y mal con la propia conciencia un poderse enseñar a los demás sin poderse contemplar a sí mismo. Y a la inversa: hay lo que el mundo no deja que se exhiba, porque se presta demasiado a la subversión de las normas que regulan la virtud común, pero que es realmente, en la intimidation, la esencia misma en que la norma se halla fundada o debiera fundarse.
Martí, ya lo sabemos, era un necesitado de amor, pero también de absoluto. Aquellos dos menesteres de su espíritu tenían que conjugarse. Con harto dolor para él, no pudo lograr en la legitimidad, cada vez más vacía. Se conciliaron, en cambio, por el amor de una mujer que supo situarse, en el callado heroísmo de su ilegitimidad, "a la altura de los más altos deberes": de los que Martí tenía por más altos: los deberes patrios. Una mujer que fué, no rímora para su máximo entrega, sino alentadora y hasta posibilitadora de ella. An esa intimidad -- que nadie bien nacido censuró, porque todos conocieron primero lo que en el adulterio de ella había de verdadera viudez tisiológica, y porque todos pudieron ver después la discreción de aquellas relaciones y su eficacia huana y hasta política -- Martí halló sucedáneo para el hogar deshecho.
Nunca se consolaría, sin embargo, de llevar roto "el eje del carro de su vida". Y ahora podemos volver a la pregunta que antes nos hacíamos. Cuando eso les decía a sus intimos, era martí un hipócrita? Es brutal la pregunta; pero de hecho a Martí no dejaría de hacérselle en má de una ocasión ese odioso cargo. Sin citar nombres, do, fe del testimonio que en ese sentido recogí de la viuda de cierto periodista que fu
-149-
-150-
batir del ala expectante y rebeldo. Al ritmo de esa paz de hogar algo ficticia, comienza también su copiosa actividad periodística.
Pero la procesión andaba por dentro. De hecho ya estaba frustrada definitivamente la ilusión que cada cual había puesto en su matrimonio. Ya Carmen no era manantial de fortaleza, ni él refugio prometedor, sino inquieta y sombría presencia, anhelante de algo mayor que no acaba de llegar. Lo que vino a llenar de momento aquel vacío sentimental fué una pasión nueva:
en Nueva York, uno de los pocos amigos que Martí perdió y que no quiso recobrar -- justamente el que había ayudado a que Carmen se fuese secretamente con su hijo. El juicio de que ese testimonio daba ejemplo era, desde luego, aislado y cargado de resentimientos. Pero no podemos ignorarlo, porque también él dejó una estela muradora que dura todavía.
Pongámonos de acuerdo sobre qué cosa es hipocresía. Es la simulación de la virtud. Nótese bien: la simulación de la virtud, no el disimulado del pecado. Virtud y pecado no pueden coincidir, pero sí coexistir. Justamente de esa coexistencia está hecho el drama de la vida moral. La virtud es una polarización del alma hacia el bien. No siempre puede la conducta responder a ese querer del espíritu, porque la conducta no está condicionada sólo por el alma, sino también por el cuerpo, y hasta por ciertas maquinaciones del espíritu que llamamos imaginación, fantasía. Sólo los ascetas, los santos, tienen la virtud perfecta -- más o menos. En términos modestamente humanos, hay derecho a llamar conducta virtuosa aquílla cuyo acento está puesto activamente en el sentido del bien, aunque el cuerpo y la imaginación nagan, como suelen, sus trapacerías. El recato de estas sombras de lo material es un homenaje a la virtud, no una falsificación de ella. Es cuestión de buen gusto moral, parecido al estético que el artista pone en ocultar las limitaciones de su materia. Querer que no se vea lo feo de nosotros mismos es un modo primario de acatar la belleza que acariciamos como supremo desideratum. Es decoro ético: no hipocresía.
Habrá necesidad de decir que toda la vida de Martí estuvo polarizada hacia un ideal de belleza moral y de nobleza histórica. Negarlo sería negar la evidencia misma. Pero aquél era un hombre, no un santo. "No soy un bailarín de virtud -- le escribiría alguna vez a un amigo --, sino un hombre que conoce todos los dolores, los engaños, todas las razones de duces, todas las inquietudes y los tormentos todos, de los hombres". Lejos de ocultar sus pecados (que fueron sólo los de la carne, y no los del espíritu, para usar la frase de Darío), los declaró -- cuando sólo a él concernían -- con aquella ingenuidad que ya subrayamos. No los juzgaba, pero se ve que los sentía como redimidos por su naturalidad e inevitabilidad mismas. Era ingenuo en el sentido originario de la palabra, en el que elude a lo que nace desde la entraña del ser, y también el otro, el sentido moral de candor. Su impulso amoroso se sustentaba a la vez en la raíz de los sentidos y en el ala de la conciencia. Su desdoblamiento, aunque suene paradójico, era siempre la manifestación de un alma integral.
El león y la paloma
Aludí antes al momento terrible en que Martí se enteró de que su mujer y su hijo se habían ido para Cuba sin su licencia. Alguien (x) pudo contemplar -- o recoger de labios de Martí -- su reacción frente al amigo a quien consideró desleal, por haberse prestado a viabilizar ilegalmente con las autoridades españolas aquílla separación. Fué una reacción de tempestuosa violencia -- la violencia de los hombres naturalmente tiernos.
Fues no hay que pensar en un Martí naturalmente evangélico, dispuesto a poner la otra mejilla. Semejante concepción a duras penas sería compatible con la evidencia que tenemos de su fibra de batallador y
(x) Don Federico Edelmann, que me lo contó personalmente hace años.
-151-
-152-
soy un bailarín de virtud -- le escribiría alguna vez a un amigo --, sin un hombre que conoce todos los dolores, los engaños, todas las razones de duces, todas las inquietudes y los tormentos todos, de los hombres". Lejos de ocultar sus pecados (que fueron sólo los de la carne, y no los del espíritu, para usar la frase de Darío), los declaró -- cuando sólo a él concernían -- con aquella ingenuidad que ya subrayamos. No los juzgaba, pero se ve que los sentía como redimidos por su naturalidad e inevitabilidad mismas. Era ingenuo en el sentido originario de la palabra, en el que elude a lo que nace desde la entraña del ser, y también el otro, el sentido moral de candor. Su impulso amoroso se sustentaba a la vez en la raíz de los sentidos y en el ala de la conciencia. Su desdoblamiento, aunque suene paradójico, era siempre la manifestación de un alma integral.
de su sentido vivísimo de la dignidad personal. Sin llegar a aceptar la calificación de "irascible" que alguna vez le daría el general Enrique Collazo, o la de "inexorable" y falta de "abnegación" que también en época de resentimiento personal le aplicaría Máximo Gómez, podemos gustosamente reconocer que nunca le faltó a Martí, junto a la ternura y la sencillez, la capacidad de indignación y de orgullo.
"Llevo un león preso que me hace pedazos las plumas", escribió. Y hablando también de sí mismo en varias coasiones, con aquella naturalidad que era parte de su conciencia ingenua, aludiría unas veces a la paloma y otra a las águilas en su corazón. De esa dualidad -- otro desdoblamiento de su unidad profunda -- se alimentaría su acción política. A la imagen usual y a la menudo beata del Martí lírico y blando, hay que ir superponiendo la otra del Martí épico y fuerte. Si esto reduce el angelismo de la noción corriente, en cambio nos devuelve a un Martí más verdadero, más completo y a la vez más dramático. Deja entender cómo hubo, en efecto, un conflicto en él, conflicto que necesitó un proceso de purificación, de disciplina y reintegración de sí mismo. Sólo entonces pudo ser el hombre fuerte en la sencillez, enérgico en el candor, apto para enfrentarse a las grandes responsabilidades que le esperaban.
Vacío público y campaña de amor
Otra vez, como siempre, el "destino" ayudó en ese sentido. Aquel drama íntimo que antes comenté se vió seguido de un drama público en que su espíritu acabó de templarse para la consagración definitiva.
Fué la crisis política del 84. En Nueva York se habían juntado Máximo Gómez y Maceo para organizar -- no sin que antes hubiese habido cartas incitadoras de Martí -- un nuevo esfuerzo libertador. Con la humildad de un pariente pobre, aunque sabiendo cuánto le autorizaba su férvida voluntad de heroismo y de sacrificio, terció Martí en aquellas conversaciones. Quiso llevar el proyecto por donde a él le pareció que serviría mejor, no sólo al triunfo militar, sino también a lo que únicamente podía hacerlo fecundo: la fundación de una república cuyo destino se parece al primerizo y caudillístico de las que él había visitado; una república "sana desde la raíz", sin impronta de amo e impregnada de conciencia civil.
Da pena recordar el episodio en que aquellas conversaciones terminaron por lo que a Martí se refería. Eran tres grandes cubanos los que hablaban. Mucho sabe la Historia, sin embargo, de esos tristes momentos en que ni siquiera los mejores espíritus se entienden para las cosas de patria, porque cada cual está hecho a su manera. La versión que Martí podía dar de su ruptura con Gómez y Maceo se nos reveló al publicarse sus cartas a Mercado, y no es grata de leer. Pero no es lo político lo que en este punto nos interesa. Baste decir ahora que las ideas de aquellos jefes respecto al modo como debía inspirarse y animarse la revolución cubana, no cuadraban con las de Martí. Ante la insistencia de este en su criterio, se le hizo sentir que no tenía autoridad, hombre de meras palabras como era, para opinar en cuestiones de guerra y fundación.
Herido, más que en su orgullo, que lo tenía, en su ilusión de dignidad patria, Martí se aparta de aquellos planes. "El pensamiento -- escribe -- de lo que pierdo en autoridad. . . no podía bastar en mí, que nada se hacer contra mi concepto de lo justo, para entrar en una campaña incompleta, sin más estimulo que el de mi provecho personal futuro, que es el
único estímulo que para mí no lo es jamás."
Toda la devoción difusa de los emigrados hacia aquellos viejos je-
fes mambises se revuelve entonces contra él. ¿Quién era Martí para tratar
de darles lecciones a aquellos hombres cargados de gloria guerrera? Como,
los pueblos suelen ensañarse cruelmente cuando no ven claro, aquella por-
ción de pueblo cubano en los Estados Unidos, al contemplar el fracaso en
que los planes al fin se resolvieron, no pensó que era Martí el que tenía
razón, sino el que los había frustrado. Los odios, las sátiras, las tor-
vas insidias quisieron devorarlo. El nacido para amar y necesitado de ca-
riños tuvo que leer cartas de menosprecio y alusiones hirientes en los peri-
ódicos; tuvo que verse el saludo negado hasta por los que más quería,
sentirse en un vacio súbito de estimación, y forzar más de una vez la tri-
buna -- aquella tribuna que antes le acogía avidamente -- para defenderse,
con la ira y la lágrima temblándole en la palabra. Cuando al fin pasó la
formenta, quedaron los campos de amor agostados.
Tendría que sembrarlos. Dramáticomente se le había hecho patente el
nuevo obstáculo que a su vocación se oponía: una insuficiencia de confianza pública. Había ya una desproporción entre sus condiciones de vida y la empresa con que soñaba; era un hombre pobre, enfermo, sólo a medias conocido aún, -- y quería echarse encima la tarea enorme de libertar a un pueblo según sus ideas. A esa inadecuación se sumaba ahora otra que venía de la insuficiente estimación ajena; no estaba bendecido por el fuego de la manigua. Su vida, por lo visto, acusaba un déficit de heroísmo.
Tendría, pues, que hacer de ella algo cotidianamente heroico -- acumular prestigio, desinteresa, sacrificio sin tasa. ¿No había escrito muchos años antes que "la única ley de la autoridad es el amor"?... Ahora extensión
[Qué hermoso espectáculo de deliberación, de noble cálculo en la con-
ducta. Fué una fuerza de generosidad pródiga de los más varios recursos,
desde las menudas atenciones al menester individual ajeno, hasta el halago
del patriotismo con discursos de conmemoración histórica y con defensas
de Cuba en los periódicos de los Estados Unidos; desde la publicación de
La Edad de Oro para los niños de América, hasta la edificación de la con-
ciencia americana con artículos y conferencias sobre los nuevos pueblos
hispánicos. Todos, ricos y pobes, adultos y jóvenes, blancos y negros, r
cibieron el beneficio de aquel talento inmenso doblado de generosidad in-
gotable. Así se fué ganando los espíritus. Disipó odios con la ternura,
prevenciones con la modestia; y cuando todo lo demás fallaba, con su po-
derosa capacidad de seducción personal.
La purificación de sí mismo le aureolaba ya la propia persona. Tení
la mirada dulce y la sonrisa melancólica, reflejo de aquella "honda simpa
tía de su alma con las cosas tristes", que había de decir Varona. Pero l
palabra era abundosa y brillante, y se ponía -- como en la "Liga" de cuba
nos negros que ayudó a fundar en Nueva York -- al servicio de los humilde
más que de los altivos. Trascendía de él, sin rebajamiento, la bondad de
los hombres hechos para querer. Se había despojado ya de toda arrogancia
y trataba de envolver en suavidades los filosos y relieves del talento para
no provocar lo que él llamaba "cierta cólera de la bondad ajena, que está
en el carácter de la mayor parte de los hombres". La luz genial se le di
fundía así con una dulzura de veras celeste. "El hombre debe empezar a
ser angélico", escribía a propósito de Emerson; y ahora sí que él había
empezado a serlo. "Hablando con Martí -- me decía una vez el másculo
general Pedro Betancourt -- daban ganas de besarlo". Los norteamericanos y los visitantes de otras tierras que le conocieron entonces en Nueva York, se hicieron lenguas de aquella personalidad que agotaba las formas de la seducción.
Tal fué su "campaña de amor", como él la llamó. Se había liberado a sí mismo antes de abordar el empeño de liberar a los demás. Nunca antes se viera en la Historia una revolución iniciada con una campaña semejante desde el espíritu. Aquel sentimiento maestro, el amor, acabó de integrarse. "Los fuertes doman la pasión; pero en cuanto logran extinguirla, cesan de ser fuertes". Fiel a ese pensamiento, él se había fortalecido por disciplina de amor. Sobre la base del temperamento, el carácter alcanzó entonces su definitiva y más delicada modulación. Había culminado "el hombre en sí".
Movilizó en aquella singular campaña de palabras y de actitudes la sensibilidad y el pensamiento sobre todo, más la voluntad en la esfera privada. Ahora llevaría todas estas potencias a la acción pública, cuyo estudio haremos en la cuarta parte de este libro.
198
199
ALBVR · AÑO IV · MAYO DE 1992
NÚMERO E SPECIAL
ORGANO DE LOS ESTVDIANTES
DEL I·S·A
DIRECCION: IVÁN GLEZ · CRVZ
DISEÑO: RVBÉN ALPÍZAR Q
200