Término, vol. 1, n. 2, invierno, 1983 · Archivo Rialta /

Término, vol. 1, n. 2, invierno, 1983

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US $1.25
VOL. 1 No. 2
WINTER-INVIERNO
1983
TÉRMINO
BULK RATE
US POSTAGE PAID
PERM. No.6157
CINNATI, OHIO
LITERARY BILINGUAL PUBLICATION/PUBLICACION LITERARIA BILINGUE
EDITORES/PUBLISHERS: ROBERTO MADRIGAL ECAY Y MANUEL F. BALLAGAS. CONSEJO EDITORIAL/EDITORIAL BOARD: ORLANDO ALOMA, ESTEBAN CARDENAS,
RICARDO OTEIZA Y JORGE POSADA. COVER/PORTADA: NANCY BLESS
JOSE KOZER - JOSE MARIO - LARRY SIMPSON - ROBERTO VALERO
MANUEL F. BALLAGAS. CARLOTA CAULFIELD. JUAN M. ESPINO. MAURICIO FERNANDEZ.
ESTELLE IRIZARRY. NICOLAS LARA. ISMAEL LORENZO
ROBERTO MADRIGAL ECAY. LUIS MARIO. MG. BARA MUJICA. ENRICO MARIO SANTI.

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Término is a literary quarterly published independently in Cincinnati, Ohio, featuring works written in English and in Spanish. Each author is responsible for his/her own opinions and holds all rights over works published in this magazine.
Término es una publicación literaria trimestral que se edita independientemente en Cincinnati, Ohio, y en la que aparecen trabajos escritos en inglés y en español. Cada autor es responsable de sus opiniones y conserva todos los derechos sobre sus obras aquí publicadas.
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Carlota Caulfield (1953): Poetisa cubana que reside en New York, adonde llegó en 1981 procedente de Suiza.
Juan M. Espino (1946): Cuentista cubano inédito. Llegó al exilio recientemente, tras una penosa espera de 17 años. El cuento suyo que publicamos tiene por escenario los tristemente célebres campos de concentración de la UMAP.
Mauricio Fernández (1938): Poeta y periodista cubano. Ha publicado cuadernos y libros de poemas. Colabora en revistas literarias de Europa, Estados Unidos y América Latina. Es editor de la revista "Enlace" y reside en Miami.
Estelle Irrizarry: Periodista, ensayista y profesora. Autora de varios libros y colaboradora de diversas revisas y colabora de diversas revistas literarias. Reside en Washington, DC, donde es profesora en la Universidad de Georgetown.
José Kozer (1940): Escritor cubano de origen judío cuya obra ha sido ampliamente difundida y altamente valorada. Reside en New York, donde enseña español hace 15 años.
Nicolás Lara (1944): Poeta cubano negro. Reside actualmente en La Habana, Cuba, donde su obra es considerada subversiva por el Departamento de Seguridad del Estado, que le hostiga y le vigila.
Ismael Lorenzo (1947): Novelista cubano. Vive en New York, donde edita la revisa ta 'Unveiling Cuba'. Recientemente publió su primera novela.
José Mario (1940): Escritor y editor cubano. Audaz promotor de las generaciones de jóvenes escritores a principios de los sesenta en Cuba. Sufrió prisión en Cuba y actualmente reside en Madrid, donde dirige las ediciones 'La Gota de Agua'.
Luis Mario: Poeta y crítico literario cubano residente en Miami, donde se desempeña como periodista en el Diario Las Américas, para el cual edita una sección de poesía.
MG (1955): Poetisa norteamericana. Escribe su interesante obra en Cincinnati, donde reside y trabaja como profesora del Raymond Walters College.
Bárbara Mujica: Narradora y ensayista norteamericana de origen hispano. Ha publicado varios libros y es profesora de la Universidad de Georgetown.
Enrico Mario Santí: Destacado ensayista, poeta y profesor cubano. Dirige el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Cornell.
Larry Simpson: Poeta norteamericano. Su obra poética muestra una bien asimilada influencia de lo mejor de los poetas beatniks. Reside en Cincinnati.
Roberto Valero (1955): Poeta cubano. Desde que llegó al exilio en 1980 ha desarrollado una vertiginosa y ascendente carrera literaria. Es profesor en la Universidad de Georgetown.
Carlota Caulfield (1953): Cuban poet now residing in New York, where she came proceeding from Switzerland in 1981.
Juan M. Espino (1946): Unpublished Cuban fiction writer. He came to exile recently, after a painful waiting of 17 years. The short story we are featuring is settled in the sadly renowned Cuban concentration camps (UMAP).
Mauricio Fernández (1938): Cuban poet and journalist. He has published several poetry books and booklets. His contributions have appeared in many European, American and Latin American literary magazines. He is the editor of Enlace Magazine and resides in Miami.
Estelle Irrizarry: Journalist, essayist and scholar. She is the author of several books and the contributor in various literary magazines. She lives in Washington, DC, where she teaches at Georgetown University.
José Kozer (1940): Cuban writer of Jewish origin, whose works have been widely diffused and highly appraised. He lives in New York, where has taught Spanish for 15 years.
Nicolás Lara (1944): Black Cuban poet. He lives in Havana, Cuba, where his poetry is considered subversive by the State Security Department, that watches and harasses him.
Ismael Lorenzo (1947): Cuban novelist. He lives in New York and publishes "Unveiling Cuba", a magazine for literary information. He has recently published his first novel.
José Mario (1940): Cuban writer and publisher. Daring promoter of the young generations of writers during the early sixties in Cuba. He was imprisoned in Cuba, but now is settled in Madrid, where he runs La Gota de Agua, a publishing house.
Luis Mario: Cuban poet and literary critic living in Miami. He works a journalist for 'Diario Las Américas' and for this newspaper he edits a poetry section.
MG (1955): American poet. She writes her interesting works in Cincinnati, where she lives and teaches at the Raymond Walters College.
Bárbara Mujica: American essayist and fiction writer of Hispanic origin. She has published several books and teaches at Georgetown University.
Larry Simpson: American poet. His poetry shows a well-assimilated influence of the best beatnik poets. He lives in Cincinnati.
Roberto Valero (1955): Cuban poet. Since coming to exile in 1980, he has developed an accelerated and rising literary career. He teaches at Georgetown University.
Enrico Mario Santí: Outstanding Cuban essayist, poet and scholar. He is the director of the Romance Languages Department at Cornell University.

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José Mario / El Otro Día Amaneció
La campana me despertó (la imitación de campana). Eran más de las ocho de la mañana. El sueño se mezcló con la realidad; como si estuviera observándome, adueñándome de una dimensión diferente, y otro que no era yo se pusiese de pie y echase a andar. Me dolía la espalda por la frialdad del cemento. ¿Había dormido realmente? ¿Los otros? ¿Quiénes eran los otros? La conciencia triunfante imponía la realidad: nos levantábamos apoyándonos, agotados del mal sueño. Apenas se impuso la claridad del día los mosquitos habían desaparecido. Un cabo entró a las barracas para comunicarnos que el primer toque era sólo para despertarnos. Estábamos reponiéndonos cuando el segundo nos hizo correr el patio. Nos formaron como en la noche anterior. Se nos hizo pasar al comedor. Nos dieron un poco de agua de café en vasos de aluminio. Momentáneamente no había guatacas ni implementos de trabajo. Por eso no se nos despertó a la hora indicada. Eso fue lo que se nos dijo cuando nos volvieron a formar. Pero no podíamos permanecer inactivos.
En la misma formación se dispusieron los grupos que debían trabajar dentro del Campo: limpiar los excusados y los lavaderos, las duchas, la cocina, las barracas, etc. Los que no alcanzaron a las primeras tareas fueron encomendados a recoger las piedras dispersas, los residuos de papel y otros desperdicios, cavar hoyos fuera del Campo para la basura, darle a la bomba de agua para abastecernos. Los oficiales se retiraron a su barraca mientras los cabos se encargaban de vigilarnos. A mi y tres nos tocaron la cocina y los pasillos que conducian a la misma. Aunque terminasemos nuestra tarea debíamos repetirla hasta que se nos avisase que podíamos abandonar el trabajo, pues se nos prohibía el uso de nuestro tiempo para no hacer nada.
A las doce se nos dijo que podíamos afeitarnos y lavarnos. El afeitado y el estar limpio eran también obligatorios o se nos castigaría, pero ¿cómo afeitarnos?, ¿con qué cuchillas? En el Stadium se nos había despojado todos los objetos de metal: cuchillas, cortauñas, etc. Todo lo que sirviera para atentar contra nuestra vida (según ellos). Un sargento insinuó que alguno de nosotros pudo haber salvado alguna que otra cuchilla y que nos cediéramos las máquinas de afeitar. Aparecieron las cuchillas salvadas, incluso fragmentos de espejo. Nos afeitamos como se pudo. En los diversos lugares donde se nos citó para conducirnos a los Campos no se habían cumplido las mismas disposiciones. Parecía como si esta no rigurosidad perteneciese a una política de desorientación. Observé que mi ropa cedía (seguía cediendo). ¿Nos darían uniforme alguna vez?
A la una y media, aproximadamente, pasamos al comedor. Comimos arroz con lentejas y un pedazo de boniato hervido. Hice la cola reglamentaria frente a la pila de agua para lavar mi plato de aluminio. Por un costado (el menos visible) de mi barraca un grupo hablaba a la distancia admitida con un viejo negro, a caballo, del otro lado de la alambrada (este trataba de alcanzar limones y azúcar). Se presentaron los soldados de la guarnición y disolvieron el grupo. El viejo (haitiano o "jamaiquino" de los que vivían por la zona) se dispuso a marcharse y antes casi gritó que él no sabía nada de que no podía hablar con los muchachos, que él no intentaba venderles nada (mentira), y de que los limones y el azúcar se los dejaba para que hicieran limonada. Volvió el rostro a las palabras de advertencia de los soldados y se marchó. Nos previnieron de que la próxima vez habría un escarmiento y pagariamos "justos por pecadores". Más tarde los oficiales tomaban limonada aludiendo a que de todas formas no hubiera alcanzado para toda la compañía.
Me di cuenta de que el enfermo seguía tendido en un rincón de la barraca. No pude razonar cómo no me había percatado en toda la mañana. Alguien hablaba, miré hacia atrás de casualidad, y ahí estaba el enfermo: de un blanco amarillento, ajeno, indiferente también.
A las dos y media volvieron a tocar la campana. En la formación se nos fueron dando números como si se tratase de los definitivos. Se nos situó de acuerdo a la estatura. Mi grupo se componía del 81 al 120. Mi nombre sería el 87.
Nuestro grupo contaría con dos cabos (momentáneamente), Nicolás y Malo de Molina. Ellos se repartirían nuestro mando bajo la tutela del sargento Stuart. Los cabos no iban armados, pero los sargentos si. Constituíamos un pelotón. Tres pelotones: una compañía. Cuatro compañías: un bataillon (aunque algunos pelotones tenían bajo su mando cinco compañías). Los batallones recibían las ordenes de las Agrupaciones Militares de la región que les correspondía (controladas directamente por el Estado Mayor) y a su vez las impartían a las compañías para su aplicación y cumplimiento. Estas ordenes incluían desde nuestra capacidad de producción, hasta el modo que debía tratársenos: rendimiento y costo mínimo de nuestra mano de obra mediante las metas impuestas de trabajo. Estas metas debían cumplirse ya fuera haciendo uso de la intimidad o el castigo. Por ignorancia militar o confusión solíamos llamar a todos los miembros del cuerpo de mando "oficiales" (incluyendo los cabos), aunque esta denominación el Campo sólo correspondía al Teniente (máximo responsable y enlace con los jeffes de batallones). Los Campos eran de diversas categorías y poseían sus características especiales de experimentación: Campos para Homosexuales, convictos o no (incluyendo personas débiles o afeminadas, ya por una cuestión educativa o de naturaleza, aunque jamás hubieran tenido contacto con otro hombre). Testigos de Jehová, castigados de la más diversa condición (delitos no aclarados, falta de prueba, acusaciones dudas, denuncias infundadas), personas a las que no había motivos legales para someterlas a un tribunal, los llamados "renuentes al sistema" (posibles contrarios activos). Campos de más privilegios o menos (con luz eléctrica o sin ella; allegados o alejados de carreteras y ciudades). Campos Mixtos compuestos por "santeros" o de otras sectas religiosas de origen africano (abajuás, fláñigos, etc.) o protestantes, estudiantes depurados de la universidad y otros centros de estudios o "apolíticos", algún sacerdote católico, militantes de las juventudes católicas o jóvenes de señaladas actitudes religiosas, delinquentes, clubes, los homosexuales "tapiñados" etcétera. Campos para los castigados de todas las compañías con cuerpo de mando de castigados del ejército (en condiciones difícilas y peligrosas para la vida humana, donde disciplina y trabajo eran extremos o abandono y desórdenes) y cuyas funciones consistía en la extracción de mangles en las zonas pantanosas o el corte del Marabú (planta espinosa) u otros trabajos más violentos. Estos constituyen uno de los últimos eslabones e irónica y paradójicamente: un Campo de todos los Campos para los desequilibrados, nerviosos o mentales, surgidos de la misma condición de "concentrado". La clasificación humana no se cumplía en todo su rigor y resultaba, más bien, un producto de la desorganización o simpatía de los organizadores, influencias, etc. Lo importante en todos los Campos era el trabajo, la producción: la emulación entre unos y otros con el fin de elevar el rendimiento de cada persona, lo único, según la versión de los superiores, capaz de darnos una oportunidad de rehabilitarnos y así poder volver a integrarnos a la sociedad. Por lo que moral e ideología, Marxismo, devenían en algo difuso, sujeto sólo a la realidad inmediata: algo que se plantearía después. El supuesto entrenamiento militar era un ardid que ya deducíamos por experiencias anteriores. El único valor residía en la capacidad de trabajo. Nuestro Campo estaba compuesto por elementos Mixtos: antesala de otros Campos.
El Cabo Nicolás sobresalía del resto del cuerpo de mando. La ropa que corresponda a los Cabos: camisa de mezclilla gris, pantalón verde olivo, botas negras altas, la lucía impecable. Anduvo frente a nosotros ejerciendo una especie de intenciónado lucimiento. Dio dos o tres consejos manidos sobre el respeto a los superiores, mientras marcaba los pasos en señal de autoridad. Nicolás poseía la conciencia de su distinción, a la vez que la inseguridad de la adolescencia, e intentaba darnos una imagen de fuerza e independencia. Lo tenía cerca de mí. Pude observarle con más detenimiento que en la noche anterior: las uñas limpias, rosadas, perfectas. Los brazos con un tenue vello rubio. La miraada esquiva, por momentos certera. Percibí el tono de su voz, el ritmo cortante de las palabras. Su piel poseía un fulgor y una luminosidad que sólo otorgan el sol del trópico: miel y cobre. Explicó que el serían el encargado de enseñarnos a marchar.
Malo de Molina, como Nicolás, provenía de Guanabacoa. Ellos habían sido de los primeros en

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inaugurar los Campos de Trabajos Forzados en función de campamentos productivos del ejército: la UMAP propiamente dicha, disfrazada con ma-levolencia como llamados del Servicio Militar Obligatorio. Mulato, delgado, aunque corpulento. La cabeza insignificante. La mirada vacía, de frío, a la vez los ojos de un negro raro: centella, luminosos. El pelo rizado y corto. Los dientes pequeños. Los labios finos. La nariz en juego con los labios: recta y sin chatez. Estuvo unos instantes frente a nosotros y se marchó con una sonrisa seca y sin palabras. El torso desnudo y una toalla sobre los hombros.
El sargento Stuart observaba: negro, impersonal, enjuto. El cinturón con la pistola ladeada como en una película de cowboys. Una mano tensa, la otra apoyada en la cintura. El pie derecho hacia adelante, la rodilla en ángulo, el cuerpo inclinado sobre el otro pie. Apenas habló. Cuando lo hizo debimos escucharle con atención para poder entenderle, por el tono tan bajo de su voz. Las palabras representaban monosilabos en cabalgadura y, de esa jerga que se resistía a limpidez del vocablo preciso, podía deducirse una ex rebeldía, una ex bondad, aniquiladas.
Nicolás hizo comenzar las clases de Marcha, ibamos de un lado a otro: la mayoría inseguros, arrastrando los pies o levantándolos demasiado. Nicolás, como ejemplo, en la Marcha, era perfecto. Gritaba una y otra vez: la media vuelta, izquierda, derecha, el “en su lugar desacansen”... Cada una hora se nos dejaba ir a tomar un poco de agua. El sol, el sudor, el polvo y el agotamiento nos iban haciendo cada vez más torpes. El cansancio nos impulsó a cometer errores.
Los errores fueron tomando un carácter casi contestatario. Nicolás crecía en furia. Inició los castigos. Si alguien se equivocaba debía hacer un número determinado de “Planchas”: ponerse boca abajo en el terreno y hacer flexiones con el apoyo de las manos y los pies. Otro castigo consistía en “La brujita”: caminar una distancia agachado con la palma de la mano presionando sobre la rodilla. O simplemente darle vuelta al Campo corriendo. La intensidad de los castigos fluctuaba de acuerdo al capricho de Nicolás. Frank trató de llamar su atención como si se tratase de un juego. Nicolás respondió con todo desprecio. Le hizo hacer múltiples flexiones cada vez que tuvo una oportunidad. Las manos de Frank estaban surcadas por cicatrices de quemaduras profundas. Las manos se fueron resistiendo por el esfuerzo y las cicatrices comenzaron a sangrar. Nicolás hizo como si no se diera cuenta. Los ánimos se iban caldeando. Nicolás se mostraba indiferente ante el dolor físico de Frank. Me equivoqué. Los castigos seguían con otros. Volvía a equivocarme.
Una de las veces se dirigió a mí: “Tú, tres Planchas”. No se detuvo siquiera a ver si las hacía. Se volvió ante una nueva equivocación de Frank y le mandó hacer 15. Este no pudo terminarlas. “Pues si de ahora en adelante no puedes con las manos continúa con los pies”, y le mandó a dar 10 vueltas al Campo, corriendo y sin parar. Seguíamos marchando. De tanto arrastrar los pies las suelas de los zapatos se recalentaban por la fricción. Las costuras del pantalón y la camisa cedían. Estábamos completamente agotados. Frank fue castigado dos o tres veces más. De vuelta de un castigo fue a incorporarse: se tambaleó unos segundos y cayó a tierra sin conocimiento. Nicolás no se inmutó: “Que nadie se atreva a romper la formación hasta que yo no lo ordene” y mandó a tres que lo recogieran y se lo llevasen a la barraca. “Tremendo pedazo de maricón, si hasta vino con las cejas sacadas”, dijo. Unos minutos más tarde se dieron por terminadas las clases de marcha de ese día. □
Juan M. Espino / Un Hueco En La Tierra
Estaba anocheciendo cuando el teniente Roselló salió del comedor rumbo a la barraca de los oficiables. Una fría y fina llovizna le azotó el rostro, y metió dentro de la guerrera el “file” que hasta entonces había estado estudiando en el comedor. Había estado casi toda la tarde leyendo laboriosamente los informes y repórteres de los sargentos y cabos que formaban su oficialidad. Le gustaba trabajar en su oficina, pero hoy el ruido no lo habia dejado; todos subalternos estaban en la barraca en espera del buen tiempo para salir hacia los campos con los reclutas y el ruido de la conversación le impedía trabajar a gusto. Había optado por trabajar en el comedor, pero dentro de diez minutos vendría a comer el primer pelotón de reclutas.
Llegó a su oficina y dispuso el contenido del “file” sobre el escritorio para continuar el trabajo después de comida. Afuera -observó- el agua habla arreciado. Era un mal síntoma para el día siguiente. El planificador había asignado como proximos campos de trabajo unos lejanos cañaverales y temía por el estado de los caminos.
Con aquella preocupación fue a comer protegido por su amplio capote militar y encontró el mismo menú del almuerzo: arroz empelotado, plátanos hervidos y las dos onzas de dulce de fruta bomba. Recordó entonces que la compañía, estaba a dieta por ordenes del Jefe de Batallón y allí mismo, en la mesa, revisó su libreta de notas y encontró que la dieta aún se prolongaría por tres días mas. El Jefe era -pensó-tajante en sus ordenes- Consideraba que tanto los jefes como los reclutas eran responsables del poco rendimiento en el trabajo.
- Si al menos dieran buenos campos - se dijo mientras depositaba, integro, el contenido de su bandeja en el latón de rancho- Pero los buenos campos se los daban a los batallones del Este. Muy irritado, regresó a la oficina y hambriento, husmeó entre las provisiones ligeras que guardaba en su maleta.
Poco después, se asomó al dormitorio.
- Sargento Piedras - llamó.
Se cercioró de que había sido escuchado y regresó a la oficina. Se acomodó tras su escritorio, una burda mesa de madera sin lijar, y estudió con atención los repórteres e informes que poco antes había separado. Profundas arrugas surcaban su frente mientras leía. Eran los repórteres del trabajo de la semana y acostumbraba darles el visto bueno antes de enviarlos a la Jefatura del Batallón. Eran -pensaba siempre- papeles importantes. Del Batallón pasarán a la Agrupación Mo-rón, que era la responsable del trabajo de las unidades UMAP en todo el territorio del noroeste de Camagüey; desde allí pasarían a la sede la Jefatura General en al ciudad de Camagüey, y por último, a La Habana.
- Si es hasta posible que el mismo Raúl los lea-se dijo mientras apartaba otros informes. Uno, cruzado por dos rayas rojas, llamó su atención.
Comenzó a leerlo con sumo interés. Era un reporte por desidia en el trabajo y lo dobló colocándolo aparte; después terminó con los otros. Los examinó ya sin interés. Una riña en el comedor durante el almuerzo. Lo arrugó y lo tiró a un lado. Cuatro reclutas que no saludaron a un sargento. Memorizó los números y se deshizo del papel.
Levantó la cabeza.
- Oye, Piedrita - dijo al sargento que había aparecido en la puerta del dormitorio - Tienes dos repórteres aquí por desidia en el trabajo. ¿Qué pasó?
Piedrita média dos metros de estatura. Se frotó los ojos, achinados por el sueño, y buscó algo en un anaquel situado en la pared, casi al lado del escritorio.
- ¿Desidia? - repitió, sacando una botella ámbar, de las usadas para envasar cerveza. Se la llevó a la boca y se la empinó.
- Estos cocineros - exclamó - no hacen nada que sirva. Estaban sentados, teniente. Guardó la botella y sacó cigarrillos. Le brindó a su jefe.
- ¿Sentados?
- Sí. Sentados en el surco a las diez de la mañana. Sentados y fumando cigarros suaves...
- Cigarros suaves, ¿no? - le interrumpió el teniente, y el sargento advirtió un leve matiz de preocupación en la voz de su jefe.
- ¿Eran maricones? - preguntó el teniente.
- No, teniente. No son maricones. Estaban censados: Cansados como perros mojados. - respondió el sargento mirando hacia el patio trasero del campamento. Llovía desde el amanecer. Primero lentamente y ahora con toda la fuerza de la lluvia. Se iban a volver ranas - pensó - como siguiera aquella fiesta. El aguacero fuerte de por la mañana lo había sorprendido con el pelotón en medio del campo y en aquellos momentos tenía seis hombres con fiebre. Los habaneros eran -pensó- los hombres más flojos de Cuba. Le hubiera gustado decir al teniente que sí, que eran maricones los dos muchachos que esa mañana había encontrado sentados en un surco en el campo de caña nueva.
El olor a tabaco rubio lo había atraído. Mientras sus enormes botas se hundían en la tierra húmeda y caliente, recordaba el burdel de Caimanera donde siempre encontraba aquel olor dulzón, olor a cosa cara y cosa mala.
- ¿Tú crees que estemos mucho tiempo aquí? - preguntaba un recluta al otro.
- ¿Tres años, no? - dijo el otro. Estaba de frente al sargento, usaba espejuelos y se abanicaba con el sombrero; el otro era mulato y estaba sentado sobre el azadón y recostado a un plantón de caña.
- La vida entera - había dicho de pronto, apareciendo ante los muchachos - se la van a pasar aquí.
Los muchachos habían pegado un bote como si les hubieran puesto brasas dentro de las camisas y se precipitaron al trabajo. El de los espejuelos se retiró al surco de la derecha. Iban parejos. Por eso no adelantaban - pensó el sargento.
Iban fumando y conversando y no adelantaban. Ambos eran de su pelotón. Recordaba el rostro amable del muchacho de espejuelos.
- Venga acá... guardia - llamó al que se retiraba.
El muchacho regresó y se alineó con su compañero.
- ¿Qué carajo se han creído ustedes? - les había preguntado.
Denme aca esos cigarros.
Había aplastado las dos cajetillas contra la tierra y después les había tomado los números. No habían terminado un surco - comprobó en su libreta - en toda la mañana.
- Tienen un reporte - había dicho - por desidia en el trabajo.
Si no terminan la norma, no hay almuerzo.
Ahora no recordaba si los muchachos habían almorzado o no. Sólo recordaba sus rostros al anunciarles el motivo del reporte. Pero el teniente estaba preocupado por otra cosa. Habían limpiado la compañía de maricónes y encontrar algún otro representaba un serio problema, porque habría quedarse con él.
Hay que darles un escarmiento, Piedritas - decía el teniente sin levantar los ojos de los papeles - hacerles ver, demostrarles que aquí se trabaja o no saldrán nunca de la UMAP. Son de su pelotón, ¿no?
- Sí, teniente.
- Hágase cargo - dijo el teniente. - No podemos permitir la desidia en el trabajo - se alineó los informes-esos datos son importantes.
A nivel nacional.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Allí se detuvo, una mano sobre la pistolera, la otra señalando hacia el patio cubierto de agua.
- Esta es la mejor ahora - dijo - para abrir un hueco en la tierra, sargento. Ahora, con la tierra fangosa y después de la comida que ni siquiera se saben ganar. Este es el momento... □

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Roberto Madrigal Ecay / El Compilador
Era en quien último se pensaría que hiciera algo así.
Sólo una vez me permitió visitarlo en su húmedo y reducido apartamento (que compartía con su madre y su padrasto gallego), situado frente al edificio de la antigua Lonja del Comercio, cuyo intento de balcón se encontraba a un nivel más elevado que la estatua de Mercurio, como para que la vista pudiera abarcar la entrada de la Bahía (desde un poco mas adentro del Muelle de Caballeria hasta la refinería) enfrentando las casuchas deterioradas (que aún conservan cierto neblinoso atractivo) del poblado pesquero de Casablanca. Fue tras llamarme con mucho misterio y citarme estableciendo mi llegada con precisión cronométrica. No bien llegué me hizo atravesar, entre apresurado y sigiloso, una pequeña hilera de muebles desvencijados (tratando el de que sus padres no advirtieran mi presencia) y una vez en su habitación privada (como solía llamarla), tras cerrar la puerta, me preguntó, con celo paranoide, voz grave susurrante y tono solemne:
-¿Has escuchado los últimos partes del tiempo?
-Si, ¿qué?- respondí aún agitado por los ómnibus y las escaleras.
-¿Qué piensas que suceda si por fin nieva en La Habana como dicen? Con esta escasez de ropa el gobierno tendrá que tomar medidas urgentes...
Fue más violento que un golpe al plexo solar. Entre obnubilado y atónito, a falta de algo mejor, traté de ironizar torpemente:
-Me imagino que sacarán una lienza o un cartabón, no sé ni me preocupa. Y eso era todo. Me había hecho perder una mañana de trabajo para satisfacer esa inquietud meteorológica. Así era.
Misógino confeso (era peor que Schopenhauer, sólo por accidente o en una sala de cine abarrotada se le podía ver a menos de un metro de una mujer), sus amigos vivían convencidos de que era un homosexual latente, pero lo cierto es que su libido estaba congelada (alguien juraba que tenía yogurt en los testículos) y su única pasión observable era literatura. Vico, Angus Wilson, Milton, Lermontov y Galsworthy sus lecturas favoritas. Después, en distante segundo lugar, el cine, Ozu y Bresson. De aspecto deteriorado para sus veintiantos años, con su avanzada calvicie, sus pómulos anchos, su elevada estatura y bajo peso, vestía siempre un par de oscuras y holgadas camisas de corduroy, con las mangas largas, pretendiendo ocultar la delgadez extrema de sus brazos, pero resaltando, muy a su pesar, la palidez de su rostro, pues era noctámbulo devoto, Petronio sin apetitos eróticos pero con pretensiones de árbitro literario. Su desenvolvimiento timido y vacilante hacía pensar más en Nosferatu que en alguien desarrollando un trabajo tal. De veras que era difícil imaginar que el iba a ser El Compilador, como más tarde algunos decidimos llamarle.
Unicamente su afició frustrada por el ajedrez explicaba su amistad con el Negro Grande (ajedrecista y dicharachero intruso en el mundillo intelectual subterráneo, amante del béisbol, el aguardiente y las mujeres ajadas, autor de un poemario dedicado al spaguetti que se atrevió una vez a leer completo ante un poeta-sacerdote extranjero luego de enministro-comisario del gobierno de su país, a quien aquella visita lectura dejó exhausto) y que éste incluso lo enrolara en sus aventuras vespertinas, único sol que El Compilador era capaz de soportar, limpiando de los estantes de la Biblioteca Nacional los ejemplares de libros semi-prohibidos, insólitos o difíciles de adquirir, y por todo ello apetecibles, para acto seguido venderlos a algún arriesgado coleccionista clandestino y poder comprar una botella de agua-diente "Coronilla" ("Me he bebido lo mejor de la cultura universal" alardeaba el Negro Grande).
Quizás debí haber sospechado algo cuando algunas noches mientras nos tomábamos algunos rones (único placer hedonista que se permitía cuando conseguía algún dinero por su oficio de colero, por el cual cobraba a la gente del jet-set marginal 10 pesos cada entrada que les conseguía suplantándoles en la triste necesidad de pasar las madrugadas en cola para poder adquirir las del Ballet o las de algún recital de Karel Gott ó Luis Gardey, a todo lo cual él sentía horror), sentados en la terraza de "El Template" ó en la barra del antiguo "Ferreteros", y él comenzaba a peror obsesionante su historia sobre una sección de los servicios de Inteligencia británicos que fue capaz de predecir los movimientos de las tropas nazis basándose solamente en el análisis de los partes oficiales que aparecian en la misma prensa alemana. "Hay que saber leer entre líneas, todo está ahí, la verdad más evidente es la que se oculta" y se extendía en su teoría freudiana de la información, y no bien terminaba me comenzaba a contar su recién adquirida pasión por las narraciones detectivescas del escritor neozelandés Ngaio Marsh (su avidez lo llevaba a extremos bizarros, fue expulsado del Preuniversitario por leer "El Espía que Venía de Israel" en medio de la clase de Química), y tras un silencio para paladear el alcohol:
- Un día te voy a enseñar algo, tú eres el indicado.
Me estremecía pensar que yo sería el primero en
leer su poesía, o lo que escribiera, pues nadie podía saberlo a ciencia cierta ya que nada enseñaba, y se jactaba de escribir por amor al oficio, al arte que "era una epifanía", para la gaveta, para su satisfacción y la de aquéllos capaces de entender su obra, entre los cuales yo no me creía incluido, dada la enfermiza erudición que exigía de sus interlocutores. No habría sabido yo cómo opinar o responder ante sus dogmas peculiares, ("un accidente geográfico no puede determinar las fronteras de mis intereses culturales" explicaaba, entre sublime y ridículo, su desprecio por los escritores cubanos, "La Aragón, la Monumental y los Van-Van me son tan insoportables como Cintio Vitier, Víctor Casaus o Manuel Cofijo, todos representan por igual la imagen viva de una cultura intestinal" terminaba enfurecido cuando discutía con alguien el tema) cómo no herir su sensibilidad, o no hollar la orgullosa y peculiar dignidad de un arte tan esforzadamente ocultan, tan tientiariamente mártil ("Primero muerto que ver mi nombre impreso con la tinta de la UNEAC o de la Casa, yo no vendo lo que se me revela").
No obstante, el tiempo pasaba, y nada.
Entre mi trabajo con los barcos, y los trámites para salir del país, se me consumía la ración de tiempo que el agónico transporte permite disponer en Cuba, y a pesar de que gran parte de mi actividad giraba alrededor de la Avenida del Puerto, cada vez lo veía menos. Iba yo una noche por una acera de La Rampa cuando me lo tropecé, y casi al oído me dijo:
-Me enteré que estás al irte, te felicito, disfruta por ti y por mi. Y siguió su camino sin esperar mi respuesta.
Meses más tarde comenzó a tratar de localizar me con insistencia hasta que logró dar conmigo. "Voy para allá, tengo algo que necesito que leas" y colgó. Demoró en llegar. Finalmente apareció portando un inmenso fardo de papeles amontonados dentro de una vieja carpeta. Me exigió sentarnos en el rincón más seguro y apartado de la casa.
-¿Ya te hicieron el inventario?
-No.
-Bien, sé que a través de tus amigos centroamericanos estás sacando tus papeles más importantes, y ésa es la razón por la que te he elegido para este encargo. Durante los últimos cinco años me he dedicado a compilar datos sobre sucesos reales en donde se evidencia tanto en toda su crudeza como en toda su sutileza, la represión sistemática que ejercce el sistema sobre todos los ciudadanos. Las fuentes son tanto notas de prensa oficiales, extraídas de los periódicos y la radio, la televisión o el noticiario ICAIC, como testimonios personales que he tenido la oportunidad de escuchar de primera mano, o inclusive experiencias personales mías, directas e indirectas. Como no creo en el realismo socialista ni en el naturalismo de Zola, les he añadido un toque de ficción y las he convertido en narraciones, algunas de ellas aún desordenadas, pero no quiero perder más tiempo. Sácalas y cuando estés allá puedes hacer con ellas que te que de la gana, publícalos a tu nombre, con pseudónimo, anónimo, sinónimo o antónimo. No me importa, que entienda quien desee, que lo lea quien mejor le parezca, mi obra está por encima de eso, sólo quiero que vea luz.
Y siguió hablando y explicando, enérgico y categórico, durante horas. Yo no salía de mi asombro. Había que tener coraje tanto para mantener almacenados datos y cuentos semejantes como para hacerlo pacientemente y sin esperanzas de obtener nada tangible a cambio, a no ser una inmensa satisfacción personal muy íntima. Tranquilidad que media entre cabeza y almohada. Por primera vez lo admiré y lo descubrí. Su universo estaba compuesto por claves y espejos. Cuando terminó, se levantó de prisa y realizó una salida aristocrática, fue la última vez que lo vi. Después yo consegui asilarme en una embajada, aunque ya había podido sacar casi todo lo que me entregó a través de mis amigos diplomáticos, algunos turistas canadienses y unos parientes que me vinieron a visitar de Miami. Ya lo tengo casi ordenado, algunas cosas serán decididamente irrecuperables, pero lo esencial está ahí. Trataré de publicarlo bajo la rúbrica de El Compilador, sobrenombre que algunos le pusimos una vez fuera del país, comentando el trabajo que hizo. El no lo sabe, pero tampoco creo que le interese.
Aisladas noticias sobre él he recibido en las esporádicas cartas que me escribe un amigo tortuoso y laberintico, quien entre criptogramas me cuenta que le ha visto (y lo puedo imaginar con claridad), bamboleante deambulante, atravesando las húmedas y apagadas noches habaneras; rodeado de prostitutas y marineros griegos mientras espera el ómnibus en calle Lamparilla; caminando cada vez más solo por La Rampa o Miramar, mientras veó cómo a sus amigos se los va tragando la muerte, la prisión o la más reciente ola migratoria; esperando (pienso) como a veces me decía "para quedarme cuidando la Farola del Morro", vigia alerta y defensor celoso de la ciudad que tanto le gusta odiar.

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Barbara Mujica / Bienvenue, Rosalía
The slightest movement of Lisa Magner's hand set galaxies of tiny fragments of light quivering on the wall. It had been a marvelous gift, the diamond cocktail ring. In fact, the whole thing was marvelous--to be the wife of Congressman Richard Magner, to be here in Washington, to be dining at the Bienvenu.
Dick had lunch here all the time. All the higher-ups did. This was Kissinger's favorite hang-out, and probably Haig's, too. Lisa thought she saw Warner over in a corner with Liz, but she didn't want to put her glasses on.
How many times had Dick been here?, Lisa wondered. Rumor had it that he showed up periodically with a willowy secretary with remarkable emerald eyes, but Lisa attributed the story to political intrigue and dismissed it.
Dick appeared at the door. He caught sight of several familiar faces and nodded at them with an automatic smile.
"Bienvenu, monsieur." The maitre d' greeted Dick and showed him to the table where Lisa was already sipping a pink squirrel.
"Thank you, François."
Lisa puckered and Dick bent over to brush his lips against hers before he sat down.
"I see you wore the ring."
They both watched the diamonds shimmer in the candlelight.
"It's so lovely, Dick." And then, "You look tired."
"It's the illegal alien thing."
"Still on it?"
"Christ, the new proposals by the Select Commission Immigration... You realize there may be as many as twelve million illegals in this country. Of course, the official figures are between 3.5 and 6 million, but me, I'd bet my bottom dollar there's a hell of a lot more of them than that. Half of 'em Mexican..."
Lisa knew he'd be on about it all night. He'd been spouting statistics for weeks now. Well, she thought, let him talk. An instant later she was absorbed in a scene across the room. The woman she thought was Liz was talking to the waiter. Lisa wondered if the woman was going to order dessert.
"It's true what they say," Lisa said to herself. "She's too heavy. She shouldn't order dessert."
***
Steam surged from the tap. On the greying tile wall in front of Rosalía, it formed pearls that bulged, broke, then ran in zigzagging streamlets back down to the sink. On Rosalía's forehead and cheeks the vapor mingled with sweat. The liquid oozed down her neck and drenched her collar.
Rosalía's hands were chafed and they stung at the touch of the scalding water. The woman rubbed the soapy sponge over the Lennox creamer and thought that after all, washing dishes was not so bad. The other job, the one she had in the morning, was worse. Cleaning the toilets in the office building on Connecticut Avenue was more disagreeable, although Rosalía felt she couldn't complain. After all, disinfectant deadened the odors and long-handled brushes scoured the insides of the bowls. And between the two jobs, she made nearly five hundred dollars a month. There was nothing to complain about, Rosalía thought as she passed the creamer to José María to dry. And what was the alternative? To go back to Intipuca? Virgen santisima, to live in Intipuca was the same as to die. To die, just like Roberto.
***
"... think they're going to cut back on them by handing out guest worker cards, but let me tell you..."
She'd never get him off the subject now. Lisa had already heard all about the guest worker program countless times. She knew it was bound to fail, just like the Bracero program that had been in effect from 1942 to 1964 and had bombed terribly. She knew the Bracero thing had been launched during the War to bring day laborers legally from Mexico to replace the Americans who had left the farms for the military, but that in the long run it had acutally stimulated unlawful immigration instead of halting it because once the worker's contracts had run out, they wouldn't leave. They not only stayed on, but brought up their families. She knew it all by heart: in 1941 U.S. authorities rounded up exactly 11,294 illegal aliens but by 1954 the number had jumped to more than a million. She had heard Dick harp on those figures on the House floor and at Georgetown cocktail parties, at press conferences and on the golf course at the Chevy Chase Country Club. Over and over again: 1942 to 1964... Over and over again: exactly 11,294... The interminable enumeration of facts about people she had never seen either in her sidewalkless neat-as-a-pin neighborhood in Bethesda or on her cool tree-lined street back home.
Lisa sipped her second pink squirrel and tried to tune Dick out. Every once in a while he would drop a comment that required a response, but Lisa was accustomed to picking up response-eliciting cues without really listening.
"Gets me mad, this business about going after the employers. Christ, it's not those poor suckers' fault. You can't blame them for trying to make a buck. You can get cheap illegal labor, you hire cheap illegal labor. You can't expect..."
Dick's voice droaned on. Lisa sat mesmerized by the woman with dark hair. The waiter rolled up a pastry cart and the woman scanned the tray. Her escort picked out what Lisa took to be an eclair. It seemed to Lisa that the woman selected a Napoleon. Lisa considered putting on her glasses but decided against it. It would be too obvious that she wasn't listening to Dick. But if it was a Napoleon, Lisa thought, it had far too many calories.
"Listen, I can understand why these people flock here. After all, unemployment plus underemployemnt come to 45% in Mexico. In El Salvador, unemployment is 20% and the combination of unemployment and underemployment is 40 to 50%. In the Dominican Republic the unemployment rate is 25% and the underemployment rate is 50%, giving you a whopping total of 75%. It's all just a matter of statistics."
Forks clinked on porcelain and spotless stemware stood waiting for champagne.
"But listen, we've got out won problems. Our own national unemployment rate's up over 8% now. We're not exactly in cover, either, you know. Among Blacks it's 15% and in our district it's close to 12½. Go tell the constituents that the immigrant laborers are worse off than they are. They way they see it, these illegals are snatching up their jobs... and in some cases they're right. Although, truth to tell (Dick lowered his voice in a gesture of confidentiality), plenty of the American workers who're gripping the loudest wouldn't touch those jobs the foreigners do. But you sure as hell can't lay it all on the backs of the employers."
"Of course not. The idea is preposterous," Lisa intervened with a tone of complicity. She looked right at Dick to make sure he understood that he had her undivided attention all along."
"Christ, all those guys are trying to do is to make a profit. That's what business is all about. And even if they did go through with it and decide to clamp down on the employers, how the hell you going to enforce it? Sure, it sounds good on paper. You give everybody an I.D. card that proves he's got permission to work. No card, no job. So the employers have no excuse for making a mistake and hiring an illegal, right? Well, you know what's going to happen? You're going to have every American guy with a Spanish name interrogated within an inch of his ass because the boss knows that if he fouls up and gives a job to a wetback he's going to be fined a thousand bucks. At the same time, the Blacks and the blonds march right by without answering a single question. And then yuo're going to have Chávez and all those hoodlems out there screaming bloody murder and waving banners."
"But listen, Dick, you're the one who's always saying they've got to do something. Getting after these employers seems like the logical thing." Never mind that she had just contended the opposite. Lisa wanted her husband to see that she was taking the whole business very seriously.
"I'm telling you, it only looks that way on paper. Listen, you set up a system where if a guy's got more than four workers and hires an illegal, you hit him with a thousand dollar fine. According to the Commission, that covers about 95% of the illegal workers and about half the employers. The little guy, the one who's got a Mexican maid or a Guatemalan gardener who came in under the wire gets off the hook."
"Doesn't sound so bad to me."
Dick looked impatient. "Yeah, but that kind of a crackdown, I mean one that hits the employers--the big fish, the factory owners, the food companies, those guys--that'd cost a million dollars just to set up and three million a year to operate. Look, I have the exact figures right here in my briefcase..."
The woman that Lisa thought was Liz was getting up. It occurred to Lisa that she might be going to go the ladies' room.
"We've just got to stem this tide some other way..."
"Darling, excuse me. I'm going to the bathroom."
"Now? They just brought our food."
"Excuse me, darling."
Dick glowered, but didn't say anything.
It was really because of Roberto that Rosalía had come. She had promised him, as she cleansed his lifeless body with a torn shirt, that she would find a way.
Campesinos had found Roberto's body about three kilometers from Intipuca, on a dirt road. By the time Rosalía saw it, the blood had long before begun to congeal and turn brown.

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Rosalía had gone to the fields alone that morning. Roberto hadn’t gone with her to harvest cashews because had wanted to go see Don Refugio about a loan.
Roberto had gone to see Don Refugio about a loan before. He needed nearly a thousand dollars now, although in the beginning, it had been only about six hundred. But now smugglers were asking more.
For years Roberto had been talking about getting enough money together to pay a coyote to smuggle him through Guatemala and Mexico, then over the border to the United States. It was a far-fetched dream for a man who made from two to five colones—one or two dollars—a day working the cashew fields, but Roberto had always been obstinate, intractable. Together he and Rosalía had saved up over seven hundred fifty colones.
Don Refugio had known Roberto all his life. He knew Roberto would pay him back once he got a job in the U.S. Salvadorans who returned to Intipuca after working a few years in the North told of making six or seven hundred dollars a month. And didn’t Doña Alicia, whose oldest son was living in New York, receive money from him regularly? Now Doña Alicia’s younger children no longer played in the pale powdery dust that covered everything in Intipuca. Now they played in the piles of construction sand cement left over from the crew that had built her new house.
Who knows why Don Refugio refused to lend Roberto the money. Don Refugio wasn’t a rich man, but he had a small store and had inherited a few hundred dollars and some animals from his father. Perhaps he was resentful of Roberto’s tenacity. Perhaps he didn’t have the cash. Rosalía never found out what went on between her husband Don Refugio that morning, but when the family gathered for the sparse midday meal, Rosalía knew from Roberto’s eyes and his reticence Don Refugio had said no.
Rosalía was used to Roberto’s taciturnity. In the spring, when the coyotes came to contract Intipucans for work in the United States and left without Roberto, or in the fall, when draughts parched already arid lands and ruined crops, depriving plantation workers of food and employment, or any time at all, when one of the couple’s eight sons spoke hopefully of the future, a morbid despondency would engulf Roberto. He would sit for hours in front of the dilapidated wooden house, lost in dejection. “Vamos, viejo, qué te pasa?” Rosalía would ask softly. “Mejor no hablar,” he would answer. “Better not to talk about it.”
For thirty-three years Roberto had picked crops on a local plantation. With his meager earnings and what he borrowed from the agricultural bank, he rented five manzanas—each the area of a city block—from the plantation owner. On his land he farmed corn and rice using an ox and a plow. He produced enough food to support two people—but there were eleven in the family: Roberto and his wife, eight boys and a daughter.
It was enough to make a man desperate. It was enough to drive a man to contemplate suicide.
And now, in more recent times, there was the violence. The government troops. The guerrillas who came to recruit and pillage. If he had been a younger man, perhaps Roberto would have joined the rebels. Perhaps, as they said, the only hope was in violence. But Roberto was forty-five years old. He had a family to support, and the only way he knew how to fight was to work. But not here. Here there was no winning. Not here, where white powder covered everything as if no inter and entomb it.
It was a terrible thing, Roberto told Rosalía in one of his rare moments of communicativeness, to raise children with the apprehension that they would all be better off dead.
What saved Roberto from total despair was the dream he pursued with single-minded doggedness.
The trip to the United States would be onerous. Crushed together in the back of a truck, men and women would be cooped up for days with hardly enough air to breathe. Intipucans who had done it had told him: Sometimes you get caught and sent back. In that case, you lose your money to the coyote. But if you make it through, the coyote will put you to work in a rural area—for a cut of your earnings, of course—or else he’ll turn you loose in a city. The best thing to do was to get as far away from the border as possible. Washington, D.C. was a good place. There were so many Intipucans in Washington, Roberto had heard, that two soccer teams had formed called Intipuca and El Salvador.
Naturally, even in Washington you could get caught and be deported, but the chances of that happening were fewer than in a place like Los Angeles.
It was a risk Roberto felt he had to take in order to survive. But to take the risk, Roberto needed a loan from Don Refugio.
***
When Lisa got back to the table, the dark-haired woman and her escort were gone:
“Don’t you feel well?,” Dick asked.
“I feel fine.”
Lisa felt sulky, without quite sensing why.
“You know, it’s not that I don’t feel sorry for these ilegals…”
“Look, Dick…”
“I realize that they just want a break…”
Lisa wondered why the woman who might be Liz hadn’t gone to the bathroom to fix her makeup before leaving. Now she’d never know if the woman really was…
“… and it’s just that if you weigh the percentage of unemployment against…”
“Look, Dick, can’t you get off that for a while?”
“Mmmm?”
“You’ve been jabbering on and on about that illegal alien thing all night.”
“Well, what’s got into you all of a sudden?”
Lisa didn’t answer, but instead stared at the flecks of light dancing on the wall.
Dick finished his duck à l’orange in silence, then asked for the dessert menu.
***
Rosalía rinsed a gold-rimmed saucer and placed it on the counter for José María to dry. Roberto might be drying saucers now, too, she thought, if he had managed to make it to Washington.
But Roberto hadn’t made it.
On the day Roberto had gone to see Don Refugio, Rosalía left after the midday meal for the plantation with her daughter Carmen María and the four older boys. The younger children would stay with Rosalía’s mother, ‘Buelita Rosalía.
Roberto stayed behind. There was something he had to do, he said. About Don Refugio he said nothing, but Rosalía thought as she trudged to the fields that she had never seen him so somber and so dispirited.
When Rosalía got back that night, Roberto’s body was stretched out on the floor of the only room in the ramshackle house. Neighbor men had broght it back. They said that Roberto must had an accident.
Rosalía washed the body tenderly and sent Carmen María for the priest. Roberto was buried in the cemetery behind the church, next to his older brother.
The very next day after she buried her husband, Rosalía went to the plantation house and asked the señora for extra work. She could wash, she said, and she could sew.
Two years later, in the spring of 1981, when coyotes came to Intipuca, Rosalía was ready. The plantation owner’s wife had loaned her twelve hundred dollars, which Rosalía was to repay with interest after she had found a job in America. In addition, Carmen María was to work at the plantation house without salary until the debt was settle.
Rosalía’s only regret was that she didn’t have enough money to take Robertito, her oldest son, with her. In the United States he could have learned a trade, she thought. He could have made a bet-
ter life for himself, maybe even have gone to school. Maybe someday he would go. Maybe she would make enough money to bring them all, one by one. Maybe someday they would all be together in the North, even ‘Buelita Rosalía, in whose keeping she had left the family. The night she left, Rosalía kissed her children good-by dry-eyed.
The contrabandist took Rosalía as far as San Antonio. There she pays a hundred dollars to a Mexican runner who was taking a load of illegals to Washington, D.C. In Washington Rosalía had a contact—an old friend named Leticia who had picked cashews with her in Inticupa.
Leticia lived with her husband their four-year old son in a rooming house near Columbia Road. She offered Rosalía a bed, three pegs on which to hang her clothes, two drawers in which to keep her personal belongings, and a wall mirror, forty dollars a month. It was Leticia who found Rosalía the job washing dishes at the Bienvenue.
In the rooming house, all the tenants were illegals, most of them from El Salvador, six of them from Intipuca. Fearful of the migra—the U.S. Immigration—they rarely left the house except to go to work. But on weekends there were parties with beer and wine and music, and on Sundays—sometimes—there were soccer games between the teams El Salvador and Intipuca.
Rosalía adjusted. She decorated her corner with pictures of her family and a lamina of the Virgin. Around the mirror she hung green and silver Christmas ornaments.
The last day of every month she went to the post office to send one money order to Carmen María and another to the plantation owner’s wife.
***
Two corpulent men entered the dining room without greeting the maitre d’.
Dick did not look up but Lisa opened her purse and took her glasses.
“I wonder who they are,” she said.
The two men did not sit down, but walked across the room to the back of the restaurant. They stood outside the kitchen for a moment, speaking in hushed voices. Then they pushed open the door and disappeared behind it.
Lisa took off her glasses and with a silver dessert fork ripped off a silver of crepe.
Shouting came from the kitchen. Then screams.
A piece of china shattered.
There was a confusion of shrieks and vociferation in some foreign language that Lisa didn’t understand. The same words kept being repeated...¡migra!... ¡la migra!... Someone was sobbing.
“Hell of a lot of noise,” Dick grumbled.
“What do you suppose is going on?”
“Pain the ass... with everything I’ve got on my mind... First you... you with your moods... and now all this racket... Can’t even have a meal in peace.”

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NICOLAS LARA / POEMAS
Nicolás Lara vive y escribe en Cuba. Por muchos años, ha sido objeto de diversos métodos de persecución oficial, incluyendo la detención y el interrogatorio. Su único crimen: escribir poemas como éstos, así como haber expresado el deseo de abandonar la Isla. TERMINO hace responsables a las autoridades cubanas (en especial, al Departamento de Seguridad del Estado) por cualquier acción tomada contra Lara después de la publicación de sus versos.
ELECTRONICA JAPONESA
Soy un equipo Sanyo.
300 voltios han descompuesto mis sistemas integrales.
Estoy ahora en manos de niños curiosos.
Después de juegos domingueros me espera:
el óxido
el basurero
y el olvido.
Todo termina para quién nació
reluciente en un estuche de plástico.
Analogía:
el espejo refleja las manos rotas de Jimmy Hendrix
en París con aguaceros y sin la torre Eiffel.
Ni siquiera una guerra de liberación victoriosa
podrá reconstruir mi rostro,
salvar mis alas de fuego.
Voy rodando hacia un tanque de cal viva.
Todas letras son ahora la Z del alfabeto
después está la luz de la muerte.
He pecado
amé demasiado a la aristocracia popular
quise dormir con la resina de Inglaterra.
Olvidé
mi pasado de pantalón desteñido
de mi habla de telégrama sin hilos
esta cara de simio que el eco regala a todos.
La sal tal vez pueda cerrar las heridas.
Mas la memoria
está ahí como un radar captando el amor;
amar es ahora imposible
-pero qué bella son sus manos, parecen lotos en la noche
Soy un equipo japonés muerto
mañana unos escultores modernos me rescatarán
entre rones baratos y putas sonrientes
- como imitaciones primitivas de Barbra Streissandy
me bautizarán nuevamente
y colocarán sobre mi hombre un cuervo de oro.
Después,
después un fantasma me creerá ver
en una competencia de florete y flores
un domingo de mucho sol.
SOLEDAD DOMESTICADA
Lo único que puedo prometerle es la ingratitud eterna de los hombres.
José Martí
Desde niño,
desde que empezamos a ser flores, gigantes o toreros populares.
Se nos dijo que el cáncer,
sí, el cáncer,
puede tocar el timbre de nuestra morada
mostrarnos su tarjeta
y saltar sobre nuestro espíritu.
Al principio
no se siente nada notable
a no ser la pérdida de peso,
un ligero dolor de muelas,
la ausencia de la luna en los sueños,
el confundir al dictador con un saltamontes,
con un violinista hebreo
con un tasador de diamantes.
Yo pensé
que mi verja estaba construida a prueba de dolores incurables,
que tenía a mi disposición
kilogramos de opio.
Se equivocó nuevamente la matemática del corazón
no soy divino,
estoy hecho de piedra y sangre
mortal como un halcón ante las flechas.
Desde niño
oímos hablar del fin
ahora el fin tiene alas y patas,
que nos quiere devorar.
Pero reímos
nos salva,
me indulta,
la soledad domesticada
y la mano de Dios
junto al canto de la poesía.
Detrás de este huracán
de este domingo apócrifo
vendrá la primavera
y como diría Cátulo:
“¿qué es mi desgracia comparada con la tuya?”
Hay una playa:
un niño
encuentra un caballo muerto;
en la boca maloliente del animal hay una perla.
Ahora sí que la primavera es eterna.

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NICOLAS LARA / POEMS
Nicolás Lara lives and writes in Cuba. For many years, he has been subjected to various forms of official harassment, including detention and interrogation. His only crime: writing poems such as these, as well as having expressed his desire to leave the island. TERMINO holds Cuban authorities (particularly, the secret police) responsible for any action taken against Lara following the publication of his works.
TAME SOLITUDE
“My only promise to him is men’s eternal ungratefulness…”
José Martí
Ever since I was a child, since we came to be flowers, giants or popular bullfighters we were told that cancer, yes, cancer, could ring the bell to our home, produce its card and jump on our souls.
At first nothing remarkable is felt, except loss of weight, a slight toothache, the moon absent in dreams, mistaking the dictator with a grasshopper, a Hebrew violinist, an appraiser of diamonds.
I used to believe my door was built to endure endless pain, that I had plenty of opium on hand. Again, the figures of the heart went wrong. I’m not divine, I’m made of blood and stone, as mortal as a falcon faced with arrows.
Ever since I was a child we heard of the end. Now the end has wings and legs, yearns to devour us. But we laugh, we’re saved by tame solitude & the hand of God joined in poetry’s chant.
Beyond this storm on this apocryphal Sunday spring shall come and as Catullus would say: “what is my misfortune compared to yours?”
There’s a beach: a child finds a dead horse, there’s a pearl in the beast’s stinking mouth.
Now Spring is truly eternal.
JAPANESE ELECTRONICS
I’m a Sanyo set.
300 volts have shattered my integrated systems.
I’m now in the hands of curious children.
After Sunday play, rust, garbage can, oblivion await.
It all ends for the one who was born shiny in a plastic case.
Analogy:
the mirror reflecting Jimmy Hendrix’s broken hands in rainy Paris without Eiffel Tower.
Not even a victorious liberation war could put my face together again, save my wings from the fire.
I’m falling in a lime tank.
all letters are now the z of the alphabet.
Then, there’s the light of death.
I have sinned by overloving this popular aristocracy, wishing to sleep with the Queen of England.
I forgot my past of fading pants, my wireless speech, this monkey face given out to all by the echo.
Salt might heal the wounds, but memory remains there, as a a radar grasping for love.
Love is now impossible -oh how beautiful your hands are, they look like lotus in the night.
I’m a dead Japanese set.
Tomorrow modern sculptors shall rescue me among cheap rum and smiling whores -primitive impressions of Barbra Streissand, again, they will baptize me and put a golden crow on my shoulder.
Later, later a ghost will imagine having seen me in a fencing flower tournament on a very sunny Sunday.

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JOSE KOZER / POEMAS
PESADILLA DE UNA HERMANITA DE LA CARIDAD
Un viento de cuaresma la despeina.
El bulevar
agranda de farol en farol su azoro.
Avanza.
Una alevilla traza el triángulo
de su cofia.
La alianza de oro, una hendija.
En
su ajuar se posó una polilla de alcanfor.
Polvo, sus arras.
Y el polvo un rezumar improvisto de aguas lustrosas. Olor
a naftalinas: la monja se levanta con el cabello alborotado, zumba
la mano
que la desgreñara entre las sábanas.
ACTA MATRIMONIAL
Guadalupe, escúchalo a José: todo amador es triste cabro.
A mí me tiembla el tabaco en la comisura histórica y sensual de los judíos.
Tiembla, tu óvalo magistral.
Tomo por esposa, alianza, unidos en matrimonio, Guadalupe Barrenechea Vega, hasta que la muerte venga desde afuera.
Y en rico ritmo sacrosanto.
LARRY SIMPSON / POEMS
LABNA
At Labna
there are small movements in the fallen rocks, small sounds of crinkled scales, hiss and scutter.
Iguanas! Sons of lightning!
Daughters of the stones!
They smile their ancient passive smiles.
Thie
Their eyes glare like the sun itself.
At Labna
there is a gaping mouth,
a face carved in stone.
God-Beast, human face peering out from the tongue.
Itzamna? Iguana House?
God of writing, God of Day and Night,
Supreme Creator of Mankind.
Itzamna!
Reptile God! Crockadile Face!
Mankind spat to earth like so many kernals of maize
At Labna
a Mayan family lives within sight of the ruins.
They weave hammocks and sell soft drinks to tourists.
They carry water from an ancient cistern beneath the stone face.
They worship a ber
They worship a bearded God,
a tortured God from the other side of the world.
Near the cistern, a boy takes aim with a slingshot, shooting pebbles at an iguana.
PASSING THROUGH
Mother and boy,
wide and small strides, hand-in-hand,
they cross the bright dusty plaza
past the big church.
In the distance:
pink and green stucco storefronts,
a windmill,
tumble-down pyramid,
all side-by-side.
A large red sign proclaims: Coca Cola.

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HOMBRE
Hombre es mucho más que saber fumar
engañar prostitutas
darse unos tragos con los «amigos»
despreciar a un marica
y llevar la mujer por dentro de la acera.
Hombre es el señor fulano que no quiere nada para sí.
Hombre es quien no teme vivir en el Sol,
lo otro es rebaño.
Aunque respire el aire mohoso de una celda
siempre habita en la montaña.
El hombre se burla del rebaño,
no se puede encadenar al fuego
tampoco a una galaxia
ni al océano.
¿Quién le ha dicho al rebaño que puede escupir a las
[estrellas?
¿Quién ha dicho que sobre las tumbas se prohiben las rosas?
¡Gracias, Señor, por haber creado al hombre y la tormenta!
Te pedimos perdón por el rebaño.
Octubre de 1975.
TONIO KROGER
«Cuando yo muera
dejad el balcón abierto.»
LORCA
Yo moriré una noche
con la ventana abierta
el rostro al firmamento
que estará para entonces
nublado, oscuro tanto
que tendré miedo
de abandonar mi casa
y despedir los libros
que marqué inútilmente.
Dejo entre las lineas
quemándose mis rosas,
un fuego, conquistador,
devora mi jardín
sin tener yo cercana
alguna fuente,
el río de tus labios,
el andar de los mares.
Abril 19, 1980.
CARLOTA CAULFIELD / CUANDO VUELVO A MI INFANCIA
Vuelvo de nuevo a aquellos jugos infantiles,
juegos de barcos perdidos en el mar,
de encierrros con mapas en aquella cama mía
que trocaba nombres encima de las sábanas
y dejaba el alma flotando por los océanos.
Con el chirriar de los sonidos que el mar canta,
así desencadenada, con la ronca voz del corazón,
dejé atrás los pájaros y las distancias,
solté la soga del viento tibio de las insulas
para que las nubes me arrastraran
más allá de la tormenta.
Recostada al palo mayor de mi barco
—hecho de almohadas blandas con forros de juguetes—
me fijé en un objeto flotante,
detrás de algas color vino,
y al tirar la red tejida por mis esperanzas,
saqué de ese mar sólo el golpe mismo del tiempo
en la caja de madera negra,
caja antigua de música,
y en los rollos apolillados,
ahora asesinados por las aguas,
la esperanza de volver a mi semilla.
MAURICIO FERNANDEZ / ULTIMA VISION NO COMPRENDIDA
(del libro 'En los Días que se Suceden')
Es DE BUSCAR EN TU PROPIO SER
la maleta llena de esquinas misteriosas
que te persiguen los días,
en el círculo del miedo
de los rasgos transfigurados
en la silla inmóvil
que te contempla con el furor
de quien espera una voz lejana.
Y nadie, ni un simple toque a la puerta
ni el silbato del cartero
ni el recibo de una sorpresa,
detiene el curso de tus manos
atadas al círculo
de tus pasos
moviéndose hacia la silla
o la ventana, o la puerta
o dejarte abandonar sobre la cama
con el posible riesgo
de encerrarte en la maleta
junto a las esquinas misteriosas
compartiendo peligros y secretos.

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ENRICO MARIO SANTI / POEMA
(del libro 'Roce Social')
Yo sí notaba algo --
esas miradas de lagaña, ojos
que al mirar se descentraban,
la forma de un estar que busca olvido.
Yo sí oía tos en las palabras,
rumores que acompañan las sonrisas
y desdicen su fugaz.
Mi cuerpo de niño alegre
perseguía esos secretos, regalaba
hacia preguntas, sospechaba
las discretas fantasías, se alejaba
impoluto y virgen,
monarca de sí mismo.
Ahora hablo y veo mal
Toso escupo y me arrepiento.
Y en los otros busco y encuentro
una piel más que oculte mi recuerdo.
MG / POEMS
JOAN OF ARC
Some day I'll know everything,
too, and command armies
of lovers
with brows like stars, like thunderstorms
when they frown. Iron
in their thighs. Tall and well-
jointed, each movement more
a dance than a march.
No drum more furious --more
frenzied.
At night when I call --
each night when I crawl
out from blankets
of nightmares, there are
angel voices that answer.
There arms
that drag me up from drowning.
THE HAVEN OF LIGHTS
I want to escape
to a haven of lights
where days are draped
to mimic nights,
where bodies are shred
of superfluous skin,
where wings are shed --
I said, let me in.
Your body's a garment,
that soft
& that thin.

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DISIDENTES Y DILETANTES
ISMAEL LORENZO
En la revista “Réplica” del 2 de junio del pasado año (82) apareció una entrevista titulada “Un marielito de capa y espada” y aunque Vicente Echerrri no llegó a EE.UU. por el Mariel, “Réplica” tendenciosamente lo incluye, parece que con el velado propósito de desprestigiar a los intelectuales que llegaron a través del Mariel. Pues dedicarle tres páginas de una revista de apreciable circulación a una entrevista con alguien que no tiene una obra reconocida, hablando sandeces y criticando a un poeta en prisión, sólo nos lleva a una conclusión:
¿Será Max Lesnik, su director, un “topo” de la inteligencia castrista, como muchos dicen? o ¿es que su cerebro tiene la inteligencia de un topo?
Pero dejemos esta respuesta a los servicios de contraespionaje o a los sicólogos y analizemos qué decía el “famoso” entrevistado en “Réplica”.
Airma primero que en la narrativa cubana sobresalen dos gigantes: Alejo Carpentier y Lezama Lima, y después ignorando no sólo Paradiso Lezama Lima, sino también Tres Tristes Tigres y Otra vez el mar, de Reinaldo Arenas, expresa sin sonrojo que “El Siglo de las luces la mejor novela cubana de todos los tiempos”. Y agrega que Carpentier empezó a decaer después de esta novela.
Realmente, no sé como el diputado Carpentier (uno de sus titulos oficiales) pudo decaer, si nunca estuvo a ninguna altura. Siempre fue un producto prefabricado por una maquinaria gubernamental.
No especificó qué gobierno porque para ser justo, Carpentier no sólo sirvió lealmente a Fidel Castro, sino también al dictador Pérez Jiménez en Venezuela. Esa es la única universalidad que se le puede encontrar a Carpentier.
Carpentier cogía la historia para nacer novelas, a diferencia de Cabrera Infante, por ejemplo, que al contar la vida de noche en La Habana de los años 50, ha hecho historia.
Esta es la diferencia esencial entre un escritor de gobierno como Carpentier y un escritor verdadero como Cabrera Infante. Que bien dijo: “Carpentier es el último escritor francés que escribió en español”.
James Joyce en su Ulises, tomó el tema de un joven escritor sin dinero y llevo de ideas, y un hombre común con sus pequeñas preocupaciones diarias para hacer una novela que es una de las bases de la literatura moderna. Lo mismo hizo Marcel Proust, hablando sobre la alta sociedad parisiense de su tiempo y William Faulkner o Kafka, en fin los ejemplos son muchos.
Cuando Reinaldo Arenas escogió un personaje histórico como Fray Servando Teresa de Mier para hacer El Mundo Alucinante, estaba comparando dos momentos históricos que se asemejaban por su represión e intolerancia.
La literatura de Carpentier es vacía, como lo era él, que nunca tuvo el coraje de afrontar la vida como uno cualquiera, sino preferió vivir siempre enganchado a algún gobernante.
Estos escritores pre-fabricados son una de las razones de la decadencia actual de la literatura hispanoamericana.
Pero continuemos con esta entrevista publicada en la revista “Réplica”. Echerrri expresa que si la poesía cubana estuviera limitada a los versos de Armando Valladares, estaría en muy la situación. Parece que el Sr. Echerrri piensa que su poesía es la única válida, pero comparemos estos versos de Valladares:
Hoy hace quince años que me rodearon de alambradas de bayonetas y cerrojos.
Que me prohibieron el tiempo y el espacio la luz
el sol
el aire.
con estas “deucadezas” del entrevista do Echerrri:
Mientras Henry Fonda y Jane Darwell
dicen sus parlamentos él, en su silla, es mi protagonista: silencioso, neumático se repatinga
en una pose al parecer grotesca pero en él grácil
si hay alguien que le interese seguir leyendo esto, puede buscarlo en el Linden Lane Magazine, dic. del 82. Cuando en esta entrevista Echerrri hizo sus declaraciones sobre Armando Valladares, este aún estaba preso, pero sobre Heberto Padilla, el director de una importante revista literaria que le publicó estos versos, expresa que su novela En mi jardín pastan los héros, es una formazión sometida a los dictados del régimen y al buen juicio de sus mayores, y así fue como surgió de la nada el célebre Caimán Barbudo, publicación destinada a atomizar, más que a aglutinar, a los nuevos valores.
Se me puede preguntar cuál es la utilidad de hacer un artículo sobre un escritor desaparecido y otro más insignificante cuya obra nunca va a aparecer. Mi respuesta es que cuando escritores como Jorge Valls, Angel Cuadra, Armando Valladares, Reinaldo Arenas, Solzhenitsyn, Bulgakov y muchos más no podían escribir porque estaban presos o no podían publicar por la censura comunista, los serviles como Carpentier aprovecharon esto para hacerse de una fama internacional. Por algo Carpentier una vez expresó (según Cabrera Infante en Primera Plana N° 292) “Pelearme con la izquierda? Estás loco? Quieres que no vuelva a encontrar editor? En este cinismo, éstos métodos, la razón de este artículo. Atacar al escritor que está en la cárcel y elologiar al director de la revista literaria. “Con los fuertes de la tierra quiero yo mi suerte echar”, parecen que dicen estos señores.
El arte es una forma de decir la verdad que nadie ve o que nadie se atreve a ver. Algo que Alejo Carpentier nunca hizo y aún menos, otros más insignificantes.
LIBROS
La Generación del Silencio
MANUEL BALLAGAS
La Hostería del Tesoro. Novela. 88 Páginas. Ismael Lorenzo. Las Américas Publishing Co. New York, 1982.
El lugar: un pueblo cito del viejo oeste llamado Tombstone (Lápida) regido severamente por el famoso Pecos Bill, con el concurso del Sheriff Masterson y un puñado de hombres de valía. El enemigo: los malvados cuatreros del norte. Víctimas del sistema resultante: todos los habitantes de Tombstone, y en particular un muchacho llamado Henry El Fullero. Su obsesión (la misma de tantos tombstonenses o lapidarios): huir a Pénjamo, donde las praderas parecen ser más verde.
Ismael Lorenzo escribió La Hostería del Tesoro en la Cuba de estos tiempos, donde hacer literatura es una tarea cuando menos sospechosa; más tarde, logró pasar de contrabando su obra a Estados Unidos, y tras ella, por lo que se ha visto con posterioridad, violo el mismo para prologarla y editarla, cosas estas que -al decir de los cubanos- son como para darse con un canto en el pecho, por los riesgos que todas ellas implican.
Prescindiendo de las peripecias extraliterarias, La Hostería del Tesoro es una obra cuyo sostén no lo constituye el mero contexto en que fue escrita y escamoteada a los atentos ojos del censor y del policía (y de donde algunos aseguran que nada bueno puede salir). De hecho, no ha venido precedida del bombo sensacionalista que ha apoyado la publicación de otras novelas de cubanos exiliados.
Nacido en 1947, Lorenzo pertenece a una generación que no haalla su identidad o centro de gravitación en vehículo expresivo alguno (léase Revisita de Avance, Origenes o Lunes de Revolución). Cuando un ejército de barbudos ocupó la Isla en 1959, el autor apenas era un niño. Diez o doce años después, todos los medios de comunicación disponibles en Cuba (incluyendo, por supuesto, las revistas literarias) habían pasado a manos del Estado e,
indirectamente, a los sectores más arribistas de las generaciones precedentes.
Salvo raras excepciones (pensamos en Reynaldo Arenas, por ejemplo), sólo el exilio en Estados Unidos y otros países ha permitido que la nueva generación de escritores cubanos viera sus obras publicadas, dando lugar a una verdadera eclosión de autores menores de 40 años, casi todos sospechosamente ineditos.
Cuando en 1965 -por ordenes expresas del dictador cubano-fue clausura da la editorial El Puente, su director, José Mario, no cosechó los beneficios de una campaña internacional en su favor. El hecho no suscité tampoco la más débil protesta por parte de los intelectuales cubanos formados en etapas precedentes. A la sazón, se hallaban casi todos bien insertados en la burocracia cultural y en la diplomacia castristas; en el mejor de los casos, la clausura del único organo de expresión con que contaron en Cuba los escritores más jóvenes constitución para ellos un incidente inoportuno y embarazooso. Fue preciso, pues, “inventar” una generación sometida a los dictados del régimen y al buen juicio de sus mayores, y así fue como surgió de la nada el célebre Caimán Barbudo, publicación destinada a atomizar, más que a aglutinar, a los nuevos valores.
Al oportunismo político de las anteriores generaciones (particularmente, la de Lunes de Revolución) debe, pues, agregarse una falta mayor: la de haber propiciado, por acción o por omisión, el silenciamiento de toda una nueva hornada de escritores cuyo talento no ha hallado efectivo eco ni en las publicaciones oficiales cubanas, ni en los concursos que han servido para legitimar el dudoso valor de tantos libros que -aún vuelta a publicar en el exilio-transpiran la falsedad y las turbias intenciones que los inspiraron.
Las limitaciones impuestas por el régimen de terror no impidieron que Ismael Lorenzo reflejara de manera perceptible las circunstancias en que le había sido dado existir y crear. Tombstone es una clara metáfora de la Cuba castrista, de la misma manera que Henry El Fullero es la viva estampa desssss
generación sometida a los dictados del régimen y al buen juicio de sus mayores, y así fue como surgío de la nada el célebre Caimán Barbudo, publicación destinada a atomizar, más que a aglutinar, a los nuevos valores.
Al oportunismo político de las anteriores generaciones (particularmente, la de Lunes de Revolución) debe, pues, agregarse una falta mayor: la de haber propiciado, por acción o por omisión, el silenciamiento de toda una nueva hornada de escritores cuyo talento no ha hallado efectivo eco ni en las publicaciones oficiales cubanas, ni en los concursos que han servido para legitimar el dudoso valor de tantos libros que -aún vuelta a publicar en el exilio-transpiran la falsedad y las turbias intenciones que los inspiraron.
Las limitaciones impuestas por el régimen de terror no impidieron que Ismael Lorenzo reflejara de manera perceptible las circunstancias en que le había sido dado existir y crear. Tombstone es una clara metáfora de la Cuba castrista, de la misma manera que Henry El Fullero es la viva estampa desssss
generación sometida a los dictados del régimen y al buen juicio de sus mayores, y así fue como surgío de la nada el célebre Caimán Barbudo, publicación destinada a atomizar, más que a aglutinar, a los nuevos valores.sssss

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esa curiosa especie de animal frustrado y sólo a medias sumiso, producto de los laboratorios políticos donde se fabrica el llamado hombre nuevo. Por supuesto, semejante libro jamás hubiera obtenido el Premio Casa de Las Américas, ni mucho menos el de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Por idénticas razones, es probable que los medios editoriales hispanos de mayor prestigio -muy dados a recoger los desechos del muestrario cultural castrista- opten también por ignorarlo.
Puede decirse que Ismael Lorenzo ha escrito la primera novela pop cubana. Este elemento, presente ya en otras obras literarias latinoamericanas (Fuentes, José Agustín, García Saldaña), se hace patente en La Hosteria del Tesoro a través de la curiosa nomenclatura que sirve de máscara a la escurridiza naturaleza de sus personajes. Tenemos así no sólo a Pecos Bill y al Sheriff Masterson, sino también a Ringo Starr, Joe Palooka y otros de igual prosapia, inmersos en una permanente alusión a los recalentados éxito del hit parade ibérico.
La novela de Lorenzo hace suyos igualmente los ropajes estilísticos de ese címulo de baratas novelas del oeste que desde hace muchos años se vienen publicando en España, y que en Latinoamérica suelen conformar en alto grado las primeras lecturas de todo adolescente ocioso. Pero si a primera vista parece que el autor de La Hosteria del Tesoro ha leído muy bien a Marcial Lafuente Estefanía, no es menos cierto que ha sabido asimilar a Kafka y a otros autores que de forma parecida abundan el tema de la alienación contemporánea. La ironía y un marcado sabor generacional hacen de La Hosteria del Tesoro algo más que un simple pastiche. Henry El Fullero, su personaje central, reprocha a sus mayores el mediocre destino que le ha tocado vivir, empleando estas palabras:
“Tú al menos puedes contar que atravesaste el desierto o buscaste oro en las montañas, pero yo siento que mi juventud pasa y no he podido hacer lo que he anhelado y ya las paredes de la hosteria me parecen insalvables…
Siento que todos estos años he estado luchando por sobrevivir, empleando toda mi energía en ello, pero sin llegar nunca a vivir realmente.”
Y agrega:
“Mi única esperanza es llegar a Pénjamo. No quiero pasar todos los días de mi vida haciendo lo que otro quiera, diciendo lo que otro ha pensado por mí... Tombstone no se ha hecho para mí. Se lo regalo entero al que le guste.”
A estas alturas, sin embargo, la posibilidad de huir clandestinamente a Pénjamo ha dejado de ser una alternativa aceptable para Henry. Llegado el momento, optará por permanecer en el afantasmado pueblo, donde ni la Gran Feria Fronteriza, con su galería de pintorescos invitados extranjeros, parece ser capaz de disipar el mortal teio instaurado por Pecos Bill y sus secuaces. El Fullero, acostumbrado a vivir de milagros, se confiesa vencido:
“Hay un límite en la resistencia de cada uno. Si lo pasas, nunca más vuelves a ser el mismo. Cuando uno lleva mucho tiempo perdiendo, aún cuando
gane alguna vez, lleva dentro de sí para siempre el sabor de la derrota.”
Al final de su obra, Lorenzo permite al lector atisbar la realidad que sustenta a esta pesadilla disfrazada de tira cómica. El Fullero, paseando entre los quioscos de la desoladora Feria Fronteriza, se da de bruces con el pintor Bellechasse, devenido traficante de prendas femeninas. La tenebrosa realidad y la fantasía más tenebrosa aún intercambian pocas palabras y se despiden, quizás para siempre.
No cabe duda de que La Hosteria del Tesoro se habría beneficiado de una buena revisión antes de ir a la imprenta. Algunos pasajes, así como la errática puntuación que a veces exhibe la novela, son demostrativos de un talento que merece pulirse. No obstante lo cual, con su primer libro, Ismael Lorenzo ha sabido expresar -sin recurrir a los consabidos arabescós formales- el sentir de una generación silenciada y olvidada (olvidada particularmente por la literatura), y al hacerlo se ha revelado también como buen narrador, que es como decir todo un novelista.
Angulo Preciso
ESTELLA IRIZARRY
Roberto Valero, DESDE UN OSCURO ANGULO. Madrid: Editorial Playor, 1982.
El joven poeta cubano Roberto Valero arribó a estas costas hace dos años en busca de la libertad creadora y personal; desde entonces estudia e imparte clases en la Universidad de Georgetown en Washington, D.C.
La abuela hablaba de su miedo: un día me perdería en una cueva, caería de una montaña o me tragaría un monstruo marino. Yo me sentía mejor y salía en busca de animales extraños, partía rumbo a islas inexistentes a desenterrar tesoros, o me iba sencillamente hacia el Sol, confiado en que la abuela me encontraría, ella sabría buscarme en cualquier sitio.
El tiempo cumplió el presagio con el palabra libertad, precisamente por no haberla conocido nunca, por saber el riesgo mortal que implica ejercerla.” Sin duda los poemas de Valero están inextricablemente vinculados con esta experiencia.
El creador que vive en un ambiente represivo desarrolla un idioma metafólico cuya naturaleza criptográfica no se hace patente fácilmente a los que carecen de igual sensibilidad. No
La actitud inicial de aparente incomprensión casi ingenua se torna irónicamente penetrante; el “Total”, de función al parecer meramente retórica, es palabra clave, ya que los avisos militares se extienden efectivamente a la vida total en Cuba.
Como se ha indicado, la busca de la felicidad se anida más que nada en el paraíso perdido, en la “casa nuestra” y en “nuestro patio”, donde “la som-
Los poemas en "Desde un oscuro angulo" también giran en torno a una busca, la de la felicidad, que lleva muchos nombres: la hermosura, Dios, Amor, un amanecer. Aunque el poeta confiesa en su "credo" que cierra el volumen que "amaestrar la felicidad lo creo imposible," tiene el don que permite captarla tanto en lo pequeño como en lo grandioso:
Aprendimos que un amanecer no es necesariamente un cielo reventando en pavos reales y arco iris. Puede ser desde una conversión amable hasta un libro.
(Actor)
Sorprende en estos poemas que tratan de ver o recuperar la felicidad, en sus distintas manifestaciones afectivas y estéticas, la presencia de inquietantes presentimientos. El título "La mañana" se torna irónico cuando en medio de la felicidad de la mañana llena de amor se imponen presagios funestos de otro tipo de mañana, el porvenir. Pero lo que más asombra es el presagio del exigio en poemas escritos hasta cinco años antes de que el autor, a los veinticinco años de edad, se encuentre alejado de Cuba, pues fue uno de los diez mil ochocientos que se asilaron en la Embajada del Perú en La Habana. En "Tonio Kröeger" la voz poética contempla su propia muerte como partida: "tendré miedo / de abandonar mi casa / y despedir los libros / que marqué inutilmente..." y ve que un fuego conquistador devorará su jardín, ese jardín del paraíso recordado en tantos poemas de Valero. Tal vez se vea el caso más extraordinario de la visión profética en "Abuela", escrito cinco años antes de la fuga del poeta:
El tiempo cumplió el presagio con el solo cambio de que el poeta es el que sabe buscar a la abuela en cualquier sitio porque la lleva como amuleto en su recuerdo y regresa a ella en sus versos de tesoros desenterrados. El tema de la ausencia está presente en varias otras selecciones del libro, como "Regresa Michael" y "Cosmos," a veces como experiencia personal, otras veces como experiencia ajena.
Lo que encontramos más desconcertante y a la vez más fascinante en los poemas de Valero es que su busca lo lleve principalmente hacia el pasado con una nostalgia tan profunda y entrañable que desmiente la juventud de su autor. ¿Cómo explicar la lejanía que parece separarle de una infancia cuyo recuerdo lleva ya nieblas confusas y que hace pensar que se trata de un poeta de avanzada edad? ¿Cómo explicar el hondo peso del tiempo, el cuidado con que se fecha cada poema, en versos escritos por un joven de veinte a veinticinco años de edad? Sería lógico atribuirlo al escisma temporal y geográfico que es el exilio, pero no es así, puesto que la mayor parte de los poemas fueron escritos en Cuba. La explicación ha de ser otra:
Implicito en el pasado como centro de la poesía de un escritor tan joven está hecho de un futuro cerrado. El pasado viene a ser su jardín de refugio, como es también la poesía misma. En su prólogo al tomo el novelista cubano Reinaldo Arenas señala que el presente régimen cubano se impone cuando el poeta tiene sólo cuatro años y que Valero "es un magnífico ejemplar del verdadero hombre nuevo, el único que ha podido crear el comunismo... el hombre rebelde, el hombre que sí sabe, sí valora, el significado y el precio de la carme en cualquier sitio. El tiempo cumplió el presagio con el solo cambio de que el poeta es el que sabe buscar a la abuela en cualquier sitio porque la lleva como amuleto en su recuerdo y regresa a ella en sus versos de tesoros desenterrados. El tema de la ausencia está presente en varias otras selecciones del libro, como "Regresa Michael" y "Cosmos," a veces como experiencia personal, otras veces como experiencia ajena.
En la viñeta lírica "Abuelo me contaba," de 1977, el poeta recuerda la ilusión que le producián las promesas del abuelo de llevarlo a Méjico. Ahora dice: "Todavía creo que alguien me va a llevar a Méjico, y me cuesta trabajo comprender que no es así, que tú estás muerto, muerto." Los sueños del niño se pierden como los del joven de veintiidos años a quien le está prohibido soñar.
Nos describe metafóricamente un ambiente cerrado: "tengo que salir por las calles de esta vieja ciudad sin que me espere un secreto, alguna sorpresa al descender las escaleras, los labios con que sueño..." y con un desolado "nunca más," eco de Poe, se desvanece toda esperanza.
Otros ejemplos de este vuelo metafórico están en los extraños animales soñados en "Evolución" que son "los seres que se negaron a ser como los más, a entrar por la puerta grande la adaptación." El único poema que alude directamente al ambiente represivo, sin embargo, es "Avisos," de magistral concisión:
Carecen de sentido
-a mi entender-
"No pise el césped"
"Zona militar"
"Espere afuera"
"Peligro 33.000 v."
Total, debieran escribir:
"No pise la calle"
"Espere siempre"
"Cuidado, fragil"
"PELIGRO"
"Un armario que no debo registrar" representa la prohibición, el tabú, el pecado. Eventos más recientes están mitificados porque el exilio y la separación los hacen parecer remotizos y consagrados. La esposa en Cuba es la Penélope de "Dream Weaver" y el poema "Maru" la convierte en un bello cuento: "y érase el tiempo." El nacimiento de la hija inspia una hermosa viñeta titulada "Maudie" que comienza: "Hubo también en los remotos tiempos un cuerpecito de espuma, capricho de la brisa que dibujó una niña de fresa y algodón..." y termina: "y fue la noche y la mañana el primer día."
Desde un oscuro angulo es un libro que revela madurez poética. Un hombre que tiene su mitología y sus recuerdos y que sabe expresarlos con un estilo propio, con nitidez, concisión lírica y metafórica, y con belleza, es un poeta ya maduro.

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José L. Díaz Romero, Ezequiel Díaz Rodríguez, Carlos García Díaz, Benito García Olivera and Angel D. Martínez García are the names of five young Cuban labor organizers who have recently been sentenced to death by Cuban 'revolutionary' authorities. Other ten labor activists have also been sentenced to various terms of imprisonment under the same charges of "industrial sabotage" in what seems to be a Communist crackdown on a growing movement of independent trade-union activities, similar in scope to that of Poland's Solidarity.
As this issue of TERMINO comes out of the press, we call on all freedom-loving people of America for their support. Proper notes of concern and protest should be addressed as soon as possible to the UN Human Rights Commission, Amnesty International and the Cuban Interests Section in Washington, in order to avert what appears to be an escalation in Castro's repressive policies toward the Cuban working class, as well as a crime against humanity.
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CUBAN COMMUNISM, fourth edition
Irving Louis Horowitz, editor
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Spanish for Medical Personnel
Talk to the Patient in Spanish (V691) is a bilingual book designed to emphasize the functional aspect of language learning and to focus on language and communication as interdisciplinary subjects.
Members of the health professions will find this book to be the ideal instrument for learning how to communicate quickly and effectively with Spanish-speaking patients and hospital personnel. The narrative reflects actual conversations that would take place in hospital departments, using an informal style.
English and Spanish narratives are printed side by side, with Spanish on the left-hand page, the corresponding English translation the right. Users should read the narrative in their second language but can refer to the corresponding version in their native language, if necessary.
As a reference manual or as a text for the development of language skills, Talk to the Patient in Spanish can improve one's ability to communicate in either Spanish or English in a medical environment.
LANGUAGE OF THE HEALTH PROFESSIONS
The terminology used and the explanations offered deal strictly with the language of the health professions. This functional text/manual is not just for students! Talk to the Patient in Spanish is useful for medical office personnel; hospital administrators; hospital support clerical staff (including medical secretaries); and members of the health care team such as physicians, nurses, therapists, technicians, and dietitians.
EASY-TO-FOLLOW FORMAT
Throughout the book, concepts are expressed in the way that they would be best understood in either Spanish or English. Instructions are stated clearly and directly. Questions are formulated to elicit responses that are brief and to the point. Many of these require only a yes-or-no answer.
The material is handled in a style that is deliberately informal and conversational. Guides for pronunciation and grammar, as well as optional exercises, are included to reinforce the text material.
FULL COVERAGE!
Talk to the Patient in Spanish consists of two parts. The first part includes everything related to the different departments of a hospital and the diagnostic and therapeutic procedures used to care for patients. The second part deals with Oncology, from the diagnosis of cancer to the various treatments applied. Discussions about counseling relatives of the patient are included.
TALK TO THE PATIENT IN SPANISH was formerly published under the name TELL THE PATIENT IN SPANISH.
AUTHOR
Dr. Berta Savariego
Southern Methodist University
MAY WE ALSO PRESCRIBE...
A series of video tapes and pocket references to teach busy Medical Personnel survival skills in Spoken Spanish. For additional information about this SPANISH FOR HEALTH PROFESSIONALS series, please write to the Marketing Director, Department of Biomedical Communications, The University of Texas Health Science Center at Dallas, 5323 Harry Hines Blvd., Dallas, TX 75235.