TÉRMINO
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US POSTAGE PAID
PERM. No.6157
CINNATI, OHIO
LITERARY BILINGUAL PUBLICATION/PUBLICACION LITÉRARIA BILINGUE
EDITORES/PUBLISHERS: ROBERTO MADRIGAL ECAY Y MANUEL F. BALLAGAS. CONSEJO EDITORIAL/EDITORIAL BOARD: ORLANDO ALOMA, ESTEBAN CARDENAS, RICARDO OTEIZA Y JORGE POSADA. PORTADA/COVER: EDUARDO GÓMEZ
EL MAR SE ACABA
... EN NOSOTROS
JOSE MARTI
REINALDO ARENAS * ROBERT LIMA * GUSTAVO PEREZ FIRMAT * CARLOS VICTORIA
CHANDLER BROSSARD * GARY ERB * JORGE FEBLES * ROBERTO FERNANDEZ * DANIEL FREIDEMBERG
BETTY R GOMEZ LANCE * EDUARDO GOMEZ * JORGE GUITART * ARTHUR M KNIGHT * ANTONIO LANDAURO
ALFREDO LEISECA * ROGELIO LLOPIS FUENTES * ROBERTO MADRIGAL ECAY * JORGE POSADA
ALBERTO RIOS * PHILIP ST. CLAIR
US $1.50
VOL. 1 N° 4
SUMMER/VERANO
1983
TÉRMINO
REINALDO ARENAS: (1943) A top figure in the contemporary Cuban letters. His works have been translated to several languages. Currently living and writing in New York City.
CHANDLER BROSSARD: American writer who lives in New York City.
GARY ERB: American poet. Now living and studying in Boulder, Colorado.
JORGE FEBLES: (1947) Cuban critic and fiction writer who is living in the U.S. since 1961. He teaches Hispanic Literature at Western Michigan University.
ROBERTO FERNÁNDEZ: (1948) Cuban short-story writer. He has published several books. Currently teaching at Florida State University.
DANIEL FREIDEMBERG: (1945) Argentinian poet. His works have been published in several magazines and anthologies.
BETTY RITA GÓMEZ LANCE: Costa Rican scholar, poet and fiction writer. She is teaching Hispanic Literature at Kalamazoo College.
EDUARDO GÓMEZ: (1955) Cuban poet and plastic artist. He came to the U.S. in 1980 and is now living in Los Angeles.
JORGE GUITART: (1937) Cuban poet, editor and linguist. He edits Terra Poetica magazine and teaches at the State University of New York at Buffalo.
ARTHUR WINFIELD KNIGHT: American poet and editor who lives in California, Pennsylvania.
ANTONIO LANDAURO: (1954) Chilean writer. He won the “Pablo Neruda” award in 1982. Now living in Miami.
ALFREDO LEISECA: (1943) Cuban writer. He has published in several American magazines. He is living in Miami.
ROBERT LIMA: Cuban born poet, editor, literary critic and translator. He has published critical studies, essays and poetry books since 1962. He teaches at Penn State University and does lectures and poetry readings through the Pennsylvania Humanities Council.
ROGELIO LLOPIS FUENTES: (1926) Cuban fiction writer and essayist. He has published five books and contributes in several literary magazines. He resides in Cincinnati.
JOE MALONE: American writer and translator. He has published in many American magazines. He translated 'the Marti's poem we are featuring here.
JOSÉ MARTÍ: (1853-1895) From the great poet and Apostle of the Cuban independence, we feature a new English rendition of his poem “Dwarf Potentate”.
GUSTAVO PÉREZ FIRMAT: Cuban poet. He recently won the poetry award in the Mariel Arts Festival in Miami. He teaches at Duke University.
JORGE POSADA: (1947) Cuban fiction writer and movie critic. He is a frequent contributor in Linden Lane Magazine. He resides in Elizabeth, New Jersey.
ALBERTO RIOS: American poet. He won the 1981 Walt Whitman award. He lives in Chandler, Arizona.
JOHN OLIVER SIMON: American poet and translator. He has published twelve books of poetry. He resides in Berkeley, California.
PHILIP ST. CLAIR: (1941) American writer of Natural History and Native American Studies. He is currently teaching Creative Writing at Bowling Green University.
CARLOS VICTORIA: (1950) Cuban writer who came to the U.S. in 1980 and has been living in Miami ever since.
JUAN BOZA: Cuban painter, engraver and designer. He recently obtained the Cintas grant. He is residing in Brooklyn.
VICTOR DEL PINO: (1950) Cuban graphic artist currently living in Miami.
REINALDO ARENAS: (1943) Una de las figuras cimeras de las letras cubanas contemporáneas. Su obra se ha traducido a varios idiomas. Reside y escribe en New York.
CHANDLER BROSSARD: Escritor norteamericano que reside en New York.
GARY ERB: Poeta norteamericano. Reside y estudia en Boulder, Colorado.
JORGE FEBLES: (1947) Narrador y crítico cubano que vive en los E.U. desde 1961. Enseña literatura hispánica en Western Michigan University.
ROBERTO FERNÁNDEZ: (1948) Cuentista cubano. Ha publicado varios libros. Es profesor en Florida State University.
DANIEL FREIDEMBERG: (1945) Poeta argentino. Su obra ha aparecido en varias revistas y antologías.
BETTY RITA GÓMEZ LANCE: Poetisa, cuentista y profesora costarricense. Enseña literatura hispana en Kalamazoo College.
EDUARDO GÓMEZ: (1955) Poeta y artista plástico cubano. Llegó a los E.U. en 1980 y reside en Los Angeles.
JORGE GUITART: (1937) Poeta, editor y lingüista cubano. Dirige la revista Terra Poetica y enseña en la Universidad del Estado de Nueva York en Buffalo.
ARTHUR WINFIELD KNIGHT: Poeta y editor norteamericano que reside en California, Pennsylvania.
ANTONIO LANDAURO: (1954) Escritor chileno. Ganador del premio “Pablo Neruda” en 1982. Actualmente reside en Miami.
ALFREDO LEISECA: (1943) Escritor cubano. Ha publicado en varias revistas norteamericanas. Reside en Miami.
ROBERT LIMA: Poeta, editor, crítico literario y traductor de origen cubano. Ha publicado trabajos críticos, ensayos y libros de poesía desde 1962. Es profesor en Penn State University y ofrece conferencias y lecturas de poemas organizadas por el Pennsylvania Humanities Council.
ROGELIO LLOPIS FUENTES: (1926) Narrador y ensayista cubano. Ha publicado cinco libros y colabora en varias revistas literarias. Reside en Cincinnati.
JOE MALONE: Escritor y traductor norteamericano. Ha publicado poesías, traducciones y ensayos en varias revistas. Tradujo el poema de Martí que aquí presentamos.
JOSÉ MARTÍ: (1853-1895) Del gran poeta y Apóstol de la independencia de Cuba publicamos una nueva version inglesa de su poema “El Principe Enano”.
GUSTAVO PÉREZ FIRMAT: Poeta cubano que obtuvo recientemente el premio de poesía en el Festival de las Artes del Mariel, en Miami. Es profesor en Duke University.
JORGE POSADA: (1947) Narrador y crítico de cine, cubano. Colabora frecuentemente en Linden Lane Magazine. Reside en Elizabeth, New Jersey.
ALBERTO RIOS: Poeta norteamericano. Ganó el premio Walt Whitman en 1981. Vive en Chandler, Arizona.
JOHN OLIVER SIMON: Poeta y traductor norteamericano. Ha publicado doce libros de poemas. Reside en Berkeley, California.
PHILIP ST. CLAIR: (1941) Escritor e indigenista norteamericano. Enseña en la Universidad de Bowling Green, Ohio.
CARLOS VICTORIA: (1950) Escritor cubano que llegó a los E.U. en 1980 y desde entonces reside en Miami.
JUAN BOZA: Pintor, grabador y diseñador cubano. Recientemente obtuvo la Beca Cintas. Reside en Brooklyn.
VICTOR DEL PINO: (1950) Artista gráfico cubano que reside en Miami.
En esta página editorial, Término publicará algunas de las cartas dirigidas a los editores, las cuales no coinciden necesariamente con sus opiniones ni son representativas de nuestra linea editorial.
In this editorial page, Término will publish selected letters addressed to its editors. Those letters are not necessarily coincidental nor representatives of our editorial policy.
Deseo agradecerle en la sección “Ideas” su homenaje y meditación en torno a la muerte de Arthur Koestler -trágica muerte, como tantas- y tan justo el título simbólico: “En memoria de Casandra”.
Es esa “Casandra” que inspiró, hace ya cuarenta años, a nuestro Gastón Baquero un poema extenso y memorable en toda la poesía del Caribe: “Tierra de los argivos sorda tierra de argivos / Caida encima de tus huesos volada por tus llamas / A las piederas perdidas a las nubes que greden / Deténlas recobrándote bajo tu arma”. Así empieza y Ud. -aunque muy joven- debe recordarlo.
El suicidio de Arthur Koestler me encontró en San José de Costa Rica, en medio del polvorín centroamericano, donde he estado casi este último medio año. No obstante que Costa Rica es una pequeña isla democrática en medio de una zona continental de altas tensiones o de alta temperatura donde tirios y troyanos quieren dirimir sus diferencias ideológicas y ensayar -un poco de pasadasus armas, leí la noticia del suicidio de Koestler en una nota de alguna agencia de prensa, internacional, breve, desabrida y un tanto mezquina. Creo que así han de morir los profetas, pero en todo caso la incomprensión, la apatía y lo retacero de la nota sobre Koestler, me dolió el tono como lector y admirador de Arthur Koestler desde que estaba en Cuba- le hablo, entonces, de antes del final del segundo año de la Revolución Cubana, que fue traicionada en sus principios, en sus acciones y en sus programas.
Su “En memoria de Casandra” es lo primero que leo, justo, noble, aleccionador, en torno a un gran profeta de este tiempo nuestro excesivamente convulsionado. Imagino que deben haber aparecido otras notas, otros artículos, pero no los conozco. Ya le he dicho que vengo llegando de un planeta extraño.
Me ha emocionado su cita de Dostoyevski, y que viene como anillo al dedo a este testimoniador de nuestro tiempo que pensó y escribió con una lucidez profética. Hermano, en este siglo a las puertas del Tercer Milenio, de Jeremías y Casandra, usted ha encontrado para Koestler esas dos compañías memorables, en el tiempo.
Ya Martí nos había adelantado el drama de aquel que, con plena lucidez, se anticipa a denunciar lo que otros todavía no ven. Creo que Koestler fue un testimonio que supo sacar inteligentes conclusiones a lo que vió y experimentó y que aquella experiencia se hizo meditación y conciencia como otro grande -André Malraux- quería.
El mundo occidental sabe cada vez más cómo construir armamentos sofisticados, pero no sabe cómo detener el Caballo de Troya, que es la guerra psicológica contra el mundo no marxista-leninista-stalinista, y el Caballo gana batallas en las mentes. Cuando las mentes de Occidente estén conquistadas, caerá Occidente igual que cayó Cuba.
Ha hecho bien Ud. al recordarnos las conferencias de Koestler en la primavera de 1948, en las universidades norteamericanas, mientras los “liberales” norteamericanos veían en Stalin al bonachón aliado en la última contienda -en la que fue, finalmente, y pragmáticomente, el vencedor.
Los tres últimos párrafos de su interesante y evocador artículo sobre Koestler son particularmente valiosos, aleccionadores, meditativos. Quisiera rogar a los despiertos lectores de “Término”, que no dejarán de relegarlos y de comentarlos.
He vuelto a leer, por mi parte, el importante ensayo de Albert Einstein, aparecido el 8 de diciembre de 1933 en la revista “Liberty” con el título de “Por qué la civilización no va a derrumbarse”, y ha vuelto a repasar las primeras páginas de especie de testamento vivo de C. G. Jung “Presente y Futuro”, que editara “Sur” de Buenos Aires en 1957, y donde Jung empieza a interrogarse que sería de nuestra cultura, del hombre, en fin, si Europa se hundiera en las tinieblas espirituales y morales del absolutismo del Estado.
La humanidad ha avanzado, demasiado rápido en su ciencia y en su técnica, mientras no ha avanzado nada -y más bien ha retrocedido- en el cultivo de los valores éticos, en el desarrollo social- y en la moral social.
Es acertado lo que Ud. ha escrito: “La política parece haber sustituido en estos tiempos a la religión como fuente generadora de guerras e intolerancia”. El marxismo -en la Era post-atómica- se ha convertido en una religión laica, intolerante y dogmática. Si Marx volviera se quedaría asombrado, pues en una de sus páginas -muy citadas- dijo que él no quería ser marxista. Sus intérpretes dogmáticos, autoritarios y delitantes, hicieron una religión de lo que sólo era una teoría económica. El aparato piramidal del Estado/Total -lo mismo en la URSS que en sus satélites- hizo lo demás, mientras con ingenuidad, los conductores del mundo no marxista-leninista-staliniano se preguntaban que ocurría, y continuan preguntándose.
Antes de despedirme quiero decir mi ahesión a los ghettos donde la cultura cubana del exilio trabaja con valor e inteligencia, sensibilidad y lucidez —”Linden Lane”, “Término”, “Unveiling Cuba”, “La Oveja Negra” y “Mariel”— Pienso-dadas las circunstancias planetarias actuales- que desde esos y otros “ghettos” y catacumbas en el mundo, saldrá un nuevo humanismo para la creación literaria y artística, en la Era electrónica.
Un abrazo desde la Sierra de Guadarrama, España.
Alberto Baeza Flores
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roberto g. fernández / El Aram
El paisaje de El Aram era tal como me lo habían descrito cientos de veces. Las colinas yermas, las montañas desnudas, las nubes secas y los valles grises. Nunca había creído que las nubes fueran secas. Pese a mi escepticismo lo había comprobado. Continué vagando o caminando. Pasó un labriego y me preguntó cómo se iba a Tiro. Le expliqué exactamente cómo. Incluso lo orienté para que tomara un atajo. Era mi primer viaje a El Aram.
Conocía todos sus rincones y parajes, a pesar que muchas generaciones nos separaban y nos unían a la vez. Nunca lo olvides. Me habían dicho. No importa cuando regreses. Cuando llegues nada te parecerá extraño. Tú eres de allá también. Es tu pueblo. Trabajan por algo que aquí no hay. Trabajan duro pero contentos. Por la tarde, se reúnen se abrazan, miran al cielo y ofrecen sacrificios. Sus mejores ovejas... luego, beben miel. Segui mi recorrido rumbo al pueblito, bebiendo miel.
***
¿A qué distancia está Santa Cruz? —pregunté—
¿Santa Cruz?
No debe quedar a más de seis kilómetros de aquí.
No sé.
Pero es que no debe quedar ni a seis kilómetros.
No sé, pero quizás Zorobabel le pueda ayudar.
Sí, señor. Santa Cruz quedaba a unos seis kilómetros de aquí.
Hará unos 60 años que la trasladaron. Fue durante la última cruzada. Santa Cruz estaba en el valle, indefensa contra los ataques de los cruzados. Godofredo, la arrasó dos veces. Entonces, toda la vuelta a la sierra, unos 80 kilómetros. Pero tome algo antes de seguir. No será fácil subir la cuesta.
***
Proseguí por el camino de polvo, ascendiendo. Por fin, después de dos días la divisé. Estaba en un valle verde, en la cima del centro de la cordillera. Pasé por frente a la muralla y pregunté por la Puerta de Zebullón. (De la Puerta de Zebullón a la casa, habría veinte codos.) Todos me miraron y se sonrieron.
—La Puerta de Zebullón?
—Sí, La Puerta de Zebullón.
—La única puerta que hay aquí es la de La Vicaria.
—¿Y las de Hamán y la de Susa?...
Me quedé algo turbado. Solo atiné a murar varias veces: ¿Y la de Hamán y la de Susa? Entré a Santa Cruz. El templo fue lo único que me recordó que sí estaba allí. Se encontraba en el mismo medio de la villa —cien codos de alto quinientos de ancho, en forma triangular—. Seguí divagando por el villorio. Tratando de buscar una pista de la casa. Recordé varias veces: “La casa está a veinte codos de la Puerta de Zebullón.” Pero nadie mencionó a cuántos del templo.
***
Decidí entrar en el santuario. Las columnas no eran de zafiro ni los capiteles de oro. El altar n era de mármol. Todo el interior estaba hecho de adobe.
—Perdone… pero ¿se perdió mucho cuando se trasladó al templo?
—No señor. Se trasladó integro. Se tuvo mucho cuidado.
—¿Y el arca?
—Ya no se usa el arca. Ahora usamos una cesta de mimbre.
—Sabrá Ud. dónde queda la casa del Xuacón?
—No señor.
Esa noche llovió mucho. Amaneció todo despejado. La tierra estaba satisfecha.
***
—Usted es forastero?
—No!
—Pero nunca lo he visto por aquí. ¿Es cruzado?
—No. Soy de los Xuacones.
—Imposible. Todos murieron decapitados por Godofredo. Se negaron a aceptar su religión. Si quiere llevar al cementerio para que lo vea. Yo no les conocí. Pero he oído los cuentos de los antiguos.
Permaneció largo rato contemplando las tumbas.
—Ud. sabe, ellos fueron los primeros en oponerse al arca de mimbre.
—Dígame, ¿de dónde viene Ud.? ¿De Cintia?
—No. De Opelika.
—De Opelika?
No le expliqué nada más. Le di las gracias y busqué afanosamente algún rastro que me llevara a la casa. Recordé el verso que me había aprendido de niño. Concluía con el movimiento de una losa, y una visión de todos los Xuacones, los vivos, los muertos y los futuros.
***
Fue inútil la búsqueda. Esa noche comenzaría la celebración. Me emocioné recordando a los de Opelika. Sin duda, hoy aquí se bebería miel de nardos y se sacrificarian las mejores ovejas. Después bailarián el merengue y tirarían las fichas.
Me vestí de gala con la túnica azul y el pañuelo rojo. Salí en dirección al templo. Entré. Me senté. Al cabo de un rato, me alarmé. Nadie venía. Por fin, alguien gritó: “Salga que la fiesta va a comenzar.” El pueblo se estaba reuniendo fuera de las murallas, alrededor de la carpa de unos gitanos que tragaban puñales, escupían fuego y bailaban la cuerda floja. El pueblo embobado les entregaba sus mejores ovejas. Mientras gritaban más, más. Poco después, se bailó una zarabanda y se rompieron las fichas. Todos vestían túnica gris y pañuelo amarillo… Esa tarde, emprendí el arduo regreso. Llovió torrencialmente, floreció la yerba y las montañas se cubrieron.
***
Eres el único que ha logrado encontrar la ruta a Santa Cruz.
—Cómo es en realidad?
—El paisaje es aspero hermoso. Las colinas son yermas, las montañas desnudas y las nubes son secas. La Puerta de Zebullón queda a veinte codos de la casa de los Xuacones. Godofredo trató de saquearla seis veces, pero el pueblo se defendió de tal forma que su ejército se retiró a la desbandada. El arca está en el centro del templo y es de marfil puro. No sólo hay columnas de zafiro con capiteles de oro, sino que también de rubí, esmeralda y diamante. El templo es triangular...
—Y la casa?
—La casa es señorial, casi palaciega. En seguida me reconocieron. Me festejaron toda la noche y por seis días después. Rodé la losa y vi a todos los Xuacones vivos y muertos. Los vi a ustedes también, y a sus hijos y a los hijos de sus hijos...
—Por la noche, me emocioné mucho. Todos se vistieron con túnica azul y pañuelo rojo. Se dirigieron hacia el templo. Miraron al cielo y sacrificaron sus mejores ovejas. Después bailaron el merengue y tiraron las fichas. ¿Esa noche hasta salió el sol!
—Y cómo podemos llegar hasta Santa Cruz?
—Algo ocurrió. En el viaje, al cruzar el mar, perdí la carta que dejó el primer Xuacón de Opelika. Pero no se preocupen. Ellos prometieron venir. Tienen la carta que les dejé para llegar a Opelika.
carlos victoria / El Abrigo
a Esteban Cárdenas
oquillo me regaló un abrigo en el mes de diciembre, el primer día de frío del año 71. Era un abrigo checo negro y azul, no desprovisto de elegancia. Me lo mandó con el chino Vergara al edificio de Tercera y F, mientras la llovizna y el amago del invierno cubano tocaban a las puertas maltratadas de mi albergue de estudiante.
Este abrigo era su ofrenda para nuestra reconciliación, por así decirlo; su gesto de lealtad, su petición, su aporte. Me lo probé varias veces frente al espejo del baño, y a mi lado un vietnamita me le celebró en su balbuceante español, que sonaba como extraído de un instrumento de cuerda, y no de la boca de un joven asiático, de rasgos amables y expresiva sonrisa.
Calculé por unos instantes los meses que se aproximaban, el derecho a abrigo de mi tarjeta de abastecimiento vendido por quince pesos en un momento de ofuscación, el vinyl agradable al tacto y a la vista, y decidí aceptar el regalo, lo que significaba también el perdón y el olvido del agravio que me había distanciado del Loquillo. Porque aceptar es olvidar y perdonar, según los convenionalismos del mundo, aunque la historia de la raza humana nos enseña una lección muy distinta.
Tres meses antes, el Loquillo me había llevado a conocer a un jovencito musicómano, cuyo padre trabajaba en el Ministerio de Relaciones Exteriores, y que contaba en su extraordinaria colección con cinco long playings de los Beatles, dos de Blood, Sweat & Tears, y el clásico In a gadda-davida de Iron Butterfly. Como la tarde era calurosa en el Vedado de finales de Septiembre, el hijo de dirigente sacó el tocadiscos a una especie de terraza (vivía en una de esas casas de dos plantas que aún dejaban adivinar el esplendor un tanto ridículo de la burguesía habanera de décadas pasadas, más tarde sofocada por ambiciones, negligencias y revolución), y mientras paladéabamos con lentitud una limonada casera, pródiga en azúcar, los acordes de una de las melodias más largas de la historia del Pop nos envolvía con su extraña sugestividad, como un olor penetrante o una nube. El dueño de los discos no dejaba de mirarme, buscando aprobación y admiración para su tesoro, y el Loquillo llevaba afanosamente el ritmo de la batería sobre sus rodillas, donde la tela del pitua adelgazaba. El tatuaje de su mano derecha “María”, en letras gruesas e irregulares- se contraía y dilataba de una forma curiosa, ofreciéndole al nombre de mujer una cualidad singular, la irreverencia.
Terminada la sesión con los Mariposa de Hie-
ro, el Loquillo pidió con su desenfado habitual un poco más de limonada, o en su defecto, un simple vaso de agua. Es cierto que el calor justificaba el pedido. Todas las axilas estaban empapadas, y en la cara naturalmente roja del Loquillo el sudor colocaba una máscara de pequeñas gotas. El anfitión se dejó convencer con facilidad. Después de haberse cerciorado de que la segunda cara del Rubber Soul se oía como era debido -las guitarras de It's only love conmovían al más indiferente- se dirigió al interior de la casa para satisfacer la sed del invitado. La escena siguiente ocurrió con una rapidez increíble. El Loquillo se acercó a la mesita donde se apilaban los discos, se los puso con desenvoltura debajo del brazo, y atravesando en dos pasos la terraza saltó del muro a la calle, sin hacer el menor gesto de despedida. La altura era considerable, pero algunas personas parecen tener los huesos hechos de plástico. Tuvo al menos la delicadeza de dejar sobre el plato el disco que se escuchaba en ese instante, tal vez por consideración a mi presencia, si se pueden invocar tales términos en un caso semejante.
Al regreso del muchacho mi cara perpleja lo iluminaba todo. Es notable como a veces las caras cuentan y dicen cosas, relatan sucesos, se extravían, piden perdón. El mapa del rostro, aunque a veces engañoso, no deja de ser un instrumento eficaz en el conocimiento de las circunstancias. O por lo menos en el enriquecimiento de ellas, si se quiere. Pero este adolescente no había aprendido todavía a descifrar por completo esa sutil lectura: su juventud, su inexperiencia, su fogo-sidad se lo impedían, y yo no podía culparlo del todo.
—Se fue -sólo atiné a decir, y añadí innecesariamente- Con los discos.
Y los suaves compases de Michelle, me belle, sont les mots qui vont tres bien ensemble, porque los Beatles habían llegado a cantar en francés en un momento de especial elocuencia, sirvió de fondo a expresiones tan feas como maricón, tú también tienes la culpa, ese hijo de puta, no te mue-
puerquito de pocos días de nacido, cuyos chillidos impregnaban el aire de una extraña violencia-osentando con satisfacción mi envoltorio extranjero, el flamante abrigo checo, que no delataba las angustias del viaje. No hay duda de que la buena ropa resta timidez y brinda aplomo, seguridad en sí mismo.
Sólo meses después supe que este abrigo pertenecia a una destacada figura de las nuevas letras cubanas, en cuya casa el Loquillo había logrado penetrar a fuerza de atrevimiento y maña, sin dejar de incluir la clásica pata de cabra. El abrigo era en parte el fruto de dos libros de cuentos y una novela, señalados por la policía política como “la Literatura que la Revolución necesita”. Su autor fue premiado con viaje a los países socialistas, y bajo los famosos relojes de Praga decidió que los escritores también necesitan ropa de invierno, aún cuando estén condenados a vivir en el trópico. Nada puede objetarse a tal razonamiento, a no ser el miedo al robo. Y al final los temores terminan por imponerse, y las pesadillas entran por la ventana con la forma de un muchacho irresponsable y disparado. Eso sí, con cierta dosis de generosidad: yo era una prueba de ello.
anunció que un tren se había descarrilado a pocos kilómetros de allí, y que debiamos esperar a que la vía estuviera libre para continuar el viaje. La madrugada era fría y bajé a comprar algo de comer o tomar en una cafetería cercana, en lo que resultó ser un acto de ingenuidad de mi parte; el mulato detrás del mostracor me aclaró que ni siquiera el agua era potable. Al cruzar de nuevo el andén una mujer sentada en un banco me preguntó mi nombre, con esa sencillez que sólo tienen los orientales. Me dijo que yo le recordaba a su hermano menor, que cumplía el Servicio Militar en Pinar del Río. Era una mujer atractiva, sin llegar a ser hermosa, y me confesó que en sus treinta años de vida jamás había visitado La Habana. Me enseñó una foto del hermano, que no se me parecía en lo absoluto, aunque no quise contradecirla. Terminamos besándonos con rapidez en el interior de un coche vacío, pero el romance no llegó más lejos porque ella esperaba el tren para Guántánamo, y se mostraba inquieta y preocupada. Tampoco creo que yo le gustara demasiado; en el fondo pensé que le habia llamado la atención el abrigo, porque en toda Cuba no era posible encontrar otro igual, y esperé que me lo pidiera al despedirnos. Pero al fin no lo hizo. Nos dimos unos besos apresurados y torpes, que me dejaron una impresión extraña.. Creo que se llamaba Marta, pero he olvidado por completo su cara.
Dos años más tarde, ya expulsado de la Universidad, y convertido por obra y gracia de la circunstancia en obrero de un plan forestal de Camagüey, es decir, un chapeador de potreros, un paleador de tierra, -y lo que es más, en un profesional de la amargura y los tragos solitarios, lo que algunos llaman con simpatía o desprecio un caso perdido, un curda-, me reponía del estropeo de un día de trabajo sazonado con aguardiante bajo el techo de zinc de mi cuarto, cuando tocaron con vigor a la puerta. El reloj marcaba las tres de la mañana. La figura del Loquillo, pues era él el visitante nocturno, me pareció el producto de un sueño pesado, las consecuencias del exceso de alcohol, o tal ver
do a expresiones tan feas como maricón, tú también tienes la culpa, ese hijo de puta, no te muevas, voy a llamar a la policía.
Y aunque la sangre no llegó al río, y mi explosión verbal terminó por convencerlo de mi inocencia, aquella tarde musical terminó en el sucio arroyo de los días habaneros: el hastío y la humillación me extendieron de nuevo su engorroso abrazo. Y al regresar a la beca, sudoroso y cansado, juré que no le volvería a mirar la cara al Loquillo.
Pero ahora estaba el abrigo, una prenda realmente tentadora, tendiendo un puente entre mi dignidad y mi miseria. El día que llegue a escribirse la verdadera historia de la Cuba revolucionaria -si es posible tal empresa- la portada del libro debe mostrar a Esaú frente al plato de lentejas.
Las vacaciones de fin de año llegaron con su promesa de una breve alegría, y como un joven peregrino crucé la bahía de Casablanca, tomé el trencito de Hershey en pleno mediodía, y llegué a Matanzas casi al atardecer, con la esperanza de poder montar en el tren central cuando atravesara ese puerto, pues en La Habana estaba prohibido a los pasajeros sin asiento subir a los vagones, y los bolletos habían sido vendidos con dos meses de anticipción. Una marejada humana esperaba llegada del tren esa estación de principios de siglo. Pero el tren no pasó en toda la noche, para decepción de los viajeros. Yo dormí recostado a mi mochila, más que recostado, fuertemente agarrado a ella, porque dentro estaban mis libros, mis papeles, mis dos únicas mudas de ropa, y también el abrigo, que un bochornoso calor navideño me había impedido llevar sobre el cuerpo, como era mi secreto deseo. Todas las cosas tienen su tiempo, recordaba, porque la Biblia ilustra con claridad y certeza nuestras más íntimas vehemencias. Dos días más tarde llegué a Camagüey, cargado de ingratos olores y un hambre de perro; pero al menos la naturaleza se mostró generosa y me concedió un clima húmedo y casi, casi frío. Bajé por una ventanilla del vagón -la puerta y el pasillo estaban bloqueados por personas, cajas, maletas, sacos y aún un
El invierno siguiente me sorprendió en una aventura amorosa en los hondos pinares que rodean a Santiago de Cuba; para ser más exacto, en un bajío cerca de la carretera del Morro. Era tarde en la noche y yo regresaba con mi pareja de una fiesta en San Pedro del Mar, y el deseo de estar juntos fue tanpremiante que tendimos el abrigo sobre la hierba húmeda. La memoria se aferra a escenas como ésa, al brillo de las estrellas entre las ramas, al olor de las hojas en la tierra, a la frialdad del aire que prolonga el calor de los abrazos. Las hormigas invadieron los bolsillos y el cuello de la prenda viajera, y la ciudad de Praga quedó seultada por los insectos y la humedad. Pero la luz del día devolvió al abrigo su forma original. Revestido de una aparente indiferencia, a la que contribuía el corte moderno de mi única pertenencia europea, abandoné Santiago a la noche siguiente, y la mano que estreché con tibieza en el andén nunca más volvió a estar entre las mías.
Recuerdo que en la estación de San Luis, casi a las dos de la mañana, el recogedor de boletos no, me pareció el producto de un sueño pesado, las consecuencias del exceso de alcohol, o tal vez un giro improvisto de mi fantasía. Pasó algún tiempo antes de que pudiera comprender sus palabras. Decía:
—Perdónname que te moleste a esta hora, me da una pena del carajo, pero vengo de Holguín y al pasar por aquí me bajé para pedirte el abrigo. Me tengo que ir en el tren de las cinco de la mañana.
—Esto es increíble, Loquillo -comencé a decir, pero me interrumpió de inmediato.
—Yo sé que es un regalo, yo sé que es tuyo. Pero me hace falta para una envolvencia, es nada más que un tape, yo te lo traigo apenas que cuadre la caja. Es un asunto con Kico, ese maricón de Holguín que dicen que es chivato...
—No me expliques nada. Déjame búscarte el abrigo, y de paso te voy a acompañar hasta el ferrocarril.
—Viejo, tú eres completo, tú eres un tipo completo- me repitió como mil veces por el camino, mientras una neblina espesa cubría las calles adoquinadas. El calor del día ya se anunciaba por medio de aquel humo, y los faroles parecían señales de otro mundo, luces de Yara, en el turbio silencio de la ciudad solitaria.
Ya en el andén, en actitud de despedida, pensé que el abrigo siempre estaría asociado en mis recuerdos a los trenes, al paso incesante de la juventud por los rieles, a las horas desplazadas a través de provincias, de paisajes entrevistos en el aire cargado de los coches. Cargado de aliento, de voces exasperadas y de sencilla comedia, de inofensiva trama.
El Loquillo tuvo a bien ponérselo en la escalerilla de hierro, y su cabello rubio resaltaba sobre el azul y negro de vinyl, un poco empercudido por el uso. Cuando el tren se puso en marcha me gritó:
—El año que viene te lo traigo!
Y así es abrigo quedó integrado al destino incierto de los objetos, sobre los que tejemos, a veces de forma exagerada, el ropaje misterioso de la vida.
TERMINO, SUMMER/VERANO-1983, Page 5
chandler brossard / Closing the Gap
Gravediggers cannot be expected to have style. Nor is it reasonable, when all is said and done, to ask of them that they be bilingual. Should they, however, keep a civil tongue in their head? Does their profession require a modicum of decency? Ticklish question.
Try this. "Hello down there!" you may shout. "How do you feel about stiffs?"
"Same way you feel about bum steers," he may indeed reply.
Or if the gravediggers is a woman, she may answer, "I don't know. I didn't go to college."
Vis a vis decency...
"I don't mean to expose you to charges of favoritism," you might say, squatting there on the edge of the steaming, fresh smelling new hole," but I would very much appreciate your being gentle, when the time comes, of course, with the deceased, in the, uh, casket to be sure. You see, she was a very dear friend of mine, a woman of many parts, and her sudden and untimely...
"What goes on down here is strictly between me and this shovel. Whether that fits in with your plans is of no interest to me."
What is he referring to?
Ins't it about time we laid down some guidelines for intimacy? Is it unreasonable to suggest that intimacy be required to account for itself? There are those among us who feel that it should have a strong sense of the past. These people argue that in no way is this interchangeable with nostalgia. They say that nostalgia is a cover-up.
Intimacy has friends in high places. It would like to rule the roost, but we're not going to let it. In all too many circumstances, it has carte blanche. On more than one occasion, it has refused to pay the piper.
Up in the mysterious north, a disease-resistant strain of it is developing. Frankly, this no cause for rejoicing.
We must start somewhere. Time is running out, as usual. First, victims of intimacy must be reinstated. Second, we must keep it from our children, no matter what the price!
Poachers... The poacher and free will? You're barking up the wrong tree.
"Poach or be poached!" is their rallying cry, and only a trouble maker would gain say it. But gainsaid it's been, by waistcoated squires and the like. Who say it's a recruiting cry, who say it's a unionizing cry.
"They simply cannot let well enough alone," says the mistress of the manor from her parapet.
Poachers can be just like anybody else, when the moment is upon them:
"You sure make a fine squirrel stew, Mother."
"My name is Wilbur."
"You've always been a mother to me."
It is questionable if Voltaire had poachers in mind when he dropped that famous crack of his.
Are they really deaf to the siren song of high tech? Or are they just playing hard to get?
"You better talk to my agent," says one. Guffaws. Heads for his favorite bar & fen.
Some runners are best advised to slow down. They should be told they'll get there in plenty of time. Where ghey're going will still be there when they arrive. Other runners should be exhorted to greater effort. "Hit it, you guys! Faster!"
"They don't have a moment to lose. But it's best not to tell them this. Might take the wind right out of their sails.
Cutting corners ultimately may be the only answer. Meanwhile, it must not become the cherished prerogative of three seekers and opportunists. Like architects and city planners. Disillusioned young wives should give it more, much more, than a passing glance. They should know, however, that they cannot do it while nursing a grudge. Realpolitik beckons us only when we are prepared to part with richly endowed, many flavored childhood pastimes and friends. Turn your back on the, if that's the way you do things, but is not a requisite. Corner cutting may be your ticket to the stars.
Pay no heed to the rancid gabbling of downstairs maids. It is not all amiss to abandon a distinguished career in boredom to step out of line with a young high stepper. Try to be sure, if you can, that she is not a girl from the steppes. Because if she is, she'll ride rough shod over you as she hears the call of Genghis Khan in her blood. There will be no authorized personnel around to minister to you when this happens.
antonio Landauro / El Inmortal
1
A través del cristal de la ventana, sucio con polvo campesino, penetraban los nocturnos rayos de la luna e inundaban de una luz intensa, pero fría, el pequeño cuarto donde yacia tendido Antón. Caíale un toque de claridad sobre la frente, bajo la que esbozábanse las profundas cuencas de sus ojos.
Era la noche de los difuntos, y tras una muy amarga reflexión, Antón se dirigió al cementerio, por primera vez después que muriera su querido hijo.
Era una noche de extraña ambrosía. Reinaba el frío, la soledad y el silencio. Especial era el ambiente; especial su silencio, y también era otro el rumor de los árboles: elegaco, sereno; un sutil murmullo cubría todo, trepaba por la noche, invadía el camposanto.
Con paso cansino, entre túmulos y cruces de palos, Antón se acercó donde descansaba su hijo, se quitó el sombrero, se alisó los cabellos, y con voz tímida, casi imperceptible, exclamó:
—¡Pavel! ¿eres tu?
Con placer sintió que la voz penetraba en sus oídos y le llenaba el cerebro. Encantado, apoyó la cabeza en la tierra y una vez más llamó a su hijo, pero la voz se diluyó cual un suspiro. Temblando, amargado y desconcertado, lentamente Antón se levantó, intentó caminar, pero estaba inmóvil.
2
El desprendimiento de tierra fue estrepitoso. Una cascada de piedras y lodo cayó a dos metros de sus espaldas y junto con ello perdió la visión. En la oscuridad intentó moverse, pero no pudo. Estiró las manos y palpó un aspero muro en derredor. De pronto, sin saber cómo, se encontró en el interior de una cueva subterránea, cavernosa, húmeda y sombría. Sentía el encierro. Estaba atrapado.
Semiasfixiado, maltrecho y herido optó por cavar. Tendido de vientre, con dificultad, empezó a hurgar las entrañas de la tierra. Todo estaba boo
rroso, la tiniebla envolvial todo. La asfixia lo consumía. Arañó el vacío; sentía la estrangulación de la tierra en la garganta. Procuraba avanzar con todas sus fuerzas, pero su cuerpo no respondía a las ordenes de su mente. Estaba inmóvil. Ya no sentía las piernas, sólo un ahogo petrificado. Dejó de moverse, de luchar contra el destino. Sentía la cabeza enorme, cada vez crecía más, a punto de estallar. Llegó un momento en que la tortura y el encierro se convirtieron en desesperada delicia. Estiró mecánicamente la mano, palpó desencantado del muro, y éste, como por encanto, se desplomó.
—¡Milagro!, pensó en Dios. Se había hecho la luz.
Asómó la cabeza. De pronto, miles y miles de estrellas resplandecientes, cubrieron el cielo con magníficas destelladas.
Una de esas estrellas, venía con impetuosa velocidad hacia él. Lo invitaba, lo llamaba... De pronto, un millar de chispas fluorescentes lo elevaron por los aires, mientras la tierra desaparecía bajo su cuerpo. Abrió los ojos, agudizó los sentidos; encontrrábase mal herido y cubierto de sangre. Los cañones tronaban a sus espaldas, muy cerca de sus oídos.
Todo era muy confuso. Lo transportaban en una camilla por los recodos de una maloliente y muñgrosa trinchera. Estaba delirante, agónico. Se durmió pero lo medio despertaron violentas sacudidas de estómago; vomitó sangre y sin haber vuelto por completo en sí, se volvió a dormir con el cerebro hecho trizas y con el sólo recuerdo de su hijo en la memoria.
Salió de un brinco del lecho, a la pasividad del cementerio. Un murmullo de voces jóvenes y risueñas lo invitaban. Al sentir muy cerca de el aquel mágico susurro, su ser experimentó la dicha y el placer. La sensación era deliciosa, bastaba cerrar los ojos y sentir dentro del cuerpo un goce in descriptible. Fulgidas estrellas se encendían y apagaban, mientras una cortina de imágenes reproducción toda su vida, hasta lo más secreto: desde la infancia a la madurez, pero iba más allá, reproducia el porvenir, arrancándolo del presente.
Se borró la distinción entre pasado, presente y futuro. Desapareció la barrera entre el tiempo en que vivía y el que no vivía, y el que se había figuraado haber vivido.
Algunos seres merodeaban a sus espaldas, sentía su presencia rozando su cuerpo como especios, pero súbitamente desaparecían y luego volviían a aparecer. Informes, silenciosos, enigmáticos, aquellos seres eran semejantes los unos a los otros y similares a él.
De pronto, sin saber cómo ni dónde, en medio de la oscuridad se alzó la voz de Pavel. Era Pavel quien se dejaba sentir. De sus labios, entornados, emanaban palabras cándidas de afecto. Sus ojos, dilatados por la visión de la eternidad, miraban más allá de las límpidas y extensas arcadas del cielo.
Caminando sobre las nubes, vestido de luengas túnicas orladas con trozos de estrellas, Antón viñer a Pavel. Levantó más la vista y creyó ver a lo lejos a los santos profetas que habéis visto groseramente esculpidos en las portadas de catedrales e iglesias.
—¡Qué feliz estoy! ¡Qué feliz soy ahora!, exclámó Antón mientras Pavel, su querido hijo, emitía un leve ¡Ja... ja...! Y lo invitaba a caminar.
jorge febles / Tarde Bodas
Entramos en la catedral por la puerta grande, después de habernos detenido a admirar el inmenso rosetón gótico cuya estrella de David era venganza de algún maestro judío que la había incrustado allí como recordatorio perenne del contraste entre la apariencia y la realidad. Al traspasar la doble puerta interior, la pelirroja me tiró de la mano, instándome a seguirla en pos de algo que había visto adentro. Inmediatamente me di cuenta de qué se trataba, ya que la oscuridad del templo hacía destacar con espeluznante precisión el blanco vestido de novia, tras el cual nos lanzamos en desaforada carrera: ella delante y yo, dando tumbos, detrás. Perseguimos el cortejo por una de las naves laterales hasta que éste se detuvo en el crucero para iniciar la marcha hacia el altar. La boda se celebraría en la capilla mayor y, temerosos de entrar, nos detuvimos para presenciar la ceremonia desde las enajenantes rejas, puestas allí para evitar allanamientos y acaso para impedir escapes. Una vez situados casi paralelamente al tabernáculo, los acordes de la pieza de Mendelhson llenaron el ámbito, aunque distorsionados por la amplitud y el eco. Todo allí sonaba a melancolía gregoriana, a ascética música medival que se estrelló contra la fachada sensualmente alba de la novia cuando ésta comenzó a avanzar con morosidad por el pasillo que marcaba la alfombra roja. Venía del brazo de su padre, elegante figura genérica, despersonalizada, como inmersa en los matices predominante opacos de su atuendo. Una vez que se aproximaron al altar, pude al fin distinguir lo que ya había presentido: la imagen del novio, negrigrís, blanquipálida, indecisa, pajarera, se había plantado a unos metros de mis ojos. Y cuando por fin tronaron teatralmente todas luces, me encontré con un hombre alto, rubio, sin duda inteligente, que parecía empequeñecer a cada paso que daba hacia el futura esposa. Sonreía con timidez infantil y era obvio que sentía incómodo en el frío, que los genetos que el almido voa a! concurrentes que se arrodillaban o se paraban según un código memorizado. El hacía lo mismo, pero cada vez que ella disparaba iluminándolo, la miraba con deseo, con bochorno, con temor. “Porque el hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia,” anunciaba la voz del sacerdote mientras el imploraba que la sacaran de allí unos segundos, que le dieran tiempo para recuperarse y tolerar lo por venir. Sentí lástima. Con un ademán, la insté a bajar la cámara, indicándole después que sólo le quedaban dos flashes y que convenía guardarlos para el final del espectáculo: “The end, you know, is best.” Me agradeció la cortesía y se dedicó a revisar la máquina unos instantes. El descansó; le tomó la mano a la que había seleccionado y suspiró. También yo reposé. “Tu esposa será como vid generosa en el interior de tu casa,” se le dijo, de tal manera que se dio por aludido y contempló al cura, que ahora se esmeraba en los “aleluyas” para garantizar un próspero mañana del cual él, inclusive en ese momento promisorio, se sentiría completamente inseguro. La pelirroja entonces cuchicheó: “Fool; pobre diablo engatusado,” aislándome, haciéndome recelar de mi presencia a su lado. Que él se percató de ello supe por su reacción inmediata, por esa vuelta brusca que fue casi un recio apretón de manos, un abrazo espasmódico, un intercambio de ojos abandonados. No me defendi: nos unimos en su lado de las rejas mientras el cura proclamaba: “Por esta causa dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá con su mujer, y no harán los dos sino una sola carne. Así, ya no son dos, sino una sola carne. Luego lo que Dios ha unido, el hombre no lo separé.” Nos sentimos solos, nos sentimos desamparados, nos sentimos presos de necesidades biológicas, tribales, económicas impuestas por una sociedad que asediaba la pelirroja con otro bombillo que, al estallar, capturó el “Por nuestro Señor” del cura para convertirlo en mueca reproducible y vocilarle.
jirimqueos, que la billetera le molestaba en el bolsillo, que los labios secos ansiaban la borrachera del día anterior, que el dolor de cabeza o de pelo reclamaba aspirinas. Supondría inevitablemente que con él se cerraba un ciclo pero que también se iniciaba un tránsito cuya finalidad sería el eclipse absoluto en la matriz de aquella trigueña desconcertante y sensual, de hambrienta dentadura. Cuando recibió a la novia en el altar, ya estaba de rodillas, o al menos ésa fue mi impresión pues no recuerdo otro acto suyo que el de extender suavemente la mano izquierda para ayudar a la joven su descenso. La musiquilla cesó en ese instante y el cura, haciendo caso omiso de carraspeos y bostezos, dio comienzo a la ceremonia.
Fue entonces que la pelirroja me arrancó la Kódak de la muñeca y al mismo tiempo que hurgaba en los bolsillos de mi pantalón (supongo ahora que buscando los flashes), me preguntó si pensaba que se consentirían las fotografías. Asentí fascinado por la audacia femenina, por ese arranque infantil que le permitiría constatar que, efectivamente, había estado allí, que había habido una boda no en una catedral sino en LA CATEDRAL, que había estado presente en compañía de un molesto galán indígena aunque solicito prestador de cármas (yo) y que, en virtud de su presencia, tenía el derecho a gastarse bromas de mal gusto sobre la noche, los besos y la inocencia de un novio indiscutiblemente virgen a los treinta años. Y no acababa el cura de decir: "¿Quieres recibir a?," cuando el primer bombillo explotó sobrecogedoramente a mi lado, solicitando la atención del novio, quien, a pesar de las muchas lucecitas que restallaban ahora en la capilla, volteó la cabeza, nos miró con un no sé qué de caricatura hurtada y tituéó antes de pronunciar el aprendido "Quiero". Ella lo saludó picaramente, juntando el índice y el pulgar en gesto irónico que me provocó hondo malestar, sobre todo cuando escuché el "Yo os uno en matrimonio en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo" que sellaba el destino de ese payaso con cara de tragedia o de tartamudo que ha sido objeto de burla. La regañé con los ojos y hasta estuve a punto de pellizcarla, pero la voz del sacerdote reclamó de nuevo mi atención. Principiaba la misa: "Confirma, Señor, lo que has obrado en nosotros." Hacia años que no asistía a una boda. Las evitaba debido a cierto prurito inmoral que me forzaba a renegar, anárquicamente, de toda unión santificada por la ley o por los dioses. Quizás eso me hiciera recordar el cálido cuerpo de la pelirroja, conquistada en un cafetín la noche anterior y poseída sobre una manta, en la altura del castillo arruinado. Traté de imaginarme cuando la oscuridad no me había permitido ver: contorsiones, sonrisas, vellos, ¿muecas? y comparé su cuerpo con el de la trigucía, cuyas turgencias lubricas, presentes, bien presentes—lo sabía—ocultaba totalmente el traje de novia. Como si adivinara mis pensamientos, l. pelirroja se entregó a la competencia. Me miró de soslayo, después hizo un guiño y se abrió con inteligible lascivia el primer botón de su ligero vestido verde. Seguía el cura: "Mira, Señor, a estos tus siervos, y protege esta institución que has establecido para la propagación del género humano, a fin de que, unidos por ti, sean igualmente guardados por tu socorro." Estuve a punto de sacarla del templo a la fuerza, arrebatándole la camarita que la cautivaba y trepar de nuevo con ella a loma del castillo para mostrarle en plena tarde esa virilidad que evidentemente ponía en duda en él, en mí. Pero me controlé afianzándome al vaínen del rito y acompañando de modo casi instinti-
Observé que la pelirroja alzaba la máquina, preparándose para sacar la foto definitiva, la que marcaría friamente un instante de ambigua y aterradora proyección. La vi colocar el índice en el gatillo, estampa en verde pálido ya solitaria entre las sombras circundantes. La vi apuntar cuando la otra se levantaba, sonreía, daba el primer paso hacia la oleada de familiares, vecinos, amistades, hacia la multitud que se apelonaba diagonalmente amenazando con desplomarse sobre el pasadizo que había que atravesar. Al iniciar yo también la marcha con paso tembloroso, la vislumbre aún con el rabillo del ojo, sola, eléctrica, siempre tentadora. Me seducía aún con la mirada cuando hizo explotar el último bombillo con esa cámara que, momentos atrás, había imaginado mía.
TERMINO, SUMMER/VERANO-1983, Page 7
jorge posada / Paisaje
yo empecé a pensar que en este país ya no se podía vivir y que lo único que uno podía hacer era tratar de irse en lo que fuera, hace más años que el carajo. Ya esto se había puesto malo del todo y la tensión el trabajo y las colas para todo y las guaes que no paraban y la bolsa negra y los problemas desde que amanecía crecian a diario y ya se había desatado la ofensiva revolucionaria contra la noche habaneira y la calle estaba repleta de policías vestidos de policía y de policías vestidos de civil que le pedían a uno el carné siempre y las recogidas eran cada vez más seguidas y nadie podía estar seguro en ninguna esquina. Por la noche, la ciudad parecía un pueblo de campo, oscura por tantos apagones y aburrida cómo estaba, y uno se pasaba la vida haciendo lo mismo; sin tener nada qué hacer, ni adonde ir y sólo nos quedaba no buscarnos lios y ver cómo la juventud se nos iba sin posibilidades de anda ni esperanzas de mejoría y aburrirnos y amargarnos la sangre y existir y seguir aburriéndonos.
Cuando aquello ya me habían botado del taller y ya estaba trabajando como traductor y había conocido a Estéfano y a Richard y a Román y a los dos Robertos y a Juan Carlos y me había hecho socio de ellos; y también cuando aquello tenía ni una ropa decente que ponerme y vivía a tortilla en el almuerzo y a croqueta con pan en la comida y a tortilla de nuevo al otro día. Así era mi vida por esa época; hablando de literatura y de política, oyendo música americana y yendo al Cineclub y a la Cinemateca con todos ellos, porque no se podía hacer otra cosa sino hablar y hablar o salir de vez en cuando con alguna chiquita o emborracharse con cerveza el día del cobro o quedarse en la casa leyendo o ir mucho al cine.
Resolución N° 33
“CONSEJO DE TRABAJO”
Centro de Investigaciones Pesqueras
En virtud de la reclamación establecida por OSCAR HERNANDEZ LIZABETH, Jefe de Fuerza de Trabajo de este organismo, sito en 1ra y 26, Miramar, La Habana, con fecha 4 de febrero de 1974.
POR CUANTO: Dicho compañero solicita sea analizada por este Consejo de Trabajo, la actitud antisocial e indisciplinada del traductor de francés en plantilla oficial de este centro, RAIMUNDO ALVAREZ PIGUILLEN.
POR CUANTO: El mencionado trabajador, no asistió al recibimiento masivo que todo nuestro pueblo tributo al Secretario General del CC del PCUS y Presidente del Presidium del Soviet Supremo de la URSS, compañero Leonid Ilich Brézhnev, el día 28 de enero del año en curso, permaneciendo en su puesto de trabajo, del cual se ausentó pocos minutos después que nuestros trabajadores partieron rumbo a los puntos de concentración, regresando tres horas después en la casa leyendo o ir mucho al cine.
POR CUANTO: El compañero Brézhnev es el visitante más ilustre que ha visitado nunca nuestro país, a la vez que es una de las personalidades que más ha contribuido a la causa de la distensión mundial y el cese de la carrera armamentista.
POR CUANTO: Se trata del mejor amigo de Cuba y de la Revolución.
POR CUANTO: El trabajador ALVAREZ PIGUILLEN, argumenta a su favor que, debido al cambio de clima, ultimamente ha venido padeciendo de fuertes ataques de asma, por lo cual, teniendo en cuenta que el referido día hacia mucho frío, decidió permanecer en su puesto de trabajo, ausentándose del mismo sólo a la hora de almuerzo.
POR CUANTO: Igualmente dicho trabajador hace constar que es falso lo dicho por el compañero J' Fza. de Trabajo con respecto a su estado de embriaguez, ya que en su horario de almuerzo fue a la casa de un amigo cercano y debido a la baja temperatura tomó solamente un vaso de vino.
POR CUANTO: El compañero J' Fza. de Trabajo plantea que lo declarado por el trabajador ALVAREZ PIGUILLEN, carece de fundamento con respecto a sus supuestos problemas de salud, ya que a dicha bienvenida acudieron una compañera con problemas de vista, un compañero con capacidad física disminuida y un compañero de avanzada edad (70 años), todos ellos mayores que el trabajador OTEIZA, que es un hombre joven.
POR CUANTO: La compañera HILDA RODRIGUEZ FUENTES, Responsable del Departamento de Traducciones, alegó que si el mencionado trabajador, no está en condiciones de ir a actos masivos y patrióticos, tampoco debía estarlo para que en horas de trabajo ingiera bebidas alcohólicas.
POR CUANTO: El compañero ORESTES GONZALEZ LÓPEZ, Secretario del Comité de Base de la UJC, expresó que lo dicho por el trabajador OTEIZA PAEZ con respecto a su asma y al frío de ese día no es verdad, puesto que el recuerda bien que el pronóstico del tiempo para ese día era para las mínimas 16-18 grados centígrados y para las máximas 20-22 grados centígrados, lo que no se puede considerar como una temperatura fría.
POR CUANTO: Este Consejo ha podido comprobar que dicho trabajador no ha mantenido una mala actitud ante el trabajo y los problemas del Ausentismo.
POR CUANTO: Por el contrario, se ha podido comprobar que dicho trabajador sí ha mantenido una actitud ideológicamente en contra de los principios morales de perniciosos y daños, sus habitos y costumbres, así como su apariencia personal y forma de vestir, constituyen un peligro potencial para la sociedad en que vivimos.
POR CUANTO: Este Consejo, igualmente, ha podido comprobar la veracidad de los hechos expuestos, los cuales son constitutivos de una infracción de carácter GRAVE de la disciplina laboral, prevista en el artículo 13 y sancionada en el artículo 8, ambos pertenecientes a la Ley 1436 de nuestra Justicia Laboral.
POR CUANTO: Que la parte demandante, en suscrito, solicita de este Consejo, se le aplique al trabajador ALVAREZ PIGUILLEN, la sanción de separación definitiva en este centro de su cargo como traductor de francés y se le remita a los efectos procedentes, a la disposición del Ministerio del Trabajo.
POR CUANTO: En uso de las facultades que me están conferidas.
RESUELVO:
PRIMERO: Declarar CON LUGAR en todas sus partes la reclamación establecida por OSCAR HERNANDEZ LIZABETH, Jefe de Fuerza de Trabajo de este organismo, sito en 1ra y 26, Miramar, La Habana, con fecha 4 de febrero de 1974.
POR CUANTO: Dicho compañero solicita sea analizada por este Consejo de Trabajo, la actitud antisocial e indisciplinada del traductor de francés en plantilla oficial de este centro, RAIMUNDO ALVAREZ PIGUILLEN.
POR CUANTO: El mencionado trabajador, no asistió al recibimiento masivo que todo nuestro pueblo tributo al Secretario General del CC del PCUS y Presidente del Presidium del Soviet Supremo de la URSS, compañero Leonid Ilich Brézhnev, el día 28 de enero del año en curso, permaneciendo en cuenta que el referido día hacia mucho frío, decidió permanecer en su puesto de trabajo, ausentándose del mismo sólo a la hora de almuerzo.
CUADRO Segundo de la obra titulada "Un extraño rurr, rurr", que será estrenada próximamente por el grupo Repertorio Español, en la ciudad de Nueva York) Escenario: un valle artificial. Personajes:
Un viejo.
Primer Soldado.
Segundo Soldado.
Tercer Soldado.
(Los soldados están pelados al rape, las cabezas parecen haber sido pulidas, pues brillan. El viejo, larga barba y melena, lleva una soga al cuello. Sale a escena con unos papeles amarillentos entre las manos. A medida que el viejo lee en voz alta, se irá desarrollando en la escena lo que describe.)
Viejo (Leyendo): Los tres soldados del Perenne, Unificado y Glorioso Imperio vuelven a realizar el recorrido de regreso con la gran Jaula a cuestas. Ahora han llegado a un ameno y fresco valle artificial. Se disponen a descansar. Acaba de depositar la jaula -de oro- sobre unas rocas lunares-transparentes importadas expresamente para celebrar el Veinte mil Aniversario del Perenne Unificado y Glorioso Imperio. Ya depositan los alimentos sobre la yerba reluciente, fumigada y sintética. Mientras comen, hablan.
(Detrás de la escena alguien tira fuertemente de la soga. El viejo rueda por el suelo. Recoge rapidamente los papeles, se incorpora y entra en la jaula.)
Primera Soldado: ¿Y quién es ese que cargamos hoy? Parece muy viejo. Aunque con esta gente nunca se sabe. He visto algunos que con veinte años semejan ochenta, y otros que a los noventa no aparentan más de diecisiete.
Segundo Soldado: Viejo es. Pero él, como todos los otros, también tiene derecho a habitar El Paraíso.
Primer Soldado: ¿Y qué rayos escribió este?
Tercer Soldado: Pásame la mermelada saturniana. A mi me encanta. Gracias... Ese? Ese escribió una novela de caballerías: Una aventura de locos.
Primer Soldado: Cómetela toda si quieres. A mi no me gusta. ¿Y porqué lo llevan para allá? Dicen que todo el que entra allí no vuelve a escribir más nada.
Tercer Soldado: Es el paraíso. El que está allí no tiene porqué escribir nada. ¿No crees que sería estúpido estar en el paraíso y escribir?
Segundo Soldado: ¡Morcillas de Plutón! Hechas de estaño de aereolitos y antifilifolias virgilias! Y que de una mezcla tan incoherente salga este producto delicioso... Quién a estas alturas se atrevería a negar el progreso de la Ciencia?
Tercer Soldado (señalando para la jaula): Ellos! Ellos insisten ejercer un oficio decadente y arcaico. Aunque ya eso se acabó!
Segundo Soldado: Son exquisitas... Hombre, se dice que escribían para protestar. Estando en El Paraíso, ¿por qué han de escribir?
Primer Soldado: Ya las probé. Gracias. Están sobrecargadas de metales... Pues podían escribir protestando por ejemplo de abundancia de rosas artificiales. ¿Viste la cantidad de rosas que trajeron los cohetes esta mañana?
Segundo Soldado: Sí. A mi me encantan estas morcillas. Cuánto más metal, mejor. ¿Acaso no está demostrado que es el primer alimento?
Primer Soldado: Prefiero otra cosa... Pero, entonces por qué ellos no quieren ir para allí? Trabajo nos dio coger a éste (y eso que es un viejo, según parece). Y por lo que ustedes me dicen, así son todos. Y después, tenerlos que transportar en esta jaula tan pesada... Habiendo tantos métodos...
Segundo Soldado: Eso es verdad. Este al menos no protesta ni dice nada, pero otros han osado mencionarnos hta a nuestra Gran Madre Omnipotente y Presente, ¡alabada sea por siempre!; y nos han pateado las canillas. Y lo peor es que no podemos descuartizarlos, como hacemos con los demás... No, no quiero más mermelada. Trae el postre concentrado y los vasos esterilizados.
Primer Soldado: (sirviendo): Pero en fin, ¿por qué es que ellos no quieren ir para allá? No tienen que trabajar, ni hacer nada. Nada más que pasearse, oler las rosas, y comer.
Tercer Soldado: ¿Ya te repugnaste del dulce real? A mi me encanta. Dame... En realidad, son seres extraños. Disconformes, anormales, o algo por el estilo. Por eso se les da lo mejor.
Primer Soldado: Pero, ¿por qué no los dejan que revienten como han reventado otros?
Tercer Soldado: ¡Otros?! Aquí bajo el Perenne Unificado y Glorioso Imperio nadie ha reventado si no es por su propia petición. Petición firmada por el mismo interesado en reventar. ¿Conoces a alguien que haya reventado sin haber firmado antes su petición?
Primer Soldado: Es verdad. Tienes razón. Aunque el número de peticiones enorme, y generalmente se conceden todas...
Tercer Soldado: Nuestra política es complacer a todo el mundo. Satisfacer todas las peticiones. Y esas también.
Segundo Soldado: A ellos, a la verdad, que los tratan mejor que a nosotros. ¿Quién de nosotros, los soldados, ha entrado en El Paraíso sino es para dejarlos a ellos?
Tercer Soldado: Ya dije que son seres muy in conformes.
Primer Soldado: Pero tampoco se sienten bien allí. Allí es donde menos desean estar.
Tercer Soldado: (engullendo): ¡Qué sabes tú! Todo eso no es más que una patraña: mal agradecidos que son.
Primer Soldado: ¿Y por qué no los dejan por ahí? Total, no creo que hagan daño.
Segundo Soldado: ¡Vino “Lágrimas de Estrellas”, el mejor! (bebe). Ah, ¿y las delegaciones extraplanetarias? ¿Y las sandeces que ellos inventan? La última vez que vinieron los embajadores plenipotenciarios de la Gran Galaxia Ardiente y Amiga tuvimos que revolver todo el Sistema para localizar a uno de esos piojosos que según los detectores había compuesto un “mensaje”. Al fin lo encontramos en una asquerosa gruta natural. Escribiendo.
Tercer Soldado: ¡Qué horror! (come)
Segundo Soldado: Así es. Pásame las ciruelas venusianas. El viaje es largo y hay que fortalecer se.
Tercer Soldado: Excelente, verdad?
Primer Soldado: ¿Y por qué no los transportan a través del desintegrante-integrante, como hacemos con los demás?
Tercer Soldado: Es una petición de ellos, según nos dijeron. Desean ser transportados de esta forma.
Segundo Soldado: Es una cuestión de principios que hemos respetado. Grande es nuestra benevolencia.
Primer Soldado: Pero, en fin, ¿son ellos que gobiernan o somos nosotros?
Tercer Soldado: Nosotros. No olvides que somos los dueños de El Paraíso.
Primer Soldado: ¿Y si alguien quiere salir?
Segundo y Tercer Soldado: ¡Nadie quiere salir del paraíso...
Primer Soldado: Pero, ¿si por algo, por cualquier cosa, aunque sea en contra suya, alguien quisiera salir?
Segundo Soldado: Acabemos con esta botella, aún queda otra... (Al primer soldado): ¿Sabes?, haces demasiadas preguntas. ¿Desde cuándo trabajas en esta sección? ¿Cómo viniste a parar aquí?
Primer Soldado: Hace poco. Fui elegido, por mis méritos. Fue para mi un honor, lo confieso. Veré, aunque sea por unos momentos, El Paraíso. Qué alegría me dio cuando me lo dijeron. Perdónenme, quizás no merezca este cargo. Aquí está la botella... Pregunto mucho. Pero es que eso es nuevo para mi. Ustedes ya están acostumbrados. Consideren mis preguntas—así son—como una consecuencia del celo profesional. Eso... Aquí están los vasos.
Tercer Soldado: ¿Y qué otra cosa podría ser? Sirve tú mismo. Gracias. Bebamos.
Primer Soldado: Pero, oye, dentro de poco no quedará ninguno, no crees?
Segundo Soldado: ¿Qué cosa?
Primer Soldado: Ellos. Pronto no habrá ninguno. Si todos son enviados al paraíso, dentro de veinte, treinta o cuarenta años a lo más—porque todos en general son viejos, y, según me han dicho, aborrecen el rejuvenecedor-artificial—ya no quedará ninguno, no creen?
Tercer Soldado: Eso es asunto de ellos. Nadie les prohibe escribir; al contrario, en El Paraíso pueden disponer de todo el tiempo para la escritura.
Primer Soldado: Pero tú mismo has dicho que nadie es capaz de escribir estando en El Paraíso. Entonces, no sería mejor que los dejaran por ahí?
Segundo Soldado: ¿Cómo por ahí? Como si fueran envases vacíos? ¿Y las delegaciones amigas? Un escritor fuera del paraíso. Qué dirían de nosotros!... Pon
OTRA REMESA DE VINO, Y EN MARCHA. QUE EL TRAYECTO AUN ES LARGO.
Primer Soldado: ¿Y él no querrá algo?
Tercer Soldado: ¡Hombre! ¡Parece mentira!: Ofrecerle este “bodrio galaxiano”, como ellos mismos lo han llamado. A ese hay que darle aguardiente o agua sola. Cosas que tú por suerte no conoces.
Segundo Soldado: (riéndose): Y además, manzanas de Canadá, que hacen envejecer, como lo indica su nombre. Y hasta guayabas del Perú. Arcaicas.
Primer Soldado: De todos modos, a lo mejor quiere algo. El recorrido ha sido largo.
Tercer Soldado: No tenemos ordenes de eso.
Segundo Soldado: (advirtiéndolo): No lo hagas.
Tercer Soldado: Desintegras los platos y partamos. Nos queda el resto del siempre-día.
Primer Soldado: Y aún no ha dicho ni una palabra.
Segundo Soldado: Huele mal con esa barba que se les deja también por una cuestión de principios... (Toma junto con el Primer Soldado las barras que sostienen la parte trasera de la jaula).
Tercer Soldado: (tomando la parte delantera de la jaula): ¡Uff! Apesta. Como la mayoría de ellos. ¡Atención! Uno, uno...
Primer Soldado: ¿Por qué nada más cuenta hasta uno?
Segundo Soldado: Es un hombre muy firme. (En tono de confesión): además, sólo sabe contar hasta ahí.
Tercer Soldado: Uno, uno...
Primer Soldado: Oye, ¿pero será posible que ninguno haya vuelto a escribir nada? ¿No crees que todos escriben y luego echan las hojas al desintegrador permanente? ¿Por qué iban a dejar de hacerlo? ¿No crees...?
Segundo Soldado: No. Ninguno ha escrito. Créemelo. Te lo digo en serio. ¿Por qué iba a ocultar el tártejo? Ninguno ha vuelto a escribir nada.
Primer Soldado: ¿Será posible...?
Tercer Soldado: ¿Qué? ¿Otra pregunta?
Primer Soldado: No. No es otra pregunta.
Tercer Soldado: Bien. Anda con cuidado. La última lluvia de aerolitos averió un poco el camino. Ah, me pesan hasta las tripas.
(El primer soldado, aprovechando el descuido de los otros dos, se desliza, sin dejar de cargar su lado de la jaula, hasta el viejo eque va en ella. El viejo parece dormitar. El soldado introduce la mano libre por entre los barrotes y tira de las barbas. El viejo le dedica una mirada lenta y cansada. Inmediatamente vuelve a cerrar los ojos. El Primer Soldado ocupa otra vez su puesto, junto al segundo.)
Primer Soldado: Quisiera probar una de esas manzanas de Canadá, aunque me avejenten.
Segundo Soldado: Bah. No te van a gustar. En el paraíso están a montones. Allí puedes coger alguna, aunque no debes hacerlo sin una autorización.
Primer Soldado: ¿Y ellos —señalando para el viejo de la jaula— no dirán nada?
Segundo Soldado: Allí ellos nunca dicen nada. Pero no debes hacerlo. Hay que observar las disciplinas.
Primer Soldado: Pero... una sola. ¿Quién se va a dar cuenta?
Segundo Soldado: Nadie. Claro. ¿A quién le importa una fruta? Pero, por si acaso (señala con la vista para el tercer soldado) no la cojas...
Tercer Soldado: ¡Uno!...
(Se pierden con la jaula por todo el paisaje).
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The Dwarf Potentate
A dwarf potentate is lord of this feast.
His hair is red and soft and falls long down over his white shoulders.
His eyes are like black stars—dashing, shining, shimmering, flashing like lightning!
To me he is Crown, Comforter, and Goad.
My hand, which makes stallions and hyenas meek, is meek to his command moves to his pleasure.
If he frowns, I fear; displeasure from him makes me blanch like a powdered woman.
His blood bring life to my feeble veins; at his joy my blood surges strong, or ebbs away.
A dwarf potentate is lord of this feast.
Let my lord come along the mountain path!
Let my tyrant enter through the cave!
Such is he that when my eyes behold his image, underearthly gloom glows embued with opal rays from a pastel star.
When he passes shadows are infused like black clouds pierced by the Sun.
Here am I, mail-clad, on the field of battle!
My dwarf potentate desires that I return to the fray.
To me he is Crown, Comforter, and Goad!
And as the Sun breaks the black clouds and stripes them dark with color, so he touching the wave of our advancing battle ranks makes them and me awfully to glow with red and violet.
And then does my lord desire that I return to life?
Let my lord come along the mountain path!
Suddenly at night I think About my mother
The lady with yellow hands watches over me.
The night breaks splinters of ice against her small voice.
The winter drizzle scorches her eyelashes.
Tomorrow the wind will come, everything black will come and carry her away;
what defeated country will carry on in her song, how many bitter hands will fall away, how much old silence will call out her name...
Pale in my night, she keeps vigil, awaiting me.
When she goes I know I will not tremble, nor cry out, not a single tear;
I will walk slowly behind my footsteps, I will pass intact, facing solitude.
I will remain silent, I will not speak her name.
(Long ago this lady taught me many things. She did not teach me how to cry.)
I am going to know what tone everything takes on without her.
The lady with sorrowful hands keeps vigil in my night.
I sleep
I do not fear
I know nothing about life.
Daniel Freidemberg
from La Novísima Poesía Latinoamericana
Mexico City, 1980
permission granted
TRANSLATED BY: JOHN OLIVER SIMON
Meditaciones
para qué hablar de días malévolos si la cereza podría y preterida lleva en su vientre un cerezo en flor su aroma su sabor su sombra su porte en el campo haciendo pobre la yerba alrededor.
para qué mirar el patio vacío si en el salón contiguo del cerebro se acercan niños en un juego constante nada frívolo aunque no sean siempre los mismos niños y violen las reglas llorando.
para qué condenar al hombre cuando sale corriendo del día y hace al caer una mancha rojiza pensando hasta el final de la memoria que así lo requería el paisaje.
Jorge Guitart
Saturday at El Casino
Crowds of couples chat by slapping knees and speaking beer that’s brought by clubbed-foot women.
Every story told is steeped in age but told again like wedding gifts, like toasters.
The band begins and nervous, marching black and white the costumes, breathing, boy and girl, applause.
Waltzing kisses grab them laughing, every space is filled by elbows dancing, dollars, uncles, winks and tears are skin, are spices.
El Casino eats another wedding.
Alberto Ríos
El Canto Gris
Este es el canto frío de la soledad.
Este es el canto amargo de la concupiscencia.
Este es el canto de los delirios amaestrados.
Es el eco amargo de los días pasajeros del recuerdo.
Es la gangrena petrificada en la memoria, acumulada en la conciencia, momificada por el vicio.
Este es el canto seco del alma sola que deambula en su camino como el morir del arcoiris, como el perecer de los luceros.
Es el eco gris de la miseria del agonizar de todas las horas, del olvidar de todos los misterios.
Este es un canto seco y duro como las púas de todas las alambradas de las prisiones de todos los espíritus.
Este es el canto amargo y frío donde se congelan todas las pasiones donde se almacenan todos los pesares.
Es el canto seco y gris de todos los medios tiempos, de todas las medias luces que oscurecen toda la memoria de miles de flores putrefactas que alucinaban el existir de la conciencia emborrachada por el brillar de los luceros.
Este es un canto muerto como las momias almacenadas en la bóveda del cerebro como espectros que turban los ensueños.
Alfredo Leisca
Bodies
Yours bears the imprint of my own hands having pressed your supple frame indentations on your soft geography having been the havens of my length and breadth these nights of quest
The rivulets of our anatomies have joined the stream of time
This process of our bodies' flow will sanction our eternity
Lore
Upon the vernal equinox the Sun makes ruins cast a shadow in the semblance of a snake
The Serpent Kukulkan descends to Earth each spring returning to his Mayan lair to take possession of his effigies in stone and haunt the land of which he is progenitor
Robert Lima
Finished
"The sky seems darker than it used to," Jim says. "Evening comes too quickly." For more than 10 years no one had published him; but he'd been big in '70: a home in Westport, money coming in. After his third heart attack winters wore on like old shoes, he told us, and when he went for walks he came back puffing like "a geezer." The city owned his home, and its officials were going to evict him after he'd convinced them it ought to be a historical landmark. He was too tired for irony. Only last summer we'd watched the fireworks with Jim and his wife on the Fourth of July, listened to him plan. A new book was in the works. Jim's husky figure flashed brilliantly in the rockets' glare, and I remembered seeing a Clydesdale against a magenta sky. The sun seemed to boil before everything went dark. Jim says, "I'm finished."
Arthur Winfield Knight
Coyote at second and thirteenth
On August nights the great Tooth-Mask House Is lit up for Spirit: this a good time for me, And my friends at the Aguilar Grocería Lounge outside playing dominoes, sing Con los ojos de la plata Y dientes de la lun', Todas chiquitinas aman El Coyote-Tiburón.
Sometimes they give me a copper token And I ride under the ground, where a long peace belt Links the Island in friendship. There young girls In short print dresses admire me, sing Cuando curas jueguen naipes Y dueñas beben rón, Escribimos cartas dulces Al Coyote-Tiburón.
I walk right up to the Tooth-Mask House And raise my head. My throat is straight. I get dizzy from all the power there! I hear the men who talk to themselves sing Se dice que es gran tonto Y también un gran ladrón, Pero esperamos siempre Por Coyote-Tiburón.
The great shining Mask is upside-down: This so Spirit may better see it. Sometimes the many rows of bright teeth Frighten me, but I sing out in a loud voice: Con los ojos de la plata Y dientes de la lun', Todas chiquitinas aman El Coyote-Tiburón.
Philip St. Clair
Eterno Rodar
Como un ancho regazo
me acoge el silencio
de la noche.
Vuela inquieta mente
en busca de la mariposa
de la creación.
No se escucha nada,
la casa está sola y quieta,
sólo el reloj...
Afuera me acechan las estrellas
y la luna bate albricias de plata.
Yo me siento al escritorio
a navegar la vida
como un río para atrás:
recuerdos en bandadas,
las remembranzas me embriagan
como un espeso licor.
Sola en el silencio puro
un afán ayer perdido
es canto
hoy.
Y siempre el tiempo
como un viento con flechas.
Y siempre el tiempo
rodando...
Betty Rita Gómez Lance
Mínima Elegía
Bilingüe
Morirse de cáncer
en el exilio
es ser invadido y conquistado
por la sustancia misma de la separación.
El cuerpo extraño --foreign body--
nos corroe con su extranjeridad.
Cada célula maligna se aloja
en el útero o en un pulmón
como un pedacito de alguien que no soy yo,
alguien que habla en inglés y detesta el café con leche,
y a cuyas costumbres --ineludiblemente--
terminaré por convertirme.
Gustavo Pérez Firmat
EDUARDO GÓMEZ
De Algunos Amigos
El perro aguarda
entre los dientes cancelados
de su inercia
los constantes ajetreos de la saliva,
el estupor contenido
de la respiración,
aspira a violencia inconclusa.
Los pasos del hombre
que perdieron el olor de la sangre.
El perro aguarda el siniestro
y detallado salto
que en su cuerpo cobra vida,
mirando la desdicha que el gato
dedujo a la crueldad.
Un par de mordidas
detenidas en el tierno grabado
El perro, el gato y, el hombre
los vientos de la furia,
cada cual trazando el milagro
movimientos que el sol ha perdido
en su monótona lucidez.
enero, 23, 83
Eduardo Gómez
See the pictures?
Oh, we’ve lived here one month now.
But we have to go soon.
I’m an engineer,
And the supervisor dosn’t like me.
I’m not Iranian. I’m Egyptian.
And I am not Muslim.
I am Christian. See the pictures?
But he dosn’t like me.
I told him I would go,
And he said alright.
Everybody thinks I’m Iranian.
But I am not Iranian.
See the pictures?
I am Christian.
Gary E. Erb
roberto madrigal ecay / Literatura Cómplice
enero de 1959 puede señalarse como el punto histórico después del cual los escritores cubanos pasaron del reino de la imagen al de la imagen pública. Las cuantiosas tiradas de Lunes los hicieron disputar en popularidad a Rosita Fornés. Venganza tentadora de la cual aun muchos se ufanan, aunque cultura en cantidades masivas no implica necesariamente cultura para las masas, no importa que muchos quisieron confundir los términos y las intenciones.
A pesar de que hasta entonces los escritores cubanos habían subsistido entre el desprecio y la indiferencia predominantes (ya que aparte de los propios escritores, unos cuantos esnobs, un puñado de filántropos paternalistas y el siempre alerta Comité de las Buenas Costumbres, nadie se ocupaba de la literatura cubana), ello no impidió que asumieran su cuota de responsabilidad social. El desarrollo de nuestra literatura refleja el movimiento de una nación politicamente frustrada en busca de su identidad. Los escritores de la soledad supieron encontrar sus fuentes de inspiración y se procuraron sus medios de expresión. Mas allá de las respectivas inclinaciones temáticas y estilísticas se fue perfilando una literatura autóctona, y el aporte cubano a las letras hispanoamericanas siempre fue relativamente grande e importante.
El surgimiento del Nuevo Caos convidó, como una oscura pradera (luego convertida en infinita estepa), al escritor a ser escribano de la Historia, una oferta verdaderamente dificil de rechazar. La crónica es el origen de la literatura hispanoamericana y los líderes del Nuevo Caos necesitaban precisamente cronistas cuya imaginación apresara la época de las circunstancias. Pero el Nuevo Caos trastocóse en Nuevo Orden. En 1961, consolidado en el poder, traicionados y defenestrados ya la mayoría de los compañeros de viaje de la etapa caótica, llegó el Comandante y mandó a parar. En el Año de la Alfabetización comenzaba la hora de organizar y refinar la instrumentalización de la literatura.
“El verdadero problema existe para el artista o intelectual que no tiene una actitud revolucionaria ante la vida, pero que es, sin embargo, una persona honesta.” (Escepticismo sardónico ante la posibilidad de ser honesto sin ser revolucionario.). “Somos, o creemos ser revolucionarios. Quienquiera que sea más artista que revolucionario no piensa como nosotros.” (Advertencia filosófica. El ser revolucionario como esencia que define existencia. Solución del problema del huevo y la gallina. Jean-Paul Castro, tropicalismo existencialismo tropical.) “Ese es el grupo que constituye un problema para la Revolución tanto como la Revolución constituye un problema para ellos...; es deber de la Revolución ocuparse de la situación de esos escritores y artistas... pues la Revolución debe dirigir sus esfuerzos a convertir en revolucionario a todo aquél que tenga dudas.” (Infieles y tibios, vuelven cruzados e inquisidores enarbolando esta vez hoces y martillos para cortar o machacar cabezas.). Al comienzo del discurso había dicho: “Para un artista o intelectual mercenario nunca habrá problemas.” Y cerró: “Con la Revolución todo, sin la Revolución nada.” Estas dos frases habrán bastado, las disquisiciones intermedias resultan advertencias redundantes de un César neófito que comienza a complacerse con el exceso. Las citas son, por supuesto, del discurso pronunciado por Castro al resumir las reuniones de la Biblioteca Nacional con los intelectuales cubanos, que ha quedado acuñado en los manuales de historia como “Palabras a los Intelectuales”.
Por eso siempre he considerado ridículo e hipócrita el corrillo de intellectuales escandalizados ante el “Caso Padilla”, repentinamente desencantadas de una Revolución que con un hecho negaba todos los principios que hasta entonces había sustentado. Confundir un pico con un hito histórico solo puede obedecer a ceguera voluntaria o a conocimiento superficial. ¿No fue mucho más trágico y severo cuando en 1965 el gobierno cerraba las ediciones EL Puente, único vehículo expresivo de los jóvenes creadores, y su director José Mario caía no en desgracia, sino en un campo de trabajos forzados? Y Valladareš, a quien ahora tanto mérito reconocen, ¿no llevaba ya buen rato preso? Nadie alzó su voz entonces, e inclusive a algunos intelectuales extranjeros la miseria económica en que dante, sino que la maquillase. A partir de 1961 el escritor cubano se enfrenta a la urgencia de optar por la complicidad o el silencio (si se considera al exilio, voz distante, parte de este último). La ponderación desde afuera es fácil, pero para el participante se plantea el dilema de Milosz: “Consideren desapasionadamente mi problema. Polonia, mi país, viviendo entre mis amigos, mis familiares, los teatros en donde se presentaban mis traducciones de Shakespeare, las editoriales dispuestas a publicar mis trabajos. Después de todo, mi propio país y mi propio idioma, ¿qué es un poeta sin su propio idioma? Todo eso era mío, si estaba dispuesto a pagar el precio: la obediencia.” Añádase a esto que la estructura de control era aún endeble, y que el cubano jamás consideró seriamente la posi-
Inmediatamente después, el diluvio. Adios a Lunes y a todo lo que representó y dejó de representar. Creación de la Unión de Escritores y Artistas, estatización de la cultura.
En las palabras y los hechos arriba mencionados se encuentra ya el espíritu y la letra del estalinismo cultural. No se pueden confundir las deficiencias y equivocaciones de un aparato represivo que recién comienza a funcionar, con tolerancia y flexibilidad. Es cierto que, por ejemplo, entre 1962 y 1967 se publicaron en Cuba más novelas de importancia que en las cinco décadas anteriores (me refiero a “El Siglo de las Luces”, “Pequeñas Maniobras”, “Paradiso” y “Celestino antes del alba”). algunas de las cuales molestaron bastante a los burócratas, pero las grietas no definen la muralla.
vivían los cubanos y los esfuerzos que hacían para sobrevivirla les parecían divertidos y surrealistas. Asimismo siempre me ha parecido ingenuo considerar solamente a Lezama y a Virgilio como meras victimas del castrismo, pues si bien este fue tremendamente cruel con ellos, fue también quien les concedió la dignidad y posición que siempre merecieron. El trato de enemigos peligrosos que se les dió, implicaba el reconocimiento de sus respectivas grandezas literarias, lo cual siempre le fue negado por una sociedad que se burlaba de ellos y les desconocía.
Si en el principio fue el Verbo, en el Nuevo Orden lo sería el Adjetivo. Estableciendo a priori la importante diferencia entre la historia y la escritura de la historia, al nuevo cronista no se le pedía que narrase la realidad circun-
bilidad de temer a otro cubano. Después de todo, era el país de la siguiente ya.
Por supuesto que para el mercenario no hubo ningún problema, quizá menos que nunca, pues el Nuevo Orden sólo exige al individuo su praxis. En privado es permisible pensar lo que se quiera, lo que cuenta es la praxis, que al decir del viejo Marx (favor de no confundir con el joven Marx), es el craterio definitivo de verdad. Padilla lo captó suilmente y lo sintetiza en su poema “En Tiempos Dificiles”, a aquel hombre nunca le pidieron su cabeza, que haga con ella lo que quiera. La Palabra como praxis recibirá la autorización y el respaldo del oficialato. Aquéllos con vocación de esquizofrénicos podrían resistir más tiempo la dualidad contradictoria entre indivi-
duo y sociedad, entre pensamiento y lenguaje. Con un poco de coraje algunos lograron conciliar cristianismo y marxismo en menos de lo que les tomaba persignarse (en definitiva, no comparten su carácter mesiánico?). Para otros fue fácil zafarse del ligero peso que significaban nuestras tradiciones e idiosyncrasia y vestir el nuevo disfraz ideológico.
Había sus paliativos, la complicidad también recibía su recompensa en la praxis, era un pecadillo ambivalente. Como los nuevos dramaturgos debían representar sus propias obras, se les ofrecieron numerosos papeles. No puede negarse que se concedía importancia a literatura, por primera vez en nuestra historia se abría la posibilidad a los escritores de ocupar en forma masiva cargos en el cuerpo diplomático, en las agencias de prensa, en las universidades y en las recién creadas instituciones de control cultural.
Lo peor de la literatura cómplice no fue lo que se escribió y se publicó, sino lo que se impidió que se publicara (es bien difícil impedir escribir algo, aunque en la sociedad del Nuevo Orden es donde único se da el caso que los críticos se interesan por la literatura de ga veta concluyendo por lo general que obra y autor deben parar en manos de la policía). Un análisis de la producción literaria publicada en Cuba entre 1961-80, demuestra que no existe una narrativa, ni una poética, ni una dramaturgia, ni una ensayistica que sea representativa del período, solamente algunos título aquí o allá, cuyos autores en su inmensa mayoría, están o exilados o muertos.
Llenar ese vacío es una de las responsabilidades sociales que obviamente ya asumen muchos de los escritores que hemos llegado en los últimos años al exilio y que padecimos las consecuencias de la literatura cómplice, pero es también responsabilidad nuestraurgos debían representar sus propias obras, se les ofrecieron numerosos papeles. No puede negarse que se concedía importancia a literatura, por primera vez en nuestra historia se abría la posibilidad a los escritores de ocupar en forma masiva cargos en el cuerpo diplomático, en las agencias de prensa, en las universidades y en las recién creadas instituciones de control cultural.
Lo peor de la literatura cómplice no fue lo que se escribió y se publicó, sino lo que se impidió que se publicara (es bien dificil impedir escribir algo, aunque en la sociedad del Nuevo Orden es donde único se da el caso que los críticos se interesan por la literatura de ga veta concluyendo por lo general que obra y autor deben parar en manos de la policía). Un análisis de la producción literaria publicada en Cuba entre 1961-80, demuestra que no existe una narrativa, ni una poética, ni una dramaturgia, ni una ensayistica que sea representativa del período, solamente algunos título aquí o allá, cuyos autores en su inmensa mayoría, están o exilados o muertos.
concebir el humorismo de Bustrófedon, que es, como queda dicho, el humorismo que campea en “Bachata”, en términos estrictamente verbales. Aunque reiteradamente Perelman deforme las palabras en procura de registros cómicos, y no podamos menos de ver en ello la fuente inequivoca del humorismo de Bustrófedon, Cabrera Infante salva de hacer las veces de victima propiciatoria de tan absorbente influencia al poner énfasis, pantagruélicamente, en ese preciso aspecto de la obra de Perelman. Esto no quiere decir que esa visión bufo-grotesca con que Perelman teje los incidentes de sus narraciones de estar presente discerniblemente en Tres tristes tigres. Opino que algunos de los mejores momentos de la novela -el episodio de la mulatica calva, difícil de conquistar, que usa una peluca rubia; el de La Estrella, la negra cante de trescientos cincuenta libras, encaramada como Dios la mandó al mundo encima del renuente fotógrafo; el de la hermosa adolescente, octerona o cuarterona, amén de loca peligrosa, de “Bachata”-de algún modo se afilan a esa visión. “Bachata” no es sólo la sección más extensa del libro, contiene además las claves que lo explican. Está narrada por Silvestre, un personaje aquejado de una curiosa nostalgia. Que la nostalgia tome la forma de una continuaañoranza de la niñez, esa Arcadia gozada que todos sabemos irrecuperable y que guarda en su seno el enigma de nuestros róstros originarios, resulta del todo común y frecuente, pero que ella estribibe en una pertinaz rememoración de las películas vistas de los siete a los dieciocho años, indica, no importa que en el caso de Silvestre se trate de un crítico profesional de cine, que estamos ante uno de esos individuos para quien el cine ha sido una suerte de “educación sentimental”. (“Crecí en el cine”, le dice Silvestre a su alter ego Arsenio Cué en la página 429). Casos como los de Silvestre abundan mucho más de lo que pudiera creerse; los ha creado, ni que decir tiene, el mundo moderno.
Yo de niño me metía en el cine cuantas veces se me ofrecía la oportunidad de hacerlo y mis fragmentarios recuerdos de las películas vistas entonces poeen una intensidad emocional que, rebasada la adolescencia, muy rara vez he vuelto a experimentar, y no precisamente a propósito de películas excepcionales. (The Set-up, que vi cuando estaba a punto de rebasar la adolescencia, protagonizada por Robert Ryan, es la que más memorable se me ha hecho ando el tiempo). Me sentiría dichoso si pudiera volver a ver, aunque sé que nunca recobraré el auténtico sabor de la experiencia primigenia, las películas en que Ronald Colman hace de Bulldog Drummond y Warner Oland, el actor que tan magistralmente interpretara a Charlie Chan, de autoritario y astuto villano. Si pudiera volver a Gary Cooper y a George Raft sufriendo el castigo atroz de pender durante horas y horas enteras, amarradas las falanges de la punta de los dedos de ambas manos a la verga más alta del mástil principal de un enorme y decimonónico barco de velas. Mientras sus cuerpos van y vienen zarandeados por brisas y brisotes, el uno le da ánimos al otro para que resista sin chistar. En la escena siguiente, ya repuestos del suplicio, se les ve moviendo veinte dedos vendados a luz de un candil que refleja diversas fantasmas magorias en la pared de un sombrío camarote cuya puerta está provista de un pesado cerrojo de mazmorra, y se les oye cantar con brío y con euforia una tonada marinera. Escenas como éstas, derivadas de la película Souls at Sea -no sé qué título tiene en español, pero sí que fue estrenada en 1937- se graban para siempre en la memoria de un niño. Quién que de niño viera Motín a bordo, podrá olvidar a Charles Laughton el papel del Capitán Bligh? O a Boris Karloff en el del monstruo creado por el Dr. Frankenstein? O a Víctor McLaglen La patrulla perdida? O al sádico padrastro de David Copperfield, Basil Rathbone, algunos años más tarde monarca medieval francés de “If I Were a King”?
A mí el deceso de Warner Oland, acontecido si mal no recuerdo por la fecha en que vi Souls at Sea, me dejó desolado, ya que creí de todo punto imposible que el pudiera tener sustituto en el papel de Charlie Chan, que dicho sea de paso desempeñó dieciéis veces. Y, cientamente, ninguno de los Charlie Chan sucesivos estuvo a su altura, y mucho menos contó con mi bendición, para no hablar de Boris Karloff (su verdadero nombre no puede ser menos siniestro, Charles Edward Pratt) o Víctor McLaglen, el Hércules irlandés que cruzó guantes con Jack Dempsey, a quienes creía non plus ultra, y por quienes aún hoy siento la misma rendida admiración, y por qué no decirlo, el mismo entusiasmo.
En “Bachata”, Cabrera Infante trae a colación una y otra vez las numerosas escenas o pasajes de películas que han
VICTOR DEL PINO
resultado indelebles para él. Incluso consigna, como si se tratara de magnos acontecimientos de su adolescencia, los nombres de los cines habaneros y las fechas precisas en que vio algunas películas que parece haber disfrutado hasta el delirio: "El regreso de la mujer pantera". Actualidades, 21 de julio de 1944; La dama en el lago, Alkázar, 7 de septiembre de 1946; La cosa del otro mundo, Radio Cine, 3 de enero de 1947.
Cerca de cincuenta artistas de cine o de teatro, de veinte películas, de cien escritores y de setenta personajes literarios son citados en "Bachata". A pesar de tan agobiador despliegue de pedestre erudición, Cabrera Infante no deja de ser dueño de sus materiales de principio a fin. Sin embargo, muy a duras penas logra erguirse su humor por encima de tanta libresca verbosidad, de tanta vana y aspaventosa parla diletante, de tantas astracanadas y mofaduras.
Ya desde el comienzo de la novela se tiene la sospecha de que Arsenio Cué y Silvestre son, como dijera Bernard Shaw de Chesterton y Belloc, un "monstruo bicéfalo", o de que el uno es el doppelgänger del otro. El personaje narrador de "Bachata", Silvestre, ve a Arsenio Cué como una desembozada caricatura de John Barrymore, conocido en Hollywood con el sobre-nombre de el Perfil (the Profile), así como Charles Boyer respondía al de la Voz (the Voice). Cué es un tipo presuntuoso, casquivano y narcisista, enamorado de exhibir obstinadamente su perfil. Los repetidos paralelismos que Silvestre traza entre él y Hamlet confirman que es objeto de una caricaturesca identificación con John Barrymore, quien cosechó grandes éxito desempeñando en Broadway y en la propia Inglaterra el papel de Hamlet. La presumible afición consuetudinaria de Cué a la bebida, remacha la caricatura. Por último, es digno de destacar en "Bachata" las pinceladas descriptivas que Cabrera Infante dedica a ciertos transitados parajes de la ciudad de La Habana. Ellas abarcan algo más que la fachada de esos parajes captan su atmósfera interior.
En último análisis, Tres tristes tigres no puede tomarse más que como una novela sobre los ocios y sobre las aventuras y enredos eróticos del periodista o crítico de cine Silvestre, el actor de televisión Arsenio Cué, el fotógrafo Códac y el mulato bongosero Eribó, durante un período que tiene todas las trazas expresas a la vez que tácitas de corresponder -si bien carece por completo de sus convulsiones históricas- a las postrimerías del régimen de Batista. No obstante su condición de personaje de galeria, La Estrella tiene más vida que todos los demás personajes juntos de la novela, y ninguno puede competir con Bustrofedon en cuanto a proyección fantástica. Los pasajes elegía cosque a Cabrera Infante le inspira la muerte de ambos personajes constituyen momentos memorables. Las diferentes versiones del mismo cuento que ha ideado para "Los visitantes" llegan a abrumar al lector, no menos que el cúmulo de giros, frases y citas en gléses, que tanto aquí como en "Bachata", campean por sus respetos.
La sección del libro en que hace su aparición La Estrella es a mi modo de ver el logro más acabado de la narrativa de Cabrera Infante.
Por lo que respecta a su composición, Tres tristes tigres pone al descubierto, en primer lugar, la malicia literaria de su autor. A una pregunta del novelista español Corrales Egea, en la entrevista publicada en el número 17-18 de la revista Casa, Cabrera Infante responde como sigue: "Si, estoy trabajando (con rapidez y facilidad y con ganas) en un libro de cuentos, unidos orgánicamente no sólo por el título, sino por una pequeña y desmesurada astucia técnica: están escritos todos en primera persona." Huelga consignar que el libro al que se refiere el entrevistado es Tres tristes tigres. En otra parte de la entrevista dice: "Formalmente, el libro es un experimento con el habla cubana empequeñece y opaca cualquiera otro logro. Pese a todos los hábiles artificios de Cabrera Infante, la novela se resiente de falta de unidad, de desarticulaciones con cierto tufo a estrafalario cajón de sastre. Hasta la página 204, repito, entronca grosso modo con Así en la paz como en la guerra, después predomina la visión y la tónica estilísticas de "Retrato del crítico cuando Cain", que vale tanto como decir: la indesmayable influencia de S. J. Perelman.
Si en algo se parece Tres tristes tigres a Así en la paz como en la guerra es en el cometido estético que se proponen llenar las viñetas. En la novela entrañan revelaciones de carácter generalmente patético hechas al psiquiatra por jóvenes pacientes del sexo femenino; en el libro de cuentos versan sobre la lucha contra Batista y figuran antepuestas a cada uno de los cuentos, que, casi en su totalidad, se hallan insertos en un ambito de paz civil. En la novela, a diferencia de lo que sucede en el libro de cuentos, el contrapunto no salta a la vista; varias viñetas se quedan cortas en contenido patético, o lo que es peor lo distorsionan o malogran, y por consiguiente son ahogadas en el contexto o caudal narrativo propiamente dicho, empeñado con invariable tenacidad en pulsar la cuerda humorística.
Demos por descontado que dicha novela, al rehuir o no poder plasmar un significado de conjunto, válido para la experiencia humana que recrea, entronque con la "antinovela norteamericana", tal como es definida por Truman Cápote, Norman Mailer, Susan Sontag o Norman Podhoretz. Tres tristes tigres el antípoda de lo que estos narradores y críticos tienen por una antinovela. Su enfoque no es periodístico, y el compromiso ningún papel compone en ella. Por otro lado, la antinovela norteamericana busca su significado en el reportaje interpretativo, o simplemente se propone no tener más significado que el que establezcan los hechos narrados, mientras que el precario o amorfo significado que se desprende la novela que aquí se comenta, arranca a mi parecer como una sola pieza del esfuerzo creador de la imaginación. En este punto, han sentado plaza los desdoblamientos, los descoyuntamientos o desarticulaciones.
Ya que a lo largo de toda la novela se ha cargado la mano tan descomedidamente del lado del humorismo, a nadie debe sorprender que su contenido emocional arroje un saldo de liviandades. Un humorista norteamericano desconocido fuera de su país (no creo que haya gozado en vida de notoriiedad internacional), Franklyn P. Adams, nacido en 1881, consignó en una de sus tantas crónicas periodísticas que alcanzan un nivel antológico, que el escritor debe valorar más la emoción que el sentido del humor, y que el conflicto entre lo uno y lo otro era cosa frecuente. Para mí, la ausencia de un contenido de ponderable envergadura en el orden de la experiencia humana, excluye en Tres tristes tigres toda posibilidad de arte simbólico o de cualquier otro arte, salvo, desde luego, el mimético en su más ostensible, completa y provechosa acepción.
Al ceñirse a pintar con largo aliento y vivos colores el clima bachatero, así como las peripecias funambulescas de la vida habanera de los años 50, gozada o entendida como parranda, Cabrera Infante implicamente destierra de su novela todo simbolismo capaz de trascender los hechos narrados. Entre otras particularidades, buen número de las cuales ya han sido tocadas aquí, las intermitentes y por lo general espuemeantes tiradas poéticas y el persistente y llamativo humor "perelmanesco", compensan con creces tal inexpresividad.
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