US$1.50
VOL. II N° 5
FALL/OTOÑO
1983
BULK RATE
US POSTAGE PAID
PERM. N° 6157
CINNATI, OHIO
TÉRMINO
LITERARY BILINGUAL PUBLICATION / PUBLICACION LITERARIA BILINGUE
EDITORES/PUBLISHERS: ROBERTO MADRIGAL ECAY y MANUEL F. BALLAGAS.
CONSEJO EDITORIAL/EDITORIAL BOARD: ORLANDO ALOMA, ESTEBAN CARDENAS, RICARDO OTEIZA y JORGE POSADA. PORTADA/COVER: A.L.BALMASEDA
FICCION/FICTION: D. MOYANO, P. ALFONSO, I. LORENZO, D. RUIS, M. SPEIRS
POESIA/POETRY: L. CERNUDA, R. BORDAO, C. CAULFIELD, M. CORREA,
T. D'ARPINO, J. ELLEDGE, S. NELMS, C. PURSIFULL, J. RODRIGUEZ-FLORIDO,
J. M. RODRIGUEZ, B. SILVA, H. STREDLER.
IDEAS: VALERO y BALLAGAS: Dos Enfoques Sobre una Generación
LIBROS/BOOKS: Releyendo a V. Woolf, The Death of Che Guevara
US$1.50
COLABORADORES/CONTRIBUTORS
PABLO ALFONSO (1944):
Editor y narrador cubano que llegó a Estados Unidos en 1980 tras ocho años de presidio político. Reside y estudia en Miami.
ORLANDO ALOMÁ (1942):
Poeta y periodista cubano. Vive en Miami.
ERLANDERSON:
Poeta y traductor norteamericano. Enseña en Portland State University. Autor de la nueva versión inglesa del poema de Cernuda que aquí publicamos.
RAFAEL BORDAO (1951):
Poeta cubano, se especializa en temas infantiles. Sufrió presidio político en Cuba y llegó a E.U.A. en 1980. Vive en New York.
CARLOTA CAULFIELD:
Poetisa cubana que vive en San Francisco. Publicó anteiormente en esta revista (Vol. 1, N° 2).
LUIS CERNUDA (1902-1963):
Del gran poeta español publicamos una nueva version inglesa de uno de sus poemas de “La Realidad y El Deseo”.
MIGUEL CORREA (1956):
Narrador y poeta cubano. Llegó a U.E.A. en 1980 y vive en New York.
TONY D'ARPINO:
Poeta norteamericano. Ha colaborado en varias revistas y recientemente publicó un poemario. Vive en San Francisco.
JIM ELLEDGE:
Poeta norteamericano. Enseña en University of Illinois, Chicago.
H.E.FRANCIS:
Narrador y traductor norteamericano, ha recibido varios premios y enseña inglés en University of Alabama, Huntsville. Tradujo el cuento de Moyano que aquí publicamos.
ISMAEL LORENZO (1946):
Novelista cubano. Dirige la revista Unveiling Cuba y prepara un nuevo libro. Llegó de Cuba en 1980 y vive en New York.
DANIEL MOYANO (1930):
Destacado narrador argentino muy elogiado por la critica. Vive exilado en España.
SHERYL NELMS:
Poetisa norteamericana. Reside en Hurst, Texas.
CARMEN PURSIFULL:
Poetisa norteamericana de ascendencia española y portorrriqueña. Ha desarrollado una extensa y variada actividad artística. Vive en Champaign, Illinois.
JUAN MARTIN RODRÍGUEZ (1954):
Poeta cubano. Llegó a E.U.A. en 1980 y desde entonces colabora con diversas publicaciones. Vive en Miami.
JORGE J. RODRÍGUEZ—FLORIDO (1943):
Poeta y ensayista cubano. Enseña en Chicago State University.
DANIEL RUIS (1948):
Narrador cubano. Ha vivido exilado en España y Venezuela. Actualmente reside en Miami.
BEVERLY SILVA:
Poetisa norteamericana. Vive en San José, California.
MARJORIE ANNE SPEIRS (1949):
Narradora norteamericana. Vive y trabaja como abogado en Portland, Oregon.
HARDING STEDLER:
Poeta norteamericano. Acaba de publicar un poemario y colabora en diversas revistas. Enseña en Shawnee State College, en Portsmouth, Ohio.
ROBERTO VALERO (1955):
Poeta cubano. Miembro del consejo editorial de la revista Mariel. Es profesor en Georgetown University.
CARLOS JOSÉ ALFONZO (1950):
Pintor cubano que llegó a E.U.A. en 1980. Ha recibido numerosos premios. Vive en Los Angeles.
ANGEL LUIS BALMASEDA (1952):
Pintor cubano. Vive en Miami desde 1980 y ha recibido varios premios.
PABLO ALFONSO (1944):
Cuban editor and fiction-writer. He came to U.S.A. in 1980 after eight years of imprisonment in Cuba for political reasons. He lives and studies in Miami.
ORLANDO ALOMÁ (1942):
Cuban poet and journalist. He lives in Miami.
ERLANDERSON:
American poet and translator. He teaches at Portland State University. He is the author of the new English version of the Cernuda’s poem here featured.
RAFAEL BORDAO (1951):
Cuban poet. He specializes in literature for children. A political prisoner in Cuba, he came to America in 1980 and is now living in New York.
CARLOTA CAULFIELD:
Cuban poetess now living in San Francisco. She previously published in Termino (Vol. 1, N° 2).
LUIS CERNUDA (1902-1963):
From the great Spanish poet we featured here a new English version of a poem from “La Realidad y el Deseo”.
MIGUEL CORREA (1956):
Cuban poet and fiction-writer who came to the U.S.A. in 1980 and is now living in New York.
TONY D’ARPINO:
American poet. He has contributed with several magazines and recently published a chapbook. He lives in San Francisco.
JIM ELLEDGE:
American poet. He teaches at the University of Illinois, Chicago.
H.E.FRANCIS:
American translator and fiction-writer. He has earned several awards and teaches English at the University of Alabama, Huntsville. He translated Moyano’s short-story here featured.
ISMAEL LORENZO (1946):
Cuban novelist. He edits Unveiling Cuba and is working on a new book. He came from Cuba in 1980 and now lives in New York.
DANIEL MOYANO (1930):
Outstanding Argentinian fiction-writer of critical acclaim. He lives exiled in Spain.
SHERYL NELMS:
American poetess. She lives in Hurst, Texas.
CARMEN PURSIFULL:
American poetess of Spanish and Puerto Rican ascent. She has performed an extense and diverse artistic activity. She now lives in Champaign, Illinois.
JUAN MARTIN RODRÍGUEZ (1954):
Cuban poet. He has contributed with many publications since his arrival to the U.S.A. in 1980. He currently lives in Miami.
JORGE J. RODRÍGUEZ—FLORIDO (1943):
Cuban poet and essayist. He teaches at Chicago State University.
DANIEL RUIS (1948):
Cuban fiction-writer. He has been exiled in Spain and Venezuela and is now living in Miami.
BEVERLY SILVA:
American poetess. She lives in San Jose, California.
MARJORIE ANNE SPEIRS (1949):
American fiction-writer. She lives in Portland, Oregon, where she works a lawyer.
HARDING STEDLER:
American poet. His new book of poem is fresh off the press and he also contributes with several magazines. He teaches at Shawnee State College, in Portsmouth, Ohio.
ROBERTO VALERO (1955):
Cuban poet. He is in the editorial board of Mariel magazine. He teaches at Georgetown University.
CARLOS JOSÉ ALFONZO (1950):
Cuban painter who arrived to U.S.A. in 1980 and has received many awards. He lives in Los Angeles.
ANGEL LUIS BALMASEDA (1952):
Cuban painter. He lives in Miami since 1980 and has earned several awards.
Este número marca el inicio del segundo año de publicación de TÉRMINO. No hay duda de que la continuidad es una de las determinantes de la trascendencia de una publicación.
El propósito fundamental que nos animó a lanzarnos en esta labor editorial, hace poco más de un año, fue el de divulgar la obra de autores cubanos que se habían visto forzados a crear entre el silencio y la persecución y cuyas obras eran leídas, en el mejor de los casos, por unos pocos amigos, cuando no por algún centinela de la policía cultural castrista. Actualmente TÉRMINO llega a personas o entidades en 35 estados de los Estados Unidos, así como a Puerto Rico, España, Francia, Canadá, Venezuela, Colombia y México.
TÉRMINO no se ha limitado a publicar la obra de autores cubanos, sino también la de escritores y artistas norteamericanos y de otros países iberoamericanos.
Recientemente recibimos una carta de la Biblioteca Nacional de Cuba en la cual se nos propone un canje de publicaciones. Extraño reconocimiento a nuestra existencia y curiosa proposición. Nosotros accedimos y nos preguntamos si esto significa que TÉRMINO será accesible a los lectores de la isla en la misma forma que se puede disponer de las revistas literarias oficiales del país. Retamos a los burócratas de Cuba a consignar público el recibo de nuestra revista y a permitir que pueda ser leída por quien lo desée sin temor a represalias. TÉRMINO se enviará sin falta a La Habana, toca a ellos reconsiderar o mantener su posición.
This issue starts our second year of publication. There is no question about the importance of continuity in determining a publication’s trascendence.
The main goal which motivated us into this editorial task, a little more than a year ago, was to divulge the works of Cuban authors that were forced to create in silence and under persecution, and whose texts were read just by a few friends -in the best of cases- when not by a sentinel from Castro’s cultural police. Today, TÉRMINO is delivered to persons or institutions in 35 states of the United States, as well as to Puerto Rico, Spain, France, Canada, Venezuela, Colombia and Mexico.
TÉRMINO has not only published Cuban authors, but also the works of American writers and artists as well as from other Ibero-American countries.
We recently received a letter from the National Library of Cuba, offering us an exchange of publications. A curious recognition to our existence and a very peculiar proposition. We accepted and asked ourselves if that will mean that TÉRMINO will be available to the Cuban readers in the island as easy as are the official literary publications. We challenge the Cuban comissars to publicly acknowledge that they are receiving our magazine and to allow it to be read by anyone who wishes, without having to fear for any retaliation. TÉRMINO will be delivered to Havana, it is up to them to reconsider or maintain their position.
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With the support of the Ohio Arts Council
Her Father’s Garden/marjorie anne speirs
María tasted bile. Her stomach contracted. She had been dreaming of the garden again. The one behind her father’s house in Havana. The flavor of ripe fruit had been on her tongue—the sun hot on her exposed arms; she too had been ripening. Hernando would come at night and admire her white dress. She would run her small fingers over the surface of her skirt while he spoke to her in a voice just low enough for the words to be indistinguishable to her mother. She liked the hum of his words suspended in the thick night air; she would cease listening to their individual sounds and allow herself to be hypnotized by the rhythm of his speech, all the while absently smoothing the fabric of her dress over her thighs.
It was the bile, the bitter taste of her fear, that told her she was awake. María stared at a discolored sport on the ceiling above her head. Water. She could smell it. She wondered where it was coming from, then was surprised at her wonder. It rained ceaselessly in this strange city. She listened to the rain now and tried to blot out its sullen sound by calling back Hernando’s voice but it was lost to her this side of sleep.
She shifted and arose, pulling a sweater over the blouse and skirt that she had worn to bed. The skin of her forearms looked grey to her and she was glad to cover it. She moved down the hallway and into the kitchen, where José sat looking out the window. She had known that she would find him thus. He would sit there most of the day. On the rare fine day, he would sit on the front steps. She did not ask to know his thoughts. His pride was immense. It no longer permitted him to leave the house in search of the work that was never there, or when it was there, would not be given him.
María moved to touch her brother, but checked the motion. What did they know of her proud father, these men who turned José away? What did they know of her brother in the garden with his books? Or her, for that matter, with hers? She approached the line of cupboards, then stopped in the middle of the room. She had forgotten her purpose.
She stood quite still. No thoughts formed as she ran her eyes over the various surfaces of the room. The walls—a color not quite gold which hinted at green, as though sickened by what they had witnessed—were covered by a sticky film.
She had meant to wash the walls right after she and José had moved in, had planned the cleaning, but the days had crept by and still the walls remained encrusted in ancient grime.
The counter, pink formica, was clean and bare. The table was covered by a plastic cloth. Green. A half-empty coffee cup, two burn marks and her brother’s forearms were all that interrupted the smooth plane of its surface. José’s arms were bared to the elbows, his sleeves rolled up. Dark hair curled over them. She thought of Hernando’s arms, thought of the slight friction caused by his hair—lighter in color than José’s—when she ran her fingers over their surface. José turned, and she coaxed her attention back into the kitchen. The question of food crowded its way to the front of her mind. It was never far from the surface, always lingering just below whatever else had her attention.
María moved through the silence and opened cupboard doors. She gazed into the blank interiors. Opening drawers, she paused to stare at an isolated handful of knives and forks. Touching them, she saw sunlight reflecting off a row of gleaming scalpels, carefully arranged on a counter top of blinding whiteness. The counter top was in a modern building, square and gleaming itself.
She and the other medical students—all in starched white lab coats—were listening to their instructor, a surgeon. She was intent on his every word, but her eyes were on the shafts of light dancing on the scalpels. The scrape of José’s chair on the linoleum chased the vision, and she closed the drawer. María turned and refilled José’s coffee cup before had time to rise. She tried to remember what she had done with the lab coat when she left Havana, but the effort tired her.
After speaking a dozen words to José, María walked through the hallway and outside. She carried over one arm an ancient raincoat, which she unfolded and drew close about her as she stepped onto the sidewalk. Still she shivered. María hesitated at the first corner. She considered her options and turned left toward a line of shops a few blocks away. To walk straight would have meant passing the hospital where she had worked as an aide until two months ago. To have turned right would have been aimless. María knew José was hungry. He did not need to tell her that he felt the same hollow ache in his belly that she felt in hers. Really, to turn left had been her only choice.
María felt the rain on her face and thought of the ocean. She thought of the swell of the water under the boat that had carried her and her brother to this new land, thought of the promise that had quieted the fear which gnawed at her as the small craft slipped through the water, leaving her home behind. José had been smiling, arranging people and their few possessions. Hernando had been on the dock. Her eyes had remained on the spot where the land had been long after it had disappeared from sight.
The ocean voyage and a slow transcontinental journey, each leg of which had been determined by the most recent rumor promise of work, had brought her to this street in this rainy city in the western United States. María sensed that she had come to journey’s end. She and her brother could travel no further without once again encountering the ocean. She felt the few coins and the limp folded money in her pocket. This too was nearly at an end. There would be no more of the endless arithmetic, no more agonized wondering about when the money would run out. She would buy food with the money in her pocket and then it would simply be gone. María felt giddy relief. She felt weightless.
She stopped to watch the frenetic but soundless movements of the contestants on a daytime game show which played itself out simultaneously on five television sets in the window of Sears. Her mother had spent the middle hours of her days in front of the television set in the Havana house. María wondered what her mother had felt during those endless sultry days, wondered if the television had stilled her thoughts or her desires. She had been too busy in the last Havana years—first with Hernando, then with her studies, then both—to give much consideration to her mother’s thoughts and dreams. Something indefinable rising in her throat warned her that she was perilously close to crying. She turned her mesmerized eyes from the television clones, forcing her attention away from her mother and onto the activity around her.
The sidewalk was crowded here and she was now dodging umbrellas. Stepping aside for a hurrying figure, María observed the motion of her feet. Her shoes, which she had bought while she was working, in a moment of guarded optimism at the advent of spring, were flimsy and open-toed. The October rain ran down her feet and into the shoes. She felt the wet soles cling to her feet, felt the movement of water between her feet and the shoes, between her shoes and the sidewalk. She kept walking, all the while thinking of her bare feet on the hot earth in the garden, her father’s garden.
Her feet were dry, dry and hot. Moisture collected on her brow and in the hollow of her back. There was a damp spot where her cotton dress touched her spine. She was grinning at her father, whose head was thrown back in laughter over some antic of hers. What had she done to make him laugh so? Her mother stood in the doorway smiling. She was surprised to see a smile on her own face when she looked in the supermarket window. The sight of the rest of her, wet and colorless in her shapeless clothing, frightened the smile. She entered the supermarket, leaving small, sloppy footprints in her wake, as each step pressed water from her shoes.
María moved between rows of produce. The artificial light hurt her eyes. She blinked and picked up an orange. It was dense and solid in her hand. She eyed it as though it were an alien life form. She saw the orange tree in her father’s garden, saw the fruit, thick on the branches as the curls on her father’s head. Was that tree’s treasure somehow related to these gaudy rows of even-colored, even-textured, perfectly symmetrical spheres? Had her father’s oranges ever such a cartoon color? María replaced the orange. She was not taken in by the illusion of perfection. She had opened enough of these carnival oranges to know what was likely to lie within, to know that the fruit held no promise beyond its smooth, unblemished surface. Bisection would reveal the rind to be thick, the membrane forbidding, the fruit at the center a dry, lifeless knot.
María, deep in discussion, disengaged an orange from a low-hanging branch, severed that life-line without a thought. She peeled back the skin with slender fingers, juice oozing over hands, and fed sections of the fruit to Hernando while she talked. He grinned, his white teeth slicing the plump wedges, a trickle of juice escaping the corner of his mouth and disappearing into his beard. María stopped midsentence and, leaning over, traced the liquid with her tongue, then glanced back at the house. Hernando laughed at her concern—her mother never left the house at midday—and pulled her to him.
Standing in this sterile room full of food that revealed no trace of its source, María tried to imagine the sensations, the smells of the garden, tried to remember the stirrings that Hernando’s touch had awakened, but she felt as dry and lifeless as the fruit at the center of those garish oranges. Her knuckleless whitened as she gripped the edge of the produce counter. The cold metal grated against her bones, but she didn’t loosen her grasp. The discomfort was a measure of her wakefulness, told her this room full of odorless food was not a dream.
María had not moved from in front of the produce counter since entering the store. She did not know how much time had passed. She was rooted. Eventually, she became conscious of sound. At first it was collective, undifferentiated, more like motion. The one sound in particular forced its way out of the rush. It was a voice, a man’s voice. María tightened her grip on the counter edge and turned toward the intrusion. A large, doughy-faced man was asking her to move so that he could inspect the oranges. His voice was rising; he must have been trying to get her attention for some time before his words sliced through her trance.
María carefully uncurled her fingers, breaking contact with the harsh metal, and turned away from the fruit. Her fingers tingled as she walked
into an aisle that held only packaged food. She would buy none of the items that masqueraded as fresh. She would buy the packaged goods which did not pretend to be anything but what they were, which laid no claim to connection with lushness, with life, with death. She considered the amount of money in her pocket and mechanically placed items into one of the small, hand-held baskets provided by the store until she calculated she had picked up enough to exhaust the money.
María was suddenly weary. She had an urge to lie down. The notion did not seem strange to her. She would simply set her groceries aside and curl up on the floor with her head cradled on one arm. It was a seductive thought. Only the image of her brother and his terrible stillness, the awful concentration of his waiting, propelled her toward the checkout counter.
Standing in line, María tried to imagine the life of the women in front of her. Her imagination failed her. The woman was all blue eyes and smiling mouth and bright raincoat. Where would such a vivid creature go with her brimming bags when she left this store? Somewhere the temperature was controlled, the moisture held at bay, a place where an exotic bird could fly safely. Somewhere not harsh. María was again overcome with weariness. She felt lightheaded. Leaning against a magazine rack, she closed her eyes.
Six-year-old María spun around. Colors flashed in front of her eyes. A blur of bright green and orange. The earth rose to meet her, then receded again. Waves of heat rolled over her. She slowed her twirling at the sound of her mother’s voice. Stopping, she sat and watched the garden continue its motion. Her mother was speaking to her, something about the dirt and her pretty dress. The words wove in and out of the motion. She closed her eyes and the spinning stopped. The words became clear. She opened her eyes.
María moved silently through the checkout line and through the doors. She breathed dankness. The air smelled of despair. She pressed the groceries close to her body, and tried to move more briskly, to shake off the water and the sadness and the fear.
Autumn leaves lined the curb. One stuck to her heel. She allowed her foot to drag it along rather than bend to pluck it off. She inclined her head in to the wind, then raised it again as a siren cut the air. She liked its urgent sound. It was the only thing alive around her. It sent a shock wave down her spine, awakened her sleeping nerves; it excited her. Alert now, she planned the meal she would prepare for José. The preparation would erode the wall of time that was the rest of her day. The meal done, it would only be a short while before she could go to bed, close her eyes, seek warmth and oblivion. María thought of the afternoons spent in the bed in Hernando’s small room and pulled her coat closer around her. Where did Hernando spend his afternoons now?
María rounded the corner onto her street and approached her house. On the pathway leading to the front door she paused and clutched her groceries, contemplating the single light in the kitchen window. María closed her eyes. She felt the rain run down her face, felt the spinning motion begin, watched the colors run together, felt warmth gather about her. The spinning slowed. She smelled the earth, felt it beneath her bare feet. She lowered herself and rested her back against the orange tree. María smiled at her father.
Pecas el Nuevo/ismael lorenzo
Sé lo que piensan, es justo. Pero permitanme sugerirles que no se guien por los rumores malintencionados que dicen que aquí es el único lugar en que se puede hablar. Si lo hago ahora es porque aquí me encuentro muy a gusto.
Primeramente voy a darme a conocer: soy bajito, rechoncho, la cara con algunos granos que sólo hacen embellecerla. En fin, considero que le gusto a las mujeres, aunque el volumen de mis tareas revolucionarias me dificulta conseguirlas. Hace más de un año fue la última vez. Pues para mi, servir a la Revolución es lo más importante. No sólo doy mi máximo esfuerzo con la familia para la que trabajo, sino que tengo las guardias en el Comité de Defensa dos veces al mes, más las guardias en el Comité de la Juventud, los trabajos voluntarios los domingos o la preparación combativa de fines de semana.
Me he dejado crecer la melena para tener más aceptación con las mujeres, pues ya ven que no tengo mucho tiempo para caerles detrás. La familia para la cual trabajo no me lo permitió al principio, pero ya ha accedido al ver que los muchachos de aquí se han dejado crecer el pelo, así como toda la gente joven del vecindario.
Se que he estado hablando mucho de mi mismo, y no quisiera que me consideraran autosuficiente, pero ¿si yo no hablo por mi mismo, quién lo haría entonces?
También soy actor, creo que bueno, y la familia a la que sirvo me ha asegurado que me va a conseguir trabajo en un grupo teatral. Mientras, hago mi mejor esfuerzo en mis tareas con ellos. Y aprovecho cualquier oportunidad para superarme intelectualmente. Ahora mismo estoy meditando ante este interesante artículo de prensa. A media tarde siempre tengo alguna dificultad, pero hoy no pude por la mañana. Les hablaba del artículo, pocasiones tengo de leer, ya que mis labores con la familia son muchas, pero tengo que hacerlas. Pues tengo aquí, alojamiento y comida, además de la perspectiva del grupo teatral. A cambio lesavo la ropa interior, disuelvo en agua los pañuelos con semen de los muchachos, preservo los preservativos en talco, para utilizarlos más de una vez, y otros menesteres menores. Ellos saben que hago mi máximo esfuerzo en servirlos, por eso estoy seguro que me conseguiran un buen puesto en un grupo teatral, o quizás hasta en el Instituto de Arte Cinematográfico.
Un esfuerzo, aah... parece que ahora sí. Sobre este artículo que leo en estos momentos, es increíble lo formidable que es él. Aunque tiene más de 40 años hace proezas deportivas que no haría uno de veinte, es único. Es capaz de jugar basketball, pescar submarino, jugar base-ball, practicar karate, tiro, correr grandes distancias y levantar pesas. En todo es sobresaliente, inigualable, aquí en este periódico dice que acaba de hacer 6 flat en los cien metros. Como uno va a sentirse seguro y grande con un líder como éste. Siendo el superior, me siento yo también superior.
La familia lo adora, tiene retratos de él por todas partes, en las habitaciones, en la sala, en el comedor y aquí mismo. Pues él les concedió esta casa por las labores realizadas.
Aaah, un último esfuerzo. Estoy apurado, me he retrasado limpiando las gomas del Mosvictch de la familia, y aún tengo que cortarle las uñas de los pies al hijo menor. Aaaah... al fin, este chocolate que sobra de las meriendas de la familia me tiene muy extreñido. Y hace tiempo que no viene ningún laxante a la farmacia.
Ya se me olvidaba decirles, y el cassette se está acabando, la familia me asegura que tengo un gran futuro y el de mis hijos será todavía mejor.
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Una Guitarra para Julián/daniel moyano
cuando Julián cantaba, todo parecía volverse hermoso en nuestras casas feas y tristes. Aparecia en cualquier momento, generalmente cuando uno lo esperaba, y se ponía a cantar. No tenía guitarra ni nada para acompañarse, pero cualquier cosa hubiera sobrerado a su voz.
Por aquellos tiempos y en estas latitudes estabamos un poco cansados de hablar y de oir. Las palabras, aun las más importantes, habían ido perdiendo poco a poco su encanto y eran como sueños repetidos. Se parecian un poco a las muchas a quienes la persistencia de la pobreza les había entristecido los ojos y las turgencias; y aunque aún eran bellas bajo la tristeza, ni ellas ni nosotros podíamos percibir el resplandor de su hermosura. Buscando leña para el horno del pan en montes cada vez más lejanos, marchaban anémicas al lado de sus sombras florecientes desparramando el sacrificio de toda esa gente abrumada por esperanzas envejecidas.
Los viejos vecinos, cansados de sí mismos y de un mundo inmodifiable, habían dejado de saludarse y de cambiar las frases que algunas veces les sirvieron para sentirse habitantes del mismo universo. En cambio apenas sonreían ante el convenimiento compartido en la certeza de que casi todo era inutil, dejada por la persistencia de los años duros, los inviernos cada vez más largos, el pan calculado y el improrrogable desgaste de los zapatos. Cuando se decidían a hablar, en momentos muy especiales como las fiestas patrias o las navidades, narraban lo obvio, la imposibilidad de decir buenos días, de interesarse por la salud, alegrarse por los nacimientos o entristecer por las muertes. Todo era recibido con un mutismo que venía de ciudades remotas, de grandes edificios donde hombres abstractos y silenciosos también, habían determinado todo eso, según se sospechaba. Ya no eran necesarias las palabras aunque todavía se hablase.
Algunos opinaban que no había tal mutismo y que en realidad se hablaba mucho más que antes; nada más que las palabras no tenían sentido.
En algún momento apareció o fue apareciendo Julián. Acababa de dejar la adolescencia dolorosa y estaba entrando en el mundo de los otros. Llegaba de pronto a una casa en la noche, cuando la gente se congregaba en silencio alrededor de una mesa o de un recuerdo, y cantaba. Eran viejas canciones oídas en la infancia y casi olvidadas. Pareciían canciones tontas, con madreselvas que trepaban por las paredes, patios con glicinas y casas rodeadas por vuelos de palomas. Pero no eran las canciones las que comenzaban a destruir la postrada resignación de la gente, sino el temblor de la voz de Julián, resonando en las noches en el pequeño espacio parecido a un valle donde se agrupaban las casas de estas vecindades en aquellos tiempos y en estos suburbios del país.
Fue así que para nosotros, que estabamos aquí y habíamos perdido la alegría, esta fue recuperada en la voz de Julián. Y por añadidura comenzaron a pertenecernos los objetos mencionados en las canciones, guitarras y senderos, barcos y montañas, no como cosas impuestos, sino presentidas simplemente por los deseos más intimos de cada uno.
Las jóvenes adolescentes comenzaron aamar, y entonces nada pareció tortuoso sino un natural deslumbramiento. La alegría se volvía visible especialmente en el rostro de los ancianos, que declararon sin rubores y sin temor a las palabras el error de sus vidas. “Io que pasa es que no sabíamos cantar”, decian creyendo que cantaban, porque en realidad nadie cantaba, todos estaban escuchando a Julián, que no sólo era el dueño de la voz, sino que la compartía de tal modo que todos creíamos estar cantando con él.
Pero algunos de nosotros reveló el pequeño secreto de nuestra felicidad, y de las grandes ciudades llegaron enormes funcionarios a ver qué pasaba con la voz de Julián y lo que ella significa.
A Guitar for Julián/daniel moyano
when Julian sang, everything seemed to become beautiful in our sad, ugly little houses. He would appear anytime, usually when we expected him, and begin to sing. He had no guitar, nothing to play on, but anything more than his voice would have spoiled it.
In those days here in this region we had grown tired of talking and listening. Words, even the most important ones, had gradually been losing their magic like dreams too often dreamed. They somewhat resembled the girls, whose eyes and breasts persistent poverty had saddened; and although the girls were still beautiful under their sadness, none of us could perceive the glow of their beauty. Hunting wood for the bread oven, searching farther into the mountains each day, they walked pale and thin beside their flowering shadows, seattering the sacrifice of all these people exhausted by old hopes.
And old neighbors, tired of themselves and their unchangeable world, had stopped greeting each other and exchanging the words which used to make them feel they lived in the same world. Instead, they scarcely smiled, sharing the conviction that almost everything was futile, the leftover certainty from too many hard years, longer and longer winters, not enough bread, and the inevitable wearing out of shoes. When they decided to speak to each other, on very special occasions like patriotic holidays or Christmas, they told the obvious -how hard it was to be friendly, to care about their health, to be joyful over births or sad about deaths. They bore everything with a silence which came from remote cities, from enormous buildings where men abstract and silent like themselves had determined all this, so they suspected. Words were no longer necessary although one could still use them. Some claimed that there was no such silence, that people really spoke much more than before, but that the words made no sense.
At any moment Julian appeared or was about to. He had just emerged from painful adolescence and was on the threshold of our world. He would come suddenly to a house, at night, where people were gathered about a table or a reminiscence, and sing. They were songs of long ago, heard in childhood and almost forgotten. They seemed silly, with honeysuckles which climbed walls, patios covered with wisteria, houses encircled by flights of doves. But it was not the songs which began to destroy the humiliating resignation of the people, but the tremor in Julian’s voice, resounding at night in that small space as in a velley where such houses and neighborhoods were clustered in those days in the suburbs of this country.
For us, who were here but had lost our joy, all that was recaptured by Julian’s voice. But even more—the things in the songs became ours: guitars, winding, paths, ships, and mountains, not like imposed objects but imagined simply as the most intimate desires of each of us.
The young began to love, and then nothing seemed agony, but all a natural clouding. Joy came again, especially in the faces of the old, who admitted without shame or fear of words the mistakes they had made. “The truth is we don’t know how to sing,” they said, believing they were sing, though actually nobody was sing, everybody was listening to Julian—for it was his voice, but he shared it so that everyone thought he was sing with Julian.
But one of us revealed the little secret of our happiness, and from the big cities came high officials to see what was happening because of Julian’s voice and what it meant. The goats on the nearby mountains stood still, raising their ears to listen to the fracturing of our peace. While some of us were overjoyed at the arrival of the intruders, others said we had no reason for fear when the men heard Julian, surely they would give him a guitar with ten strings and send him on a scholarship to the capital; and others, finally, trembled in their sleep from fear.
Within a few hours Julian had stopped sing and, not long after, had disappeared, and no one knew what had happened. Then our sadness—which had always been there, barely restrained by the songs—returned. The old folks raised their hands and covered their resigned, shameful faces, and the blooming young grew silent in their yellowing clothes and went back to the river, where winter and summer on their kness they wash diapers and underwear as if washing away the uncertain and the irremediable.
Suddenly we have found our words again and reproach ourselves for having believed in anything so fragile as Julian’s voice. Obviously, we say, joy has gone out of this valley, but we suspect that joy was a simple melodic fantasy created by Julian, so we have gone back to our old hopes, so old now that they have become habit. Words have sharpened our critical sense, and we say that if Juliam came back, if those invisible men who silenced him sent him back, it would not be the same because we could no longer feel the joy of a song. And we are sure of this because our daily work keeps us from believing anything else.
Like many other things, Julian is now part of the past. Perhaps he is a memory, perhaps a word. But if he is a word, no one dares to say it for fear the goats on the mountains will stand still and raise their fearful ears at the presence of invisible men in the surrounding air.
Translated by H.E. Francis
From: Moyano, Daniel. El estuche del cocodrilo. Ediciones del Sol S.A. (Argentina) Buenos Aires: 1974, Permission granted by the author
El Regreso Forzoso/daniel ruis
a ciudad parecía otra. Las calles alargadas y polvorientas se perdían en intrincados lazos sin que el ojo fuera capaz de divisar el fin. La perspectiva también quedaba extrañamente distorsionada en aquella visión en la que, a pesar de las inmensas distancias, los edificios no empequeñecían. Era aquel un universo desconocido en el que David se sentía a gusto. Todo discurría sumido en una paradisiaca placidez que se ensanchaba sin limites, en un manifiesto plan de abarcarlo todo.
Alli, en aquel rincón escasamente iluminado, se había encontrado con la joven. Su rostro lucía unos rasgos equivocos que le resultaban conocidos. Esta impresión aumentó hasta casi llevarlo a la certeza cuando de repente lo asaltó la impresión de encontrarse ante una extraña. ¿Qué cambios se operaron? ¿Eran variaciones que realmente había experimentado aquel rostro o por el contrario, todo se debía a su imaginación? Bastó una palabra de la joven para que él, incapaz de resolver el enigma, reconociera la voz. A pesar de sus esfuerzos tampoco recordar donde la había escuchado ni a quien pertenecía; sin embargo la reconocía, y en esa vaga seguridad se refugió para vencer aquel desconocido estado de ánimo en que lo había sumido, más que la distorsionada imagen de la ciudad que no acababa de reconocer, aquella repentina aparición.
Bastó su respuesta para que en seguida se estableciera un diálogo que, por su intensidad, parecía la continuación de uno interrumpido abruptamente mucho tiempo atrás por alguna circunstancia ajena. A través de las palabras desfilaban las imágenes de un universo detenido. Era precisamente esa atemporalidad lo que hacía disfrutar a David. Allí la gente avanzaba como si no se dirigiera a ninguna parte; y esto, al contrario de los que sucede a menudo, no provocaba en ellos ninguna ansiedad.
De repente sucedió algo que le pareció la repetición de un hecho remoto. Pasaban cerca de una terraza en la que al compás de una orquesta bailaban varias parejas cuando ella, sin decir nada que lo sugiriera, lo sorprendió tomándole manos y pasándole un brazo por el hombre lo haló hacia si. Era una calida noche de carnaval y enseguida David quedó inmerso en el suave perfume que salía de la nuca de la joven, sumado al resto de las parejas.
Más que la música, David sentía la piel de ella, tibia, cuya calidez traspasaba las ropas convirtiéndola en una realidad casi palpable. Le pareció que estaban desnudos. Era imposible otra explicación. Sin embargo, bastaba el amplio vestido de su joven acompañante para comprender que otra debía ser la razón de aquel contacto tan intimo.
Ella hablaba y hablaba. Ahora era incapaz de entenderla. Citaba sitios remotos en los que David nunca había estado. Varias veces la interrumpió para decirselo; pero ella, asegurando que todo se debía a un lamentable olvidado, insistía. Luego pronunció un nombre. En efecto, era el nombre de un viejo amigo. Un amigo olvidado que tal vez hubiera muerto.
—No, no. No ha muerto -aseguró la joven.
David, sin prestarle atención a la extraordinaria circunstancia de haber sido sorpendido en sus pensamientos, se limitó a preguntar:
-¿Cómo lo sabes?
-Lo vi hace poco.
La geografía se levantaba contra aquella afirmación. Miles de kilómetros los separaban de aquel país casi olvidado, casi olvidado en la memoria de David, donde vivía el amigo.
-¡Imposible! - exclamó.
La joven, enojada por su tozudez, se separó ligeramente.
-Lo vi hace apenas dos días- repitió.
Ya estaba dispuesto a replicar cuando se contuvo. ¿Dónde estaban?. ¿Qué música era la que bailaban y qué sitio era aquel? Ante el mar que apareció detrás de un edificio para perderse de nuevo, David descubrió las pristinas aguas de su ciudad, de aquella ciudad extraordinaria que creía lejana. No fue alegría lo que sintió al saberse allí. Un temor ansioso lo invadió en aquel momento -¿Cómo es posible? se preguntaba una y otra vez.
A partir de ese instante todo adquirió una nitidez tiranizante, las siluetas de los edificios olvidados, los árboles frondosos que proyectaban sus sombras sobre las esquinas donde se reunían los estudiantes, el paso de los autobuses y su propia imagen, desdoblada y errante entre aquel tumulto temible.
David se separó de un tirón de su compañera. Poco le importó su belleza y la sensualidad con que apretándolo contra su vientre le acariciaba la espalda; aquella hermosa joven desprovista de identidad había sido la responsable del obligado y temido retorno. Ya los separaban varios metros cuando volvió violento piedra en mano a hundirle el cráneo. Un golpe le bastó para completar su propósito; pero la excitación que había provocado aquella reacción extrema quedó inesperadamente sustituida por la perplejidad en que lo sumió la desaparición del cadáver de la joven. Estaba seguro de haber descargado el golpe y haberla visto desplomarse. Sin embargo no veía el cuerpo y, lo que resultaba más extraño, nadie a su alrededor parecía haberse percatado del crimen.
Sabiendo que aquello no tenía explicación no trató de hallarla. Lo importante era huir de allí, no del lugar del crimen que no sabía si había cometido, sino de la ciudad. Se internó por las callejuelas fundiéndose con los transeúntes. El sol abrasaba. El calor lo hacía sudar abundante. No había sitio donde esconderse. Todas sus precauciones resultarián inútiles, ya todos sabían que había regresado y estarian buscándolo para ajustarle las cuentas. De nada servía ocultarse. De nuevo tendría que sufrir los interrogatorios, tendría que explicar cómo logró huir; y, como las otras veces, se vería forzado a firmar algún documento donde reconocería su participación en un complot extranjero para derribar al gobierno.
El pelotón uniformado caminaba hacia él, aislado en medio de un coro de indolentes espectadores. Aún sabiéndose perdido intentó huir por la brecha recién descubierta. Las piernas no le respondieron; los brazos, sin embargo, habían denunciado su intención, lo que provocó el rápido despliegue del pelotón. Dos hombres se acercaban apuntándole. A escasos pasos uno de ellos se detuvo mientras el otro continuó avanzando. La desazón de David era inmensa. Ya el soldado estaba a su lado, y él, desprovisto de fuerzas y asustado, esperaba el golpe de la mano que acababa de alzarse empujándolo hacia el resto de la tropa cuando, sin reponerse de la angustia, aterrado, despertó.
Relato para un Extraño (fragento)/pablo alfonso
transitar por la calle en medio del bulliicio reinante, sintiendo como te empujan de un lado a otro; por estas aceras donde se aglomera la gente que te impide caminar y te arroja a la cara un vaho maloliente a cerveza; que desborde también de espuma los vasos de cartón encerado comprados en el quiosco de la esquina; y que muestras airoso en tu mano derecha, como trofeo conquistado al precio de mil empellones.
Sentir en las sienas el "boom" de los tambores que te estremece el pecho al paso de la conga arrolladora, entre revuelos de faldas multicolores y pantalones a las rodillas.
Detenerte más adelante, donde comienza la ancha avenida, para respirar un aire que llega purificado desde los árboles cercanos; y apreciar, al paso de la carroza, en su avance despacioso, los cuerpos casi desnudos de las jóvenes que marcan el ritmo de la música al golpe de cornetas y bongoes; con movimientos y contorsiones evocadores de posiciones más intimas, al reclamo de la sangre joven que late ardiente irrigando de vida tu cuerpo.
Sentirte parte de todo este paroxismo de fiesta que es el carnaval y experimentar, al mismo tiempo, la soledad y la ausencia -en medio de tanta gente que te rodea- porque falta ella, para completar el mundo de toda esta gente que te es ajena -aunque sea muy capaz de conocer sus nombres, sus lugares de trabajo, de estudios, sus líos amorosos y su filiaciones políticas- porque toda esta gente; por la cual incluso eres capaz de luchar y morir, no basta para suplir ahora -ni bastará nunca- la ausencia de la que tu has escogido, sin que te expliques cómo; y lo que es pero... sin que puedas explicarlo.
No basta toda esta alegría-de-pueblo-desbordante (que proclaman los altavoces) para contiar tu espíritu atrapado entre nostalgias y recuerdos. De nada sirve que hagas volar de un puntapiés tu vaso de cartón encerado ya vacío de cerveza, y que irá a aumentar ahora la presión de tus riñones y las vueltas de tu cabeza; hasta que te pongas a mear en la primera oscuridad que encuentres o a vomitar tus náuseas en el primer apoyo, mientras la brisa fresca de la noche-que ya no es joven- refresque tus sentidos.
Porque tú bien sabes, Jorge Díaz González, que éste no es el paraíso-y mucho menos crees en toda esa porquería- por más que Ana-Ana Fernández Rodriguez-, te explique todo ese relato no es más que metáfora y ropaje literario-;vaya palabrejas-; pero, si acaso comprendes ahora al ya viejo Adán;- cuando aún no lo era, y recién salido de las manos del Creador, contempló el paraíso de su propiedad; poniendo nombre a cuanto lo rodeaba, sin llegar-a-ser-para-ellos; buscando entre los animales y los árboles; entre las piedras y las flores, un ser semejante a él sin que pudiera hallarlo. Amo de todo y dueño de nada. Solitario en la vastadad de su riqueza universal; mirando sin ver aún su desnudez no comprendida. Acaso comprendes-te repites-, al ya viejo Adán, cuando aún no lo era, en busca de lo que no encontraba pero que pudo al fin contemplar, cuando despertó de su primer sueño para llamarla varona; carne de su carne y hueso de sus huesos-costilla de sus costillas; iniciando así el ciclo del amor y de la vida y de la culpa; que se prolonga hasta nuestros días; en multiplicaciones y crecimiento que no se detienen, ni ante los dolores y sufrimientos de las preñeces, ni ante las divisiones que los hombres han levantado por encima del árbol del Bien y del Mal en su intento perpetuo por alcanzar el árbol de la Vida.
No tienes hoy la alegría del viejo Adán porque Eva no responde a tu llamado. Idéntico es cada despertar e idéntico también el número de tus costillas. Ni siquiera tienes la esperanza de renacer en un grito, lanzando al viento el nombre de tu amada en un conjuro mágico, como en el cuento aquel que ella te contara una tarde.
Te queda sólo, del viejo Adán, su soledad pri-maria; tu varona sigue ausente para tí y en este momento la alegría de los demás no te importa, te colma el individualismo y se pierde tu persona entre la gente que te rodea y que en ocasiones hasta te saluda. Tu "y" se yergue ante el "nosotros" y te pierdes ante tu "ego" que busca su complemento y no entiende ahora de más razones que las suyas propias.
Otro puntapié por el trasero al vaso ya inútil de cartón encerado. Uno nuevo, rebosante de cerveza fría, rompe el monólogo interior que llevaba a Jorge por senderos escabrosos y absurdos. Esta noche, Ana no lo quiso acompañar pretextando sentirse indispuesta. Hasta hoy, había sido una semana maravillosa la que disfrutaran juntos, noche a noche; a un lado las discusiones esteriles que los alejaban, dejándose ambos, en acuerdo no concertado, arrastrar por las fiestas, disfrutando en común de la alegría de sus años jóvenes; profundizando la amistad hasta más allá de sus limites, rozando ya el terreno de los sueños.
Estaba seguro de que la enfermedad de ella era fingida. Ni siquiera salió a recibirlo, y tuvo que contentarse con las explicaciones de la madre quien con mucha amabilidad le informó que Ana estaba ya en la cama desde temprano.
En las últimas noches, había creído encontrar en los ojos de su compañera toda la verdad. Pero no se engañaba. Sabía le leer demasiado bien esos ojos, y tras el brillo de jubilo que irradiaban sus miradas, cuando se encontraban muy cerca sus rostros al amparo del baile, no pasaba inadvertido para él, que un destello de tristeza se deslizaba fugaz por el verde transparente de su pupila, y era entonces cuando ella apartaba la vista y alejaba el rostro; rompiendo el encantamiento que los manténía unidos; ausentes y solitarios en medio de todos los demás.
Por eso la soledad de esta noche le dolía tan adentro. Algo se quebraba en su interior. Y si todo este estado de ánimo, deprimiento e inexplicable, era resultado de su amor por Ana, no lograba comprender entonces que había sido ahora ese sentimiento. Al principio Ana le gustó quizá un poco más, de lo que le gustaran otras muchas; sólo que esta vez todo se fue transformando imperceptiblemente para culminar en el deseo vehemente de su presencia, de su palabra, de su risa alegre y también de su silencio triste. Quizá-reflexionaba- hoy había comprendido que amar era eso: la indiferencia por todo lo que no fuera ella, ante la cual, todo lo demás carecia de valor.
Parecía como si sus sentimientos superasen la razón. Y claro, la razón estaba ahí-entre otras cosas-, presente a su alrededor; llena de realidades expresadas por rojos intensos que, en forma de telas-murales, adornaban la ciudad llena de luces; o quizá en esta valla luminosa cuyas intermitencias daban la sensación de una vertiginosa carrera rectangular, que terminaba en su punto de arrancada y enmarcada las figuras de los fundadores del socialismo científico, tan serios y adustos; o acaso también, en la oscura silueta de aquel templo situado en medio de la plaza, con sus pesadas puertas de madera que permanecían cerradas y su pequeño portal enrejado, en cuya cúpula aparecía una cruz pintada de blanco, que apenas se distinguía en la negrura de la noche y bajo la cual, un reloj inservible marcaba una hora absurda en su inmovilidad, perdida ya en el tiempo.
Acaso era ésta lucha que se planteaba para ellos. El amor a que aspiraban no permitía tolerancias, como la política, ni conveniencias ajenas. Era una realidad que se precisaba encarar con honestidad y valentía, si se quería ser fiel a los principios que exigían renuncias, aunque estás fueran de un carácter tal que nos virasen de revés y expusíramos al desnudo todo lo que llevamos dentro. Ese amor no entiende pluralismo. Ni siquiera lo conocía. Era totalizante, como la sociedad que lo rodeaba, sin llegar a engendrarlo.
Sólo quedaba ahora merodear por las calles con ritmo de carnaval, en un intento de ahogar los sentimientos encontrados, que habían desbordado su intimidad personal, aflorando como arrecifes peligrosos en aguas turbulentas.
Toda la ciudad parecía estremecerse al sonido de las trompetas; tornabanse algarabía las voces de las gentes. Esto era también una realidad. Música y ron. Pan conga. Cal y arena, o cal y canto. Realidad presente en las estridencias de los instrumentos electrónicos, golpeando las viejas paredes de ladrillos que otrara amortiguaron percusión más suaves, exigidas acaso por los compases de las virginias, los lanceros y el cocuyé; cuando a luz del quinqué alegraran fiestas se mejantes, nacidas al calor de las revistas en las fincas ganaderas del ayer colonial y republicano, precursoras de esta pachanga de fin de zafra azucera donde, un-pueblo-en revolución (como proclamaban los altavoces) se resarcía de los esfuerzos realizados; con nuevos ritmos atentos al reclamo de la época.
Cerca ya de la medianoche, se encontró con Héctor y Elisa, quienes avanzaban enlazados por el centro de la calle, en compañía de una mucha a quien Jorge reconoció como la hija de Julia. Se notaba al instante que la pareja habia bebido más de la cuenta, y -sin estar aún borrachos- rozaban ya el limite en que el alcohol no permite coordinar con lucidez las ideas. Por su parte, Diana permanecía más serena y se mantuvo cortésmente indiferente con la aparición de Jorge, que provocara tan efusivas muestras de alborozo en la pareja.
Hacia ya un buen rato que Mario y Julia se habían separado de ellos. En una de las calles donde se bailaba al compás de una orquesta encaramada sobre un escenario de tablas. Confundiéndose entre las otras parejas, los habían perdido de vista. La chica permaneció con ellos hasta que, ante la insistencia de Elisa, -quien veía con impaciencia avanzar la noche-, salieron en busca de los fugitivos.
Para Héctor estaba claro que andaban fugados y no perdidos. Con toda seguridad quisieron desprenderse de Diana, empeñada en acompañar a la madre todas estas noches. Consideró inutil la búsqueda, pero la cercanía de Elisa, apoyada indiferente contra su cuerpo, lo incitaba a continuar la marcha.
Quizá los vapores del alcohol habían despertado en ella el gozo de sentirse deseada. Diana se manténía al margen de todo, representando una guardia de compromiso cuya, sin embargo, impedia a los jóvenes ir más allá de donde habían llegado esta noche, en el mutuo reclamo de sus amores y deseos insatisfechos.
Por esto, la aparición de Jorge fue acogida con tanto interés por la pareja, que encontró un compañero para Diana, aceptado sin disgusto, pero tampoco con entusiasmo.
Cerca del lugar se escuchabá los acordes de una orquesta y al término de la estrecha callejuela se adivinaba una pequeña plaza abarrotada de gente. Tuvieron suerte de hallar una mesa disponible y de nuevo aparecieron los vasos de cartón encerado, espumeantes de cerveza. Jorge contemplaba a Diana con curiosidad. La mucha era realmente hermosa y hasta quizá con un cuerpo de masa si distalía en la negrura de la noche y bajo la cual, un reloj inservible marcaba una hora absurda en su inmovilidad, perdida ya en el tiempo.
Acaso era ésta lucha que se planteaba para ellos. El amor a que aspiraban no permitía tolerancias, como la política, ni conveniencias ajenas. Era una realidad que se precisaba encarar con honestidad y valentía, si se quería ser fiel a los principios que exigían renuncias, aunque estás fueran de un carácter tal que nos virasen de revés y expusíramos al desnudo todo lo que llevamos dentro. Ese amor no entiende pluralismo. Ni siquiera lo conocía. Era totalizante, como la sociedad que lo rodeaba, sin llegar a engendrarlo.
Sólo quedaba ahora merodear por las calles con ritmo de carnaval, en un intento de ahogar los sen-
timientos encontrados, que habían desbordado su intimidad personal, aflorando como arrecifes peligrosos en aguas turbulentas.
Toda la ciudad parecía estremecerse al sonido de las trompetas; tornabanse algarabía las voces de las gentes. Esto era también una personalidad que amenizaba el lugar. Hacia el centro de la improvisada pista de baile vieron pasar a Héctor y Elisa. La mucha bailaba bien; bajo el brazo que rodeaba el talle, Jorge adivin
nos firmes se hundieron el pecho del joven que permaneció tenso; buscó con su vista los ojos de Diana que comenzaba a levantar hacia él, con ligero asombro, su cara sonrosada. Sus labios buscaron los de ella, sin poder encontrarlos, percibiendo tan sólo un aliento agriro, pestilente a cerveza. La suave presión de sus cuerpos se deshizo y Diana colocó, suave pero firme, una mano sobre su hombro izquierdo manteniendo la distancia.
Cuando regresaron a la mesa todavía estaba vacía. Diana parecía no darle importancia al impulso de Jorge y miraba abstraída a su alrededor, dejando escapar despreocupadamente por sus labios entreabiertos, el humo de un cigarrillo que ardía por un solo lado. La ausencia de la pareja se dilataba. Hacia un buen rato ya que la orquesta había dejado de tocar y todas las mesas vecinas estaban nuevamente ocupadas por sus dueños. Jorge adivinaba lo ocurrido y se sintió molesto consigo mismo. Diana le pidió que la llevara a su casa, rechazando la proposición de encontrar a los ausentes. A ella no le interesaba lo que sucediera entre ambos, quería regresar simplemente. Ya avanzaba la madrugada y de seguro su madre estaría de regreso. En todo caso -aseguro- ella estaba cansada y no quería, de ninguna manera, seguir errante tras las huellas de una pareja de novios que nada le interesaba; ya habían errado bastante tras Mario y su madre, quienes en definitiva hicieron lo mismo cuando apenas comenzaba la noche.
Jorge la ayudó a levantarse, sorprendido de la exaltación con que la mucha pronunció sus palabras. Casi podría decirse que había resentimiento en ellas. Bueno, el tenía bastante con sus propios problemas -se dijo-; encendió un cigarrillo y aspiró profundo, dejando penetrar el humo que luego expulsó despacio, mientras echaba a andar junto a Diana quien marcaba con pie firme el retorno.
A Héctor le había costado poco trabajo convencer a Elisa para escaparse. A fin de cuentas -decía-Julia fue la primera que abandonó a su hija al dejarla con ellos, como si se librara de un estorbo; así que nada de reprochable había en que ellos dejaran ahora el mismo estorbo en manos de Jorge.
La voluntad de Elisa parecía haberse fundido con la de su novio. Cada vez más se fueron prolongando los besos, y sus cuerpos ya no se despegaban el uno del otro. Habían andado bastante, sin que ella tuviera demasiada noción del rumbo. Ahora estaban detenidos ante un estrecho edificio rectangular, de una sola planta, y que aparecía rodeado por una tapia, la que permitía, sin embargo, descubrir las persianas entornadas de los cuartos dispuestos en fila; y desde cuyo interior la luz se filtraba hacia la noche en rayos horizontales. Traspasada la puerta que cortaba la pequeña tapia, se encontraron en un estrecho patiecito. Algunas parejas aguardaban -ella no sabía qué entre sordos murmullos que cortaban el espacio de la noche, cargada de silencio.
Como despertando de un sueño, Elisa se desprendió bruscamente del abrazo de Héctor, quien no pudo retenerla. Aquello era una posada y ella no iba a entrar allí -le gritó furiosa, casi histérica-. Detestaba toda esa promiscuidad obscena, que se mostraba con descaro en la espera de un turno para irse a la cama, todavía caliente por encima del frescor de unas sábanas limpias cambiadas a toda prisa.
Inútil fue el esfuerzo de Héctor por retenerla. Todo su empeño se estrelló contra la firmeza de ella. Subieron de tono las palabras que alcanzaron pronto el carácter de reproche y comenzaron a desandar el camino en silencio; silencio sólo roto por las frases persuasivas de Héctor que, lentamente, calmaban el enojo de la mucha.
De nuevo comenzaron las caricias y los besos; apagando los requiebros, acallando las protestas. La calle estaba ahora más solitaria y una brisa casi fría anunciaba el próximo final de la madrugada que pronto terminaria en aurora.
Caminaban junto a una alta tapia que corría paralela, a todo largo de la acera. Elisa la miró con desconfianza, como tratando de reconocer el lugar, o temiendo una nueva posada. Dentro reinaba un absoluto silencio. Al llegar a la esquina, torcieron a la izquierda; y alli, donde terminaba la tapia, aparecía una puerta con barrotes de hierro que permitía ver las estrechas y cortas calles trazadas en el interior de aquel recinto rodeado de muros.
Elisa se detuvo y apoyó el rostro contra las rejas sintiendo el frío del hierro; sus manos aferradas a la puerta se movieron y ésta cedió. Inexplicablemente estaba abierta. Junto a ella, Héctor contemplaba el camino que se iniciaba ante ellos, flanqueado por mármoles blancos, coronados por cruces cuyas siluetas se vislumbraban en la penumbra de la noche.
Avanzaron por entre las tumbas sin pronunciar palabra. El silencio era total y solo en ocasiones el aire traía consigo el lejano sonido de una trompeta que llegaba muy quedo y marchaba fugaz por sobre los altos muros. Sobre una pequeña lápida, gastada por el paso del tiempo, la pálida luz de un lejano farol permitía leer aquel epitafio en verso:
"Aquí Dolores Rondón
finalizó su carrera
ven mortal y considera
las grandezas cuales son:
la opulencia y el poder
el orgullo y presunción
todo llega a fenecer"
Héctor rodeó a Elisa por el talle y la atrajo hacia él, besándola con fuerza en los labios. Fue un beso largo, prolongado. Un sólo beso hasta el final del suelo húmedo, donde se apoyaron sus cuerpos al encuentro del tibio calor de sus sexos húmedos, plenos de excitación y deseos.
Terminaba la noche cuando el regreso a la casa sorprendió a los jóvenes. Todas luces estaban encendidas. Allí se encontraban en la amplia sala, Mario y Julia; con su hija acompañada de Jorge. Una muda interrogación apareció en el rostro canseado de Elisa. En un rincón de la sala, su padre sostenía la cabeza entre sus manos, como si temiese que fuera a rodar por el suelo.
En el cuarto de arriba, tendida en su lecho, la madre dormía, ya para siempre, el sueño de los que no esperan un nuevo amanecer. Acababa de morir hacia unas horas, cuando sentada en su silla preferida, esperaba el regreso de la hija. Allí la encontró el viejo, con la vista perdida en un punto lejano, pero incapaz ya de poder mirar nada más.
POESIA/POETRY
Presentamos a nuestros lectores una nueva versión inglesa de este poema de Luis Cernuda tomado de su libro "La Realidad y El Deseo".
We introduce to our readers a new English rendition of this poem of Luis Cernuda, from his book "La Realidad y El Deseo".
XII
Luis Cernuda
No es el amor quien muere,
Somos nosotros mismos.
Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de si mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir sin desaparecéis un día?
Sólo vive quien mira
Siempre ante si los ojos de su aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.
Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.
Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.
No, no es el amor quien muere.
XII
Luis Cernuda
ERLANDERSON (translator)
(untitled)
It isn’t love that dies-
It is ourselves.
Innocence first
Destroyed in desire.
Self-forgetfulness in another forgotten thing.
Tangled branches,
Why live at all if one day you disappear?
Only he is alive who looks ahead,
Eyes fixed on his dawn.
Only he is alive who kisses
The body of the angel love has raised before him.
Ghosts of pain,
Distant, others,
The ones who lost that love,
Sleeps souvenirs,
Running through graveyards,
Grasping at hollow air.
There they go, over there, sighing,
The dead underfoot, lives under stone,
Beating on impotence,
Clawing at shadow with futile tenacity.
No, it isn’t love that dies.
VITALIDAD
Miguel Correa
para Roberto Valero que ha compartido conmigo estos momentos
La celda
El chirrido metálico de pestillos y viejas cerraduras
Las paredes remachadas. El foco empotrado
Entro
La oscuridad como pintada sobre el piso
Todo terminado. Todo estrictamente atornillado y fijo.
Invento una realidad azulisima de pelicula KODAK
Unos pinos que escalan unos montes de Escocia.
Un viejo campanario al fondo
Cuento hasta sesenta
Orino
Hago una mueca
La celda
La imposibilidad de olvidarla
de percibirla
Saber que no me permite salir
Reviso mis pecados
Reviso nombres y momentos más felices
Me río
Siento la celda aislándome de un peligro inminente
Me acomodo a su estrechez cuadriculada
Me escarbo una pequeña llaga de la frente
Ordeno algunas pertenencias
La celda y dos o tres gentes que amo
Y que nunca veo
La celda como una madre separándome
Del bien, del mal
Del instante vital del amigo
Quizá nunca fueron tan hermosos
Aquellos montes de Escocia
Como desde el centro de la celda-digo
Ni será más importante el viejo campanario
Que observamos desde la planicie una vez
Juntos
Reposados y serenos
Habia
Un intenso olor a hierba triturada
A estiércol
Y los colores luchaban por sobresalir
Al verde uniforme del campo
Nos tendimos en la arena el cielo
Mostraba una danza de formas imprevistas
Luego
Como diez años después
dijiste "yo quiero
ver otra vez desde aquella planicie
el viejo campanario..."
Eso dijiste hace tiempo
Cuando el espacio inmóvil de la celda
Se ha abierto infranqueable ante mis ojos...
AEROPUERTO EN GUADALAJARA
B. Silva
Down to my last peso
I call Joy collect
to meet me in San Francisco.
her stuffed iguana
is safe in my suitcase
concealed in dirty clothes.
the legal liter of tequila
is in my book bag
& a small kahlua snuggles next to the iguana.
I'm ready to leave.
thirteen pesos in my pocket
after i pay the unexpected gate departure fee.
i wasn't prepared for that
or for the difficulties buying an airline ticket.
without my cab driver friend
who wanted to learn English
i couldn't have made it.
i gave him lessons on every corner
while he drove me around Guadalajara
bought my dinner
& delivered me safely at the airport
in time for my flight.
one night in Guadalajara
was all i had.
no time to see the Orozco murals
or the iglesia de San Juan de Dios.
but i did see the Plaza de Mariachis
where i ate sopa de pollo
drank Corona beer with my cab driver friend
took pictures of the dozens of guitar cases
& wandering minstrels
& saw that Guadalajara
is no place to be
down to your last peso.
RUBIO
Carmen M. Pursifull
It may rain tonight.
Zinnias
bend their stems heat-struck
leaning on dried Salvia
whose bell-shaped petals
droop a tired.
One-Hundred degrees
do not affect the marigolds.
Their leaves wave green lace
among the weeds.
Night waits
holding its breath for the storm.
I shall not wait Rubio.
My body glistens each bead
catches light
from La Luna Brillante
and I glow like a firefly
over your body.
Lightly I spread as a cloud
on your chest
my fingers in your hair
darkened by night.
Your eyes open
catch the lightning in the air
rumblings of a storm long due.
A CAROLA NEHER
Carlota Caulfield
¿Qué crimen cometiste Carola Neher?
el crimen de ir hacia el amor
el crimen de tener los ojos tristes
un crimen que no te perdonaron
los asesinos bizantinos
siempre vivos
en las intrigas
de los tiempos.
¿Qué crimen cometiste Carola Neher?
el crimen de haber sido la Polly
de la Opera de tres centavos
y el de ser bella
y el de tu cara blanca
y el de tu pelo ámbar
y ese supuesto crimen
robó el color a tu esperanza
en el teatro espantosamente tétrico
de la Lubianka.
Tú,
acusada de trotskista
sentenciada a diez años
de tus venas abiertas
de tus infinitas torturas
de tu casi muerte por hambre
de tu hijo robado.
Pero aquella historia
de los anillos
escondidos en tu pelo
te conservó el coraje
mientras el terror estalinista
devoraba la ilusión
y trataba de paralizar las almas
Tú, Carola Neher, actriz alemana,
olvidaste que los señores
no creen purezas
que el aire corrupto
sigue estando corrupto
y que el comunismo fervoroso
que profesaste
tu propio verdugo
era y es
una hermosa utopía
soñada en secreto.
¿Cuál fue la suerte de muchos intelectuales alemanes
que huyeron del Fascismo?
La suerte de ser devorados
por el otro Fascismo
de la ideal Unión Soviética.
La suerte de ser triturados
por la guerra sorda
que siguió al doloroso estampido
del exilio
tanteo de suerte y de destino.
La sonrisa infantil
de tu pelo ámbar
Carola Neher
esa que te llevó
a Moscú
de la mano
de tu marido ruso
fue la misma que hizo
que Brecht te amara
en Berlin
fue la misma que hizo
que Brecht
te tratara de salvar.
Carola Neher
fue fusilada
el 28 de junio
de 1942.
POEM BEGINNING WITH A LINE BY GARCIA LORCA
Jim elledge
You searched for a nude
who was like a river, whose
sweat, glinting starlight, might not
tease like windows that keep
inside what heat waxes there,
that release useless light,
a nude whose fingers, slender
and silver, circling in their
current, might lap your ankles
and urge you under: curling
breathless into fire,
into darkness, then settled,
glancing up, back
as sparks riddle the surface.
TARANTISM
Sheryl L. Nelms
adagio on hairy
black tip
toes
the corps de ballet
degage
sur les pointes
across the hot cement
of Interstate 25
in a grand ballet
of black
until my car hits them
in allegro
of exploding tarantulas
SUPPLE BRANCHES
Harding Stedler
Where supple willows shade the waters
beside the shores of late July,
I come to break a Southern heat wave.
Among the willow shadows
resting on the river's brim.
I dream of all that boyhood means:
like cane poles cut from sandy bottom land,
mud sculpted through the seams of toes,
a dog, and climbing.
There, I soak up shadows
and, in solitude,
escape adult demands,
bait my dreams with plastic worms
and, on supple branches,
cast myself to sleep.
"BEFORE THE SEVENTH WEEK"
Jorge J. Rodriguez-Florido
You enrolled in my class with your child, outstanding bills, and those cigarettes. (Sometimes you eat even if you ain't hungry. Many times you chew gum.)
Irregardless of what I say you talk in class to anybody who can listen. Otherwise your eyes gaze at the space. (And do you know how to knit?). Your child just moves and cries.
I know. It's better to be in class than in the halls. It's better to be registered than loitering at home. It's better to be a mother than the mother of none.
I see. You're late and unprepared or absent and unpaid. It don't matter; as long as you stay there you'll end up with a grade.
ULTIMO POEMA
Juan Martin Rodriguez
aqui está la última palabra de lo que nunca fui cuando los poetas no sean irremediables títeres del amor o de la política tomarán todos esos poemas-canciones de cuna de los que creen ser grandes soldados y con ellos quizá hagan algo irreverente Asi sea.
EL TOPO
Tony D'Arpino
for A. Jodorowsky
The sun
Keeps the desert alive.
The elements
Keep the body alive.
Diagonal and paradoxical, The self cannot be seen Because it sees (El Topo stares at an animal And the animal runs away) Although I know a woman Who can stare into my eyes And see my soul.
Geography is perfect. On a mesa I stand like an X And a mirror forms On the wall of my eye. A window in the desert. A little movie in a hole.
Old father honeycomb and his woman Watch the moon become a cocoon. The yucca moth dances in the pollen Of the desert flower In the cool night When the scorpions cling To the roadways for warmth.
SIMPLEMENTE UN MENSAJE
Rafael Bordao
No te dejaron sofar con mariposas de alas amarillas, ni te dejaron hacer -con tus manos de infante- ni un sólo barquito de papel.
Creciste entre espuma de olas cuya piel florecia con besos húmedos de salitre y los arrecifes te mordían los pies-sin uso apenas-, como peces malvados.
Mas, no te dejaron bogar por las aguas del Golfo (no porque te cuidaban), sino porque sabían que pescaban con redes tan grandes como la isla y temían (obviamente) fueras -lo que eres ya-, un sintoma; simplemente un mensaje.
La Generación del Mariel/roberto valero
Introducción
¿Qué es una generación?
Este trabajo trata de llegar a una conclusión sobre el polémico éxodo del Mariel, conclusión sobre todo desde el punto de vista intelectual. Constituyen los artistas y escritores salidos de Cuba en 1980 una generación? Yo creo que sí, pero el trabajo es difícil puesto que lo empresa sin la visión clara que produce el alejamiento histórico, más arduo porque form parte de lo que se ha llamado Generación del Mariel, y más problemático aún porque hay nombres, de seguro, que no manejo en este trabajo y llegaran a estar incluidos en este grupo. Varios de los mencionados también pudieran perderse cuando el tiempo, (ese magnífico antologador) y los críticos futuros, se encarguen de inmortalizar lo inmortalizable, y desechar la escoria, valga la palabrita.
La escuela definición del Diccionario de la Lengua Española es aceptable, pero no concluyente: “Acción y efecto de engendrar; conjunto de todos los vivientes coetáneos”. La gigantesca versión de Webster's Third New International Dictionary trae algunas posibilidades que me gustan, nos podemos acercar, al menos, a lo que yo también considero una generación. Me tomo la licencia de alterar un tiempo verbal: 1) ...his work affects the life and thought of later generations”. 3)...the average span of time variously computed and varying according to cultural and other conditions between the birth of parents and that of their children-among primitive peoples twenty years may make a generation”. José Ortega y Gasset reduce el radio temporal a quince años. Tenemos hasta una cuarta acepción que parece hecha por un marielito, es la de mejor humor en nuestro caso, dice H.G.G. Herklots que: “A group of individuals having contemporaneously a status...”. Digo que es la más simpática por que los llegados por el Mariel tienen el mismo status legal, no tienen ninguno, carecen hasta de status, o lo tienen “pending”.
Para Lain Entralgo el propósito de su libro La Generación del Noventa y ocho, es “describir el suceso histórico de una generación como la biografía de un parecido” 1, y aquí ya estamos entrando en materia. No hay ninguna generación de escritores cubanos que tenga una biografía más parecida, ninguna generación que tenga un marco histórico tan monolítico como la del Mariel.
Quizás yo prefiera el breve, y nada exacto, libro de Azorín La Generación del 98. Lo digo por varias razones, entre otras porque Azorín también escribió sin la perspectiva histórica, se limitó a ordenar un grupo de artículos en cinco cortas secciones, y el mismo formaba parte de la generación sobre la cual estaba escribiendo. Desde luego que yo no estoy tratando de comparar con el Azor castellano, y caeré en esos pecadillos de mencionarme a mí mismo, esto jamás lo hubiera hecho el delicado poeta español. Yo lo que si pienso robarle su idea estructural, aunque debo agregar otras divisiones, veamos por parte:
I. Génesis de la Generación del Mariel
En 1959, Fidel Castro toma el poder. Lo que pareció una posibilidad para América Latina se tornó más tarde, en mi opinión, en la más terrible tiránia que han padecido los cubanos y una de las más sangrientes del hemisferio. Miles de fusilamientos, miles de presos políticos, el diez por ciento de la población en éxodo, y una férrea censura, son el resultado de lo que muchos intelectuales cubanos y extranjeros vieron como una revolución humanitaria. La situación con los presos políticos, la censura desmesurada en todas las disciplinas, la crisis económica más devastadora de nuestra historia, el ser prácticamente una colonia soviética y tener un ejército mercenario de miles de soldados, miles en Angola y otros miles en Nicaragua, por solo citar los casos más conocidos, es el marco histórico del 59-80. Amén de tener a Jehová como gobernante desde el 59 hasta hoy.
Al principio de la Revolución hubo cierto florecimiento cultural. Fue una Edad de Oro que sin lugar a dudas se cierra con el escándalo Padilla, la censura a las figuras claves de nuestra literatura como Lezama Lima y Virgilio Piñera, el éxodo de escritores de talla internacional como Cabrera Infante, Lydia Cabrera y Severo Sarduy, y el encarcelamiento de marginación de escritores jóvenes que permanecían en Cuba, como Reinaldo Arenas, José Triana y Delfin Prats.
Los escritores nacidos a finales del cuarenta y en la década del cincuenta, encuentran este “paraiso cultural” cuando comienzan a inclinarse por la literatura o el arte. Los que se negaron a participar en todos los carnavales artísticos, como ejemplo podemos citar los talleres literarios asesorados por la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas) o el PCC, comenzaron a crear en silencio a guardar sus materiales y a poner la esperanza en el mar.
Por una serie de razones que no vamos a analizar, el primero de abril de 1980 se desatan los sucesos de la Embajada del Perú, casi 11.000 cubanos se refugián en una Sede Diplomática pidiendo su salida del país. Días después comenzó el éxodo del Mariel. Hechos: aproximadamente 125,000 cubanos llegan a E.U. casi desnudos. Veinticinco personas mueren el intento, pues en ocasiones muñchas embarcaciones pequeñas venían sobrepasadas de peso. Esos cubanos estuvieron el campo de concentración “El Mosquito”, donde la soldadesca castrista se divirtió golpeando y echándoles los perros a los que esperaban su salida. Todo tipo de humillaciones, palizas, asesinatos,... padecieron los que escaparon de su “patria” en 1980. Entre esos cubanos venían decenas de escritores, de pintores, músicos, creadores. Intelectuales que tuvieron que utilizar un nombre falso para que la policía no los descubriera, como Reinaldo Arenas o inventarse delitos que nunca cometieron.
También vinieron esas embarcaciones criminales, locos, delincuentes de la peor clase. Esa fue la sucia jugada del Sr. Castro para desmoralizar lo que lo desmoralizaba a él, tampoco esto entra en nuestro trabajo, pero valga la aclaración. Casi todos los creadores que vinieron el resultado del Hombre Nuevo, jóvenes que se habían educado en la filosofía marxista-leninista,... No puede utilizar, el que pretenda atacar este éxodo, las viejas etiquetas de que son los burgueses, los aristócratas, los racistas, los que abandonan la Revolución. Blancos, negros, jóvenes, viejos,... carpinteros y periodistas, lavanderas y pintores... cubanos que llegaban en cero a enfrentarse a otra cultura, a cambiar quizás, la visión un poco soñolenta de otros cubanos que habían abandonado la Isla antes
II. Un año clave: 1980. Precursores y casos especiales de la Generación del Mariel
Los acontecimientos del verano de 1980 hacen que muchos revolucionarios pierdan la poca fe que aún tenían en la Revolución. Como hecho cimero se puede destacar el suicidio de Haydee Santamaria, (figura clave en la Revolución) el mismo 26 de Julio, la fecha más importante de la “épica” castrista. Escritores de otras generaciones, y ya con un nombre hecho, piden asilo político en el extranjero, algunos un año antes después del 80, pero tomémoslos en cuenta, aunque desde luego que no pretend “embarcarlos” en la Generación del Mariel.
Edmund Desnoes se queda en Europa en 1979 aprovechando un permiso del Gobierno. Antonio Benitez Rojo también se queda en Europa en 1980. César Leante pide asilo político en España en 1981. Heberto Padilla logra permiso de salida en 1980 después de largos años de lucha. Su esposa la poetisa Belkis Cuza Malé (1942) había salido antes. Llegan también entre 1979 y 1981, René Ariza (1940), dramaturgo y poeta; Vicente Echerri (1948), expreso político, habia salido hacia España en octubre de 1979; Armando Alvarez Bravo, Rogelio Lpis, Juan Peñate, que estuvo en la Embajada del Perú, salió hacia España en 1980; Esteban L. Cárdenas (1944), llegó en 1979, estuvo preso varios años en Cuba, el poeta Miguel Sales, preso político en Cuba por varios años llegó en octubre de 1978,...
Todos estos escritores que abandonaron Cuba alrededor de 1980, pero no via Mariel, revitalizaron el asunto Cuba de una forma u otra. El caso más extraño es el de Edmund Desnoes, quien se queda en exilio pero trata de armar una extraña fanfarría pro-revolución 2. Los otros, de diferentes formas, dan a laurea de crear buena literatura, casi todos con puntos comunes en cuanto a los temas principales que explotarán los escritores del Mariel. Aunque los escritores del Mariel tienen común la diferenciación.
Entre los escritores que llegaron por el Mariel y que ya tenía un nombre internacional se encuentra Reinaldo Arenas (1943). Arenas es, sin duda, el mejor novelista de su generación y uno de los escritores cubanos de mayor talento, ha sido uno de los que más han hecho por dar a conocer a los escritores jóvenes que llegamos por el Mariel. No sólo ha utilizado su labor intelectual. (escribiendo incesantes artículos sobre jóvenes valores desconocidos), sino que ha sido pródigo también con su dinero, costeando, o ayudando a pagar, revistas, periodicos y exposiciones de arte, que se han editado o montado paraomenaje a escritores cubanos, o para dar a conocer la cara intelectual del Mariel y despejar dadas sobre la situación en Cuba a los que todavía quieren tenerlas. Desde su arribo en 1980 ha publicado nuevos libros, ha visto la redición de sus obras anteriores, nuevas traducciones han aparecido y ha participado en muchísimos congresos y conferencias donde su obsesión ha sido, enhorabuena, dar a conocer lo que él mismo llamó La Generación del Mariel, y a develar Cuba, desmascarar un Gobierno reaccionario que casi lo aniquila.
III. Marielitos perfectos
Lo de perfectos es irónico, claro. Pero aquí podríamos incluir los escritores que eran desconocidos antes del 80 y que utilizaron el Mariel como via de escape. Algunos habían publicado pero muy poco, desde luego que manejo los nombres de los que nos han dejado saber que escriben, ojalá nos sorprendan otras futuro, y desde ya me estoy justificando por las omisiones no intencionales, si faltan algunos nombres de escritores, seguro que si, ha sido principalmente porque no tengo sus materiales a mano.
Reinaldo García Ramos (1944) estuvo vinculado con el grupo El Puente, había publicado en algunas revistas y antologias. Traductor, graduado de Literatura Francesa, hoy trabaja como periodista. Considero a García Ramos como uno de los más prometedores escritores llegados por el Mariel, buen ensayista, magnifico poeta y su libro El país o sus sueños es una vigorosa narración poética sobre su viaje por Mariel que los criticos se encargarán de situar en buen ángulo.
Carlos Victoria (1950) es un narrador inteligente y buen poeta también acaba de terminar un libro de cuentos; Las sombras en la playa; Miguel Correa (1956) ha escrito una desenfada y simpática novela, Al norte del infierno, y también tiene buen poemas. Juan Abreu (1952), es un pintor muy prometedor, también escribe. Jesús J. Barquet (1953), estudia y enseña en Tulane University, ya publicó su primer libro Sin decir el mar, también Ismael Lorenzo (1947) ofireció su primera novela, La Hostería del Tesoro, y tiene otras ineditas. Roberto Valero (1955), publicó Desde un oscuro ángulo, es un escritor muy prometedor, veremos que dice el tiempo, tiene varios libros inéditos. Roberto Madrigal-Ecay, (1950), quien estuvo asilado en la embajada de Perú, es un escritor muy inteligente y desde su llegada via Mariel ha publicado críticas de cine, ensayos y cuentos.
En fin, la lista de marielitos “perfectos” sería larga, baste por ahora agregar a Manuel Ballagas (1948), estuvo en la Embajada del Perú, vino por Mariel; Luis de la Paz (1956), René Cífuenes (1953), Nicolás Abreu (1954), Emilio V. López Alonso, Andrés Reynaldo, quien había ganado el Premio David de 1978...
IV. Publicaciones y premios
A nuestra llegada en 1980 algunos periódicos y revistas nos abrieron sus páginas, otros nos las cerraron. Los se-
gundos no me interesan por reaccionarios, vamos a hablar un poco de los primeros.
Florencio García Cisneros, director de "Noticias de Arte", una gaceta quincenal de literatura y arte, ha sido un magnífico apoyo, a través de sus páginas publicaron muchos de los nuevos escritores y se editaron números especiales como el dedicado al Mariel (noviembre 1981, Año 6 Nº 11) y el Homenaje a Lydia Cabrera (Mayo 1982).
En enero de 1982 apareció el primer número de Linden Lane Magazine, en Princeton, (Publisher: Heberto Padilla, Editor: Belkis Cuza Malé, Advisory Editor: Reinaldo Arenas). Linden Lane Magazine ha salido ya seis veces, ha sido un esfuerzo útil para dar a conocer a los nuevos escritores cubanos, también ha publicado a los ya consagrados, así como figuras literarias de otros países.
En 1982 apareció "Término", una publicación bilingüe editada en Ohio, cuyos directores son Roberto Madrigal Ecay y Manuel F. Ballagas, ambos llegados por el Mariel, creadores ambos. "Término" ha sido otro esfuerzo conjunto por dar a conocer los nuevos valores y unificar a los creadores cubanos.
A finales de 1982 apareció "Unveiling Cuba", una revista de información literaria que edita Ismael Lorenzo, novelista que ya mencionamos. "Unveiling Cuba" se propone llegar al público norteamericano, todo el material aparece en inglés.
Justo tres años después del éxito del Mariel apareció un ambicioso proyecto, la revista de literatura y arte "Mariel". El Consejo de Dirección lo forman Juan Abreu, Reinaldo Arenas y Reinaldo García Ramos, los tres llegados por el Mariel y a quienes hemos mencionado anteriormente. "Mariel" es una revista de magnifica calidad literaria.
Téngase en cuenta que estos proyectos han sido costeados en su mayoría por "marielitos" o por escritores cubanos llegados alrededor del 1980. Creadores que desembarcaron en E.U. sin un dólar y cuyas prioridades en estos años, aparte de comer y pagar alquileres, han sido los ahorros con fines de publicar.
Me he referido solamente a las revisitas que conozco, quizás existan otras. Además, cada autor tiene engavetado un libro, o dos, o tres, esperando ganar un concurso o poder costearse la edición.
Muchos de estos escritores han publicado artículos en periódicos latinoamericanos como El Universal de Caracas, La Nación de Costa Rica,...
b) Premios
Varios escritores llegados por el Mariel han ganado prestigiosos premios, también becas para terminar sus estudios especializados en distintas univer-sidades norteamericanas, lo mismo ha ocurrido con los pintores y con los músicos. El joven pianista Daniel Hernández ganó una beca para proseguir sus estudios de música, Daniel también escribe buena poesía, por sólo citar un ejemplo.
V. Temas y similitudes
Si en algo se parecen los escritores del Mariel es en el tratar de no parecerse, muchos tienen sus voces definidas en poesía o en narrativa, los pintores tratan de lograr estilos propios,... En la psicología si se parecen, están más allá del bien o el mal, un desenfado absoluto, irreverencia ante todo lo caduco, como Azorrín debo aclarar que lo caduco no es lo viejo, arremeten contra todo lo que huela a limitación, totalitarismo, están en contra de las dictaduras de los cuatro costados, a saber: las de izquierda, las de derecha, las delanteras y las posteriores. Ninguna generación ha sido tan libre en sexo, en filosofía, en escuelas literarias,... Casi todos padecemos un anticastrismo y antisovietismo de 102 por ciento, lo padecemos por lo que padecimos.
Tan irreverentes son contra todo lo caduco, como respetuosos de los viejos valores. Son José Lezama Lima y Virgilio Piñera las dos figuras que quizás más admiran muchos de los creadores del Mariel. Ambos padecieron la tiranía castrista hasta las máximas consecuencias, ambos fueron creadores excepcionales, para ambos, como para los escritores del Mariel, prima el amor por la creación misma, no los intereses que ésta pueda crear. La política para casi ninguno es un fin, sino que el fin y el medio es el arte; que atacan duro desde el punto de vista política? Si, pero el reino es la creación, lo político viene por añadidura, no pueden desvincularse de una realidad de veintiún años que torturó a algunos, que los exilió y que destruyó la familia de los más.
La lista de pintores sería larga también, solo quiero destacar a Alberto Lastreto, nació en Argentina en 1952, abandonó su país en 1975 y se trasladó a La Habana, Lastreto venía huyendo le a las dictaduras derechistas del Cono Sur y pensó, como tantos otros inocentes, que la solución estaba en la otra parte. En 1980 Alberto Lastreto logró salir de Cuba, sirva de ejemplo a la posición política del grupo, contra todo tipo de dictaduras.
Otro rasgo que asusta de la Generación es su preparación cultural, casi todos son por lo menos bilingües, algunos políglotas, actualizados en los movimientos artísticos y literarios, están produciendo con eficacia y valor artístico intrínseco, el tiempo se encargará de reafirmar lo que ahora parece una frase. Educados en un sistema marxista-leninista-castrista, conocen el enemigo perfectamente, y habían, desde antes, profundizado en lo posible-teniendo en cuenta la censura-en las filosofías contrarias.
Dada libertad misma de la generación desconozco si la mayoría se inclina a un credo religioso o a una filosofía específica. Asqueados del silencio de las denominaciones "cristianas" en Cuba, aliadas hipócritas de la dictadura-ESTOY GENERALIZANDO- casi todos son anticlericales, pero intuyo que son religiosos, si no tuvieran una férrea fe interna se hubieran suicidado dentro de la Isla. Hablo de una fe bien amplia, tan amplia que incluye in-mino
TERMINOmino
clusive hasta los que creen que no la tienen.
Algunos se inclinan por las religiones orientales.
En filosofía y política no me atrevo a intuir, aunque casi todos los que he tratado son demócratas-no hablo de partidos-y de seguro que podemos eliminar la posibilidad marxista, aún el caso desconcertante del sociolista Desnoes, que en fin de cuentas tampoco es del Mariel.
VI. Relación con otras generaciones, otros vínculos
Creo, con orgullo, que los mejores escritores y artistas cubanos han visto con buenos ojos a estos creadores del Mariel, también algunos políticos.
Gozan de la admiración de la Generación del Mariel, a la vez que han sido buenos amigos en el más primitivo y bello sentido de la palabra, escritores como Enrique Labrador Ruiz, Lydia Cabrera, Eugenio Florit, Severo Sarduy, Hilda Perera, Carlos Alberto Montaner, Carlos Ripoll, Juan Arcocha, Guillermo Cabrera Infante, Carlos Franqui, Juana Rosa Pita,... entre los más jóvenes: Miguel Sales, Iván Acosta, Laura Ymayo, Lilian Bertot, Alicia Rodríguez,...
Entre los políticos, sin casi ningún miembro milite activamente en partidos, han prestado gran ayuda Frank Calzón, Hüber Matos, Gustavo Marín, y otros grupos y asociaciones.
Criticos de arte como Giulio V. Blanc, pintores de la talla de Camacho, Mijares y Wifredo Lam,criticos norteamericanos especializados en literatura cubana como la Dra. Estela Irizarry, pintores jóvenes como Gustavo Ojeda y María Elena Badías (1959), escritores de otras latitudes y generaciones como Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, la joven y prometedora poetisa puertorriqueña Evelyn Cole, el poeta salvadoreño David Escobar Galindo, y tantos otros, le han dedicado su atención a la Generación del Mariel, o a algunos de los mencionados.
VII. A modo de epílogo
Tomando un poco la conclusión de Láin Entralgo, y cubanizándola, podemos decir que La Generación del Mariel si es una generación de artistas y escritores cubanos, porque ha sido determinada por la historia de la Cuba castrista historia casi monolítica, que no sufrieron otras generaciones, ver La Literatura Cubana de Raimundo Lazo, pues en las generaciones anteriores alguien se daba su viajecito a Buenos Aires, a México, a Europa,... mientras que la Generación del Mariel no tuvo otro marco histórico, ni geográfico, que el margen azotado de la Isla.
Los creadores de esta generación difieren del resto de los creadores de su tiempo, difieren de los que siguen Cuba, los escritores oficiales, puesto que creamos sin jefes, sin que se nos obligue a producir dentro de patrones, casi siempre dentro del Realismo Socialista y a favor de una Revolución caduca y traicionada, y somos distintos de otros creadores que ya estaban el exilio, porque nuestra actuación y pensamiento sobre la historia que nos tocó vivir es completamente diférente desde el punto de vista vivencial. Esto no margina a los creadores afines por equis razones, ya lo he señalado, pero forzosamente tenemos que ser distintos: desde el desayuno que nos tomas entre bromas, para no recordar a los amigos y familiares que dejamos en medio de una escasez inhumana, hasta el momento de reírnos o admirar una buena película, porque es casi seguro que si no cumple los parámetros castristas ellos no la verán, o cuando, ya casi sin darnos cuenta, alargamos la mano al librero para leer al cotidiano Borges, o Tres Tristes Tigres, o a Nabokov, y sabemos que los que ayer compartían todas las miserias con nosotros están fuera de la historia, “dentró de la quemazón y la pavorosa inquietud de un destino incierto”, como dijera Lezama Lima.
NOTAS:
1-Láin Entralgo, Pedro: La Generación del Noventa y ocho, Capítulo II.
2-Ver: Desnoes, Edmundo: Los dispositivos en la flor (Cuba: literatura desde la Revolución). Libro completaamente ambiguo y lleno de calumnias y medias verdades.
3-Desde luego que las generalizaciones que hago y los juicios que emito son de mi entera responsabilidad, no estoy hablando por La Generación del Mariel. Corro el riesgo de equivocarme, o de dar en el blanco, pero es un trabajo sincero y modesto que espera por otros, para que tomando en cuenta estos derroteros, puedan profundizar más y situar mejor a los creadores de mi generación.
Bibliografía
I. Libros:
1) Azorín: La Generación del 98.
2) Blutstein, Howard I; Area handbook for Cuba, Library of Congress Catalog Card Number: 75-610124, Published in 1971.
3) Láin Entralgo, Pedro: La Generación del Noventa y ocho.
4) Lazo, Raimundo: La Literatura Cubana.
II. Diccionarios:
1) Diccionario actualizado de la Lengua Española (1976).
2) Diccionario de la Literatura Cubana, Editorial Letras Cubanas, Cuba, 1980.
3. Webster’s Third New International Dictionary (1976).
III. Revistas, gacetas y periódicos:
1) “Enlace”, Miami, Fl.
2) “Linden Lane Magazine” (Vol. I, Nos. 1, 2, 3 y 4). Princeton, N.J.
3) “Miami Herald”, Echerrri, Vicente; “Mariel: un episodio infortunado”. Mayo 4-1983.
4) “Mariel”, Miami, Fl. Año 1, Nº 1. Abril-1983.
5) “Noticias de Arte”, New York, N.Y. (Varios)
6) “Término”, Cincinnati, Ohio. (Vol. I, Nº 2)
7) “Unveiling Cuba”, New York, N.Y. (Nº II, enero-1983)
La Generación del Silencio II/manuel f. ballagas
“...Other unknown young writers who had refused to compromise their art chose to escape during the mass exodus of 1980”.
Carlos Ripoll, Censors & Dissenters, Partisan Review, Vol. XLVIII, No. 4
Al ser entrevistado por la revista Gaceta de Cuba con motivo de su premiación el Concurso Casa de Las Américas de 1966, el cuentista Jesús Díaz afirmó, entre otras cosas, que el grupo de jóvenes escritores cubanos nucleados en torno a las Ediciones El Puente en los primeros años de la década de 1960 había constituido “la fracción más negativa y disoluta de la generación actuante”. Semejante condenación en bloque no había sido hecha nunca antes contra ningún otro grupo literario cubano joven o viejo; pero las declaraciones de Díaz no eran sino el epitafio que se imponía a una labor editorial de casi seis años, desarrollada por el poeta José Mario y un grupo de asociados con medios casi.exclusivamente privados. De hecho, las Ediciones El Puente (y con ella sus colaboradores) habían sido eliminadas del panorama literario cubano un año antes, por orden expresa de Fidel Castro y con la aprobación táctica de la Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental.
Resulta a estas alturas demasiado evidente que la represión desatada por la burocracia cultural y la seguridad del estado castristas contra los intelectuales afectó fundamentalmente y en primera instancia a los escritores de la primera generación posrevolucionaria, la cual ha sido caracterizada justamente por nosotros como generación del silencio (ver Término, Vol. 1, No. 2), en oposición a otros grupos de escritores que, por espacio de muchos años, fueron beneficiarios directos y cómplices de la brutal política de censura esta blecida por los comunistas, primero bajo la consigna de “dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada”, y más tarde -según racionalizara en un ensayo Roberto Fernández Retamar- bajo una perspectiva revisada del mismo concepto.
La generación del silencio -esos jóvenes escritores que rehusaron comprometer su arte, como dice Carlos Ripoll- ha comenzado a hacer un poco de ruido desde que una apreciable parte de sus integrantes abandonara Cuba por diversas vías, pero su verdadera significación amenaza con ser obscurecida por la manipulación que ejercen sobre ella factores interesados tanto en los medios masivos de comunicación como en las publicaciones especializadas.
Se ha empezado a hablar así de una generación del Mariel (concepto un tanto provinciano que limita los alcances del hecho generacional, reduciéndolo a una circunstancia histórica pasajera), o de un supuesto movimiento disidente de tal amplitud que llega a abarcar tanto a las víctimas de la censura como a los viejos censores, transformados ahora en disidentes por arte de birlibirloque de la publicidad. Cosa curiosa: todos estos disidentes se encuentran el exilio, y que sepa, su movimiento carece de contacto con la actividad literaria clandestina de la Isla.
Parejamente, en Cuba las teorizaciones oficiales tienden a soslayar la importancia del factor generacional tanto en sus apreciaciones del desarrollo artístico-literario más reciente como en sus proyecciones tendenciosas del devenir histórico en general. En lo que a Salvador Bueno, José Antonio Portuondo y otros críticos respecta, la revolución de 1959 produjo, al tiempo que una radical transformación socio-politica de la nación, una tregua permanente -y conveniente- en la lucha generacional.
Estas mixtificaciones, sin embargo, no bastan para encubrir una realidad que para ahora se ha hecho demasiado clara: la primera generación posrevolucionaria, defraudada y sin compromiso alguno con el pasado republicano y con el presente socialista, es por derecho propio la primera generación disidente. Sus obras -literarias y de otra indolehan sido concebidas en la más absoluta clandestinidad, situación que sus predecesores contribuyeron a instalar, de una forma u otra, en el centro mismo de nuestra historia, como monumento elocuente a sus errores políticos, su cobardía y su oportunismo.
La primera palabra de la generación del silencio apenas comienza a ser pronunciada. En Cuba y en el exilio las nuevas voces comienzan a hacerse sentir, agrias y graves. Allá, para asumir (con todos los riesgos que ello implica) una libertad esquiva y difícil, que es deber más que derecho; aquí, para negar el silencio a que todavía se la condena, y sobre todo, para poner las cosas en su lugar.
Notes of Revolutionaddict/roberto madrigal ecay
The Death of Che Guevara. By Jay Cantor. 578 pages. Knopf 10/83 $17.95.
Up to now, every book dealing with the figure of Che Guevara has been written inverting the logical relation of causality, that is, starting from the last page. This manipulative approach has served the political and financial interests of the authors or their backers. Altogether, they have contributed to enhance the mythological dimension of Guevara’s public image while obscuring distorting and making inaccessible the contours of the real face that lies under the stereotype. This novel represents the first honest intellectual appraisal of the thought and personality of Che Guevara, the human being.
Cantor is the author of a very peculiar and incisive book of essays: The Space Between: Literature and Politics, an excellent excercise in literary synthesis, written in a fine and witty prose. Born in 1950, he attended college in the middle of the Sixties’ turbulence and at the peak of the Chexploitation.
In this, his first novel, Cantor embarks on ambitious and risky project. The writing of a historic novel is a very difficult literary task whose difficulty doubles when the novel deals with recent contemporary history. He attempts to bring a symbol to life, tracing Guevara’s development from a tourist of revolutionary processes to a revolution processor for tourists. It is mostly an epistemology.
The action opens in an improbable bucolic Isle of Pines in 1965, where Guevara, after a major ideological dispute with Castro, is in a sort of confinement accompanied by Ponco, his closet and most loyal disciple. Guevara is writing his autocritic - which is, in fact, his autobiography. The story jumps back and forth from Guevara’s recollections to the present time. Guevara shows his pieces to Ponco who serves as Guevara’s as well as Cantor’s alter ego - in order to hear his critical comments, which are, surprisingly, mostly of literary character.
Unfortunately, what is a promising structure becomes a boring and ailing sample of fiction. Cantor’s debt to Freud and Marcuse clearly shows up, hurting the credibility of his characters who start to sound as the author’s echoes. The portrayal of Guevara’s childhood and adolescence is nothing but a superficial and schematic psychoanalytical dossier of a handicapped child who never solved the conflict of his relationship with his parents. It is curious that Cantor fails to suggest the mother’s Lesbianism, a suspicious that shocked Guevara, as he told his first wife Hilda Gadea. Guevara is pictured as an angry and ambitious young man, an enthusiastic observer of major political events whose narcissism for his own ideas and goals (always over-shadowed by the father’s figure) drives him constantly to mistake imagination for reality: an obsessed egomaniac determined to be larger than life. Cantor’s conception of Guevara is basically correct, however, the character transition from a devoted Gandhian to a violent guerrillero is so abrupt that is very implausible. There is no mention of the impact that Marxist professor Harold White could have had on his thought, neither of the fact that the time of meeting Castro in Mexico, Guevara was sympathetic to Stalinism and to the Soviet Union, therefore, no explanation is given in the book for his subsequent variation. The years he spent in Mexico and fighting in the Sierra Maestra - undoubtedly very important for his development - are barely touched.
On the other hand, political events are evaluated with too much of a contemporary touch that leads to a Manichean academic simplification that a novel is not able to absorb. Geographical descriptions are poor and the dialogue is too corny. In contradiction with his Freudianism Cantor treats the sexual aspects in a Victorian antiseptic way.
Obvious sources for the first part are the books written by Ricardo Rojo, Hilda Gadea and Andrew Sinclair, as well as Franqui’s works. The amount of research done is impressive, as is the precision with which the information is put together (even though, with all intention, Cantor alters dates and characters - let us forgive an editorial blunder in which some people are crossing a bridge from Guatemala to Ecuador!), but there is more to praise the work of the scientist rather than the artist.
In the second part, after the Bolivian experience, Ponco -the leading survivor of the catastrophe- returns to the same place in Isle of Pines (?!), and starts to gather Guevara’s autocritic and Bolivian journals, his own journals and other guerrilleros diaries.
Inventing history from written history, Cantor tells the story that was sketched between the lines in the actual Guevara journals. This section underlines the existence of a conspiracy from the higher international hierarchies of the communists apparatchiks to annihilate Guevara. It explores the crucis of a rigid and hallucinating Messianic leader, lost in his dogmatism, unable to communicate with the masses he is coming to rescue. It relates the defeat of a kamikaze ideologist who ends up drowning in his saliva.
By the end of this part Cantor achieves some narrative brilliance, specially in the fictious Camba’s journals. But the story adds very little to and does not go beyond what Daniel James started in his introduction to the Stein and Day edition of the complete Bolivian journals, from which the central plot is obviously taken. Cantor, as was James, is not able to understand that the core of the problem is the impossibility of guerrilla warfare as the way to national liberation. They accept the fairy tale that the guerrilla was the only factor responsible for the success of the Cuban revolution, - a lack of understanding that also doomed Guevara who always underestimated the role played by the urban clandestine movement and by no less important civilian rejection of Batista’s rule.
The characters are approached from the stereotype and never come to life. The Bolivian peasants are depicted in a folkloric way and when the individuals talk, they are only repeating popular slogans undermining the dramatic effect of the dialogues and situations.
The technique of combining real characters with fictitious and fiction alized characters (Ponco is no other than Captain Harry Villegas, nicknamed Pombo in Guevara’s guerrilla; Ricardo Rojo is transformed into his parody under the name of Roberto Soto; and Fernando Alvarados, an inspiration for Guevara’s adolescent social conscience in this book, is the result of the mixed personalities of Jose Aguilar and Alberto Granados, two real life Guevara friends) does not work at all. Instead of bring the characters to life, it romanticizes them, therefore helping to build up the mythological image of Che as opposed to Guevara the real man.
For the reader, the book is a frustrating experience since one becomes the passive witness of the total waste that the immature Cantor-the-Novelis makes of the extraordinary job done by Cantor-the-Historian.
RELECTURAS
¿A qué le temía Virginia Woolf?/orlando alomá
una amiga mía declaró una vez, en el prólogo de su primera colección de poesía, publicada a los 20 años, que sus libros preferidos eran las autobiografías. Como yo también tenía 20 años, su precoz predilección me pareció asombrosa por lo sosa.
Sin embargo, con el paso del tiempo llegué a apreciar su punto de vista. En ninguna parte como en la desnudez de las autobiografías -y de diarios y epistolarios- exponen los autores, si no están demasiado pendientes de la posteridad, ideas y sentimientos sobre su arte y oficio. En ninguna otra fuente es posible familiarizarse tanto con la personalidad, la técnica y los recursos de escritores y artistas, así como con las exquisitas penas y alegrias de la creación.
La variedad de testimonios es infinita: tantos como artistas haya. Para algunos, el proceso mismo de la creación es, en cierto sentido, un gozoso desahogo tras un período cada vez más tenso de cocción y maduración de ideas. El autor, entonces, se siente alborozado y como aliviado de una carga al culminar su, por así decirlo, preñez intellectual. El acto creativo es, para ese tipo de artista, el único ritual efectivo para purgarse el espíritu.
Otros, por el contrario, se alteran y sufren durante el lapso en que dan cuerpo y alma a sus elucubraciones. Nunca parecen estar seguros, o satisfecchos, de los resultados, y a sus propios ojos nunca han concluido. Cuando se convencen de que sí, se sienten drenados e intranquilos. La obra de arte inconclusa se les ha convertido a la vez en reto y enigma; su ejecución, en un tormento.
Virginia Woolf pertenecía decidamente a los sufridos. Un recorrido reciente por los cuatro tomos de la autobiografía de su marido, Leonard Woolf —que la escribió bien pasados sus 80— ha aumentado mi admiración, compasión y comprensión de esta mujer, notable en más de un aspecto.
Le gustaban los animales y las flores; vestía con un estilo muy personal; disfrutaba de amigos, fiestecitas y reuniones sociales; y le encantaba recibir visitas de fin de semana —una o dos personas a la vez— en su casa de campo. Incluso viajó su poquito. Además, ella y Leonard, solos, iniciaron en 1917, en su propia casa, la aún existente Hogarth Press, cuyos bien escogidos volúmenes imprimían, encuadernaban y distribuián ellos mismos.
Sin embargo, la infatigable trabajadora se sentaba ante su escritorio todas las mañana y se las arregló para escribir unos 20 libros en menos de 30 años. Entre ellos hay nueve novelas, un puñado de las cuales pueden reclamar un puesto en las primeras filas de la narrativa inglesa de su época -o de cualquier época-.
Una verdadera hazaña, tanto en cantidad como en calidad, sobre todo si se considera el precario equilibrio de su mente. Virginia Woolf nunca fue una persona físicamente fuerte, ni mentalmente saludable. Soportó, desde su temprana infancia al último año de su vida, cuatro colapsos nerviosos y el resto del tiempo parecia estar coqueteando con ellos.
No podía dejar de escribir, y escribir no le hacía bien. Por una parte, era una esmerada perfeccionista: escribía y rescribía sus libros sin cesar, y casi los volvía a rehacer en las pruebas de galera. Por otra parte, era patológicamente sensible a la crítica y le tenía pánico al momento en que sus obras publicadas salían a vivir sus propias vidas, sujetas a los altibajos de la evaluación pública.
A ese respecto, llegó al extremo de anotar en su diario las “opiniones” adversas decritos temidos —días antes de que recibieran sus libros! Como muchos autores, era víctima de la defomación profesional de la aprehension extrema y, a pesar de su lucidez, tomaba a menudo sus alucinaciones por hechos.
Desde luego, no se puede culpar solamente a sus labores literarias de la inestabilidad de Virginia Woolf. Para eso está también la naturaleza, como, por ejemplo, en su perturbada e inconstante sexualidad, que le costó mucho trabajo aceptar. Esto vale para su ambivalente relación con Vita Sackville West (Mrs. Harold Nicolson), escritora y, en primer lugar, personaje, que sirvió de modelo a la cambiante figura titular de Orlando (aunque esto no lo vino a confirmar públicamente Vita hasta mediados de los años 50).
El costado sinuoso de esa mutua atracción fue cuidadosamente eludido -y se comprende- por Leonard Woolf en su autobiografía y en su demasiado cauta edición de A Writer’s Diary, de Virginia. Tampoco aparece en los tres volúmenes de los diarios de Harold Nicolson (editados por su hijo Nigel en la década del 60), en los que, como era de esperarse, Virginia recibe mucho menos atencion que en las memorias de su esposo. El candente asunto tuvo que esperar hasta los más tolerantes años 70 para que -sorpresa- Nigel Nicolson lo abordara francamente y, me atrevería a decir, con tacto en su Portrait of a Marriage, un libro enterecedor que disfrutó -o padeció- de cierta popularidad por razones en parte equivocadas.
Durante más de dos mil años, poetas y siquiatras nos han advertiido de la delgada y frágil frontera en la locura y el genio. El excesivo ensimismamiento y la consiguiente separación del mundo han llevado a muchos artistas y escritores a la demencia y/o el suicidio. Muchos Hamlets han ido a parar al manicomio sólo porque había demasiada locura en su método.
Virginia Woolf era neurasténica y sufría constantes trastornos mentales. Trató de matarse en 1895 -a los 13 años- saltando por una ventana, y en 1915 con una sobredosis de veronal. La guerra desgastó sus fatigados nervios y a la tercera fue la vencida: el 28 de marzo de 1941 se lanzó al río Ouse, con sombrero, pesadas botas de goma y piedras en los bolsillos. Su bastón quedó junto a la ribera.
En la memoria, el último apunte en su diario -una afirmación perfectamente anodina- resuena con un aura de misterio y soledad, de desamparo y determinación: “Leonard está con los rododendros”, escribió antes de entregarse a la muerte por agua. Un gesto de derrota, porque la muerte -había intudado ella en las lineas finales de Las Olas -“la muerte es el enemigo”.
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