Albur, año 4, n. 20, mayo, 1992 (Número especial: Octavio Smith) · Archivo Rialta /

Albur, año 4, n. 20, mayo, 1992 (Número especial: Octavio Smith)

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ALBUR
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Guardaba bajo siete llaves de caballerosidad los nombres de las mujeres amadas por él, algunas de las cuales tenían por brújula música, otras a sí mismas, y otra el inolvidable viaje trasatlántico de la Juventud. Fuera de esa nómina secreta, de la relación de las damas entrañables de la familia, las mujeres decisivas en su vida y obra se configuraron a través de la noche: la noche de la existencia, la noche de la fe, la noche de la patria, la noche de la poesía. Tal vez la realidad imprecindible de la noche sea la causa del hermetismo atribuido a sus versos. Oírlo dar su interpretación de un poema propio erróneamente valorado por la crítica, era asistir a una fiesta de la luz, que concluyó con un rotundo "Está claro". Lo que estaba claro era lucidez y señorío con que habitaba su mundo de poesía, mundo sin fraudulencias ni caos. Cada poema suyo tiene la precisión de un acta de notario, y el poder y el saber de un poeta grande. Fue gran prosista, también. Su obra, a la que algún día se le hará Justicia, lo sitúa en el grupo mayor de los escritores de Origenes.
El título de su primer libro -Del furtivo destierro- resultó premonitorio. Poco a poco la enfermedad lo fue desterrando de sí mismo, mientras con estoicismo cristiano y cubano avanzaba hacia la muerte. El día de Santa Teresa de Jesús terminó el destierro. Octavio Smith recobró su reino.
Roberto Feirl
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ALBUR. Año II
• Número Especial. Mayo de 1992
Organo de los estudiantes del I.S.A.
Dirección: Iván Glez. Cruz
Diseño: Ibrahim Hiranda Ramos
Agradecimientos: Ana Smith y
familia.
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OCTAVIO SMITH
A la memoria
de Francisco Petróleo
TEATRO
(1964-1965)
Responde a las siguientes preguntas:
1. ¿Qué es el teatro?
2. ¿Cuál es el nombre del teatro?
3. ¿Cuándo se realizó el teatro?
4. ¿Cuál es el director del teatro?
5. ¿Cuál es el director del teatro?
6. ¿Cuál es el director del teatro?
7. ¿Cuál es el director del teatro?
8. ¿Cuál es el director del teatro?
9. ¿Cuál es el director del teatro?
10. ¿Cuál es el director del teatro?
11. ¿Cuál es el director del teatro?
12. ¿Cuál es el director del teatro?
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LA VISITANTE
(Misterio en dos cuadros)
Personajes
EL JOVEN
LA VISITANTE
VOZ DE PAULA
Escenario único: exterior de una casa en la barriada habanera de la Víbera. Casa del género allí frecuente; pequeño jardín delantero con verja, portal y Fachada donde abren una o dos ventanas enrejadas y de blancas persianas francesas, y la escura puerta de madera recia y noble. El conjunto, en colores claros, es de un desuso vigente, cuidado, pulero, fragante. Dígues puestos en sucesión, de primer término a foro, la acera, el jar dín y la casa, proporcionan dos accesos a escena delante, a de recha e izquierda, por la acera, y otro a foro, por la puerta de la casa. Nota peculiar: cerca de esta puerta hay unas macetas con plantas, independientes en todo del jardín.
Epoca actual.
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CUADRO PRIMERO
Una clara mañana de verano. Aparece el Joven, con caja misa deportiva y pantalón muy al día, "haciendo la guardia" desg de la acera. En uno de sus paseos lo clava en el sitio la voz de la Joven, que rompe a cantar adentro. El canto le acompaña algún quehacer doméstico. La canción es airosa y fina. Algo de género popular — siglo XV español tal vez — que el tiempo ha convertido en patrimonio de cultivados. La Joven la entona, in tercalando frecuentes tarareos, con fresca y animosa despreocu pación. Tedavía cantando sale de la casa con gracioso impulso, en claro vestido casero, y se interrumpe al ver al Joven.
LA JOVEN.— ¡Hola!
EL JOVEN (cordial, pero como el hombre de pocos gestos y pala- bras que quiere ser).— Hola. ¿Cómo está su mamá?
LA JOVEN.— Yo la encuentro mucho mejor hoy. Acabo de peinarla y dejarla sentada en la cama. Quería conversar, pero tengo mu- cho que hacer. Además, está muy débil... ¡Muchas gracias!
EL JOVEN.— ¡Ya vino hoy el médico?
LA JOVEN.— Aún no. Pero no ha de tardar. Creo que la encontra- rá como yo.
EL JOVEN.— Seguramente.
LA JOVEN.— ¡La enfermedad ha sido tan larga!... Pero pienso que, gracias a Dios, el peligro ha pasado.
EL JOVEN (protector).— Desde luego que sí. Ya lo verá.
LA JOVEN (con un mohín).— Acabo de recordar qué es lo que vine a hacer. Tengo que ir adentro. Me va a dispensar un momentico, ¡quiere?
(El asiente y ella inicia el mutis, pero de pronto se vuelve).
¿Cómo es que anda por aquí tan temprano? ¡Hoy no fue a la playa?
EL JOVEN.— No. Esta mañana no he tenido ganas. Me interesaban más otras cosas... Pasaba por aquí cuando la oí cantar y esperé a ver si salía. Una bonita canción, bien cantada.

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LA JOVEN.— Más bien tarareada. No me sé bien la letra. La oí en un recital hace meses.
EL JOVEN.— La conezco.
LA JOVEN (entusiasmada).— ¿Va mucho a recitales, a conciertos?
EL JOVEN.— Sólo algunas veces. No entiendo ni me gusta la música tanto como a usted.
LA JOVEN.— ¿Gustarme? ¡Me encanta! Antes de enfermarse mamá no me perdía ningún concierto.
EL JOVEN.— Pronto podrá ir de nuevo.
LA JOVEN (confiada).— Eso espero…. Mamá ha sido mi maestra de piano. De papá me viene el gusto por la lectura. Novelas sobre todo. Pero novela rosa… Sé que usted conoce buena literatúra.
EL JOVEN.— Pues se ha enterado de eso primero que yo.
LA JOVEN.— Sé que le mucho y que le gusta… Y sé por qué quiere ocultarlo.
EL JOVEN.— ¡De veras?
LA JOVEN.— Pues sí. Teme que lo vean fino, sensible……
EL JOVEN.— No creo ser fino ni sensible.
LA JOVEN.— En ese tono en que lo dice no lo es. Pero óigame esto: hemos hablado pocas veces y por poco tiempo…. Sólo desde hace unos días, cuando empezó a venir a preguntarme pormmá. Co sa que, entre paréntesis, le agradezco muchísimo. Pues bien, en esas pequeñas conversaciones se ha encargado de hacerme saber — que estudia Ingeniería, que practica la natación, que baila, que sale y se divierte mucho con sus amigos……
EL JOVEN (interrumpiendo).— Todo es verdad y es cosa muy natural.
LA JOVEN.—……pero no me ha hablado nunca de libros. ¡Y mire que le he dado pie! Parece que evitar el tema a prppósito. Adó más, en general, se ve que usted usa coraza. Es amable y quiere ser seco. Trata de dar la impresión de rudeza. (Suspirando) Es el estilo de los muchachos de hoy.
EL JOVEN.— Si se refiere al tipo del existencialista, creo que

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no lo soy ni lo parezco.
LA JOVEN.— Por supuesto que no. Eso sería acentuar la cosa y us
ted se cuida mucho de acentuar nada. Lo que busca es ne desentgo
nar.
EL JOVEN.— Estoy tranquilo con ser como soy y creo portarme na-
turalmente. Usted presume de buena observadora, pero en mi caso
se equivoca.
LA JOVEN.— No presumo de eso. Ni hay que fijarse mucho para dar
se cuenta de lo que digo... Pero, ¿no lo he mortificado?
EL JOVEN.— Ni pensarlo. Sé que bromea. El tema no es tan intere
sante.
LA JOVEN.— Sabe que en el fondo no bromeo. Tal vez sea entrome-
tida, pero lo que quiero es que no se sienta incómodo en ser co
mo realmente es. Yo no me privo de hablar de música ni de libros
cada vez que tengo ocasion... Vamos a ver: ¿qué prefiere leer?
EL JOVEN (irónico).— ¿En el poco tiempo disponible que me que—
da?
LA JOVEN.— Seguro que sabe encontrar el suficiente. (Pausa)
EL JOVEN (displicente).— Pues leo... novelas, poesía, ensayos...
Cualquier cosa. (Le viene algo a la mente y se humaniza.) Pode—
mos intercambiar libros.
LA JOVEN.— Y hablar de ellos largamente... (Sonriente) Sin inhi-
biaciones, que es el término científico. ¿Ve qué fácil es vivir y
portarse como uno es?
EL JOVEN (enigmático).— A veces no resulta tan fácil.
LA JOVEN.— Per complicaciones que la misma gente se busca...
¿Quiere que le diga una cosa? Sé por qué escogió la carrera de
Ingeniería. Precisamente por lucir tan lejana a literatura.
Lo hizo para contrariarse, para protegerse...
EL JOVEN.— ¿Protegerme de qué?
LA JOVEN.— De lo que considera en usted mismo débil y hasta ridí
culo.
EL JOVEN.— Otra vez se equivoca. Sencillamente que mi padre es
Ingeniero y yo...

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LA JOVEN (interrumpiendo).- Mi padre es oculista y yo estudio Pedagogía. No me va a decir que su padre lo forzé.
EL JOVEN (paciente).- No me forzé ni me influyó en nada. Desde niño me hice a la idea de ser Ingeniero. Elegí libremente.
LA JOVEN.- No está muy claro eso. Si lo hizo por hábito, por se guir la corriente, la elección no fue tan espontánea.
EL JOVEN.- Repito que elegí libremente.
LA JOVEN.- Entonces tengo yo razón. Porque estoy segura de que no sólo le apasiona lectura, sino de que también escribe.
EL JOVEN (después de mirarla entre complacido y renuente).- Bue no sí, escribo. ¿Y qué más?
LA JOVEN.- Nada más. Me basta con eso. Tiene que enseñarme sus poemas.
EL JOVEN.- ¿Por qué van a ser poemas?
LA JOVEN.- Porque lo son. ¿Me los va a traer?
EL JOVEN (resignado).- Sí, se los traeré.
LA JOVEN.- ¿Sabe que me alegra que hoy haya estado tan comunicativo?
EL JOVEN (contento).- Hoy hemos hablado mucho más que otras veces.
LA JOVEN.- Sobre todo que lo veo contento, y así es como deseo verlo siempre. Es como poder agradecerle en algo su interés en mamá.
EL JOVEN.- Me intereso por usted también.
LA JOVEN.- Pues gracias también por eso... ¡Pero me he olvidado de que tengo que regar las macetas! Es el encargo diario de ma-má. Del jardín no se preocupa tanto, ¡pero de ellas!... También he de preparar y ponerle una inyección. Tiene que perdonarme... ¿No olvidará lo hablado? ¿se quitará la coraza?
EL JOVEN.- Ya seguiremos esa conversación. Mañana pasará también temprano, como hoy.
LA JOVEN.- Hasta mañana. Y gracias de nuevo.
EL JOVEN.- Hasta mañana. (Queda en la verja mirándola entrar en la casa. Casi en seguida entra por la izquierda, toda silencio

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y distinción misteriosa y cálida, la Visitante)
LA VISITANTE (a espaldas del Joven, que impide la entrada al jar dín).- Buenos días.
EL JOVEN (volviéndose sorprendido).- Buenos días....
LA VISITANTE.- ¿Vas a entrar en la casa?
EL JOVEN.- No, me iba. (Deja el paso libre) Perdone. Pase.
LA VISITANTE.(querándose).- ¿Eres amigo de la familia?
EL JOVEN.- Sólo un conocido. Vivo al doblar de la esquina. (Seña la derecha) Acabo de preguntar por la señora enferma.
LA VISITANTE.- ¿Eres amigo de la hija?
EL JOVEN (seco).- Conocido. ¿Por qué quiere saberlo?
LA VISITANTE (sonriente).- A los dos nos interesa esta casa. A ella vengo... Conozco también a la joven.
EL JOVEN (conquistado).- Es una mucha muy... agradable.
LA VISITANTE.- Y bonita... Tiene un buen marco en estos barrios y este parque. (Señala y mira en el aire hacia el espectador. Pau sa. Los dos contemplan el invisible parque)
EL JOVEN (analítico).- Su hora mejor es por la noche... Cuando se queda solo, cuando no hay nadie que moleste.
LA VISITANTE.- Los viejos faroles de globo nevado, solos en la madrugada.
EL JOVEN (con entusiasmo).- ¿Lo conoce?
LA VISITANTE.- Conozco mucho los barrios.
EL JOVEN (ya a sus anchas).- Me gusta esto. Me gusta vivir aquí y pasear estas calles.
LA VISITANTE.- Son los sitios a la vez familiares y sorpresivos.
EL JOVEN.- Los prefiero a cualquier reparto moderno.
LA VISITANTE.- Allí es como si las gentes se aislaran y disolvie ran. Aquí las casas saben acompañarse y ser cada una, verdad?, como un escenario distinto.
EL JOVEN.- ¡Eso! Un escenario . Aunque casi siempre está oculto. Tenemos que contentarnos con el jardín y el portal con los blancos sillones vacíos... ¿Será sólo simple curiosidad?
LA VISITANTE.- ¿Qué?

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EL JOVEN. - El deseo de saber lo que ocurre detrás de cada puerta.
LA VISITANTE. - Tú no crees que sea sólo eso.
EL JOVEN. - No, no lo creo.
LA VISITANTE. - Porque no se trata de saber. Es fácil de imaginar: la viuda y la pensión que no llega, los hijos desamorados...
EL JOVEN (animadamente). - .....el matrimonio mal avenido. Lo sórdido.
LA VISITANTE. - Y lo dichoso pero precario. La cena navideña y su pregunta: "¿Volveremos a estar reunidos?"
EL JOVEN (solemne). - La cena navideña y sus presagios. Es fácil de imaginar.
LA VISITANTE. - No basta con saber. Queremos participar.
EL JOVEN. - Se quiere intervenir, aconsejar, socorrer... Sencilla mente eso: participar. ¡Da pena dejar atrás la casa desconocida!
LA VISITANTE. - Como si abandonaras algo tuyo.
EL JOVEN. - Como si se dejara una tarea sin acabar.
LA VISITANTE. - Porque es algo nuestro, ¿no? (Con vaga sonrisa) Ya sabes, somos una estirpe en marcha.
EL JOVEN. - Pero, ¿por qué ese deseo que no se ha de cumplir?
LA VISITANTE (mirando a la casa y bajando la voz). - A veces tenemos la misión... la ocasion de intervenir, y resulta penosa.
EL JOVEN (entendiendo a su modo). - No me importa. ¡Entraría siempre en esas vidas!
LA VISITANTE (en su tema). - Es una pena tranquila cuando se conoce la explicación.
EL JOVEN (comprendiendo). - Ah, sí. Los que sufren. Pero a veces lo que ocurre es bien oscuro. Se presentan problemas desesperados, verdaderas tragedias.
LA VISITANTE (suavemente buzlona). - ¿Lo sabes tú ya?
EL JOVEN (mortificado). - ¡Me habla usted como una mestra!
LA VISITANTE (sonriendo). - ¿Te molesta?
EL JOVEN (desarmado). - La verdad es que no.
LA VISITANTE. - Eres un buen muchacho. En cuanto a esas grandes tragedias, ¿qué pasa si las vemos sólo como episodios, si confía

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mos en el último desenlace?
EL JOVEN.- Sí, ya sé. Pero eso tarda mucho. Hay que buscarse otros consuelos. Yo tengo uno.
LA VISITANTE.- ¿Cuál?
EL JOVEN.- Ver estas casas en las últimas horas de la tarde, un momento antes y un momento después de que enciendan sus luces.
LA VISITANTE.- Sí.... La sombra es sedosa. Parece recogerse en las habitaciones, parece esperar.
EL JOVEN (encantado y fervoroso).- Espera la comunión de la luz.
LA VISITANTE.- Y cuando llega, desde fuera se ve agolparse a los cristales su calor dorado.
EL JOVEN.- Como un vino.
LA VISITANTE.- Como un vino. Las casas parecen vasos colmados.
EL JOVEN.- Y la cena es un rito, un oficio solemne.
LA VISITANTE.- Las casas son colmadas. Es una muestra de lo que las almas han de lpgrar.
EL JOVEN (con una mezcla de entusiasmo, admiración y extrañea).- ¡Es usted...extraña!... Perdone. Iba a decir otra cosa.Me cuesa trabajo emplear ciertas palabras.
LA VISITANTE.- Si las palabras están en tí, ¿por qué no utilizar las?
EL JOVEN.- Algo de eso me han dicho hace un rato.
LA VISITANTE.- ¿Tu joven amiga?
EL JOVEN (cordial).- Ya le dije que no somos amigos. Yo la cono-cía sólo de verla en el barrio. Hace pocos días que hemos empeza do a conversar.
LA VISITANTE (con intención).- ¿Desde aquí? ¿desde la acera?
EL JOVEN (Sencillo).- Desde aquí. Paso, le pregunto por su mamá y hablamos un rato. No he entrado aún en la casa.
LA VISITANTE (ambigua).- Pronto entrarás y hablarás con ella lar gamente.
EL JOVEN (acercándose).- Usted es amiga de la familia.
LA VISITANTE.- Soy una vecina. Debo entrar ahora. Perdona. (Aso ma la Joven por el foro, con una regadera en la mano y el ros-

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tro vuelto hacia dentro).
LA JOVEN (alto, con resignación irónica).- ¡Sí, Paula!... ¡A eso voy, Paula! (Entra del todo y se pone a regar las macetas con aire preocupado. La Visitante se despide del Joven con una inclinación de cabeza, cruza el jardín y, pasando a espaldas de la Joven y deteniéndose a mirarla un instante, desaparece en la casa. Al tomarse un descanso en su tarea, la mucha se vuelve y ve al Joven) ¿Todavía por aquí?
EL JOVEN (de nuevo en su actitud preferida).- Todavía. (Ella deja la regadera en el suelo)
LA JOVEN (natural y calurosa).- Si hubiera sabido que ibas a que darte, me había apurado en salir. Pensé que andabas de prisa como otras veces.
EL JOVEN.- Hoy no tengo prisa.
LA JOVEN.- Claro, en las vacaciones de verano el tiempo sobra.
EL JOVEN (más consciente del tuteo).- Pero se puede aprovechar de muchas maneras. Hay cosas que agradan más que otras... Hablar contigo, por ejemplo.
LA JOVEN (sencilla).- También a mí me agrada. ¿Estuviste aquí todo este tiempo?
EL JOVEN.- Todo este tiempo.
LA JOVEN.- ¿Solo?
EL JOVEN.- No. Estuve conversando con esa señora que acaba de en trar.
LA JOVEN.- ¿Qué señora?
EL JOVEN.- Pero, ¿no la viste? Estábamos hablando cuando saliste a regar las macetas. Entró en la casa estando tú allí.
LA JOVEN.- Pues no me dí cuenta de nada.
EL JOVEN.- Es cierto que estabas de espaldas a ella.
LA JOVEN.- Además, salí preocupada. Soy algo dada a quedarme así, un poco alelada.
EL JOVEN.- ¿Qué te preocupaba? ¿No va todo mejor?
LA JOVEN.- Una especie de presentimiento... Pero no me hagas caso. Cuando se me suelta la imaginación, no sé cómo recogerla. ¿Có

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mo era la señora?
JOVEN. - Pues... es joven, viste de gris...
LA JOVEN (risueña). - Con esas señas...
EL JOVEN (risueño). - Ya sé. Pero lo importante es que entró en la casa con toda confianza. Como una vieja amiga. Ni siquiera te saludó al pasar.
LA JOVEN. - Cuando hablaron, ¿no te dijo quién era?
EL JOVEN. - Me dijo que era una vecina.
LA JOVEN. - No caigo. De todos modos, cuando entre sabré quién es.
EL JOVEN. - No la despaches así, sin más ni más. No es una vecina cualquiera.
LA JOVEN. - !Pero si no digo nada!
EL JOVEN. - Tiene que ser alguien importante. Es sencillamente fas cinadora.
LA JOVEN. - !Cuánto te ha impresionado!
EL JOVEN. - A tí también te habría impresionado. Es evidente que te conoce. Te elogió.
LA JOVEN. - !Vaya, agradecida!
EL JOVEN. - Es mucha la gente que te estima... y admira.
LA JOVEN. - Agradezco el cumplido. Pero lo más gustoso es verte así, efusivo, sin reservas.
EL JOVEN. (cálido). - Creo que contigo podré serlo siempre. Sólo ha ce falta que no estés tan atareada.
LA JOVEN. - No me creas tan dispuesta. Es que Paula está muy vieja... Paula, nuestra criada desde que yo era niña. Tienes que ha berla visto alguna vez al pasar. Pues, figúrate: tengo que turnar me con ella en el cuidado de mamá y en el de la casa. Si mamá estuviera sana pasaría el tiempo como antes: en el piano, oyendo el tocadiscos, visitando amigas... Me gusta mucho salir y conversar.
EL JOVEN. - Ya lo voy viendo. ¡Y la Pedagogía?
LA JOVEN. - Bastante mal. En realidad ni a mí me interesa ni a papá le preocupa mucho. (Resignada) Pero la acabaré.
EL JOVEN (intencionado). - Una de las cosas que me dijo la miste-riosa señora es que pronto ibamos a conversar dentro de tu casa.

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LA JOVEN (con calor).- Sabes que puedes pasar cuando quieras.
VOZ DE PAULA (adentro, alarmada y chillona).- ¡Señora!, ¿qué tiqe ne?... ¡Contésteme, señora!
LA JOVEN (vuelta hacia la casa, lívida).- Es Paula....
VOZ DE PAULA (llorando a gritos).- ¡Señora, señora!
LA JOVEN.- ¡Dios mío! (Entra corriendo en la casa. El Joven que da fulminado en la verja)
TELON
- Sabes que puedes pasar cuando quieras.
- ¡Señora!, ¿qué tiqe ne?... ¡Contésteme, señora!
- Es Paula...
- ¡Señora, señora!
- ¡Dios mío! (Entra corriendo en la casa. El Joven que da fulminado en la verja)

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CUADRO SEGUNDO
Al día siguiente, mediando una bella tarde. La Joven está de pie, fuera de la casa, vestida de oscura ropa elegante, "de salir", llevada con descuido, ajada por la noche en vela. Aprieta entre sus manos un pañuelo. A sus espaldas sale de la casa la Visita te, que la estudia en silencio un momento y después se le acerca, extiende la mano como para tocarla, la retira sin hacerlo y por fin le habla.
LA VISITANTE.-- Adiós, niña mía.
LA JOVEN (volviéndose con sorpresa y mirándola extrañada y hurraña).-- Creí que se habían ido todos.
LA VISITANTE.-- Quise quedarme hasta el último momento. (Con objetividad.) No has ido al entierro.
LA JOVEN (amarga).-- No. Mi padre es muy tradicional. La vieja costumbre de que sólo los hombres vayan y las mujeres se queden casa... llorando.
LA VISITANTE.-- No hay que llorar mucho, mi niña.
LA JOVEN (áspera).-- Ya no me quedan lágrimas.
LA VISITANTE.-- ¡Si pudiera infundirte la paz que te deseo!... Es sólo un cambio de estado. ¡Lo crees, verdad?
LA JOVEN (huraña).-- Lo creo.
LA VISITANTE.-- Pero un cambio no sólo para ella. También para los que sobreviven.
LA JOVEN (siempre huraña).-- Yo ya he cambiado para siempre.
LA VISITANTE.-- No es un cambio para aniquilarnos. Es una purificación y un renacimiento. Como un nuevo bautismo.
LA JOVEN (como antes).-- Yo tuve ya mi bautismo. Este otro no lo entiendo ni me parece necesario.
LA VISITANTE.-- Sabes que la purificación es siempre necesaria.
LA JOVEN.-- No pretendo que no lo sea. ¡Pero tampoco creo merecer este golpe despiadado y por sorpresa! Y en cuanto a mamá....
¡ella! ¡Cómo justificar en cuanto a ella, toda esta larga y dolo rosa enfermedad para acabar en esto?

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LA VISITANTE. - Ella está ya en buenas manos. Lo que importa ahora eres tú. Y no hablo de purificación. Dejémosle a eso su marcha se creta. Piensa en el renacer, piensa en las lágrimas. Es un riego... benéfico. Un cuidado como el que tienes tú con tus plantas.
LA JOVEN. - ¡Ya no se me importa nada de mis plantas! Me da náuseas pensar en algo germinando debajo de la tierra. El que ellas puedan seguir renaciendo, el que yo esté aquí existiendo no me parece más que una traición. (Altiva) Y hablar de ello en estos momentos lo creo inoportuno.
LA VISITANTE. - No es inoportuno. Te traeré calma. Has de renacer, y no traicionarás.
LA JOVEN (con abatimiento). - Conozco el estribillo. "Eres joven, tienes toda la vida por delante, poco a poco se va olvidando"...
LA VISITANTE. - Eso lo dice la gente fastidiosa y tonta. Yo no te pido que olvides sino que ahondes. (Transición. Amable y firme) ¿Por qué te has vestido así?
LA JOVEN (sorprendida). - ¿Así?
LA VISITANTE. - Es uno de tus mejores vestidos.
LA JOVEN (confusa y pensativa). - Lo escogí por lo sobrio y porque... porque había que estar a su lado con compostura.
LA VISITANTE. - Porque no estabas junto a un despojo sino frente a un misterio. Ese rostro dormido, concentrado, replegado hacia su interior, asistiendo a algo que no podemos imaginar... (Nueva tran sición. Solemne) ¿No es verdad que alguna vez has pensado en tu se mejanza con una fuente?
LA JOVEN (de nuevo en vilo). - ¿Con una fuente?
LA VISITANTE. - Lo has sentido en tí y te lo han dicho otros ojos en una calle, en un encuentro. Una fuerza clara que asciende y se abre en curvas graciosas... Verse así reflejada es un halago.
LA JOVEN (asintiendo, suerte de coro suspenso de los labios de la otra y de las pausas deliberadas que hace). - Un halago.
LA VISITANTE. - Un halago que, bien mirado, impone un poco, porque te recuerda tu misión.
LA JOVEN. - ¿Misión?

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aquí mi niña fuerte y alegre?
LA JOVEN.— Pero....
LA VISITANTE (con pasión).— Hay que obedecer como la fuente, como la fuente o como la tierra extendida.
LA JOVEN.— No sé....
LA VISITANTE.— Sacar a luz la pátencia fresca y oculta que recibes, que no es tuya. (Pausa) Que sin aviso se te otorga o puede serte quitada.
LA JOVEN (reverente).— Que puede serme quitada.
LA VISITANTE.— En adelante el halago será más profundo. Verás los ojos que te exaltan ilusionados y te unirás con sencillez a la ala banza. Has tocado la hondura. En ciertos momentos, querida, dulce criatura, te sentirás sagrada.
LA JOVEN.— De todos modos, ¡me siento sola, abandonada, sin fuerzas!...
LA VISITANTE (con ancha, dilatada ternura).— No estás sola. Formas parte de esta hermosa tarde, formas parte de todo. Cuidan de nosotros, cuidan de tí. Se te envían compañías inesperadas. (Pausa) Co mo el retrato de tu mamá en la pared de tu cuarto.
LA JOVEN (con dolido reproche).— ¿El retrato? ¿Cómo voy a poder mí rarlo sin sentirme desgarrada?
LA VISITANTE (negando con la cabeza).— Trajinarás por la habitación, te volverás de cuando en cuando y la verás allí mirándote risueña y serena, como desde un sitio luminoso y preservado de toda injuria. Ella sabe ya. Sabe todo cuanto no tiene el derecho de decir, pero en los ojos le brilla una promesa deliciosa. Será como la música. La estancia y tú se irán llenando de una claridad suave y apasiona da. (Inicia el mutis) Adiós, niña mía.
LA JOVEN (reteniéndola).— ¡Espere!…. Creo no haber sido todo lo amable que debía. ¡Pero le estoy tan agradecida!…. No puedo recordar su nombre. ¿Usted es?...
LA VISITANTE.— Soy una vecina. (Mira y señala a la derecha) Por allí viene tu joven amigo a hacerte compañía. (Mientras la Joven sigue la indicación y mira con vaguedad, se desprende suavemente y sale

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por la izquierda. Hacia allí mira la mucha en seguida, buscándo la. Entra el Joven por la derecha, cabizbajo, con saco, pero sin corbata. Se detiene en la verja junto a la Joven y habla cuando -ella vuelve el rostro distraído hacia él)
EL JOVEN.- No sabes cuánto siento lo ocurrido, ni todo lo que qui siera saber decirte... Pero, ¿te han dejado sola?
LA JOVEN (aún abstraída).- Adentro está Paula. Y ahora mismo acaba de irse la última visitante. ¿No la viste salir? Se fué por es te lado.
EL JOVEN.- No vi a nadie. Venía distraído.
LA JOVEN.- Es una señora de lo más amable. En un momento me ha con solado muchísimo.
EL JOVEN (distraídamente).- ¿Una amiga?
LA JOVEN.- ¿Amiga? En realidad no sé ni su nombre. Es extraño.
EL JOVEN.- ¿Qué es lo que es extraño?
LA JOVEN.- Todo. Su aspecto, su comportamiento. Me ha hablado y me ha hecho hablar, del modo más natural, en un tono desacostumbrado... y complicado. Sin embargo, todo resultaba hermoso y claro. Es extraño también por qué no insistí en saber su nombre.
EL JOVEN (en su asunto, mohino).- Hay personas que saben decir siem pre la frase justa.
LA JOVEN.- Pero esta señora es alguien especial, distinto... ¡Si la vieras!
EL JOVEN.(interesado por la vehemencia de la mucha).- ¿Alguien especial, distinto? (con entusiasmo, por la idea que se le ocurre) ¿No será?... Dime cómo es esa señora.
LA JOVEN.- ¿En qué has pensado?
EL JOVEN.- Dime cómo es.
LA JOVEN.- No es fácil decirlo de golpe.
EL JOVEN.- Empieza por algo. ¿Cómo va vestida?
LA JOVEN.- De gris oscuro. Con un corte muy severo y muy elegante.
EL JOVEN.- Un corte que, no se sabe por qué, no es de ahora.
LA JOVEN.- Dijiste que no la habías visto.
EL JOVEN.- No la ví. Sigue. Su traje no es actual.

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LA JOVEN. - No dije eso. No es el traje en sí. Es difícil saber lo que hay en ella de anticuado.
EL JOVEN (enfático). - Porque la distinción es siempre actual. ¿No has caído en quién es?
LA JOVEN. - No.
EL JOVEN. - Es la misma señora que habló conmigo ayer, antes de entrar en tu casa. La que te dije que era fascinadora.
LA JOVEN. (cabizbaja y con la voz velada). - Ayer por la mañana... Lo había olvidado.
EL JOVEN. - ¡Qué bueno que hayas hablado con ella!
LA JOVEN. - Pero, ¿quién es?
EL JOVEN. - Me dijo que era una vecina.
LA JOVEN. - A mí también sólo me dijo eso... Nunca antes la ví en el barrio.
EL JOVEN. - Ni yθ.
LA JOVEN (sólo curiosa). - ¿Quién podrá ser?
EL JOVEN (sólo curioso). - ¿Quién podrá ser?
LA JOVEN. - No se le ve como a una desconocida. Resulta tan familiar, tan cálida.
EL JOVEN. - Es como una maestra. La maestra nueva, reservada y encan tadora, de un primer día de clases.
LA JOVEN. - El barrio es grande. Pudiera vivir cerca. Pudiera ser al guien que sale poco de su casa.
EL JOVEN. - Puede ser una antigua amiga de tus padres.
LA JOVEN (grave). - Dijo ser una vecina.
EL JOVEN (grave). - Dijo ser una vecina.
LA JOVEN. - ¡Me gustaría tanto volver a hablar con ella!
EL JOVEN (confiado) Averiguaremos quién es y dónde vive.
LA JOVEN (dudosa). - ¿Cómo?
EL JOVEN. - Vas a ver. ¿Cuándo habló contigo?
LA JOVEN. - Hace un momento, aquí en el jardín.
EL JOVEN. - ¿Y antes no?
LA JOVEN. - No.
EL JOVEN. - ¿No estuvo ayer en tu casa?

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LA JOVEN (confusa).- No sé... No recuerdo.
EL JOVEN.- Tienes que haberla visto dentro.
LA JOVEN.- No sé... Sólo tuve cabeza para lo que ocurrió... tan de repente. (Se cubre el rostro con las manos y solloza)
EL JOVEN.- ¡Qué torpe he sido! ¡Si estabas ya tan tranquila! ¡Y yo no sé hablarte como esa señora!
LA JOVEN (entre sollozos).- No lo puedo evitar. A pesar de todo lo que ella me dijo.
EL JOVEN (sarcástico).- ¡Lo mismo que anoche! Te tengo delante y no encuentro palabras que valgan la pena, que tengan la clave.
LA JOVEN (descubriendo despacio el rostro y secándose las lágrimas) ¿Anoche me viste? ¿Estuviste en el velorio?
EL JOVEN (odiándose).- Sí, hasta esta mañana.
LA JOVEN.- ¿Por qué no te dejaste ver? ¿Por qué no me hablaste?
EL JOVEN.- Por eso. Por no saber qué decir.
LA JOVEN.- Pues hiciste mal. Quieres seguir siendo raro.
EL JOVEN.- No soy raro. Lo que soy es tonto. (Pausa. La mira) Tú, en cambio... !Tu pena te hace tan bonita, tan suave! (Ella empieza a agradecer con una sonrisa que se borra en seguida)
LA JOVEN.- Todo esto, ¿no será una traición?
EL JOVEN (tiernamente).- ¿Qué?
LA JOVEN (con timidez).- Oirte, estar aquí en esta tarde clara, mien tras ella...
EL JOVEN (a media voz).- ¿A quién podrías tú traicionar, mi niña?
LA JOVEN.- !Me has llamado como ella!
EL JOVEN.- ¿Como quién?
LA JOVEN.- !Como la señora!
EL JOVEN.- No sé. Me nació decirlo. ¡Yo te!... Yo soy tu amigo.
LA JOVEN (tiernamente).- Eres mi amigo. (Con arranque súbito). Ven, quiero enseñarte el retrato de mamá. Verás qué bonita era. (Le tién de la mano, que él toma, y quiere conducirle, pero es retenida)
EL JOVEN.- Cuando te dije bonita hace un momento no quise ser inoportuno.
LA JOVEN.- Lo sé. (Otra vez quiere llevarlo, sin resultado)
EL JOVEN (soltándole la mano y apartándose algo).- Pero sea cual sea

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el momento... (Pausa. El espacio que los separa se hace patente y
tenso de sentido) Porque tú no puedes cesar. Tú eres fuerte y deli
cada, un fino árbol de agua, una fuente.
LA JOVEN.- Sigues hablando como ella.
EL JOVEN (apartado).- Tienes una misión para con la tarde, para con
el barrio y la ciudad, para conmigo... ¡Qué misteriosa es mi niña
vestida de negro!
LA JOVEN (como para sí).- Ella dijo sagrada. ¿Por qué? Me entra cier
to temor.
EL JOVEN.- No debes temer ser como eres: suavemente sagrada.
LA JOVEN.- Me siento muy pequeña.
EL JOVEN.- Eres también algo pequeño.
LA JOVEN.- Se espera tanto de mi. (Mira al joven) Me vuelve el te
mor. ¿Quién es ella?
EL JOVEN (acercándose).- Es quien te ha consolado y quien nos ha uni
do a los dos en el consuelo.
LA JOVEN.- Es verdad. (Le tiende la mano, que él toma nuevamente, y
hace el movimiento de partir, pero se queda) ¿La viste cuando habla
con pasión? Es... acariciante.
EL JOVEN.- Es envolvente.
LA JOVEN.- Es triste. Tiene que marcharse sin saber si nos deja con
vencidos.
EL JOVEN (jovial e intrigado a la par).- Por qué hablar tanto de esa
señora? Nos influye hasta en la manera de hablar.
LA JOVEN.- Recordemos, por lo menos, lo que me dijo del retrato...,
del retrato de quien se nos ha muerto. (A la vez ansiosa y confiada)
Dice que nos mira serenamente, risueñamente como si nos hiciera una
promesa. Es lo que quiero que veamos los dos. ¿Grees en eso, verdad?
EL JOVEN.- Sí, mi niña, lo creo. Creo en la promesa.
LA JOVEN.- Ven. (Llevándolo ella de la mano, cruzan los dos el umbral)
T E L O N

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TRES MISTERIOS GOZOSOS
(Para ser dialogados, o
actuados en estampas)
INTERVIENEN
El Expositor
El ángel
María
Isabel
José
Voz en la noche (de mujer)
Pastores (dos o más)
I
ANUNCIACION
EXPOSITOR
(con asociación
del ángel)
Iba el ángel despacito.
"¿Cómo, cómo le hablaré?
Ella es virgen y podría...
ofenderse, ¡yo qué sé!
Otra cosa muy a punto:
¿debo tratarla de usted?
Es casi una niña pero
su misión bien alta es.
¡Esto de mandar que anuncie
sin decirme cómo hacer!
En fin, la confianza usemos
sin descuidar lo cortés."
ANGEL
Yo te saludo, María,
alégrate, llena de
gracias, el Señor es contigo...
EXPOSITOR
Qué saludo fuese aquél
se preguntaba María,
ya comenzando a temer.
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ANGEL
No te turbes, no, doncella,
que el Señor te mira bien.
He aquí que tendrás un hijo
a quien habrás de poner
Jesús por nombre, y el trono
poseerá de David Rey,
reinando sobre la casa
de Jacob por siempre amen.
EXPOSITOR
Pero María, extrañada,
pregunta:
MARIA
¿Cómo ha de ser?
¡Si yo varón no conozco!
ANGEL
(un poco
regañón)
Sobre ti ha de descender
el Santo Espíritu, y santo
el que de ti ha de nacer
será, y los que lo llamen
HIJO DE DIOS dirán bien.
Sabe que Isabel, tu prima,
en medio de su vejez
concebido tiene un hijo
que ya está en el sexto mes,
porque para Dios no hay nada
imposible.
EXPOSITOR
"Díces bien",
piensa sin duda María,
y luego dice:
MARIA
Aquí ve
a la esclava del Señor.
Hagasé
ANGEL

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en mi según tu palabra.
Y el ángel luego se fué.
II
VISITACION
EXPOSITOR
Para Judea
y sus montañas
parten aprisa,
muy de mañana,
José y María.
Apenas hablan.
María, al frente,
sonríe y calla.
José sonríe
bajo la barba.
Piensa de fijo:
"Basta mirarla
para alegrarse,
basta mirarla."
JOSE
EXPOSITOR
Y mientras siguen
a toda marcha,
sonríen ambos
a dos y callan.
De Zacarías
se ve la casa.
María es joven,
su prima, anciana.
Como María,
¿quién saludara?
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Página 28

ISABEL
EXPOSITOR
Isabel fuera bien saludada, y la criatura dentro le salta Llena de Espíritu dice en voz alta: ¡Bendita eres!... Y sus palabras no necesitan ser recordadas: cincuenta veces, y veces varias cincuenta veces, noche y mañana, mañana y tarde son escuchadas. Dice María con voz pausada: "Al Señor mí gloría mi alma"... Y sigue hablando cuando enlazadas del talle, absortas y deslumbradas, paso a pasito, primas y santas, con su misterio se alejan ambas.
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III
NACIMIENTO
EXPOSITOR
(pausado, desolado, grave)
No ha habido en el mesón un aposento.
VOSIEN LA NOCHE
(delicada, asombrada, anhelante)
Dios, y portal, Dios, y frío
EXPOSITOR
Mejor era el silencio. El nos suavice el rubor, pues sucede esto que cuento por lo que hacemos, por lo que yo hice.
Dios y frío se juntan de manera que aunque el pecado sea todo mío del hielo del pecado yo no muera porque El se está cogiendo todo el frío.
VOZ
¿qué es esto? Dios, y pesebre
EXPOSITOR
Anunció el ángel entre resplandores:
ANGEL
En un pesebre lo hallaréis.
PASTORES
(a coro)
Sabemos un poco de pesebres los pastores, junto a ellos dormimos y comemos...
¿para nacer, la mesa de las bestias un hombre elegiría?
Muy remilgada es esta buena pieza...
El Salvador si la prefériría!
VOZ
Dios y pañales, bien mío
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III

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EXPOSITOR
Corrieron a Belén los sosegados,
las bien limpias la burda tela
ojos abiertos sobre los oayados
a maravillas de la noche en vela.
Amrillento como viejo río
demoro yo en las curvas habituales,
sin ir en derechura del Bien mío
que se esconde temblando entre pañales.
NOTA: Losversos de la VOZ se entresacan y glosan de los del Villancico de José Pérez de Montoro (España, fines siglo XVII)
seleccionado y publicado en el numero del PAPEL PERIODICO DE LA HAVANA correspondiente al prúmero de Enero de 1795, que dicen así:
Dios, y Niño, qué fineza
de amor! Pero ¿qué hombre es éste,
que por él su Dios se encoge,
y él solo de ingrato crece?
Dios, y pañales, bien mío,
sunque mis culpas los tejen,
no ya tu rigor se esconda
donde tu piedad se envuelve.
Dios, y mantillas: oh ómo
el uso dichoso vuelve
de ouyo sagrado traje
desnudó al hombre la sierra.
Dios y portal, Dios y frío,
¿qué es esto? Dios, y pesebre,
oh pese a los corazones
que no saben ser albergues.

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OCTAVIO SMITH
El Cerco
Pieza en un acto
PERSONAJES:
El Condenado
El Guarda
El Capellan
La Esposa
LA Voz
Gelda de una cárce, con sólo lecho, silla o banqueta tosca y tosca cruz de palo en la pared. Convendría establecer dos planos de actuación, uno para las escenas realistas y otros para las de simbolismo, convención teatral o de evocación. En alguna parte del fondo, una pantalla apta para transparentar siluetas o proyecto sombras desde atrás.
La acción en país extranjero, oficialmente cristiano. Epoca actual.
ACTUO DEIJO
Entra el Condenado seguido del Guarda.
CONDENADO: (Echando una ojeada.) Mi última morada. No está mal. Es acosa. Mano aro de esquela. (No la arra.) No le falta su E.P.D. Estás serio. ¿Eras creyente?
GUARDA: (Sin asenbir.) Mejor es no jugar con ciertas cosas.
CONDENADO: Pues pasemos a otra. Siéntate.
GUARDA: Béjate de bronce. Si quieres comer algo especial dímelo para ordenarlo.
CONDENADO: Hay que cobrar, beh?... No, no quiero nada especial. Si supieras que nunca me interesó gran cosa la comida... Nada más que como recur-
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(1) Condenado (echando una opuesta): De acuerdo que este es mi sitio en morada, no me apretin en serra con una opuesta.
(2) Condenado (echando una opuesta): De acuerdo que este es mi sitio en morada, no me apretin en serra con una opuesta.
(3) Condenado (echando una opuesta): De acuerdo que este es mi sitio en morada, no me apretin en serra con una opuesta.
(4) Condenado (echando una opuesta): De acuerdo que este es mi sitio en morada, no me apretin en serra con una opuesta.

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so de citas galantes. Es agradable... perdón,
era agradable verlas irse poniendo suaves y acog
gedoras entre los buenos platos y el buen vino.
Tampoco te agrega el tema. ¿Eres casado?
GUARDA: Sí.
CONDENADO: Yo también. Pero en estos últimos años he comi-
do más con otras que con mi mujer.
GUARDA: (con la mano) Dicen que no dejó de asistir un
sólo día al proceso.
CONDENADO: (Burlón.) Cierto.
GUARDA: Y hace un rato estaba a la puerta de la cárcel.
CONDENADO: (Displicente.) ¿Sí?
GUARDA: (con la mano) ¿Por qué te niegas a verla?
CONDENADO: (Lígero.) ¿Por qué me niego a verla? Pues...
por delicadeza de sentimientos. Pero tú no com-
prenderías.
GUARDA: (con la mano irónica.) Socio toque. Expresiones.
CONDENADO: Me gusta la gente sencilla. Te explicaré. No es
muy viril hacerla malgastar ahora su compasión
después de haberla tenido abandonada tanto tiem
po, éno crees?
GUARDA: A ella le haría bien verte.
CONDENADO: Pronto no podrá verme más. Así se irá acostum-
brando.
GUARDA: ¿Sabes una cosa? No crób que seas tan duro como
pretendes.
CONDENADO: (Mirándolo de arriba a abajo.) En cuanto a ti,
en cambio, no hay que pensar mucho. Pareces lo
que eres.
GUARDA: (Conteniéndose.) Sí, me merezco esto. Siempre
me paso. El reglamento no exige tanto. Pero ten
dré paciencia, será por poco tiempo.
CONDENADO: ¡Vaya, también sabes ser mordiente!
GUARDA: Hasta luego. Avisa si quieres algo. No olvides
que nos mandan ser amables con los condenados

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CONDENADO: (Con angustia.) !Espera!... (El Guarda se vuelve.) No, nada. (Va al lecho y se acuesta con las manos detrás de la nuca.) De todos modos andarás cerca. Hay que cuidar de que no me le escape al verdugo. (El Guarda lo mira en silencio y sale. Después de unos momentos, el Condenado se incorpora, sombrío. Vuelve a entrar el Guarda.)
GUARDA: (Alargándole un cigarro.) Toma.
(El Condenado lo coge, el otro le enciende y los dos fuman en silencio, mirándose pensativamente de soslayo.)
CONDENADO: No te has acostumbrado aún. (Pausa.)
GUARDA: ¿A ver morir? (Pausa.) Es bueno que dos hombres fumen juntos... en silencio. (Pausa.)
CONDENADO: Haces bien suavizar la desproporción.
GUARDA: ¿Qué desproporción?
CONDENADO: La de todo esto... frenesí del Estado contra un hombre solo.
GUARDA: Desgluma mente hay que morir, tarde o temprano.
CONDENADO: (Plácido.) ¿No se te ocurre otro consueldo?
GUARDA: (Plácido.) Me parece mejor mirar las cosas de frente.
CONDENADO: (Gasi curioso.) éLuzco yo de los que se ablancan a última hora?
GUARDA: Creo que te portarás bien, pero no hay que exagerar la indiferencia.
CONDENADO: (Gasi sencillo.) En estos momentos no finjo. No se me importa nada. Dentro de unas horas no sé.
GUARDA: El momento más malo dura poco.
CONDENADO: (Asintiendo.) El de la soledad final. Pero se echo uno el mal trago de golpe y... a otra cosa.
GUARDA: Con todo, conviene guardar las formas, prepa-

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CONDENADO: (Burlón.) ¿Para la otra vida?
GUARDA: (Encogiéndose de hombres.) No sé. Prepararse.
CONDENADO: ¿Te preocupa a ti el después?
GUARDA: Cual siempre estoy más acuado que preocupado.
CONDENADO: Me preocupó de niño, cuando estaba más lejos. Pero entonces todo es claro, pues los niños buenos van al cielo donde estarán otra vez papá, mamá y la taza de chocolate con bizcochos. Más tarde sólo se piensa en ir viviendo. Es lo saludable.
GUARDA: Pero el vivir se acaba.
CONDENADO: Con esa obsesión no se logra ni vivir siquiera.
GUARDA: (Encogiéndose de hombres.) No sé.
CONDENADO: (Sin aspereza.) ¿No sabes hacer otra cosa que encogerte de hombres?
GUARDA: Por mi paciencia me mantienen este cargo. Se me olvidaba decirte que tenemos capellán, por si quieres...
CONDENADO: (Con burbón conte.) No, no quiero, gracias.
GUARDA: (Objetivo.) A algunos los conforta bastante.
CONDENADO: ¿No es más de hombre quedarse sin capellán cuan do no se cree?
GUARDA: (Encogiéndose de hombres.) La muerte es grave. Debe acompañarse de cosas serias, de ceremonias, de despedidas...
CONDENADO: (mirando el ocho, con un diablillo en los ojos.) Es solemne.
GUARDA: (Dejando pasar.) No, no quiero!
CONDENADO: La muerte de otro es solemne. La de uno mismo es menos grandiosa, es el escalofrío.
GUARDA: La muerte será lo que uno haga de ella.
CONDENADO: (Sin gir, teatral.) ¿Y a qué vendría tu capellán? ¿Quién podrá absolverme si yo mismo no me absuelvo?

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GUARDA: (Bastidor.) No te dés importancia. No eres el primer hombre que mata.
CONDENADO: No creas, soy un poco original. Yo maté al marido engañado.
GUARDA: Es una variante.
CONDENADO: (Cansado.) Pero no por eso salimos del tedioso lío de faldas.
GUARDA: El mal tuyo es querer ser distinto de todo el mundo.
CONDENADO: Pronto seré lo que nos iguala a todos, pronto seré polvo.
GUARDA: Hay poco que hacer sentigo. Demasiada resignación por una parte y por otra.
CONDENADO: ¿Preferirías verme desesperado, hecho un guiñapo?
GUARDA: Trato de que las cosas vayan como deben ir. En definitiva es para ayudarte.
CONDENADO: No me hagas caso. La ironía es mi manera de protegerme.
GUARDA: (Mirando por la puerta.) Por el pasillo viene el capellán. Mejor fuera que contra él no te protegieras mucho.
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CONDENADO: Yo no lo he llamado.
GUARDA: Ellos vienen sin que los llamen. ¡Nancas escrupulo!
sté. Este es buena gente.
CONDENADO: Me lo imagino. Un tipo gordo y viejo que me pon
drá la mano en el hombre y empezará: "Hijo mío..."
GUARDA: Te llevarás una sorpresa.
CONDENADO: ¿Tú crees?
GUARDA: Ya verás.
CONDENADO: ¿Por qué no acaba de entrar?
GUARDA: Está parado frente a la puerta, de espaldas. Ya
se vuelve.
CONDENADO: ¿Qué hacía?
GUARDA: Pregúntaselo tú.

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(Entra el Capellán, un sacerdote joven, enjuto, exaltado, a ratos inseguro, pero siempre ardiente.)
GUARDA: Buenas tardes, padre.
(El Capellán contesta con un saludo distráido de cabeza. Sale el Guarda.)
CAPELLAN: He venido sin que me llamarás, éte molesta?
CONDENADO: (Mientras estudia al otro.) En lo absoluto, padre. Comprendo perfectamente los deberes de su oficio.
CAPELLAN: (Dando unos pasos y con sonrisa lamentable.) ¿Oficio?... Sí, a veces hacemos de esto un oficio. Pero quisiera matar en mí la rutina. (Recobrado e intenso.) ¿Cómo decirte... con qué palabras hacerte ver todo lo que está en juego?
CONDENADO: (Despacioso, a la defensiva.) ¿Mi vida, padre?
CAPELLAN: Tu vida, que debe ofrecer un bello dibujo a los ojos de quien te la dió. Pero más, más que eso.
CONDENADO: ¿Mi alma, padre?
CAPELLAN: Tu alma inmortal, no creada tampoco para la muerte del pecado. Pero más, más que eso.
CONDENADO: (Siempre a la defensiva.) ¿Qué entonces, padre?
CAPELLAN: Una pasión.
CONDENADO: (Con leve sonrisa irónica.) ¿Su pasión por salvarme?
CAPELLAN: (Confundido.) Soy nuevo en el cargo. Eres el primer condenado a muerte a quien asisto. Tal vez me exceda un poco... (Recobrado, seguro.) Pero sé de ocierto que no es mi triunfo lo que busco. (Con una mirada a la cruz de palo.) Quie ro que el fuego de una pasión no haya ardido en vano.
CONDENADO: (Con desgana.) Ah, Aquella pasión.
CAPELLAN: No lo que El pasó sino por qué lo pasó. El no quería perder a uno solo de los que el Padre le confiaba. (En vezbajo.) Era casi su obsesión.

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CONDENADO: (Faseándose.) Grandes palabras. Como las que se ponen aquella boca. "EA dónde iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna". Como ve, conozco los Evangelios. Es interesante ese pasaje. Pedro confiaba ciegamente y eso es hermoso. Pero no le impidió negar tres veces al objeto de su ardiente confianza. Las grandes palabras son es-puma. Las olas de la vida... perdóneme el lengua-je florido. Las olas de la vida las llevan, las traen y las deshacen.
CAPELLAN: (Pensativo.) Guesta mucho consolidar las cosas aquí abajo. Toda una vida hace falta. Al final de sus días Pedro escapaba otra vez. Huía de Ro-ma, huía de la muerte. Pero regresó y pidió ser crucificado cabeza abajo.
CONDENADO: Fué complacido. La Providencia responde con las peticiones.
CAPELLAN: (En voz baja.) Hay muertes que debemos merecerlas.
CONDENADO: Mis jueces estimaron que yo merecía la que me van a dar.
CAPELLAN: Sabes que no hablo en ese sentido. Tú puedes hacer tuya esta muerte que te imponen.
CONDENADO: óCómo?
CAPELLAN: (En un susurro.) Aceptándola en remisión.
CONDENADO: óNo se me ve que soy todo aceptación?
CAPELLAN: Juegas a escabullirte. Y no critico tu coraje. El coraje es hermoso. Es una chispa de la majestad del Dios que nos hizo a su semejanza. Pero hay otro valor más noble y desnudo, hecho de humildad y no de arrogancia.
CONDENADO: No me atrae la humildad. Los humildes son un mite de las ideologías, un banderín de las arreglas.
CAPELLAN: (Con desaliento.) Los humildes tienen la promesa.

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CONDENADO: La prefiero. No le pido a nadie, hombre ni Dios, que venga en mi ayuda.
CAPELLAN: (Con sonrisa triste.) ¿Qué arrogancia puede haber cuando un hombre igual que tú, con sólo movimiento de brazo, puede hacer parar y entregar a la corrupción ese corazón de que tanto alardeas?
CONDENADO: La arrogancia de no temer.
CAPELLAN: ¿No será la de no demostrar temor?
CONDENADO: Acepto. Pero aunque sólo en eso consiste el tener agallas, vale la pena.
CAPELLAN: ¿Para quién harías la demostración?... ¿Para los que asistan a tu muerte y que te habrán olvidado al otro día?
CONDENADO: Para mi mismo.
CAPELLAN: ¿Parati, que enseguida serás un montón de polvo sin memoria?
CONDENADO: ¿Acaso es preferible morir como un ratón espantado?
CAPELLAN: Si no fuéramos más que polvo sería lo más consecuente, lo más humano. (Apartándose.) !Pero pierdo el tiempo arguyendo contigo sin serte de ayuda alguna! No vine a esto. No vine a convencer sino a acompañar, a esquirir tu angustia.
CONDENADO: (Impresionado.) ¿Qué hombre le guerreó asumir la angustia de otro?
CAPELLAN: (Sin mirar al Condenado.) Aquél por cuya boca hable Cristo.
CONDENADO: (Apartándose.) De nuevo las grandes palabras. "No soy yo, sino Cristo que mora en mí". San Pablo, no recuerdo que epístola.
CAPELLAN: ¿Por qué la palabra que oíste se ha evaporado en tí?
CONDENADO: (Esquivo.) No puedo aceptar a un Dios que muere. El debió desolavarse de la cruz y destruir

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CAPELLAN: Eso pedía también el buen ladrón antes de ser iluminado.
CONDENADO: (Aspero.) Soy más que ladrón. Soy un asesino.
CAPELLAN: ¿Asesino? He leído tu proceso. No planeaste la muerte que diste. Fué una acción impulsiva.
CONDENADO: No tan impulsiva. Maté al marido de la mujer que era mi amante. Nos sorprendió y lo maté. Pero fué un poco por cálculo. Preferí matarlo a la situación ridícula del amante que se escabulle. Nunca le dí la espalda a un enemigo.
CAPELLAN: Más limpio parece que cuando volvimos la espalda no dejemos detrás ningún enemigo. (Ingenuo.) De todos modos, tu acción es menos perversa que la del rey David.
CONDENADO: Honroso antecedente. Gracias.
CAPELLAN: (En lo suyo.) El ho mató de frente al marido de la mujer que deseaba. Se valió de mañana y astucias. Pero lloró y fué perdonado.
CONDENADO: Yo no quiero llorar ni ser perdonado.
CAPELLAN: (Como "de profundis".) Yo quisiera saber llorar por ti para que fueras perdonado.
CONDENADO: (Conmovido a pesar suyo.) Habla usted hondamente, padre... (Se recupera.) Pero conozco las trampas del calor humano. Los hombres alcanzan algunas veces la ternura y parece un cielo. Falso. A la larga sólo se cosecha sufrimiento.
CAPELLAN: (Debilmente.) óTe ha ocasionado alguno la ternura de tu esposa?
CONDENADO: (Rapido.) óLa conoce?
CAPELLAN: Me he informado de todos los detalles de tu caso. Sé que tuviste una hija que murió muy pequeña y sé que desde entonces fuiste otro hombre.
CONDENADO: (Sordamente.) Es cierto.
CAPELLAN: Ese sufrimiento no es desdeñable. Purifica. Bau-

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CONDENADO: (Duro.) No sé si bautiza de nuevo, pero sí sé que endurece. No se trata de mi dolor. ¿Qué justifica el desamparo de una criatura inocente que agoniza? ¿Dónde estaba Dios cuando la niña abría en vano su boquita, ahogándose?
CAPELLAN: Estaba en la Cruz.
(Pausa.)
CONDENADO: (Zafándose.) Fórmulas, padre. Lindas de decir y hasta de oir, pero sólo palabras.
CAPELLAN: Dejan de serlo cuando se sabe vivirlas.
CONDENADO: (En lo suyo.) ¿Por qué El oargó su cruz quiere que todos tengamos una?
CAPELLAN: (Debilmente.) La cruz estaba ya en el mundo, ca-da criatura con la suya. El lo que hizo fué venir a amar la de todos. También la de tu pequeña hija, también la tuya.
CONDENADO: (Brusco.) ¿Por qué se interesa tanto por mí y por mis cosas?
CAPELLAN: (Desamparadamente.) ¿Cómo hacerte ver que eres mi hermano en peligro, mi hermano que me necesjta?
(El Condenado queda un momento inmóvil, pero luego se desliga otra vez.)
CONDENADO: (Cansadamente.) Las palabras usuales salen distintas de su boca. (Se rebela.) Es usted hábil, padre.
CAPELLAN: (como para sí.) No quisiera, ciertamente, ser hábil.
CONDENADO: (Sarcástico, paseándose.) Lo venir. "El o-lo de tu casa me devora". Otro pasaje con que lo obsequio.
CAPELLAN: (Como antes.) No quisiera, ciertamente, ser sólo un guardián celoso.
CONDENADO: (Ativo o curioso.) Hay algo sin alto sobre lo que se estima sugerir.

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CAPELLAN: Un hermano que padezca por otro.
(Pausa. Tocado de nuevo, de nuevo el Condenado se desliga, esta vez con desaliento.)
CONDENADO: Las palabras son puestas en su boca, padre; pero yo estoy sordo... sin remedio.
CAPELLAN: (Que está de pie, volteando el rostro a la Cruz de palo, con lentitud.) Grees no poder oir y es que la Palabra no te ha sido dicha. El solo puede decirla.
CONDENADO: (Festivo.) ésa pobre figura en la pared, padre?
CAPELLAN: (Sin drlo, intenso y despacioso.) Decirla sin sonido en tu corazón, llegar hasta allí como un mar inmenso y delicado...
CONDENADO: (Festivo.) Estoy seco y a resguardo en la orilla, padre.
CAPELLAN: (Como antes.) Rodear tu corazón, y penetrarlo, y turbarlo, hasta que ya no puedas vivir sino anegado y perdido en esa atroz dulzura de sus olas silenciosas.
CONDENADO: (Serio.) La dulzura me abandonó hace tiempo.
CAPELLAN: Hasta que todo tú, de los cabellos a los pies, seas estupor y desamparo, el mismo desamparo clamante que El conociera.
CONDENADO: (Serio.) No hay estupor en mi. Sólo una larga pacienza.
CAPELLAN: Hasta que seas no más que sed que abrasa y pregunta y adivina, y aprendas a decir con El: "Dios mío, épor qué me has abandonado?"
CONDENADO: (Con sombría desolación.) He enterrado la sed. No sabría clamar.
CAPELLAN: (Como antes.) El solo puede decir la palabra. Este siervo suyo no la sabe. Este siervo suyo no va a morir y no acierta a asumir la angustia del que sí va a ser muerto.

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CONDENADO: (Sombrío.) Ha hecho usted un buen esfuerzo, padre.
CAPELLAN: El perdone a su siervo balbuciente, y se acuerde mi hermano y se acuerde mi desde Su Reino. (Sin más, inicia rapido el mutis. Deja al otro en otras manos.)
CONDENADO: ¡Espere! (El Capellán se vuelve con suave tranquilidad.) ¿Por qué se demoró en la puerta al entrar?
CAPELLAN: Rezaba... como ahora. (Sale resuelto y pensativo.)
CONDENADO: (A solas.) El curita sabe meterlo a uno en su juego. !Bah! Es el momento que me pone sensible.
(Gambio de luces, entra en acción la Voz; sin localización, nítida, calmosa, a ratos indiferente. Si se quiere, puede haber una vaga sombra varonil en la pantalla.)
LA VOZ: (Resignada.) Al menos, es una buena despedida.
CONDENADO: (Sin acusar nada, como es obvio.) Estoy en el juego. Es la hora del diálogo con las voces que son y no son uno mismo.
VOZ: (Indiferente.) Podrías darle otra a ella.
CONDENADO: (Pensativo.) ¿Otra despedida?
VOZ: Empezar y acabar con una palabra; perdón.
CONDENADO: Eso la halagaría. Le quedaría un recuerdo gra- to... por algunos años.
VOZ: (Con lentitud y desprecio.) !No seas cerdo!
CONDENADO: No estoy para soportar altruismos ni actitudes compasivas.
VOZ: (Como antes.) !Sigues siendo cerdo! Sabes que ella no vendría así.
CONDENADO: ¿Es que debo olvidar aquel inaguantable repro- che silencioso cuando yo llegaba a casa?... Ade- más, desde que comenzó el proceso nos hemos hablado.
VOZ: Ahora eres cobarde.
CONDENADO: Si se hubiera quejado alguna vez al menos...

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VOZ: ¡Nipóorita! éHubieras preferido la escenita de celos?
CONDENADO: (Gabizbajo.) No. Ha sido mejor como fué.
VOZ: (Objetiva.) En el tribunal estuvo siempre detrás de ti.
(Sombra del perfil de la esposa en la pantalla.)
CONDENADO: Pero nunca volví el rostro. (Pausa. Transición.)
By perfil en la ventana, dibujado por la suavidad del poniente... Eran las seis. Yo salía de casa para ver a ... (Se calla.)
VOZ: (Inamistosa y calma.) A las diez estabas luchando con aquel infeliz y quitándole el revólver y matándolo.
CONDENADO: (Rápido.) !Dejemos eso! (Pausa. Vuelta a evocar.) Parecía no cir mis pasos...
VOZ: Sabes que no te oía.
CONDENADO: Sí. !Qué facilidad para abstraerse y permanecer al mismo tiempo corporal e intocable! Una estampa iluminada de un códice.
VOZ: (Como al acaso.) Otra vez fué cuando recien casa-dos, en aquella ventana de hotel.
CONDENADO: Estuve largo rato sin anunciar mi presencia, contemplándola. Era delicioso pensar que aquel perfil me pertenecía, que con sólo unos pasos podía arrancarlo de lapágina del códice y tocarlo con mis labios... Es un bello recuerdo que llevarme.
VOZ: (Cruel.) óLlevarte?
(Desaparece la sombra de la Esposa.)
CONDENADO: Tienes razón. Pronto no habrá ningún recuerdo. Esa estampa, como la mirada y los gestos nerviosos del joven cura, todo será borrado.
VOZ: (Puntualizando.) Pulverizado, aniquilado.
(Hasta la cruz de palo desaparece en la negrura que invade las paredes.)

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CONDENADO: El cero, la nada, la negrura total, ni aún conciencia de la negrura.
VOZ: (Astuta.) Es defícil de imaginar. Probablemente imposible.
(Destácase otra vez la escena.)
CONDENADO: La nada no parece cosa nuestra. No habla el lenguaje de mi cuerpo.
VOZ: (Como antes.) No, no habla el lenguaje de tu cuerpo ávido, de tu sangre resistida a pararse.
CONDENADO: ÒIgnorará mi alma también ese idioma?
VOZ: (Desligándose.) He ahí la cuestión.
CONDENADO: Pero ella sí puede conservar el recuerdo.
VOZ: (Cortés e indiferente.) ÒTu esposa?
CONDENADO: Ya que no por mi, por ella es que debo hacer la llamar.
VOZ: (Como antes.) Magámoslo por ella.
CONDENADO: Es grato saber que se conmoverá. Algo quedará de mi. (Va a la puerta. Cambio de luces. En voz alta:) !Guarda!
GUARDA: (Entrando.) ÒQué quieres?
CONDENADO: ÒGrees que sea posible que me dejen ver a mi esposa? (Fausa breve.)
GUARDA: Está perfectamente permitido.
CONDENADO: ÒPodrías?...
GUARDA: ÒAvisarle? Ya lo créo. Dentro de poco la ten-drás aquí. (Inicio el mutis.)
CONDENADO: !Oye!...
GUARDA: (Volviéndose.) ÒQué?
CONDENADO: Gracias por todo. (No, no nos engañamos, hay una sonrisa en el rostro del Guarda, que sale encogiéndose de hombros. El Condenado se pasea nervioso. Pasan unos momentos. Entra el Guarda.)
GUARDA: Aquí la tienes. Te dejo von ella.
(Entra la Esposa y el Guarda sale. Silencio tenso de unos instantes. Los esposos se miran. Guando hablan, lo que quie-

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ten decir horada y trasciende lo que dicen. Dicho de modo más práctico, con emoción contenida. Tal vez pueden ir avanzando pero sólo hasta quedar a una cierta distancia expresiva.)
ESPOSA: Tu pelo ha blanqueado un poco.
CONDENADO: Tu estás más delgada.
ESPOSA: Pero tus ojos han vuelto a ser los de antes.
CONDENADO: Y tu rostro es el fino rostro de siempre.
ESPOSA: Mi piel reconoce tu voz. Está escrita en ella. Nada podrá borrarmela.
CONDENADO: Debes hacer que se borre. Ha callado demasiado.
ESPOSA: Yo tampoco supe hablar. Por orgullo.
CONDENADO: No, yo soy el orgulloso. Nunca dejé de contar con que vendrias si te llamaba.
ESPOSA: Yo nunca dejé de contar con que me llamarias.
CONDENADO: Te llamé para pedirte perdón, pero ahora veo que eso es bien poco.
ESPOSA: (en voz baja).- Es como si una parte de mi misma me pidiera perdón.
CONDENADO: Te envolvi en el escándalo vulgar, en la baja miseria del hombre.
ESPOSA: (con sonrisa triste).- Mi papel no fue el peor. Yo era la esposa desdeñada, el personaje simpático.
CONDENADO: Tú no fuiste hecha para ser compadecida.
ESPOSA: Un poco de humillación nunca nos viene mal.
CONDENADO: ¿Te importará saber que no he pedido ver a nadie más que a ti, que eres la única mujer que he querido?
ESPOSA: (Sin mirarlo).- Me importa. Saberlo me hace más bien del que estoy dispuesta a confesar.
CONDENADO: Siempre callaste. Parecia que los celos no te penetraban.
ESPOSA: (Como antes.) Me han desgarrado noche a noche en la soledad del lecho.
CONDENADO: Tu mudez me irritaba, pero facilitaba mis fecho-rías.
ESPOSA: El pudor se equivoca mucho. Sobre todo cuando es vergüenza y rencor ahogados.
CONDENADO: No puede haber rencor en ti. Siempre habita-

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bas un mundo más alto. Aún en mis brazos te escapabas un poco. Eso te hacía más deseable pero también más lejana.
ESPOSA: Siempre he formado parte de tí, a distancia, como desmembrada. Desde ahora mi tortura será habértelo ocultado.
(El, a espaldas de ella, la rodea o cerca con sus brazos sin tocarla.)
CONDENADO: No supe conquistarte del todo. Había que haberte arrancado de tu ser, encontrar la raíz de tu riqueza extraña, y extraerla y fundirla a mi.
ESPOSA: Un tiempo estuvimos fundidos uno en otro. Antes de la muerte de la niña.
CONDENADO: (Apartándose.) Eso lo cambió y trastornó todo. Casi estaba dispuesto a volver a creer en tu Dios, ya iba a misa los Domingos contigo... Pero un Dios que contempla impávido a una criatura inocente con aquella enfermedad horrible... No, me niego a comprenderlo. Por muy Dios y dueño de todo que sea, eso no es más que una crueldad ostentosa y absurda.
ESPOSA: (En una media voz intensa.) Yo no puedo comprender que te arranquen para siempre de mi; y porque no lo comprendo y no lo acepto sé que he de tenerte otra vez enlazado a mi cuerpo y a mi alma.
CONDENADO: (Con ironía triste.) ¿En la resurrección final?
EEPOSA: (Con vehemencia.) Cuando Dios lo quiera. Y sé que lo quiere, y que el tiempo después de la muerte será un soplo, porque no soy yo sino una voz que han puesto en mi la que te llama desde mi alma y desde mi carne.
(Están mirándose a los ojos.)
CONDENADO: Carne de mi carne y alma de mi alma.

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ESPOSA: Eso soy yo, tu esposa. Así nos bendijeron.
CONDENADO: (A los ojos de ella.) óPor qué no me hablaste siempre así?
ESPOSA: (A los ojos de él.) óOómo no supiste leerlo en mis ojos?
CONDENADO: (Apartándose.) Ciego y estúpido fuí. Merezco la ceguera total que me espera.
ESPOSA: (Con pasión.) No acepto que después no haya más que la tierra cegando tus ojos y tu boca. A Dios mismo se los reclamo y se los discuto... óPara qué me infundió esta hambre duración y de vida?... Y El sólo dejó a su Mijo tres días en el sapulcro... Tiene que salvarte y resucitarte un día porque yo te quiero.
CONDENADO: (En voz baja.) Sería... sería el deslumbra-miento.
ESPOSA: (Con ojos iluminados.) óCrees lo que yo creo?
CONDENADO: Creó que durar en tu amor es más de lo que nadie pudo merecer.
ESPOSA: (Impaciente.) No es eso... Este amor ni si-quiera es mío. No sé cómo decirlo... (Com desvarío.) Viene de los órígenes del mundo, me lo han sembrado en las venas... Sé que si yo me ofrezco tú te salvas... Y yo me ofrezco sin reservarme una sola fibra... Que pierda lo que más aprecio, !que me quede ciega! Que yo no sean para mi la luz y el color, las tardes del verano. !Que me quede ciega hasta que los ojos de él le sean devueltos, hasta que los dos podamos mirarnos a los ojos bajo Tu mirada!
(Ha caído de rodillas y llora. El Condenado se acerca y la levanta suavemente. Es ahora que se tocan y abrazan por primera vez.)
CONDENADO: (Acariciándola.) No quiero ese precio. Si hay que pedir perdón, a quienquiera que sea, lo

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pediré.
(La va llevando delicadamente a sentarla en alguna parte.)
ESPOSA: Dios te perdonará. Nadie más que El me enseñó a perdonar. (Trancisión.) ó Sabes qué pensaba cuando venía?
CONDENADO: (Tiernamente.) ó Qué?
ESPOSA: Vengarme. Presentarme tranquila, comprensiva. Sabía que así te irritaría...
CONDENADO: !Qué importa ahora eso!
ESPOSA: Pero cuando estuve frente a ti todo fué distinto. Ni siquiera pienso en el perdón. Sólo siento el horror de perderte.
CONDENADO: !Morir ahora que te he recobrado!
ESPOSA: NO me parderás. El no lo quiere. El no quiere perder a una sola de sus criaturas.
CONDENADO: Me han dicho ya lo mismo hace unos momentos.
ESPOSA: ó Quién?
CONDENADO: El capellán. (Recelando.) ó Le pediste tú que viniera a verme?
ESPOSA: Eué a visitarme él para saber cómo eras. Es un buen sacerdote... Pero para él todo es sencillo: sólo vela por tu alma. A mi no me interesa sino unida a ese cuerpo que ha sellado para siempre el mío.
CONDENADO: Este cuerpo sirvió para llenarte de fango.
ESPOSA: !Sólo sé que vas a morir!
CONDENADO: !Si se pudiera volver a nacer!...
ESPOSA: !No me importa el pasado!... !Dí la palabra que puede abrirnos el futuro!
CONDENADO: ó La palabra perdón? Ya te la dije.
ESPOSA: No a mí. A quien debe perdonarnos a los dos.
CONDENADO: Ese está muy lejos... Y calla demasiado. ó Cómo saber que nos perdona? (Sordamente.)
ÓY cómo presentarse ante nadie con las manos clientes a un crimen tan bajo y tan... sin sentido?

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ESPOSA: No hay crimen elevado y razonable.
CONDENADO: Un infeliz muerto después de deshonrado y una... pecadora que no sabía medir las consecuencias de sus actos. Es todo lo que tengo en mi haber.
ESPOSA: No hay crimen que no sea pobre y vulgar. Dios puede perdonarte. Eres tú quien no se perdoa... Por orgullo.
CONDENADO: Soy orgulloso... Pero tengo mi castigo. Maté con manos indiferentes y entre manos indiferentes acabaré. Pero mañana los lectores de la prensa tendrán con que entretenerse.
ESPOSA: No puedo oirte hablar así. Son palabras hela-das. Entierra de una vez el orgullo. Perdó-nate... dEs que no se te importa nada de mi?
CONDENADO: Por ti es que ahora quisiera no haber nacido.
ESPOSA: Eso es horrible. Yo voy a ser desgarrada, vas a ser extraído de mi como una viscera, pero no retrocedo. No reniego de uno solo de los días que he vivido. Siento en mi sangre que todos tienen algún sentido... Y que puedo volver a abrazarte con sólo que tú lo pidas conmigo.
CONDENADO: ¿A quién pedirle nada, a tu Dios tan distante?
ESPOSA: !Si estuviera aquí el capellán! El sabría hablarte.
CONDENADO: Todo lo bueno que se me hable vendrá de tu boca.
ESPOSA: (Con fiebre, negando con la cabeza.) Puede que Dios esté lejos pero Cristo está cerca. Cristo es de carne y hueso... Su sangre se apresura como la mía cuando ama... Y el ama siempre... Más de lo que yo sé quererte... No es una idea... (Por la céuz de palo.) Ese es... su retrato... !Ómo el de tus padres muertos! Fué un galileo que respiró, que sintió el sol en la piel... Y la clavaren una menos con

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las tuyas y las mías... Y murió como tú vas
a morir... y como yo quedaré muerta en vida
cuando tú mueras.
CONDENADO: óVes? Muerte y sólo muerte tenemos delante.
ESPOSA: !Sin muerte no habría resurrección!
(Tal vez el Condenado va a replloar pero entra el Guarda.)
GUARDA: Perdonen. La visita ha terminado.
(Pausa.)
ESPOSA: (Afarrándose al Condenado.) !Amor mío, amor
mío, qué horror el dejarte!
CONDENADO: Sé valiente como hasta ahora. No llores así.
Necesito de todo tu valor para conservar el
mío. (Como para sí.) Tal vez el para siempre
sea imposible.
ESPOSA: (Sonriendo entre lágrimas.) óEstás creyendo?
CONDENADO: (Luchando consigo mismo.) Es como un instinto, una voz en mi sangre... Déjame ahorra. Te prometo que llamaé al capellán. (La separa de si con decisión. Al Guarda.) !Llevátela!
(La esposa es llevada por el Guarda.)
CONDENADO: (A solas.) Como una viscera. Como una viscera es separada de mi. Y yo soy desgarra-do de ella.
(Cambio de luces para recepción de la Voz, que torna ahorra resonante, solemne, acosadora.)
VOZ: Llanto y desgarramiento de mujer cuando vi-
niste al mundo, llanto y desgarramiento de mujer cuando lo
dejas. No es para sentirse orgulloso.
CONDENADO: Ya no me queda orgullo. Sólo un inmenso can-
sicio.
VOZ: Hay que pensar. Piensa en aquel infeliz de-
rrumbado grotésicamente a tus pies, en aquella mujer gritando en un rinoón, afeada e
histórica, pobre bestia asustada.

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CONDENADO: Y yo, parado y duro, con el arma en la mano.
VOZ: óCómo un ángel?
CONDENADO: (Irritado.) No hay que burlarse. Era el án-
gel helado y absurdo que venía al vaso. El
vengador.
VOZ: óVengador de qué?
CONDENADO: Ácaso de la niñez y la juventud que prometie-
ron tanto en vano.
VOZ: óAsí que nada tiene sentido en esta vida?
CONDENADO: Nada. (Trancisión.) Sin embargo, óPor qué la
ilusión de la juventud? óPor qué ese lengua-
je que el corazón trae al nacer?
VOZ: (Insinuante.) óPor qué sabemos que lo absur-
do es absurdo?
CONDENADO: (Aspero.) Ya sé. Se opone a algo con senti-
do. óPero dónde está el sentido de la agonía
inútil de mi niña, de la injuria que mi es-
posa no ha merecido, de toda esta cosa des-
preciable en que me he visto envuelto casi
sin quererlo?
VOZ: Respóndete tú mismo.
CONDENADO: "Mis ocaminos no son vuestros caminos".
VOZ: "Dice el Señor"
CONDENADO: (Frente a la cruz.) "Mis ocaminos no son vuest-
ros ocaminos, dice el Señor". (Se revuelve
y aparta bruscamente.) !No, me niego! !Te
aprovechas del momento que atravieso!
VOZ: óQué momento? óNo eres tú el que decía que
basta con echarse el mal trago de golpe?
óNo es natural morir? Qué puede haber más
hermoso que volver al seno de la inmensa ma-
teria sin alma, de la materia inconciente y
apaciguada?
CONDENADO: !No, no me basta! !Quiero ver, quiero sentir!
VOZ: !Quieres el perfil de tu esposa en la venta-

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na abierta a la tarde!
(En la pantalla, perfil delirante de la Esposa, con los labios entreabiertos.)
CONDENADO: 1La belleza es inocente, la belleza no debe morir!
VOZ: !Ese perfil purísimo y tú rodarán hechos polvos por los espacios, brillando bajo millones de soledad (Desaparece el perfil de la Esposa.)
CONDENADO: !No, no me basta! !Juro que no me basta!
VOZ: (Solemnísima.) Entonces, esqucha: "Muerte; édónde está tu victoría? Muerte, édónde está tu aguijón?
CONDENADO: !Pablo de Tarso vió, yo no veo!
VOZ: !Puedes triunfar de esta muerte denigrante, puedes hacerla tuya!
CONDENADO: (En un clamor.) édómo?
VOZ: !Puedes ofrecerla!
CONDENADO: édofrecerla a quién?
VOZ: !Te lo han dicho!
CONDENADO: !Dios está lejos!
VOZ: !Cristo está cerca!
(Pausa.)
CONDENADO: (Hambriento, de cara a la cruz.) Un galileo que parecía Dios.
VOZ: Un galileo que no podía ser sino Dios. équién habló como El hablara. !Recuerda, recuerda! !Míralo cansado y sereno, rodeado por ruines y mediocres, diciendo: "El que no tenga pecados que tire la primera piedra"!
CONDENADO: (Sordamente.) Hubo un tiempo en que no podía repetir estas palabras sin ahogar un sollozo.
VOZ: (Cargada de reproche.) !Qué has hecho de tu adolescencia!
CONDENADO: !Qué he hecho de mi adolescencia, qué he hecho de mi vida!

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VOZ: ¡Un galileo que respiró como tú respiras!
¡Y sufrió la naúsea de la muerte como tú vas a sufirla! ¡Y triunfó de la muerte como tú puedes triunfar!
CONDENADO: Sería demasiado bello que fueras Dios, galileo.
VOZ: óPor qué temerle a la belleza? ¡No te amas lo bastante para creer!
CONDENADO: No me amo, pero nadie debe saberlo.
VOZ: Lo sabemos tú y yo.
CONDENADO: óNo eres tú yo mismo?
VOZ: No estés tan seguro de que otras veces no sepan colarse y hablarte desde tu corazón. Alguien puede haber enseñado a tu esposa a amarte como te ama.
CONDENADO: Ella no ha visto bien mi corazón bastardo!
VOZ: Alguién puede ver allí lo que tú no sospeches. Repasa lista de sus preferencias: la adultera, el publicano, el hijo que mal-barató su hacienda con meretrices...
CONDENADO: Hoy ha sido día de revelaciones.
VOZ: !Un sacerdote extraño y ardiente como nunca viste otro! ¡Y ella! !Ella hablándole a tu cuerpo mortal desde su cuerpo atensado por la esperanza!
CONDENADO: (A la cruz.) Me has puesto cerco, hebreo lejano.
VOZ: Te ha puesto cerco el Hebreo Cercano, el Hebreo Sufriente.
CONDENADO: (A la cruz.) Te encarnaste, oliste el heno, la humedad casi humana de la noche.
VOZ: venía a rescatar también el cuerpo ávido. "El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitará en el último día".

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CONDENADO: ¿Por qué me malgasté en tantos abrazos estériles?
VOZ: Para que hoy sintieras el calor, la comunicación.
CONDENADO: (En delirio.) Todos los hombres convocados.
VOZ: ¡Todos sin faltar uno! Reunidos en la noche olorosa, impulsados a callar y cogerse de la mano bajo el enigma insinuante de las estrellas de oro.
CONDENADO: (Huraño, rompiendo el encantamiento.) Pero con la muerte se dialoga siempre solo.
VOZ: ¡Oye todo lo que desciende a tocar tu corazón!
CONDENADO: Mi corazón es duro. (En voz más baja.) Aunque tiene miedo.
VOZ: ¡Oye el nombre de la criatura, no otro que Hambre y Temblor!
CONDENADO: Pero he de ser la miseria que clama, la derrota.
VOZ: ¡Mira la consumación, mira el reposo que triunfa!
(Pausa. La pantalla transparenta un Cristo torturado y gótico.)
CONDENADO: (Rebelde y a la vez desgarrado por la compasión, señalando hacia atrás sin volverse.) ¿El guiñapo sangriento, el macerado?
VOZ: ¡Bebe su sangre, bebe el zumo de la maceración, bebe el reposo!
CONDENADO: ¡No vienen las palabras!
VOZ: ¡Dilo! ¡Desde lo profundo clamo a Ti, Jesús alzado sobre el mundo!
CONDENADO: (Articulando con dificultad.) Desde lo profundo... clamo... a ti.
VOZ: (Apremiante, en un crescendo.) ¡Acuérdate de mi... acuérdate de mi...!
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(Pausa breve.)
CONDENADO: (Prorrumpiendo ante el Cristo del fondo.)
!Acuérdate de mi, galileo, acuérdate de mi
cuando estés en Tu Reino!
(Ha caído de rodillas.)
TELON
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ISABEL Y EL RETABLO INTRUSO.
(Misterio amable en dos actos con un prólogo)
Personajes:
La Niña
La señora
El esposo
Menestral Primero
Menestral Segundo
Menestral Tercero
Menestral Cuarto (que no habla)
Isabel
La Madre
Julita
Carlos
Voz de la Cocinera
El Desconocido
El Mendigo.
PROLOGO
Un traspatio cubano, lindante con un camino sombreado por árboles patriarcales que cruza la escena a foro. Su estado es de total e inspirador abandono. La vegetación aparece silvestre y desordenada, una baja y ruinosa cerca de madera, con su portada maltrecha, lo separa del camino. En la mitad izquierda -del actor- tiene un pozo de efecto muy romántico con su piedra musgosa, su arco de hierro forjado y su polea... sin soga; está tapiado y sobre él, ya sabremos para qué, hay un cubo con agua. En la mitad derecha, junto a la cerca, se alza un árbol frutal pequeño y marchito, a cuyo pie se hallan las tablas y trocitos de madera con que jugará la Niña. El lateral derecho -siempre del actor- lo ocupa la tapia del patio de la casa en el cual, por lo que alcanza a verse o a sugerirse, todo respira atención y esmero, subrayados en la portada de acceso al traspatio, deslucida en el lado que mira a este y flamante por el otro. En toda la decoración debe abundar el cartón, el artificio sin disimulos. El lateral izquierdo es lindero con despoblados o ajenas propiedades que no nos interesan. La entrada del patio al traspatio, a la derecha, está hacia el primer término. Hay otros dos accesos a escena, a derecha e izquierda, por el camino del fondo.
La escena está iluminada por luces salteadas que le dan un aspecto de entreacto. Aparecen, al fondo, el Menestral Primero por la derecha y el Segundo por la izquierda, moviendo los labios y accionando como si ensayaran sus papeles. El Primero es hombre maduro, un poco pomposo y mandón. El Segundo es unos diez años menor y de ánimo taciturno y melancólico. Cuando han dado unos pasos, mirándose sin verse, advierten al público.
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MENESTRALES PRIMERO Y SEGUNDO. (a la vez). ¡Ah! Ya están ustedes ahí... (Se interrumpen, y cada uno se inclina y le sonrie cortésmente al otro, mejor dicho, sonrie sólo el Primero). Perdona.
PRIMERO. Habla tú.
SEGUNDO. No, hazlo tú.
PRIMERO. De ningún modo... Bueno, lo haré yo. (A los espectadores) Es grato que podamos empezar de una vez; siempre se pone uno nervioso... Creo que ya está todo listo. A ver: el árbol marchito, la vegetación desordenada, el noble pozo en desuso, las inocentes maderitas de la Niña... En efecto, todo dispuesto. Bien, lo que se ve es el traspatio de la morada de la protagonista. Así lo ha querido el autor. Yo pienso que hubiera dado lo mismo que fuera el patio. Queda más a mano. Al traspatio sólo se va a recoger limones, a cazar lagartijas... Por cierto que yo cuando niño...
SEGUNDO. (en reconvención, señalando al público). ¡Por favor!
PRIMERO. Tienes razón, Je je... Ustedes perdonen. En fin que eso del traspatio ha de tener su valor simbólico. La obra se autodefine como un misterio... Ya saben, la explanada frente al atrio de una catedral de la Edad Media, a la sombra de la enorme fachada esculpida, sombra húmeda y profunda como una cripta. Por eso, nosotros, sencillos aunque diestros trabajadores manuales en este pequeño pueblo de provincias, nos llamaremos sonoramente menestrales. Eso, (paladea la palabra) ¡menestrales!... (Vualve a su discurso) Yo y... (interrumpiéndose, al Segundo). Eh, ¿dónde anda ése?
SEGUNDO. (señalando).- Por ahí llega. Ya lo conoces.-
PRIMERO. (cruzado de brazos y cabeceando mientras mira al Menestral Tercero, un jovenzuelo que entra con toda calma por la derecha del foro). Si, ¡ya lo conozco! (A punto de explotar). Saluda, ¿no?
TERCERO. (sonriente). ¿Cómo están?
PRIMERO. ¡Al público, idiota! ¡Inclínate! (El Tercero obedece imperturbable; él, después de resoplar, prosigue:) Decía que este (por el Tercero) y yo somos herreros. Oirán los alegres ruidos de la fragua que tenemos por este lado. (Indica la derecha). No hay duda de que se trata de un oficio ilustre, de prosapia mitológica. (Sonrisa modesta). He leído un poco... En cambio, este otro menestral ejerce también un oficio digno y hasta espectacular, pero más apagado. Es albañil... Trabaja en una edificación por este otro lado (a la izquierda). La manipulación de ladrillos sobre un andamio, la pala que sabiamente dosifica la mezcla son, nadie lo duda, nobles y estimulantes, pero no pueden compararse a la fiesta del

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martillo saltarin sobre el yunque... Aquí tenéis, pues, a los tres entendidos y cultivados menestrales de la obra...
TERCERO. Perdón, son cuatro menestrales.
PRIMERO. (furibundo) ¿No sabes contar? (al público, recalcando) Nosotros tres...
TERCERO. (tozudo y plácido).- Hay un cuarto menestral, ¿dónde está?
SEGUNDO. (aburrido). ¿Qué más dá? (al Primero). No hagas caso, continua.
PRIMERO. (con fuerte resuello. Nosotros tres somos los menestrales de la obra. Bien, prosigamos. (A los otros dos). ¿Qué se les olvida?
TERCERO. Nada, que yo sepa.
PRIMERO. (conteniéndose). Tienen que venir acá. (al tercero). Tú, a mi derecha. (Al Segundo). Tú, a mi izquierda. Debo poner a cada uno paternalmente el brazo sobre el hombre, Así... Vamos a empezar. ¡Salga la Niña! (Desde el patio entra ésta, muy dispuestica, saluda graciasamente a los espectadores y atiende al menestral Primero). ¿Sabes lo que has de hacer? (La Niña asiente enfaticamente con la cabeza, las manitas a la espalda. El menestral está muy ablandado) Ve a tu sitio, anda. (Ella se coloca en cuclillas bajo el árbol, junto a las maderas) Ahora, nosotros. (Se hace una media luz especial, distinta a la irregular del comienzo, que será patrimonio del coro).
CORO DE MENESTRALES. (en voz alta, e ilusionada). Son las cuatro de la tarde un radiante día de Junio, tal vez, de Julio, del año del Señor de mil novecientos... (Prolongan la última silaba como haciendo memoria y después, encogiéndose plácidamente de hombros, salen, el Primero y el Tercero por la derecha y el Segundo por la izquierda. Se hace la radiante luz indicada. La Niña juega con las maderas; fuera de escena se entremezclan ruidos de loza y cacharros de cocina con los tineantes golpeteos de la fragua y con trinos de pajaros y otros sonidos campestres).
VOZ DE LA COCINERA. (adentro, cantando chillona y perezosa, opacando los otros ruidos).
Igual que un mago de oriente, con poder y ciencia rara, logré romper las cadenas que sin piedad me ataban...
(Cesa. Siguen los ruidos entremezclados. La Niña, ora ladea la cabeza enjuiciando su obra, ora se pone de pie y medita con los brazos en jarras.)

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VOZ DE LA MADRE. (fuera de escena, musicalmente). ¡Bichito!
(La Niña, como si con ella no fuera).
VOZ DE LA COCINERA. (adentro, cantando)
Saltó en mil pedazos como fina copa...
(Casa. Entra el Menestral Segundo por la izquierda, más condolido de si mismo que nunca, con su pala de albañil y con las manchas de cal propias del oficio)
MENESTRAL SEGUNDO. (cantando a media voz mientras camina hacia la derecha).
Saltó en mil pedazos...
(Se interrumpe y detiene, y mira cariacontecido a la Niña. Hablando). Hoy ni me mira. (Reanuda la marcha y el canto, esta vez con letra propia)
¡Qué lúgubre es el día que sigue al domingo!
(Sale por la derecha)
VOZ DE LA MADRE. (adentro, más cerca). Si, ya sé, en el traspatio ha de andar. (Melodiosa) ¡Bichito!
LA NIÑA. (sin dejar el juego ni alzar la voz). ¿Qué?
VOZ DE LA MADRE. (más alto). ¡Bichitoooo!
LA NIÑA. (alto). ¿Qué?
VOZ DE LA MADRE. ¡Tu merienda está lista!
LA NIÑA. ¡Ya voy!
VOZ DE LA MADRE. ¡Se te enfria!
LA NIÑA. ¡Ya voy!
VOZ DE LA MADRE. ¡No te le digo más!
LA NIÑA. ¡Ya voy! (Pero no va. No le satisface nada su obra: la desbarata con un afectado suspiro de persona mayor y recomienza, tomándose todo su tiempo. Han cesado, hace unos instantes, los ruidos de la herrería, pero siguen de fondo los otros. Entran por la derecha del foro los Menestrales Primero y Tercero tiznados y sin herramientas).
PRIMERO. (respirando a pleno pulmón). ¡Qué sombra deliciosa! (En tono brusco). ¡Hay que tener listo el encargo para mañana, tú!

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TERCERO. (con toda calma). ¡Por mi... Tú fuiste el que quisiste suspender el trabajo diciendo que había mucho calor. (Ignora la mirada furibunda del Primero). La Niña hoy no nos ha hablado.
PRIMERO. (enternecido). No la distraigas; su juego es más importante que la conversación con nosotros. Sigamos, acabemos de llegar a la mar. (Mutis de los dos por la izquierda. Silencio singular e inmóvil en el aire cristalino. Entra por la izquierda la Señora, que lo es joven y muestra una linda cara angustiada y un vestido modesto y muy limpio. Llega a la portada de la cerca y, con un fatigado suspiro, mira al pozo y a la Niña).
LA SEMORA. ¿Querrias darme un poco de agua? (La interpelada se pone de pie y la inspecciona un momento en silencio).
LA NIÑA. El pozo no se usa. Está tapa... tapiado.
SEMORA. ¡Ah!
NIÑA. Pero el cubo tiene agua. (Se refiere al que se ve sobre el cubierto brocal del pozo). Yo llené en la pila del patio.
SEMORA. ¿Tú solita?
NIÑA. Yo puedo... ¿Quieres que te lo alcance?
SEMORA. (sonriendo en medio de su preocupación). No mi ángel, gracias. Yo voy allá. (Pasa al traspatio y se sirve y bebe en el hueco de la mano con gracia extremada, secándose después manos y boca con un breve y radiante pañuelo).
NIÑA. (que no le ha quitado los ojos de la cara). ¿Por qué estás tan seria?
SEMORA. Busco a mi niño.
NIÑA. ¿Se perdió? (Un silencio).
SEMORA. (como haciendo el recuento para si). Por la festividad de estos días, subimos a la ciudad del Santuario, según es costumbre. Al volver, advirtiendo que no estaba con nosotros, creimos que iba en la comitiva de regreso, y lo buscamos entre nuestros parientes y conocidos; como no lo hemos hallado, rehacemos el camino.
NIÑA. ¿Es desobediente?
SEMORA. Nunca lo ha sido. Temo que le haya pasado algo.
NIÑA. Yo me porto bien.
SEMORA. (sin poder dejar de sonreir). ¿Qué estabas haciendo?

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NIÑA. Una casita, pero me sale mal.
SEÑORA. (mirando a la izquierda). Ahí llega mi esposo. (Se le ocurre algo). Pienso que... creo que tenemos tiempo de que él te ayude. Eso es algo de su oficio... (Entra el esposo). Es un hombre fuerte, grave y pausado, en quien no desentona nada el ser bastante mayor en edad que la Señora, y que viste pantalón y saco, también modestos y pulcros).
ESPOSO. (algo desalentado). Nadie lo ha visto pasar... Y todos lo conocen bien. Ya no nos queda casa, barrio ni pueblo por preguntar. (Recobra la firmeza). Seguiremos a la ciudad.
SEÑORA. ¿No podrias ayudar a esta niña?
ESPOSO. (asombrado). ¿Ahora? (Resignado). ¿A qué?
SEÑORA. A terminarle su casita. Tú puedes... será cosa de un momento. (Pausa).
ESPOSO. (suspirando). Bien. (Saca una grande y flamante cuchilla, se arrodilla donde lo estaba la Niña y pone manos a la obra. La escena queda en penumbra y los tres personajes inmóviles en su posición. Entra por el foro, no se puede ver bien por dónde, tal vez emanado del telón del fondo, el Menestral Cuarto, que es un niño o doncel vestido de aprendiz de artesano medieval. Porta una casita de madera sin pintar, con el techo inclinado a dos aguas y huecos de una puerta y dos ventanas en la fachada. Andando de puntillas, se llega a la cerca y coloca la casa dentro del traspatio, de manera que oculte las maderitas que manejaba la Niña, hace una graciosa reverencia y, también de puntillas, se retira y desaparece tan silenciosamente como entró. Vuelve la luz total, se animan los personajes. El Esposo se levanta, cierra y guarda la cuchilla, se sacude las manos y dice:) Ya está... ¡Lástima de un poco de pintura!... (A la Señora). ¿Nos vamos?
SEÑORA. (asintiendo prestamente con la cabeza y acercándose y besando a la Niña). Adiós, mi ángel. No te olvidaré, pediré para ti lo mejor. (Salen ella y el Esposo a toda prisa por la derecha del foro. La Niña no ha dejado de mirar su casita. Se arrodilla y le pasa la punta de los dedos con arrobo. Le viene algo a la mente, va a la portada).
NIÑA. (mirando con vaguedad a la derecha y gritando). (Gracias! (Vuelve a su juguete inesperado).
VOZ DE LA COCINERA. (Cantando).
Yo ambicionaba un paraiso para ti, tú eres el ángel que merece estar allí...
(Cesa).
NIÑA. Aquí un caminito, aquí unas maticas... (Se pone de

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pie). ¡Mamá, ven a ver!... ¡Mamá! (Sale corriendo por la derecha, primer término. Se hace la media luz intemporal del coro. Entran los Menestrales Primero, Segundo y Tercero, por donde salieron respectivamente la última vez, y se sitúan de cara al espectador, el Primero al centro, notando de una ojeada la casita).
TERCERO. (indiscreto). ¿Quién trajo la casita? Se nos habia olvidado.
PRIMERO. (entre mohino y trascendente). Había, pues, un cuerto.(sic) [huerto o cuarto]
SEGUNDO. Somos siempre con alguien más. (Despaciosamente se voltean el Segundo y el Tercero, hasta darse mutuamente la espalda y quedar de perfil al espectador; de cara a éste, el Primero da un paso al frente y forman así un triángulo o los tres vértices de una cruz).
CORO DE LOS TRES MENESTRALES. Sería cosa de elevar la queja al autor. Una exposición detallada, razonada, explicita, digna, a la vez mesurada y enérgica. Creíamos sabernos nuestros papeles -que no escogimos, sino que nos fueron asignados- y he aquí... que... Pero ¿qué hacer más que seguir las indicaciones? Suyo es el plan, suyo el efecto tal o cual que nos desconcierta. El lo sabrá. No con frivolo desenfado, sino con una alegre, vivaz cordura, encojámonos de hombros. (Haciendo el gesto). El lo sabrá. Por otra parte, hay señales... No supongamos prejuicios en contra de una conclusión venturosa. (Aspiran con fuerza). Huelen bien estas frondas... Conocimos la tarde, la tarde que se abría simple y radiante... (Quedan así, aspirando con fruición el aire y la esperanza).
TELON
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ACTO PRIMERO
Escenario: el mismo traspatio del prólogo, sólo que transfigurado, convertido en el jardín o huerto que Isabel calificará de "severo y fragante". El árbol está ahora a la izquierda del actor y es un árbol frutal florecido que sombrea un banco de madera, con espaldar, pintado de blanco; el pozo vetusto no existe, pero a la derecha se ve una fuente de fino diseño. La cerca, nueva o rejuvenecida, está flamante. Empieza un buen día de verano, diez o doce años después. Al levantarse el telón Isabel está de pie en el sitio donde estuvo la casita de la Niña, y su ceño y concentración son los de quien trata de fijar un recuerdo escurridizo. Va hacia la izquierda y casi en seguida retorna al mismo sitio, dando la espalda a la entrada a escena que hay en la derecha del foro. Por aquí aparece el Menestral Tercero, que es ya un hombre adulto y viene silbando y sin herramientas. Ve a la mucha, deja de silbar y, siempre por el atajo, la sobrepasa hacia la izquierda sin dejar de mirarla y se detiene, piropeador.
TERCERO. Esta matica yo no la conocía. ¡Y que dá una flor preciosa!
ISABEL. (mirándolo derecha y plácidamente). Buenos días.
TERCERO. (cortado). Eh... Buenos días... Así que... así que la casa está habitada de nuevo.
ISABEL. Si, señor; después de tantos años.
TERCERO. (ya con aplomo). Más de diez. ¿Es la misma familia que vivía antes?
ISABEL. La del antiguo médico del pueblo.
TERCERO. ¡Su papá, seguro que es su papá! Salíamos mucho a pescar en mi bote, y también a cazar caimanes en los manglares. Le entusiasmaba el mar. Nunca comprendí por qué vivió siempre aquí, a la orilla del pueblo. Lo pasaba muy bien conmigo, y yo con él. Hasta que se mudaron a la ciudad. Era triste la casa vacía.
ISABEL. Era triste. Por eso quise volver.
TERCERO. (ojeando el traspatio con aire emprendedor). Color.
ISABEL. Perdón, ¿qué dice?
TERCERO. (como antes). Hojas moradas, grandes y asperas en las esquinas y, al lado, más abajo, otras que hay de un verde que parece nevado. (A Isabel). Aralia creo que la llaman... ¡Ah! digo lo que debe sembrarse en el traspatio.
ISABEL. (tímidamente). ¿Antes... habia de esas plantas?

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TERCERO. ¿No lo recuerda?
ISABEL. (como avergonzada). No.
TERCERO. Usted... porque era usted, tiene que haber sido... No tiene hermanas, ¿verdad?
ISABEL. Soy hija única.
TERCERO. Pues usted siempre andaba jugando por aquí. A la entrada del traspatio esperaba y recogía yo al doctor cuando nos ibamos de pesca. Este camino lleva más rápidamente al mar que la carretera del frente. El traspatio estaba entonces muy descuidadado, pero así se llevaba mejor con este atajo solitario. Creo que sólo mis amigos y yo lo usamos. Ahora pasamos muy salteadas veces, pero cuando usted era así (indicando con la mano la estatura de la Niña) y nos saludaba y nos hablaba desde la cerca, cruzábamos diariamente yendo al trabajo por la mañana y regresando por la tarde. El camino es tan nuestro como el traspatio. (Entra la Madre por la derecha delantera y él, al verla, adelanta alegremente el saludo) Muy buenos días, señora.
LA MADRE. (que es una dama de buen porte y suave ironia). Buenos los merezcamos.
TERCERO. ¿No me recuerda, señora?
MADRE. (distinguida y acogedora). Sí, ya lo creo. Usted es...
TERCERO. El herrero.
MADRE. El herrero de oficio y pescador de afición.
TERCERO. ¿Está el doctor en casa?
MADRE. No, sólo estamos de temporada. El vendrá los fines de semana. Le dará mucho gusto volver a verlo a usted.
TERCERO. ¡Qué bueno es saberlos otra vez en el pueblo!
ISABEL. (con satisfacción). Ha sido por mí, yo siempre quise volver.
MADRE. (irónica). ¿Siempre?
ISABEL. Bueno, lo dije a principios de este año, pero si bien se mira...
MADRE. Sí, lo dijiste cuando tu padre pensó vender la casa. (Al Menestral). Hacían una buena oferta, pero ella se opuso. Se le despertó un cariño enorme por todo esto...
ISABEL. Se me despertó, no; revivió, mamá.

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MADRE. ...y como su padre con ella es durísimo, pues aquí estamos. Y parece que, mediando Dios, vendremos todos los veranos. Volveré a ver a mi esposo partir de madrugada con usted, rumbo al puerto.
TERCERO. Por mí no ha de quedar, sino tan pescador como antes... Ahora tengo que ir al trabajo. Me despido. Saludos al doctor, señora. Le conseguiré las plantas, señorita. (Sale por la izquierda del foro.)
MADRE. Un buen hombre. Y era un simpático muchacho. Tendría tu edad de ahora cuando nos fuimos. Lo educaron muy bien de niño... A tu padre le encantaban las correrías marinas con él; lo mirababa casi como a un hijo. Pasaban horas y horas conversando... o conversando él y tu padre oyendo.
VOZ DE LA COCINERA. (adentro, cantando con voz cascada y lenta).
Vuela, gentil mariposa
que alegre vuelas de flor en flor...
(Cesa. Ruidos de loza y calderos).
MADRE. ¿Por qué no nos deleitará alguna vez con una canción completa?
ISABEL. Está muy vieja.
MADRE. Siempre ha hecho lo mismo. Entre un plato fregado o una cazuela destapada, un trozo de una canción que sólo ella conoce. (Deja el tema). ¿He de oir que dejaste dormir la mañana para venir a husmear en tu traspatio?
ISABEL. (imitándola). Pues sí, has de oirlo. (Se acerca a ella y las dos se besan riendo). Pero, no creas, dormí hasta después de las siete.
MADRE. ¡Si a ti, en vacaciones, todavía a las diez hay que sacudirte!
ISABEL. En cambio, tú, la madrugadora, te has levantado a las nueve.
MADRE. (justificándose). Es muy natural; el viaje y la llegada a deshora me agotaron... ¿Y qué es de tu inseparable Julita?
ISABEL. (que revolotea por el lugar). Más dormilona que nadie. ¿Dejarás que se queda todo el verano? (Sigue el revoloteo distraído).
MADRE. La pregunta sobra.
ISABEL. (deteniéndose, con cara de congoja) ¡Mamá, no lo

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encuentro.
MADRE. ¿A quién?
ISABEL. A mi traspatio.
MADRE. (riendo). ¡Qué cosas tienes!... Pero estos cambios tú los quisiste.
ISABEL. Porque me puse a fantasear como una tonta... como una tonta infiel. Pero ahora él está aquí, oculto detrás de todo esto, y me reprocha y me acosa.
MADRE. No digas niñerías. ¿Ya desayunaste?
ISABEL. No, quería hacerlo contigo. ¡Pues sí, mamá! ¡El me asedía, toma su desquite! Me habla en cuchicheos para que yo no entienda, salta de un lugar a otro a mis espaldas. ¿Qué voy a hacer con tantas emanaciones sin cuerpo? No hay nada afuera, todo está en mi paladar, en mi olfato, en mis sienes... Roces, fragancias... Los aromas son lo más punzante. Pero no puedo fijar nada. ¡Es una fiesta a la que no puedo entrar, mamá!
MADRE. No seas chiquilla, ven.
ISABEL. ¡Pobre de mi pozo... (Con jubilo), ¡El pozo! ¡Qué bien lo he recordado!... ¿Cómo pude preferir la fuente?
MADRE. Cuando nos fuimos, hacia muchos años que no se usaba.
ISABEL. Más noble todavía de su parte. ¡Quedarse ahí en pie, tan digno, cuando nadie hacía caso de él!... Aun me parece que huelo y toco su piedra musgosa. (Vehemente). ¡La toco, la aspiro! ¡Voy recobrando mis cosas!
MADRE. Mi niña, mi niña, ¿qué ha de quedar para ti si te desbordas de esa manera por todo? (matizado) ¿qué ha de quedar para mi?
ISABEL. Tú sabes mejor que yo que esa fuente no se agota. ¡Lo que has derrochado en mí... y en papá, que es tan seco! ¿Crees que no me sé de memoria tus miradas cuando él no te ve?
MADRE. No hables de lo que no sabes... Y tu padre no es seco.
ISABEL. Es como debe ser para que podamos quererle sin trabas... a traición.
MADRE. (entre alarmada y risuella). ¿A traición?
ISABEL. Si, aún contra su deseo.
MADRE. ¿Qué tu padre no lo desea?

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ISABEL. Bueno, sin que él lo note... Como cuando está leyendo en la sala, junto a su lámpara, y me acerco y lo beso, y él me palmea distraído la cara... No te hagas la escandalizada, que tú eres de la misma madera. Sólo que tú te lo callas. Pero se te escapa por los ojos, o en uno de esos hermosos gestos tan tuyos. (Se sienta en el banco). ¿Sabes que ya sé de dónde vienes?... Anda, ven a sentarte aquí.
MADRE. (de pie). No, tenemos que desayunar... ¿De dónde vengo?
ISABEL. De un aposento en Florencia, hacia 1495...
MADRE. ¡Uy! ¡Qué alta anda hoy la fiebre! (Se sienta junto a Isabel).
ISABEL. ...estás sentada y miras con rara sonrisa al balcón luminoso, mientras el huésped español habla de las Nuevas Indias.
MADRE. (acariciándole el cabello). Isabel no ha dicho si le gusta el traspatio que ella ideó, ni su aspero padre entendió sus indicaciones.
ISABEL. Las entendió y se han seguido punto por punto. Esto es severo y fragante. (A media voz). El huerto de Julieta o de Beatriz antes de que llegara nadie. Una espera que arde plácidamente... como en un convento.
MADRE. (de pie). ¿Al convento hemos llegado? Punto final. (le tiende la mano). ¡A la casa!
ISABEL. (dejándose conducir). A las cuatro de la tarde, con esos grandes árboles de por medio, la luz sonará como una viola.
MADRE. (detenida para contemplar también). Y el viejo traspatio, ¿ya está olvidado?
ISABEL. (intrépida). No, también está aquí. Lo desentrañaré poco a poco. (La Madre reanuda la conducción y las dos salen por la derecha primer término. (Casi inmediatamente entra por la izquierda el Menestral Tercero, con una planta de hojas de color agudo en un tiesto).
MENESTRAL TERCERO. (decepcionado). No está. (Mirando hacia la izquierda y entredientes). Ahora se le ocurre a ese aparecerse (Vacila un instante y después, apurado, deja el tiesto en el traspatio y finge un despreocupado mutis por la izquierda, donde lo intercepta el Menestral Segundo).
SEGUNDO. (que está más viejo e igualmente melancólico). ¡Hombre, qué bien me vienes! Acompañame a ver al viejo.
TERCERO. No puedo, me esperan clientes en la herrería. Y ya

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tomé café con el hoy temprano, como todos los días.
SEGUNDO. ¡Bah! Tú nunca estás apurado. Vamos, ven conmigo. Me divierte verlos conversar a los dos.
TERCERO. ¿Te divierte a ti algo? (Aquí, el Menestral Primero, que ya peinas canas, entra por la derecha con sus herramientas).
PRIMERO. ¡Ah! El albañil y el Joven Maestro laborando sin descanso.
TERCERO. (con sorna). Y el Viejo Maestro, ¿en qué se afana?
PRIMERO. (digno). El viejo maestro va a terminar un trabajo a domicilio.
SEGUNDO. ¡Oigan! ¿No se han dado cuenta del tiempo que hacía que no nos reuníamos los tres en el viejo camino?
PRIMERO. (superior). El Aprendiz tuvo a bien separarse. Puso taller propio. Así puede entrar y salir a su antojo... e irse de pesca cuando le parece.
SEGUNDO. Y el albañil hoy está aquí, mañana allá. ¿Qué taller posee como no sea el ancho día reverberante?
PRIMERO. Una posesión hermosa y árdua.
TERCERO. La familia ha vuelto. La casa ya no está vacía.
SEGUNDO. Tuve a mi cargo los innecesarios cambios. Readaptaciones los llamaron.
PRIMERO. (como un abuelo). Isabel, la pequeña Isabel.
SEGUNDO. (escueto, sin lirismo). La menuda aborigen de las selvas del traspatio.
TERCERO. (soñador). La jovencita que sabe mirar derechamente.
(Están dispersos y en diferentes posiciones por el camino. Se hace la media luz patrimonio o engendradora del coro)
CORO DE MENESTRALES. ¿Por qué hemos sido convocados y de qué se nos pide testimonio? El día parecía destinado a hospedar sus gradaciones de luz y sombra, sus jubilos, hallazgos, menoscabos y agüeros de costumbre. ¿Por qué sentimos la mirada especialmente fija? Ella ha sido atraída, respira ya en el marco deseado. Sabemos que es de fiar, pero... ¡no se la deje del todo a solas! Alguna vez, cuando vacile, iséale apuntado el además justo, la réplica atinada! Ese cuerpo tendido como un arco por su alma, esa alma tendida como un arco por... quien sabe hacerlo; ese gracioso arco tendido puede echarse a temblar

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como la sed más pura. (Pausa. Vuelve el día total). (Ellos recobran su temporalidad).
PRIMERO. Sigo viaje, ¿quién me acompaña?
SEGUNDO. Yo, precisamente iba a verte.
PRIMERO. Pues vamos; nada mejor que conversar ando.
SEGUNDO. (al tercero). ¿No vienes con nosotros?
TERCERO. (esquivo). No. Tengo que hacer por este lado. (Indica con vaguedad la derecha).
SEGUNDO. ¿De veras?
TERCERO. (seco). ¿Por qué no?
SEGUNDO. Por nada, hombre. Hasta Pronto.
TERCERO. Hasta pronto. (El Primero hace un ademán vago y amistoso y sale con el Segundo por la izquierda. El Tercero aguarda a que se alejen. Ya a solas, medita, se amustia, mira a la planta y al traspatio, al traspatio y a la planta. De pronto, se decide. Recoge el tiesto y lo tiene en la mano para llevarse el cuando por la derecha, desde la casa, entran Isabel y Julita).
ISABEL. ¡Ah, me trajo las plantas prometidas!
TERCERO. (elusivo). Una de ellas.
JULITA. Viene que ni pintada para el jardín del frente de la casa.
TERCERO. Si... Por eso me lo llevo.
ISABEL. ¡Cómo que se la lleva!
TERCERO. (con seriedad, mirándola). Fue un error tonto. Al traspatio no le falta nada.
JULITA. (que lo ha inspeccionado todo con la mirada). Exacto, está bien como está. Me gusta. Sería un crimen afladirle lo más mínimo.
ISABEL. (toda buena voluntad). Pues yo creo que esa planta luciría muy bien. La pondríamos aquí... o, mejor, de ese lado... No. Ya está. Allí: para que al crecer cubra la cerca.
TERCERO. (con sonrisa triste). En ninguna parte, señorita. Que hay que hacer con esa matica es botarla.
JULITA. ¿Botarla? ¡No! Déjemela a mi.

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TERCERO. (mirando solo a Julita). Le traeré otra mejor.
(Con sonrisa forzada). Hay que pagar las equivocaciones. ¡Mire querer echar a perder este lugar, algo tan ajustado, tan completo!
ISABEL. Su idea también era ajustada. Usted pensaba en el viejo traspatio, el que yo había olvidado.
TERCERO. Este es el que vale; no hay que soñarlo... Tengo que irme. (Repuesto y franco, a Julita). Encontraré algo bueno para el jardín del frente. (A las dos). Tendrán que verme pasar muchas veces más, este atajo es mi órbita. (Sale por la izquierda. Breve silencio).
JULITA. (con aparente indiferencia). ¿Quién es?
ISABEL. Un antiguo amigo de papá. Salían mucho de pesca juntos.
JULITA. Es joven.
ISABEL. Era un muchacho cuando vivíamos aquí.
JULITA. ¿Lo conoces de entonces?
ISABEL. No lo recordaba. Pero hablé con él hoy mismo mientras tú dormías.
JULITA. (mirando al camino). Mucho ha pasado mientras yo dormía... Es simpático. Parece un obrero.
ISABEL. Es herrero. No es una mancha.
JULITA. (irónica y ponderativa, a la nada). ¡Fué fulminante!
ISABEL. (paciente, divertida en el fondo). ¿Qué cosa, Julita?
JULITA. La conquista. Como un rayo partió a buscar la matica prometida.
ISABEL. Es una persona amable.
JULITA. No lo sería tanto con una fea. (Con un suspiro). Pero con la misma rapidez comprendió que la dorada Isabel era inalcanzable.
ISABEL. (con asombro burlón). ¿La dorada quién?
JULITA. (a la nada). Ella es tan natural, tan ingenua. Ella no puede imaginar los estragos de su sonrisa.
ISABEL. (siempre divertida). Hace tiempo que estás con eso. En decirme coqueta.

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JULITA. No coqueta, pero sí irresponsable.
ISABEL. (risueña y soñadora). ¿Qué hay de malo en ser acogedora, en saludar y sonreir a todo el mundo en la luz de una mañana de verano?
JULITA. Pues que es muy fácil que el acogido se crea alegido. Después tiene que irse cabizbajo, con su matica debajo del brazo.
ISABEL. Ese muchacho no se figuro nada... (Transición, apenada y pueril). ¿Crees que sin querer lo haya herido?
JULITA. (afectuosa). No bichito, no te castigues ahora con esa idea. No es para tanto.
ISABEL. (aún aniñada). Yo no soy el bichito que era cuando mamá me lo decía.
JULITA. Lo sigues siendo... Pues si, al joven herrero se le pasará pronto. Tú no le has dado pie. (Sin aguijón). Tú sólo has sido como ores.
ISABEL. (junto a la cerca, de espaldas al expectador, con un suspiro). ¡Todo podía ser tan fácil!
JULITA. (con otro suspiro, junto a la cerca, del otro lado, resignada y también de espaldas). Pero no lo es.
ISABEL. (vuelta despacio hacia el expectador y como para si). Ni el espejo, ni esa vaga confianza en una misma dicen lo que otros ojos revelan.
JULITA. (idéntico juego, concierto de monólogos). Un día no somos ya más compañeras de juegos. Lo ha dicho la mirada sorprendida de cierto muchacho.
ISABEL. ¿Por qué esa como suplica deslumbrada en sus ojos? ¿Quién hace de mí la rara promesa que soy sin saberlo? La mirada comueve.
JULITA. Debo estar de pie en el umbral, con la lámpara a punto, en espera del que llega.
ISABEL. He sido puesta en el umbral como una lámpara. Nada es mío. Se me dio la provisión de aceite, la llama que susurra, la dorada lumbre que se esparce.
JULITA. Y luego, isería tan triste decepcionar!
ISABEL. El extraño solicitante parece un enviado. ¿Cómo dejarlo ir sin nada? (Suave despertar, Se miran).
JULITA. Oye, temo por el pobre Carlos.

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ISABEL. ¿A qué viene eso de el pobre Carlos?
JULITA. Temo que con él estás siendo sólo acogedora.
ISABEL. Carlos es ni novio.
JULITA. Pues él dice que a veces te le vaporizas, te le vas de entre las manos.
ISABEL. Asi que han andado confidencias.
JULITA. Sabe que soy tu amiga y quiere indagar. Está preocupado.
ISABEL. Ahora me preocupas tú a mi.
JULITA. Tú siempre estás un poco escapada, un poco fuera de alcance... Mira, yo misma no estoy segura a veces de ser tu amiga Julita.
ISABEL. ¿Qué eres entonces?
JULITA. ¡Qué sé yo! A lo mejor sólo la amiga, esa que todo el mundo tiene que tener. Vaya, que no es por mí, por lo que soy. A otra que no fuera yo le tendrias el mismo afecto... no sé, humanitario, diría yo.
ISABEL. (picada). ¿Es que no me crees sincera?
JULITA. (sin contestar). Además, nunca se ve que necesites de otro... Y es muy bueno para la amistad sentirse uno necesario. En el amor eso ha de ser más fuerte aún.
ISABEL. (bajito). ¿Quién dice que yo necesite de otro?
JULITA. Y Carlos piensa parecido. Dice que él no quiere que lo quieran como al prójimo, sino como al futuro marido.
ISABEL. (clamando risueña al cielo). ¡Tropa celeste! Hoy es el día de la observación inteligente. "La amiga", "tu amiga", "El prójimo"... Confieso que no entiendo gran cosa.
JULITA. Yo si me entiendo. (Pausa). Es irritante que no me irriten esas interjecciones particulares tuyas. Siempre tiene que ser "Tropa celeste" u otra parecida; nunca es "caramba" ni "caracoles" ni... Lo peor es que nada en tí luce afectado.
ISABEL. Mira qué mañana más clara y sin complicaciones. ¿Por qué no la imitamos y sencillamente nos vamos a que conozcas el pueblo? Es el pueblo de la infancia de tu amiga Isabel.
JULITA. Buena es mi amiga Isabel. (A regañadientes). Vamos. (Viendo que la otra se ha ido a contemplar, desde la cerca, el camino). ¡Vamos! ¿Qué esperas?

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VOZ DE LA COCINERA. (adentro, cantando con cachaza).
Te llevaría a un rinconcito muy lejano
donde no hubiera ni la sombra del dolor...
(Cesa. Breve pausa).
JULITA. (de mal humor). Menos mal que sus entusiasmos duran poco.
ISABEL. Creo que canta mentalmente y después empata en voz alta. Nunca he podido oir la canción completa.
JULITA. Mejor. No creo que valga la pena.
ISABEL. (soñadora). A mi me recuerda las tardes de calma chicha, cuando papá me llevaba a pasear por el puerto. El aire parecía la piel del verano. Hay una escena, no sé si vista o imaginada, que es como un símbolo. Un muelle de piedra, a la sombra, la mido por un mal liso; pescadores, en mangas de camisa echados y dispersos; olores y sonidos de alimentos que se frien... Alguien, en medio del grupo, rasguea como al descuido una guitarra. Todos callan, pero nadie parece escuchar. ¿Qué esperan? Es una espera sin esperanza. O mejor, una espera a pesar de todo. Es el verano alto y enjuto, que sabe arder y esperar sobriamente.
JULITA. (todavía malhumorada). Por más que busco no encuentro nada de eso en la canción.
ISABEL. (cantando a media voz)
"donde no hubiera ni la sombra del dolor"
(Hablando. Risueña). De alguna manera está en ella; en la tonada perezosa y pobre y hasta en la pobre letra. (Contenta). Esa canción tiene a mi infancia. (Suspiro de satisfacción). Voy recuperando lo perdido. Sólo me falta ahora reencontrar a este camino por donde nadie pasa.
JULITA. Pasa, por lo menos, tu amigo el herrero.
ISABEL. Un herrero, un menestral. Los nobles oficios antiquísimos.
JULITA. Supongo que, cuando por fin vayamos a conocer el pueblo, tomaremos la carretera asfaltada. Por esta senda encantadora sólo conseguiríamos rompernos los zapatos.
ISABEL. (con el ceño fruncido y en el sitio en que estaba al comienzo del acto). El árbol estaba entonces aquí... Y aquí recibí yo la visita... Pero no recuerdo de quién.
JULITA. ¿De qué hablas?

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ISABEL. (sín oirla). Sólo siento que es algo por lo que debo pagar.
JULITA. ¿Por lo que debes pagar?
ISABEL. Si. Y fue algo traido por el camino. ¿No te parece que está fuera del tiempo?
JULITA. En de otro tiempo, si atendemos a su estado.
ISABEL. No es eso... No parece empezar en ningún lugar de estas tierras... Ya só, viene de Ur de Caldea. Por un atajo así debieron llegar los mensajeros solemnes.
JULITA. Si no conociera tus cosas...
ISABEL. Por aquí puede llegar un enviado como los de entonces, vestido de modo corriente, con cierto aire de gravedad amable. (Entra Carlos por la derecha del foro, vestido deportivamente, a espaldas de Isabel y de frente a Julita, que lo ve).
JULITA. (con jubilo). ¡He aquí un enviado!
ISABEL. (volviéndose). ¡Carlos!
CARLOS. (con ojos sólo para Isabel). ¿Hay un poco de agua para un peregrino cansado?
JULITA. ¿Cómo es que llegas por aquí?
CARLOS. (a Isabel). Tu mamá dijo que aquí estaban y le di la vuelta a la casa. Quise sorprenderte en tu querido traspatio. (Cordial). ¿Qué tal, Julita?
JULITA. (intencionada). ¡No se te esperaba tan pronto!
CARLOS. (sonriendo). Hoy es mi día libre en el hospital y quise aprovecharlo bien. Hice el viaje en menos de tres horas.
JULITA. ¡Corriste!...
CARLOS. (absorbiendo la intención). Ajá... pero les que no van a invitarme a entrar?
ISABEL. Desde luego que sí, hombre. Ven. ¿No quieres pasar mejor a la casa?
CARLOS. (ya en el jardín). No. Aquí se está bien. Muy buena idea la de ese techo de árboles.
JULITA. Creo que son tan antiguos como el camino.
CARLOS. Pero esto es flamante y refinado. (A Isabel). ¿Salió de tus instrucciones?

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ISABEL. Papá fue el que se las dio a los trabajadores.
CARLOS. Un banco bajo el árbol florecido y una fuente. El marco justo para Isabel.
JULITA. ¿Te quedarás a almorzar?
CARLOS. Si. Tu mamá me ha invitado. Isabel.
ISABEL. Siempre estás invitado en casa.
CARLOS. Eso es lo que siempre me dice tu padre.
ISABEL. Yo también te lo digo.
JULITA. Eres casi de la familia.
CARLOS. (a Isabel). El doctor es un padre para el joven interno que elige como su ayudante; tú eres muy adicta a tu padre, luego...
ISABEL. No sé querres decir... Pero, ¿por qué no hablamos sentados? Cabemos los tres en el banco.
JULITA. Voy adentro un momento. Quiero cambiarme los zapatos para el paseo. Carlos irá con nosotros, ¿no?
CARLOS. Yo voy a donde ustedes quieran. (Sale Julita, Isabel se sienta y él, de pie, la observa un momento en silencio). ¿Por qué te fuiste sin llamarme, Isabel?
ISABEL. (con embarazo). No pude... Con los preparativos del viaje se me fue el tiempo...
CARLOS. Tarde y noche, en mi guardia del hospital, esperé la llamada. Cuando me decidi a hacerlo yo, ya se habían marchado.
ISABEL. (apenada). ¿Llamaste?
CARLOS. Llamé. ¿Tampoco pudiste telefonear desde aquí?
ISABEL. ¿Por larga distancia? ¿A medianoche?
CARLOS. Nunca te ha importado la hora para llamarme.
ISABEL. Lo he hecho cuando estudiabas para un examen, para darte animo.
CARLOS. Tú siempre cuidándote del prójimo.
ISABEL. Tú no eres el prójimo. Eres Carlos, mi novio. Ya sé que estuviste hablando con Julita.
CARLOS. ¿Te molesta?

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ISABEL. Me preocupa.
CARLOS. No sé por qué. El preocupado debo ser yo.
ISABEL. Justamente por eso me preocupo. Si todo va bien ¿la qué andar imaginando cosas?
CARLOS. No todo va bien. Te niegas a fijar fecha para la boda. Hablas quedado enarme una respuesta definitiva antes de venir, pero no llamaste.
ISABEL. No llamé porque estuviste muy pesado ayer por la mañana. (anifiada). No sé a qué viene ese tono de... conquistador conmigo.
CARLOS. (deplorablemente ablandado). No soy conquistador, Isabel; no te he conquistado a ti. (junto a ella). Te lo he dicho otras veces. En ese Antiguo Testamento que te sabes de memoria está la figura que eres para mí. Tú has de venir de lejos como Rebeca, la encontrada junto al pozo. Has de venir a un país donde ya las fiestas están preparadas y amos y servidores te aguardan con impaciencia.
ISABEL. Ayer no hablabas así.
CARLOS. Por impaciencia. La que nace de estar a tu lado. Se te ve sonreir, moverte, se te oye hablar, y se piensa que no es posible que seas real. Pero luego se toca tu mano, se siente tu calor y advierte uno que sí, que se te puede ceñir, tener entre los brazos. Que la orante de perfil, la estampa del libro, tiene venas azules, rojas arterias y organos rojos y cálidos, latidos, piel temblorosa... (Isabel se deja besar. Sorprendido:) Nunca te has dejado besar tan fácilmente. (Isabel se aparta).
ISABEL. (conmovida). Ves en mí algo que me excede mucho.
CARLOS. Déjame seguir engañado. No huyas, no me acercaré. ¿Cuándo nos casamos, Isabel?
ISABEL. (juiciosa). Antes debes de encaminarte en tu carrera.
CARLOS. (impaciente). No te va el disfraz de mujer práctica, de práctica no tienes nada. Eres fantasiosa.
ISABEL. ¿Yo fantasiosa?
CARLOS. A tu modo tranquilo, pero lo eres. Quiero saber qué fantasías te hacen postergar la boda.
ISABEL. Ya te dije quiero estudiar.
CARLOS. ¿No te basta con tu secundaria, con tu erudición en pintura? Ni a tu padre ni a mí nos gustan las mujeres
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sabihondas. Además, después de casados puedes seguir con tus láminas del Renacimiento y tus libros sagrados. No te impediré nada.
ISABEL. Tengo que decirtelo todo.
CARLOS. (alarmado). ¿Todo?
ISABEL. No quise volver aquí para escaparme a la infancia, como me decías ayer... Pero no digo nada. Te vas a reir.
CARLOS. Todavía no sé si voy a reirme o a enfurecerme. Habla de una vez.
ISABEL. ¿Me oírás comprensivamente?
CARLOS. Habla.
ISABEL. Fue a principios de año, cuando papá habló de vender esta casa. Se trató el asunto una noche en la comida. No le presté mucha atención, la realidad es que tenía olvidados a la casa y al pueblo. Más reacio a la venta parecía papá. La casa se pasaba los años vacía e inútil, pero fue su hogar de recién graduado... y donde nació yo...
CARLOS. (irónico). Comprendo.
ISABEL. ...llegaste tú y olvidé el tema; pero una vez acostada me desvelé...
CARLOS. ¿Tú, tan dormilona?
ISABEL. ...me desvelé y, cuando pude dormirme, soñé. (Silencio).
CARLOS. ¿Por qué te callas? Sigue.
ISABEL. Fue un sueño raro, tan inmotivado como nitido. No creo en revelaciones, en sueños, o no creo merecerlas...
CARLOS. ¿Ahora se trata de revelaciones?
ISABEL. No puedo hacer otra cosa que contarte el sueño.
CARLOS. Escucho.
ISABEL. (después de una pausa). Debo ser pequeña porque desde un plano bajo miro a una señora que, junto a la cerca del viejo traspatio, en medio de una luz radiante de verano, me pide algo, va descubierta. Veo con toda precisión su cara, que parece escapada de un cuadro, pero que me es familiar.
CARLOS. (irónico). ¿No estará en alguno de tus libros de láminas?

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ISABEL. No. Ya la busqué. No está. ¿Puedo seguir?
CARLOS. Sigue.
ISABEL. Después cambia la escena. Es un campo despoblado, de algún modo cerca de aquí, pero que no reconozco. Acaba la tarde. El aire está inmóvil, plateado, sobrecogido. Sólo se ven siluetas de matojos de un tono cobrizo muy oscuro...
CARLOS. ¡Esa pintura!
ISABEL. ¡Si sigues así, no digo más!
CARLOS. Por favor, no me hagas caso. Trato de restarle importancia a lo que me inquieta. Continúa, te lo ruego.
ISABEL. En ese campo está la misma señora, que lleva ahora, de la cabeza a los pies, un manto de color... Bueno, un manto. Me mira, sonrie, pero en sus ojos hay ansiedad. Me hace señas de que me acerque. Ya soy como ahora. Ella echa a andar, alejándose. Desde lo alto de un monticulo se vuelve y repite el llamado sin palabras. Después, desaparece detrás del monticulo. (Un silencio),
CARLOS. ¿Qué más?
ISABEL. Nada más. Eso es todo.
CARLOS. (recapitulando). Y por ese sueño impediste la venta de la casa y nos tienes a todos aquí.
ISABEL. No me fue dificil convencer a papá.
CARLOS. Era de esperarse.
ISABEL. (en su asunto). Pero procedi ligeramente. Quise un jardín renacentista en lugar del viejo traspatio. ¡Tonta de mí! Fue para huir de algo.
CARLOS. Del algo que al mismo tiempo, te ha hecho venir.
ISABEL. (tímida). Si, le temo un poco.
CARLOS. De modo que la Madonna te ha dado cita en los campos de tu infancia... (Estallando). ¡Isabel, déjate de chiquilladas y casata commigo!
ISABEL. (suave). Así no. Siempre quieres imponerte... Lo que necesito es saber. Aclara mis dudas. Eres ocho años mayor que yo.
CARLOS. Pero no soy tu padre ni tu tío.
ISABEL. Eres mi novio, mi primer novio... Tú siempre has sabido lo querías. Eres médico y te gusta tu carrera. Yo

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soy débil, vacilante...
CARLOS. Yo no diría vacilante sino inapresable.
ISABEL. ¿Por qué, queriódote como sé que te quiero, me parece que si me caso traiciono a... este lugar, a algo ocurrido en él?
CARLOS. Porque eres una niña a quien su padre ha mimado demasiado.
ISABEL. Me siento sola, no mimada. Como cuando me acercaba a la cerca en ruinas a ver pasar personajes fabulosos, con gozo y a la vez con miedo.
CARLOS. (medio distraído). Son simples fijaciones. Antes con el bendito traspatio y ahora con este huerto semiitaliano.
ISABEL. (como para sí). Un traspatio cubano en la amistad de las hierbas silvestres y las lagartijas, y de un pozo olvidado y noble...
CARLOS. (por decir algo). La poesía no puede sustituir a la vida.
ISABEL. (absorta). Y el camino los puede traer.
CARLOS. (sugestionado a pesar suyo). ¿A quiénes, Isabel?
ISABEL. (como antes). A ellos, a los enviados.
CARLOS. (impresionado). No podría, desde luego, disputarte contra... (En el juego de ella, pero iluminado por lo que se le ocurre). ¡Isabel, yo he llegado por el camino! No fue una ocurrencia, fue una inspiración la que me hizo rodear la casa para sorprenderte. Mi corazón latía extrañamente cuando venía en tu busca. ¿No ves que todo se aclara? Has sido atraída para que acaben tus dudas. Vengo a tomar posesión de lo que me estaba reservado.
ISABEL. (análogamente envuelta). ¿Crees en lo que dices?
CARLOS. Creo y te quiero y te necesito. Es el gesto que tú sola puedes hacer. Bajarás la cabeza como la rama que se inclina, accederás, acercarás el fruto, como el pasaje de los apócrifos, Isabel.
ISABEL. Sienta que no podría dejarte ir con las manos vacías.
CARLOS. Dame tus manos.
ISABEL. (dándoselas). ¿Qué he de hacer, cerrar los ojos?
CARLOS. Cierra los ojos.

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ISABEL. Hecho. Ya Isabel no ve, otro ve por ella. (Pasado un instante, entra Julita).
JULITA. Perdonen la interrupción, pero tu papá está al teléfono, Isabel. Ahora habla con tu mamá. (Pausa. La pareja la mira distraída).
ISABEL. ¿Papá?. (A Carlos, apenada). Volveré en seguida. (Vacila y al fin sale apresuradamente).
JULITA. ¿Todo arreglado?
CARLOS. (entredientes, mirando a la casa). Ahora se me volverá a escapar.
JULITA. ¿Qué dices? ¡Si lucián los dos encantados!
CARLOS. Ella estaba conmovida, no encantada. Todo pende un hilo.
JULITA. Pero, ¿qué es lo que pasa?
CARLOS. Qué sé yo... Todo por esas maniáticas lecturas en que están tú y ella desde hace meses, o por ese sueño caprichoso.
JULITA. ¿Qué sueño?
CARLOS. No me hagas contártelo, bastante que me impresionó cuando se lo escuchaba. A ti también te encantará, dile que te lo cuente.
JULITA. (algo insinuante). ¿Piensas que soy un eco de ella?
CARLOS. (ajeno al tono). No, tú estás de mi lado. (Para si, con resolución). Sea lo que sea, está claro que yo no lleno su vida. Tendrá el campo libre.
JULITA. (sincera). ¿Romper después de todo este lindo noviazgo?... ¡Es una chiquillada!
CARLOS. (sin oirla). ¡Buen enviado soy! ¿Dónde están mis credenciales?
JULITA. ¿Qué dices?
CARLOS. Nada... Digo que ella es rara. No la halaga que la soliciten, la enternece. Y casi parece que la importunamos. Es como acercarse a la orante del perfil delicado. Por un momento nos mira sin vernos. Una estampa de libro de horas.
JULITA. Ella siempre parece colmada. Algo de eso le decía yo antes de tu llegada. (Honrada). Pero a ti te quiere, estoy segura.

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CARLOS. Ella quiere fácilmente.
JULITA. Es distinto. Tú eres su hombre.
CARLOS. ¡Si antes de mí no había conocido a ninguno!
JULITA. Eso no. Siempre ha tenido donde escoger.
CARLOS. Eran sus tiempos de princesita de aula. No los tomo en cuenta.
JULITA. Aunque la apena tanto herir, no le hizo caso a nadie.
CARLOS. Y después del aula apareció yo.
JULITA. Si, tú fuiste su regalo de graduación.
CARLOS. Déjate de ironías. Sé por qué digo lo que digo.
JULITA. Yo también. Si tú no la has impresionado ¿quién lo va a lograr?
CARLOS. Julita, que el momento no es de bromas.
JULITA. Por lo menos te hecho sonreir. Vamos, hombre,jarriba ese animo! No abandones el campo. Tú sabes cuánto me gustaría verlos casados.
CARLOS. Por tí es que voy a tratar de anudar el cabo suelto. La abordaré en cuanto vuelva. Tiene que fijar la fecha. (Entra la Madre).
MADRE. Carlitos, he mandado preparar, con todo lo necesario, el plato que te gusta. No tendrás queja alguna.
CARLOS. En su casa siempre resulta de primera. (La Madre sienta en el banco).
MADRE. ¿Te gusta el lugarcito de Isabel?
CARLOS. Es como para ella. (Silencio).
MADRE. ¿Qué les pasa? Los veo un poco mustios.
JULITA. Esperamos a Isabel. Vamos a ir al pueblo.
MADRE. La dejé hablando con su padre. No tardará mucho,él está ahora en el hospital. Supongo que no se irán por este camino selvático.
CARLOS. (sonriendo). Todo depende su hija.
JULITA. Yo haré porque salgamos por el frente. (Entra Isabel).

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ISABEL. Papá siempre haciendo un ratico para saber de mí. Manda saludos para ti, Julita, y para ti, Carlos. ¿Listos para el paseo? (Carlos se le acerca)
CARLOS. (por lo bajo). Dejemos el paseo, quiero seguir hablando contigo, Isabel.
ISABEL. (alto). ¡Si podemos hablar por el camino! Apenas nos queda tiempo, dentro de poco será la hora de almorzar. ¿Vamos? (Silencio. Carlos se está un momento inmóvil y después gira en redondo)
CARLOS. (a la Madre). Señora, no puedo quedarme al almuerzo. Olvidé que debo ver a un paciente particular.
JULITA. ¡Cómo!
ISABEL. ¡Carlos, no!
MADRE. ¿Qué es eso, muchacho? ¿No puedes irte en cuanto terminemos?
CARLOS. Son más de tres horas de viaje. Debo partir ahora mismo... No se molesten, me voy por donde vine. (Sale por donde entró).
MADRE. ¿Qué ha sido?... ¿Qué ha pasado, Isabel?
ISABEL. No sé, no puedo explicarme.
JULITA. ¡Isabel, tú si podrías explicarlo!
ISABEL. Bien, si, puedo explicarlo; pero ¿no ves que no puedo evitarlo?
(Sale llorando y corriendo rumbo a la casa. Julita y la Madre se mirán).
VOZ DE LA COCINERA. (adentro, cantando).
Una mujer que en su mirar risueño lleve en sí la placidez del infinito...
(Cesa. Los dos personajes miran hacia donde floreció fugazmente la canción).
TELON

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ACTO SEGUNDO
El mismo escenario del acto primero, en el atardecer del mismo día. En escena, los tres menestrales e Isabel, Esta habla un poco febrilmente, como queriendo aturdirse. En el banco, olvidado, un libro. Por lo menos al principio, los tres Menestrales se hallarán el camino, luciendo el tercero retraído. Al levantarse el telón ríen a carcajadas todos... menos el Menestral Segundo.
MENESTRAL PRIMERO. Otras veces nos hacías ver como caminaba Leoncia, la cocinera.
ISABEL. Leoncia sigue como nosotros.
TERCERO. (desde su apartamiento). También contaba lindas historias.
SEGUNDO. (sin sonreir). Sí, que a la tía Esperanza le crecía el bigote cuando le negaba a ella, a Isabelita, un pedazo de su pastel. (Risas).
TERCERO. No. Que ella, Isabel, era una indiecita que vivía sola, sin padre ni madre, en la selva. La selva era el traspatio.
PRIMERO. Y desde detrás de algún matojo nos tiraba piedras. Eramos los blancos, los enemigos.
TERCERO. Pero eso fue alguna que otra vez.
ISABEL. (en nombre). ¿Decía que no tenía padre ni madre?
SEGUNDO. Te gustaba la soledad.
PRIMERO. ¿Qué soledad? ¡Si no había día que no nos parara y fuera a la cerca a conversar con nosotros!
SEGUNDO. Nosotros somos otra cosa. Somos del camino.
ISABEL. ¿Qué extraño camino éste! ¿Dónde empieza?
TERCERO. (mirando a la derecha). Nunca lo he remontado hasta su origen.
SEGUNDO. (taciturno). Ni yo.
PRIMERO. (encogiéndose de hombros). Ni yo tampoco. ¿Para qué?
TERCERO. Un día me decidiré y buscaré la fuente.
PRIMERO. ¿Para qué?, repito. Basta que nos recoja en la obra de cada día y nos lleve al descanso discretamente, lejos de la carretera asfaltada y sus autos con bocina.
SEGUNDO. Al descanso nos lleva. Termina en la mar como los ríos.

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PRIMERO. Creo que el maestro de mi maestro se lo encontró ya hecho y viniendo de Dios sabe dónde. Nunca les pregunte. quien no pregunta vive más tranquilo.
SEGUNDO. También el que sabe todas las respuestas.
PRIMERO.(a Isabel). Siempre habla así, a medias palabras. No le pongas mucho asunto.
ISABEL. (risueña, al Segundo). ¿Quién sabe todas las respuestas?
SEGUNDO. El que ve correr la vida.
PRIMERO. (a Isabel). ¿No te lo dije?
ISABEL. Ya apenas corre por este camino. ¿No había antes más tráfico?
PRIMERO. (despectivo). Sí, antes de que asfaltaran la carretera.
ISABEL. Le idea que tengo es de que el pasar de ustedes era incesante. Y de que había otras gentes.
SEGUNDO. Gentes parecidas a nosotros.
ISABEL. Todo lo que yo veía tenía un aire fabuloso.
PRIMERO. (complacido). Nuestro oficio lo es. Sabrás qué padre tenemos...
ISABEL. (risueña). El dios Vulcano.
PRIMERO. Me alegra que hayas leído, como yo.
ISABEL. Doblegar el hierro es fabuloso.
PRIMERO. Se aprenden la fuerza y la paciencia.
ISABEL. (al Segundo). También es mágico desafiar el viento en el andamio.
SEGUNDO. Se aprende a mirar de lejos, bien de lejos, los reinos del mundo.
ISABEL. ¿Como en el monte de la tentación?
SEGUNDO. Como en el monte. Sin ceder.
PRIMERO. ¿De qué hablan?
SEGUNDO. ¿No está eso en alguna de tus muchas lecturas?
PRIMERO. (altanero, sin entender). Por supuesto, pero no había oído bien.

Página 88

ISABEL. Yo aprendí de todos ustedes. Aprendí el lujo áspero de la vida. Mis tres menestrales tiznados por la mañana...
SEGUNDO. Yo no.
ISABEL. Usted con las manos y el rostro blancos de cal...
PRIMERO. Por lo tarde nos poníamos de limpio, como ahora que hemos venido a saludarte.
ISABEL. Los tres anchos, enormes... Misteriosos y a la vez sencillos.
SEGUNDO. Como la vida.
ISABEL. ¿Es esto nada más la verdadera vida?
ISABEL. ¿Por qué estado tan apartado. ¿No recuerda otras historias que yo les contara?
TERCERO. (acercándose). Recuerdo una extraña historia. Una señora que había perdido a su niño pasó por aquí y le dejó un bonito regalo.
ISABEL. (azorada). ¿Una señora?... ¿Qué había perdido a su niño?
TERCERO. Toda una tarde nos estuvo hablando de eso.
ISABEL. (casi con terror). ¿Me dejó... una casita?
PRIMERO. ¿De qué hablan?
SEGUNDO. Yo lo recuerdo. Fué el esposo el que hizo la casita.
PRIMERO. ¿De qué hablan?
ISABEL. (señalando el lugar). ¿Una casita... aquí?
PRIMERO. (furioso). ¿Qué están inventando? Ellatampoco sabe de qué se trata.
TERCERO. ¿Verdad que usted sí recuerda?
ISABEL. Voy recordando, voy recordándolo todo. Es lo que trato de hacer desde esta mañana. Y era eso.
PRIMERO. ¿Qué tiene de particular?... ¿Por qué te impresiona tanto?
ISABEL. Es que coincide con muchas otras cosas.
SEGUNDO. (con algo de juez). ¿Qué hiciste del regalo?
ISALEL. Debí dejarlo aquí... Como tantas cosas que abandoné.
SEGUNDO. Lo desechado vuelve y reclama su puesto.

Página 89

PRIMERO. ¡Hoy sí que no aguanto tus misterios! Habla claramente.
Las palabras son para entenderse.
SEGUNDO. A pesar de tantas palabras, nunca nos entendemos.
ISABEL. Porque olvidamos fácilmente. "Pediré para tí lo mejor",
me dijo la señora, beésandome. Era hermosa... ¿Qué es lo mejor?
TERCERO. Lo mejor es usted... usted en el traspatio ruinoso y
usted en este jardín sencillo!
PRIMERO. ¡Tú también! ¿Qué quieres decir con eso?
ISABEL. (sin oirlo). El camino era lo inagotable. Estaba lleno
de pasos, de voces, Vóces claras de pájaros, voces recias de hombres
en faena.
SEGUNDO. Ha decaído. Hombres y pájaros han huído. El pueblo se
extiende por otras zonas. Ni tu cocinera se deja oir.
ISABEL. Canta menos, está más vieja. Y esta tarde calla por lo
que pasó.
PRIMERO. ¿Qué pasó?
ISABEL. Yo misma no sabría decirlo.
PRIMERO. Por lo visto sobro aquí. Los dejo con sus misterios.
Adiós.
ISABEL. ¡No se vaya!... Quiero contarles, lo necesito. Ustedes
tres son mis tíos que me esperaban, mis tres tíos bíblicos que me
han esperado siempre.
TERCERO. ¿Somos tan viejos como todo eso?
ISABEL. Para mí hoy todo es antiguo y remoto.
PRIMERO. Pero cuéntanos lo que ocurrió. Con palabras claras,
Isabelita. Entendámonos.
ISABEL. Es sencillo de decir. Me he peleado con mi novio.
PRIMERO. ¡Si no es más que eso!...
ISABEL. Pero no sé por qué lo hace... Porque yo fuí la causante
del disgusto.
PRIMERO. ¿Tiene arreglo?
ISABEL. Puede tenerlo.
PRIMERO. Pero no quieres arreglarlo.
ISABEL. Querría. No quiero herir a nadie.

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PRIMERO. O sea, que no te pesaría por tí. No estás enamorada.
ISABEL. Creo estar enamorada.
PRIMERO. ¿Entonces?
ISABEL. El quiere apurar la boda y yo le doy largas.
PRIMERO. No suena mucho a enamoramiento. ¿Será que le ves buenas cualidades, pero nada más?...
ISABEL. Me han rondado muchos buenos muchachos, pero a ninguno le hice caso.
PRIMERO/ ¿Te gusta... como hombre?
ISABEL. Sí.
PRIMERO. Pues no entiendo.
ISABEL. Yo tampoco.
TERCERO. Es fácil. En este jardín no cabe más nadie.
PRIMERO. Eso es poesía y sólo poesía.
SEGUNDO. Barata.
TERCERO. ¿Qué sabes tú?
PRIMERO. No peleen. No son ustedes los que interesan. El problema es de ella. (A Isabel). Vamos a ver, ¿por qué no quieres la boda?
ISABEL. Siento que debo estar disponible.
PRIMERO. ¿Para qué?
ISABEL. No sé.
PRIMERO. ¿Te sientes cansada?... ¿Has estudiado mucho últimomente?
ISABEL. Nunca me he sentido mejor.

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PRIMERO. ¡Tú y tus enigmas!
ISABEL. El también quiere ayudarme... a su modo.
SEGUNDO. Piensas bien.
ISABEL. Y creo que adivina. Hace un momento he llamado a mi novio por teléfono para reconciliarme.
PRIMERO. (contento). ¿Lo llamaste?
ISABEL. Pero no pude hablar con él. No estaba en casa.
PRIMERO. ¡Ah!
ISABEL. Dejé recado de que me llamara.
PRIMERO. ¿Crees que lo haga?
ISABEL. Estoy segura, ... casi segura.
TERCERO. (con las manos en los bolsillos). Tal vez se apresuró un poco, tal vez debió pensarlo más tiempo.
ISABEL. (con fatiga). Ya no quisiera pensar más.
PRIMERO. No te atormentes. Todo se aclarará y arreglará.
TERCERO. ¿Alguien de su familia le hizo reproches?
ISABEL. No, todos callaron. Hasta Leoncia dejó de cantar. Todos callan... Lo cual resulta peor.
SEGUNDO. En otros tiempos ya tenías penas.
ISABEL. ¿Yo? ¿Penas ya entonces?
SEGUNDO. ¿Quién no las tiene?
PRIMERO. No recuerdo a una niña triste. Era un diablito mal mandado y con ojos que se comían al mundo.
ISABEL. ¿Era mal mandada?
PRIMERO. Nunca hacías caso cuando te llamaban de la casa.
SEGUNDO. Tenía penas.
PRIMERO. (despectivo). ¿Cuáles?
SEGUNDO. A veces venías a confiarnos que Leoncia decía que tú eras un bichito malo. (Risas que terminan en un suspiro ancho y colectivo).
ISABEL. (bruscamente). ¿Y si me hiciera monja?
PRIMERO. (casi escandalizado). ¿Monja?

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SEGUNDO (casi neutral). Monja.
TERCERO. (casi triste). ¡Monja!
PRIMERO. ¡Te perderíamos para siempre!
TERCERO. ¿Qué sería del jardín sin usted?
SEGUNDO. Aún no sabes lo que quieres.
ISABEL. ¡Si es que una no puede querer! (Como para sí). Sólo nos toca esperar.
PRIMERO. ¿Cómo es eso?
ISABEL. Esperar que otros ojos le digan a una lo que de una se espera, y responder:"No sé si soy esa que dices, pero hágase en mi según mirada".
SEGUNDO. Son palabras santas.
PRIMERO. ¿Quién las dijo?
SEGUNDO. Una mujer joven que esperaba.
PRIMERO. ¡Bah!
ISABEL. No soy una santa, pero ella es el modelo.
SEGUNDO. Una mucha es siempre el tesoro que sacar a luz.
ISABEL. ¡No soy un tesoro! Quiero ser la niña que era.
SEGUNDO. No puedes. Ha llegado tu hora de ser reclamada.
TERCERO. ¿Por qué no dejar el agua dentro del cristal de roca?
PRIMERO. ¡Bah, bah y bah!
ISABEL. (al segundo). ¿Quién tiene derecho a reclamarme?
SEGUNDO. Quien mirándote haya sabido.
ISABEL. Mi novio sabe. Despierta en mí lo que dormía.
TERCERO. Toda mucha es la Bella Durmiente.
PRINERO. (casi con asco). ¡Ahj!
SEGUNDO. Despierta el don de que eres portadora.
ISABEL. ¿Qué don?
TERCERO. Pudiera ser... el cielo.
ISABEL. El cielo es inmenso. Yo soy pequeña,

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PRIMERO: Eres pequeña y estos dos sólo sirven para inquie-
tarte. Hazme caso, arréglate con tu novio y cásate.
ISABEL. Si me caso sólo puedo cumplirme en él.
PRIMERO. No sé si te cumplirás o no te cumplirás, pero ¿qué
más puede desear una buena mucha?
ISABEL. Soy algo más que una buena mucha.
PRIMERO. ¿Orgullosa, Isabelita?
ISABEL. Hablo tonterías. Estoy trastornada.
TERCERO. Las muchas saben conocerse.
ISABEL. (áspera). No sé más que he sido traída, empujada
hacia este lugar.
PRIMERO. (extrañado). Yo he dicho eso hoy mismo, no recuerdo
dónde.
SEGUNDO. No viene al caso.
TERCERO. El beso de una señora y desconocida... Pa-
rece un cuento, una señal.
ISABEL. (malhumorada). ¿Por qué tiene nadie que señalarme a
mí... y para qué?
PRIMERO. Eso. ¿Para qué?
SEGUNDO. Tú misma tienes que hallar la respuesta, Isabelita.
ISABEL. (brusca). Lo mejor que hago es llamar otra vez a mi
novio. (Sale abruptamente por la derecha primer término. Un mo-
mento de inmovilidad y silencio. El poniente va sacando sus púr-
puras al fondo, detrás de los árboles).
PRIMERO. El día está a punto de rendirse.
TERCERO. Me fastidia ese desangramiento que no mancha, ese
gran aspaviento sin voz.
SEGUNDO. No es cosa simple una señal. La elección no es el
premio de un certamen.
PRIMERO. (al Tercero). ¿De qué habla?
TERCERO. No lo escucho. Siento el mismo canseancio que el día.
SEGUNDO. (inmóvil). ¿Nos vamos a casa?
PRIMERO Y TERCERO. Vámonos. (Nadie se mueve).
PRIMERO. (al Segundo, impaciente pero sin moverse) ¿Qué pasa?

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TERCERO. (como el Primero). ¿Por qué te quedas ahí?
SEGUNDO. (mirando a la izquierda hacia el fin del camino). Es-toy viendo. (Se ha hecho la media luz característica).
TERCERO. ¿Puedo ver yo también?
SEGUNDO. No hace falta. Yo marcaré la acción.
PRIMERO. ¿Taliente igual?
SEGUNDO. El jardín ya no tiene la dueña que tenía.
TERCERO. (mirando al surtidor). ¿Para quién danza el chorro de la fuente?
SEGUNDO. Se sabrá en su momento.
PRIMERO. (mirando a lo que indica). ¿Vive aún el árbol?
SEGUNDO. Es otro o es el mismo. ¿Qué más dá?
TERCERO. (con temor). ¿Qué se ha hecho de la dueña?
PRIMERO. Sí, ¿a dónde la han empujado?
SEGUNDO. De ella nada veo. (Pausa)
TERCERO. En fin, ¿dónde debo situarme?
PRIMERO. ¿Y yo?
SEGUNDO. (al Tercero). Tu entras viniendo de la casa. Estás allí, junto a la puerta del patio. Has veído en busca de él (por el Primero), que sienta mal-humorado en el banco. (Se colocan donde se les indica).
TERCERO. Entonces, el jardín no ha variado.
SEGUNDO. Eso carece de importancia.
TERCERO. ¿Cuántos años han pasado?
SEGUNDO. Los para que tengas un hijo de doce.
TERCERO. (pensativo). Un hijo de doce años...
SEGUNDO. Y otros más pequeños. Tu hogar ha sido bendecido. Hi-jos y esposa están ahora esperándote en las fiestas del puerto.
TERCERO. (por el Primero).~Y él, ¿qué hace en el jardín?
SEGUNDO. Vive a tu amparo. Ya cerró su taller. Es un anciano.
PRIMERO. (sintiéndose los años). Soy un anciano...

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SEGUNDO. Tu vejez también ha sido bendecida.
TERCERO. Es triste mi papel. Siento que usurpo algo.
SEGUNDO/ No estás triste. Todo te sonríe.
TERCERO. (por el Primero). ¿Por qué está el malhumorado?
SEGUNDO. Para que le rueguén que vaya a las fiestas del puerto.
PRIMERO. ¡Bah!
TERCERO. Observo que no he llegado por el camino.
SEGUNDO. Ya no lo frecuentes. Eres un menestral acomodado, dueño de taller y respetado en el pueblo.
PRIMERO.(rezongón). Quizas mi malhumor esté justificado.
SEGUNDO. Ya va a empezar. ¡Prepárense!... ¡Un momento! La luz es otra. (A una señal suya se hace la luz de una radiante mañana de verano). Ya está. ¡Listos! (Desde aquí habrá en los que actuan el leve subrayado que es de esperarse).
TERCERO. (alegre y afectuoso, como quien entra con impulso desde la casa). ¿Qué le pasa, viejo? ¿Por qué se ha quedado en casa? He vuelto para llevarlo conmigo.
PRIMERO. Allá abajo hay demasiado ruido, demasiado entusiasmo... Un viejo siempre es un estorbo.
TERCERO. ¡No diga tonterías!. Vamos, no se haga de rogar.
PRIMERO. (como un niño). No quiero. (Entra Julita por la derecha foro, con prisa y quince años más).
JULITA. (llena de animación). ¡Buenos días!... Creí que no había nadie. No quería irme sin ver el jardín. ¿Es usted el que compró la casa?
TERCERO. Yo mismo. Mía y suya es.
JULITA. Gracias. En otro tiempo casi la consideré mía.
TERCERO. Creo reconocerla...
JULITA. Y yo a usted. Pasé un verano aquí hace años. Seguramente nos vimos entonces.
TERCERO. Seguramente.
JULITA. (por el Primero, que sigue y seguirá huraño y apartado del banco). ¿El señor es su padre?
TERCERO. (àfectuoso). Como si lo fuera.
PRIMERO. ¡Bah!

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TERCERO. (por lo bajo, a Julita). No le haga caso. Le gusta hacerse el malgenioso.
JULITA. (haciendo memoria). Recuerdo una mañana de verano en este lugar... Si, estaba conmigo la hija del antiguo dueño... el que le vendió a usted la casa. Eramos muy amigas. Vino alguien con unas maticas...
TERCERO. (atento). ¿Unas maticas?
JULITA. (riendo). No recuerdo más. Se me ha quedado en la memoria aquella mañana. Quizás me la haya recordado ésta, que es espléndida. (Breve y general contemplación de la mañana).
TERCERO. Parece hecha para las regatas. El pueblo está alborotado. En el puerto no se cabe.
JULITA. ¡Imagínese! Compiten varios pueblos costeros y la canoa de la capital. En ella remó mi esposo hace tiempo. Por eso estamos aquí.
TERCERO. (atento). ¿Vino con su esposo?
JULITA. Con él y con mis hijos. Tengo tres. Me están esperando en el automóvil frente a la casa, pero no quise pasar sin echarle un vistazo al jardín. Después a lo mejor no hay ocasión. Está muy bien cuidado.
TERCERO. (satisfecho). He tratado de conservarlo igual.
PRIMERO. (gruñón). No es lo mismo. El y el camino son los mismos, como yo no soy el que era. (Seña de comprensión entre Julita y el Tercero).
JULITA. (por lo bajo). El camino está en pésimo estado. Mis zapatos lo saben bien.
TERCERO. (indiferente y amable). ¿Ha tenido carta de su amiga, la hija del doctor?
JULITA. (parecidamente). Haca años que no recibo ninguna. Lo mismo que sus padres. Yo los visito regularmente... En donde está son muy dificiles las comunicaciones. Y si me escribiera no le podría contestar: los niños no me dejan tiempo para nada.
TERCERO. (amable). Era una mucha muy especial, ¿verdad? Y el doctor, ¿qué tal está? Desde que me vendió la casa no lo he vuelto a ver.
JULITA. Está bien. Parece quiso cortar con el pueblo y los recuerdos que le traía. Es natural, era su única hija. (Convencional). Hay separaciones peores que la muerte. Al principio los dos viejos estaban inconsolables, pero ya se han resignado. (Suena la bocina de un auto). Ese es mi esposo, llamándome. (Alto). ¡Ya voy, Carlos, ya voy! (Siempre sonriente). Esta vida no la deja a una detenerse. Dispénseme... Corro peligro si él se pierde algo de las regatas.

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TERCERO. Ya están al empezar. Nosotros también vamos.
JULITA. Adiós. Trataré de que pasemos otra vez por aquí.
TERCERO. Cuando quieran. Hasta luego. (Sale Julita muy aprisa, por donde entró). Vamos, viejo, apúrese, que nos perdemos el principio y la arrancada es muy importante. Vaya, le daré gusto, iremos por el camino.
PRIMERO. (rezongón). Lo haces porque por él se llega más pronto.
SEGUNDO. Ya está bien. Es suficiente. (Los otros dejan de actuar y van a unirse cansadamente. En los tres hay una sombra de fatiga irascible. Cambio para luz del coro).
PRIMERO. (percatándose). ¡No resisto otro parlamento del coro!
TERCERO. No te preocupes, viejo...
PRIMERO. ¡No me llames viejo!
TERCERO. (sin oirlo). Nada de apoteosis. Triunfa la dulce costumbre.
SEGUNDO. Adn esas palabras sobran... ¡Si acabaran de poner la luz guave y plateada! (Viene esta luz). ¡Por fin! Ahora las palabras finales. (Alzando de mala gana la voz). Isabelita tarda. Vámonos a la playa.
PRIMERO Y TERCERO. (análogamente). Vámonos. (Salen por la izquierda dejando sola escena. Casi en seguida, por la derecha, foro, entra el Desconocido. Es hombre de unos treinta años, alto, cencélo y atezado. Viene de cuello y corbata, viéndose que es un artesano vestido para ocasion especial, pero que ni por asomo luce endomingado. Todo lo contrario: por el calor se ha quitado el saco y lo lleva al hombre asido por una mano. En algún momento lo dejará provisionalmente en cualquier parte. Ofrece una mezcla de dignidad y apartamiento con llaneza y calor. No luce muy fatigado, pero al ver la fuente entranquilamente en el jardín y se pone a beber. Cuando se está secando manos y boca entra Isabel desde la casa).
DESCONOCIDO. (viendo a la joven). Perdóname el atrevimiento. Tenía sed y me queda aún bastante camino por hacer.
ISABEL. (con aire distraido). No hay nada que perdonar. Puedo traerle de la casa un vaso de agua fría.
DESCONOCIDO. Ni pensarlo. Prefiero la de los pozos, y ésta lo parece.
ISABEL. Está conectada a un pozo que había. (Transición). Dejá aquí unos amigos. ¿Los vió irse?

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DESCONOCIDO. ¿Los dos herreros y el albañil?... Cuando llegué se alejaban camino del mar.
ISABEL. ¿Son amigos suyos?
DESCONOCIDO. (risueño). Nos saludamos, pero ellos son un poco exclusivistas.
ISABEL. ¡Son magnificos!... Estoy apenas. Los dejé para hacer una llamada y me fuí sin despedirme.
DESCONOCIDO. No pases pena. A las jovencitas como tú se les perdona todo. (Isabel lo mira y se tranquiliza: no hay asomo de piropo).
ISABEL. (que habla por distraer sus pensamientos). ¿Tiene que ir a pie, y por este camino?
DESCONOCIDO. No voy demasiado lejos. (Suspiro de resignación). Tengo que asistir a una fiesta de bodas.
ISABEL. ¿No le gustan las bodas?
DESCONOCIDO. Me gustan las bodas, pero no sus fiestas. Voy por complacer a mi madre, que es muy cumplida. Desde por la mañana está en la casa de la fiesta ayudando a los preparativos.
ISABEL. ¿Vive por aquí?
DESCONOCIDO. (señalando a la derecha del foro). Mucho más allá, en pleno campo. De allí vengo.
ISABEL. (soffadora). Del nacimiento del camino.
DESCONOCIDO. Un poco más acá. No hay otro igual por aquí. Todo el está flanqueado por árboles como éstos. Es fresco y oculto.
ISABEL. Quisiera remontarlo un día.
DESCONOCIDO. No dejes de hacerlo. Es aspero, pero su olor a campo y a fuerza lo compensa todo.
ISABEL. ¿Vive solo con su mamá?
DESCONOCIDO. Eres preguntona.
ISABEL. Perdóneme. Es que miro como cosa mía a todos los que usan esta senda. La conozco desde que era niña. A usted no recuerdo haberlo visto nunca.
DESCONOCIDO. Sólo paso de cuando en cuando. Estoy muy ocupado allá en el campo.
ISABEL. No parece campesino.
DESCONOCIDO. Soy carpintero, hijo de carpintero.

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ISABEL. ¡Otro menestral!
DESCONOCIDO. Como tus tres amigos. La palabra ennoblece.
ISABEL. Es hermoso vivir de lo que hagan las manos. ¿Qué construye ahora?
DESCONOCIDO. Iglesias.
ISABEL. (admirada) ¿Iglesias?... ¿en el campo?
DESCONOCIDO. Lo que es lo mismo: casas para pobres. ¿No es una iglesia la casa del pobre?
ISABEL. Puesto que todos son figura del que se hizo más pobre que todos... Creo que tenemos las mismas creencias.
DESCONOCIDO. Lo adiviné. (Pausa).
ISABEL. Resulta usted... extraño.
DESCONOCIDO. (sin inmutarse). Suelen decirme eso.
ISABEL. (atemorizada por la sospecha que la viene). ¿Vive solo con su madre?
DESCONOCIDO. (risueño). Solo con ella.
ISABEL. Que es viuda.
DESCONOCIDO. Lo es.
ISABEL. ¿Y es carpintero o hijo de carpintero?
DESCONOCIDO. (con divertida extrañea). Si.
ISABEL. (que ha ido pasando del temor al enojo). Y va a unas bodas donde lo espera su madre.
DESCONOCIDO. (como antes). Eso es.
ISABEL. (agitada, moviéndose). ¡Es demasiado! ¡No puedo con tanto!
DESCONOCIDO. (siempre plácido). ¿Qué te ocurre?
ISABEL. (deteniéndose). ¿Nunca supo, hace muchos años, de un matrimonio que había perdido a su hijo en la ciudad del santuario, y lo buscaba por estos lugares?
DESCONOCIDO. Recuerdo un caso célebre, pero pasó en tiempo y país remotos.
ISABEL. (irritada). No se burle. Es muy grave para mí. Muy grave... y muy incómodo.

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DESCONOCIDO. ¿Se te apareció a tí la pareja atribulada?
ISABEL. Eso creo recordar. Era muy niña... Y he preguntado y nadie sabe nada. Ni siquiera Leoncía, que de todo se entera desde la ventana de la cocina.
DESCONOCIDO. (riendo a carcajadas). ¿Y has pensado que yo pudiera ser la consecuencia de aquello, una especie de recordatorio tremendo?
ISABEL. (amoscada). Todo es posible en este camino.
DESCONOCIDO. Se presta al libertinaje de lo invisible. Puede campear tranquilamente por aquí. Pero es fragante tu imaginación. Un tránsito descarado de enviados misteriosos. (Rie nuevamente).
ISABEL. (hosca). Yo no pedí esas visitas.
DESCONOCIDO. No te enojes. Pudieras muy bien merecer... esas cosas. Sólo uno mismo puede saberlo, al fin y al cabo. Como que nadie es digno, a cualquiera le puede pasar. En cuanto a mí, tu enorme sospecha me halaga por lo mismo que me excede tanto, pero pertenezco a un siglo triste, no vengo del siglo I.
ISABEL. (todavía hosca). No habla como un carpintero corriente.
DESCONOCIDO. No lo soy. Mi ocupación actual te lo demuestra.
ISABEL. (pensativa). Sería lo mismo que fuera sólo una figura.
DESCONOCIDO. (enseriado). Aunque eso también me sobrepasa mucho, quisiera estar en papel. Y algo te entristece y preocupa. ¿En qué puedo ayudarte?
(Isabel da unos pasos indecisa)
ISABEL. No sé qué hacer de mi vida.
DESCONOCIDO. No es grave, tratándose de una mucha a la que no le va a ser difícil casarse.
ISABEL. (irritada). ¿Todo tiene necesariamente que acabar en matrimonio?
DESCONOCIDO. (plácido) Es lo más normal. Seguramente tienes novio.
ISABEL. Lo tenía. Hoy hemos reñido porque yo demoro la boda.
DESCONOCIDO. Entonces, es que no te gusta mucho el sujeto.
ISABEL. (irritada). Hoy he tenido que responder varias veces que sí, que me gusta.
DESCONOCIDO. Tampoco es raro que una jovencita dilate una boda porque quiere seguir siendo niña. (Pausa).

Página 101

ISABEL (con desencanto). ¿Será eso, sólo eso?
DESCONOCIDO. ¿No es cierto que te sientes muy bien a solas en tu jardín?
ISABEL. (ansiosa). Pero no creo que sea por... egoismo pueril. Lo que busco es la luz de la media tarde. Busco la pureza.
DESCONOCIDO. (amable y severo), Buscas el hábito blanco o azul y los dedos que hilan, o acaricían una rosa.
ISABEL. (hostil). ¿Por qué no aspirar a ello?
DESCONOCIDO. Porque no puedes aferrarte a la inocencia. La inocencia, como el grano de trigo, tiene que morir. Hay que enterrarla en el corazón para que dé su fruto. Lo mismo aliviando llagas de enfermos que en la intimidad del matrimonio, ella será roturada y deshecha.
ISABEL. (aventurando). Tal vez en un convento...
DESCONOCIDO. No todo el rato es el cántico y el huerto con limoneros. Muchas veces no hace falta cilicio, la vida en común aporta el suyo. Hay la superiora Santa pero intratable.
ISABEL. (anifiada). Exagera. Quiere impresionarme.
DESCONOCIDO. Quiero que sobrevivas a lo que ha de morir. Los tiempos del jardín no son eternos.
ISABEL. (resentida y pueril). Sabe muchas cosas... y está demasiado seguro de si mismo.
DESCONOCIDO. Simplemente he apostado toda mi vida a una cosa, y espero con entusiasmo.
ISABEL. (con el ceño fruncido). ¿Por qué no lleva hábito?
DESCONOCIDO. No llevaban el siglo I.
ISABEL. Usted ha dicho que no viene de allá.
DESCONOCIDO. Tú has dicho que para el caso es lo mismo.
ISABEL. ¿No me dirá su nombre? Yo me llamo Isabel.
DESCONOCIDO. ¿No es mejor quedarme siendo un enviado?
ISABEL. Si lo es, me ha dejado más confusa.
DESCONOCIDO. Un punto de duda no es malo. Puede ser un punto de partida.
ISABEL. Quisiera saber qué responder a... (con un mohin) tantos avisos.
DESCONOCIDO. ¿Ves? Mejoras. Antes creías que todo descansa en este jardín y su reino preservado.

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ISABEL. Tengo miedo de arriesgarme fuera.
DESCONOCIDO. (con una sonrisa). ¿Qué le dijo la aparición de la niña?
ISABEL. "Pediré para ti lo mejor". Nada más.
DESCONOCIDO. Y nada menos.
ISABEL. ¿Qué es lo mejor?
DESCONOCIDO. Lo que más te cueste.
ISABEL. ¿No hay alternativa?
DESCONOCIDO. No hay alternativa.
ISABEL. (mirando en torno). ¿Dejar... esto?
DESCONOCIDO. Esto... y lo otro.
ISABEL. El reino en que acoger y ser acogida. Es duro.
DESCONOCIDO. Y también lo más sencillo.
ISABEL. ¿"Ve, vende lo que tienes, dálo a los pobres, y sigueme"?
DESCONOCIDO. Así parece.
ISABEL. Es duro.
DESCONOCIDO. Ya lo dijiste antes.
ISABEL. ¿El convento, entonces?
DESCONOCIDO. No necesariamente. Llegan hermosos tiempos. Se buscan nuevas encarnaciones, nuevas realizaciones. Los conventos pierden sus muros, las reglas se simplifican y al mismo tiempo se ensanchan. El convento es el mismo mundo ancho y enajenado, con el fermento de amor y esperanza disuelto dentro. No se logra del todo vivir como el pobre en la preservación de unos muros. Hay que aprender en carne propia lo que es el trabajo en la fábrica.
ISABEL. No puedo ser un sacerdote obrero.
DESCONOCIDO. No te escapes, no puntualizo. Es tarea tuya. Las reglas se hacen una sola regla. No hay más que un signo honrado: amar al hermano a quien se ve.
ISABEL. ...porque si no, cómo amar Al que no podemos ver.
DESCONOCIDO. Veo que me entiendes.
ISABEL. Amo a hermanos que me solicitan. Mi novio, esta mañana, llegando por donde usted ha llegado...
DESCONOCIDO. Tu novio te busca como el hombre en la noche original, con una costilla de menos y el sentimiento de una ausencia inmensa. Es otra cosa.

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ISABEL. ¿Puede una mujer, tan pequena, llenar esa inmensa ausencia?
DESCONOCIDO. La mujer entregaria la tierra nocturna, extendida e inagotable. Hace ir al fondo de la criatura que busca a ciegas completarse.
ISABEL. Yo podria ser ese don extenso, generoso y muido. Nunca me ha azorado la mirada de los hombres. Sé que pide más que mi cuerpo... Usted y otros amigos no me miran así.
DESCONOCIDO. No olvides que yo soy un enviado.
ISABEL. Es la mirada de mi padre.
DESCONOCIDO. El cual se llama así por semejanza con una paternidad más ancha.
ISABEL. Es la mirada a la criatura a la que se ayuda a crecer para después dejarla sola.
DESCONOCIDO. La angustia de la libertad es su prestigio.
ISABEL. ¿Por qué me habla así? ¿Por qué no me lo dice todo?
DESCONOCIDO. Un enviado tiene las respuestas marcadas. Repite lo que se le ha dicho. (Tiene el saco en la mano y está en la portada del jardín). Debo irme, mi madre estará impaciente. Le hablaré de ti, sé que le gustarás. Guárdate en quien te ha llamado tan singularmente:
ISABEL. ¿Cree usted en esas llamadas?
DESCONOCIDO. Tú crees en ellas y eso basta. Adiós. (Sale por la izquierda).
ISABEL. (a solas, distraidamente). Adiós. (Con el mismo aire ausente da unas vueltas por el jardín y finalmente sienta en el banco. Al fondo, entre los árboles, las sombras, se han espesado. Los huecos pudieran ser nichos habitados invisiblemente, pero prestos a revelar tales presencias. Y he aquí que uno de ellos se illumina y deja ver a la Señora del sueño de Isabel, cuyo rostro es el mismo de la del Prólogo).
SEMORA. Lo que prometi lo cumplí puntualmente. Pedí para ella lo mejor. Pero El a veces se pone intratable. Contestó con toda calma que El sabría qué resolver y cambió de tema. Parecido a lo que ocurrió en aquella fiesta de bodas. ¡Ah, pero yo tengo mis mañas! Ahora, como entonces, supe qué hacer. Aquí la tenemos ya en su jardín... donde se ve espléndidamente. Ahí está: fragante y a salvo.
(En otro nicho se transparenta la Niña del Prólogo)
NIHA (con desilusión e impaciencia).— ¡Desde donde estoy nadie me oye!
SEMORA (tiernamente).— ¡Angelito!
(Otro nicho delata a la Madre del acto primero).
MADRE. Tiene que hacerse mujer. Y Carlos promete ser un buen esposo. (Julita, con el aspecto del acto primero, sale a luz en otro de los nichos).

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JULITA. ¡Yo ya no puedo aconsejarla más!
CARLOS (en otro nicho, de blanco, con bata deportivo-moderna-funcional, en "joven médico"). Un caso de mente no adulta. Yo tendría que haber sido más rudo desde el principio.
ISABEL. (sólo como réplica vaga, pues no se volverá nunca del todo hacia los del fondo). He crecido. Siento a mi cuerpo, siento a mi cuerpo como un instrumento afinado y en espera. (Aparecen otro nicho los tres Menestrales).
MENESTRAL TERCERO. (en traje de faena, sin resentimiento). Hay instrumentos que no son para las manos de un obrero.
CARLOS (altanero). Cada instrumento a las manos que le están destinadas.
DESCONOCIDO. (En camisa, surgiendo también al fondo, pero a un lado y en el camino). ¡No sabe cuanta razón tiene!
MENESTRAL SEGUNDO. (al Tercero). ¿Es que no puedes ver más que el instrumento que se palpa?
MENESTRAL TERCERO. Yo lo tomaría para reverenciarlo.
MENESTRAL PRIMERO. (despectivo). En el hogar no podemos pasarnos el tiempo haciendo... música. Y a una mujer no se la reverencia. Se la tiene sujeta y se la protege. ¡Bien se ve que no eres casado!
MENESTRAL TERCERO. (sordamente). Tal vez ya no me case.
CARLOS. ¡Quisiera saber con qué derecho hablan de ella tan familiarmente!
MENESTRAL SEGUNDO. Este ya se da aires de dueño.
ISABEL. Es triste no complacer. Todos son menesterosos.
DESCONOCIDO. No pretenderás complacer a todo el que te mire... bien.
ISABEL. (irritada). Es obvio que hablo en sentido general.
DESCONOCIDO. Pero no acabas de ver claro.
MENESTRAL PRIMERO. Ignoremos al del camino. Finge ser de los nuestros.
MENESTRAL SEGUNDO. (imparcial). Habla bien.
ISABEL. (impaciente). ¡Qué tontería! En de los nuestros, ¿no lo ven? Sólo que exige mucho.
MENESTRAL SEGUNDO, (curioso por primera vez). ¿Quién podrá ser?
ISABEL. (seca). Juzquémoslo por lo que aparenta.
SEMORA. (con su más dulce voz). ¿Por que complican las cosas? Todo está en dejarse llevar.

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DESCONOCIDO. Tú eres la única criatura que no ha sabido cuánto cuesta eso. Déjame el caso a mí, sé manejarlo.
SEMORA. Está bien, me callo. Siempre te obedezco.
DESCONOCIDO. (calmoso). Al contrario, siempre insistes hasta que logras lo que quieres.
SEMORA. ¿No quiero siempre lo que tú?
DESCONOCIDO. No exactamente. Si te dejara todo seria abreviar y allanar.
SEMORA. ¿Y por qué no abreviar y allanar?
DESCONOCIDO. (como quien repite lo sabido). Porque cuesta trabajo enderezar lo torcido.
SEMORA. Y por qué haber dejado que se torciera, digo yo.
DESCONOCIDO. No nos metamos en honduras, ¿quiérres?
SEMORA. Después te acusan de duro, de absurdo.
DESCONOCIDO. (siempre paciente). ¿Tendré que recordarte lo que hice?
SEMORA. (suave). Tal vez se pudo habértelo ahorrado... y habérmelo ahorrado a mí.
DESCONOCIDO. Dejemos a los misterios en paz, repito.
SEMORA. Ya sé, ya sé. El mundo es así y basta.
DESCONOCIDO. Si, el mundo es así; todo quedó solucionado... a costa mía.
SEMORA. Y mía. Yo también lo pasé.
DESCONOCIDO. Justamente por eso es algo tan valioso para mí.
SEMORA. Pero dejas a las pobres gentes en libertad de perder lo ganado.
DESCONOCIDO. En su libertad está su dignidad.
SEMORA. ¡Esta pobre niña está sola!
DESCONOCIDO. Esta joven mujer no está sola. Te tiene a ti, me tiene a mí y tiene a Quien me envió, que es providente.
SEMORA. Es providente pero enrevesado. El hecho es que ella no sabe qué hacer.
DESCONOCIDO. En el fondo lo sabe tan bien como nosotros.
ISABEL. ¡No, señor, no lo sé!... Bueno, lo sospecho. Pero sería triste.
DESCONOCIDO. Que sea triste para ti no tiene importancia.

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ISABEL. ¿Con qué derecho me habla así?
DESCONOCIDO. (suavemente). No me gusta recordarlo como derecho. En si es sólo una llamada.
ISABEL. ¿Por qué esa llamada tan especial para mí? Julita, por ejemplo, es más apta, más dinámica, más decidida.
DESCONOCIDO. ¿No me concedes ni siquiera el derecho a elegir?
ISABEL. (obstinada). Conmigo puede equivocarse.
DESCONOCIDO. Confio en ti.
MENESTRAL PRIMERO. (a sus compañeros). ¿Se puede saber qué pintamos nosotros aquí?
JULITA. A mí me interesa.
MENESTRAL SEGUNDO. (por Isabel). Ella escucha. Bastenos eso.
MADRE. (con pena). En cuanto a mí, parece que muy poco puedo hacer.
NIMA. No me hacen el menor caso. ¡Ahorita grito!
MENESTRAL TERCERO. El hecho es que estamos al margen, bien al margen.
SEMORA. (suave.) Déjenlo hacer a El. Es cosa suya.
MENESTRAL TERCERO. (al Segundo). Se refiere, sin duda, al sabihondo del camino.
CARLOS. Todo esto no es más que su inconsciente que se agita. Yo sabría curarla de fantasmas.
JULITA. De rudo no tiene nada, pero es simpático. ¡Si no fuera porque Isabel lo quiere y él quiere a Isabel!
ISABEL. (sin volverse). ¡Interjección! Isabel para aquí, Isabel para allá... ¿Qué es Isabel?
MENESTRAL TERCERO. Un tesoro.
CARLOS. (deshelado). La que refresca y hospeda, la rama que nos roza la frente.
DESCONOCIDO. Una criatura libre y complicada, como todas.
ISABEL. (sin volverse). Error, error y error. Isabel es una sola viviente y muchas difuntas. ¿Dónde está la Isabel que renacía esta mañana junto a la hierba con rocio?... ¿Y dónde está el viejo traspatio? ¿Qué se hizo de la niña?
NIMA. ¡Aquí estoy, aquí estoy!
ISABEL. (como antes). No puedo hablarte, no existes. Eres una sombra, una más de tantas que he dejado atrás. Vivir es ir

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segregando sombras.
(La Niña se sienta en el suelo con las piernas cruzadas, apoya los codos en las rodillas y la cabecita en las manos).
MENESTRAL SEGUNDO. Vivir es ir despojándonos y desnudándonos hasta que la verdad exista ella sola.
DESCONOCIDO. Más acertado, pero tampoco viene al caso. No son las bellas especulaciones las que me traen aquí.
ISABEL. (malcriada). ¿Quién lo llamó?
DESCONOCIDO. Tú sabes quién.
ISABEL. (dolida). No ha sido por mí.
DESCONOCIDO. No acostumbro halagar oldos.
ISABEL. (señalando sin volverse). Y todo ese retablo intruso, ¿no sobra?
DESCONOCIDO. Tú misma puedes responderte.
ISABEL. (abatida). Isabel está presa de Isabel.
SEÑORA. (anhelante). Así no estás dispersa, puedes ser recobrada toda y de raíz.
DESCONOCIDO. (a la Señora, con una sonrisa). ¿Me apoyas?
SEÑORA. (con cierto bochorno). No quiero que se extravie.
MENESTRAL TERCERO. (polémico). Ella está en su centro en su jardín.
DESCONOCIDO. ¡Todos han de meter baza! En fin, lo dicho: se trata de criaturas libres. (Se aparta a un lado).
CARLOS. Ella puede colmar a un hombre. Sería el tacto del cielo estrellado.
MENESTRAL SEGUNDO. (al Desconocido). Es una sustitucion dólatra, ¿no?
DESCONOCIDO. Algo de eso, pero escuchemos.

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(En lo que sigue, en una especie de relevo, los personajes mirarán al que habla para después mirar al frente al tomar la palabra).
CARLOS. Y un hombre muere con cada día, pero rame en el apaciguamiento irónico y grande un regazo, el oído puesto en la mullida germinación secreta.
JULITA. Y una es joven, y la vida es difícil, munca se desea lo que se tiene; pero ella sonríe, y ya no somos sombras con fiebre, porque existimos en ella.
MADRE. Y es lícito que unos padres se miren, como se dice, en quien cierto modo los prolonga, y que celemos a ese gracioso espejo que ambula por la casa, interrumpe al padre que lee para que repita relatos de una infancia igual a todas las infancias, o hace que la madre, señora más bien joven, suspenda el cuidado de su jardín y le escuche párrafos del último libro que la apasiona. La vida parece llena, la muerte se aleja.
MENESTRAL PRIMERO. Y un hombre es rudo, pero alguna vez la flaqueza es bienvenida...
MENESTRAL TERCERO... porque sabe de manos hechas para enjugar la frente...
MENESTRAL SEGUNDO... y admirar es virtud del silencioso.
LOS TRES MENESTRALES. (a coro)... y ella es el don del camino sombreado.
JULITA, CARLOS, LA MADRE Y LOS MENESTRALES PRIMERO Y TERCERO. (a coro). Y todos apelamos, ante quien, sea apelamos, de que se quiera desviar lo que fluía por cauce tranquilo, y sustraernos el raro hogar de su sonrisa.
ISABEL. ¡Y en nombre de ellos yo apelo por su vida llena de mí!
DESCONOCIDO. (después de una pausa a las espaldas de Isabel). Muchos son los que tienen la vida llena de muerte...
MENESTRAL SEGUNDO (con aire resignado). La elección no es el premio de un certamen.
DESCONOCIDO (al Menestral Segundo). Tú, sígueme. (El interpe-lado deja su pala y lo sigue, saliendo ambos por la derecha foro. (Por la izquierda entra el Esposo del prólogo).
ESPOSO. (a la Señora). Vamos, Habrá otra camita que regalar. (La Señora suspira mirando a Isabel y sale con el Esposo por la izquierda. La Niña sale de puntillas por el lado opuesto).
ISABEL. Ellos, me quedan ellos. (Se vuelve por vez primera pero el resto del retablo se ha borrado. Va a sentarse en el banco, en la misma posición y actitud que al comienzo de la es-

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cena. Parece despertar, toma el libro y trata de leer, (En voz alta:) Leonia, ¿quieres encenderme la luz? (Se iluminan farolillos disimulados en el árbol. Isabel lee, concentrándose con esfuerzo, y a poco deja el libro, con un dedo entre las páginas).
VOZ DE JULITA (adentro, llamando). !Isabel! ¿Dónde estás? (Si-lencio. Entra Julita por la derecha primer término, no importa que sea con el mismo vestido que lució en el retablo).
JULITA. Deja, no te molestes, en contestarme.
ISABEL. (tranquila). Sabías donde estaba. (Julita le quita el libro de las manos).
JULITA. (hojeando el libro distraídamente). ¿Te has pasado la tarde leyendo?
ISABEL. Sólo pude leer un poco al comienzo. (Julita deja el libro).
JULITA. Tienes que perdonarme.
ISABEL. ¿Por qué?
JULITA. Por haberte dejado sola... Aunque tu mamá dijo que era lo mejor tratándose de tí. Me llevó a ver el pueblo.
ISABEL. No he estado sola.
JULITA. ¿No?... ¿Quién vino?
ISABEL. Viejos amigos. El herrero de esta mañana y sus dos compañeros.
JULITA. ¿De qué hablaron? ... ¿Por qué estás tan caída?
ISABEL. Estoy fatigada. He hablado y pensado mucho.
JULITA. No me has extrañado, entonces.
ISABEL. (sonriendo). Un poco, Siempre me haces falta.
JULITA. ¿Y soy bien recibida?
ISABEL. Tú lo sabes.
JULITA. ¿Cómo el prójimo?
ISABEL. No empecemos. Como mi amiga Julita. (Esta toma de nuevo el libro).
JULITA. (leyendo)."... No le bastó. Fué en busca de los más aban-donados y se adentró dos mil kilómetros en el Sahara, viviendo hasta su muerte como uno más de aquellos tuaregs de los que hizo sus hermanos. Llegó a hablar su lengua mejor que ellos, sus vestiduras eran las mismas de los ángeles del desierto. Su túnica blanca no se distinguía más que por el emblema en lana roja que represen-

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taba un corazón dominado por una cruz. En Jamaranset el hermano Carlos de Jesús es realmente un hombre "devorado". Se ha hecho tuareg hasta el fondo de su alma. Reparte su vida entre la capilla, el trabajo manual y la atención de sus nuevos hermanos, ninguno de los cuales deja de ser oído y atendido. Se interesa por todo lo que puede mejorar la vida, los defiendecontra lejana administración colonial, contra las bandas de salteadores..." ¿Es la biografía de que me has hablado?... Dicen que murió asesinado en el desierto.
ISABEL. (moviéndose). Es un libro que conmueve. ¡Hundirse en el Sahara, entre los parias de la civilización! Nada quedó del Vizconde, confundido como estaba con sus queridos desheredados. Me gusta esta término. Alude a una herencia de la que no todos disfrutan.
JULITA. ¿Vas a hablarme del tercer mundo y el subdesarrollo?
ISABEL. No temas. No me atrae la sociología. Prefiero hablar del ser humano concreto... Si no fuera porque ese no es mi camino haría lo que él.
JULITA. (burlona). ¿Irte a vivir entre los tuaregs?
ISABEL. Junto a los pobres, en cualquiera de los continentes olvidados. Llegan hermosos tiempos. Se buscan nuevas encarnaciones. Comunidades pequeñas, insignificantes, que apenas se distinguen por fuera del mundo, llevan al trabajo y la convivencia la sal activa que lo transforma todo.
JULITA. ¿Por qué esa exaltación? No estará pensando... ¿Cómo sigue el asunto de Carlos?
ISABEL. (después de un suspiro). Sigue lo mismo, pero tranquilizate. Lo llamé por teléfono para reconciliarme.
JULITA. ¿Y se solucionó todo?
ISABEL. No pude hablar con él, no estaba en casa.
JULITA. ¡Ah!
ISABEL. Después volví adentro para llamar otra vez...
JULITA. ¿Y qué?
ISABEL. Pero no hice la llamada.
JULITA. ¡Estás jugando conmigo!
ISABEL. Te estoy narrando los hechos. Galma. Por mi parte diré que todo está decidido.
JULITA. ¿Vas a casarte?
ISABEL. Es mi destino. Mi reino es este recinto en qué acoger y ser acogida.
JULITA. (con encontrados sentimientos). No te costará nada ha-

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ISABEL. Y no me costará nada pedir perdón porque sé que lo
lastimado. Yo puedo colmarlo... Y él puede enseñarme a ahogar mis
fantasías de niña. Lo quiero.
JULITA. (triunfando de sí misma). Lo quieres y te quiere. Son
una pareja hermosa.
ISABEL. ¿están mis padres y estás tú, a losque no puedo dejar.
JULITA. ¿Pensaste seriamente en la separación?
JULITA. Lo pensé, pero ya ha pasado. Dentro de un rato volveré
a llamar a Carlos.
JULITA. Ahora respiro.
(Por la izquierda entra el Mendigo, que es justamente el que, por
lo menos en este caso, hace falta. Se trata de un hombre flaco,
anguloso, cetrino, borroso, sin gracia, áridamente vergonzoso, mal
trajeado, pero no harapiento).
MENDIGO. Señoritas, podrían ayudarme con algo. (Pausa)
ISABEL. (como para sí, extrañada y dura, después de examinarlo)
Nunca habían llegado mendigos por este camino.
MENDIGO. (desagradable). No soy un mendigo. Soy un hombre sin
trabajo que tiene hambre.
ÍSABEL. ¿Por qué no fué por la puerta de la casa?
MENDIGO. (con una sonrisa antipática). No ando muy bien vestido
para lucirme en la callena de gente.
ISABEL. (seca). No debe dar vergüenza ser pobre.
MENDIGO. Lo dice porque no lo ha pasado.
ISABEL. (seca y sin mirarlo). No tengo nada aquí. Allí, por el
camino, está la puerta de la cocina. La cocinera le dará algo,
JULITA. ¡Isabel! ¿Qué te pasa?
MENDIGO. Es la primera vez que pido...
ISABEL. (a Julita). ¿Por qué me preguntas qué me pasa? ¿Qué he
dicho?
JULITA. ¡Está desconocida!
MENDIGO. Yo la comprendo, señorita. Siempre caigo mal. Perdonen,
las dejo tranquilas.
ISABEL. (dura). Vaya con Dios.

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MENDIGO. (deteniéndose). Dios no se ocupa de mí.
JULITA. Espere, voy a buscar dinero adentro.
MENDIGO. No se moleste, me voy. Ya sé lo quetengo que hacer.
ISABEL. Ya le dije que la cocinera puede darle algo.
MENDIGO. No es sólo comida lo quese pide. (Sale por la derecha foro).
ISABEL. (obstinada). Nunca habían venido a pedir por el camino...
(Con los brazos en jarras). ¿O es que se trata de otro enviado?
JULITA. ¿De qué estás hablando?
ISABEL. Yome entiendo.
JULITA. Estoy pasmada, nunca te he visto así. ¡Y con un pobre!
ISABEL. Es un pobre antipático. Y estoy cansada de acechanzas y acosos.
JULITA. ¿Te sientes bien?
ISABEL. Estoy perfectamente. Anda, vamos a la casa, que ya debe estar la comida.
JULITA. ¿Qué querría decir con que él sabía qué hacer?
ISABEL. Si no vienes, me voy sola. (Se echa a andar y de pronto pierde el impulso y se detiene rígida, helada). ¿Qué ha pasado?...
He sido yo esa?
JULITA. Es natural después de lo de esta mañana. Fatiga nerviosa. Vamos, debes descansar.
ISABEL. Era el verdadero enviado, era el pobre y no lo he acogido.
JULITA. Tampoco es para tanto. Si nos apuramos Leoncia puede alcanzarlo y darle limosna.
ISABEL. (furiosa). ¿Crees que eso sería suficiente?... Si decimos que el pobre es el misterio y la figura y el que tiene la promesa, para ser consecuentes lo que hay que hacer es sentarle a nuestra mesa. Yo lo he rechazado con horror. Claro, no tenía hermosas barbas blgncas ni salmodiaba como en las historias... ni se conformaba. Se aferraba torpemente a los restos de su dignidad raída. En él no había gracia ni nobleza. Era el desprovisto de todo, el que realmente necesita. ¡Y yo, el tesoro, la sonriente, la acogedora, lo ha rechazado!
JULITA. Encima, llanto ahora. Si ne fuera que estoy acostumbrada a tus arranques...
ISABEL. No puedes entender. ¡Sólo yo sé le bajo que he caído!
JULITA. (enérgica). Calmate de una vez. Le que tienes que hacer

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es ir a llamar a Carlos y olvidar lo ocurrido. Tienes tiempo de repararlo. (Pausa).
ISABEL. (secándose las lágrimas). Ya no llamaré a Carlos.
JULITA. ¡Cómo!... Ya sé. Quieres castigarte. Es muy propio de tí. Milagro será si no tomas ahora una decisión al licea.
ISABEL. Tomaré la única que puedo tomar.
JULITA. ¿Para probarte lo que vales?
ISABEL. Aunque sólo fuera por eso, sería válida. Tengo que probarme que amo a mi hermano a quien veo, que es el único signo honrado de amar al que no puedo ver.
JULITA. No quiero imaginar que estés pensando en imitar al hombre de la biografía...
ISABEL. El fué un santo y yo no lo soy. Has podido verlo.
JULITA. Puedo verlo. Te sobra orgullo. Nunca creí que tuvieras tanto. Por amor propio eres capaz de... Sé humilde, sé simplemente la Isabel que todos queremos.
ISABEL. Orgullo, amor propio o lo que sea, lo confundiéndome con los que no pueden darse el lujo de tenerlo.
JULITA. Vamos a la casa, No puedes hablar en serio... Tu lugar está aquí.
ISABEL. Mi lugar será el que yo me haga siguiendo una llamada.
JULITA. (hondamente). No puedes dejarnos, Isabel. Te haré una confesión, pero quiero que sepas que a pesar de todo... Mira, yo...
ISABEL. No me digas nada, sé que me quieres...
JULITA. ¿Y los viejos? ¿Tu padre que dice que tu sonrisa le arregla el día más malo?...
ISABEL. Tengo también que aprender a vivir sin pojos que me devuelvan mi sonrisa.
JULITA. ¿Qué hacer contigo? ¿Como convencerte?
ISABEL. Iré preparando a los viejos. No digas nada por ahora. Al final del verano decidiré. Ellos sabrán aceptarlo aunque no se resignen a perderme.
JULITA. (con pasión). Yo nunca traicionaré tu recuerdo...
ISABEL. ¿Quién habla de traición?
JULITA... te escribiré y me escribirás a menudo. Donde quiera que estés siempre estaremos unidas.

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ISABEL. Verás que soy humilde. Confieso que pienso en el vacío que
dejo. Será una compañía.
JULITA. ¡Nunca se cerrará ese vacío, Isabel, nunca!
ISABEL. Tal vez eso, al menos, no me será quitado. (Salen las des
por la derecha primer término).
TELON.
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OTRA VEZ DE VIAJE
(Auto de Navidad en una jornada)
Personajes
Apolonio
Rasco
Andrea
Teresa
Cuca
El Esposo
La Esposa
(Sala de espera en una estación de ferrocarril de un pequeño pueblo del interior. Puerta de acceso a la vivienda de Apolonio en el lateral derecho — del actor — y puerta de salida al andén, a foro. Ventanas, bancos. Por la derecha entra Apolonio, aburrido y sofoliento. Está amarrándose los cordones de los zapatos cuando por el foro entra Rasco, con un male — tín de viaje en la mano)
APOLONIO.— ¿Qué, otra vez de viaje?
RASCO.— Así es.
APOLONIO.— Usted es el señor Paco, el que llegó hoy por la mañana...
RASCO.— Mi apellido es Rasco.
APOLONIO.— ¿Vuelve a la Habana?
RASCO.— Eso me propongo. Vamos a ver qué piensa el tren.
APOLONIO.— No es tan malo. Es viejo y de vía estrecha, pero siempre llega a tiempo para empatar con el tren central.
RASCO.— Al menos resulta divertido.
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APOLONIO. - Pero son las ocho y no pasa hasta las diez...
RASCO. - Sé esperar.
APOLONIO. - A mí me aburren las esperas. Ahora mismo me había tirado un rato en la cama como todos los días a esta hora. No hay nada que hacer. Imagínese lo que es ser jefe de estacion-cita de ferrocarril por donde sólo pasan dos trenes de pasaje al día y dos o tres de carga a la semana. Claro que hoy el descanso me viene muy bien porque esta noche madie duerme en el pueblo. ¿Tiene familia aquí?
RASCO. - En parte.
APOLONIO. - Yo vivo aquí mismo. Ahí, detrás de esa puerta, tiene usted su casa.
RASCO. - Gracias.
APOLONIO. - ¿Y se marcha en seguida de cenar? ¡Se perderá las parrandas!
RASCO. - No he cenado y me aburren las parrandas.
APOLONIO. - Eso es porque no las ha visto. Son muy divertidas. Duran toda la noche.
RASCO. - Eso me han contado.
APOLONIO. - Este año, los dos barrios que siempre compiten, San Crispulo y la Playa, se han esmerado mucho. He podido ver algo de las carrozas y los faroles: son realmente artísticos.
RASCO. - ¿Si?
APOLONIO. - ¿Y se va a psar la Nochebuena en el tren?
RASCO. - Un tren no es mal lugar. No hace tanto frío.
APOLONIO. - Ahora que lo pienso, yo creo que podríamos... Espe re. Déjeme ver. (Se acerca a la puerta de la derecha). ¡Andrea!...
!Andrea!...
VOZ DE ANDREA (adentro). - ¿Qué quieres, Apolonio?
APOLONIO. - ¿Tardará mucho la cena?
ANDREA (apareciendo). - Ya está lista. ¿Qué prisa tienes?
APOLONIO. - He pensado que podríamos invitar a este señor a com partirla con nosotros. Se marcha en el tren de las diez y no ha cenado. Está solo.

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ANDREA.-- Bueno, como poder, podemos invitarlo... Aunque tenemos ya convidada a la pareja.
APOLONIO.-- ¿Qué pareja?
ANDREA.-- ¿No recuerdas?... La pareja de guajiros que hemos alojado en el cuarto de equipajes. ¡Si tú fuiste el de la idea!
APOLONIO.-- Es verdad. Lo había olvidado. (A Rasco) Figúrese, amigo, venían a pie desde el monte y ella está embarazada. Llegarán muy tarde al lugar a donde van, así que los convencí y los he acomodado en el cuarto de equipajes, que siempre está vacío.
ANDREA.-- Mire, señor...
APOLONIO.-- Rasco.
ANDREA.-- Mire, señor Rasco, como somos éste y yo solos, pues no tenemos hijos, en Nochebuena sólo preparamos un poco más de lo de costumbre; pero donde comen tres comen cuatro. Así que venga.
RASCO.-- Perdón, dije que no había cenado, es decir, que no había hecho la cena en familia, pero no que no hubiera comido. To mé lo necesario en el restaurante del hotel. De todas maneras les agradezco mucho sus buenos deseos.
ANDREA.-- Crea que el ofrecimiento es con voluntad. ¿Por qué no se anima y come alguna cosita? (Entra por el fondo, agitada, Teresa)! Teresa! Ústed por aquí?
TERESA.-- Buenas noches... Rasco, ¿por qué esto? ¿por qué de es te modo?
RASCO.-- No es cosa de contestarte en público. Además, ya todo está hablado.
ANDREA.-- Apolonio, vamos adentro. Tienes que ayudarme con las fuentes. Con permiso. (Salen ella y Apolonio por la derecha)
TERESA.-- ¡Siempre fugándote, Rasco?
RASCO.-- No me fugo, me aparto de un puesto abandonado. La deserción es tuya de tu papel como esposa.
TERESA.-- Fuí a buscarte al hotel, para que estuviéramos juntos esta noche, y me dijeron que acababas de pagar y marcharte. He venido corriendo.
RASCO.-- Justamente quise evitar esto; la despedida con su tor-

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tura inútil.
TERESA.- ¿Pero por qué despedirnos? ¡Si aún podemos hablar mu-
cho!
RASCO.- Hablar de una sola cosa y darle vueltas y más vueltas
sin encontrar solución. Tú no te vas a ir sin el niño, ¿verdad?
TERESA.- No puedo, Rasco; no me lo perdonaría nunca. Ni podría
vivir tranquila lejos de él. Por su misma enfermedad necesita
de la atención constante de una madre.
RASCO.- Con los abuelos está bien cuidado. Y este pueblo es sa-
no y le hará bien. Tú misma me dijiste que se ha repuesto mucho.
TERESA.- Tú no lo comprobaste por tí mismo. Ni siquiera de paso
quisiste verlo hoy.
RASCO.- Traté de estar el menor tiempo posible en casa de tus
padres.
TERESA.- ¿Por qué te irritanto esos pobres viejos?
RASCO.- Ellos son los que no me pueden pasar. No me perdonan que
sea veinte años mayor que tú...
TERESA.- Veinte no, dieciseis.
RASCO.- ...no me perdonan que te hiciera dejar tus estudios, ni
el no haberme conocido antes del matrimonio para haberme aproba
do o no, ni lo repentino del casamiento. Creo que a veces piens-
san que te seduje, como dirían ellos con su retórica pueblerina.
No dudo de que sacaran la cuenta de la fecha de nacimiento del
niño.
TERESA.- Ellos perdonan hasta el desprecio que por ellos sien-
tes. Quien no perdona eres tú. ¿Cuándo podrás perdonarte a tí
mismo, Rasco?
RASCO.- ¿Perdonarme yo? ¿de qué? Si es por lo del niño reconoz
co que me perturba, pero no creo ser duro ni egoísta. Es senci
llamente que estoy incapacitado para contemplar el sufrimiento
ajeno que no puedo aliviar.
TERESA.- Crees que lo del niño es un castigo.
RASCO.- ¿Un castigo? ¿Qué novela es esa?
TERESA.- No, las novelas escribes tú. Yo vivo esta historia

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real. Te crees castigado por no haberte hecho sacerdote.
RASCO.-- ¡Esta sí que es buena! Lo de ser sacerdote fué una idea de los veinte años. Estuve en el seminario y salí en paz con Dios, con los superiores y conmigo mismo.
TERESA.-- No. Te intranquilizaba y te humillaba el que Dios no te llamara. Te reservabas. Creías que aún había de ocurrirte algo grandioso, algo digno de Rasco el callado, el impenetrable. Estoy segura de que los polos de tu alma, los polos que deseabas para tu alma eran o el arrebato místico en Dios, y en que Dios fuera el solicitante, o una aventura amorosa grande y apasionada, una historia de traición y hasta de muerte....
RASCO.-- Si me has leído habrás comprobado que no hay ninguno de esos dramas cursis en lo que escribo.
TERESA.-- ...pero el destino te reservaba que una mucha de vein te años, sencilla y formal, se enamorara de tí y te hiciera quererla. Una historia corriente de noviazgo y matrimonio.
RASCO.-- No he negado nunca ni me pesa quererte.
TERESA.-- No se me olvida la noche decisiva. Te dije que dejaba la Habana y me volvía al pueblo y tú callaste. Yo no te miraba. Me volví y ví la angustia de tus ojos desmintiendo a los labios apretados. Rasco no podía confesar que necesitaba de un ser humano. En silencio te puse la mano sobre el hombre, como ahora, y los dos supimos que no podríamos prescindir el uno del otro. RASCO (apartándose).- Sin embargo, hemos podido estar un año sin vernos.
TERESA.-- ¡Pero yo he llorado y rezado cada día para que vinieras, para que te conformes conmigo y con tu hijo... para que aceptes que tu hijo sea un inválido!
RASCO.-- ¡Quién no lo acepta? ¿Me oyes protestar acaso? Tampoco es cosa de ponerse a saltar de alegría, ¡no? Además, tengo que aceptarlo. No puede volver a nacer ni vamos a esperar un milagro. Tengo un hijo que no camina y éso es todo. Huesos blandos, como dice escuetamente el médico. No es para estar hablando de ello todo el día.
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TERESA. - Pero no hay que rehuirlo, Rasco. Hay que afrontarlo como lo que es, como una prueba mandada por Dios.
RASCO. - No empieces con la vieja salmodia teológica. ¿Qué sabemos del sentido del sufrimiento? El pago natural de salir a la calle sin camisa en invierno es una pulmonía, ¿pero a qué acto le vamos a achacar que una criaturita, hija de padressanos, salga con las piernas hechas unos guiñapos?
TERESA. - Yo no lo achaco a nada, simplemente lo acepto; sufro, pero lo acepto. Tú te acusas, Rasco, te acusas y quieres eva—dirlo. Hace dos años, cuando nació el niño, te alejaste de Dios, te creíste maldito. Sé que es así, no lo niegues... Te alejaste de Dios y te alejaste de mí. Seguíamos juntos, pero no estabas conmigo, con la esposa que era madre, sino con una compañera de diversiones. Era una vida de locura. No parabas en casa y rara era la noche en que no quisieras que saliéramos. Y jamás te acer cabas a tu hijo. Ni una caricia, ni una palabra sobre él, nunca tomarlo en brazos... Y aquella mirada dura y obstinada cuando lo veías en mi regazo. Tuve que irme, Rasco. Tú mismo lo comprendiste así y aceptaste que viniera apasar un tiempo con mis padres.
RASCO. - Pero ahora el plazo ha expirado, Teresa. Por lo menos ha expirado para mí. Te necesito a mi lado. No soy el orgulloso y pretencioso que dices. He venido humildemente a rogarte que ven gas conmigo. Te necesito mucho. No sabes cuánto.
TERESA. - También yo te necesito, Rasco... Quédate esta noche.
RASCO. - Después sería peor la separación.
TERESA. - Alarga el plazo, estemos juntos, hablemos.
RASCO. - Es triste hacer el papel de hombre duro cuando se está angustiado por dentro. ¡Apenas he escrito en este año!... Si su pieras con qué fuerza, con qué paz orgullosa se puede escribir, tarde en la noche, sabiendo que tú, tan joven, tan cálida, tan honda, respiras en el cuarto de al lado. La luz de la lámpara sobre el blanco papel y tu cercano sueño tranquilo. No hay defensa mejor contra el desamparo.

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TERESA. - Si no fuera por el niño iría a qjos cerrados a servir-te así, tan silenciosa como la lámpara de tu mesa.
RASCO. - No tergiverses mis palabras.
TERESA. - No me importa lo que significuen. Hacerte falta es lo que más me lleva hacia tí... Estemos juntos, Rasco. Es Nochebuq na, noche de la buena compañía. Siento que algo muy grande puede ocurrir si somos humildes y dóciles a la sugerencia. Si apago yo esta tentación de dejarlo todo e irme contigo y si aceptas tú cenar con unos pobres viejos que no te odian, que sólo te temen un poco. Cenar en familia con tu mujer, junto a tu hijo. Tu hijo que no es un castigo ni un escarnio sino una oportuidad para que desbordes de piedad y de ternura.
RASCO. - Soy desdichado, Teresa. Soy hombre árido y distante, hombre a quien todos llaman por su apellido.
TERESA (de lejos y muy suave). - Eugenio...
RASCO (de lejos). - ¡Crees que Eugenio pueda ser convocado como cierta noche? Sin embargo, Rasco está mejor defendido contra - el dolor y contra el mundo.
TERESA. - No tienes que defenderte contra mí, Eugenio Rasco.
RASCO. - Tú misma me llamas siempre de la otra manera.
TERESA. - Porque es un orgullo que Rasco el abrupto me pertenezca.
RASCO. - Rasco no se pertenece tal vez ni a sí mismo.
TERESA. - Rasco está aquí junto a mí, con sus manos en mis manos.
RASCO. - Desconfío, Teresa. Ya una vez me entregué y el premio - fué un hijo deforme.
TERESA. - ¡No llames deforme! ¡Si ha mejorado muchísimo!...
!Y no quisiste verlo!
RASCO. - El premio fué un hijo... así y un matrimonio desgraciado.
TERESA. - Hecho desgraciado por nosotros mismos. Por mí, que no he sabido convencerte de que Dios no te mira mal.
RASCO. - Soy duro de convencer. Exijo señales... Y a El no le - costaría nada enviarlas.

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TERESA. - No te alejes. Toma mis manos.
RASCO (tomándoselas). - ¡Teresa!q
(Entra Cuca por el foro, muy alegre y decidida)
CUCA. - ¡Señora Teresita, cuánto tiempo sin verla!
TERESA. - Buenas noches, Cuca. (Rasco se aparta molesto y hosco)
CUCA. - ¡Vengo a anunciar un nacimiento!
TERESA. - ¡Un nacimiento?
CUCA. - Bueno, no ha ocurrido todavía, pero no pasará de esta noche. Yo conozco de eso porque después de estar en casa de sus padres trabajé cinco años con Zoila comadrona... Me parezco al ángel que avisó a los pastores, &verdad? Un nacimiento en la noche del 24 de Diciembre y en un lugar de refugio... Vaya, en una cueva.
TERESA. - ¡Una cueva?
CUCA. - Sí, en ese cuarto oscuro y sin ventanas, el de equipajes, ese que siempre está vacío... Figúrese, ¿qué equipajes para el tren va a haber en este pueblucho? Aquí la gente sale con una muja de ropa puerta y otra en la mano... Pues hoy Apolonio metió allí a un matrimonio guajiro. Venían a pie desde un sitio en el monte porque el dueño, que tiene una finca de recreo a cuatro leguas de aquí, los ha citado para firmar no sé qué contrato. El es ya mayor y ella, muy joven y muy bonita. Tiene una cara de lo más dulce. Lleva ya nueve meses de embarazo. La estuve interrogando y aconsejando porque es muy inocente... ¡Pero usted qué hace por aquí? ¡Se va de viaje hoy, en Nochebuera?
RASCO (ásperamente). - La señora no se va. El que se marcha soy yo. (Teresa lo mira desconcertada y ansiosa)
CUCA. - No me diga nada, que lo adivino. Este es su esposo, ¡verdad?
TERESA. - Sí, Cuca.
CUCA. - ¡Pero qué pronto se marcha! ¿No se queda a ver las parran das?
TERESA. - No, Cuca... Y tú, &trabajas aquí?
CUCA. - Por la mañana. Hago la limpieza en casa de Andrea. Fero

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vine a conversar un rato con los guajiros. Andrea es tan seca que apenas les da conversación. Ahora iba a decirle que se prepare, pprque con toda seguridad la mucha dará a luz esta no che... No me demoro más, que ustedes tendrán mucho que hablar. Hasta luego, señora Teresita. Buenas noches, señor.
TERESA.— Que tú sigas bien, Cuca. (Sale ésta por la derecha!) Qué manera de parlotear! Siempre ha sido así. (Acercándose a Rasco). Pero nos interrumpió en mal momento. ¿Por qué dijiste que te márchas solo? Ya no te ibas.
RASCO.— He pensado que debo alejarme de tí. Dejarte tranquila con el niño. Soy demasiado amargo.
TERESA.— ¡Pero por amor de Dios, Rasco, ¿por qué este cambio?
RASCO.— Tú no lo comprenderías, pero a mí me daña mucho lo que acaba de ocurrir.
TERESA.— ¿Pero qué ha ocurrido? ¿Vas a ponerte así por la interrupción de una mucha indiscreta y habladora, pero buena en el fondo?
RASCO.— Ella no es la culpable sino el algo o el alguien que dig puso que sucediera éso en este momento.
TERESA.— Estás desvariahdo, Rasco.
RASCO.— Ya no soy Eugenio.
TERESA.— No, no lo eres. Eugenio se ha retirado. Rasco está so-lo en la esoena y esforzándose por hacerse odioso.
RASCO.— No puedo evitar el padecer de cierta sensibilidad, de cierto sentido de las proporciones... Te dije que no comprende rías. Justamente cuando yo hablaba de mi necesidad de una señal se me envía una parodia grotesca. Un ángel verborreico viene a anunciar un nacimiento que va a ocurrir en un refugio improvisado la noche del 24 de Diciembre. Y los padres son dos campesinos pobres que marchan a pie porque han sido convocados para asentar sus nombres en algo. No falta ningún detalle. Todo ha sido trazado para conmover el corazón de piedra de Rasco, ya ablandado por la cercanía y el perfume de su esposa joven y fresca. Lo siento, pero no me rindo tan facilmente. Debes venir con

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migo o partiré solo.
TERESA. - Es monstruoso lo que dices. El orgullo va a enloquecer te. No se te ocurre pensar en los pobres guajiros recogidos si no en lo que ellos representan para tí. Parte solo, Eugenio Raquco. No puedo acompañarte en ese camino.
RASCO. - Tú eres la que deserta.
TERESA. - Sí, soy yo la que deserto. (Con brusco impulso). Adiós, Rasco. (Sale por el foro)
(En la soledad del salón, Rasco queda unos instantes inmóvil y después va a sentarse en un banco. Apoja la frente en una mano, cubriéndose los ojos, y quizás se adormece. La luz se amortigua acusadamente. Entran por el foro el Esposo y la Esposa descripción por Cuca y se sientan pacientemente a espaldas de Rasco)
RASCO (levantando la cabeza). - ¿Qué le pasa ahora a luz?...
Bueno, ya es bastante que haya planta eléctrica en este pueblo.
ESPOSO. - La penumbra no es del todo mala. Abriga el alma de los pobres.
RASCO (que se vuelve sorprendido). - Creí que estaba solo... ¿Son ustedes los huéspedes del cuarto de equipajes?
ESPOSO. (sin asentir). - Es un descanso en el camino. Esperemos que sea para bien.
RASCO (siempre seco). - ¿Aguardan el tren de las diez?
ESPOSO (siempre reposado). - A donde vamos no nos lleva tren alguno.
RASCO. - Para ser campesino se expresa usted muy bien.
ESPOSO (con sencillez). - ¿Lo cree usted así, señor?
RASCO. - No quise molestarlo. Es sólo que resulta... curioso.
ESPOSA. - No nos ha molestado, señor; se lo aseguro. (Pausa un poco prolongada en la que Rasco, por ejemplo, se acerca al focho, mira hacia fuera y, por fin, se vuelve hacia los otros)
RASCO. - Ya que, por lo visto, vamos a estar juntos un rato, ¿no les parece mejor que hablemos un poco?
ESPOSA. - Nada nos daría más gusto, señor.
RASCO. - Mi apellido es Rasco.

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ESPOSA. - Dios lo bendiga en ese nombre.
RASCO. - ¿Y a ustedes cómo los llamaré, José y María?
ESPOSO. - Son hermosos nombres. Si tal es su gusto...
RASCO. - Por segunda vez me han desarmado. No hagen caso de mi impertinencia; soy más desdichado que insolente.
ESPOSA. - Yo creo que la desdicha es un mal hábito. ¿Por qué estar tristes si al fin y al cabo todo terminará bien?
RASCO. - ¿Lo saben ustedes?
ESPOSO. - Desde Abraham todos debemos saberlo.
RASCO. - ¡Vaya! ¿Se frecuenta la Biblia aquí en el campo?
ESPOSO. - Nosotros no nos separamos de ella.
RASCO (después de una breve pausa y con manifiesta simpatía).- No es tanto lo que dicen ustedes, que se oye en todos los sermones, sino cómo lo dicen. Envidio su fé.
ESPOSA (ingenua, al Esposo).- ¿Oyes? ¡Nos envidia! (A Rasco) ¡Pe ro si lo raro es que se pueda no creer ni esperar!... ¡No ha vis to usted amanecer en una sabana?
RASCO. - Siempre he sido hombre de ciudad.
ESPOSO (paternal, a la Esposa).- No juzgues a los demás por tí.
A veces, los jefes de familia sobre todo, estamos preocupados y el más lindo amanecer no nos consuela. Aunque, gracias a Dios, la paciencia nunca falta.
ESPOSA. - Tú eres así, tranquilo aun con la frente fruncida. Yo estoy más contenta siendo impaciente... Sobre todo desde que cuen to los días para que nazca este hijo.
RASCO. - ¿Y si le nace un hijo indeseable, un pequeño monstruo de esos con que a veces obsequia la chistosa naturaleza?
ESPOSA. - Nacerá lo que Dios quiera que nazca. Es pecado ser tan sombrío.
ESPOSO. - Sigues juzgando por tí. Hay quienes no se quieren a sí mismos lo bastante para sentirse queridos, para comfiar.
ESPOSA. - ¿Y van a pensar que fueron creados sólo para tener al-guien a quien mortificar?
ESPOSO. - Así pasa. No se quieren. Están desconfiados.

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RASCO (al Esposo).- ¿Cree usted que en verdad haya en el hombre algo amable?
ESPOSO.- Mire, amigo, ¿no se ha enamorado usted nunca?
RASCO.- Entendido. Pero es lo que creemos ver en el otro. En cuando a uno mismo...(pensativo) Se puede uno mimar sin tenerse el menor afecto. Podemos ser nuestro cómplice, pero nuestro amante.
ESPOSO.- Sólo sé decirle que me parece que hay que respetar en uno lo que otro ve con buenos ojos.
RASCO.- Atinado y sutil es usted. ¿Por qué la Iglesia no lo haría doctor?
ESPOSO.- La broma es defensa sólo para un rato; créamelo.
RASCO.- También es cierto. Pero no me defendía. Sólo disimulaba por un resto de pudor... Pudor que arrojo de mí ahora para confesarle lo que no debe confesarse, que con gusto me cambiaría por usted.
ESPOSO.- No lo escucho. Eso es una rebeldía bien triste.
RASCO.- Lo sé. Debemos ser el que Dios quiere que seamos y no otro. ¿Pero saben el por qué de mis estúpidas bromas sobre José y María? Pues que hace un rato un ser humilde y alegre habló de ustedes y los hizo figura de la pareja santa, y yo, por caren—cia de sencillez, me exasperé irracionalmente. Pero ahora he visto que usted puede encarnar muy dignamente al padre adoptivo de Jesús, al santo que es más que doctor y más que patriarca. No lo halago, no. Obedezco a un impulso incontenable, raro en mí. Usted es figura de aquel varón discreto y poderoso, en cambio yo...
ESPOSO.- Déjele a Dios saber la figura que usted componga.
RASCO.- Me temo que sea la de una pirámide trunca. He aquí a un cura trunco, a un escritor que apenas escribe y a un padre que reniega de serlo... ¿Pero a qué vienen todas estas ridículas efusiones? Debe ser esta penumbra sostenida que invita al delirio. ¿Es que no pensarán restablecer la claridad? Voy a ver qué se hacen este exasperante pueblo. (Se asoma a la puerta del

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foro y mira hacia fuera) Pues allá están peor que nosotros. El pueblo está totalmente a oscuras. (Se apaga totalmente la luz de la escena y mientras dura el apagón salen el Esposo y la Esposa) ¡Ah! ¡Ahora nos tocó a nosotros! ¡Qué linda Nochebuena! ¿No se asusta de la tiniebla tierra esposa? No, ella es una brava mucha. Y no decir nada del esposo. El es todo fortaleza y mesura. Aquí el único nervioso es Rasco, el hombre pétreo... pero de piedra caliza, piedra que se desmoronea entre los dedos. (Baja la voz) Ahora que no nos vemos las caras, José, María, les tán ustedes cerca de mí? Déjenme que les dé esos nombres. ¡Saben? Esa estampa ingenua que ustedes componen yo quisiera habitarla. Arrostrar con sencillez el camino, la intemperie, la vida; arrostrar la incógnita del hijo que se nos depara... Bendición, esa es la palabra. La paz que nace de la certeza de una bendición. Como un encuentro aquí en el campo. "La bendición, pa drino". "Dios te bendiga, hijo". Y se sigue el camino agilmente, con el corazón desbordante de claridad y de ternura. Si yo pudiera... (Se ilumina la escena como antes de la penumbra) Otra vez la luz... &Para bien o para mal? &Pero dónde están ustedes? ¡Y no sé sus nombres! Me han abandonado también. &Habré hablado ridículamente a solas? ¡Qué impprta! Rasco ya hablará siempre solo. (Va a sentarse y queda en la misma posición en que estaba antes de la escena con los Esposos).
(Entran por la derecha Apolonio y Andrea con ropa de salir y gran risotada de ella)
ANDREA (reparando en Rasco).- ¡Pero qué! &Teresa no lo convenció?
APOLONIO.- ¡Andrea!
ANDREA (retadora).- &Qué, Apolonio?
APOLONIO.- Que recuerdes la educación, eso es lo que digo.
ANDREA.- ¡Bah!... &No le han zumbado los oídos, señor Rasco? RASCO.- No padezco de ellos, &por qué?
ANDREA.- Porque hemos hablado mucho de usted. En bien natural mente.

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APOLONIO.— Mire, amigo, tiene que perdonarla. Como no prueba el vino nunca, con sólo dos copitas pierde el tino.
ANDREA.— Yo sé portarme siempre como una señora... (A Rasco) De bió de cenar con nosotros. Lo hemos pasado de lo más bien con los guajiros y con Cuca. Cuca con su trajín de que el niño nace rá esta noche. Y nada de eso, yo sé que tenemos tiempo de ver las fiestas. Por cierto que Cuca lo encontró a usted muy intere sante. Le gustan los hombres maduros.
RASCO.— ¿Cenaron con ustedes los guajiros del cuarto de equipa- jes?
ANDREA.— Sí. Son pobres, no tienen donde caerse muertos, pero son muy agradables y educados.
RASCO.— ¿Y estuvieron allí en su casa todo este tiempo?
ANDREA.— ¡Naturalmente!
RASCO.— ¿No salieron aquí en ningún momento?
ANDREA.— ¿A qué iban a salir? Allá adentro tenían de todo. ¿Por qué lo pregunta?
RASCO.— Pues porque... Porque no los ví entrar.
APOLONIO.— Es que el cuarto de equipajes se comunica con la ca- sa.
RASCO.— Entonces, he debido dor... (Se muerde los labios)
ANDREA.— ¿Qué, se quedó dormido en un banco? Eso le pasa por gru- món. La gente así siempre se queda sola.
APOLONIO.— Vamos, Andrea. Discúlpela, amigo. Lo que le dije, la falta de costumbre del vino... ¡Vamos, Andrea! (Se la lleva del brazo y salen los dos por el foro. En seguida vuelve a entrar Apolonio). Se me olvidaba, amigo. Me avisaron por teléfono que el tren está muy retrasado. De pasar, pasará por la madrugada. Mejor deja el viaje para mañana y se va al hotel esta noche... Bueno, usted sabrá. Buenas noches. (Mutis definitivo)
RASCO.— ¡Dios mío, no dormía!... Y si dormía y no es que esté loco, ¿por qué esa nitidez y esa riqueza de visitación? Tú solías enviar visitantes nocturnos. Los enviaste a José, a Jacob, a tantos otros. Pero el ciclo parecía cerrado. ¿Y vas a

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abrirlo otra vez en honor de Rasco el infimo?... &Es que en ver
dad me siento infimo? No, toco el orgullo dentro de mí. Se man-
tiene en pie. Ahora mismo, no tendría coraje para ir donde Tere
sa y humillarme. No me saldrían las palabras. Pero esta es la
noche en que tu corazón se ablanda. Perdón; blando y solícito
es siempre tu corazón. Rasco lo sabe. En el fondo siempre lo he
sabido. No dejé nunca de confiar aunque pareciera lo contrario.
Tal vez fuera el exceso de confianza del niño mimado. Pero aquí
me tienes sin saber qué hacer con tantos favores. Tus honores
son cargas agobiantes. &Cómo responder dignamente a ellos? No
queda otro camino que la osadía y el desenfado. Te pediré otro
don. &Ves? Me has hecho un presente inmensurable, lo tengo entre
las manos y no sé que hacer con él. Dímelo tú. (Después de una
pausa tensa aparece por el foro, lentamente y con abrigo, Tere-
sa).
TERESA (sin pasar del umbral). - Venía decidida a todo, pero Apo
lonio me ha dicho que es difícil que puedas marcharte hoy. (En
ruego). ¡Quédate, vámonos al hotel! (Pausa)
RASCO. - No, iremos a tu casa. Junto a tus padres, junto a nuevas
tro hijo.
TELON
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(Versión escénica libre del relato homónimo de G. K. Chesterton incluido en "The inocence of Father Brown" según traducción de Alfonso Reyes).
Personajes
Leonardo Quinton
Elena Quinton
Dr. Jaime Harris
Padre Brown
Enrique Atkinson
Hércules Flambeau
Kridharta
PRIMER ACTO
Cuadro I
La acción transcurre a fines de la época victoriana y tiene lugar en la morada del poeta y novelista exótico Leonardo Quinton en Clapham, suburbio de Londres, morada exótica como su dueño. La escena representa la sala de estar de la casa. Hay una gran vidriera desde la que se ve el jardín, que rodea la casa, puerta de acceso a éste, otra que lleva al estudio del literato y otra que da al vestíbulo o corredor que conduce a la entrada de la casa, a otras dependencias interiores de la planta baja y a la escalera para los altos. Muebles y motivos orientalistas, último capricho del propietario. Entre los muebles, un diván. Desde cierta posición el jardín supónese puede verse el invernadero de cristales con el que se continúa el estudio del ar tista. En el jardín se ve un banco de piedra.
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LA FORMA EQUIVOCA

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Está en escena Elena Quinton, joven esposa del novelista, de pie y contemplando la tarde y el jardín por la vidriera. Se acerca la hora del te. Casi en seguida entra Leonardo Quinton, mira la espalda de la joven y se sienta calmosamente, dándole a su vez la espalda a ella. Viste cazadora color café y porta y chupa una pipa vacía. Su esposa lo ha sentido, pues, sin volverse, le habla:
ELENA (tierna y efusiva).- ¿Has visto que hermosa tarde? (Si — lencio). Creo que mañana es Domingo de Pentecostés. (Silencio)
De niña, en el colegio, tenía siempresente todas estas fechas; después...
QUINTON (sin volverse, con toda calma).- Después creciste y, ya ves, puedes gustar los colores de una tarde inglesa de primavera sin necesidad de suponer en ellos colgaduras o estandartes dispuestos para la visita del Espíritu Santo.
ELENA (vuelta a medias).- Sólo dije que... (Sordamente, de cara a los vidrios). Una hermosura así, para nada, es idiota.
QUINTON.- Tiene un mensaje, ¿no? (Con un suspiro). Veo que quie res seguir rodeada de tus lindos y sagrados escenarios.
ELENA (hosca, sin volverse).- No es ese el tono de tus poemas y novelas.
QUINTON (imperturbable).- Ni mis poemas ni mis novelas tienen nada que ver con las fantasías de una dulce niña católica. Por lo demás, tu catolicismo hace tiempo que está bien guardado en el desván. (No se le escapa el movimiento irritado de ella. Se pone de pie y se despereza "educadamente"). Me voy al invernadero. Quiero ver el efecto de este sol de Pentecostés sobre mis plantas. (Mientras camina hacia la puerta de estudio y la abre y traspone). Me temo que las grandes hojas bermejas, y esas otras solapadas de tinte oro viejo no sean muy piadosas, pero lo cierte es que cuentan con lo necesario para deslumbrar. Me basta con su explosión silenciosa, indómita, abrasadora... (Greyándolo ido, ella se vuelve y muestra un rostro atormentado; pero él regresa

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a la estancia). Se me olvidaba; hoy vendrá a visitarnos mi amigo Hércules Flambeau. Estudiamos juntos en París. Va a intere —arte. (Con fingida preocupación) ¿Por qué no te habré hablado nunca de él?
ELENA.— Creo saberlo.
QUINTON.— Posteriormente su vida fué tremenda. Llegó a ser un genio de la delincuencia. Ahora es un detective privado con tranquila y acreditada oficina en la City. Otra cosa que te agrada-rá: traerá consigo al Padre Brown, párroco de la vecina iglesia de San Mungo... a donde, por cierto, no has ido nunca. El padre es detective aficionado. Fué él quien trajo a Flambeau al buen camino y al fervor católico. Ya los verás. (Abandona el tema y sale cerrando tras sí la puerta. Elena se refugia en el ventanal. Entra el doctor Harris portando su maletín de médico; lo deja en silencio sobre el diván y contempla un momento la abru-mada espalda de la joven).
HARRIS.— Elena...
ELENA (que se vuelve aliviada y con presteza).— ¡Jaime!... (Se reprime). Doctor Harris, buenas tardes.
HARRIS (adelantándose y tomándole las manos).— ¿Por qué no Jaíme, Elena? No soy mayor que su marido.
ELENA (retirando con suavidad las manos).— No puedo... Deme tiempo.(Se aparta. Con sonrisa de excusa:) ¿Qué quiere usted? La vieja educación... y las viejas creencias.
HARRIS.— Pero usted ya no cree.
ELENA.— Cambié una religión por otra. Pasé a creer ciegamente en Leonardo.
HARRIS.— Hoy ha estado especialmente mortificante, ¿no es cierto?
ELENA (evasiva).— Fué al invernadero. (Despechada). Supongo que estará echado en su otomana. (Huraña) ¿Por qué no va a verlo?. Pronto será la hora del narcótico.
HARRIS.— No me rechace, Elena. No soy de usted todo lo que quiero ser, pero al menos tengo la etiqueta de amigo.

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ELENA. - Perdóneme. Es usted mi amigo. Pero, ¿qué voy a contarle que ya no conozca?
HARRIS. - ¿Y vamos a seguir idolatrando a ese ególatra desequili brado?
ELENA (sombría). - Ya no es mi ídolo.
HARRIS. - ¿Por qué no lo abandona, entonces?
ELENA (con reproche). - ¿Para irme con otro hombre?
HARRIS. - Conmigo. No por lo que está pensando, no por despecho, sino porque soy un ser sano y fuerte como lo es usted y ninguno de los dos tiene nada que hacer con un lunático atormentador.
ELENA (pensativa). - Antes no era así. Algo en mí le ha fallado.
HARRIS. - Es otra cosa, o son varias cosas dentro de él las que han fallado.
ELENA. - Si no doy el paso no es por él. Es por respeto a mí misma.
HARRIS. - Diga más bien que por respeto a una ceremonia. (Ella niega vagamente con la cabeza) Una ceremonia que él recibió sólo por complacerla, según usted me ha contado. (Ella calla) Y que ya para usted tampoco significa nada.
ELENA (ambigua, mirando por la vidriera). - Hay lazos que no toca al hombre deshacer, enseñaban las Hermanas.
HARRIS. - Elena, que dos brazos de carne y hueso la rodeen debida mente y se irá al diablo ese otro lazo más o menos gaseoso.
ELENA (glacial). - Si a algo puedo rendirme no es a la rudeza... más o menos pedagógica, doctor Harris. Usted lo sabe.
HARRIS (ofendido). - No pretendía educarla. Salvarla, en todo caso. Le ruego que me perdone.
ELENA. - Vamos, no se disguste. Sé que me quiere bien. Sus ideas son frías, son demasiado...biológicas; pero su corazón es cálido. Sólo quisiera que ahora se olvidara un poco de usted...
HARRIS. - Hay un egoísmo perfectamente sano.
ELENA. -...que dejara de pensar en Jaime Harris y Elena Quinton; que viera no más que a una pobre mujer desamparada y expuesta...
HARRIS. - Porque el mando duerme borracho de literatura.

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ELENA.……que me aconsejara como saber hacerlo cuando se olvida de la evolución y la naturaleza.
HARRIS.— Tomo la mano de esa pobre mujer y le digo que estoy dis puesto a ayudarla.
ELENA.— No sé que hacer. No sé... (Se interrumpe. En la entrada del vestíbulo se ven la figura pequeña, divertida y azorada del padre Brown y la gigantesca y astuta de Flambeau. Acaban de embocar en la sala y se han quedado inmóviles ante la pareja co gida de la mano, la cual, tras una breve parálisis, se suelta y aparta).
PADRE BROWN (avanzando y gesticulando con el paraguas).— Buenas tardes, la puerta estaba abierta, seguimos el corredor y...
HARRIS (con nerviosa desenvoltura!— ¡Ah! Ya están aquí. ¿Qué les pareció el jardín? ¿Vieron el invernadero, las plantas tropicales?
BROWN.— No, nos quedamos a la entrada. Mi amigo Flambeau se an-tretuvo disertando sobre los jardines ingleses y los ponientes de primavera en un suburbio de Londres. Yo, casualmente, encontré en la hierba un curioso objeto que traje conmigo... (Hace además de sacar algo del bolsillo de la sotana, pero es interrum pido por Harris).
HARRIS.— Señora Quinton, permítame presentarle al padre Brown, párroco de San Mungo. Tengo el gusto de conocerlo de la vecinadad. Y al señor Hércules Flambeau, antiguo amigo de su esposo. Coincidimos al llegar, pero ellos quisieron quedarse contemplan do el jardín.
ELENA (remota).— Bienvenidos. Ya Leonardo me había anunciado su visita. El está descansando en el invernadero. Iré a avisarle que ustedes están aquí.
HARRIS.— No se moleste, señora; iré yo. Así, de paso, examino a mi paciente. (Recoge su maletín y sale por la muerta del estudio).
FLAMBEAU.— Ignoraba que Leonardo estuviera enfermo.
ELENA.— Es un malestar poco definido. Nada de importancia, al pa

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recer. Pero siempre en la tarde tiene algunas décimas de fiebre.
Y sufre, además, de insomnio. Hace cosa de un año que lo viene
atendiendo el doctor Harris... Pero siéntense, por favor (Ellos
lo hacen).
FLAMBEAU.- Tienen ustedes una vivienda agradable y singular. Es
muy inglesa, muy típica en estos barrios, pero también resulta
exótica. Hace pensar, no sé bien por qué, en bungalows, en pal-
meras. Acaso todo dependa del color blanco, o de las persianas
verdes, o de esa extraña cúpula del pórtico.
ELENA.- El color, la forma, el jardín circular, todo fué idea de
Leonardo.
FLAMBEAU.- Es muy propio de él. No le gusta fantasear sólo sobre
el papel. Tenía una imaginación verdaderamente barroca para pla-
near andanzas en nuestra vida de estudiantes, que fué algo...tur
bulenta.
ELENA (invitando al tema).- Usted lo conoció mucho de joven...
FLAMBEAU.- Fuimos grandes amigos. ¿No le ha contado?
ELENA (ingenua).- No... (Confusa) Es decir sí. Pero en general
habla poco de aquellos tiempos.
FLAMBEAU.- Es extraño. La pasamos tan bien. Apenas teníamos vein
te años. Otros veinte hay de por medio y no olvido aquella simpa
tía suya cálida, un poco nerviosa.
ELENA (Con leve y febril orgullo).- Hace diez que nos casamos.
Yo también participé de esa vivacidad y esa riqueza... (cambia
de tono). Quisiera ofrecerles algo antes del té. Tenemos un buen
Jerez.
FLAMBEAU.- Aceptamos sin vacilación, señora.
ELENA.- ¿Me permiten sus sombreros?... Y su paraguas, padre. (To
ma los objetos y los coloca en mueble apropiado; luego sale por
la puerta que da al interior de la casa. Flambeau se ha quedado
galantemente de pie y el padre sigue sentado con su aire confun-
dido. Los dos hombres fuman; el gigante francés, un cigarrillo,
y el pequeño sacerdote, una enorme pipa).
FLAMBEAU.- Bastante más joven que Leonardo es... y, al parecer,

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más madura también.
BROWN (mirándose las punitas de los zapatos).- Esta mujer está agotada. Es el tipo de esas mujeres que cumple su deber durante veinte años seguidos y luego hacen una atrocidad.
FLAMBEAU (caviloso).- Sin querer hemos sabido que algo anda mal por aquí. No me extraña después de mi encuentro de ayer con Quinón.
BROWN.- Hábleme de él.
FLAMBEAU (paseándose pensativo).- Ayer tuve el gusto de conocer, en un encuentro casual, a Quinton, célebre novelista que usa el mejor estilo inglés de afectación y pedantería. No fue a Leonar do al que ví. Pero no es eso. No se trata de un simple envanecimiento por el éxito. Ni tampoco es que sea del todo otro... Ya entonces algo de esto apuntaba en él. Pero ahora la vanidad es soberbia, la excitación simpática una especie de frialdad ebria. Y el deseo de agradar es el de irritar. A mí consiguió irritarme. Me sublevó su cordialidad estudiadamente falsa y condescendiente. Creo que en gran parte estoy aquí para pedirle explicaciones y ajustarle las cuentas si es necesario, ya que ayer la sorpresa me dejó paralizado.
BROWN.- Descuide, que algo se me alcanza de cómo era y de como es.
FLAMBEAU (sonriente).- Sí, ya sé que hablado más bien para mí mismo, pero es que no consigo ver claro.
BROWN.- Parece que él hubiera traspasado cierta frontera.
FLAMBEAU.- Y que al cruzarla, decidió borrar su pasado. Eso es. ¡Vió como no le ha hablado nunca de mí a su esposa?
BROWN.- En otra ocasión me ha dicho usted que durante cierto tiempo se cartearon.
FLAMBEAU.- Mientras vivió en Inglaterra contestó mis cartas. Ha bía venido, abandonando los estudios en París, por la enferme —dad de una tía que era el único familiar que le quedaba. Después de muerta ella empezó a viajar y a escribir libros. El silencio cubrió nuestra amistad. Sólo supe de él por la página literaria

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de los diarios.
BROWN. - Y él de usted por la policíaaca.
FLAMBEAU (con una sonrisa distraída). - No conocía mi nombre de guerra, éste que he adoptado por ser el de mi nubarriento pasa do y el de mi alegre y purificadora amistad con usted; todo lo que soy, en suma. Leonardo sólo sabía del apellido de una família de Provenza, noble y venida a menos, con una flor flamígera en el escudo. Estos datos apasionaban al romántico que fué. (Transición). Para fastidiar al pedante que es ahora le revelé ayer, en nuestro encuentro, mi identidad y mis hazañas.
BROWN. - Lo cual no le impresionó demasiado.
FLAMBEAU. - Nada, a decir verdad. Ahora veo todo lo que había en él de literario. Muchos sueños pero escasa ejecución. Siempre había que vencer su irresolución final y empujarlo. Prefiero al hombre de acción que fuí y que soy. Nunca me ha parecido que para un caballero la mejor manera de darse al diablo sea ahogarse con opio y escribir versitos eróticos en vitela.
BROWN. - Lo mejor es no darse de ninguna manera.
FLAMBEAU. - No tema, padre. Nunca volveré a las andadas... Aunque a veces me asaltan recuerdos peligrosos.
BROWN. - ¿Sí?
FLAMBEAU. - En todos mis triunfos criminales había siempre algo de justiciero. Algún majadero resultaba castigado. Creo que eso era lo que me incitaba. ¿Se acuerda de Lord Leopoldo Fischer?
BROWN. - ¿El dueño de "Las Estrellas Errantes?
FLAMBEAU. - El dueño de los tres fabulosos diamantes que erraban de mano en mano de ladrones mediocres hasta que entré yo en acción. Aquí hay otro majadero aferrado a su egoísmo y sus tesoros. (Señala los adornos de la estancia) ¡Lástima de arrepentimiento!
BROWN. - Hay que reconocer que aquella operación fué brillante.
FLAMBEAU. - Maestra.
BROWN. - Conforme, maestra. (Desde aquí, con el ritmo y los movimientos se acercan a una escenificación de lo que hablan)

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FLAMBEAU. - El viejo Lord celebraba el cumpleaños de su ahijada y le iba a regalar los famosos diamantes. Quería mucho a su ahijada el viejo Lord.
BROWN. - Y en la fiesta se apareció un tío procedente del Canadá. Un tío ausente de Inglaterra por muchos años y a quien nadie recordaba.
FLAMBEAU. - Era una delicia encarnar el personaje del tío trotamundos, cordial, buena persona. También estaba en la fiesta un joven pobre, cortejante de la mucha.
BROWN. - Un joven de ideas avanzadas que desagradaba a la familia de la joven general y al viejo lord en particular. El tío trotamundos quiso que todos se divirtieran. Improvisó una arlequinada.
FLAMBEAU. - En la que él haría de Arlequín. Pero también se pregó de buscar y aderezar disfraces para todos.
BROWN. - Y mientras aderezaba el disfraz del viejo lord, le birló el estuche con las joyas. Después empezó una danza vertiginga. Los espectadores rugían de entusiasmo. En uno de los gizos del torbellino danzante, Arlequín hizo una salida magistral por la muerta del jardín.
FLAMBEAU. - Desde allí escuchó los aplausos que redoblaban frené ticamente.
BROWN. - Pero él no salió a recibirlos.
FLAMBEAU. - Se había internado en el jardín. El ambiente era mágico. La noche de luna como un monstruoso cristal morado e índigo, los laureles inmortales... En las ramas más altas de un lau rel estaba cuando supo que había sido descubierto.
BROWN. - Las lentejuelas del traje chispeaban en los alto como un millón de lunas.
FLAMBEAU. - Desde abajo, entre las movientes sombras del ramaje, llegó la voz de cierto pequeño sacerdote.
BROWN. - "¡Eh, Flambeau! Que parece usted realmente una estrella errante! Lo cual, en definitiva, quiere decir una estrella que cae..."

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FLAMBEAU.— Dijo más. Dijo que los hombres se habían fijado límites para ascender en el bien, pero que el mal no reconociía fondo; que el hombre bondadoso que se embriaga se vuelve cruel, que el hombre sincero que mata, miente para ocultarlo. Que detrás de todo el fulgor artístico de la ejecución había un revés abu rrido y sórdido. Un inocente, por ejemplo, podía ser inculpado. En la casa quedaba un joven pobre necesariamente sospechoso. Un joven que con brío ingenuo, vestido de clown, como si fuera un cómplice, había acompañado al piano la frenética danza de Arle quín.
BROWN.— Arriba todo era silencio.
FLAMBEAU.— Arlequín estaba inmóvil.
BROWN.— Los tres diamantes cayeron al pie del árbol y brillaron el césped con luna como rocío desorbitado.
FLAMBEAU.— Al día siguiente, Arlequín fue oído en confesión. (Los dos quedan un momento en silencio, pero son sacados de su ensueño por la entrada brusca y atropellada, desde el vestíbulo de Enrique Atquinson, que es un joven de aspecto disipado e irrumpe con el sombrero puesto y la corbata, de un rojo chillón, en desorden).
ATQUINSON.— Necesito... necesito ver a Quinton ahora mismo. ¿No está en casa?
BROWN (vaciando su pipa).— El señor Quinton está en casa. En es te momento se halla en el invernadero con su médico, el doctor Harris. (Atkinson va derecho a la puerta del estudio y se pone a aporrearla).
ATKINSON (a gritos).— ¡Quinton!... ¡Leonardo! ¡Tengo que hablar te! (Repite el aporreo y aguarda. Al fin se abre la puerta y asgo ma Harris).
HARRIS (enérgico).— ¿Qué ocurre? (Despectivo) Ah, es usted. A Quinton no puede verlo ahora. Nadie debe verlo ahora. Acabo de ha cerle tomar un narcótico.
ATKINSON (cogiendo a Harris por un brazo).— Pero oiga, compadre, escuche: es que estoy muy entrampado. ¿Está seguro de?...

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HARRIS (inflexible, zafándose con un movimiento brusco).- No, Atkinson, no es posible. Cuando usted pueda alterar los efectos de una droga podré yo alterar mi decisión. (Atkinson, retrocede, balbucea algo y al fin sale al jardín, donde, a través de la vidriera, se le ve hacer su pantomima de preocupación y desconcierto y desplomarse al fin el banco. Harris, después de cerrar la puerta y echarle llave, se rie y prosigue:) Aca bo de soltar una honrada mentira. De hecho Quintón no tomará el narcótico antes de media hora. Lo he dejadormecido naturalmente sobre su otomana. Charlamos, y la conversación ajena sue le servirle de soporífero. Pero no es justo que entre a molestarle esta bestia, que sólo viene a pedir dinero, y dinero que no ha de restituir. Es Enrique Atkinson. Aunque hermano de la señora Quinton, que es la mujer más buena del mundo, es un pícaro redomado. No sé por qué Quinton ha tenido la debilidad de incluirlo en su testamento, y además decírselo. No hace más que tratar de sacar a cuenta. Aunque tal vez Quinton no haya obrado por debilidad.
FLAMBEAU.- No dudo de que disfrute con la ansiedad grotesca del futuro heredero. (Harris se encoge de hombros. Entra Elena con una bandeja en que se ven la botella de jerez y unas copas)
ELENA (mientras dispone el servicio en una mesa).- Dispensen que me haya demorado tanto. Tuve que solucionar un pequeño conflicto doméstico. Traje copa para usted también, doctor Harris. (Sir ve el licor).
FLAMBEAU.- No se preocupe, señora. El padre y yo hemos pasado el tiempo en gratas remembranzas, y casi en seguida salió el doctor Harris. (Los tres hombres beben).
HARRIS.- Tuve que dejar a Quinton y salir a atender a su hermano Enrique, que llegó muy apurado. Me pareció prudente no dejar que viera a su esposo. Ahí puede verlo en el jardín.
ELENA (mirando por la vidriera).- Ah... Deben perdonarme lo defiiente de.. Excúseme. Voy a hablarle a mi hermano. (Pasa al jar dín. A Atkinson) Ven, Enrique. (Este la sigue décilmente y, cogi

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dos del brazo, salen los dos por el jardín. Inmediatamente hace su entrada desde el interior de la casa, de turbante amarillo y blanca túnica suelta hasta los pies, imponente, Kridharta. Atrá viesa la escena cruzado de brazos, con la vista al frente, sale al jardín y por allí desaparece).
BROWN (A Harris, con un resuello).- ¿Qué ha sido eso?
HARRIS (despectivo).- Eso es Kridharta. (Sobre la estupefacción de todos cierra el
TELON
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El mismo escenario, unos minutos después. En escena los tres personajes quedaron, en diferentes posiciones.
HARRIS. - ...y de vuelta de su último viaje a la India, se lo trajo Quinton con su turbante y su nombre lleno de reminisce cias budistas. Parece que mi paciente quería un Virgilio que lo guiara por los cielos y avernos del Oriente. Ahora apenas se hablan. Sin embargo, no lo deja ir.
BROWN. - ¿Pertenecerá a él este cuchillo oriental que encontré en el jardín cuando llegamos? (Saca del bolsillo el objeto, que es corvo, y exquisitamente taraceado de metales y piedras de color)
HARRIS. - A él o al mismo Quinton. Tiene toda una colección de baratijas chinas.
BROWN. (soñador, con la daga en la mano). - Es muy hermoso. Tie ne muy lindos colores, pero la forma es defectuosa, inadecuada.
FLAMBEAU. - ¿Inadecuada para qué?
BROWN. - Para todo. Es la forma defectuosa de un modo abstracto. ¿Nunca han sentido ustedes eso con el arte oriental? Los colores son de una belleza embriagadora, pero las formas son malas, mezquinas... deliberadamente mezquinas y malas. (Misterioso) En un tapiz turco, por ejemplo, yo he descubierto malas intenciones.
FLAMBEAU. - (soltando la risa) ¡Mon Dieu!
BROWN (impertérrito). - Sí; había unas letras y signos en lengua je que yo desconozco; pero el solo aspecto de los signos era ya perverso. (En voz más baja). Las líneas parece que se tuercen y equivocan de propósito como serpientes que se doblaran para escá parse.
HARRIS (riendo de buena gana). - ¿Pero que está usted diciendo ahí?
FLAMBEAU. - Es que a veces el padre se pone místico, ¿sabe usted? Pero le garantizo que siempre que lo he visto ponerse así es que algo malo va a suceder.
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HARRIS (con humor y escepticismo).- ¡Vamos hombre!
BROWN (sordo a los comentarios).- Vean ustedes, vean ustedes.
(Alarga el brazo con el cuchillo). Es como una culebra relu-
ciente. ¿No les parece que su forma es equívoca?. ¿No ven en
ella como una falta de decisión, de propósito? Este cuchillo
no apunta como una pica, ni arrasa como una guadaña. Ni siquie
ra tiene la apariencia de ser un arma. Más bien parece un instru-
mento de tortura.
HARRIS (jovial).- Bueno, puesto que no le gusta a usted se lo
devolveremos a su dueño. (Lo toma de la mano del padre y se lo
guarda en un bolsillo de la chaqueta) Propongo que le demos una
vuelta al jardín. (Siempre risueño) Podremos ver a Quinton a
través de la esfera de cristal del invernadero. Le gusta mucho
tenderse en su otomana entre las poinsetias encarnadas. (Cuan-
do van a pasar al jardín ven entrar en éste a Kridharta, retro
cediendo erguido y a pasas lentos, con la vista fija en el in-
visible invernadero. Al fin queda parado como una montaña. ¿Qué
diablos está haciendo? Desde ahí sólo puede ver el invernadero.
Eso es. Está observando a Quinton dormido.
FLAMBEAU (mordiéndose el negro bigote).- Parece cosa de hipno-
tismo.
HARRIS.- ¡Qué afición tienen a hablar de hipnotismo los que no
saben de medicina! Lo que parece realmente es cosa de latroci-
nio.
FLAMBEAU.- Ya tendremos tiempo de discutirlo después. (En unas
zancadas pasa al jardín y se planta junto al indio, seguido con
rezago por los otros, y le hace una rápida y burlona reverencia)
Buenas tardes, caballero, ¿deseaba algo?
KRIDHARTA (moviendo lentamente la cabeza como un gran buque
evolucionara en una bahía, y hablando por encima del hombre sin
asomo de acento exótico y con los ojos semicerrados) Gracias,no
quiero nada.(Abre un poco los ojos) No quiero nada. (Abre com-
pletamente los ojos y echa una mirada tremenda al francés) No
quiero nada. (Desaparece presuroso por el jardín).

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BROWN. - Un cristiano contestaría con más humildad. El cristiano desea siempre alguna cosa.
FLAMBEAU. - ¿Qué estaría haciendo aquí?
BROWN. - ¿Qué se yo? Habla a la perfección nuestro idioma.
HARRIS. - Por supuesto. No es más que un embaucador.
BROWN. - En la India es fácil aprenderlo de niño. (Harris se encoge de hombros).
HARRIS (señalando). - Ahí tienen al invernadero... y a mi pacien te. (Los tres contemplan lo indicado. Entra Atkinson y se incor por al grupo contemplativo)
ATKINSON (irritado). - No sé como puede dormir tanto.
HARRIS (después de mirar de arriba a abajo a Atkinson). - Ya la señora Quinton está libre. Seguramente nos preparará el te. Dejemos el paseo para luego y entremos, ¿no les parece? (pasan a la estancia todos menos Atkinson)
ATKINSON (desde el jardín). - Mi hermana subió a sus habitaciones después de hablar conmigo.
HARRIS. - !Habérlo dicho antes! (Atkinson, sin más, sale por el jardín. Harris mira con aire preocupado hacia la puerta del vestíbulo). ¿Qué le sucederá?... Bien, creo que mejor voy a desperitar a Quinton. Se ha pasado el plazo en que me pidió que lo hiciera. (Va hacia la puerta del estudio pero ésta se abre y aparece Quinton con aire sofoliento). Creímos que dormía.
QUINTON (sibilino). - Tengo el sueño ligero. (Falso y condescendiente) ¡Mi viejo camarada Hércules! Qué suerte que el nombre sea el mismo. Así podré acostumbrarme mejor al nuevo apellido... Y el padre Brown, supongo. Encantado de tenerlos en mi casa. Per donen que los haya abandonado un tanto, pero sabrán que mi salud está resentida y el doctor Harris es muy severo. Como prefiero - trabajar por la noche me obliga a dormir todo lo posible durante el día. Lo hago sobre todo en la tarde, cuando los colores del invernadero son ya un sueño. (A Harris) ¿Dónde está Elena?
HARRIS. - La señora Quinton tuvo que hablar con su hermano. Después subió a sus habitaciones según parece.

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QUINTON (con una mueca).- ¡Sí! ¡Enrique! Ya lo oí entre sueños cuando aporreaba mi puerta, lo cual me adormeció más aún. Parece que hey está especialmente apurado. Tal vez lo vea luego.
HARRIS.- El padre Brown encontró en el jardín algo que creo le pertenece (Saca del bolsillo el cuchillo y lo muestra a Quín—ton)
QUINTON (con indiferencia).- Sí. Gracias. (Lo guarda en un bol sillo de su cazadora o juguetea con él durante la escena, a gua to del director)
HARRIS (festivo).- El padre Brown tiene mucho que decir sobre ese objeto. Su forma le parece equívoca.
QUINTON (divertido).- ¿Equívoca?
HARRIS.- Sí, algo así como diabólica.
QUINTON.- El diablo es materia de la profesión del padre.
BROWN (plácido).- ¿No cree usted en él?
QUINTON.- Me basta con que exista lo diabólico. Resulta excitante.
FLAMBEAU.(irritado).- Excitante es adjetivo de droga.
QUINTON.- ¿Y qué hay contra las drogas? Siempre fuiste puritano con respecta a ellas.
FLAMBEAU.- No soy puritano, no soy inglés. Sí implemente no las necesito.
QUINTON.- Bien se ve que no has probado el opio. ¿Cómo podría la estrecha imaginación natural alcanzar esas formas, esos colores?
FLAMBEAU.- Para el que no la teme, la realidad es tan rica que no encuentra droga mejor que la lucidez.
QUINTON.- Harris piensa como tú, creo. Está empeñado en curarme del opio. Estamos en el período de reducción paulatina de las dosis.
HARRIS.- No es por mis creencias. Es por mi deber de médico.
QUINTON.- ¿Cuáles son sus creencias, doctor?
HARRIS.- Creo en la naturaleza. Ser un buen animal es toda mi aspiración. Contentarme con el fruto o con la presa que encuen-

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tre a mano, pero no sentir escrúpulos por apropiármelos.
QUINTON (perezosamente).- Todo es muy complicado. Imagíne-se las fatigas y zoobras cuando la presa que está a mano es la mujer de otro, por ejemplo. (Pausa. La intención es acusada por todos) Pero cito casos que no le interesan. Sé que es hombre de costumbres sobrias. ¿Cuándo me dará el narcótico?
HARRIS (todavía preocupado).- Dentro de unos minutos. Debe dormir bastante. Sus amigos sabrán excusarlo.
BROWN.- Por supuesto.
QUINTON.- Del padre sabemos lo que cree. De Hércules no tanto.
FLAMBEAU.- ¿Y tú en qué crees, Leonardo?
QUINTON (con aire de sorpresa).- Creo en muchas cosas. Todo lo que he expuesto en mis novelas. Creí que eran más conocidas.
BROWN.- Sí, es una especie de religión del color y sus tormenitos. Cielos tropicales de oro ardiente o de cobre sangriento, elefantes pintados de púrpura o de verde pavo, héroes con turbantes como mitras... Todo ello reflejándose en las vidas torturadas. Pero he decir que, sin menoscabo de la calidad literaria, a veces esos cielos orientales son peores que los infiernos occidentales y esos monarcas del Asia son verdaderos maniáticos. La sed del color lleva al descuido de las formas, y aun, perdóneme usted, de las buenas formas.
QUINTON (benévolo).- Nada hay que perdonar, padre; todo lo con trario. Su ingenio es refrescante. Mi religión, llamémosla así, no es precisamente ascética. Pero, ¡qué diablos!, yo no inventé los colores.
BROWN.- No los inventamos pero podemos deformarlos.
QUINTON (risueño).- ¿Siempre la forma equívoca?
BROWN.- En lo ambiguo anda el diablo.
HARRIS.- Diablo, magia... Polvo de siglos que la ciencia acabará por barrer, mi querido padre Brown.
BROWN.- Habría que barrer de paso al hombre, que es un pozo mágico visitado por siete demonios.
QUINTON.- Pero, ¡qué empeño por privarnos de esos estupendos gé

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neros literarios! El doctor es implacable.
FLAMBEAU (a Quinton).- ¿Cuál es el género literario de Kridhar ta?
QUINTON (aburrido).- Es fundador de una nueva secta. No sé que enredo sobre la persuasión libertadora... Ciertos espíritus mejor dotados con derecho a esclavizar provisionalmente a los de más a fin de sacarlos de las redes de Maya. Nunca le he escu-chado la doctrina completa. Pero como él estaba ávido de difun-dirla y a mí me interesaban las artes mágicas en que es muy ver-sado, cuando le prometí buscarle adeptos y construirle una capilla, no lo pensó dos veces: se plantó en el barco y vino con migo a Inglaterra.
FLAMBEAU.- ¿Le construiste la capilla?
QUINTON.- No. Sería perderlo y me resulta un espectáculo delicioso con su adustez, sus furias secretas y su vegetarianismo.
BROWN.- ¿Practica con él las artes mágicas?
QUINTON.- Algo de hipnotismo hicimos. Pero él carece lamenta-blemente de humor. Se negó a poner a ladrar a unos vagabundos que por unas monedas se prestaron a dejarse hipnotizar. Le di-je que si es que pretendía, por sugestión, convertirlos en pie-dosos adeptos. Se ofendió y los despertó y despidió. Creo que lo insulté. Desde entonces apenas nos hablamos.
HARRIS.- Casi siempre las graves y misteriosas artes mágicas acaban eso: en hacer ladrar a vagabundos.
FLAMBEAU.- No doctor. Tienen usos más siniestros. Los misione-ros, los funcionarios coloniales saben todo lo que puede conse-guir el brujo de una tribu cuando se propone destruir al que-odia. No sólo al impresionable tribeño, también al bwana blanco endurecido y escéptico. El hechicero anuncia la muerte y se retira a su choza a esperar inmóvil y en cuclillas. Un buen día la víctima penetra por sus propios pies en la selva y se cuel-ga de un árbol.
HARRIS.- Pero ¿qué nos trae usted? ¿Un episodio de Las Minas del Rey Salomón?

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QUINTON (con indolencia, a Harris).- Tradúzcalo así y lo aceptará: el brujo actúa sobre los miedos inconscientes de la víctima. (Pensativo). De todos modos es un buen tema.
FLAMBEAU (calmoso, a Harris).- Casos como ese comentan en cualquier texto de antropología.
QUINTON.- Pero allí pierden su saber. (Soñador) Lo fascinante es tener una voluntad en las manos y hacerla moverne como por una presión de los dedos.
BROWN.- El hombre no es un ser cerrado. Para ser libre tiene que estar abierto a todas las influencias.
QUINTON (paternal).- Así es padre, así es. Pero no hay que la mentarse. Eso hace a la vida más rica y sorpresiva (Abandona el tema) & Por qué tardará tanto Elena?
HARRIS.- Temo que no se encuentre bien.
QUINTON (insolente).- Doctor, ¿quiere usted ir a pedirle que baje?
HARRIS (muy serio).- No creo que haga falta. Estoy seguro de que no tardará.
QUINTON.- ¡Qué fastidio! Hoy es el día libre de la sirvienta. No tuve en cuenta eso al invitarlos. Todo anda trastornado. - (Consultando el reloj). Se ha pasado la hora del te. ¡Ah! Aquí llega la gentil castellana. (Entra Elena desde el interior de la casa) Ella cuidará de todo en seguida. (A Elena) Les explí cabe que hoy estamos sin servidumbre.
ELENA (que llega preocupada).- Sí... Nuevamente debo pedirles perdón. Se me han prestado además ciertos problemas. Precisa-mente quería hablarte de ellos, Leonardo. Hay algo urgente re lativo a Enrique.
QUINTON (fastidado).- ¿Otra vez?
HARRIS (a Quintón).- ¿Me permite que me lleve a sus huéspedes a ver las plantas del invernadero?
QUINTON (con leve ironía).- Me parece muy a propósito. (A los huéspedes) El doctor sabe ya nombrar todas las raras especies que poseo.
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HARRIS (a los invitados).- ¿Quieren hacerme el favor de se guirme? (Salen los tres por la puerta del estudio).
QUINTON.- Tu doctor Harris es inestimable.
ELENA.- ¿Por qué mi doctor Harris?
QUINTON.-! Pero si es tu devoto! Te venera. Y siempre a distan cia, como verdadero devoto, ¿no es cierto? ¡Si vieras la ca- ra que puso cuando le pedí que subiera a llamarte!
ELENA (con irritación).- Y luego, la insolencia de pedirle que fuera a llamarme.
QUINTON.- Así le daba ocasion de demostrarte su solicitud. Pensaba que te sentías mal.
ELENA.- Darías la vida porque ocurriera algo entre Harris y yo. (Silencio. Quinton se aleja y se coloca de espaldas a Ele na y al espectador).
QUINTON (con voz trémula).- ¿No has pensado que pudieran ser... celos?
ELENA (despectiva).- ¿Celos?...(Con curiosidad esperanzada).
¿Celos tú? (A la defensiva). No te creo. Simplemente has cam biado de papel.
QUINTON (como antes).- Sim embargo, siento.
ELENA (conmovida a su pesar).- Eres tú el que se ha alejado.
¿Qué puedo yo haberte hecho?
QUINTON (como antes).- Sí, ¿qué nos ha sucedido? (Silencio. Elena se va a la vidriera)
(la corona a la vidriera)
ELENA.- ¿Por qué no eres el de antes?... Cuando te conoce, cuando nos casamos. ¿No recuerdas?
"¿Quién era? la quien amécomo al destierro en las islas deshmbran- tes?
Para quién fuí yo el cielo nocturno y la marea suntuosa?
QUINTON (como antes, pero en otro tono).- Primer libro de versos de Leonardo Quinton. Pero el texto es débil y la cita bastante liberal.
ELENA.- Ya te encastillas otra vez... ¿Por qué me hieres así?
Por qué quieres destruirme?
QUINTON (sin volverse, con acento desesperado).- No soy yo,

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Elena, no soy yo.
ELENA (después de mirarlo sorprendida, acercándose apasionada)
¡Leonardo, yo estoy aquí! Yo te amo!
QUINTON (volviéndose con toda calma).- ¿Qué quería Enrique?
(Largo silencio).
ELENA (como una autómata).- Busca... necesita con urgencia al gún dinero.
QUINTON (suspirando).- Una vez más tendré que abrir la bolsa. Pero conviene hacerlo esperar un poco.
ELENA (sin mirarlo).- Debo decirte que hace un rato, cuando fuí a buscar el jerez para tus amigos, Kridharta me abordó en la cocina y me expuso la lista de todas sus quejas contra tí. En particular que en el almuerzo de hoy había grasa de cerdo en sus légumbres y que eso era obra tuya.
QUINTON (con fingida sorpresa).- ¿Me acusa a mí?
ELENA.- Estaba sombrío y exasperado. Creo que puede ser pelígroso irritarlo así.
QUINTON.- ¡Bahí Es inofensivo. Todo lo que hizo esta mañana, cuando probó de su plato, fué poner cara de horror y levantarse y marcharse en un silencio majestuoso. ¿No lo miraste?
ELENA (seca).- No.
QUINTON.- Una furia helada se lo comía por dentro.
ELENA (bruscamente).- Voy a traer el te. (Sale. Quinton la ve partir con expresión burlona. Queda solo en escena. Da unos pasos).
QUINTON (detenido, con aire decepciónado y pueril).- ¿Es esto todo? (Caminando por la escena, declamatorio) ¿Es...esto... todo? (Con angustia, parándose y volviéndose bruscamente hacia una esquina delantera del escenario) ¿Es esto todo? (La puerta del estudio se abre y entran el padre Brown, Flambeau y el doctor Harris).
BROWN (a Quinton).- Tiene usted plantas espléndidas... mons-truosamente espléndidas.
ELAMBEAU.- Una gran idea la de esa semiesfera de cristal del invernadero, toda de una pieza. Sólo puede entrar quien no

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perturba: la luz.
HARRIS. - El único acceso es por la puerta del estudio.
QUINTON. (modesto). - He mirado por mi salud. La estufa, el sol y el silencio me hacen mucho bien.
FLAMBEAU. - Y cuando escribes en tu mesa del estudio, abres la puerta que da al invernadero y ahí está la furiosa exaltación de las plantas como un buen estímulo.
QUINTON (con tranquila impertinencia). - No. Cuando voy a escribir cierro todas las puertas, mi buen Hércules.
FLAMBEAU (irritado). - Nunca fuí tu buen Hércules. Yo era siem pre el grandote que sacaba de apuros. (Quinton sigue sonriendo, pero interviene el doctor Harris).
HARRIS. - Estimado paciente, ha llegado la hora de la medicación.
QUINTON. - ¿Y quién va a atender a mis amigos?
HARRIS. - Su esposa y yo nos encargaremos de eso. Es imprescindible que usted duerma ahora un buen rato. Cuando lo reconocí esta tarde encontré su pulso alterado, casi febril.
QUINTON. - ¡Qué vamos a hacerle! Al revés de Critón, el doctor está apurado por hacerme ingerir el brebaje. Pero es solo la insulsa charla mía la que se perderán ustedes, no la de Sócrates. (Desdé el umbral de la puerta del estudio). Les ruego que me excusen, que esperen el te y que vuelvan pronto. (Sale seguido del doctor Harris que cierra tras sí).
FLAMBEAU. - Habrase visto pedante? Pero si él no tiene nada de Sócrates, yo tengo menos de Critón. ¡Nos vamos?
BROWN. - Tengo la impresión de que somos necesarios. Esperemos por lo menos a Harris.
FLAMBEAU. - Me he quedado sin darle la lección que se merece.
BROWN. - A él no podría usted darle ninguna lección.
FLAMBEAU (con arrogancia). - ¡Cree usted?
BROWN. - El no es él. Ha jugado a ser otro y el juego lo ha po seído.
FLAMBEAU (bromista). - ¡Será cosa de acudir a exorciamos?
BROWN (grave). - No me extrañaría.

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FLAMBEAU (mirándolo con curiosidad).- Padre mío, ¿qué le pasa a usted?
BROWN (en voz baja).- La superstición es irreligiosa; pero no sé qué hay en el ambiente de esta casa... Puede que sea ese indio; al menos, eso es en parte.
FLAMBEAU.- Sí, hay algo aquí que transporte fuera de Inglaterra. Todo esto tiene un aire... Es el invernadero. El es el que difunde esa atmósfera perversa. No son plantas; son guerros de rostros pintarrajeados y penachos llameantes.
BROWN (casi cuchicheando).- Cuando ese indio nos habló, tuve una especie de visión, una visión de él y de su mundo. El no hizo más que repetir tres veces la misma frase. Pues bien, a la primera vez que dijo: "No quiero nada", me pareció que ría decir que él era impenetrable, que el Asia no se entrega. Cuando volvió a decir: "No quiero nada", me pareció que ría significar que él se bastaba a sí mismo, que no necesita ba de Dios ni admitía la existencia del pecado. Y cuando por tercera vez dijo: "No quiero nada", abriendo aquellos ojos ar dientes, comprendí que daba a entender literalmente lo mismo que decía; que no tenía ningún deseo, ningún hogar, que estaba cansado de todas las cosas, que el aniquilamiento, la destrucción de todo lo... (Entra Atkinson desde el vestíbulo)
ATKINSON (atropelladamente).- Se despertó... No está en el in vernadero... ¿Donde fué?; (Flambeau, con cara de disgusto y un gesto vago, le señala el estudio. (Se pone a aporrear la puerta) ¡Leonardo, necesito verte!... ¡Leonardo!
BROWN (con calma).- El doctor le está haciendo tomar el narcó tico.
ATKINSON (a Flambeau, avidamente).- Usted es muy amigo de él, averdad?
FLAMBEAU (secamente).- Fuimos amigos en nuestra juventud.
ATKINSON.- Pero Elena me ha dicho que son grandes amigos...
FLAMBEAU.- Lo fuimos, le repito.
ATKINSON.-...que usted tiene gran influencia sobre él.

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FLAMBEAU. - No sé a qué se refiere usted.
ATKINSON. - ¿No cree que es inhumano socorrer a un cuñado en apuros?
FLAMBEAU. - Depende del cuñado de que se trate.
ATKINSON. - ¿Querría usted hacerme un favor?
FLAMBEAU. - Diga.
ATKINSON. - Hablarle... sobre mí.
FLAMBEAU. - No, joven, no puedo. Es más, creo que no visitaré de nuevo esta casa.
ATKINSON (decepcionado). - ¿No?
FLAMBEAU. - No.
ATKINSON (desconcertado). - ¿Entonces?... (Entra en el jardín Kridharta, se sienta a la oriental, de espaldas al espectador, y se pone a rezar con suave balanceo del cuerpo). ¡Eh! ¿Qué es tá haciendo ese? (Se abre la puerta del estudio y aparece en el umbral Harris, con el maletín en la mano; mantiene la puerta abierta y mira hacia dentro con divertida expresión. Atkinson en dos saltos está allí y trata de mirar sobre los hombros de Harris). ¡Oye, Quinton... necesito!...
VOZ DE QUINTON (mezcla de bostezo y aullido de risa que sale de adentro) Sí, ya sé lo que necesitas. Tómalo y déjame en paz. Estoy escribiendo una canción sobre los pavos reales. (En vuelo por la puerta, una moneda viene a caer sobre el escenario. Atkinson se agacha y la recoge y juega lamentablemente con ella. Harris, con toda calma y aire desdén, cierra la puerta con llave, se guarda ésta en el bolsillo y deja el maletín el di ván).
FLAMBEAU. - ¿Sabe usted de la señora Quinton?
HARRIS. - ¿No ha traído el te?
FLAMBEAU. - No.
HARRIS (preocupado). - Me temo que sienta mal y haya subido a sus habitaciones. (Con jovialidad forzada) ¿Por qué no completamos de una vez el periód del jardín? Se darán cuenta de la rara forma de esta casa. Es como una T mayúscula dentro de una gran O, el jardín circular. Algo así como una cruz a la -

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que se pretendiera ahogar, &eh, padre? Esta casa sí que tiene la forma equívoca.
BROWN. - No, no lo ha entendido usted. La forma de esta casa es curiosa, hasta risible si usted quiere, pero no equívoca.
HARRIS. - En fín, &pasamos al jardín? (Guiando Harris, van los tres al jardín. Con voz discreta, mirando a lo alto). Míren, por la ventana asoma la mano de la señora Quinton... Ya está el in dio en pleno exhibicionismo. &Por qué tiene que ponerse a rezar aquí?... No teman, cuando está así no oye nada. (Salen. Una vez desaparecidos, Kridharta vuelve el rostro y los sigue con la mi rada; luego se pone de pie y entra en la sala de estar, en la que se planta y mira fija y misteriosamente la puerta del estu dio. Entra Atkinson, muy decidido, desde el vestíbulo y va a dirigirse al estudio cuando ve a Kridharta; entonces se detie ne bruscamente, baja la cabeza y se escurre hacia el jardín, por donde sale. Se oscurece la escena un momento, para indicar un intervalo de tiempo. Vuelve a encenderse y sigue Kridharta de pie y mirando a la puerta cerrada. Luego pasa al jardín y sale con toda majestad. Casi en seguida, desde el vestíbulo, entra el padre Brown seguido de Flambeau, queda en el umbral mirando hacia atrás).
FLAMBEAU. - &Dónde se ha metido Harris? Venía detrás de nosotros.
BROWN (mientras recoge su paraguas, su sombrero y el de Flambeau). - Es uno de esos seres enérgicos que se pasan la vida so bre sus piernas. Tome su sombrero.
FLAMBEAU (tomándolo). - Sí, me parece que lo indicado es que nos larguemos.
VOZ DE HARRIS (a gritos, fuera de escena). - ¡Venga conmigo!
¡Venga le digo! (aparece en el jardín arrastrando a Atkinson por un brazo, con grandes muestras de alteración y premura).
HARRIS (sin soltar al otro y zamarreándolo). - ¿Qué traición es ésta? ¿Qué le ha hecho usted canalla?
ATKINSON (pugnando por zafarse). - ¡Suélteme!... Qué diablos es

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tá-diciendo? (Flambeau y el padre se dirigen al lugar del conflicto)
BROWN (con férrea voz militar).- ¡Alto! Somos aquí bastantes para sujetar a cualquiera. ¿Qué es lo que pasa, doctor?
HARRIS (soltando al otro, livido).- Que algo le sucede a Quinton...
ATKINSON (mientras Harris coge resuello, frotándose el brazo).
!Animal!
HARRIS.- ...Acabo de verlo a través de los cristales, y no me gusta la postura que tiene. En todo caso, no está como cuando nosotros pasamos por allí.
BROWN.- Vamos a verlo. Usted tiene la llave.
HARRIS.- Es cierto... es cierto. (Se busca afanosamente en los bolsillos, encuentra al fin la llave y, seguido del padre, abre y franquea la puerta del estudio. Flambeau va a seguirlos, pero ve entrar a Kridharta desde el vestíbulo y cambia de idea; cierra la puerta y se para de espaldas a ella en la actitud de un digno y fornido "constable")
FLAMBEAU (mirando significativamente a los otros).- Conviene que no nos perdamos de vista (Atkinson se muerde las uñas; el indio está inescrutable. De pronto se abre la puerta y entra Harris).
HARRIS (mirando gravemente a los otros).- Está muerto. (Pausa de inmovilidad). Vuelvo con el padre. (Recoge su maletín y sa le de nuevo y cierra)
TELON

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El mismo escenario, rato después. Flambeau fuma sentado en el diván; a su lado, Atkinson trata infructuosamente de entablar conversación; Kridharta mira al jardín por la vidriera.
ATKINSON (malhumorado).- Llevan media hora encerrados ahí den tro.
FLAMBEAU.- Ajá.
ATKINSON.- ¿No podemos nosotros ir a ver?
FLAMBEAU.- No.
ATKINSON.- ¿Por qué no? Soy su cuñado.
FLAMBEAU.- (tomándose todo su tiempo)-Ahí adentro sólo tienen qué hacer un médico y un sacerdote. (Pausa. A Kridharta) ¿Por qué no se sienta, amigo?
KRIDHARTA.- No tema, no pienso escabullirme. (Flambeau lo mira con cara de pocos amigos).
FLAMBEAU (A Kridharta, sin mirarlo).- ¿Cómo acudió tan oportu-namente? ¿Adivinó que algo ocurría?
KRIDHARTA (sin volverse).- Algo tenía que ocurrir.
FLAMBEAU (como antes).- ¿O, simplemente, oyó las veces del doç tor Harris?
KRIDHARTA (como antes).- Al que ve no le hace falta oir.
ATKINSON (a Flambeau).- Ha de pasar mucho tiempo antes de que se abra el testamento?
FLAMBEAU (después de mirarlo en silencio fijamente).- A veces pienso que usted es así, tan obvio, tan sin pudor, deliberada-mente. (Se para y pasea por la pieza).
ATKINSON (impávido).- Si está muerto, para qué se llevó Harris su maletín?
FLAMBEAU (sin interrumpir su paseo).- Movimiento reflejo, sup- pongo. (Entran, al fin, el padre Brown y Harris; el primero ti- ne una hoja de papel en la mano; el segundo porta su laletín que, como de costumbre, deja sobre el diván, no sin ponerle de paso mala cara a Atkinson)

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BROWN (como para sí).- Tenía la daga oriental clavada en el co-
razón y la mano derecha, floja, en torno a la empuñadura. Su
cabeza colgaba fuera de la otomana.
ATKINSON.-¿Se...suicidó?
BROWN (como si no hubiera oído).- En nuestra prisa casi trope-
zamos con la mesa de trabajo de Quinton, en el estudio. En me-
dio de ella estaba esta hoja de papel, que parecía puesta allí
de propósito. (La tiende a Flambeau. Este le da vueltas hasta
encontrar y descifrar lo allí escrito, que parece ser muy breve
y de caligrafía difícil). Es sólo una línea al comienzo de
la página. Tuve que leerla tres veces para entender lo que de-
cía.
FLAMBEAU (leyendo).- "Muero por mi propia mano; sin embargo, mue
ro asesinado". (Al padre, grave e interrogante) Es la letra de
Leonardo. (Kridharta se vuelve y muestra un júbilo feroz; todos
lo miran, y él, tomándose todo su tiempo, vuelve a su anterior
posición).
BROWN (que no ha mirado al indio, cuando tornan a atenderlo y
en el mismo tono de recuento reflexivo y monótono).- Lo di por
descontado... Fué el doctor Harris quien primero vió el mensa-
je y me lo pasó con una exclamación de sorpresa...
HARRIS.- Yo estaba familiarizado con esa enrevesada, inimitable
letra. Quinton, frecuentemente, me daba a leer sus cuartillas.
BROWN (prosiguiendo).-... y en seguida se dirigió al invernade-
ro mientras yo descifraba la escritura. Cuando acudí junto a
Quinton ya el doctor había comprobado su muerte. Salió a decír
selo a ustedes y regresó inmediatamente. Yo muré los rezos
opportunos. Dejamos el cadáver tal como lo encontramos, para no
estorbar a la policía. Volvimos al estudio. A un lado de la me
sa escritorio se hallaba un grupo de cuartillas en blanco, junto
a unas pequeñas tijeras. Examinándolas noté...
FLAMBEAU.- ¡No había que dejarle esa tarea a la policía?
BROWN.- Este... Sí, pero me llamó la atención la forma de las
cuartillas.

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HARRIS (a Flambeau).-- Sostiene que la forma del papel es tam-
bién equivoca.
BROWN.-- Sí. No es cuadrada. Todas las hojas tienen cortada una
esquina, la del ángulo superior derecho. Como esa que tiene us
ted en la mano.
FLAMBEAU (después de mirar la hoja).-- ¿Qué tiene eso que ver?
HARRIS.-- Esa misma fué mi pregunta.
BROWN.-- Los picos fueron cortados, sin duda, con las tijeritas
de que hablé.
HARRIS (impaciente).-- Ya le dije que el desdichado Quinton era
muy maniático. A lo mejor le había dado últimomente por recor-
tar así sus cuartillas.
BROWN (inalterable).-- Había veintidos cuartillas en blanco. (Por
la de Flambeau) Con la que usted tiene son veinte y tres las ho
jas de papel recortadas. Encontré sobre la mesa sólo veinte y
dos picos de papel.
HARRIS (a Flambeau).-- En eso se entretuvo ahí dentro.
FLAMBEAU.-- Sinceramente, padre, no comprendo.
BROWN.-- Yo, por mi parte, tampoco.
HARRIS.-- A lo práctico; voy a avisar a la policía. (Sale hacia
el interior de la casa)
BROWN (a Flambeau).-- ¿Me quiere usted devolver eso? (Toma la ho
ja y se la guarda en un bolsillo de la sotana).
FLAMBEAU.-- No esperaba este final... Por lo menos, no tan pron-
to.
ATKINSON.-- ¿Quién iba a pensar que un egoísta como él se suci-
dara?... Pero ¿a santo de qué eso de "muero asesinado"?
BROWN (amable y vago).-- Puede tener varios sentidos.
FLAMBEAU (con negro humor).-- Puede referirse, por ejemplo, a lo
insoportable que le resultaba el acoso de algún pariente.
ATKINSON.-- ¿Lo dice usted por mí? ¿Qué culpa voy yo a tener? (Malig
no) También puede ser el ánimo de enredar las cosas por gusto,
hasta después de muerto.
FLAMBEAU (calmoso).-- También. (Como para sí) O la morbosidad de

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dejar una frase lograda.
KRIDHARTA (acercándose sorpresivamente).- No creo en el suicidio. (Silencio)
BROWN (meditabundo).- Nadie pudo entrar en el invernadero.
FLAMBEAU (al padre).- Harris cerró la puerta por fuera y retiró la llave. Casi no nos hemos separado. Hace un rato, cuando reco rrimos el jardín, vimós a Quinton durmiendo apaciblemente, con la daga fulgurando en el suelo como caída de su mano. Por el jar dín no hay entrada... Nadie pudo llegar hasta Leonardo.
KRIDHARTA.- Se puede herir de lejos.
FLAMBEAU (fastidiado).- El que hería de ese modo era el dios Apo lo.
KRIDHARTA (furioso).- Mi doctrina es una religión, no una mitología pueril como la de los griegos. (Entra Harris).
HARRIS.- He avisado a la policía. Los agentes salen inmediata -mente para acá.
BROWN.- Podemos ir reflexionando por nuestra cuenta.
HARRIS.- Desgraciadamente, me parece que poco hay que reflexionar. (Mirando hoscamente a Kridharta). A menos que este buen señor tenga que ver con el asunto... En fin, pasemos a otra cosa. Creo que lo inmediato es dar la noticia a la señora Quinton. Na die más indicado pará ello que usted, padre Brown.
BROWN.- Como usted quiera. ¿Dónde puedo encontrarla?
HARRIS.- Arriba en sus habitaciones. En el corredor hallará la escalera. (Sale el padre).
FLAMBEAU.- Doctor, ya que el señor Atkinson, aquí presente, no lo hace, querría preguntarle por qué, de primera intención, lo acusó usted.
HARRIS (desmemoriado).- ¿Lo acusé?
ATKINSON (engallado).- !Sí! ¿Por qué diablos me injurió y me... me agredió en el jardín?
HARRIS (a Flambeau).- Me sobresalté al ver a Quinton en postura tan insólita. Por el cristal lo acabábamos de ver durmiendo tran quilamente y al volver a pasar me lo encuentro así... Olvidé tam

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bién que yo tenía llave... En realidad no sé por qué reacció
né así.
FLAMBEAU.- ¿No existe otra llave?
HARRIS.- No sé de otra. Era un capricho del difunto. Esa gran
llave antigua y ostentosa que desentona de todo lo demás... Pa-
ra él era el placer extraño de saberse encerrado por fuera, ba-
jo la responsabilidad de otro.
FLAMBEAU.- ¿Por qué pensó en un crimen y no en el suicidio?
ATKINSON.- Es cierto, es cierto. ¿A qué venía eso de endilgarme
a mí el lío?
HARRIS (con calma, a Flambeau).- Ya le digo: mi reacción fue ins
tintiva, impensada... Tal vez si rememoro los detalles... Efecti
vamente; la mano de Quinton ocultaba la daga. Desde donde lo ob
servé la sombra de las plantas y la luz declinante hacían borro
sa la visión... Y nunca imaginé que pudiera quitarse la vida; es
taba demasiado contento consigo mismo.
FLAMBEAU.- Pero descartó también la muerte natural.
HARRIS.- Quinton era de esos enfermos que duran cien años. Sus
abusos no pasaban de cierta medida.
FLAMBEAU.- No quedaba, pues otra conclusión que la del crimen.
HARRIS (mirándolo fijamente y hablando con lentitud).- Están los
notorios y desagradables incidentes de esta tarde. Hay que reco-
nocer que era odiado... (Indicando levemente a Atkinson) y que
su muerte beneficiaba a más de uno.
ATKINSON (maligno).- Esa muerte le viene bien a muchos; no es
cuestión sólo del testamento... (Abatido) Y a lo mejor no hay
ni testamento. (Furioso) De todos modos está claro que fué sui
cidio, ¿no? (Harris le vuelve la espalda. Entran Elena y el pa
dre Brown).
ATKINSON (avalanzándose).- ¡Elena, hermanita!...
ELENA (atajándolo con un además fatigado).- Después hablaremos,
Enrique.
FLAMBEAU Y HARRIS (a la vez, solemnes,y graves).- Señora...
ELENA (como antes).- Sí, les agradezco... (A Harris) ¿Cómo ha

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podido ocurrir esto?
HARRIS. - Soy el primer sorprendido.
ATKINSON (atropelladamente). - Fué suicidio. Harris tenía llama ve. Nadie pudo entrar. (Elena lo mira inexpresivamente. Kridhar ta se ha acercado y la mira con una especie de oscura simpatía)
ELENA. - Padre, ¿quiere acompañarme al invernadero?
BROWN. - Vamos. (Le franquea la puerta y sale detrás de ella, cerrando tras sí. Kridharta se coloca en la puerta del jardín)
HARRIS. - ¡Eh!, ¿dónde va usted?
KRIDHARTA. - Usted no es de la policía. (Se planta en el medio del jardín)
FLAMBEAU. - ¿Qué más da que se vaya? ¿Va a presentarse uno en el puesto de policía y denunciar un suicidio provocado por arte de hechicería o por sugestión? (Se ve que el indio escucha atenta-mente).
HARRIS. - Eso le sirve de coartada. Eso y su apariencia de orate taciturno; pero tonto no es.
FLAMBEAU. - ¿Cree usted, pues, en un asesinato a distancia?
HARRIS. - No sé. No me gustan sus manejos de brujo. (Kridharta no pierde sílaba).
ATKINSON (que también es todo atención). - No entiendo nada.
FLAMBEAU (a Harris). - Tenía entendido que no creía usted en la magia.
HARRIS. - No creo, en efecto. Pero me repugna ese diablo tosta- do. Sé que es un brujo fingido, pero si resulta verdadero, mi odio será mayor.
FLAMBEAU. - No es usted muy coherente, doctor.
HARRIS. - Tiene razón. (Se derrumba en el diván) Este suceso me ha trastornado. (Sombrío) Parece que tendré que admitir la presencia de fuerzas oscuras.
ATKINSON (exasperado). - ¿Por qué no dicen de una vez algo que tenga sentido? (Nadie le contesta. El mira con desesperación a uno y a otro. Se abre la puerta del estudio y entran Elena y el padre Brown. Todos están expectantes. Kridharta se acerca. Ella,

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sin mirar a nadie, va a sentarse en un rincón del diván, inclí nada hacia delante y con las manos entrelazadas sobre las rodíllas, en actitud de desconcierto y desamparo pueriles).
FLAMBEAU (a media voz).-- Demos un paseo por el jardín, señores. ATKINSON.-- Elenita, debemos hablar en seguida.
FLAMBEAU.-- Venga conmigo, Atkinson. (Lo coge por un brazo y se lo lleva. Harris los sigue después de mirar en silencio a Elena. Menos ésta y el padre, todos salen por el jardín, primero y aparte de los demás, Kridharta. Un silencio. Pasado un momento, Elena levanta la vista y contempla poco brillante figura que hace el pequeño sacrdote con las manos a la espalda).
ELENA (con hostilidad).-- Decía usted que todo tiene un sentido. ¡Cuál es el de esta muerte?
BROWN.-- Me refería al sentido último. El inmediato es cosa que no debe preocuparnos mucho. Antes que nada, aquí importaría sa ber lo que realmente ha ocurrido.
ELENA.-- ¡Pero si lo sabemos! La hoja escrita, esa confesión... BROWN.-- Esa confesión es deliberadamente misteriosa. O bien se piensa en los manejos de un Kridharta, si es que son posibles, o bien...
ELENA.-- Continúe. No tema por mí. O bien se piensa en que al he rirse quiso también herir como lo hacía en vida. Nada le gusta ba tanto como desconcertar y confundir... (Transición) Pero no puedo hablar así de él. De todos modos, es él mismo quien se ha herido y esto cambia espantosamente las cosas.
BROWN (suavemente).-- ¡Podría cambiarlo todo hasta el extremo de resucitar a la niña creyente que fué usted?
ELENA (con brusquedad).-- ¡No puede olvidarse un momento de que es cura?
BROWN (con dulzura).-- Tu es sacerdos in eternum.
ELENA.-- Perdoné, padre, no sé lo que me digo. (Con tristeza) "Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec". Ya la frase no halla eco en mí. Está tan muerta como la fragancia y la media luz de la capilla del colegio.

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BROWN. - No. la frase no debe evocarle nada idílico. Recuerde que Melquisedec ofreció su sacrificio al triunfador de una batalla.
ELENA. - Esoy cansada de las batallas libradas día a día. Nuestro matrimonio era un infierno, usted lo sabe.
BROWN. - Pero usted no había llegado a la indiferencia. ¿Recuerda lo sucedido arriba cuando le dí la noticia? Me dijo: "No me importa; ya no lo amaba"; pero en seguida se desplomó en una silla y se echó a tamblar lívida y con los ojos desorbitados.
ELENA. - Porque todo es inesperado y absurdo. No creo en el asesinato. El mismo, sólo él se dió la muerte; pero ¿por qué? (Asoma Harris por el jardín).
BROWN (viéndolo). - Debo dejarla ahora para que defina por usted misma y ante todo cierta situación.
HARRIS (ya en la sala). - Venía a ver si la señora Quinton necesitaba mis servicios.
BROWN. - La dejo con usted para que pueda atenderla. (A Elena, que ha esbozado un gesto de retenerlo) Sigo aquí para cuando me necesite. (Sale)
HARRIS. - Elena, ¿cómo se siente?
ELENA. - Al médico le respondo que me encuentro bien.
HARRIS. (con suavidad). - ¿Por qué ese tono?
ELENA. - Porque nadie me ayuda, porque todos le dan de lado a lo que para mí es primordial.
HARRIS. - ¿Qué es ello, Elena?
ELENA. - La incoherencia de esta muerte. Trastorna todas mis ideas. Yo no soy la que creía ser ni él es... ni él era el que yo pensaba.
HARRIS. - Los dos sabemos con claridad quién y qué era él. No se ha percatado de lo más importante. Ya es libre. Somos libres, Elena.
ELENA (a media voz). - Yo no soy libre. Tengo una deuda que pa-gar.
HARRIS (impaciente). - Elena, el desequilibrado era Quinton. Us-

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ted siempre ha sido una mujer sensata. No puedo admitir que se me aparezca ahora con un sentimiento de culpa absurdo y pueril.
ELENA (como antes).- He visto su cara. Era el rostro de cuando lo conocí.
HARRIS.- ¡Con que esas tenemos! Esa fantasía plebeya es indigna de usted. ¡Desentrañar expresiones en un cadáver, en lo que no es más que un azar anatómico o una adaptación de musculos facia les!
ELENA.- No. Era su expresión. Era el verdadero Leonardo. Aquella avidez tierna, confiada e intrépida, aquel pedirle tanto a la vida...
HARRIS.- En cuanto a pedir, sí que pedía. A usted le pidió tan to que la ha dejado exhausta.
ELENA.- Bien poca cosa fuí para lo que él imaginaba.
HARRIS.- No. No estoy oyendo lo que oigo. ¡De modo que la señora seguía enamorada de su esposo, y mientras más él la tortura ba más ella se!... En psicología de lo morboso hay para esos sentimientos una etiqueta bien conocida.
ELENA (con suavidad).- No tiene derecho a hablarme así.
HARRIS (con voz ronca).- Yo puedo hablarte así porque te amo.
ELENA.- Yo también lo quiero, Jaime. Lo quiero... de cierto modo. Y nunca olvidaré lo que ha sido para mí durante este año.
HARRIS.- Ahora es cuando vengo a ser Jaime. Y al bueno de Jaime se le dice que se le quiere de cierto modo y que se le está muy agradecido... Pero no renunciaré a tí. Pasados los funerales nos iremos de aquí juntos. Me he ganado el derecho de po-seerte. (Intenta abrazarla pero ella lo rechaza).
ELENA.- No lo eche todo a perder. Usted ha sido para mí un refugio. Ha sido la paz, la comprensión...
HARRIS.- Sí, todo menos lo que debía ser, todo menos un amante.
ELENA.- Ha sido algo mejor, ha sido un amigo.
HARRIS.- No me basta. Pero veo que la cosa no tiene remedio.
(Con resolución, pero sin moverse) Adios, Elena.
ELENA.- ¡Adiós? ¡Pero es que se va a ir así? No puedo soportar

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que me guarde rencor.
HARRIS.-- No le guardo rencor. Ni tampoco me voy. Entre otras cosas, debo esperar a la policía. El adiós era una invitación, una invitación a que tome usted, por sí misma, una decisión como yo he tomado la mía.
ELENA (como para sí).-- Sí. Tengo que decidir, tengo que decidir yo sola. (Sale hacía el interior de la casa. Harris, inmóvil, la ve marchar).
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Ahora toda la escena es la sección del jardín que se veía por la vidriera de la sala de estar de los actos anteriores. Está bañada por una suave luz que evoluciona hasta ser el símbolo que los personajes acusan al final, símbolo para el cual tomamos presta da a Jorge Luis Borges su
"Penumbra de la paloma
llamaron los hebreos a la iniciación de la tarde..."
etc., pues la claridad que, hundido el sol, permanece en el cie lo del Este tiene cualidades propias.
El padre Brown está sentado en el banco de piedra en una espec tativa tranquila y animosa, como si acabara de arribar a su confesionario y se dispusiera a begar con el primero de una larga fila de penitentes. Entra Harris por la izquierda, viniendo de la sala de estar, cuya vidriera es ese lateral.
HARRIS (con aire de cansancio y vaguedad).- Han levantado el ca dáver. (Se sienta junto al padre)
BROWN.- ¡Y la señora Quinton?
HARRIS (como antes).- Estará refugiada en sus habitaciones. (En voz más baja, con una leve amargura). La dejaron a solas con él antes de llevárselo. (Con jovialidad forzada). Dejé al Inspec tor en gran conversación con Flambeau.
BROWN.- Es un viejo amigo nuestro.
HARRIS.- He sido el último interrogado. Todos quedamos libres aunque sujetos al sumario que se abrirá. Seremos citados oportu namente. Ni siquiera han juzgado necesario arrestar al hindú.
BROWN.- Era de esperarse.
HARRIS.- Sin embargo, en él reside la única posibilidad lógica.
BROWN.- ¿De qué?
HARRIS (con tedio).- De que se trate de un crimen.
BROWN.- ¿Cree usted en un crimen?
HARRIS (encogiéndose de hombros).- Hablo de posibilidad... Hip notismo, autosugestión inducida... Todo eso con lo que nos en-tretuvimos esta tarde.

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BROWN. - Todo eso que usted desdeña.
HARRIS. - Desdeño, en general, lo que se presta para matar el tiempo en invierno, al amor de la lumbre. Pero la policía tiene la obligación de ser más rigurosa, de no descartar ninguna hipótesis.
BROWN. - ¿Qué quiere usted? El Inspector fue enterado de todo lo ocurrido aquí, de todo lo hablado por nosotros, de los movimientos de Kridharta, de sus artes y ciencias; pero un suicidio por hipnotismo es cosa que dificilmente traga un policía que se respeite. ¿Cómo probarlo? Por el mensaje del pobre Quinton, tan afectado y amigo de desconcertar?
HARRIS (pensativo). - Pero si ha sido un asesinato, no debe quedar impune.
BROWN (también pensativo). - Son muchos los casos en que la pena queda diferida. (Pausa) ¿Querría usted hacerme un favor?
HARRIS. - Diga usted.
BROWN. - Yo colecciono historias como ésta de la hazaña del indio, donde hay elementos que no toleran un informe policial. ¿Po dría usted redactarme un informe para mi uso privado?
HARRIS. - ¿Un informe... privado?
BROWN (sin quitar sus ojos de los del otro). - Su oficio es deli cadísimo. Me figuro que usted conoce algunos detalles del asunto que no ha juzgado discreto revelar. Mi oficio es, como el suyo, un oficio confidencial, y de lo que usted me comunique guar daré una impenetrable reserva. Pero no omita nada.
HARRIS (que ha escuchado con un ladeo reflexivo de la cabeza). - Perfectamente. (Sale por la puerta de la vidriera. Al poco rato, sentado el padre en su banco, emerge por el jardín Kridharta, ves tido a la europea pero con turbante, y cargando una maleta).
KRIDHARTA. - Vengo a despedirme. (Pone la maleta en el suelo y se sienta junto al padre mientras éste lo mira con silenciosa y cor tés curiosidad). - ¿Nunca ha sentido usted dudas?
BROWN. - ¿Sobre mi fe o sobre mi persona?
KRIDHARTA. - Sobre ambas cosas.
BROWN. - He podido ahuyentar unas y otras confiando en Dios.

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KRIDHARTA. - Su Dios.
BROWN. - No me pertenece a mí solo. (Pausa).
KRIDHARTA (muy derecho en el asiento, mirando al padre). - Mi ver dadero nombre no es Kridharta.
BROWN. - Kridharta es agradable. Está lleno de remembranzas, de tradición.
KRIDHARTA. - No lo escogí sólo por eso. Quería que contuviera a una nueva persona.
BROWN. - ¿No recuerda usted?
"¿Qué hay en un nombre? ¿Lo que llamamos rosa?...
Etcétera.
KRIDHARTA. - Conozco a Shakespeare. Mi nombre es tan híbrido como yo. Soy de familia de comerciantes. La tercera casta. Mi padre me hizo asistir a un colegio inglés anglicano, bastante selecto. Era hombre acomodado y converso. Pero el cristianismo anglicano satisfacía mi imaginación. (Pausa) Después encontré a Gautama Buda. Fué en un viaje al Tibet... pagado por mi padre. Encontré también el hipnotismo y esos otros prodigios que los lamas frecuentan con tanta sencillez. Ellos no dan importancia a tales ma ravillas accesibles al juego de la voluntad; tienen su vista puesta en otra parte. Pero yo... Yo estoy lejos del reposo. Me arrastra a veces el afán de deslumbrar.
BROWN. - Confieso haberlo advertido.
KRIDHARTA (no se sabe si con orgullo o con remordimiento). - He forzado a lo oculto a servirme. (Pausa) Quinton no se pertenecía a sí mismo.
BROWN. - Soy también de esa opinión.
KRIDHARTA. - Parecía que su alma fuera inapresable.
BROWN. - Era difícil llegar hasta ella.
KRIDHARTA. - Pero él, tan jactancioso, acató los susurros impera tivos.
BROWN. - ¿Los susurros?
KRIDHARTA. - Los que le ordenaron clavarse la daga. (Un silencio. Se pone de pie bruscamente) Me vuelvo al Tibet.
BROWN. - Pero todos estamos sujetos a la encuentra judicial.

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KRIDHARTA (con desdén).- La credulidad y la ley inglesas me pro-
tegen. Guardé silencio cuando me advirtieron de quedar disponi-
ble para la investigación y lo tomaron por un asentimiento. (Se
sienta hecho un guiñapo) Nadie ha creído que yo fuera el asesi-
no.
BROWN.- No puedo hacer otra cosa que rezar para que usted haga
lo que crea en conciencia que debe hacer.
KRIDHARTA (otra vez de pie y con la maleta en la mano).- A su
Dios lo dejo.
BROWN.- Que El lo encuentre a usted. (Sale Kridharta por el jar-
dín. Procedente de la casa entra Atkinson, manoteando muy altera-
do y mirando hacia atrás)
ATKINSON.- ¿A qué vendrán tantas preguntas cuando se trata de un
hecho clarísimo?
BROWN.- Scotland Yard toma muy en serio sus deberes.
ATKINSON.- ¡Deberes, deberes!... Sus deberes son no molestar a
ciudadanos honrados. (Sentado junto al padre y abatido) Mi herma
na no ha querido hablarme. (Encarándosele) Usted, que habló con
ella, debió decirle que su hermano era el indicado para proteger
la y consolarla. Ella cree todavía en curas y monjas.
BROWN.- (calmoso) ¡Cree que ella pueda considerarlo a usted como
un amparo?
ATKINSON.- ¿Por qué no? Soy el varón de la familia... Además, ella
y yo debemos conversar. Tenemos que decidir.
BROWN.- ¡Decidir cómo pagar sus deudas de juego?
ATKINSON.- ¿Quién le ha dicho que yo juego?
BROWN.- Usted sabe tan bien como yo que en un abrir y cerrar de
ojos se jugará lo que herede.
ATKINSON.- ¡Todo eso lo hablaron usted y Elena allá adentro, jun
to al cadáver?
BROWN.- Es fácil imaginar que teníamos otras cosas de que hablar.
ATKINSON (resentido).- Más importantes.
BROWN.- Más inmediatas.
ATKINSON (altanero).- De todos modos, ella y yo debemos conside-

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rar urgentemente todos los aspectos. Hay que ser prácticos y de jar a un lado los sentimentalismos.
FLAMBEAU (que ha entrado en ese momento desde la casa).- ¿Quién es el práctico? ¿usted, joven?
ATKINSON (explotando).- ¡Está visto que aquí no se puede hablar en paz! (Desaparece por el jardín)
BROWN.- Sin embargo, no se perderá.
FLAMBEAU.- ¿Que no se perderá?... Bueno, puede ser. En el paso del Mar Rojo el Señor salvó no sólo a los hombres; también a los jumentos.
BROWN.- No decía exactamente eso. Aunque él también ha de cruzar su Mar Rojo. (Pausa. Mira a los altos de la casa) Alguien hay que se encuentra en plena travesía y que me inquieta más. (Se le vanta y da unos pasos)
FLAMBEAU.- El inspector me encargó que lo despidiera de usted.
BROWN (paseándose inquieta).- Flambeau, sentémonos. Usted es en el mundo mí único amigo. Necesito hablar con usted, o tal vez, callar junto a usted.
FLAMBEAU (cachazudo).- Vuelva a sentarse y lo haremos los dos.
BROWN.- ¿Eh?... !Ah, sí! Por supuesto. (Se sienta. Flambeau lo imita y le ofrece un cigarrillo)
FLAMBEAU.- Olvide su pipa esta vez. Fumemos. (Flambeau enciende y los dos fuman)
BROWN.- Amigo mío, este es un caso muy extraño; de lo más extraño.
FLAMBEAU.- ¡Y dígalo!
BROWN.- Sí. Usted dice que es extraño, yo digo que es extraño; sin embargo, ambos queremos decir cosas opuestas.
FLAMBEAU.- ¿De veras?
BROWN.- La mente moderna confunde siempre dos ideas diferentes: misterio en el sentido de lo maravilloso y misterio en el sentido de lo complicado. Esta confusión es la mitad del problema en materia de milagros.
FLAMBEAU (entre dos chupadas al cigarrillo).- ¿Qué distingue al

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milagro?
BROWN. - Su simpleza. Un milagro es cosa admirable, pero simple. No es más que la revelación de un poder que dimana directamente de Dios (o del diablo) en vez de proceder indirectamente a través de la naturaleza o la voluntad humana. Usted dice que es te caso es maravilloso, que es milagroso porque es una brujería obrada por ese indio malvado.
FLAMBEAU. - No lo digo; pero maravilla o milagro sería en ese caso.
BROWN. - Entiéndame bien: no niego tal posibilidad. Sólo el cielo y el infierno conocen las extrañas influencias que determinan los pecados humanos. Lo que digo es esto: si el caso es de magia, claro es que será maravilloso, pero no será misterioso, es decir, no será complicado. La calidad del milagro es misteriosa, pero su procedimiento es simple. Y he aquí que, a mi modo de ver, el procedimiento de este asunto ha sido todo lo contrario de lo simple. (Pausa)
FLAMBEAU (mirando el cielo de la tarde). - Empieza a morir la tar de primavera.
BROWN. - En este asunto hay algo retorcido, extraño, complicado, que en nada se parece a los rayos que bajan directamente del cielo o del infierno. Yo percibo aquí la huella tortuosa de la voluntad humana, como se percibe la tortuosa huella de un cara - col. (Silencio) Y en este laberinto, lo más laberíntico de todo es la forma de esa cuartilla de papel. Más laberíntica, más alam bicada que el cuchillo con que se mató ese hombre.
FLAMBEAU. - ¿Se refiere al papel donde Quinton confiesa su suicidio?
BROWN. - Me refiero al papel donde Quinton escribió: "Muero por mi propia mano". La forma de ese trozo de papel, amigo mío, era la forma equívoca, perversa. Era la "forma perversa" si alguna vez me ha sido dado contemplarla en este pícaro mundo.
FLAMBEAU. - Pero ¡si sólo se trata de un ángulo cortado! Y tengo entendido que todo el papel de Quinton está cortado de ese

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modo.
BROWN. - Fues a fe mía que era un mal modo, muy malo para mi gusto. Mire, Flambeau; este Quinton (que Dios guarde), era tal vez un poco pillo; pero era un verdadero artista, tanto con el lá-piz como con la pluma. Su letra aunque confusa, era audaz y hermosa. Me es imposible demostrar lo que digo; no puedo probar na da. Pero le aseguro con toda la fuerza de mi convicción que no fué él quien cortó tan mezquinamente esa puntita de papel. Si él lo hubiera hecho, para cualquier otro objeto, habría dado un tijeretazo muy distinto. ¿Tiene presente la forma del papel? El corte era mezquino, la forma era perversa. Como ésta, recuerde. (Traza en el aire con el ascua del cigarro y mucha rapidez, unos cuadros irregulares que resultan jeroglíficos fantásticos, perversos)
FLAMBEAU (una vez que el padre ha cesado en sus grafismos aéreos) Bien, pero aun suponiendo que fué otro el del tijeretazo, ¿vamos a concluir que sólo por eso obligó a Quinton a suicidarse?
BROWN. - Quinton no se ha suicidado.
FLAMBEAU. - Entonces, ¿qué diablos significa esa confesión de suicidio?
BROWN. - Aquí no hay ninguna confesión de suicidio.
FLAMBEAU. - ¿Quiere decir que ha habido una falsificación?
BROWN. - No. Fué el mismo Quintin quien escribió eso.
FLAMBEAU (exasperado). - Padre, no desvaríe. Quinton escribe; "Mue ro por mi propia mano", y lo escribe por su propia mano en una hoja de papel...
BROWN. - En una hoja de papel de equívoca forma.
FLAMBEAU. - ¡Al diablo con la forma! ¿Qué tiene que ver la forma del papel?
BROWN (impertérrito). - Había veinte y tres cuartillas matiladas y sólo veinte y dos esquinas de papel cortadas. Así, pues, uno de los recortes fué destruído; tal vez el de la hoja en cuestión. Esto ¿no le hace pensar a usted en nada? (Pausa)
FLAMBEAU (cuyo rostro se ilumina). - Sí, que bien pudo en ese re

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corte haber escrito algo como esto: "Pretenderán que muero por mi propia mano", o bien: "No creais que..."
BROWN. - ¡Caliente, caliente!, como dicen los niños. Pero note usted que el recorte no es de media pulgada; no había sitio pa ra una palabra. ¡Es posible que el hombre infernal que lo mató haya recortado algo no mayor que una coma, por considerarlo co mo un testimonio contra su crimen?
FLAMBEAU (después de meditarlo). - No, no es posible.
BROWN. - ¡Ni siquiera unas comillas... o un guión de diálogo?
FLAMBEAU (estupefacto). - ¡Un guión de diálogo?
BROWN. - Leonardo Quinton era novelista y es muy posible que es tuviera escribiendo una novela sobre brujería e hipnotismo. (Si lencio)
FLAMBEAU (como abstraído). - Los asesinos posibles son varios si atendemos al motivo. Puede incluírse a mí.
BROWN. - El hombre es un ser fantasioso capaz de desmesurar el motivo más fútil, no obstante...
FLAMBEAU (interrumpiendo). - Pero, ¡cuál ha sido el procedimiento?
BROWN. - Uno complicado, brillantemente complicado, y por eso mis mo, muy humano.
FLAMBEAU. - ¡No cree que haya sido el indio?... Por cierto, ¿dón de anda metido?
BROWN. - ¡Vaya usted a saber! ¡Cree que él sea el culpable?
FLAMBEAU (grave). - De ser ciertas sus artes secretas, más o me nos sobrenaturales, es él el único que ha podido actuar sin acer carse a la victima.
BROWN (pensativo). - Ajá.
FLAMBEAU. - Usted no cree en un crimen por sugestión.
BROWN (ambiguo). - Hum.
FLAMBEAU. - Pues yo... (Se levanta y da unos pasos. Gravemente, de cara al padre) Padre, hoy es sábado, día habitual de confesiones para el rebaño de pecadores. Sentado en ese banco parece usted esperar a los penitentes.

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BROWN. - No es imprescindible el confesionario. (Pausa)
FLAMBEAU (solemne). - Me acuso de formar parte del grupo de ase-sinos. (El padre levanta la cabeza y lo mira con calma reflexi-va. Entra Atkinson por el jardín)
ATKINSON (con las manos en los bolsillos). - &No ha bajado aún mi hermana? (Silencio. El mira a uno y a otro de los interroga-dos que parecen mirarlo sin verlo) &Por qué me desprecian?....
&Qué piensan de mí? Yo nunca deseé propiamente su muerte.
BROWN. - Nadie tiene el derecho de juzgarlo, hijo mío.
ATKINSON (maligno). - En todo caso, no fuí yo solo el de los ma-los deseos. (Repite sus miradas en demanda de respuesta y al fin, despechado, se va por donde entró)
FLAMBEAU. - Fuimos muchos. Este quería darle una lección; aquél, vengar un agravio; otro estaba exasperado con su anfitrión des-preciativo... La animosidad alimentaba y era alimentada a su vez por la atmósfera que difundía el invernadero. Coloraciones de-formes, plantas desaforadas, guerreros pintarrajeados... No es difícil imaginar el momento en que, en el sitio más cargado, esa atmósfera se hizo corpórea, activa... La mano de Leonardo fué movida, fué llevada fríamente a empuñar la daga y herirse... (Se vuelve hacia el padre, que calla inmóvil y pensativo. En tono polémico:) Sólo así se explica ese diabólico enrevesamiento de las cuartillas mutiladas y la frase sibilina. (Pausa)
BROWN. - Flambeau, &no cree usted en la comunión de los santos?
FLAMBEAU (cavernoso). - Creo.
BROWN. - Pensemos en un reverso. La repercusión del mal que ha-cemos en los demás. No son los pecados, es el pecado el que qui-ta el Cordero del mundo.
FLAMBEAU. - &Por lo tanto?
BROWN. - Por lo tanto, los culpables de este crimen somos, en último término, todos los hijos de Adán y herederos de su primer pecado que existimos y hemos existido.
FLAMBEAU (tan cavernoso como antes). - &Nadie de un modo más par-ticular?.

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BROWN. - No creo que la culpa sea de la emanación corporizada de la atmósfera del invernadero.
FLAMBEAU (de espaldas al padre y al espectador, mirando en lo alto el ámbito atardecido). - Carnal o no, hubo emanación.
BROWN. - ¿Por qué negar los influjos de toda laya que actúan sobre los pobres mortales?
FLAMBEAU (sin volverse). - Volveremos a hablar de esto. (En marcha para hacer mutis por el jardín) Me hará bien ahora mirar el poniente cara a cara. (Sale. El padre se levanta, pasea con las manos atrás, mira preocupado hacia los altos, luego a la vidriera, en seguida al banco-confesionario y, finalmente, va a sentarse y queda erguido y expectante. Entonces entra desde la casa el doctor Harris con el sombrero y el abrigo puestos).
HARRIS (entregando al padre un sobre alargado). - He aquí el documento que desea. Y ahora, tengo que irme a casa. Buenas tardes. (Inicia el mutis)
BROWN. - ¿No quiere usted discutir los resultados conmigo?
HARRIS (desconfiado). - Usted me dijo que el informe sería confiencial.
BROWN. - Mantengo lo dicho; pero hablo de los resultados en cuan to a su alma.
HARRIS (con ira contenida, avanzando hacia el padre). - Ya bastante ha alcanzado usted. Me ha derrotado en el juego de policías y ladrones, me ha hecho renunciar (leve indicación a los altos) a lo más preciado para mí en el mundo. ¿Qué más pretene de? ¿Por qué no me deja mi alma para mí sólo?
BROWN. - No es suya.
HARRIS. - Padre, no estamos en la clase de catecismo. (Se desanja ma de pronto y va a sentarse junto al sacerdote) ¿No siente curiosidad por abrir el sobre?
BROWN. - Mucha, pero siempre trato de que el sacerdote prime sobre el detective.
HARRIS (arrogante). - El detective no podrá negar que logré una obra maestra. (Brusco) No debe anotarlo como un triunfo suyo.

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(Apunta fugazmente con la barbilla a los altos) Es por el rechazo de alguien por lo que me bato en retirada. (Con una risa amarga, de pie y mirando hacia arriba) Desisto cuando ya llegaba a las puertas de Troya. (En voz baja, con emoción) Su figura esbelta y blanca sobre los muros... (Con ira, al padre) Usted y todos los de su gremio son los que me la arrebatan con sus borracheras místicas. (Mordaz) ¡Buscar expresiones en los musculos desangrados de un cadáver! (Se pasea airadamente)
BROWN.— Es usted, por propia decisión, el que se retira. (Harris detiene su paseo y lo mira un momento con reflexiva dureza)
HARRIS (escupiendo las palabras).— ¿Cómo iba usted a imaginar, mientras perdía tontamente el tiempo con las cuartillas recortadas, que yo, en ese momento, clavaba la daga en el corazón del dormido Quinton?
BROWN.— Agilidad manual de cirujano. Confieso que no debí olvi darlo, aunque...
HARRIS.— ¡Qué iba usted a imaginar nada, hombre! Usted enredado con sus formas equivocas y sus formas perversas, y yo cometiendo un asesinato a dos pasos, en sus mismas narices... Y teniéndolo después como el mayor testigo de mi inocencia.
BROWN (paciente).— Cierto, Fingió muy bien la sorpresa ante la supuesta confesión de suicidio y logró que me entretuviera en el estudio mientras actuaba en el invernadero. Pero el examen de las cuartillas resultó en definitiva provechoso.
HARRIS (despreciativo).— Tuve tiempo de sobra para colocar la ma no de Quinton sobre el puño de la daga y ponerlo en la postura en qué usted lo encontró.
BROWN (en un escape de amor propio picado, esgrimiendo el so-bre).— De todos modos, esta confesión la hecho a petición-mía, ¡no?
HARRIS (desinflado de pronto y vuelto a sentar).— Cuando me pidió el informe ví en sus ojos que había adivinado. ¿Cómo logró saber?
BROWN (modesto).— Traté de incorporarme la mente y el alma del

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asesino, del laborioso mutilador de las cuartillas.
HARRIS (sarcástico).- Su certera táctica de siempre, &eh?
BROWN.- Fué un guión de diálogo lo que recortó, &no es cierto?
HARRIS (cabizbajo).- Un guión.
BROWN (con un suspiro de pesar).- Nunca leeremos la última novela de Quinton.
HARRIS.- No por cierto. Sus lectores no conocerán "La maldición de un santo". Eché el manuscrito al fuego. Sólo conservé la famosa cuartilla de la confesión. En esa frase interrumpía el manuscrito y, por una feliz casualidad, aparecía al comienzo de una hoja. Me venía de perilla. La ví en mi primera entrada de esta tarde en el estudio. Hoy todo me sonreía. Yo descubrí la cuartilla y usted halló en el jardín la daga oriental.
BROWN.- Que todo el mundo relacionó de inmediato con el oscuro Kridharta, y que usted se encargó de entregar a Quinton delante de todos.
HARRIS.- ¿Quién más sospechoso que espantajo?
BROWN.- ¿Era el tema de la novela un caso de brujería o hipnotismo?
HARRIS (que se embriaga y aturde con el recuerdo).- Un coronel inglés es obligado a suicidarse, mediante sugestión, por un er mitaño indio. ¿Quiere saber cómo decía el párrafo inspirador? Lo recuerdo perfectamente. (Engola voz) "El conquistador de Punjab — verdadero esqueleto amarillo, pero verdadero gigante — logró incorporarse sobre un codo y cuchicheó al oído de su sobrino: "Muero por mi propia mano; sin embargo, muero acesinado"
BROWN.- ¿Cómo pudo destruir el manuscrito y recortar las cuartillas sin que Quinton lo notara?
HARRIS.- Muy facilmente. Quinton no tocaba su trabajo durante el día; se lo pasaba en el invernadero, tendido en su ridículo otomana, de cara al jardín y de espaldas al estudio. La primera vez que entré hoy a verle tomé el pulso, hablamos algo sobre su última novela, volvió a dormitar y yo pude a mis an—chas forjar mi plan y quemar el manuscrito. La segunda vez fuí

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derecho a la otomana. Allí le dí el narcótico mientras él cha-
chareaba lánguidamente y jugueteaba con la daga relumbrante. Es
taba muy contento de sí mismo. Pude volver al estudio y recor-
tar tranquilamente las cuartillas mientras seguíamos la convers-
sación. Pero todavía, créamelo, no sabía como lo iba a matar.
BROWN. - Pero sí pensó en hacernos patente que lo dejaba vivo y
contento. ¿No fué usted quien le sugirió que le arrojara la mo-
neda a Atkinson?
HARRIS. - Es usted muy listo. Al principio se negó. Pero después
vió las posibilidades mortificantes y humillantes de su gesto.
Yo le había dicho: "No tiene que verlo; arrójele algo desde aquí".
BROWN. - ¿De modo que fué hoy cuando lo decidió usted todo?
HARRIS. - Todo no. Sólo el procedimiento. La determinación y el
motivo eran ya viejos. No me diga usted que lo ignora.
BROWN. - No lo ignoro.
HARRIS. - Yo soy un animal sano y Quinton era una bestia enferma.
Debía morir, no debía poseer lo que poseía.
BROWN. - La señora Quinton no sospecha de usted.
HARRIS (rápido). - No tiene por qué sospechar. Y usted no irá a
decirle... Perdone. Sé que usted no hablará. Su ética profesional se lo prohibe. Supongo que ya la habrá confesado a ella y sabrá que entre nosotros no llegó, lamentablemente, a ocurrir nada... Nada de eso que ustedes recriminan con truculencia en sus confesionarios.
BROWN. - No la he confesado. Algo tiene todavía que aflojar y di
solverse dentro de ella.
HARRIS (pensativo y mordaz). - Ella es inocente de todo. Ella es
la inocencia... Así la hicieron las colegas femeninas de usted,
las monjitas del colegio... Del colegio obtuvo esos invisibles
e inapreciables lentes con los que puede ver a un ser tierno y
desamparado en el frío y egoísta lunático que era Quinton.
BROWN (molesto). - ¿Por qué ensañarse con lo que ha destruído?
HARRIS. - El sobrevive, él pervive en ella y a través de ella se
ensaña conmigo. (Con total desaliento) Toda mi obra está arrui-

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nada. Todos los azares favorables de hoy, mi habilidad... Todo se ha convertido en polvo. ¿Sabe cuándo decidí como matarlo? - Cuando me retrasé en el jardín y lo ví por los cristales. Allí ideé el final. Inventé la escena con Atkinson y todo lo demás. Confié en la destreza de mi mano y mi mano me falló... Pero ahora, ¿de qué me sirve?
BROWN. - Usted no ha logrado ganar el mundo; no pierda además su alma.
HARRIS (sordamente). - No creo en el alma. Pero sí sé que la naturaleza me ha abandonado. Lo sentí en seguida de cometido el hecho. Sentí que había hecho mal. Ahora... ahora siento un extraño alivio en contarlo todo a alguien. (Sarcástico) ¿Qué me sucede?... ¿Estoy loco? ¿Será posible que tenga uno remordimiento tos como en los poemas de Byron? (Mira a los altos) Ella no está ya sobre los muros, como aguardando... (Se alarma) Tal vez va a bajar... No quiero que me vea. Adiós. (Hace además de marcharse por la casa pero cambia de idea y lo hace por el jardín. Otra vez está solo el padre Brown. Saca su pipa, va a chuparla, se detiene, la mira un momento, la guarda. Entra Elena desde la casa. El padre le dirige una rápida mirada y queda pensativo. Ella sobrepasa el banco y se para de espaldas al padre, Silencio)
BROWN (farfullando un poco). - Podría... podría ayudarla si supie ra que fué lo que él no quiso. (Al levantar la cabeza encuentra la mirada extrañada de Elena y añade:) Digo... quiero decir... Hablo de la pregunta de usted cuando se arrodilló junto al cadáver. Estábamos solos en el invernadero. Le acarició usted los cabellos y muró: "Por qué no quisiste?. Después salimos sin otra palabra. (Breve silencio)
ELENA. - No quiso... seguir pidiendo todo lo que yo podía darle.
BROWN. - (mirándose las puntas de los zapatos) Suele esperarse de masiado de una criatura humana.
ELENA (sín atenderlo). - El era el niño deslumbrado a la entrada del parque diversiones. ¿Por qué dejó de solicitar? Yo fuí pa ra él todas luces giradoras, la musiquilla chillona y mágica,

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el vértigo chirriante.
BROWN. - Ninguno de nosotros puede colmar a nadie.
ELENA (altiva). - ¿Qué quiere usted decir? Yo era su esposa y le pertenecí integramente.
BROWN. - Digo que no es usted Dios.
ELENA. - Los presentes de Dios se retardan mucho. El era impacien te.
BROWN. - Es Dios lo que se desea sin saberlo, lo que le pedimos a todo amor.
ELENA. - Cuando sus ojos estaban sobre los míos, no pedían nada más.
BROWN. - Parece que últimoamente los hubiera apartado. (Elena hace un gesto brusco y lo mira con enojo, pero él, al parecer, lo ignora. De pronto ella se abate)
ELENA (sollozando). - ¡Es cierto, padre, es cierto! ¡Sólo me ha quedado la humillación!... ¡Y se me niega incluso la calma, la espantosa paz que sería el odio! ¡Por qué esta muerte desconcer tante? Parece que a su Dios le divierten los rompecabezas. Me lo entrega otra vez desvalido, con su rostro de cuando nos conocimos, con su rostro sereno y juvenil, a la vez halagando y solicitando... Pero ya no puedo ir en su auxilio.
BROWN (con vehemencia). - ¡Sí puede auxiliarlo, hija mía, por su puesto que sí! ¡Ahora más que nunca!
ELENA. - Y toda mi culpa consiste en no haber querido reservarme nada.
BROWN. - Ahora está usted frente a frente con Dios, sin nadie de por medio.
ELENA (sordamente). - Eso no es consuelo. Aborrezco ese monólogo patético, ese diálogo con el aire.
BROWN. - La confianza no es nuestra, nos es dada. Y a Dios podemos tenderle lazos. El no resiste el cebo de la fe ciega, impetuosa. Rece así por usted y por su amado, y sentirá que no es el aire el que responde en su corazón.
ELENA (alejándose del banco, hacia un lugar en que sea posible

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que no la vea Flambeau al entrar luego por el jardín).- Quisiera póder creerlo, pero todo eso pertenece a lo que perdí... Es la dulzura de la luz matinal en los claustros del colegio (Pausa)
BROWN.- Dudamos de los paraíso por falta de confianza en nosotros mismos, porque no nos creemos dignos de ser amados.
ELENA (en voz baja).- Yo necesito mucho ahora ser amada, acogida.
BROWN (solemne, a distancia).- En nombre del Señor yo la acojo.
(Un silencio. Elena lo mira anhelante. Entra por el jardín Flambeau, formidable y eufórico. Al principio sólo advierte al padre)
FLAMBEAU.- Una despedida magnífica, padre, un derroche de pompa...
Wagner a toda orquesta. Son teatrales en todo estos suburbios...
(Advierte a Elena) Perdón, señora... Hablaba de lo espléndida que es aquí la puesta del sol.
BROWN (aspirando con fruición el aire suavemente iluminado).- A esas apoteosis yo prefiero la luz de esta parte, la del cielo opuesto al poniente. Es refinada y discreta... Es como una efusión silenciosa. La promesa de las estrellas es cada vez más cierta, el cielo pasa por un develamiento, hay una suerte de blancu ra insinuada.
ELENA (mirando también hacia arriba).- Parece que una gran palo ma cenicienta ocupa el aire.
FLAMBEAU.- Sí, esta zona de la tarde tiene sus encantos.
BROWN.- La luz aquí no es un residuo sino una presencia nueva, un advenimiento. (Transición) Mañana es Domingo de Pentecostés.
Desciende el Paráclito y regenera y fortalece, confirma, imprime el sello. Roguemos porque la visita renovadora hahite en cada uno de nosotros.
FLAMBEAU (robustamente).- Así sea. (Breve silencio)
ELENA (en un susurro).- Padre, yo también ruego.
T E L O N
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