IN THIS ISSUE EN ESTE NUMERO
LATIN AMERICAN LITERATURE / LITERATURA LATINOAMERICANA
CINNATI POETS / POETAS DE CINNATI
FILM & BOOK REVIEWS / CRITICAS DE CINE Y DE LIBROS
STEVE CROSSMAN - MATIAS MONTES HUIDOBRO - JUANA R. PITA - JULIO R. RIBEYRO
ARMANDO ALVAREZ BRAVO - BIANCA ARDITI - MANUEL F. BALLAGAS - JAMES B. CANEL
ESTEBAN L. CARDENAS - UVA CLAVIJO - MELINA COSTELLO - CARLOS A. ECHEGOY - EDITH LLERENA
ROBERTO MADRIGAL ECAY - RICARDO OTEIZA - NINOSKA PEREZ CASTELLON
JORGE RODRIGUEZ FLORIDO - BERTA SAVARIEGO - PEDRO SHIMOSE - ROBERTO VALERO
US $1.50
VOL. 1 No. 3
PRIMAVERA/
SPRING
1983
BULK RATE
US POSTAGE PAID
PERM. No.6157
CINNATI, OHIO
LITERARY BILINGUAL PUBLICATION/PUBLICACION LITERARIA BILINGUE
EDITORES/PUBLISHERS: ROBERTO MADRIGAL ECAY Y MANUEL F. BALLAGAS. CONSEJO EDITORIAL/EDITORIAL BOARD: ORLANDO ALOMA, ESTEBAN CARDENAS,
RICARDO OTEIZA Y JORGE POSADA. PORTADA/COVER: VICTOR MANUEL
TÉRMINO
Término is a literary quarterly published independently in Cincinnati, Ohio, featuring works written in English and in Spanish. Each author is responsible for his/her own opinions and holds all rights over works published in this magazine.
Término es una publicación literaria trimestral que se edita independientemente en Cincinnati, Ohio, y en la que aparecen trabajos escritos en inglés y en español. Cada autor es responsable de sus opiniones y conserva todos los derechos sobre sus obras aquí publicadas.
EDITORES/PUBLISHERS:
Roberto Madrigal Ecay & Manuel F. Ballagas
DIRIJA TODA CORRESPONDENCIA A/ ADDRESS ALL CORRESPONDENCE TO:
Término Magazine
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TIPO GRAFIA/TYPESETTING: HUMBERTO PORTA
ACEPTAMOS COLABORACIONES NO SOLICITADAS/ WE'RE OPEN TO NON-REQUESTED CONTRIBUTIONS.
contribuyentes/contributors:
ARMANDO ALVAREZ BRAVO (1938): Poeta, narrador y crítico literario cubano. Reside en Madrid desde 1981. Ese mismo año ganó el premio de poesía "José Luis Gallegos", con su libro "Para Domar Un Animal".
BIANCA ARDITI (1961): Poetisa cubana inédita que reside en Miami.
JAMES B. CANEL: Veterano periodista uruguayo-norteamericano. Ha ocupado importantes cargos editoriales, entre ellos el de editor de la versión española de la revista "LIFE". Actualmente reside en Miami.
ESTEBAN L. CARDENAS (1944): Poeta y cuentista cubano. Sus trabajos aparecen con frecuencia en revistas de Estados Unidos y América Latina. Desde 1979 vive en Miami.
UVA CLAVIJO: Intelectual y poetisa cubana que reside en Miami.
MELINA COSTELLO: Joven y talentosa poetisa norteamericana. Vive y estudia en Cincinnati.
STEVE CROSSMAN (1951): Poeta norteamericano. El poema que aquí publicamos en forma bilingüe se inspira en el trágico suicidio de un joven exilado cubano ocurrido en el zoológico del Bronx el año pasado. Crossman reside en Cincinnati.
CARLOS A. ECHEGOY: Poeta argentino, quien guarda prisión por razones políticas en su país.
ELIZABETH GAMBLE-MILLER: Profesora del Southern Methodist University de Dallas. Tradujo el libro "Fiesta de Abril", de Berta Savariego.
FEDERICO HENSEY: Profesor de la Universidad de Texas en Austin. Tradujo los poemas del preso político argentino Carlos A. Echegoy.
EDITH LLERENA: Poetisa cubana residente en Madrid, autor de varios libros.
MATIAS MONTES HUIDOBRO (1931): Dramaturgo, poeta, ensayista y narrador cubano de obra extensa e importante. Es profesor de la Universidad de Hawaii, en Manoa.
RICARDO OTEIZA (1945): Intellectual y crítico de cine cubano. Reside en Miami.
NINOSKA PEREZ CASTELLON: Joven poetisa cubana. Ha publicado un poema titulado "Dulcamara" y colabora con otras revisitas literarias.
JUANA ROSA PITA (1939): Poetisa y editora cubana. Su obra es bien conocida en España y Latinoamérica. Reside en Miami, donde dirige las "Ediciones Solar".
JULIO RAMON RIBEYRO (1929): Considerado el mejor cuentista peruano. Sus novelas, piezas teatrales, cuentos y cuadernas de viajes han sido publicados en siete idiomas. El cuenta que aquí publicamos es de su libro "La Palabra Del Mudo", y apareció previamente en la revista Verbena. Actualmente reside en París.
JORGE RODRIGUEZ FLORIDO (1943): Poeta y ensayista cubano. Es profesor de la Chicago State University.
BERTA SAVARIEGO (1946): Narradora cubana. Ha publicado libros de ficción y de texto. Es profesora de la Southern Methodist University.
PEDRO SHIMOSE (1940): Poeta y narrador boliviano. Ha publicado ocho poemarios. Actualmente reside en Madrid.
JOAN SMUCKER: Profesora y traductora de inglés. Trabaja en la Biblioteca del Congreso, en Washington, DC. Ha traducido la obra de Julio Ramón Ribeyro.
ROBERTO VALERO (1955): Prometedor poeta y ensayista cubano. Enseña en la Universidad de Georgetown.
JUAN BOZA: Pintor, grabador y diseñador cubano. Ha participado en diversas exposiciones internacionales. Actualmente reside en Brooklyn.
VICTOR MANUEL (1946): Dibujante y diseñador gráfico cubano. Es director artístico de la revista "La Oveja Negra". Reside en San Francisco.
VICTOR DEL PINO (1950): Artista gráfico cubano que reside en Miami y cuya obra no ha recibido la divulgación que merece.
ARMANDO ALVAREZ BRAVO (1938): Cuban poet, fiction writer and literary critic. He has made his home in Madrid since 1980, where he obtained the "José Luis Gallegos" prize for his book "Para Domar Un Animal".
BIANCA ARDITI (1961): Unpublished Cuban poet currently living in Miami.
JAMES B. CANEL: A long-standing Uruguayan-American journalist. He has held several important editorial positions. He was the editor of LIFE magazine's Spanish version. He currently lives in Miami.
ESTEBAN L. CARDENAS (1944): Cuban poet and short story writer. His works appear frequently in several Latin American and American magazines. He has been living in Miami since 1979.
UVA CLAVIJO: Cuban poet and intellectual now living in Miami.
MELINA COSTELLO: Young and talented American poet. She lives and studies in Cincinnati.
STEVE CROSSMAN (1951): American poet. The poem we publish in this issue is inspired in the tragic suicide of a Cuban exile, occurred in the Bronx Zoo last year.
CARLOS A. ECHEGOY: Argentinian poet who is a political prisoner in his country.
ELIZABETH GAMBLE-MILLER: Teaches at Southern Methodist University in Dallas. She translated the book "Fiesta in April".
FEDERICO HENSEY: Teaches at the University of Texas in Austin. He translated the poems of the Argentinian political prisoner Carlos Alberto Echegoy.
EDITH LLERENA: Cuban poet now living in Madrid. She has published several books.
MATIAS MONTES HUIDOBRO (1931): Cuban playwright, poet, fiction writer and essayist. He has published many important books on Cuban literature. He teaches at the University of Hawaii in Manoa.
RICARDO OTEIZA (1945): Cuban intellectual and film critic now living in Miami.
NINOSKA PEREZ CASTELLON: Young Cuban poet. She has published a book of her poems, "Dulcamara", and also contributes to other literary magazines.
JUANA ROSA PITA (1939): Cuban poet and publisher. Her work is well known in Spain and in Latin America. She lives in Miami, where she publishes "Ediciones Solar".
JULIO RAMON RIBEYRO (1929): He is considered the best short story writer in Peru. His novels, plays, short stories and travel notes have been published in seven languages. From his book, "The Word of The Mute", we feature a short story previously published by Verbena magazine. He is now living in Paris.
JORGE RODRIGUEZ FLORIDO (1943): Cuban poet and essayist. He teaches at Chicago State University.
BERTA SAVARIEGO (1946): Cuban fiction writer. She has published fiction and text books. She teaches at Southern Methodist University in Dallas.
PEDRO SHIMOSE (1940): Bolivian poet and fiction writer. He has published eight books and is currently living in Madrid.
JOAN SMUCKER: English teacher and translator. She works at the Library of Congress and has translated the works of Julio Ramón Ribeyro.
ROBERTO VALERO (1955): Promising Cuban poet and essayist. He teaches at Georgetown University.
JUAN BOZA: Cuban painter, engraver and designer. His works have been shown in several international expositions. He is currently living in Brooklyn.
VICTOR MANUEL (1946): Cuban graphic designer. He is artistic director for "La Oveja Negra" magazine and he is living in San Francisco.
VICTOR DEL PINO (1950): Cuban graphic artist currently living in Miami. His works have not had the public exposure they deserve.
DESDE que en 1959 se interrumpiera el normal proceso de desarrollo de la literatura (y la cultura en general) cubana, la burocracia dominante puso en funcionamiento un elaborado y complejo dispositivo de supervisión y control destinado a crear un establecimiento cultural de características polifémicas (gigantesco y con un solo ojo para asombrarse leyendo solamente la jerga triunfalista) que homologara con prodigalidad paternalista el tartufismo y mercenarismo literario a la vez que castigara inflible cualquier intento de creación espontánea. En Cuba, oficialmente sólo existe una literatura (y un cine, y una pintura, y etc.), la que patrocinan el Ministerio de Cultura y sus sucursales, y supuestamente no existe una contrapartida, ni siquiera subterránea. Congresos y conciliábulos de carácter nacional e internacional dedican sus esfuerzos a limitar la ubicación de la literatura cubana en el campo de la propaganda y el panfletarismo dentro del contexto de la literatura hispanoamericana.
El asilo masivo en la Embajada del Perú en la primavera de 1980 (las primaveras no suelen ser propicias al totalitarismo) y el subsecuente éxito por el Mariel vinieron a ser la mala hora de la jerarquía cubana. La aparición de las revistas Linden Lane (New Jersey), Término (Ohio), Unveiling Cuba (New York), La Oveja Negra (California) y Mariel (Florida) son evidencia irrefutable de un marginalismo cultural que ha sobrevivido (y aún sobrevivive) en la Isla a las consecutivas oleadas represivas. Todas comienzan a aparecer alrededor de 1982, todas dirigidas por intelectuales emigrados después de enero de 1980, todas con sus características distintivas y su sello peculiar, con sus páginas abiertas no sólo a lo mejor de la literatura cubana, sino también a lo mejor de Latinoamérica y los Estados Unidos.
Con su presencia, estas publicaciones dan complemento y continuidad a otras que han existido en el exilio durante las dos décadas precedentes, y su conjunto permitirá que lectores, historiadores literarios y otros especialistas e interesados, realicen una revolución más justa y objetiva del proceso cultural cubano.
In 1959, after interrupting the normal development of Cuban literature (as well as Cuban culture in general), the ruling Castroite bureaucracy set up an elaborate, complex device for supervision and control aimed at creating a cultural establishment of Polyphemic proportions (gigantic and with one single eye to be amazed by reading exclusively triumphalistic jargon), which would engage itself with paternalistic prodigality in literary Tartuffism and mercenarism, while mercilessly punishing any attempt at genuine creativity. Officially, only one culture exists in Cuba (and one cinema, and one painting, and so on), the one sponsored by the Ministry of Culture and its many branches, and, supposedly, there is no counterpart to it, not even an underground culture. National as well as international forums and meetings are organized in order to limit the scope of Cuban literature to propaganda and pamplheteerism within the context of Latin American literature.
The massive asylum of Cubans in the Peruvian embassy in Havana in the Spring of 1980 (springs don’t seem to favor totalitarian regimes), and the following exodus through the Mariel boatlift came to be an evil hour for the Cuban hierarchy. The appearance of magazines such as Linden Lane (New Jersey), Término (Ohio), Unveiling Cuba (New York), La Oveja Negra (California) & Mariel (Florida) are undisputable evidence of a cultural marginalism that survived (and still survives) in the island despite the continuing repressive measures. All these magazines came out circa 1982, all of them edited by intelectuals exiled after January, 1980, all of them marked by distinctive features and unique traits, with their pages open not only to the best of Cuban literature but also the best of Latin America and the United States.
These publications are complementing and continuing the work of other magazines published by Cuban exiles in the preceding decades, and together they will provide readers, literary historians and interested people with a better perspective view of the Cuban cultural process, one which is closer & fairer to reality.
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julio ramón ribeyro / The Banquet
Don Fernando Pasamano had worked out the details of this great event two months in advance. The front section of his residence had undergone a general transformation. Since it was a large old house, he had to tear down several partitions, enlarge the windons, restore the wood of the floors, and repaint all the walls. One change led to another - like those people who change their shoes and then think they have to match them with new socks, a new shirt, a new suit and so on, down to new underwear - don Fernando felt he had to replace all his furniture, from the living room tables to the last shelf of the pantry. Then came the carpets, lamps, curtains and finally, paintings to cover the walls, which seemed so much larger now that they were clean. And since his plan included a concert to be performed in the garden, he had to have a graden just in. In fifteen days, a squad of Japanese gardeners transformed what had been an overgrown orchard into a mervollous, rococo garden with mannered cypress trees, little pathways which ended that led nowhere abruptly, a red clay pond, a grotto of the gods, and a rustic wooden bridge which that crossed an imaginary torrent.
The most important matter, however, was the planning of the menu. Like the majority of the natives of this little town, don Fernando and his wife had never in their lives attended anything but provincial dinners, parties where chicha* is mixed with whiskey and which end with everyone devouring guinea pigs with their fingers. Because of his inexperience, he was unclear about what he should serve at a banquet for the president. The relatives who gathered for a special consultation didn't do anything but add to the confusion. Finally, don Fernando decided to ask the main hotel and restaurant owners of the town to identify the presidential delicacies and to determine what fine wines he had to order from the vineyards of Southern France.
When all these details were worked out, don Fernando felt a certain anxiety that he had invested his entire fortune in this banquet at which there would be 150 people, 40 waiters, 2 orchestras, a ballet troupe and a movie. But after all the bills no matter how much he spend, it seemed insignificant, considering the enormous benefits he would obtain from this reception.
"With an embassy in Europe and a railroad in my mountain town, we'll remake our fortune in less time than a cock can crow," he said to his wife. "I won't ask for anything more. I am a modest man."
"We still don't know if the president will come," replied his wife.
In fact, don Fernando had left the invitation to the last minute. It was enough that he was a relative of the president to know he would accept, although the link was so vague that it was difficult to trace, the kind of bond that it was usually better not to examine too closely for fear of turning up some adulterous origin. However, for greater assurance, he took advantage of his first visit to the presidential palace to lead the president into a corner and humbly tell him about his plans for a party.
"Delighted," the president answered. "But right now I'm not sure about my schedule; I'll have to confirm in writing."
Don Fernando sat back to await the confirmation. In order to combat his impatience, he put several finishing touches on the mansion, giving it the appearance of a palace all decked out for some solomn ceremony. His final idea was to commission a portrait of the president; he had a painter copy a photograph that he then hung in the most conspicuous part of the drawing room.
After four weeks, the confirmation arrived. Don Fernando, who had been feeling anxious because of the lateness of the date, experienced the greatest happiness of his life. It was a day of rejoicing, an anticipation of the feast that was drawing near. Before going to sleep, he stepped out on the balcony to contemplate his brightly lit garden and to end this memorable day with a bucolic dream fantasy. The landscape seemed to have lost its tangible qualities, and everywhere he looked, don Fernando saw himself. He saw himself in a design on a jar, dressed in a frock coat, smoking cigars. It reminded him of those drawings on tourist posters where the monuments of the four most important cities of Europe are superimposed. In this fanciful reverie, he saw a train the distance returning from a wooded grove, its cars laden with gold. And everywhere he looked, he saw a feminine figure, shifting and trasparent, like an allegory of sensuality, with the legs of a hooker, the hat of a noblewoman, and the eyes of a Tahitian - who bore absolutely no resemblance to his wife.
The secret police were the first to arrive on the day of the banquet. Since five that afternoon they had been stationed at the corner, their efforts to remain incognito betrayed by their hats, their exaggeratedly absent-minded manner, and above all, the terribly guilty air they adopted, frequently a characteristic of investigators, secret agents and generally all those types involved in espionage.
Later the automobiles arrived, disgorging ministers, parliamentarians, diplomats, businessmen and other men of brilliance. A doorman opened the gate, an usher announced them, a valet took their wraps, and standing in the middle of the hallway, don Fernando shook their hands, uttering polite and reassuring phrases.
The townspeople gathered outside the mansion, surprised to find themselves at such an elegant party. Then the president arrived. Escorted by his aides, he entered the house, and don Fernando, moved by a friendly impulse, forgot the rules of etiquette and gave the president such a warm embrace that he damaged one of his capulets.
Scattered through the various living rooms, the hallways, the terrace and the garden, between jokes and witty remarks, the guests consumed forty cases of whiskey. Later, they made themselves comfortable at assigned tables; the largest, decorated with orchids, was honored by the president and other exemplary men who began to eat and talk loudly while the orchestra attempted to play a Vienese waltz in the corner of the drawing room.
By the middle of the banquet, when everyone had toasted with white Rhine wines and all had filled their glasses with the red wines of the Mediterranean, the guests began to talk freely with one another. These discussions were interrupted with the arrival of the pheasant, and only when the champagne was served, did eloquent speeches and eulogies again fill the house, talks which went on into the night until coffee was served and until the guests drowned in their cognac.
Meanwhile, don Fernando saw with anxiety that the banquet was still going strong and the rhythm of the party prevented his speaking confidently with the president. In spite of having seated himself on the left of the genial leader, (against the rules of protocol) he could not find an appropriate moment to get him aside. To top it off, when the meal was over, the dinners, drowsy and stuffed to the gills, left the table and formed smaller groups, while in his role as host, don Fernando had to run from group to group, reviving his guests with glasses of creme de menthe, pats on the back, cigars and chit-chat.
At last, around midnight, as an inebriated government minister was forceably shown the way out, don Fernando managed to lead the president into the little music room. Seated on one of the lounges, the kind which served in the Court of Versailles a place to declare love to a princess or destroy a coalition, he spoke his modest request into the president's ear.
"Say no more!" replied the president. "As a matter of fact, there's a vacancy about to come open at the embassy in Rome. Tomorrow I'll suggest your nomination to my council of ministers -that is I'll demand it. And on that matter of the railroad - the members of the commission have been arguing about the project for several months. They day after tomorrow I'll send them a memorandum and tell them how to settle it once and for all."
After repeating his promises, the president left an hour later. Then, according to precedent, the ministers, members of congress, etc., followed suit. By two a.m., several undistinguished gentlemen were still wandering around the bar, in hopes of uncorking another bottle, or snatching a silver ashtray, should the opportunity arise. It was only at three a.m. that don Fernando was final; left alone with his wife. Exchanging impressions of the party, forming auspicious plans, they remained until dawn among the spoils of their enormous feast. Finally they went to bed with the knowledge that no Lima gentleman had ever thrown away money more gloriously on his house or risked his fortune with such wisdom.
At noon, don Fernando was awakened by his wife's screams. Opening his eyes, he saw her coming into the bedroom, holding a newspaper in her hads. Grabbing it from her, he read the headlines, and without even uttering a cry, fainted onto the bed. At dawn, taking advantage of the grand reception, one of the ministers had overthrown the government and the president was ousted from power.
berta savariego / Fiesta en abril
quel cuarto era más pequeño que mi propia celda. Eran seis ellos y estabamos todos sentados alrededor de un escritorio metálico. Tenía a dos enfrentes y a dos por cada lado. Ahí no había ventanas, sólo paredes blancas con luces en el techo que me daban a mí en la cara y que a veces se intensificaban más y yo tenía que cerrar los ojos. Era entonces que me lucía que a esos hombres les cambiaba la cara, como que se les deformaba. Los ojos se les hundían que ni se les veía y todas sus facciones tomaban así como una expresión extraña.
No había lugar ni para movirse. Al principio la interrogación fue calmada, casi parecida una conversación armónica. Empezó muy decente. Yo les contestaba sin darle la información que buscaban. Eso no les gustó, y con cada nueva pregunta aumentaba la tensión.
Dijo uno de los que yo tenía en frente, "mira chico, mejor que hables, porque de aquí de todas formas no hay quien te saque entero". Yo sabía mejor que ellos el peligro que corría pero no estaba dispuesto a romper el compromiso que había hecho conmigo mismo y que me había llevado a caer en manos de estos señores con caras de odio. No me iban a hacer revelar nada porque a mí el pellejo me importaba bien poco ya. La luz en los ojos me hacía ver grandes figuras que crecian y gestos que se agigantaban.
Impaciente ya, porque en once horas no habían logrado sacar de mí una confesión ni un delato ni una palabra que comprometiera a los que estaban fuera, gritó el de la derecha: "Mientras tú estás aquí jodiéndote tu mujer está burlándose de ti. Está en fiestas, con los nuestros, que la han cortejado y halagado, y le han dicho que tú, no sales entero más nunca. Es una puta, está por la libre". Estaba enterado que había entre ellos un grupo de hombres bien vestidos y con carros, que se dedicaban a enamorar a las mujeres de los prisioneros. Y la falta de bienes de consumo y las circunstancias fatalas habían hecho que muchas cayeran.
Era el objetivo de estos hombres destruir la moral, para que se desistiera de las convicciones. Pero a mí no, no tenían el derecho de insultarme a mi compañera. Y les contesté por primera vez con violencia, "ustedes son los que tendrán una puta en la casa, que la mía es honesta". Y mirando las paredes que parecían unirse para aplastarme, y bajo el calor de la luz que era cada vez peor, les grité, para que me oyeran bien claro a ellos que me acoralaban: "Que yo soy un hombre que lucha por una causa y ustedes son toda la vileza humana, lo más ruin que puede existir. Yo soy mejor que ustedes porque yo voy a morirme peleando". Y entonces, el que estaba a mi izquierda, sin yo darme cuenta, le dió un golpetazo con el revólver al escritorio de metal, y fue tal estruendo y mi sobresalto que yo pensé que se me derrumbaba todo aquello arriba en ese cuarto tan pequeño, y me levanté y cogi la silla en que estaba sentado para defenderme de las fiasas que ya se me abalanzaban y oí que el que había sacado el revólver me gritaba: "maricón".
Se sentía distante el golpe. Venía de lejos. Estarían todavía por allá, al final del pabellón. Irían con el hierro, moviéndolo de un lado al otro, en la oscuridad del pasillo que separaba las filas de galeras solitarias, las de los castigados. En cuanto caía la noche, empezaba a sonar. Era posiblemente el mismo hierro que se empleaba para asegurar los cerrojos de las galeras.
Ya se acercaba. Venía lento, sistemático, en orden, para no dejar de sonar la puerta de ninguna de las celdas, donde esperaban, el golpe, los condenados. Esas puertas, exageradamente gruesas, se hallaban tapizadas por una plancha de hierro pintada de negro.
El golpe en la puerta con hierro sonaba dentro, muy dentro del cuerpo. Organizadamente, cada vez más cerca, más ensordeedor, el golpe comenzaba con la primera celda del pabellón a mano derecha de aquellos hombres que aguantaban duro en el puño el trozo de metal, de hierro.
Se encogía el cuerpo y empequeñecían los ojos, en acecho, ahí dentro de la oscuridad de la celda. Tocaba cada media hora el golpetazo en el metal durante la noche. Llegaba fuerte y resonante, profundo: retumbaba el eco en la estrechez violada de la celda.
De día la celda era gris. Tres ranuras junto al techo dejaban entrar una luz tenue que se mezclaba con el gris oscuro de las paredes, en sombra. Con el amanecer se huía del golpe, del hierro, hacia las sombras y el sueño.
berta savariego / Fiesta in April
hat room was smaller than my cell. There were six of them and we were seated at a metal table. Two were in front of me and two on either side. There were no windows in that room, only white walls and, on the ceiling, lights that glared and struck me in the face, becoming so intense at times that I had to shut my eyes. And then their faces would change before me, strangely distorted. Their eyes seemed to disappear into their sockets, their features to take on a strange cast.
There was no room for me to move at all. The interrogation began decently; it swas casual at first, an almost congenial conversation. I answered their question, but wouldn't give them the information they wanted. This displeased them and with every question the tension between us increased. The one facing me said, "Look, you had better talk; nobody is getting you out of here in one piece, no matter what." I was more aware of the danger I was in than they were, but I was determined not to break the promise I had made to myself, the one which had caused me to fall into their hands in the first place. These men with odious faces could not force me to reveal anything; my hide was of little concern to me now. The light glared in my eyes; the shapes loomed over me gesturing.
Now they began to get impatient. It had been eleven hours and they had failed to pull a confession from me, not one name, not even a word that would compromise anyone on the outside. The man on my right yelled out: "Here you are shoveling out this crap while some guy out there is fucking your woman right now. She's having a big time with our compadres telling her how sweet and pretty she is. They've told her you're not ever getting out of here, not in one piece. What a whore! Man, is she wild." I already knew there were some of those men with cash and nice clothes who spent their time making love to prisoners' wives and many had fallen prey because of littel food and impossible circumstances.
These men had but one objective: to destroy our morale so we would give up our convictions. But it was not going to work on me; I would not allow them to insult my life companion. For the first time I answered them back angrily, "You look in your own house for the whore; you won't find one in mine." As I spoke the walls seemed to close in on me and the light burn me with its heat, and I yelled loudly so they would hear me clearly: "You are a vile excuse for humanity, lower than any animal. I am a man; a real man dies fighting for his cause." Before I knew what was happening the man on my left slammed his revolver down on the table. I was so startled by the clanging metal I thought the walls and ceiling of that tiny room were caving in on me. I jumped up and grabbed a chair to defend myself from those beasts. I heard the one who had banged the table with his gun yell out, "Motherfucking coward."
roberto madrigal ecay / Bunga Kenanga
el hecho (relativamente insignificante), sólo dejó constancia oficial una nota (más insignificante aún) aparecida en el diario Granma el 29 de agosto de 1974, emplanada de forma tal que escapara a la distraída mirada del lector común ("¿Cómo no se enteraron, si se publicó en la prensa?"), pero que fue captada por el ojo atento de El Compilador, quien la atrapó para la posteridad y la inserta al inicio de su relato sobre lo que el supo del asunto. Dice escueta y textualmente así: "Un penoso y lamentable incidente tuvo lugar entre los tripulantes del mercante Bunga Kenanga, de bandera malaya, quienes haiciendo caso omiso de las más elementales normas de conducta y del reglamento internacional de aduanas, pusieron en peligro las vidas de quienes se disponían a cumplir sus tareas cotidianas en el Puerto de Cienfuegos. La firme y decidida intervención de un selecto grupo de combatientes de nuestro Ministerio del Interior puso fin al reprochable suceso".
El relato de El Compilador está completo, alguna que otra hoja amarilleada por la perenne humedad de su habitáculo, apenas hube de añadir una coma aquí, un acento allá. Revisión editorial inevitable.
"Traductor empírico, Oscar Cuesta Pérez ("Soy pariente de Martí por parte de madre") debía su inglés a las viciosas madrugadas junto a un viejo Zenith, escuchando el programa Beaker Street, (llegado directamente desde Little Rock hasta La Habana, gracias a la magia difusora de las ondas radiales y a que por entonces, finales de los sesenta, las condiciones técnicas de las radioemisoras cubanas eran bien precarias y apenas podían interferir a la potente KAAY), descifrando pertinazmente las letras de Iron Butterfly, Grateful Dead y Mike Bloomfield, y escuchando la locución aletargada e hipnotizante de Clyde Clipper; y su buró de traductor a los ingentes esfuerzos de un amigo que decidió rescatarlo de sus repetidos pataleos ideológicos (su rebeldía política no pasaba de una barba, una melena y el portar ostentoso bajo el brazo las obras completas de Freud -todo lo cual horrorizaba a la burocracia dominante), que lo llevaron a recorrer maltrecho e iracundo, expulsión tras expulsión, cuatro disímiles carreras universitarias sin concluir el primer mes de ninguna.
En el Ministerio de la Pesca traducía sentado junto a una enorme ventana de cristales, en lo que una vez fuera la terraza de una lujosa residencia del reparto Miramar, a su izquierda tres amigos trataban de traducir del francés, a de adquirir alguna ropa en la tienda especial para diplomáticos y técnicos extranjeros, lo cual pagaba con dólares obtenidos de contrabando. Atrás quedaban los deseos juveniles de abandonar Cuba, en la rutinización de su madre hasta planeaba casarse con una feroz militante de la Unión de Jóvenes Comunistas, estricta cumplidora del deber ideológico que vivía ajena al pasado de Oscarito.
-Mañana tienes que ir a Cienfuegos dijo el jefe de personal abriendo la puerta del departamento de traducciones al tiempo que interrumpía una acalorada discusión sobre Las Vacaciones de M. Hulot -Sales en el vuelo de las 7 de la mañana.
-Cienfuegos es la ciudad que más me gusta a mi-respondió Cuesta Pérez sonriente y displicente.
Con su reducido equipaje atravesó apresurado la minúscula terminal aérea te su lista de necesidades más urgentes de ropa y efectos eléctricos, suponiendo, aunque nadie se lo había dicho (extrañamente) esta vez, que durante los tres días le traduciría a uno de los técnicos escoceses que laboraban en la terminal pesquera de Cienfuegos. Escondía consigo unos 50 dólares que había cambiado a un oficial de la flota pesquera apodado Magallanes. A Raymond, uno de los escoceses, ya le conocía y se caían bien, nunca le había pedido ningún favor y seguramente accedería de buena gana a comprar una grabadora portátil pequeña y un par de sandalias. Abstraído, miraba a través de la ventanilla el desfile de pancartas que colgaban de un lado al otro de la alameda que conduce al hotel, recta final del recorrido, que rezaban español y alemán: 'Bienvenido a la Perla del Sur compañero Honecker', acompañados del retrato dibujado (en un estilo entre cubista y caricaturesco) del rostro del máximo dirigente de Alemania Oriental quien habia visitado la isla hacia dos meses y había hecho escala en Cienfuegos para inaugurar una planta de procesamiento de fertilizantes instalada con tecnología alemana.
...y ya llevan seis días así. Anoche se oyó tremendo tiroteo- lo sacó de su trance la voz de chófer, quien se dirigía en tono subversivo al panzudo y relajado anciano, quien escuchaba intrigado y escéptico. Cuesta siguió la dirección de sus miradas hasta tropezar finalmente con la imagen de un carguero anclado sospechosamente en un punto inusitado de la bahía. No reconoció la bandera y la distancia le impedía distinguir el nombre y el puerto de matricula. El resto de los pasajeros (dos) permanecía indiferente.
El hotel Jagua se había beneficiado con la visita de Honecker. Seis meses atrás estuvo a punto de ser declarado inhabitable (y Cuesta recordaba con desagrado su estancia anterior), el agua escaseaba, las paredescaradas, la piscina no funcionaba, los desagües tupidos y el aedes aegypti haçia estragos, pero al anunciarse la próxima llegada del sjón, las autoridades locales del Partido Comunista, apoyadas en todos los dispositivos de coacción a su alcance, hicieron trabajar voluntariamente a casi toda la población durante todos los fines de semana de los cuatro meses que precedieron a llegada del ilustre camarada, para así devolver al hotel parte de su pasada gloria. Construido en la década del cincuenta, en los setenta era aún el hotel más moderno de la ciudad, por lo que allí alojaría a la comitiva visitante. Dicen las malas lenguas cienfuegueras que al montar Honecker al ascensor sufrió un repentino ataque de asma a causa del pene-trante olor a pintura fresca, y al volver a su estado normal sólo atinó a preguntar si el hotel lo había recién construido la Revolución.
Ya en la habitación Cuesta recibió una llamada telefónica. Una voz que se identificó como la de un oficial del Departamento de Inmigración y Extranjeria le dijo que debía esperar ser recogido en la puerta del hotel a la una de la tarde para que llevaran al Puesto de Control, allí sería orientado sobre su misión. No hubo más explicaciones. Asustadizo por naturaleza, Cuesta quedó paralizado de terror y tras poder colgar acudió veloz al baño. Ministerio del Interior? ¿Por qué yo, si ellos tienen traductores y yo no milito ni en los pioneros?, meditaba incomodamente sentado en la tasa del inodoro entre puntanzes movimientos peristálicos. Cierto que tenía fama de confiable y eficaz, pero... trabajar con 'El
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Ministerio’ era otra cosa. Salió al balcón a tomar un poco de aire y a contemplar la inmensa bahía. Los espigones estaban desolados, apenas había tráfico y el carguero permanecía fonda de casi al centro de la ensenado este. Miró a su izquierda, hacia la boca, el Castillo de Jagua y frente a este, del otro lado, el futuro hotel Pasacaballos, aún en lento proceso de construcción. Apreció a plenitud la belleza del familiar paisaje. Paraíso geográfico, infierno social. Miró una torpedera de fabricación soviética que patrullaba diligente esta una de las tantas puertas de la celda insular. Aquí sí que los voi qui entrate que pierdan ogni esperanza, se dijo Cuesta en voz alta.
Por azares del proceso de información genética, Cuesta, con su pelo rubio casi blanco, su tez rosada y su indumentaria ‘de afuera’ (o sea, blue-jean Lee, camisa de poliéster, espejuelos de aro metálico, reloj Orient y por supuesto, nada arriba que fuera de fabricación nacional) era casi siempre confundido por un visitante nordico (chicle mister, chicle tovarich, le pedían los niños cada vez que salía de un hotel habanero algunas tardes) y mientras esperaba en la puerta del Jagua, ya había acaparado la atención de unas cuentas jinetes (puticas del socialismo cuyo comercio sexual se limita únicamente a genitales importados y cuya módica tarifa oseila entre unos cuantos tragos de vodka o scotch, bebidas para consumo exclusivo de extranjeros, una opipara comida en una prohibitiva mesa sueca, alguna prenda de vestir de colores llamativos o un frasco de perfume búlgaro Gato Negro. El desigual pago siempre en especies, honrando la tradición aborigen, el redescubrimiento de la isla por las carabelas griegas esta vez, los tecnócratas nordicos y los visitantes eslavos) que merodeaban por el lobby. Revisó en la entrada del cabaret, el show era el mismo de seis meses atrás, su estrella era una jamona platinada quien se presentaba con un vestido de amplio escote y meneaba entre provocativa y grotesca sus abundantes y arrugadas tetas mientras cantaba: Yo soy la perla a, y qué perla ja. Un LADA (Fiat soviético) con el sello de Inmigración y Extranjérica en las puertas lo recogió puntual.
-Compañeros, este es un asunto altamente confidencial que les sitúa la Volución y el Partido-comenzó a explicar un tal teniente Rojas con esa máscara de personaje atareado e importante con la que habitualmente cubren su rostro los agentes represivos.
El teniente Rojas pasó a detallar cómo se había evitado que la población se enterase del hecho que desde hacía una semana sucedía a bordo del buque Bunga Kenanga. Los tripulantes paquistanes se habían amotinado contra los tripulantes kenyanos debido a un dinero desaparecido y dirimían a tiros su querella. Al menos eso era lo que entre confuso y aterrorizado había informado a Capitanía del Puerto, radiofónicamente, el capitán inglés, quien no ejercía el menor control sobre la situación y se encontraba atrapado en el puente de mando. Todos los días llamaba pidiendo ayuda, pero las autoridades locales esperaban inmovilizadas las ‘orientaciones del Partido’ y la única orden que se atrevieron a emitir por cabeza propia fué que el barco permaneciera fondeado en un punto lejano de la bahía, lugar en donde se encontraba desde el inicio del conflicto. La ‘orientación’ llegó finalmente desde La Habana, luego de una semana de espera impaciente: organizar un grupo de combatientes de las tropas especiales del Ministerio del Interior, para que junto con un representante de la sección provincial del Partido ayudado por un traductor, mediaran en las hostilidades.
Me trajeron de carne de canón, pensó suspicaz Cuesta, agarraron al primer mentecato confiable, eficaz y prescindible porque nadie quería venir.
A bordo de la lancha patrullera, rumbo a la misión insólita, Cuesta señía haber perdido el contacto con la realidad. Los demás se veían rigidos, ansiosos, sobrecogidos ante lo inesperado. Estas tropas conocían de misión en otras latitudes, de combates riesgosos contra agentes de la inteligencia norteamericana, contra los alzados que hostigaban el proceso revolucionario, pero esto era algo fuera de toda perspectiva, ajeno al devenir histórico del proletariado, improvisible en un país tan cuidadosamente controlado en donde la vigilancia del orden interior era oficio sacrosanto. A la derecha de Cuesta, el mediador del Partido mantenía la mirada hueca al tiempo que trataba de conservar el equilibrio aferrado a una soga. Tenía el aspecto homogeneizado de todo el que ha quedado intoxicado tras una sobrecarga de manuales sobre teoría revolucionaria y estrategia partidista marxista-leninista.
A casi unos cien metros del buque ya Cuesta podía leer en la popa: Bunga Kenanga, y abajo, el puerto de matrícula, Penang. En el mástil, la bandera de Malasia apenas se movía. Cuando ya un poco más cerca comenzaban a encimarse por la banda de estribor, cuatro tiros les saludaron desde el carguero, salpicando las bandas de la lancha. Los combatientes rastrillon, como por instinto, sus fusiles AKM. Cuando todas las circunstancias auguraban un fatídico desenlace violento (Cuesta comenzó a vomitar), el timonel de la lancha gritó desaforado:
-Cuidad! Esos niños!
Tres niños, navegando sobre una cámara de rastra, se acercaban al Bunga Kenanga por la proa y en menos de tres segundos ya se interponían entre buque y lancha, a merced de la posible metrailla. Los gritos históricos de ‘¡Qué coño hacen uds. ahí!’ se multiplicaron sobre el puente de la lancha. La cámara se volteó y los niños fueron a dar al agua. Por sobre la borda del Bunga Kenanga se asomaron igualmente curiosos paquistanes y kenyanos. De repente todo se transformó en una operación de rescate. Por estribor cayó la escala de gato, dos marineros se hicieron al agua, desde la lancha se lanzaba simultáneamente un oficial del ‘Ministerio’. Tras breve maniobra los niños fueron traidos a salvo a bordo de la lancha patrullera. Los dos marineros regresaron al buque y sobre la lancha todos proferían airados insultos y pedían explicaciones a los niños que permanecían mudos. En medio del embrolo se oyó la voz del capitán que llegaba jocosa y relajada desde el barco: ‘Everything is O.K.’. ‘Todo está resuelto’ adivinó a traducir Cuesta de immediato, recuperándose de los vómitos y del susto. Boquiabiertos, los polícias intercambiaron miradas entre si, y a falta de mejor orientación del Partido, decidieron regresar a Capitanía del Puerto con los tres niños como presa (los retuvieron por varias horas exigióndoles la adecuada identificación, hasta que el padre de uno de ellos se personó a recogerlos y a recibir una furiosa monserga). Solucionado el conflicto, el Bunga Kenanga levó anclas y se dirigió a cargar en la terminal de azúcar a granel.
Con la orden de no contar absolutamente nada de lo sucedido, a Cuesta lo montaron en un avión de regreso a La Habana a la mañana siguiente. Regresó sin sandalias, sin grabadora Sanyo y sin haber tenido tiempo de gozar de una jinete (a las que conquistaba hablando español con afectado acento extranjero). A sus colegas les fabricó al llegar una historia sobre su fin de semana en la que se hacía ostensible la lectura de los Cuentos de Canterbury.”
Pero no pasó mucho tiempo antes de que confesara detalladamente a El Compilador lo que realmente sucedió. Un poco más tarde, Cuesta disfrutaba contando a sus amigos, y a mi, una versión bastante parecida a la real a la que le suprimía sus vómitos y le añadía una noche en las arenas de Rancho Luna con una escultura cienfueguera que ni Benny Moré pudo soñar.
james b. cannel / El Jefe
here was the gloom of defeat in the room. Cayetano de la Torre, known by his followers as El Jefe, or Tano, stood impassively by his chair, at the center of a rectangular table, as the others assembled. “Well, shall we take our seats?” Chairs scraped as a dozen of his trusted men took their places. They looked at each other self-consciously, in silence. Tano said: “Do not despair, companions. Our day of victory will come.” Then voices began all at the same time.
“Jefe,” shouted little Pedro above the cross-table talk, “what has occurred? Is everything lost? It is incomprehensible.”
Tano smiled and shook his head. “We must have patience.” His stern, rough-chiselled face, covered with several weeks of beard, did not betray his emotions. “Let us eat and drink our beer and enjoy each other’s company while it is possible.” His voice was subdued but still had the rich resonance that commanded attention.
The food and beer were already on the table. The involuntary host and his family had fled to the woods, to remain hiding until after the events that everyone knew would be inevitable.
Luis, the toughest of the group, rumbled: “Why is everyone so sure? We can still fight and while we are alive we can win.”
“And eventually we will,” said Tano. “I will probably not see the victory, but it will come as surely as the dawn.”
The dozen men busied themselves with their roast pork, fried bananas and rice and beans, their silence eloquently showing their doubt and embarrassment, not wishing to look at the Jefe with wuch accusations in their eyes.
“The revolution,” Tano said in his new, restrained voice, “was a good one. It will live on in you, my friends.” His eyes roamed sadly, wisely around the table. “I see you have doubts. What I speak is the truth and you must believe it. My role is done and you must carry on. The tyrant must be expelled and the new order instituted. One of you will lead to final victory.”
Tano’s lieutenants looked at each other, appraising qualities, measuring abilities and insufficiencies.
“And who shall be the one?” asked scholarly Remigio.
Paco said eagerly, “Yes, Jefe, who is the chosen one?”
Pedro jumped to his feet and pounded the table. “You are without shame,” he shouted. “Tano will always be our leader. There can be no other. He is the revolution. Without him there is nothing.”
There were protestations of loyalty around the table, then silence as Tano placed an affectionate hand on Pedro’s shoulder. It was almost as if the question had been answered, that with that simple gesture, like a monarch knighting a subject, Tano had selected Pedro. “It is the one with loyalty, with vision, with perseverance — one who is willing to sacrifice everything for the revolution — who will regroup our forces and lead them to victory.”
Paco said: “Is there not something we can do now? Can we not escape together to the sea and go to one of the other islands?” He looked at Tano, then around the table. No one answered him because the answer was obvious. The tyrant’s forces surrounded them completely and with each hour the enemy ring grew smaller and more impassable. The rank and file of the rebel army had gone over to the other side or had fled in terror. Those around the table were all that remained, Tano’s trusted lieutenants and friends, men of all walks of life who had dropped their professions — the law, medicine, journalism, teaching — to follow him.
A burst of machine-gun fire was heard in the distance, followed by several rifle shots. They all turned their heads, listening, knowing what it meant. The forces of the tyrant were shooting down some poor devils who were trying to escape, weaponless, harmless, and insane with fear.
“Sons of whores!” said Luis. “Come, let us kill a few before they take us or shoot us down like dogs.” He jumped to his feet, pistol in hand. The others fidgeted and looked at Tano.
“Let us finish our coffee,” said Tano. “This may
be our last meal together, so we must enjoy it. Then we will decide what must be done."
Luis looked scornful. "Well, I am going now, and whoever wishes may follow me to die as a man should die, and not running away." He strode to the door and stood for a moment. The others remained seated, their eyes averted, obedient to El jefe, trusting that he would assert himself and lead them, as he had done in the past.
Tano looked sadly at Luis. "Goodbye, Brother," he said.
Luis slammed the door behind him. The others sat listening to his heavy tread cracking the dry twigs of the clearing in front of the cabin, then receding, muffled in the underbrush of the surrounding woods.
Tano broke the heavy silence. "How far is the enemy camp? An hour's walk? Then we have two hours to make our preparations and to say farewell."
There were puzzled questions. Only Pedro under stood. "You mean, Jefe, that Luis will inform about our location -- that he is a traitor?" The word paralyzed all voices.
"Yes, he is a traitor, bought with the tyrant's gold." Tano held up a hand to stop the outraged cries. "No, he is more useful to us this way. Now we know how soon to expect the enemy, as I knew in the past what the enemy was planning because of information sent to them through Luis. A traitor can be very useful, if you know he is a traitor".
"The Jefe is right, as usual," said Remigio. The other men cursed and fumed, wishing to have Luis in their midst for one moment, describing the delicious torture and death he had earned, recognizing the logic and intelligence of Tano's words, but rejecting reason as inadequate to the situation.
They had finished their coffee and were sipping homemade rum when the door swung open and two women in black burst in. The youngest one rushed to Tano and threw herself at his feet, embracing his legs.
"María! What are you doing here? What is it, child?" Tano placed a fatherly hand on her dark head. The scene did not fail to amuse some of those around the table, for they well knew that María was accustomed to more than fatherly pats from Tano.
"The enemy is coming," sobbed María.
"Yes, we know." Tano smiled. "How did you get here, Elena?"
The older woman stepped forward. "This crazy niece of mine, she insisted, knowing that we would have to go through the enemy and risk their bullets. It is a miracle that we are here. I keep telling her that no man is worth--"
"Silence, aunt," María said without anger. "You wanted to come as much as I." She looked up at Tano. "You must flee, you must go immediately. You must make yourself safe, for the sake of the cause, for the country, and for my sake." Her big eyes were full of fear and tears.
"Calm yourself, María. The cause will live and it will triumph."
"Yes, but you?"
"I am but another soldier who falls in the line of duty."
There was deep silence disturbed only by María's sobs. Tears streamed down her face. Then she dropped her head to Tano's knees, resigned.
Tano disengaged himself gently and stood up, raising María with him. His expression changed, and for a moment he became the same commanding, energetic Tano of old.
"Companions, my Brothers," he said. "We must now disband. You will go to every part of the country, each of you a leader, to preach and rekindle our cause. You are brave and ingenious, So I know you will find your way out of this encirclement, always remembering that the time for fighting is over. Avoid the dictates of your hatred when you see the enemy. Run if necessary. It is more important that you save yourselves for the future, for the cause. Now, my friends, go. And farewell, until we meet, God willing."
They stood up, buckling on ammunit belt and adjusting machetes, now anxious to leave.
"And you?" asked Pedro.
"I? Do not concern yourself with me. I shall do what is best for the cause."
What Tano meant was clear. He would become a martyr, an indestructible symbol in death. "I will stay with you," Pedro announced.
Tano fixed his imperious gaze of old on his lieutenant. "My orders," he said, "are that you leave. I know what is best. Go."
"It is best," said Remigio. "The Jefe knows."
The men stood awkwardly about for a moment until Tano stepped forward and embraced Remigio. "Farewell, my friend." Then he embraced the others, one by one, and they filed out dragging their steps to the door, but once outside stepping away eagerly, released and relieved.
The last to go was Pedro. He gazed into Tano's eyes. "Are you sure you--?
"Yes," replied Tano bring his famous smile to his face. "Go, Pedrito, and may God accompany you."
Alone with the two women, María suddenly radiant, Elena fidgeting with ill-concealed excitement, Tano stared at the closed door, then shrugged and said, "Life is that way."
"That is so," said María, now beautiful with her smile. "We must go, beloved. Everything is ready."
"You talked to the general?"
Yes. The town has been cleared of troops for your safe passage. And here is the steamer ticket and your passport, made out to Jose Gómez."
"And the other arrangements have been made?"
Yes, the body is in place with your identification papers. Luis took care of that."
And Luis?"
Elena did what was necessary after he had completed his work. Poor Luis. He was so young and strong and handsome."
When the history of our cause is written his sacrifice will be remembered. Now we must go.
Tano paused at the doorway and looked back at the empty table. "Farewell, my companions."
"For God's sake!" said Elena. Tano frowned at her, then strode off into the night.
Two days later the newspapers of the capital reported that Tano de la Torre had been killed by loyal troops and that the revolution had ended. There were photographs showing the remains, the head almost shot off, and alongside it the body of Luis, one of Tano's fiercest lieutenants, the caption said. Both were buried in the hills and the location left unmarked.
Thus began the legend of Tano.
A few of Tano's men who managed to escape and go into hiding surmised sadly that he had been killed in a duel with Luis, the traitor. But a rumor grew uncontainably that Tano was not really dead, that he was waiting in the hills for the right moment to rally his followers once more. Another rumor placed him in a neighboring country where he was preparing an invasion force.
The stories added to Tano's stature, so that in the mystery of his disappearance he was more of a popular hero than before.
Alarmed, the tyrant instructed the general in charge of the loyal troops in the field to tell the truth, how Tano had accepted a large sum of money to betray the revolution. But the official version of what had happened was ridiculed as a clumsy attempt by the tyrant to besmirch El Jefe and his cause.
During the next few years travelers abroad brought back tales of having seen Tano in this or that capital, living lavishly, surrounded by beautiful women. But the stories never quite agreed and a new generation grew up with Tano as a mystic idol and symbol in the endless fight against tyranny.
matías montes-huidobro / Espirales de Celuloide
entre todas las formas de la espiral, era aquella más moderna y la que más se acercaba a sus fantasías de la eternidad. Los carretes circulares giraban con precisión, repitiendo siempre. Enterradas en aquel sepulcro que les servía de cuna, Teresa y Berta proyectaban dentro de las espirales de su cerebro, una y otra vez, aquellas cintas de celuloide que contenían la espiral del universo. La vida se les aparecía atrapada en cilindros de celuloide que se tranformaban en ventanas de luz y de sonido. Perforadas, funcionaban dentro de un engranaje perfecto. Foco, lente, objetivo, regulaban aquella existencia donde en verdad parecía haber quedado asida la eternidad. Al fin! Las imágenes se sucedían con velocidad y nitidez; cilindros donde la ficción era la vida. Allí estaban las peliculas que habían visto antes, las que verían después y las que no se habían filmado nunca. De esta manera tenían a su disposición directores, técnicos, guionistas, fotógrafos y luminotécnicos que dejaban sobre la pantalla huella imperecedera de actores y actrices, estrellas y comprasas, que competían por hacer realidad la ficción de sus vidas.
Reflectores y cármaras se acercaban hacia un primer plano de Bette Davis en Vidas Robadas y
zados por Teresa al edificar el Kapellbrücke, no producian la más remota asociación con las deterioradas casonas de mampostería de aquellos territorios que Teresa y Berta identificaban como suyos. Aquellos bosques de pinos, los álamos y los sauces del río, en nada les evocaban palmas y flamboyanes, cafetales y cañaverales con los que tenían una remota pero más cercana familiaridad. Los racimos de plátano y las patas de gallo, gótico nacional que evocaba rituales africanos, aquel mudejarismo que también dejaba sus huellas en las catedrales del otro lado, no se dejaba ver entre aquel racismo nórdico poblado de figuras heroicas, que después de haber muerto entre el fango y el lodo de sin novedad en el frente, salian de las tumbas donde habían invernado, para con un heroismo mitico que era natural en ellos, interpretar una misma casta de héroes que, bajo el lente penetrante de una cámara que no les perdía pie ni pisada, se enfrentaba con la muerte fotografiada en primer plano y sembraba la semilla de la libertad. Insulares, metidas donde se habían tenido que meter, o, mejor dicho, donde las habían metido, Teresa y Berta desconocían los cruces de frontera, aquellos lagos inmensos bordeados de pinos y los distintes picos nevados. Claro que Teresa habia sido, por un tiempo, viajera inagotable, y Berta la había seguido a través de recorridos epistolares contagiados por la imaginación, pero eso había sido, estrictamente, a su manera, de incógnitos, sin aduanas y sin pasaportes. Cuando murió aquella cara que había resucitado a su vez entre manchas de tinta, como médico, pero al que levantaron la tapa de los sesos cuando quiso cazar una mariposa, para suerte de esta, de la que nadie se acuerda, nadie se podía imaginar que la historia se repitiera otra vez, una reprise que siempre era éxito de taquilla y clásico de cinemateca. Porque la espiral de celuloide, la culebra de la muerte, también tenía su levántate yanda, y tan pronto mandaba a caminar insistía en poner el tiro en el blanco. Por eso, de angustias, ni hablar, porque si iban al cine, del orden de aquellos rieles giratorios, idénticos, que se movían alrededor de su eje con precisión de hermanas gemelas, Berta y Teresa convertidas en cintas de celuloide, cinematecas personificadas, fijas y ambulantes, cronométricas, aparato de proyección, surgia la Cabeza de Medusa de todas aquellas historias, anecdotas, que se unían episodios caóticos de la vida y la muerte. Inútil hacerse papelillos. Más vivos y más muertos que en las bibliotecas de papel, en las de celuloide el calendario cósmico tenía una mayor consistencia de carne y hueso, superando los límites de la imprenta con los de las palabras con sonido y technicolor. Pero el caos era el mismo y hasta las serpientes venían aplastadas y enrolladas con precisión, más largas que todas las serpientes del mundo, anacondas sometidas a dieta pero que compensaban extensión lo que habían perdido en volumen. Si se pusieran una tras otra todas aquellas cintas juntas, empatadas con el correspondiente pegalotodo, le darían la vuelta una y otra vez, contando la verdadera historia (en lo que cabe) de lo que el viento atómico se había llevado. En todo caso, se angustiaban, digo, viendo a Scarlet comiendo tierra, pero mucho más con la panorámica de los muertos de Alabama. Cuando subían por la estrecha escalera de la casa de Armsterdam el Día de Damas, aquellos uniformes impecables e implacables, pistola, metralleta y látigo, encontraban la puerta tras el librero y, entre todo aquello, abandonado en el piso, las páginas del diario.
Pero era eso lo que me ibas a poner?— decía una de las dos, supongo que Berta. —Ficción, hija, mucha ficción. ¡Dame el opio de los pueblos!—, agregaba con un conmovedor acento donde mezclaba el de Marx con las repeticiones de Unamuno, uniendo en un programa doble aquella famosa película Hollywood-Moscú, que empezaba con John Wayne en Guadalcanal y terminaba con la historia de un soldado en Leningrado.
Está bien, decía Teresa y, pasando la página, le daba a la manigueta.
Por un rato la entretenía con Buster Keaton, William C. Fields, Eddie Cantor, Graucho Marx, El Gordo y el Flaco, Charles Chaplin, pero cuando llegaban a Abott y Costello, Berta se desesperaba por aquellos caminos de Singapur, Tonga y Tahiti, clamando casi por los asesinos de sin novedad en el frente, para vivir una jornada de terror, de volveremos a vencermos, en aquella despedida de un adiós a las armas que no tenía lugar porque no era posible vivir sin novedades.
La espiral cósmica volvia a enrollarse dentro de sí misma, sacando las sierras metidas en su cuerpo, y la invasión de aquellos muertos vivientes se repartía una y otra vez con carácter de intriga internacional.
—Serías tan amable de volver a poner la película de Errol Flynn y Ann Sheridan? Como te pasas cambiando de un canal a otro no se puede seguir el argumento. Ver la televisión contigo es como leer una novela del boom en la pantalla. ¡Qué fragmentación, Dios mí! Y eso, te voy a decir una cosa, ya pasó. Pon todo en orden, como hacia Galdós, que escribía como si estuviera en Hollywood. Y nada de noticiero. ¡No quiero saber nada de lo que pasa en el mundo! Para realidad, la mía, que con ella me sobra y me basta. ¡Y nada, de Joan Crawford o Bette Davis!
Había que reconocerlo, las película de la Primera Guerra Mundial tenían su encanto. La acción tenía lugar en países exóticos (cuando menos exóticos para ellas), y como las filmaban en Hollywood eran más exóticas todavía.
—Mira que lindo!—, dijo Berta con entusiasmo, un poco más calmada.
Efectivamente, había nevado. Si había nevado, como no habían visto nieve jamás, se refrescaban un poco en aquel lugar encerrado, sin puertas ni ventanas y que ni siquiera estaba refrigerado.
—Si tú supieras... A mí me gustaría viajar, ver eso. Cuando salga de aquí.
—Cuando salgamos de aquí.
—Bueno, pero tú has viajado, Teresa. ¡Recuerda tu obra! Eres una escritora famosa que ha estado por todas partes inventando enredos en el Expreso del Lejano Oriente y metiendo asesinos y la drones en la cárcel— comentó Berta con tono de desdén. Estaba, a la verdad, insoportable.
—Bien sabes que viajar así es como no haberido.
—Quizás. Para tal cosa no vale la pena preparar las maletas.
—No podrías callarte? Cuando hablas no se entiende lo que están diciendo. Yo creo que los van a matar.
—A Errol Flynn? ¿Te has vuelto loca? Errol Flynn, Humphrey Bogart, John Wayne y Ronald Reagan nunca mueren! Esos son inmortales! Churchill, Stalin, Chang Kai-Chek y Hitler no sabían bien con quienes estaban tratando. Nada, que con esos actores sí hubiera sido importante una reunión en Yalta.
En fin, que con el sarcasmo de Berta, que era la que lo andaba fragmentando todo, y no Sancho, no había quien hiciera progresar la narración. Tal parecía que la serpiente de celuloide estuviera desenrrollándose y enrollándose por si sola, por gusto y sin nada que contar...
“¡Qué manera de interrumpir por interrumpir, Dios mí!” Por qué ese empeño en cortar las esceas por medio de ese montaje donde saltaba de la panorámica al primer plano sin un plano medio que sirviera de equilibrio y que acortara las distancias...? De dónde sacaba su hermana esa técnica tan irregular (no diré que falta de novedad), mediante la cual traspapelaba las cosas que debían ir una al lado de la otra? Sería, supongo, por aquello del “temps renversé” (¡como decían los franceses en Marienbad!), pero, ¿la enseñanza??, y el fin didáctico? Porque aquello tenía su lavado de cerebro y su teatro colectivo. Propósito diáctico, no? Enseñar a combatir, a luchar por la libertad, por la dignidad humana, el triunfo del bien sobre el mal, la aniquilación del colonialismo, el abajo el imperialismo yanki, la lucha contra el fascismo, blabBLAB
localismos..."
Se movió intranquila.
—Pasaron un camión con unas mangueras y mojaron los adoquines. Siempre regaban el piso para que fotografiara mejor. No se veía un alma por la calle. Sin embargo, detrás de la cortinita con estampados florados que se veía en el desván...
—No!
Parecía que las dos gritaban a la vez y pensaban lo mismo:
“¡Dios mío, ella estaba en elático también, ahora...! Entonces... ¡ella! Era ella... La mismísima... Teresa. La mismísima... Berta... La que estaba detrás de la cortinita, interpretadas por...
—La conocees?
—Ann Sheridan!
—Y aquel señor que va por allí con un paquete mal envuelto? Asi, de tipo latino...
—Ese es Peter Lorre.
—Será malo, por supuesto.
—Tiene tipo de contrarrevolucionario, ¿no te parece?
—Contra qué?
—Contracolumnista. De la resistencia francesa, supongo yo...
—Pero él siempre hace de malo.
—Bueno, será bueno esta vez. Porque parezca un estereotipo no quiere decir que sea un esterootipo.
“Pero, en “realidad”, ¿qué iba a pasar si una de ellas estaba detrás de las cortinitas? Por qué no volvían a lo del arroyo cristralino? Estaba sola, desoladísima, mirando por la claraboya a los milicianos con las metralletas. De un momento a otro subirían las escaleras, descubrirían la puerta secreta del desván. Pistola, metralleta, gestapo en mano e Internacional a boca de jarro... Puntos suspensivos. ¡Acción! Ni siquiera un diario... ¡Qué ilusión! Qué fantasía! Ellos, hijas, que son tan buenos! Cuánta injusticia! Qué hijos! Qué comparación tan irregular! Qué verbo tan mal conjugado! Porque, ¿qué tiene que ver la uva con el plátano? Son frutas, ¿no? Y ambas vienen racimos, ¿no es verdad? Bueno, ¿y qué? Porque unas son nordicas y las otras son tropicales... Pero, no puede ser que las uvas, por un truco de la cámara, anden haciendo el papel del plátano, o viceversa? Y, sin embargo, era un hecho... La bomba iba a explotar de un momento a otro. Quiénes habían tenido la culpa? Las sordomudas! Y como eran sordomudas no podrían oir las acusaciones, y como no oirían las acusaciones no podrian defenderse... Estaba espantada, como de costumbre. ¡Cine Realidad! Pero, ¿es que ya no ponían Rebeca, Cumbres Borrascosas y Canción Inolvidable? Reconocía (reconocían, que es lo mismo, cualquiera de las dos, no importa, uno y lo mismo, pura cuestion gramatical) los tejados de las casas, las azoteas con la ropa tendida, el tufo de la gua, el balcón de la casa en frente con las ubres de Olga y los dientes postizos del marido (para citar un caso representativo), el inconfundible paso asmático del tranvía que iba y venía, aburridísimo, por Reina y Belascoáin, los portales, la bomba mal puesta, Peter Lorre en su famoso papel de Agente Extranjero, ellas allí en el desván esperando que las vinieran a buscar...—Fueron las sordomudas, tú, que yo las vi, tú que venían con el paquete, tú, que no son sordomudas, tú que son un par de ocambas contrarrevolucionarias, tú...”
—Berta, Teresa, ¿podrian hacerme el favor de regresar a la butaca y seguir viendo Los comandos esa saga nordica? ¿Qué pretenden? Jugar a Pirandello otra vez? Tienen la manía de confundir la ficción con la realidad y se alejan por completo de la métrica del tango. El hecho de que sean hermanas gemelas no las autoriza a interpretaciones quizofrénicas. Claro, están bajo la influencia perniciosa de Bette Davis, Olivia de Havilland y Joan Crawford. Cuánto daño le han hecho esas tres mujeres a la siquiatría! Sin contar a Joan Woodward! Ustedes no entonan bien, no armonizan, no dan los pasos apropiados y lo dicen todo con gesto grandilocuente de puro ripio hispánico. ¡Lo to-
man todo en plano tan personal! Oyen repicar y se creen que la misa es por ustedes. Muchachitas, cuando doblan las campanas no siempre doblan por ti. No se quejen. Ann Sheridan es Ann Sheridan y no eres tú, Berta dear, ni tú tampoco, Teresa darling. Si las pongo cinematográficas es para calmarlas, para que vayan al cine un rato y se entretengan, se olviden de las guerras, las revoluciones, las Malvinas y el Irán. Puro juego de superfícies. ¡Sombras chinescas! ¿Entienden?
Aquella diatriba fue algo así como una pastillita de válium.
—Lo que tú digas—, y volviendose a Teresa le dijo. —Vamos, siéntate, que ahora viene la mejor parte.
Desde el entarimado, con las gafas de Robert Síodmack, Berta se disponía a dirigir la comparsa de extras escondidos (la famosa escena de “underground” francés—la resistencia heroica de Picasso y su querida Mimí Chanchán). Dispuesta a llevarse el Oscar, tomó la batuta de director de orquesta, decidida a crear la sinfónica de la imagen blanco y negro. La maquilladora le había dado los últimos toques y el fotógrafo de plato se preparaba para el rodaje exterior de Venceremos. Con la sillita plegable y el cono de hojalata, dirigía la saga de los noventa millas, aquel insignificante episodio de la superproducución Nueve segundos antes de la medianoche, de la Paramount, de la cual Venceremos era sólo una micronémisa o polinésima parte. Se ponían los titulos con dibujos animados, como coartada del éxito, para que los niños fueran también, y después les presentaban Damas y Caballeros, aquella película en que se les veía todo: original montado. Berta subia, aguilesca, audaz, inusitada, mientras entraba la banda sonora con el himno nacional del mundo y se producian toda clase de sonidos especiales ensordeceadores. Se iba tan distante, que Teresa, que dirigía desde abajo el negativo de la película, la dejó de ver desde la claraboya. Moderadamente, Teresa dejó ver una panorámica del puebloleito noruego, con la fuente en el medio, amapolas y gladiolos a pesar de la guerra. Desde lo alto, Berta fotografía ba los campos de concentración, los judíos incinerados (es decir, las torres de humo) y otros genocidios.
—Un clásico de los años cuarenta, diría yo.
—Lo más grande que tiene es el concepto de la eternidad. Fijate que la espiral mística del celuloide conserva inalterable el cuerpo descompuesto de Errol Flynn. Lo que quiere decir que no está muerto, que no se morirá jamás. Cuando llegue el día del Juicio Final todo lo que tendrá que hacer Dios es ponerse a ver todas las películas. Es allí donde estaremos vivos. El viaje del alma es la espiral del cine. ¿Qué te parece? Esto es una nueva concepción del misticismo que forma la base del misticismo cinematográfico del que, en siglos venideros, se darán conferencias, y tendrá su lugar principalísimo en los catálogos de las bibliotecas y en el indice de los textos. De hecho, esto que te vengo diciendo ya es misticismo de la cámara: uno tiene que hacer todo lo que pueda por no parecerse a Cervantes. En fin, que estaremos enlatados y Dios se evitará el lío de tanta gente, que eso sí sería para él una verdadera lata. Con ir poniendo películas será suficiente.
—Pero ciertas personas serán favorecidas, Berta. Por ejemplo, Bette Davis ha hecho más películas que Greta Garbo.
—Es verdad, pero es que tú te limitas a ver la cosa “desde Hollywood”.
—Yo creo que es muy importante.
—No te lo voy a negar. Eso ha ayudado mucho a Dios, pero él también tiene su cámara.
—Así es que él es como Luis Buñuel.
—Por favor, no blasfemes, Teresa. Dios es un director mucho más importante, aunque posiblemente Luis Buñuel no esté de acuerdo.
Y agregó, muy por lo bajo:
—En estos momentos, Dios nos debe estar filmando, así que arrreglate un poquito y sonríe.
La pobre Berta se había vuelto loca, y no era para menos. Después de haber perdido las esperanzas en el cuento del calendario cósmico (un cuento de “la buena pipa” como otro cualquiera) y todos los embutidos subsiguientes, había decidido embutirse con espirales de celuloide. La mística siempre ha sido así. Se está sin creer hasta un día en que, cataplúm!, se cree. Con un par de efectos visuales y sonoros, allí nos tienen convertidos en lo que sea. Es una posición algo acomodatica, pero la mística es un excelente agente catalítico.
—Por qué no te callas y vemos un poquitín de la película?
—Sí, tienes razón, mira como se están besando detrás de la ventana.
—Yo no ve ni jota.
—(Al luminotécnico). Un poquitín de luz, please. (Pausa) No, no tanta! (Pausa. A Teresa) Qué técnicos tan brutos! Por poco hay que filmar la escena otra vez. (Pausa. Al pirotécnico). Está bien así (Al sonidista). Métale un poquito de Chópin, please.
Quiero darle un toque de Canción Inolvidable. Ojalá que salga bien el revelado! (De nuevo, al sonidista). Esté liste para los ruidos especiales. No se le olvide el ladrido de los perros, mzclelo bien la banda magnética con algo de Wagner, que es alemán y por eso pega. Nada de música polaca, please. Y por lo que más quiera, no desajuste montaje y argumento, porque la gente es brutísima y no entiende al menor descuido, please! (A Teresa). Daba gusto trabajar así. Entonces se si podía ir al cine. Quién iba a decir que se trataba de una Guerra Mundial? Era un orden idílico y todo estaba en su lugar; los buenos acá y los malos allá. No había esa mezcla de hoy día donde no se sabe quiénes son las personas decentes... El Concepto de La Justicia en el Teatro del Siglo de Oro... El Concepto del Honor... La Justicia Poética del Happy Enging... Hoy día ya no hay valores... (Refiriéndose a la película). Este camarógrafo es primo hermano de Rembrandt. Fijate como Errofl Flynny y Ann Sheridan se están desde hace quince minutos y no nos hemos enterado, de lo oscuro que lo ha puesto. A lo mejor están haciendo otra cosa. ¡Déjame ver!
Mientras fijaba la mirada en la oscuridad, iba soltando la cámara y parecía irse, sumergiéndose. Sin que la otra se diera cuenta, Teresa toma la cámara y volvió a dirigir. Al fin se escuchaba el sonido de las perseguidoras, las ruedas de la gestapo a punto de rodar cuneta abajo, los uniformes acabados de sacar de la tinteroria, las polainas con las espuelas, los terroristas poniendo bombas en las estaciones de los trenes, las ciudades bombardeadas, los civiles heridos o muertos en los hospitales, los soldados bajando a los pueblos y ametrallando guerrilleros y civiles, los guerrilleros ametrallando soldados y civiles, ciudadestrozadas, explosiones y muertos por todas partes, simple y total holocausto. Llevada por su talento creador, Teresa hacia lo que le daba la gana. No le interesaba el argumento, el “suspense”, la progresión lineal, la intriga. Apasionada, para ella todo era el caos: un significado únicio y total: había que eliminar la acción de superficie. Se daba cuenta que interrumpía la unidad de la película, pero ese era su modo de ver la unidad, de entender la espiral de celuloide. En una escapatoria hacia el más allá, se lo imaginaba todo primero para olvidar lo inmediatamente después. El ladrido de los perros la sobresaltó. Saltaban del tranvía, corrían desde la pantalla y la calle hacia donde ella los dejaba venir. Los había puesto allí con entusiasmo argumental, sin dar cuenta de las implicaciones que tal acto podría tener. El peligro, efectivamente, se acrecenta y ella no sabía qué hacer. Estaba sola en la planta baja, mientras que los otros se escondían el desván. El capitán Von Reindhart y su elenco venían por la autopista Berlin-Oslo. Cuando pasó por Austerlitz habia quido abrir las llaves de gas en persona. “Los alemanes son tan cumplidos y exactos”, hubiera dicho Berta de haber estardo allí. Pero no estaba. Se había ido hacia el desván y ella tenía quedarse abajo, porque el libreto lo indicaba así. El capitán Von Reindhart había sido especialmente comisionado por Hitler para acabar con los comandos de Paul Muni. La mitad del pueblo se había escondido en el desván de la qui
mera, soñando con un mundo mejor para cuando se acabara la guerra; lleno de libertad, igualdad, fraternidad, justicia para todos, y unificado por la revolución del proletariado. En aquel desván oscuro y tenebroso se soñaba siempre con el happy ending. Al salir de Berlin, Hitler habló personalmente con Von Reindhart, que era Raymond Massey y que siempre salía con la boca torcida para que todo el mundo supiera que era malo. Lo era, efectivamente, porque no conforme con los perros policía que Teresa misma había puesto en Noruega, le dio otros dos y le dijo: --Estos dos perros Procónsul y Ramaphithecus son muy especiales, Von Reindhart. Están entrenados, exclusivamente, para descuartizar sordomudas. No quiero quede rastro de ellas. Andan por el mundo creando problemas y es hora de que dejan de escuchar lo que no deben y hablar ese trabajenguas de los incomunicados. --Y haciendo aquel levante de brazo que le eran tan característico, agregó: "¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!" Espantada, Teresa se acordó de Jane Wyman, que en otras películas hablaba con Ronald Reagan pero que en Belinda se había quedado afónica, y quiso gritar pero no pudo, comprobando que era más sordomuda de lo que tenía pensado. En un par de tijeretazos en el departamento de montaje, Von Reindhart llegó con los perros a la aldea de Noruega. Berta no sabía del asunto, pero ella sí. Aquella conjura internacional contra las sordomudas hacia de ella un desolado corazón atenazado por viñas de ira. Hubiera querido vivir en paz, pero eso no lo iba a conseguir ni aunque hiciera el viaje a luna. Con la sublime obsesión de querer alcanzar el sueño eterno, era un condenado a muerte que no se había escapado todavía. La banda sonora ladraba más y más, y ya no se escuchaba ninguna canción inolvidable: ni siquiera a Wagner. La espiral de celuloide la enroscaba con el primer plano de aquellas mandíbulas caninas, la risa siniestra de Von Reindhart y la locura de Hitler.
Consciente del peligro de las sordomudas pensó que la película llegaba a su final. Por la escalera de caracol subió hacia el desván, pero no podía salir ni un quejido de su garganta, tan sordomuda estaba. Lo que era peor, la banda sonora, para acrecentar el dramatismo de la escena, superimponía el ladrido de los perros que ya estaban en la sala de al casa. Por un momento le pareció que la única solución era dejar que la devoraran Procónsul y Ramaphithecus, porque de esa forma ella despierta a Von Reindhart, y aunque Hitler le había pedido una parejita de sordomudas, pues bien, tendría que conformarse y llevarse los restos de una de las dos. Berta se salvaría, y con ella Errol Flyn y Ann Sheridan, que a lo mejor todavía se estarián besando, y para ellos sería un happy ending después de todo, cuando menos por un tiempo, hasta que llegara la revolución del proletariado y los mandaran a matar a todos, por capitalistas y hacer películas en Hollywood. Sí, ella iba a tener la oportunidad de ser una heroina, aunque fuera una heroina sordomuda. "¡Acción, acción! ¡Toma 43 de Los comandos! Al primer plano del bigote de Charles Chaplin en El gran dictador se superimponía la boca torcida de Raymond Massey en Los cristales de Kapellbrücke, seguido de las mandíbulas feroces de Los perros del Sri Yantra, mientras que tenía lugar una disolvencia hasta aparece un primer plano de Teresa Christie, con un corte abrupto en la banda sonora, como si los perros hubieran cumplido su misión. Fade-Out. Entonces aparecia la palabra...
Pero consciente del peligro, con gesto rápido de una Super-Mujer, Berta tomó el cono de hojalata y apretando el pie en el acelerador pasó a la autopista Oslo-Polo Norte. Qué horror! Un segundo más y Teresa hubiera quedado ahí, enroscada con los jabalies hasta el día del Juicio Final en que Dios se fuera al cine mañana, tarde y noche, en función continua. Ella no podía permitir que aquel estupendo primer plano del espanto, por el cual sin duda le darían el Oscar, inmortalizara a Teresa, tan dolorosamente, cuando la espiral de celuloide volviera a desenroscar su ovillada exis-
nadando entre icebergs.
--¿Y qué sabes tú, Teresa, de los peligros y las tribulaciones de las ballenas? ¿Te imaginas la soledad?
--¿Y la nuestra? Además, yo tengo entendido que viajan en grupo.
--Pero van por esos mares inmensos. Por muy cerca que estén las unas de las otras, siempre estaráán solas y lejos.
Las miraron en la distancia, efectivamente, como si fueran sombras grises perdidas en el mar.
--Te imaginas la soledad?-- repitió Berta.
--Sí, puedo imaginármela.
--Sin contar los peligros de los barcos balleneros... Viajan con su propia soledad...
--Nosotras también, Berta.
Manejaron por horas, tantas, que el paisaje anterior se les desdibujaba en el recuerdo. Teresa se durmió por un rato y soñó con las ballenas y las flores de jabón, no flores de mármol, que hacían espuma en el agua y crecián en árboles marinos.
--Dónde estamos?--, preguntó al despertarse.
--No sé, pero yo creo que ya estamos llegando a Vordó, que es lo más al norte que podemos llegar. Bueno, cuando menos manejando por Noruega.
Las ballenas, en el agua, seguían su viaje hacia el Polo, con aquella congelada constancia que a veces las confundía con icebergs.
--Yo... no quisiera regresar...
--Ni yo tampoco...
Apenas se distinguidan ya, nadando hacia el Polo Norte, inmersas en la profundidad de aquellas aguas congeladas.
--Yo... creo... que van a suicidarse...
Teresa y Berta no tenían otra cosa que decir. Ovilladamente, avanzaba la espiral de celuloide con la ilusión del Juicio Final. Ellas, a la verdad, la habían perdido, como aquellas ballenas del suicidio. El agua estaba helada. Entraron ella mientras aparecía en el horizonte la palabra
FIN
UNVEILING CUBA
REVISTA DE INFORMACION LITERARIA
PUBLICADA TRIMESTRALMENTE
EDITOR...ISMAEL LORENZO
CONSULTING EDITOR...REINALDO ARENAS
ROCKEFELLER CTR STATION:P O BOX 170 NEW YORK NY 10185
SUSCRIPCION POR UN AÑO: 86.00 EN U.S.A. / 88.00 EN EL EXTRANJERO
STEVE CROSSMAN / THE PROMISSORY LAND
"You have to get close to the animals,
I'm just trying to show them I love them."
Conrado Mones
forsaking scorpions & Havana cigars
a flotilla shipwrecked
leaking hopes
on the shores
of the Promissory Land
among stainless steel castles
no lion's share
but the dog's portion
on the streets of New York
only despair is free
knowledge of biology
did not avert loss of heart
if heart is what was lost
across the Gulf
Conrado Mones voyaged
to embrace a just system
he found
a towering brute
a caress of claws
the crushing bulk
of America
STEVE CROSSMAN / TIERRA DE PROMISION
"Hay que acercarse a los animales,
sólo quiero demostrarles que los amo."
Conrado Mones
dejando atrás escorpiones y habanos
encayó una flotilla
destilando esperanzas
sobre las costas de
la Tierra de Promisión
entre castillos de acero inoxidable
no halla ración del león
sino la pitanza del perro
en las calles de Nueva York
sólo la desesperación es libre
el conocimiento de la biología
no esquivó el desaliento
si acaso fue sólo el aliento
lo que perdió
a través del Golfo
Conrado Mones viajó
para abrazarse
a un sistema justo
encontró en su lugar
una bestia engreida
una caricia de garras
la aplastante mole
de América
ESTEBAN LUIS CARDENAS / POEMAS
VERSOS DE MARTA H.
Este es un sueño;
¿qué juego de máscaras y trampas?
Aquí moran el amor y la muerte,
persisten como un vuelo de gaviotas
tras los grandes navíos.
Este es un sueño;
siempre tus ojos lentos y graves,
un cuerpo de marfil
contra los brillos diversos del coral
al filo de la aurora.
No brotas de un laberinto
poblado de sierpes y murciélagos furiosos;
tampoco del orden donde se abre
la rosa misteriosa que perfuma
los senos de encantadas princesas.
Estoy solo
he perdido a mi sombra
y sólo la sombra del ojo fatigado
observa el temblor de los alientos ruinosos.
En lo obscuro, alguien con sádica paciencia,
continúa devorando los sueños;
y, sin embargo, toda obscuridad o muerte
se vierte, finalmente, en la pupila que la mira
Aquí es un sueño;
apareces brotada de otro cielo
donde también la noche es la esperanza,
pero vienes de azul y de ilusiones sagradas
(toda gran ilusión será siempre sagrada)
no a nutrir la fuente donde vibran
las aguas de lo desposeído.
Entraste en mi silencio,
penetré en tu tristeza
y nuestros cuerpos de fantasmas sin máscaras
son ahora la vida (la que arde en la noche),
una danza sin nombre,
tierna y luminosa como un duende
lidiando con las ruinas de la ciudad
y su demencia.
MI MUJER MAS NEGRA QUE UN HECHIZO
Para Ana María Paredes
Sobre las rocas, junto a los arenales,
persiste la silueta de mi mujer
más negra que un hechizo.
Persiste como una primicia centelleante
y se disuelve en la caricia
de mis dedos.
Alucinación de lo estático,
vientre quebrado sobre la suavidad
de una medusa.
iOh, mi mujer
más negra que un hechizo!
El mar la devora
la devuelve para siempre
a sus reinos.
Su cuerpo es ahora
el brillo aterrado de una concha
bajo el calor declinante
de las islas.
JUANA ROSA PITA / LEER ES PERECER
A Julieta Campos
En ámbitos de magia irregulable
las palabras conservan su potencial de ensueño
por eso es peligroso en ciertos mares
hablar y aun soñar:
leer en el Caribe es perecer
a manos de una imagen
A veces uno queda suspenso en un balcón
o en una nave negra
con los cabellos émulos de nube
como algún personaje de otra historia
dándose a una escritura intraducible
prestándose a una extraña coloración
barriendo todo miedo con el único:
el de perder a Eurídice en el tiempo
Se dificulta interpretar los signos
en el texto del mar:
a veces la prisión en una torre
es el botón más nuevo de lo libre
o ir a fusilamiento es contraseña
para un amanecer a voz de novia
Nunca se sabe en el Caribe
lo que encandila o quema
pero es un viejo adagio que sus aires
dan algo de lo eterno:
siete vidas se concede a los hombres
para morir por agua: siete muertes
MELINA COSTELLO / POEMS
LA PIAGA
waiting for your hands to stroke the inward cleft
or tear wide each nibbled wound behind the tongue
until a cure for longing could be forgotten
then this dreary slack groping for an edge
or just a tight pleasure rooted in the skull
could climb its way back up
your pulse thrives on safe breathing but won't climb
even when the simple trace of her hand tucks
itself under the breath or belt it won't climb
but it will soak out the eye and replace it
once we discovered how shoes are echoes calling
back to our feet and footprints are mere shadows
of someone's mouth inventing the distance
I lost you in that sublime hold of running
looking back over your shoulder
thinking it was my own
PORTRAIT OF GENOA
The Artist
if what she forgot was color, any color
down your parasol alley it wasn't
enough abcess for the last stroke of Genoa
while you, how she knew & performed for your
distance, the slender ease of your brush & all
those men when she spread her apples, lace, her
sun-browned hands over ripe August melons
invoking their whispers, la fonte de i diletti
if what she possed was ample disclosure, a lust to sip
the long afternoon or wrestle it down in a bed of straw
you'd take her in oil, push up thru her belly your
Mediterranean until it washed up blue, soaked her
warm against canvas, her hair, mouth signed to your
glance & leisure, your bedroom alcove in Milan
JORGE RODRIGUEZ FLORIDO / EXODO
Me voy de pesca con tres amigos.
Uno vomita.
El otro mira el cielo arrepentido.
El otro con sus brazos insolentes mueve el bote.
Las aguas están claras. Ya no hay peces.
La gente se divierte en las orillas.
Una vieja se baña en su gordura.
Grita un niño.
Yo voy con mis amigos mientras tanto en un viaje trillado y aburrido.
De pronto tiembla el mar.
La caña se agita entre mis manos.
El bote sigue un pez y un pez al bote.
Después de dos diapositivas es capturado.
Es feo, grande, odioso e incomible.
Cualquier pescador lo hubiera enterrado.
Cualquier pescador lo hubiera dejado que se vaya.
UVA A. CLAVIJO / TUS OJOS Y YO
Como el interior de esos caleidoscopios de la infancia, con sus múltiples variaciones de color y forma:
así era yo:
luz quebrada
en tanta pupila ciega
Ma mirarme en tus ojos me devolvieron ellos la presentida visión de mi misma, copia exacta del yo buscado, mi propia imagen: intacta, genuina, sin ropajes.
2O es acaso que esa que otros ven, la de carne y hueso, fragmentada, no es más que refracción, y el yo real -esencia pura- es, soy, esa que habita tu mirada?
NINOSKA PEREZ CASTELLON / ARTIFICIO
Cuando se vive en el exilio, en algún momento en algún lugar...
es necesario, estrictamente necesario, ir en busca de un paisaje.
Ha de tener una palma, o alguna montaña, o quizás el mar azul con el horizonte en la distancia.
y se debe de aguardar en ese sitio preciso, ansiosamente...
un amanecer.
Dar rienda suelta a la imaginación y pensar...
pensar que ese hecho sucede bajo el cielo añorado.
Olvidar...
sobre todo olvidar que existe la maldita distancia.
Todo esto es estrictamente necesario cuando se vive en el exilio.
Porque hay que soñar, soñar aun sabiendo...
que los sueños no siempre se convierten realidad.
Pero sin duda ayudan, a veces, a combatir la nostalgia, a no perder la esperanza, a lograr dar un pequeño consuelo al corazón.
VICTOR DEL PINO
BIANCA ARDITI / INYECCION DE FALSO OPTIMISMO
Esta felicidad a cuentagotas y miseria a horcajadas, este vacío repleto de contrariedades, este ahondar en la naturaleza insondable de los silencios.
Este desear que acaba por no querer...
Es como vivir colgada de un clavo ardiente soñando cómo liberarme diente a diente, y al final sólo caer con la carne astillada y recordar entonces la maravillosa sobriedad del clavo.
TERMINO PRIMAVERA-SPRING 1983 P—14
PEDRO SHIMOSE / PASA EL AMOR
por tu jardín. Su música se esparece bajo el cielo perfumado de jazmín.
No fue mi voluntad, sino la fuerza del deseo la que me trajo aquí.
Mi suerte estaba echada.
Las palmeras, lo sé. Fue la flor del urucú. Quizás la noche tropical con su río y su luna
(no cesaban de recordármelo)
Como un pétalo caí y fui arrastrado lejos, adonde a nadie molestara.
Fue el viento con su cólera verde, la mano del destino. Y tú de algún modo, la anunciadora que ahuyentó este dolor sin nombre.
De pie, viendo cómo se va la noche, espero conocer al fin la certeza de algo presentido.
ARMANDO ALVAREZ BRAVO / MUERE LA TARDE
Muere la tarde, hermosa a pesar del cansancio que han fraguado las horas, y la ciudad empieza a iluminarse para que la ausencia sea una promesa de dicha.
En la memoria perduran desde siempre, el eco de lentos pasos, hondos silencios, la fijeza de unas palabras que no cesan para que sea la vida, el susurro de una vieja canción.
El tiempo pasa, y no sabemos cómo nos reune a pesar de la distancia, de esa costumbre que también somos, al igual que ignoramos que hace que el corazón sepa definitivo pensamientos que aún no se han formulado.
La noche necesita el milagro de una risa para que las constelaciones del invierno sean el espejo de una piel, la luz de unos ojos que eternizan la tibieza del verano.
Crece la oscuridad. El recuerdo allega la marea de la nostalgia, donde la gratitud es tan inmensa como el sueño en que hallamos el rostro perdido.
En la extensa soledad de la tarde que ya es noche, la esperanza son todas las tardes que abrasarán de compañía.
VICTOR DEL PINO
LOS ACUSADOS
1
Queda una mano lánguida y perdida. El recuerdo inútil de un invierno que arrastramos de memoria como si nos urgiera el horror o la esperanza de ese olvido prematuro que sucede a la caída. Estamos solos y somos exponentes del devenir y el miedo exponentes de lo tristemente humano.
2
Aguardamos
Seguramente nuestro destino es el infierno de la vana locura o el destierro.
DUELO DE VENTANAS
Las rejas, el fino deambular de un reloj, el vuelo remoto de un ave en la penumbra, y este horror de no ser sino una forma en el silencio del paisaje.
EDITH LLERENA / EL CICLON
"Aplaca Señor tu ira, tu justicia y tu rigor.
Dulce Señor de mi vida:
¡Misericordia, Señor!"
(Antigua plegaria popular para el tiempo de ciclón.)
El ciclón no era entonces la otra cara demoníaca de los vientos, sino virgen que en penumbra recitaba rosarios, deteniendo la curva peligrosa de paredes centenarias; la mágica transformación del horror en dulce miedo.
¿Dónde guardaría la gaviota la capilla inquieta de sus alas grises?
¿Cómo se salvarían los sinsontes?
Paños sobre los espejos por que no atraparan el látigo quebrado de los rayos, y cruces de ceniza por el suelo.
El armario rezumabanicos de sándalo, encajes antiguos, perfiles del abuelo.
Los mimbres solitarios al influjo del quinqué se balanceaban estrenando formas juguetonas: hadas con faldas de romerillo, graciosos diablos con cola de tomeguín.
Ascendía el untuoso olor del chocolate y los hombres, arremangados los pantalones para chapotear el ras de mar, se lanzaban a la calle ingenuamente, conjurando con sus puños la soberbia de las aguas.
El torso cóncavo de las olas arrastraba para sí, goloso, pedazos de nuestro territorio.
Diferente la luz al otro día degustaba las raíces de los árboles, que como titanes sacrificados yacían inertes sobre el parque.
Poco a poco, tímida, la vida renacía entre las ruinas.
THE ACCUSED
1
Only a hand remains, languid and lost.
Useless winter that our memory lugs along, driven as if by horror by hope of this oblivion before our time after our fall.
Standing alone, spokesmen for the future and for fear, for the all to sadly human.
2
Awaiting this fate of ours; what else but hell: exile or madness vain.
DUELING WINDOWS
Bars, clock's faint and pacing ticks, bird's faroff flight into dusk
horror of but being one more form or shape lying in the silent landscape.
TRADUCCIÓN: FEDERICO HENSEY
manuel f. ballagas / En memoria de Casandra
Casi a las puertas de 1984, en un mundo cada día más parecido a la pesadilla de Orwell, y en la era de Castro, Reagan y Andrópov, se quito la vida Arthur Koestler, a quien muchos recordarán como escritor, pero a quien bien pocos quizás reconocerán el don de la profecía.
Koestler fue, en efecto, un profeta en la medida de sus humanas posibilidades. Como Jeremías, anunció el mininente fin de la ciudad; como Casandra, estuvo condenado a sufrir la incredulidad y la indiferencia de sus contemporáneos, a tragarse sus visiones o a escribirlas desesperadamente mientras una humanidad satisfecha y pagada de sí misma rendía honores al Caballo de Troya.
Poco importan las motivaciones aducidas por la prensa. En las presentes circunstancias el suicidio de Koestler constituye un simbólico augurio. Indica este que más allá del esplendor tecnológico, de la avasalladora multitud de opciones que nos proponen el consumo y la libertad sin freno ético, yace un tenebroso abismo adonde irremos todos a postrarnos, movidos por una fe que no supimos inculcarnos cuando todavía podiamos mirar a lo alto, abrazados a una falsa razón que nació desdeñando la espiritualidad del hombre y que, por tanto, despojó a este (quizás en forma definitiva) de todo reclamo trascendente. Incapaces de reconocer nuestro elevado origen y destino, deberemos por lógica inexorable someternos a esa encarnación de la bestia pensante, a ese remedio de Dios -carne y hueso divinizados- que es el Gran Hermano.
O, en su lugar, inmolarnos.
En un mundo donde las sutiles distinciones entre “izquierdas” y “derechas” se han vuelto punto menos que obsoletas, y donde el único fin de las ideologías parece ser el de apuntalar tronos totalitarios o autoritarios, conviene recordar que Koestler fue uno de los primeros en alertarnos contra las que llamó, en el curso de una de sus conferencias, “las siete falacias capitales”. Una de éstas consistía en trazar un signo de igualdad entre el concepto de socialismo en el sentido occidental el sistema imperante del otro lado de la Cortina de Hierro; la equivocada noción de que en Rusia se han cumplido los anhelos de muchas generaciones de reformadores y revolucionarios.
Lejos están los tiempos en que Kautsky definía al socialismo como un sistema de “...comunismo en la producción material y anarquía en lo intelectual”. O aquellos otros en que Paul Lafargue -el yerno cubano de Marx-declaraba que el socialismo emanciparía “... a las artes y a las ciencias del yugo capitalista, librando al pensamiento de la esclavitud del commercialismo”. Si las revelaciones hechas por incontables víctimas de la barie comunista en tres continentes, si el clamor de Alexander Solzhenitsyn no han bastado para convencernos de que la práctica del bolchevismo guarda escasa relación con las prefiguraciones de los padres de la socialdemocracia, es que ya nada bastará para abrirnos los ojos.
Otra falacia que Koestler identificaba plenamente (y que sin duda constituye un ingrediente de la actitud política del intelectual del Mundo Libre) se refiere a la relativa capacidad moral que tiene Occidenta para afrontar los embates de la amenaza comunista, siendo éste, a su vez, responsable de un sinnúmero de injusticias sociales para las que el marxismo-leninismo pretende ofrecer el mejor remedio. De esta falacia se deduce otra más común todavía según la cual tanto Estados Unidos como la Unión Soviética son malvadas potencias que merecen ser combatidas con igual celo y constancia, si bien de todos es sabido que tales combates sólo son posibles en escenarios tales como París, Londres, New York, Roma o Caracas, lugares donde el preciado don de la libertad preside los actos humanos en medio de una sociedad imperfecta pero abierta al cambio y a la disenición.
Pregonaba esto Koestler por las universidades de Estados Unidos durante la primavera de 1948, cuando todavía algunos pretendían ver en Stalin al bonachón aliado de la pasada contienda mundial. Otros, presas del pánico ante el creciente expansionismo ruso, daban rienda suelta a sus ánimos belicistas, agitando de paso el nuevo juguete atómico, tan peligroso entonces como ahora.
En esta época de palomas y halcones desbocados, conviene citar a Koestler dentro del contexto:
“La historia belicista de que un considerable número de personas parece sufrir aquí en los Estados Unidos no es una señal de madura cautela. Tampoco es la mentalidad del apaciguamiento. El apaciguamiento hacia una potencia expansionista crea una cortina de humo en medio de la cual ninguno se desliza hacia una guerra sin que ninguna de ambas partes lo desee. El apaciguamiento es como jugar al póker; una firme política de principios, claramente delineada, equivale a jugar al ajedrez”.
Comparando la situación del Mundo Occidental ante el creciente peligro del comunismo con la batalla librada por las democracias contra el fascismo, Koestler comentaba sagazmente:
“...La mentira total era el Nuevo Orden de Hitler. la verdad a medias era nuestra democracia. Hoy, afrontamos una emergencia parecida y un predicamento similar. Una vez más la opción que contemplamos entre un gris crepúsculo y la más oscura tiniebla. Pero pregunten a los refugiados que logran huir, a riesgo de sus vidas, del otro lado de la Cortina de Hierro, y que llegan a nuestro mundo de crepúsculos grises, si vale la pena o no luchar por esta alternativa. Ellos saben. Ustedes no”.
Koestler fue también, en cierto sentido, un prófugo del comunismo, doctrina que abrazó siendo joven, y cuyos amargos frutos pudo conocer durante su estancia en Rusia, y más aún, mientras abogaba por la causa de la República Española. Pero su decepción no se tradujo en apostasia de manera immediata. En su carta de renuncia al Partido Comunista de Alemania, Koestler expresa todavía su confianza en el presunto destino de la Rusia Soviética como fuente de inspiración para los obreros de todo el mundo. Sólo muchos años después, tras un doloroso proceso de decantación ideológica y desgarramiento emocional, se confesará estafado y emprenderá la ingrata tarea de alertar a sus contemporáneos (en particular a intelectuales y políticos) sobre los graves peligros que encerraba la utopía que anteño defendiera euforicamente.
En plena Guerra Fría, la actitud de Koestler y otros comunistas decepticismo tanto por los liberales como por parte de los macartistas. Los primeros preferían creer a Máximo Gorki cuando decía que, en los tiempos modernos, “no hay nada tan edificante como contemplar el panorama del crecimiento intelectual entre las masas e individuos de la Unión Soviética”; los segundos, enfrascados a la sazón en aquella célebre cacería de brujas, tendían forzosamente a desconfiar de aquel atajo de hechiceros arrepentidos.
En la bizantina polémica entre liberales y conservadores se desgastaba ayer como hoy la energía vital con que las naciones libres deben hacer frente al gran dilema de nuestro tiempo, echando a un lado intereses partidistas o diferencias inesenciales en favor de una sola causa: la supervivencia.
“Primero que nada -decía Koestler en un panfleto publicado poco después de celebrarse en Berlín el Congreso Por La Libertad de la Cultura- queremos que nuestra civilización sobreviva. Dos condiciones son esenciales para su supervivencia: la libertad y la paz. Anteponemos la libertad porque la paz es una función de esta. Una nación esclavizada puede ser llevada a golpe de lítigo por sus líderes hacia una guerra. Aislando a sus países tras una Cortina de Hierro o una Muralla China, los gobiernos totalitarios pueden predicar el pacifismo a otros pueblos, mientras incian a los suyos a conquistar el mundo”.
Convencido de que en esta nueva batalla por salvaguardar los valores de la libertad y la dignidad humanas frente a la amenaza de un feroz totalitarismo no cabía invocar las clásicas contradicciones doctrinarias, Koestler proclamó un nuevo orden de prioridades que excluía los conceptos políticos tradicionales, argumentando que “... las antinomias “socialismo y capitalismo” y que han perdido sentido “mientras Europa permanezca empantanada en estas falsas alternativas que obstruyen la claridad del pensamiento, no podrá hallar una solución constructiva a sus problemas”.
“El comunismo en su forma actual -escribía más adelante, en 1950- se ha convertido en una ideología fantasma. Tiene tan poco que ver con el socialismo como el reinado de los Borgias tenía que ver con las enseñanzas de Cristo. Nuestra civilización sólo puede ser salvada si el poder hipnótico de ese fantasma es roto”.
Y agregaba: “... Esta es una tarea que ningún partido o grupo político puede tomar en sus manos aisladamente. Es una operación de higiene mental que sólo puede ser llevada a cabo por medio de un esfuerzo conjunto de las clases educadas -los hombres públicos, artistas y escritores- en las universidades y escuelas elementales, en los laboratorios y las editoriales, en los sindicatos y las organizaciones profesionales...”
Que sepamos, un esfuerzo político y educativo de tal magnitud jamás ha sido llevado a cabo en Occidente, ni las presentes circunstancias pueden hacer pensar que se llevará a cabo en un futuro próximo. En su propio tiempo, Koestler se comparó con Casandrea, aquella misma que en el poema homérico tenía por misión y castigo presagiar la ruina de Troya sin esperanza alguna de ser creída por nadie.
Proscrito por fascistas y comunistas, sus libros quemados por nazis y stalinistas, el destino de Arthur Koestler fue semejante al de aquel heterodoxo español que, huyendo de la Inquisición en su país, pereció en las hogueras protestantes de Ginebra. La política parece haber sustituido en estos tiempos a la religión como fuente generadora de guerras e intolerancia. En las nuevas hogueras, sin embargo, arden las mismas ansias de libertad y el mismo ideal solidario.
El suicidio de Koestler tiene, pues, un carácter que excede la simple disyuntiva de ser o no ser. Al igual que su compatriota Stephan Zweig, Koestler buscaó en la muerte un poco de paz para su conciencia angustiada, la misma conciencia que 50 años antes, en un pequeño hotel de Paris, lo nevó a abrir las llaves del gas con idénticos proíbios suicidas.
En aquella oportunidad, un libro que le cayó en el rostro mientras aguardaba la muerte lo salvó de perecer asfixiado. Esta vez, en Londres, Dios y la humanidad guardaron silencio.
LIBROS
roberto valero / Novelas de la Tiranía
(Hotra vez el mar, Ed. Argos Vergara, Colección el Fénice) 418, pág. 1983.
Hemos visto a la crítica oportunista acoger casi siempre muy bien a las novelas de la dictadura en América Latina, desde Tirano Banderas hasta El Otoño del Patriarca pasando por Yo El Supremo, El Recurso del Método, Oficio de Difuntos... pero ya Otra vez el mar de Reinaldo Arenas está molestando. Como siempre, Arenas arremetió contra todo, y las ronchas se levantarán en ambos lados, derechos e izquierdos, y por qué no decirlo, delante y detrás, la novela molesta, desde el punto de vista político, por los cuatro costados. ¿Qué esperaban los extraños admiradores de Fidel (24 años en el poder, 10% de la población cubana en exilio, aunque García Márquez olvidara el dato en Estocolmo - Esto es el colmo-, miles de presos políticos, etc.)? ¿Qué esperan aún? Muchas novelas contra el imperialismo, perfecto, lo aplaudo, los felicito, debemos condenar todas las explotaciones a que está sometida nuestra América, pero por favor, no crean los que ya han salido con la cantaleta de que aquí Arenas sermonea demasiado, no esperen, que este sea el último sermón, ya vendrán la cuarta y la quinta parte, el protagonista mismo dice que está politizado, que gira en torno al único tema. En un país totalitario de izquierda todo se transforma en delito político, aún así, tenemos todavía demasiados ciegos voluntarios que admiran al Gran Tirano.
Pero como Arenas es un escritor, y un ser humano, que está más allá del bien y el mal, no esperen las derechas que lo puedan poner de su parte, Héctor (como Arenas) vive dentro de un sistema asqueroso donde media el interés y la absoluta hipocresía, prefiere estrellarse en su automóvil que entrañ a La Habana para seguir la incesante función. Porvenir Arenas de un universo terrible sabe que Dios, la virgen, los ángeles,... se han ido de Cuba. ¿Acaso la iglesia (hablo en general)
ha condenado dentro de Cuba los miles de fusilamientos? ¿Acaso la iglesia visita a los prisioneros políticos? ¿Acaso...?
Por todo esto es que Arenas tiene que incomodar al burgués (descarado) que defiende a la tiranía castrista desde París, o al otro burgués (tan perjudicial como el primero) que explota a los indios de Latinoamérica. Arenas arremete contra todo tipo de control y represión, venga de donde venga, su ideal es el mar, incontrolable, eterno, hermoso, imposible de encadenar...
CONCLUSION
Otra vez el mar es una lucha exaltada porque prevalezca el triunfo de la imaginación (de la libertad). Una batalla incesante cuyas armas son las palabras, ya en los troncos de los árboles, ya en las resas de papel del abuelo, aquí y ahora (Cuba 1959-1969) el canto se imagina, no se puede pronunciar: "Rápido, rápido --exclama en el canto sexto-- porque ya están tocando la bárbara fanfarria". En esa batalla entre represión y expresión el poeta sale triunfante, pues su imaginación, su indignada memoria, su "canto", pudo ser concluido, pudo ser imaginado. El (Héctor) termina de decir y parte. Perece. Pues permanecer (que darse) es aceptar, es claudicar...
Solo al final Héctor nos revela (y se revela a sí mismo) que va solo en el auto. Es entonces, en ese último renegilón del libro cuando descubrimos que todo no fue más que una invención del personaje, que sólo el existe (por eso sólo Héctor tiene nombre propio en la novela). El marcha solo con sus fantasmas, invenciones y obsesiones, con sus transfiguraciones. El ha asumido la voz de los demás, los que no pueden ni hablar, ni pensar. "Hasta última hora la fantasía y el ritmo", nos dice, destruyéndose. Destruyéndose para poder nuevamente reaparecer (distinto y siempre el mismo) en la siguiente novela. Héctor parte pues, triunfalmente, o como el mismo dice en la última línea: "Desatado, furioso y estallando, como el mar".
CINE
ricardo oteiza / El precio de la gloria
La noche del 11 de abril, Hollywood se puso una vez más sus mejores galas para presentar, a 500 millones de telespectadores en el mundo entero, los resultados de su justicia cinematográfica. Durante estas cuatro esperadas horas el nostálgico mundillo artístico-cual nueva Cenicienta- vuelve a ser lo que en una época indiscutiblemente representó: la Meca del Cine en su versión estadounidense, es decir, la capital del Glamour, el olimpio de las estrellas. Unicamente entonces se desempolvan los viejos rituales que hicieron del suburbio de Los Angeles el soñado destino de artistas, buscadores de fortunas y aventureros personajes de las más variadas extracciónes procedentes de las cuatro esquinas del globo.
A pesar de ser el más antiguo e inirtirumpido de los eventos cinematográficos, la entrega de los Oscars nunca ha sido tomada muy en serio, especialmente por la crítica extranjera. Varios factores pueden ser causantes de ello. Primeramente, la composición de los votantes, un masivo jurado integrado por unos miles de miembros de la industria, que en muchos casos carecen del adecuado rigor intelectual. Otro elemento a considerar es la visión norteamericana del cine, más inclinada al reconocimiento de los valores comerciales y de entretenimiento que a la noción de la obra artística. En tercer lugar, pudiera tratarse de la expectacular extravagancia de la misma ceremonia,
cargada de un cierto hálito circense. Por último, debe tenerse en cuenta el historial de la academia, jalonado de decisiones injustas e imperdonables (por omisiones e inclusiones) elevadas a la fama por la misma naturaleza del concurso. Cualesquiera que sean los motivos, manifestaciones de otro tipo, como los festivales de Venecia; Cannes, Berlin, San Sebastián etc. son más respetadas por los especialistas, a pesar de no estar ausentes de notables desaciertos y ofrecer en mayor o menor medida la frivolidad que caracteriza a los Oscars de la Academia.
● La noche quedó atrás
Para nosotros, amantes del cine y salidos recientemente de Cuba, la ceremonia siempre tuvo un sabor especial: el de la fruta prohibida. Oficialmente, casi era ignorada salvo alguna que otra ligera reseña aparecida en el periódico Juventud Rebelde, con especial enfasis cuando algunos de los filmes premiaos eran de las cinematografías sociales o de realizadores afectos al castrismo, una metodología informativa que se extendió a los demás festivales de los países capitalistas. En los primeros años nos bastaba recopilar tenazmente cuanto dato al respecto llegaba a nuestras manos, a veces por las vías menos imaginables. Luego, más ambios logramos -gracias a los elevados edificios del Vedado- ser conmovidos que dadas las condiciones reinantes era de pobrésima calidad audiovisual. Sentados en torno al receptor, discutíamos nuestras propias predicciones, sufriendo o felicitándonos efusivamente cuando algo de nuestros favoritos resultaba descartado o electo, espectáculo sumamente absurdo y triste si se considera que apostábamos por películas que no habíamos visto -ni que soñábamos ver- y de las cuales solo teníamos referencias escritas. El surrealismo de esta situación puede explicarse en términos de nuestro medular rechazo al sistema, en este caso la entrega de los Oscars trascendía su limitada naturaleza para convertirse en un acto confirmativo de nuestra identidad cultural, en un gesto de rebeldía y subversión ante la pretensión oficial de negar su existencia y, por ende, la nuestra. Lo más interesante -y lógico-de este fenómeno es que ahora que residimos en este país y ya no sufrimos las presiones desinformativas de los mecanismos propagandísticos comunistas, nuestra percepción del cine norteamericano y de los Oscars ha variado notablemente. Reconocerlo así significa que en un régimen como el que se ha impuesto en Cuba, incluso el opositor, el marginado, sufre una deformación semejante pero de signo contrario a la del prosélito, en otras palabras, se desencadena una situación de polarización involuntaria e inconsciente que escapa a la más elemental objetividad.
Resulta valioso aclarar que numerosas personalidades de la industria cinematográfica se han opuesto a los festivales y otras manifestaciones con espíritu competitivo, alegando razones de carácter moral y práctico que en buena medida comparto. Sin embargo, no fue Moscú ni Karlovy-Vary como cabía esperar sino Venecia quien decidió hace unos años eliminar los premios y sólo presentar una muestra del quehacer mundial, lo que tuvo por resultado la desaparición de dicho venerable certamen hasta que promotores más flexibles y realistas instauraron nuevamente el sistema anterior pues mejor un festival imperfecto que ninguno.
● El veredicto
Siendo cualquier selección problemática, apenas sorprenden los controvers resultados de esta 55ª edición. Gandhi, el filme inglés de Richard Attemborough, barrió con las principales codiciadas preseas: película, director, actor, guión original, fotografía, edición, vestuario y dirección artística, ocho en total. Hollywood, creyendo combatir su propia fama, votó "serio" eligiendo la biografía épica del pacifista hindu, tema muy aceptable en estos momentos de amenaza de holocausto nuclear. Indiscutiblemente es un filme meritorio (su realizador trabajó en el
proyecto durante 20 años), de lograda calidad técnica que como es de rigor en el género exalta las virtudes del héroe ignorando o maquillando discretamente ciertos aspectos de su filosofía no muy aceptables para el mundo occidental. No soy muy afecto a las películas históricas salvo contadas excepciones entre las que no está incluida Gandhi, que me pareció grandilocuente, ególatra y friamente humanista, sin nada nuevo que mostrar al público tanto formal como temáticomente. A la injuria se añade el insulto cuando pensamos en E.T. (The Extra Terrestrial) de Steven Spieleg, la maravillosa saga que ha hecho las delicias de espectadores y críticos y a la que la Academia otorgó como consuelo -cubriéndose de ridículo- cuatro Oscars menores: partitura original, sonido, efectos especiales visuales y sonoros. Tal parece que los millones de dólares recaudados y la popularidad de E.T. se volvieron contra sus propios productores al pensar el jurado erróneamente que solo se trata de un trivial entretenimiento para niños sin analizar su profundo mensaje y sus destacados valores artísticos y técnicos.
Seguramente que Spielberg -el joven que le ha dado una nueva dignidad a Hollywood y que con sus filmes ha roto todos los récords de taquilla-habrá tenido que contestarse algunas amargas preguntas al terminar la noche.
Otras víctimas, no tan discutibles, de Gandhi fueron Dustin Hoffman (Tootsie) y Paul Newman (The veredict) en la categoría de actor principal. Entre las estatuillas aseguradas estaban las de Meryl Streep (Sophie's choice) y la de Lou Gosset Jr. (An officer and a gentleman) como actriz principal y actor secundario respectivamente. La selección más desconfiable y pintoresca de la Academia habitualmente ha sido la del filme extranjero, esta vez Esa paña con Volver a empezar fue la ganadora en un lote, como siempre, de películas desconocidas, apenas distribuidas en el país. El Oscar más burlón de 1983 fue el de edición, otorgado a Gandhi, una película de mastodontica duración, ignorando valiosos trabajos de montaje, esencialmente, Deadmen don't wear plaid. Por otra parte, todavía me pregunto los méritos de un Mickey Rooney para atesorar en su casa una de las doradas estatuillas. Hablar de los nominados que merecieron ser ganadores o de aquellos que ni siquiera fueron nombrados habría este trabajo interminable.
Por último y para colmo de males, la entrega como producción televisiva fue una catástrofe técnica y de programación. La peregrina idea de cuatro animadores le dio un ritmo descosido cargado de situaciones embarazosas resueltas por Liza Minnelli, Dudley Moore, Richard Pryor y Walter Matthau, con mayor o menor profesionalismo. Nada graciasas resultaron las dificultades de Kristy Mc Nichol y Matt Dillon para pronunciar ciertos nombres. Tampoco pareció adecuado el largo número de Peter Allen que, por cierto, parece haberse convertido erróneamente- en un hombre-orquesta. Comprendo el orgullo de sentirse honrado con un Oscar, pero no me parece motivo suficiente para esos prolongados discursos rezumando satisfacción y autosuficiencia que tuvimos que sufrir de algunos de los galardones.
La mayoría de estos inconvenientes son facilmente superables y se puede aspirar a un espectáculo de mejor calidad y mayor coherencia que dignifique los premios de la Academia, ciertamente polémicos, pero representativos de un modo particular y legítimo de interpretar el cine que debe ser objeto de nuestra consideración y análisis.
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Luis Fernández Sosa
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