NUEVA VERSION ESPAÑOLA DE UN POEMA DE ROBERT GRAVES
FICCION/FICTION:
P. Carr, L. García-Vega,
A. Landauro, I. Lorenzo,
M. Montes-Huidobro,
G. Peterson,
M. Villaverde
POESIA/POETRY:
J. Barquet, J. Espino,
I. Fuentes, E. López-Alonso, R. Llopis-Fuentes
K. Panzica, T. Sansirene
IDEAS:
O. Alomá, M. Ballagas
J. Posada
LIBROS/BOOKS:
R. Madrigal Ecay,
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VOL. II N° 7
PRIMAVERA/SPRING
1984
TERMINO
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PERM N° 6157
CINNATI. OHIO
LITERARY BILINGUAL PUBLICATION / PUBLICACION LITERARIA BILINGÜE
EDITORES/PUBLISHERS: ROBERTO MADRIGAL ECAY y MANUEL F. BALLAGAS
CONSEJO EDITORIAL/EDITORIAL BOARD: ORLANDO ALOMA, ESTEBAN CARDENAS, RICARDO OTEIZA y JORGE POSADA
PORTADA/COVER: FELIPE MICHEL PEREZ
9/10/2023
TERMINO
PRIMAVERA/SPRING 1984
TERMINO is a independent literary quarterly published in Cincinnati, Ohio, featuring works written in English and in Spanish. Each author is responsible for his/her own opinions and holds all rights over works published in this magazine.
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FICCION / FICTION
MATIAS MONTES-HUIDOBRO I El Complejo Balfour
Era indiscutible que Ernesto había sido, entre los Villalobos, el que había sufrido más directamente el sistema de succión constante que constituya la dieta alimenticia de Rodolfo. Si bien Macho se libró por un procedimiento fálico y Paquín lo hizo descalabrándose en Indianápolis, a Ernesto le chupó Rodolfo la masa gris, como muy certeramente afirmaba Mariajuana. De Paquín, no hay que olvidar, le llegaron algunas inspiraciones fundamentales, particularmente aquella nota romántica del joven enamorado de la luna. Recordemos que fue el Presidente Villalobos el encargado de hacer realidad las aventuras interplanetarias y el que puso el primer cohete en la luna.
Pero, seamos justos: a Ernesto le tocó la peor parte. Situado entre la izquierda de Koblanski y la derecha de Rodolfo, estaba condenado a perecer en una época que no podía aceptar el punto medio del liberalismo bien intencionado. Esto explica que sobre el infeliz se confabularan los más les habidos y por haber y que al terminar esta historia no nos quede otro remedio que meterlo en un manicomio, del valium al electroshock, llevado con camisa de fuerza. Estudiante de primera, Ernesto era un mamífero del intelecto que asimiló en las aulas de San Marcos todo libro que se le ponía por delante. Del misticismo de San Juan de la Cruz hasta el marxismo de Carlos Marx, no quedó texto ideológico que no convirtiera en célula de sabiduría. Eso sin contar el pensamiento democrático sobre el cual descansaba esa liberalidad que le era característica, dejando que entraran por la misma puerta tanto Dios como el Diablo. Lamentablemente estos eran enemigos irreconcilables. Inspirado en Jefferson, Emerson y el Discurso de Gettysburgh, Ernesto tenía el vano empeño de que todos se llevaran bien. Cuando el Diablo le ponía una zancadilla a Dios, o viceversa, él proponía el diálogo, la discusión civilizada, el pro y el contra, un arreglo pacífico y cocido intermedio, ni muy crudo ni muy cocinado. Dios, que era un creador de la nada, prefería que le dejaran la carne con su juguito, mientras que al Diablo le gustaba sobre lo quemado. Pasaban horas en largas discusiones culinarias y acababan tirándose a la cabeza los platos de la gastronomía metafísica. Como Ernesto estaba democrático en el medio, no sólo tenía que pagar los platos rotos sino que era su cabeza el campo de batalla en donde explotaban los proyectiles. Con esto queda dicho casi todo.
Sin hacer comparaciones odiosas y sin poner a Dios o al Diablo a la izquierda o a la derecha, otro tanto le pasó con Koblanski y Rodolfo. Inspirado en un ideario de reformas sociales. Koblanski lo movió hacia el espíritu revolucionario, que de bolchevique se convertía en Declaración de la Independencia, Campana de la Libertad, en el cerebro de Ernesto. En ese punto lo cogió Rodolfo por su cuenta, que lo transformó todo a su antojo distorsionante. Entre la espada y la pared se le quedó el acero atravesado.
La desaparición de Koblanski y la presencia de Rodolfo llevó a la angustia bipartita de la imaginación y la realidad. Mientras veía al segundo imaginaba al primer. Mientras que por el dia este último le sacaba las ideas de la boca, por la noche Koblanski le metía otras más confusas en medio de las pesadillas de la ausencia. María Juana quería detener aquel deterioramiento progresivo del cerebro de Ernesto, prometiéndoselas mejor para cuando llegara a la presidencia, que era el objetivo que ella se había trazado; que él tenía interiormente pero del cual se iba distanciando a pasos agigantados. Con grandes esfuerzos, Marién llegó a convencerlo de que Koblanski no estaba allí, de que vivía una existencia onírica y que lo mejor que podía hacer, para salvarse, era pegarle un tiro. El siquiatra, que era bastante bruto, era de idéntico parecer, sin comprender que dentro de aquel arroz con mango, matar a Koblanski iba a ser un modo de matarse a sí mismo; cuando menos la mitad del medio pollito. Otro tanto si el tiro al blanco era Rodolfo, porque aquel pico de oro lo tenía metido en la cabeza y comía en ella de lo que pica el pollo. Tenía que subsistir dentro de la dualidad, lo que equivalría a decir que dejara de hacerlo.
A conflicto mayor no se había enfrentado la sociología. Era una personalidad partida por el ejecución no se podía decir que desdoblada. Los siquiatras se pasaban horas y horas discutiendo el caso, hasta que un día invitaron a las reuniones al famoso doctor sueco Pituso Spinoza. El Dr. Spinoza se había comprado en el aeropuerto de Barajas la obra más famosa de Roberto Luis Balfour y se entretuvo en la lectura mientras el avión se acercaba a la capital. Fue entonces que se le ocurrió que lo mejor era repetir a Balfour. Cuando llegó al salón de conferencias dio a conocer el “complejo Balfour” y los siquiatras, como de costumbre, se quedaron con la boca abierta. Era indiscutible que el Dr. Spinoza había dado en el blanco. La conferencia fue considerada el non plus ultra del experimentalismo siquíátrico, y como Spinoza, además, había visto hacía poco en un cine de la Gran Vía la famosa película de Balfour, doblada al español, con Spencer Tracy hablando con todas las zetas habidas y por haber, Lana Turner con dejado andaluz e Ingrid Bergman con acordes de verdulera, tenía el tema en la mano y no hizo otra cosa que disfrazar un poco la película. De la sala de conferencias pasó Pituso a la residencia de Ernesto Villalobos, que estaba sumido en uno de los más lamentables estados depresivos originados por el “Complejo Balfour”.
A Ernesto le pareció una cara conocida, pero como le pasaba ultimamente, no sabía donde la había visto. A Marién le pareció también alguien que había visto alguna vez, pero como Pituso, como buen Spinoza, se había dejado crecer la barba, la perspicaz esposa no pudo reconocerlo. Además, ella sospechaba de todo el mundo, hasta el punto de que había llegado a la conclusión de que cuando ella acababa de resultarle sospechoso. Esto facilitó las tareas de Pituso Spinoza, que recomendó un “retiro siquíátrico” de nueve días solamente.
El resultado de este fue la catástrofe. Entre yecciones y somniferos, Pituso disfrazó a Koblanski de fakir y lo trasladó a Saudi Arabia. Día y noche, Ernesto lo veía por las calles de Damasco, con turbante y batilongo de rayas, acostado sobre clavos, encantando serpientes, entrando en la Mezquita de Damasco y rezando arabescamente frente a un conjunto abstracto de motivos florales y geométricos. Aquel entusiasmo de Koblanski por el Islam le pareció alucinante (como realmente era), pero como ya no se sorprendía de nada acabó por aceptarlo como cosa natural. De ahí a querer meter en los laberintos del Corán no había más que un paso. De esta forma el Dr. Spinoza le metió a Koblanski en la cabeza envuelto en los ropajes del alfabeto árabe. Fue entonces que Ernesto decidió ir en misión secreta al Líbano.
Esto del Libiano fue un decir. Como la misión era tan secreta no iba a bajarse con la verdad: un recorrido que empezaría en Damasco y terminaría en el manicomio. Corán en mano, un batilongo y un turbante en la maleta, salió para el aeropuerto. De nada le valieron a Marién todas lágrimas que derramó. Acompañado de Pituso, éste no descansó hasta verlo en vuelo.
Mucho habría que escribir sobre las aventuras de Ernesto en el mundo islámico. Se bebió el Corán en un dos por tres y hasta aprendió unas cuantas palabras en árabe. En especial repetía constantemente aquello de:
—Alif Ba Tsa djim Ha Ja Dal Dzal Juanito Koblanski?
(—Han visto por aquí a Juanito Koblanski?)
Siempre recibía la misma respuesta desoladora:
—I don’t speak English.
El mundo se le volvia abstracto. Los turbantes no hacían más que confundirlo y dondequiera que iba creía encontrarse con la figura de Koblanski. En su lugar acababa encontrarse con decoraciones florales y los arabescos de la escritura. La figura humana, los seres humanos, desaparecian en una abstracción de formas y colores, un laberinto donde no iba a encontrar jamás a un Koblanski de carne y hueso. De mezquita en mezquita, se perdía de la alminar al mihrab, repitiendo una y otra vez aquello de:
—Alif Ba Tsa djim Ha Ja Dal Dzal Juanito Koblanski?
Acabó por resultar una figura legendaria en el mundo árabe, uno de esos locos que abundan tanto en el mundo occidental, particularmente en las aldeas españolas, de los cuales se burla todo el mundo y al que nadie le hace caso. Jhasta para los árabes estaba medio loco! Hubo momentos en que le tiraron piedras y uno que otro huevo podrido.
Le imploraba a Mahoma con una inspiración cristiana que tenía mucho de misticismo hispánico. Antes los arcos de herradura y los capiteles le rezaba al Espíritu Santo y a al Virgen María, mezclando los terrenos de la fe con una impropiedad que ofendía a Mahoma y a Jesucristo. Nuevamente se enredaba entre el bien y el mal, quedando mal con todos los santos del cielo. Desarrolló una preferencia lingüística por todas las palabras que empezaban con a, y cansado de hacer la misma pregunta que recibiía la misma respuesta, castellanizó el árabe pero tampoco dijo nada. Lo mismo andaba por el Kairuán y El-Azhar, que por la Giralda o la Alhambra, persiguiendo la sombra de Koblanski entre infernales galerías de capiteles y de arcos, que se extendían engañosamente hasta el infinito y que ascendían por escaleras en espiral hasta los campanarios cristianos.
Cansado de sus incansables recorridos, regresó un día a la Alhambra. Pasó horas en la Sala de los Embajadores, esperando tal vez que Koblanski pidiera audiencia. Se metió en los baños, pero el polaco tampoco se llegó por allí para darse un chapón zón. Siguió por el Patio de Los Naranjos y entonces tuvo la nitida sensación de que algo inexplicable iba a tener lugar. Se apresuró y un impulso desconocido lanzó al Patio de los Leones. Allí, en el medio, estaba la fuente, con aquel Círculo enigmático de leones primitivos. La abstracción adquiría un cierto sentido: todo se volvia más gráfico. Comprendió que se había engañado entre los arabescos y tirándose en el piano miró cara a todos y cada uno de los leones, reconociendo en todos y cada uno de ellos la burla grotesca de Pituso Spinoza. Entonces lo recordó: era el mismo Pituso que había visto alguno vez con Koblanski en San Marcos: era el enemigo mortal, el bicho malo, que lo había separado de Koblanski y que ahora conspiraba una vez más. Como si estuviera consciente de una conspiración que no acaba de entender, comprendió el peligro, no sólo para él, sino también para el propio Koblanski y, lo que era más, para Rodolfo. Salió del Patio de los Leones y en el agua de la alberca vió a Rodolfo, ahogado, entre las flores los doto.
Sin pensarlo más, se fué para Washington. Estaba seguro que había una conspiración. Era él el que había abandonado a su hermano y al propio Koblanski, persiguiendo entre arabescos una realidad que estaba por alguna otra parte. Le parecía que el tiempo se había detenido para que él llegara tarde y se perdiera en los laberintos del Corán y de Mahoma, en las doctrinas de Carlos Marx y hasta en la Biblia en pasta.
Cuando el avión aterrizó, notó una gran confusión el aeropuerto. Lo detuvieron. Con turbante en la cabeza y vistiendo aquel batilongo árabe que no había tenido tiempo de quitarse, el claramente alguien muy sospechoso, un agente secreto tal vez. Confundido, quiso decir su nombre, pero se dió cuenta que lentamente lo había olvidado. De alguna manera sacó el pasado de entre las páginas del Corán y lo entregó al oficial de aduana, quedó no menos sorprendido al ver que
PATT CARR I War of the Beggars
It was if a human pestilence had descended upon the city. She’d never seen, smelled, brushed aside so many of them. She walked past a woman and child propped on the grass as if they’d been dropped from a height. Their bodies were slack, but she could feel their alert devouring stares that made her spine rigid, her knees wooden. Just beyond them lay a man, stretched beside the walkway, his scarred legs and bare feet extended stiffly from pants torn off at the calf. She edged as far from him as she could without stepping off into the grass still from the afternoon rain, and although she avoided glancing directly at his prone figure, she could discern a faint steam rising from him. He’d obviously lain like that, half on the pebbled sidewalk, half on the grass, throughout the rain. He might be dead, but he also might reach out suddenly and grab her ankle, demand a five peso note to loosen his grip. She hurried around him, trying not to reveal her quickened pace, and averted her eyes.
There were dozens of them ahead, men, women with limp babies on their shoulders, a scattering of children, a gauntlet of poor she’d have to pass through if she continued along the river walk, and she was tempted to turn back, to out through the park to the street. She could take one of the hot dusty taxis whose shabby poverty was at least institutionalized and thus expected. A taxi driver might extort as many pesos for a tip as the ride itself had cost, but at least the man wouldn’t be a beggar.
The beggars had become a plague. Their insistent plucking fingers reached from every shop doorway, their fetid bodies clogged every alley. And now this once-pleasant park along the river was choked with them. he outlying hills had always teemed with cardboard and tin can slums, but now it was if the slopes were eroding beggars, as if more and more of them were washing into the city with each rain.
But she forced herself to walk steadily through the alternating sun patches and tree shadows. She couldn’t allow herself to turn back and signal a taxi. She had to face down the line of beggars. It’s a siege, she thought. They’re gathering to blocade our wrought iron gates, to lock us in our stifling patios while they take over the city. If she retreated, turned away intimidated, they’d only be bolder the next time, only converge with more insolence along the path the next afternoon. She had to demonstrate that she could stroll unafraid in their midst.
“Señorita. Señora.” A childish voice trilled musically beside her. “Una señorita, la reina de su raza.”
And the phrase, “queen of her race,” startled her into looking down into the great brown eyes of a little boy.
He appeared to be about four years old, his delicate face beneath tumbled black curls gazing up at her with delight. His dark eyes were sparkling with pleasure, and his roseate lips were curved in a cherubic smile. Sunlight touched his smooth forehead, his rounded baby cheeks, with the golden glow of a Renaissance oil as he stood before her, a tanned diminutive angel, posed for a cathedral nativity. She stared down at his little face in a moment of wordless admiration. He was the most beautiful child she’d ever seen.
Then his smile broadened, his very white teeth gleamed between his lips, and he said in the same musical tone, “Por favor, mi señorita bellísima.” His litte hand raised slightly toward her.
He was enveloped in what had origianlly been a large man’s white dress shirt, and the grayed strips of cloth covered him so amply that she couldn’t tell if he wore any other clothing. But despite his ragged cast-off, there was something quite unbegarly about him, and he smiled at her with a charming assurance. His eyes gazed up with a mingled innocence and certainty that even though she was more affluent than he, her sensitivity would enjoy sharing some of that wealth with him.
And she felt her own lips smile in response.
His little palm, a pale inner shell to his firm brown hand, remained steadily uplifted.
Give to one beggar and you’ll be marked; you’ll have to distribute alms to all the others until you’ve exhausted the supply of pesos in every pocket. She knew that. But she’d never encountered such a winning child.
She slipped the leather purse strap from the shoulder and looked down on the lovely little features that grinned companionably up. His smiling eyes held hers unwaveringly as she clicked open the silver clasp and felt for the loose pesos she kept for maids’ carfare.
His smile beamed a constant joy, betrayed not a shadow of intent or triumph, as his tiny hand flicked out and whipped the purse from her fingers. The little upturned face vanished from beneath her gaze.
She raised her eyes to see him speeding along the pebble studded sidewalk as if the flapping shirt were sailing him into the trees.
“Stop!” she shouted, momentarily hoarse with anger, momentarily forgetting her own rule that the truly elite should never raise their voices on city streets. And then she was running after him, her sandals slapping against the path of solidified stones.
She hadn’t run on anything but a tennis court in years, but she was in good condition and she was swift as she ran beside the carnivorous beggars’ eyes, raced after the child whose tiny bare feet twingled below the frayed remains of the shirt.
She knew by then, of course, that he was much older than four, that perhaps he was a teen-ager, or possibly even a student adult. But she was almost as fast as he was she ran effortlessly just behind him. She’d begun to gain on him, almost able to grasp a handful of the shirt, when he suddenly veered off the sidewalk, ran onto the footbridge over the river.
She turned after him. Her sandals thudded hollowly on the wooden bridge, and she caught a glimpse of the water and the wet stones in the river below.
He was just ahead, having reached the dirt path that wound up the hill beyond the river. he hadn’t expected her to follow him, and although he hadn’t looked back, she knew that he was conscious of her, that he realized she was only a few feet behind him. If her arms had been only a little longer, she could have caught him as he lost momentum on the incline.
But she was slowed as well when she hit the uphill dirt footpath, and he widened the gap between them once more as they ran in single file toward the three white crosses on the summit.
The rhythm on her sandals covered the patterning of his feet, and her breath was loud around her.
The hard packed dirt path twisted through dry scrub weeds tt had abruptly replaced the dewy grass along the river. They’d run only a few meters up from the river bed, but it was if they’d crossed the boundary into another arid land. No sheltering trees grew on the hillside with the dusty shrubs, and they would be glaringly visible, she and the child, to anyone below. The ranks of beggars in the park were probably staring upward, watching avidly the race for the leather purse.
How ridiculous to have begun it, to have plunged after the boy without thinking. The pesos in the worn leather bag would add up to less than ten dollars American, and not even the poorest workman would have chased after a beggar for that.
Yet, she had begun it. And now it was an engaged contest between them, the pair of them isolated on the sun baked hill below the symbolic Calvary. She knew that no encampment of beggars had found the courage to plant a slum on the hot dry hill of the three crosses, and she knew that the fleeing child wasn’t hurrying to meet a band of fellow beggar-thieves. He was running merely to escape with her purse. It was a vain and foolish race she’d begun between the two of them alone. To slow her racing feet at that moment or simply to halt to once and let the thief/child dissapear up the slope would be more of a defeat than if she’d stood and let him steal the purse in the river park.
The flapping white shirt, the towselled black curls bobbed ahead.
Then they rounded a dusty curve of the hill and the path narrowed abruptly, became a ledge between two dirt cliffs, one rising straight upward to the right, the other falling away from the path at the left with a sheer drop.
The tiny beggar had the advantage of knowing about the altered footpath, and his small brown feet propelled him rapidly along.
Her momentum had carried her forward, but blood pounded against her temples as she recorded the narrowness of the ledge, the depth of the cliff below her. She was afraid to glance down, and she kept her eyes on the boy.
The high dirt cliff nudged against the path, and she felt compelled to turn her shoulders as she scraped against the weeds jutting from its steep side. Her sandals had been designed for city strolling, and she knew she should be running along the dirt ledge in her bare feet.
But at least no one at the river’s edge could see them now. They’d passed into the shadow of the hill, and the great arid mound topped by its three stark crosses was blocking the view of anyone below. She could stop the pursuit any time since the beggars were no longer witness. No one else would have raced after him for so few pesos.
The child thief whirled into a dirt alcove and she lost sight of him. Then she reached the curse of the ledge, and the gray white cloth fluttered again.
Her feet were hugging the path, one directly before the other. And then suddenly the path was too narrow. The shadowed cliff side loomed closer. One foot held the pocked dirt, but the other slanted aside and tipped her lunging weight.
She caught a crackled weed, but its dry strand pulled easily from the dirt of the hill. Her other foot flailed into empty space, and she was falling.
Dust gray green of the cliff shrubbery blurred past her, and she felt herself pitching heavily downward. She was surprised that her thought was so clear, so complete. Of course the beggars would win.
ANTONIO LANDAURO | El Fantasma de la Libertad
“El hombre es el ser maravilloso de la Naturaleza. Torturarlo, destrozarlo, exterminarlo por sus ideas debe ser, más que una violación de los Derechos Humanos, un crimen contra toda la Humanidad”
Armando F. Valladares
I
cuando lo vi por primera vez entre banquetas y dos mugrosos mesones, todo resumado olor a grasa y comida, la verdad es que me desconcerté. Era alto, de movimientos levemente lerdos. Tenía unos cincuenta años. Una explosión o una terrible enfermedad había desfigurado parte de su nariz, dejando un agujero que disimulaba con un recio bigote. Las mejillas y barbas tenialas surcadas de cicatrices. Los párpados saltones y ribeteados carecían casi por completo de pestañas y colgaban sobre sus ojos café claros, dando a su rostro una extrañísima expresión.
No hacía falta que me explicaran que David Sanjuan, otrora connotado escritor, columnista y político, batallador incansable, hoy se hallaba en el ocaso de sus días. Lo conocí en el comedor, cuando por casualidad nos sentamos en la misma mesa. No olvidaré jamás su aspecto, menos las palabras que profirió aquella vez. Recuerdo que dijo que no había nada más hermoso que la libertad. Pero no la libertad condicionada e ingenua que algunos aceptan, y que no es otra cosa que una simple licencia para moverse entre planos estrechos. ¡No!, él se refería a esa libertad plena que le permite al hombre gozar todos sus derechos; manifestar su opinión sin temor a represalias, elegir sus gobernantes, profesar cualquier credo o ideología, también discrepar.
Lo recuerdo como si fuera ayer. No obstante no dejo de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde ahora me encuentro en espera de un destino peor.
Bastará decir que soy Pedro Mercado, dirigente sindical que cayó en manos de la policía militar, acusado de infringir la ley interior de seguridad del me opuesto à la voluntad de las autoridades gober-
no es cierto? Y la mano del guardia tomó la meji-
sindical que cayó en manos de la policía militar, acusado de infringir la ley interior de seguridad del estado. Supongo que el proceso está en el recuerdo de todos. Se me acusó de activista, se me imputó el asesinato de dos policías y un frustrado asalto a un banco. La verdad es que yo dirigía y editaba una revista en la que luchábamos por la rehabilitación de los derechos humanos, el fin del exilio y las expulsiones, el restablecimiento de una legislación normal, el término de la censura, la libertad sindical, la autonomía de los tribunales y universidades.
Hoy cumplo tres meses de castigo en una celda oscura, húmeda yestrecha; pocilga donde me he acostumbrado a oír el gorgoteo y el susurro de mi propio cuerpo; la sangre que corre por mis venas, el ritmo palpitante de mi corazón, el aire que dilata mis pulmones y hasta el crujido de mis huesos al colocar los músculos en alguna posición.
Como todo hombre en esta situación, enloqueco cada día que pasa. Mi vida navega entre sueños y deseos subterráneos, sobre los cuales construyo cada vez más inseguros, pues no tengo posibilidad alguna de recobrar mi ansiada libertad.
II
Amanecía, yo estaba recostado en mi litera cuando Víctor Jara, otro preso político, me interrumpió, diciéndome:
—Compadre, desde hoy compartiremos esta mierda, he caído en su misma ratonera.
Me quedé mirándole, luego me reí cuando lo vi frente a mí. De inmediato le reconoció, había visto su fotografía hace poco en un diario. —Lo tuyo fue un verdadero bombazo publicitario, le dije mientras se recostaba en la otra litera.
—Los diversos y exagerados rumores que de mí se han dicho, es todo una farsa, un grandioso show. Con ello consiguieron echar sobre mí la justicia y la opinión pública. Todo lo han magnificado para perjudicarme. Pero si hay algo que me da náusea, es la actitud asumida por los tribunales. Creí, honestamente, que serían ecuánimes, objetivos, imparciales, mas ahora estoy condenado, mi dignidad está por los suelos y lo que es peor, no tengo derecho de apelación. Mi gran delito, haberme opuesto à la voluntad de las autoridades gobernantes. ¿Es esto justicia?
—Y tú, ¿Cómo has sobrellevado estos años de cárcel?
Soy un hombre que he padecido mucho. No negaré que dichos padecimientos han encontrado su origen mi exceso de sensibilidad, tan aguda que cuando converso con algún compañero, creo percibir hasta el matiz del color de sus pensamientos, y lo que es peor, me siento impotente para continuar desde aquí. En estas celdas he sentido el odio y el compañeroismo, he percibido los furores que encrespan los instintos y los deseos que tiñen las acciones, sorprendiendo siempre en las laterales luces de las pupilas, en el temblor de los vértices de los labios y en el enrizamiento casi invisible de la piel de los párpados, lo que anhelan, retienen o sufren estos presos políticos.
Poco a poco he ido descubriendo todo el sedimento de la bajeza humana que encubren estas paredes, y las injusticias que cometen aquellos que visten uniforme y que toman la ley en sus manos y la aplican a su antojo. El estar condenado no justifica la brutalidad y el trato que nos dan; te contaré a modo de ejemplo, lo sucedido a David Sanjuan, mi ex compañero de prisión.
Una noche llegaron hasta aquí dos gendarmes y condujeron a David hasta la celda de interrogatorio. El pobre tenía un aspecto que daba pena; rostro demacrado, enormes ojeras y magulladuras en los escualidos pómulos carentes de color, resultado de un prolongado y obligatorio ayuno. Yo me acerqué con mucho sigilo hasta la rendija, me oculté y miré hacia adentro. Los guardias estaban de pie delante de David; se habían callado y parecían dispuestos a no fracasar en el interrogatorio. El más fornido, le puso una mano en el hombre y le dio unas palmadas como para darle confianza o desconcertarlo.
—Asi que activista el muchacho?, dijo uno irónicamente.
David no contestó, solamente apoyó la barbilla en su pecho y permaneció inmóvil en esa posición.
—Te va a durar poco la valentía, cochino extremista. Luego vas a cantar más clarito que Gardel, ¿no es cierto? Y la mano del guardia tomó la mejilla de David y se la palmeté juguetona y suavemente. —Cierto que vas a cantar, gallito? ¿eh?
—Hay que darle duro a estos cerdos, vociferó el otro gendarme en tono burlón y suficiente.
Pero David permanecía inmóvil sin dar señales de temor. Luego la mano del guardia cogió los cabellos de David y con cierta presión los tiró hacia un costado. Mira, queremos terminar pronto esta tareita. Estamos apurados así que de ti depende… No nos interesan los mártires, a nadie le interesan. Los dos verdugos se miraron y sonrienon maleficamente.
Y comenzó el interrogatorio. De pie los dos guardias formulaban sus preguntas. —Sabes quién organizó esa céula activista? ¿Su nombre, queremos su nombre! ¿Quién financia las actividades subversivas? ¿Son extranjeros? ¿Cuándo empezaron a actuar? ¿Cuántos son los miembros? Y le daban su tiempo para reflexionar. Vamos gallito, empieza ya... Pero nada. La boca de David parecía sellada como una tumba.
—Es cuestión de abrir la boca compañero y decir unos cuantos nombres, más te vale, así salvas el pellejo. No te pongas terco; no seáis animal, te va a salir caro el mutismo.
Este preámbulo se prolongó hasta que una de esas manos autoritarias, cogió del saco a David y lo sacudió como a un pelele de trapo.
El guardia se pasó la mano por la sudorosa frente, estaba disgustado, se puso frente a David y con toda su fuerza aplicó una bofetada en la mejilla izquierda, que la cabeza de éste tambaleó como un puchimbol. Fue este el primero de una seguidilla de golpes de puño; derecha, izquierda, derecha, arriba, abajo, arriba...
—No vas a decir nada? ¡mierda!, vociferaba el guardia siguiendo el propio ritmo de sus golpes. ¿Quieres ser mártil? Te va a salir caro la terquedad. ¡Te dejaremos bueno para nada!
—No le decía yo sargento que son duros estos extremistas?, insistía uno de los uniformados que con la camisa desbotonada parecía perro de presa. Tenía los sobacos rodeados con enormes aureolas de transpiración que también empapaba sus espalda.ermino
TERMINO
das, los cabellos y corría por su frente. Al rato, el guardia que estaba agotado se fue a apoyar contra el muro. Entonces lo reemplazó el otro, más pequeño y fornido, que prefería dar puñetazos en el rostro, como buen boxeador que era. La cabeza de David parecía una pelota que rebotaba de uno a otro lado. Era cuestión de seguir hasta que el cerdo se ablandara. Poco después, los guardias parecían cansados, pero no aflojaban.
—Qué no vas a decir nada?, vociferaban acompasando los golpes. Y sigueron golpeando hasta que David se desplomó de la silla que lo sostenia.
David cayó al suelo sin conciencia y con el cuerpo teñido de rojo. Su rostro era una bola amorfa donde se dibujaban dos siluetas de ojos. Se encogió luego y quedó tendido en las baldosas por largos segundos. Un guardia lo tocó con la punta de la bota y ordenó al otro que le vertiera un balde agua para resucitarlo.
El baldazo se estrelló contra el rostro del infeliz Sanjuan que estaba tirado en el piso y el agua se fue escurriendo lenta bajo el peso de su cuerpo.
Esperaron unos minutos, un guardia balancea la balde entre las piernas, mientras el otro se abotonaba la camisa. —¡Tira más agua! Otro baldeazo cayó en pleno rostro de David.
—Está haciendo tiempo, quiere dárselas de astuto! Está descansando!
—No!, no!, muró el otro. —Parece que este no se levantará nunca más.
III
Había dormido profundo, cuando desperté sobresaltado por un sueño donde visualicé a David Sanjuan. Abrí los ojos y vi la cresta de un muro; este se alzaba recto y liso y parecía recortar el cielo en dos mitades. Miré a Victor, que también estaba despierto y leí en sus ojos sombríos pensamientos; la esperanza cerraba sus puertas y, cercanos ya a comparecer ante los ojos de un nuevo día, nuestras mentes se detienen la palabra libertad, de recho del que estamos privados y a muchos nos oprime dolorosamente el corazón.
Inexplicablemente vino a mi memoria el contradictorio tiempo de la Inquisición, donde se ajustiaba en nombre de Dios sin rendir cuentas terrestas.
La noche se diluía con sus sombrías ráfagas de viento encajonadas en los corredores, y en el confín de nuestra celda, tristemente iluminada por los dedos de la aurora naciente, veía deslizarse vertiginosamente el torrente de nuestros paupérrimas vidas.
ISMAEL LORENZO I Fort Chaffee
Una larga fila de refugiados se extendía por el muelle, aunque era cerca de media noche todas luces de Cayo Hueso parecian que estaban prendidas. El vararonero en que habíamos venido había sido vaciado ya de su carga humana. Un matrimonio chino-cubano que habían llegado con dos niños chiquitos y un recién nacido, eran entrevistados para una cadena de televisión. Habían sido expulsados de Cuba por el simple hecho de ser "Testigos de Jehová".
Otros barcos continuaban llegando. La larga línea fue caminando, pasé un Marine que me hizo un rápido registro electrónico y fuimos encaminadas hacia un hangar. Varias mujeres pasaron con bandejas llenas de Coca-Cola, tomé un vaso, su gusto me pareció raro después de tantos años sin probarla.
En el hangar pasamos frente a las mesas de Inmigración. Los que tenían familias que los reclamaran allí mismo, les daban el "Parole" al instante, los otros nos dirigieron a un comedor. Quince años había estado tratando de hair del comunismo, pero nunca pensé que sería así la llegada. Unas doscientas personas habían venido con el camaronero, cerca de una tercera parte habían sido sacados directamente de las cárceles comunes castristas. Y aunque los Marines y los funcionarios de Inmigración nos trataban cortesía, no podían evitar la suspicacia. Traté de llamar a mi familia en Miami, pero me lo prohibieron. Mientras trataba de explicarle a un sargento de Marines que no era ningún delincuente, me di cuenta que podía hablar más inglés del que creía.
Después de comer nos acomodaron en una gran tienda de campaña, donde vigilados por Marines, muchos dormían. Yo en realidad no podía dormir, esa fue mi primera noche en tierras americanas.
A la mañana siguiente y ya cerca del mediodía, veo una fila pasando frente a mi tienda, desde la noche anterior no comía nada y pensando que era para almorzar, me incorporé. Pero nos dirigieron hacia el comedor, sino fuera de las cercas hacia unos ómnibus.
—Excuse me, Sir. Where are we going?
Le pregunté a un Marine.
—Miami.
Me alegró su respuesta, pues quería salir de todo aquello más rápidamente posible.
Los ómnibus nos llevaron hasta un aeropuerto, donde nos esperaba un DC—10, me pareció muy grande para llevarnos a una distancia tan corta como Miami, pero no sospeché nada. Cuando el avión despegó, la aeromoza nos informó que estabamos volando hacia Fort Chaffee, Arkansas.
Un alguacil federal estaba al fondo del avión, hice mi cola para el baño. Me lavé la cara por primera vez en cuatro días, como me tardé un poco el alguacil me tocó la puerta. Nos dieron comida y un café aguado, que es lo que se usa en estas tieras, me dijo la aeromoza.
Serían las seis de la tarde cuando la aeromoza informó que ibamos a aterrizar en Fort Chaffee, y que de ahora en adelante estabamos a cargo del Army.
Fuimos llevados en ómnibus escolares hasta el campamento. Entramos en una barraca, donde éramos revisados. Pasamos a otro local, me llenaron unas planillas, nos fotografiaron y nos encaminaron a una especie de teatro, allí un sargento del ejército, puertorriqueño o mexicano, nos informó que ibamos a permanecer allí hasta que termináramos el proceso de inmigración. Empecé a tener una idea más clara de cómo era la cosa cuando el sargento nos explicó que una soldado había sido violado la noche anterior. Advirtió que la violación era un crimen que se pagaba caro en Estados Unidos.
Nos montaron nuevamente en el ómnibus escolar y nos llevaron a aterrizar, donde nos dieron a la cadera, colcha y una bolsa de la Cruz Roja con una máquina de afeitar, jabón, cepillo y pasta de dientes. Finalmente nos llevaron a lo que sería nuestra barraca de vivienda. En esos momentos se me occurriría que todo parecia indicar que la estancia en el campamento no sería muy breve.
La barraca era de dos pisos y casi todas literas quedaban vacías eran dobles. Miré a mi alrededor, casi todos, los deducía por los tatuajes, eran ex-presidiarios. Por primera vez en mis 34 años, no supe si saldría vivo de esta. Vi a un gordo que había venido en mi mismo bote, donde había estado ayudando a una mujer que no cesaba de vomitar. Me acerqué a el y le propuse si quería ocupar la litera de abajo. No quería tener ningún problema cuando subiera o bajara de mi litera. Aquello era como en cualquier guerra, el que se mantuviera vivo es el verdadero vencedor. Tendí la sábana en mi litera y salí con el gordo para afuera, comentando cuán tiempo estariamos allí. Un soldado estaba sentado en un jeep, relataba como habían capturado a uno que había apuñaleado a otros dos en una pelea. Le pregunté la hora.
—Las once.
Miré la larga hilera de barracas, un ancho campo de ejercicios ante nosotros y después otra hilera de barracas donde se distinguiuan mujeres y niños. Las once de la noche, sonreí, era mi segundo día en tierras americanas.
Me levanté temprano decidido a buscar un teléfono para llamar a mi familia en Miami. Le pregunté a Gerardo, un oriental que vivía a cuatro o cinco literas de la mía, y que había estado haciendo indagaciones con un policía militar, por donde andaban los teléfonos.
—En aquella tanda de barracas creo que están.
Me dijo, señalando para el otro lado del ancho campo de ejercicios. Eran varios científicos de metros, los caminamos juntos.
En esta parte las barracas eran de familias y tenían divisiones de madera dentro. Los teléfonos los estaban instalando en ese momento. Una rubiecita alta y delgada estaba sentada en un escalón de una barraca, mirando la instalación de los teléfonos, sus senos se movían suelto debajo de su camisa. Gerardo me dijo que el seguía a ver si ha lejos una volutas de humo. De pronto pasó un helicóptero, y luego otro, y jeeps con soldados llevando cascos antimotines. Se empezó a oir una gratería.
—Están quemado los comedores- dijo alguien que pasó huyendo, y otro fuego surgió ya no lejos. Sonaron tiros, los que estabamos afuera de la barraca entramos, pasaron más jeeps, volvieron a sonar tiros y me tiré al suelo. Muchos cogieron sus pocas pertenencias y salieron corriendo. Me asomé a una ventana, grupos de refugiados, mayormente ex presidiarios, peleaban entre si. Otro fuego se encendió más cercano. Sonaron más tiros y las paredes de madera de la barraca me parecieron peligrosamente finas. Seguí en el suelo, pues no sabía cuál sería la dirección más segura. Miré al gordo sentado en su litera y le grité —Tirate al suelo!— pero no lo hizo, sólo su tez empalidecida daba muestra de su terror. Los helicópteros seguían pasando. Un tipo lleno de tatuajes pasó gritando que habían matado dos niños. Era incierto, pero este tipo de deangas sólo quería decir que estaban buscando más gente que se mezclara en el motín.
Al cabo de un par de horas regresaron varios de TERMINO
la barraca, que habían estado luchando contra el motín. Habían sido quemados tres comedores y de una forma extrañamente profesional, metían sábanas y periódicos debajo del comedor y las encendían, rompiendo también las tuberías de gas.
A la mañana siguiente leí en el boletín que se editaba en el campamento, que había habido sólo un herido de bala y cerca de 60 detenidos. Después del motín los ánimos quedaron más calmados.
Continué en mis esfuerzos en colarme en uno de los ómnibus que llevaba refugiados a la Oficina de Inmigración. La rubiecita Maya y su amiga habían trabajado una muy amigable relación con una soldadado y gracias a ella pude escurrirme en una de las guaes escolares para llenar los papeles de Inmigración.
Al cabo de cuatro semanas en el campamento lo conocía bastante bien. Hacia su centro había una zona llamada "el boulevard" recordando las dos cuadras de la calle San Rafael en La Habana, que habían sido cerradas al tránsito para poner mesas en la calle queriendo darle un tono ridículamente parisiense. Era una zona famosa por las recogidas policiales. También este "boulevard" en el medio de Arkansas se hizo famoso por las batidas de la policía militar. Aquí se podía conseguir de todo. Desde una prostituta cuya tarifa mínima era una caja de cigarros, hasta garitos donde uno podía pasarse la noche jugando. Toda clase de objetos se hallaban a la venta, desde mariguana introducida por los soldados de la guarnición, hasta una cámara de video tape robada a un periodista de una cadena de televisión.
Diversas iglesias se habían abierto, en una católica, un sacerdote joven, elegante en su traje negro, predicaba entre un grupo de refugiados cuando uno de ellos le preguntó algo y el Padre dirigió su mano al bolsillo interior de su saco para buscar algún papel. Notó entonces la falta de su cartera.
Me han robado ochenta dólares! -exclamó atónito, guardó silencio y sentenció —Son hijos de Satanás!
Por esa época tuve que mudarme de mi barraca, pues en la mayoría de las literas sus ocupantes habían colgado sábanas a modo de cortinas, para dedicarse con más intimididad a sus particulares gustos de prisión. Cuando me robaron un par de espejuelos, grité cagándome en la madre del que lo hizo, nadie respondió por suerte y le dije al gordo que me ayudara con la litera, que era mejor irnos de ahí. En la nueva barraca, las sábanas colgantes estaban prohibidas y el ambiente era más normal.
Al fin, después de mes y medio de internamiento, vi en la lista de salidas que me había llegado el "clearance" del F.B.I. Al día siguiente abordé el ómnibus escolar que me llevaría al perimetro de salida, una serie de barracas donde tendría que esperar a que reunieran todo mi expediente y me dieran el pasaje en avión. Estábamos a principio de julio y el calor era insoportable, en la semana que estuve allí dormía fuera de la barraca, como mu-
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TERMINO
M.VILLAVERDE - L. GARCIA VEGA | Pie Forzado
10:00 P.M.
No", gritó la madre.
Este grito no impidió sino que aceleró el proceso de subir las escaleras y llegar a su cuartó.
Pensó en el error de la madre al no respetar la mente analítica que gracias a los estudios de ciencias realizados en los últimos años, o gracias a su propia naturaleza, había desarrollado.
De todas maneras la madre gritaba: "Ninguna de mis hijas abandona el hogar".
Abrió el escaparate y de un tirón recogió un panty, un billlete de cinco dólares que le quedaba del último cobro y se vistió. Escogió un vestido ceñido de tela extranjera.
Regresó al piso bajo con la seguridad de saberse libre pocos minutos después.
Descendió los escalones agarrando la cartera y ni siquiera el recuerdo de su próxima libertad la hacía sonreír.
"Te quemaré". Esta frase fue acompañada por el lanzamiento incesante de fósforos de madera que se apagaban antes de alcanzarla.
"Te voy a quemar, no saldrás viva", cambió el tiempo de la frase.
La madrè era profesora de idiomas.
"Qué simpleza", repetía en su mente.
"Ahora tomaré el autobús y lo encontrará", seguía su pensamiento.
F. le había hablado de abandonar a su novio, el cual hacía rato había abandonado el portal de la casa cubierto por las lágrimas del desprecio.
No le quedaba otro remedio que entregarse a F. J. la acompañó.
Este suceso fue de esta manera:
J. había ido a visitarlos mientras su novio se mecía en el sillón del portal y F. llamaba por teléfono y conversaban. La madrè tomó la llamada por la otra extensión y la llamó puta, lo cual precipitó los acontecimientos de horas más tarde.
J. insistió en acompañarla hasta F.
El problema del novio se remontaba a la familia:
El padre español había huido de la guerra.
La madre española consideraba que ella estaba muy delgada.
Y el novio quería que todos vivieran bajo el mismo techo.
Lo cual traería como consecuencia, había pensado ella, que engordaría tanto como la madre, aparte de las historias de la Guerra Civil que se habría visto en la necesidad de escuchar. De manera que decidió irse a vivir con F.
Entonces J. pensó en el honor de la familia a la que él tanto admiraba y decidió protegerla.
Esperaron el autobús, que hacía una parada cada quince minutos.
Los altoparlantes transmitían el discurso del líder muerto.
Uno de los hombres uniformados les salió al encuentro cuando llegaron frente al edificio. F. apareció minutos más tarde. Avanzó hacia ellos con la calibre 45 colgándole de la cintura. Ella se vio retratada en él: camisa, pantalón y botas de campaña. Y el calibre en la cintura cuando él no lo necesitara.
De nuevo vino a la mente de J. el honor de la familia. Y decidió seguir con ellos.
Esto sólo fue permitido por ella y por F. porque su destino ya estaba escrito:
La noche la pasarán juntos a pesar de los obstáculos que aparecieron el camino. Una llamada telefónica al hogar de ella. Una negativa del padre a conocer y aceptar a F.
El razonamiento era el siguiente:
¿Cómo casar a mí hija con un hombre que no es su novio?"
Entonces J. después de recibir de F. la promesa de respetarla, los dejó solos.
Se comieron una tortilla en pan francés en un pequeño café de una calle principal.
Nada de esto la preocupaba. Ni los acontecimientos en la casa, ni la negativa del padre; ni aun sentía remordimientos por el llanto del novio.
Fue sólo cuando entró en la comuna, habitada por otros tantos como ellos, cuando sintió temor.
Entró al baño con bañadera de patas, inodoro y bidet.
Y se miró en el espejo. Entonces supo que su destino estaba trazado: Noche de bodas sin boda, búsqueda por el padre del hombre y su hija, retorno al hogar para celebrar boda y restablecer el honor. Primer parte. Se volvió a mirar. No acostumbraba a usar maquillaje.
Hacia dos semanas que había conocido a F.
"¿Por qué no nos casamos y hacemos una fiesta?"
El autobús continuaba su marcha lentamente. El se bajó y ella siguió hasta su casa. El tomó el autobús que pasaba cada quince minutos, de regreso a la comuna.
"No hay vuelta atrás", su mente analítica le indicó.
A la mañana siguiente tendría que ir a las clases. El centro de trabajo estaba en el campo. A las 7 en punto la esperaban los alumnos que aprendían de ella las leyes aritméticas que luego servirían para poner en marcha las fábricas.
No tomó el tren de las seis.
Se quedó abrazada al hombre que años más tarde, en un país desconocido, sufriría el desprendimiento de retina del ojo izquierdo.
ESCENIFICANDO EL P.M.
Personajes
Madre
Miñuca disfrazada de Guarina
Miñuca disfrazada de Julia Astoviza
Novio
Director Dumé
Autor
F
J
Padre
Acto I
Escena I
Como no hay telón de fondo sólo hay escalera simbólica.
Madre. ¡No! (Grito madre: suena en off, pero no es off.)
(Grito no impide. Más bien acelera proceso por el cual Miñuca, disfrazada de Miñuca, sube escalera simbólica. Miñuca llega a su cuarto).
Escena 2
Fondo simbólico. Reguero onírico simulando el cuarto. Miñuca sale de su disfraz. Simula identidad con palabras que parecen inmergidas del sueño.
Miñuca. Pienso en error de Madre. Madre sin respetar lo analítico. Pero yo, gracias a mis estudios de Ciencia (Mirando, como quien susurra a interlocutor cómplice, hacía lado derecho), llevados a cabo en últimos años (Vuelve a su posición natural), y gracias a mi naturaleza, he desarrollado los parámetros que me complementan.
Escena 3
Fondo de escena I.
Madre. Mis hijas, ¡ninguna! no abandonan hogar (Madre se expresará en grito dodecafónico).
Escena 4
Fondo de escena 2. Miñuca, sin disfraz, abrirá escaparate para, de un tirón, recoger panty y billete de cinco dólares. Miñuca, después, sin recato, se desnudará ante público. También, sin recato, vestirá lo ceñido de extranjera tela. El vestido le servirá de disfraz de Miñuca. Entonces, con la seguridad de libre saberse, pocos minutos después, descenso describirá Miñuca, por escalera simbólica.
Autor. El billete de cinco dólares pertenece al último cobro del Personaje Miñuca. Esto se ha de consignar.
Director Dumé. Se hará lo que se pueda.
Escena 5
Escena decorada como para un martirio de San Sebastiana.
Madre;Te quemaré! (grito en textura de off. Luminotecnia Pop).
Miñuca (descendiendo).¡Qué simpleza!
(Luminotecnia inventará un incesante lanzamiento de fósforos de madera. Madre arrojará los fósforos, pero estos se apagarán antes de llegar a los pies del personaje Miñuca).
Director Dumé. Este golpe de martirio me parece pueril.
Autor. Aspiro a una polisemia...
Madre. Soy profesora de idiomas.¡Te voy a quemar! No saldrás viva!
Director Dumé. No sé si sería conveniente...
Autor. Me propongo que Personaje Miñuca se diga: "Ahora tomaré el bus; lo encontraré". Personaje F. hablará sobre la posibilidad de que ella, Personaje Miñuca, abandone a su novio.
Acto 2
Escena 1
Fondo intemporal. Lo sugieren chinescas sombras. Novio, cumpliendo el designio (diseño) de F., abandonará portal de la casa de Madre. Novio cubierto por las lágrimas del desprecio.
Escena 2
Posibilidad de diapositiva. Donde se mostrará que Personaje Miñuca no tiene otra alternativa que entregarse a F.
(Observaciones, en diapositiva, extraídas del Diario de Miñuca:
- "El problema del novio se remonta a la familia.
- Ese padre español, ¡ay!, que huye de la guerra.
- La madre, española por supuesto, considera mi delgadoz.
- Novio, por supuesto, considera posibilidad de vivir bajo el mismo techo de su familia.
- Lo cual, también, traería una consecuencia: yo engordaría como la madre del novio (y esto, aparte de las historias de la Guerra Civil.
- Así que, por ello, F. ha resultado providencial)."
Escena 3
J. acompaña a la Virgen. Se presentirá que F. espera.
Director Dumé. J. actúa por el honor de la familia de Miñuca. Es la familia a la que admira. J., pues, es el protector.
J. Esperemos el autobús, pasa cada quince minutos.
Miñuca. (disfrazada de Julia Astoviza). Los toparlantes transmiten el discurso del líder muerto.
Acto 3
Escena única
Miñuca, esperando el bus, soñará sucedido acabado de ocurrir. Se apagarán, pues, las luces; al encenderse, de nuevo, aparecerá la escena soñada. Esto será así: J. había ido a visitar a la familia admirada; en el centro aparecerá mesa, con teléfono; en el teléfono estará Miñuca, hablando con F.; director Dumé en margen derecho, empatará fragmentos de películas viejas; Madre, en cabina situada en el margen izquierdo, descolgará la extensión telefónica y..., escuchará. Entonces, sin poderse contener, Madre exclamará:
Madre. ¡Puta!
Acto 4
Escena 1
Fondo con edificio militar. Garitas. Vuelve, por efecto luminotécnico, a la mente de J. el honor de la familia de Miñuca. J. se arriesga.
Director Dumé (con camisa, pantalón y botas de campaña; en la cintura le colgará un calibre 45; avanzará y...) ¡Deténganse!
Escena 2
Fondo a lo Raymond Roussel. Padre de Miñuca, sentado al lado de rústica mesa. Apoya su codo en susodicha mesa. Recibe, atontada su sien, el calor de su mano.
Padre. ¿Cómo casar Hija con Hombre que no es Novio?
Escena 3
Fondo de escena I.
Director Dumé (Disfrazado de padre de Miñuca. Enarbola el revolver, en actitud de... casi disparar). ¡Apártate de mi hija o muere!
F. (tocándose el ojo izquierdo). Le prometo que, en este mismo instante, me dejo caer la retina.
J. Si se te cae la retina es que prometes respetarla. Los dejo solos. (J. hace mutis).
Aparece Miñuca, disfrazada de Guarina, la novia de Hatuey.
Miñuca. Si me encuentro en el cielo con los españoles, no quiero ir al cielo.
Director Dumé (con acento estructuralista). Nada de transgresiones textuales, Miñuca! Es peligroso traslapar los códigos. Guarina, aquí, sólo es una metáfora de tu cuerpo. No has leído a Felipe Guaman Poma de Ayala!
Miñuca (desdeñosa). ¿Cronistas...? Los conozco. Me he leído a Bernal Díaz del Castillo, en inglés.
Director Dumé. Bueno... Continuemos con el texto.
Miñuca. Noche insular, jardines invisibles. La pasaremos junto al río, en la campiña del Cucalambé. Después, llamada telefónica al siboney hogar. Padre ya no se negará. Padre aceptará, y reconocerá, a F., el Hatuey amado.
F. (telegrificamente). Comeremos casabe...Pan francés... Pequeño cafe... Calle principal... Dime, Mente Analítica: ¿por qué no nos casamos?, ¿hacemos el areíto?
Acto 5
Baño con bañadera de patas, inodoro y bidet. Espejo. Sobre la pared la lámina del suplicio, cara a Salvador Elizondo. Acaba de ocurrir el primer parte de Miñuca. (Poniéndose la bata, disfraz de Julia Astoviza). Nada me preocupó. No me preocuparon los acontecimientos mundiales. No me preocuparon los acontecimientos de la casa. No me preocupó la negativa de Padre. No sentí remordimientos por llanto de Novio.
Miñuca se mira al espejo. La luminotécnia la marca con un terror luminotécnico.
Miñuca. (Con dicción analítica). No hay marcha atrás.
Acto 6
Bus marchando, lentamente. F. se ha bajado. Miñuca, sin disfraz, continúa el viaje. F. regresa a la comuna.
Escena única
Gran bombonera, en el centro del escenario. La bombonera tiene una ventana. Autor, y Director Dumé, en actitud de mirones, miran por la ventana, hacia el interior. Personaje F. y Personaje Miñuca, en el susodicho interior, están sobre barroca cama, abrazados. Se trata de la escena Dejá vu.
F. (con tono de Hiroshima Mon Amour). Tenías que ir a las clases. Tenías, quizás lo habrá olvidado.
Miñuca. Olvidar... Recordar... ¿No son piezas del mismo connubio? ¿No estamos transgrediendo siempre?
Director Dumé (dirigiéndose al Autor). Ahora están con Bataille.
F. (Continuando con Hiroshima). Era a la mañana siguiente. Acuérdate: el centro de trabajo estaba en el campo. Eran nubes pardas. Siete en punto. Te esperaban, Amor, los alumnos. Te esperaban... y los alumnos aprendían las leyes aritméticas de tu mente analítica.
Miñuca. Espera... Detente un solo momento... Veo lo que ya vi.
Autor y Director Dumé, dándose codazos.
F. J. dice que te respeté.
Miñuca. No tomé el tren de la tarde.
Director Dumé. Continúen.
F. Para poner en marcha la fábrica.
Miñuca. Y me quedé abrazada, ahora, al hombre que, años más tarde, en país desconocido, sufriría el desprendimiento de retina del ojo izquierdo.
CAE EL TELON
LORENZO GARCIA—VEGA
GEOFF PETERSON I Moving in Neutral
They had driven a long time, stopping every few yards to drag dead limbs from the path or to check the firmness of the earth.
"Hold on," he said.
Sweat stung his eyes and made his hands slippery; when he turned the wheel they squeaked.
"It's no use," she said.
He glared at the woman beside him. Then he downshifted, the panel truck holding to the edge. He leaned forward in his seat to push back the lianas, but it was no use.
"Please," she said. He felt her hand on his leg as he eased the accelerator. Then the truck lurched and she grabbed the dash with both hands.
"Watch," he said. Quickly he let out the clutch. The truck shimmied then veered in one smooth motion. He leaned against the wheel to hold it but nothing happened. He jammed the brake, slipped the stick into neutral, and then standing on the pedal with both feet, pulled the emergency.
"I've got to think," he said.
He climbed out and checked each of the tires. He saw that the trail dropped off into drainage on both sides. Now, no more than a foot remained to maneuver in. He walked on ahead to where the inline dipped into a ravine. He guessed it to be the river bed the soldiers spoke of back in the village. He could not remember the name of the village.
"Jessie," he shouted. He turned back and saw the eyes of his wife open behind the windshield, then close again.
He grabbed a dead branch and began beating mud from the front tires. He reasoned that this gave him time. It required much effort to make connections, to link simple action to outcome. He could not forget the heat. It hissed in a visible cur-
rent through the leaves and made them sweat. It sucked his breath and fixed it in motion. He kicked mud from the rear end then sank back on his haunches against the fender and closed his eyes.
The kids had said the trail would lead to the sea. Where, he asked, pointing to the jungle. Si, they said.
They didn’t understand. Or maybe they wanted something. Maybe there was no connection between them and the gate. The soldiers said to go straight until he came to a fence. That would be Manuel’s land. If he honked, someone would come and open the gate. Be patient, they said, Manuel is an old man.
Instead there were two children. The boy led a honey cow by a rope and whispered in her ear. The girl walked behind, patting the cow’s flank and sucking her thumb. When asked about the old man, they spoke to each other but he could not understand. They spoke darkly and in earnest. At last the boy nodded, handed the rope to the girl and broke into a run.
By then the sun had peaked. The truck made no shade and there was nothing to do but sit. The cow did not move; flies hit on her eyes and circled. Once her tail swished and hot dung plopped on the black loam. The girl stared at them.
His wife offered her an orange. “Naranja,” he said for her.
The girl shook her head and mumbled something.
“Bonita,” he said, meaning her dress.
Now he opened his eyes and they burned. He thought he smelled the sea. He would tell his wife he smelled the sea.
Suddenly the exhaust snorted beside him. He heard his wife scream and a door open.
“Bill,” she cried.
He felt himself running now, the fright shooting in his legs. It felt good. Yelling, he spat up green clots on his bare arm. “Get in,” he yelled.
The truck was what mattered. He thought what he would do if it died there, how far he would have to pack out until he found the sea or another trail to begin walking. His wife would not make it, he thought.
“Get in,” he said.
Kneeling in the mud, she searched her hands and wiped the mud on her shirt. Her mouth opened then twisted shut. When she wiped her face it left streaks with her crying.
“Don’t move,” he said.
He squatted among the roots and touched the left sidewall, his fingers grazing the cracked skin. Nothing held them now; the roots stank with rot and crumbled under him. Black ants carried pieces down into the earth.
Then he felt the tire move. He swore it moved but could not help himself. Slowly he squeezed into a cleft and hugged his knees. He felt mosquitos strike through his clothes, and when he slapped them they did not move.
Soon he crawled again to the tire and touched it. He swallowed his breath and felt it waver in the center of his chest until it held -a carpenter’s bubble- barely stable. He thought how long it would be, bent under the weight of supplies and hiking out of the white beach where the wind would put him to sleep. Then his chest heaved and up came large slugs of mucus. He knew the sea would make him well. He thought of the sea and already he knew he was thinking better.
“Help me,” he said. He worked his way to the rear, opened the cargo doors and instructed her to bail out should they start rolling. He began, in short rhythmical jerks, tugging the plywood sheet from under the mattress. Next he set the plywood before the left front tire and, with the help of his wife, weighed each corner with rocks. Then he told her to get behind the wheel, that it was safe and to do as he said.
He took a deep breath.
“Go,” he shouted.
She gave it gas then let up.
“Go,” he yelled.
Again she revved it and the truck started rocking. He straightened and put his whole weight into it. “Go,” he screamed. “What’s the matter?”
She gunned it and the truck lunged. Again yelling go, he kept falling while mud exploded and black chunks blew against his legs. Curses roared out of him, flat out and wheezing. The doors banged and squeaked like a flock of wrecks or the same wreck over and over.
“Move it,” he gasped. He banged her with his hips and shifted down. He stuck in neutral and they went into a slide. He pushed into first then pumped the brakes and still nothing happened. He spunt the wheel and aimed at a log in hopes of hanging up there. Green leaves smacked the wind-shield and poured in. He yelled for his wife over and over until his mouth went dry. “Look out,” he yelled, then the rack of punched-in steel, the wheel flexing in his hands and green shoots sprouting through the floor. In that same moment he watched the mess of pots, packs, books and tools heave forward in the mirror.
II
Someone had turned off the engine. A redness wavered then clouded over. She was not sure if it was blood or the sun behind her eyes. She did not wish to open them yet. Now there were birds and small sounds of water running. She felt that if she were blind she would know where she was. She felt the ground crawling beneath her, mingling with her; and now she didn’t care so much about moving. There was the weight of all she didn’t care about like another person beside her.
There came moaning like a congestion of wind in the grass. She wanted to believe death was like this, like a drug you forgot you took. She could not forget. Once, somewhere in Sonora, she got lost because there was nowhere to go she could not already see. She clasped herself to the ground and waited until a shadow overshelmed her.
Her husband coughed. “Are you hurt,” he asked.
Then his shadow moved and took the moaning away. She opened her eyes, raised up and looked around. He was smiling. He squatted inside the cargo doors, holding a ball peen hammer and smiling.
“The riverbed,” he said. He pointed with the hammer to a puddle through which ran a tiny stream that ended in the weeds. I want to go back,” she said.
“I can smell it,” he said.
“Please,” she said. She heard the pleading come again into her voice and resume in a series of quakes welling up in her chest. Her eyes scanned beyond her body into the thicket and she listened for water, for depth and the speed of running. For a moment she thought she heard the sea.
She got to her feet and shook out her hair. In the water she saw sky and the sternness of her face. She reached for it, but a blurring, too sudden to be wind, moved the surface and made it cloudy. She watched the tiny waves fold over and subside, then her face come back. Then she remembered the vultures.
The girl stared at them. They offered her the orange and she hesitated. “No,” she said. She did not speak again. She was too old to suck her thumb.
“Mapa,” he explained.
Suddenly she hated her husband’s Spanish, his gringo charm, his ability to seem sincere in the language. He pointed on the map at Palenque. “Where were,” he said. “Two days, maybe. Maybe more.”
Simple, she thought. There were no names; maps did not contain them now. She watched her husband to see what he thought. “So,” he said, rubbing the stubble on his face. She could not hear what he said. She watched his lips and wondered what it was like not to speak English. She knelt in the shade of her husband listened to the rustle of the white dress. “So,” he said. He did not look up.
She remembered the vulture first as a shadow. It eased off the edge of either the dress or the map, she was not sure. She was thinking of the dress. She thought how pretty and what it was doing there, how it was there exactly.
It was in the capital that she first came down with it. At a hotel for the families of miners she lay two weeks unable to move but to the toilet. She preferred sleeping on the bathroom tiles. For days she passed from sleep into delirium through a long absence of words that recalled things she needed.
Her husband lay in the next room and told stories of snakes, scorpions and the bandidos in Chihua.
It was the rainy season. She felt the torrents pound the cafe roofs, then turn to hail big as fists in the afternoon. She longed to be clean, to smell of ice and wear something sheer that would cling above her long legs. She imagined an evening with friends and heard what everybody said.
“Hot springs,” said her husband. “It will cure you.”
He wrapped her in blankets and set her on the mattress in the truck. At last they passed the last suburb of the city in a hail storm that beat dents in the roof. Lightning streaked and blasted on the radio. He was sing. He banged on the wheel, squinting at the mountains.
He drove south to Oaxaca, east to Tres Zapotes, La Venta, then south along the coast. Roads twisted in the mountains through vegetation that required naming. Often when he’d pull over to let her squat on the side of the road, she would touch the blossoms and say hyacinth, or bouganvillea, but she was not sure. She could hear her husband yelling from the truck. Afterward, she lay on her back and crushed the flowers to her face.
“Where are we,” she asked.
“Close,” he said.
“Say it,” he said. “Agua caliente, hot springs. Say it.”
Then she’d say it and each time it embarrassed her more. “You need to practice it,” he said. “You don’t practice.”
At night they slept in the open on Mayan stones. Half awake, she heard tiny words gasping in the jungle. Fever was forgetting the road out. Fever was interior, burial mounds and melted highway. It got worse. At dawn she woke shriveled into her lap. “Where are we,” she whispered. She did not ask again.
“The Spaniards walked through this stuff,” he exclaimed. He sat the center of a hemp suspension bridge, gouging tics from her scalp with a blade.
Blotches formed on her legs and grew hair. She treated them with creme and thought of rats, rats of the tropics she’d read about, who live in sewer and die at two hundred, big as collies.
Agua Caliente. In the dream the land veered with the road out of Yucatan into no road. It lead under cover of steam and black trees down rivers of mud and pocked stone. Then the trail broke down and there came the sound of rain and mosquitoes to the tires. Now the young girl, spotless, in a white dress, sucking her thumb. “Weird,” said her husband, under his breath.
“Muy bonita,” he began.
Now when Jessie saw the dress she saw the vulture. She had followed the map to that place and felt its shadow and the small rustling of the sea. She saw her husband’s lips swell with disgust. And behind him, the heat -unfocused, sentient, buzzing under layers of sky not on the map. Then her finger eased west trailing black lines. She forgot what water they were bound for. Her husband invented the names; he made them on his lips and they hummed with flies.
“Buzzard,” he said. “Beautiful.”
He was looking at the girl. He asked her what they were in Spanish but she would not say. He waved at the sky, making a circle, but still she said nothing. She pointed to the trees at the end of the pasture. Suddenly the dead trees shimmered and opened into small beatings in the haze. There was no way to count them. Then the wings relaxed and the trees went small again.
“What died,” Jessie asked.
“Que se murió,” said her husband.
Then the boy returned and opened the gate.
ROBERT GRAVES
THE CUIRASSIERS OF THE FRONTIER
Goths, Vandls, Huns, Isaurian mountaineers, Made Roman by our Roman sacrament, We can know little (as we care little) Of the Metropolis: her candled, churches, Her white-gowned pederastic senators, The cut-throat factions of her Hippodrome, The eunuchs of her draped saloons.
Here is the frontier, here our camp and place Beans for the pot, fodder for horses, And the Roman arms. Enough. He who among us At full gallop, the bowstrings to his ear, Lets drive his heavy arrows, to sink Sting through Persian corslets damascened, Then follows with the lance -he has our love.
The Christ bade Holy Peter sheathe his sword, Being outnumbered by the Temple guard. And this was prudence, the cause not yet lost While Peter might persuade the crowd to rescue. Peter renegued, breaking his sacrament. With us the penalty is death by stoning, Not to be made a bishop.
In Peter’s Church there is no faith nor truth, Nor justice anywhere in palace or court. That we continue watchful on the rampart Concerns no priest. A gaping silken dragon, Puffed by the wind, suffices us for God. We, not the City, are the Empire’s soul: A rotten tree lives only in its rind.
LOS CORACEROS DE LA FRONTERA
Godos, vándalos, hunos, montañes de Isaura, a quienes romaniza romano sacramento. Estamos poco impuestos (nuestro interés es poco) tocante a la Metrópolis: templos repletos de cirios, senadores de vicio nefando y albas túnicas. La crápula homicida, verde, azul, del Hipódromo. Salones tapizados, pletóricos de eunucos.
Aquí véis la frontera, véis nuestro campamento. En la marmita alubias. Pienso para el caballo. Y las armas romanas. Basta. Aquél de nosotros que ante la oreja tiende cuerda de arco al galope y dispara con silbo presto flechas pesadas que adamascados clíbanos agujerean, y luego con la lanza remata -a él amamos.
Cristo ordenó a San Pedro que envainara el estoque, ya que nutrida guardia de Caifás les cercó. Cuerdo estuvo; ahorrarse desastre era aún dable. Pedro al rescate hubiera movido a los sectarios. Mas él su sacramento quebrantó; y renegó. Nosotros lapidamos al que incurra en tal falta. No le hacemos obispo.
Ni verdad ni fe abraza la iglesia de tal Pedro. Ni la justicia asiento tiene en tribunal o alcázar Que al acecho sigamos sobre nuestro bastión, ¿que obispo interesa? Dragón igneo, de seda, por los vientos inflados, como deidad nos basta. Nosotros, no la Urbe, del Imperio alma somos. Sólo alienta del árbol podrido la corteza.
(Traducción de Rogelio Llopis Fuentes)
ROGELIO LLOPIS Fuentes / Dos Poemas
TESTIMONIO SOBRE ATILA
El bípedo molar mastica carne cruda sobre rauda, peluda, paticorta montura. El jinete la grupa semeja devorar. Ni el huno ni su potro siquiera pestañan.
Huno tal por caudillo tuvo al loado Atila, quien hizo en cruz pagar pecado vendepatria. Lloraran sus servicios ya Roma o ya Bizancio, ninguno de los hunos por mercenario optó.
“¡Carne de cruz no soy!”, juzgó el codicioso: fecundo por igual como arquero o jinete, cuyo atroz galopar trueca en lodo lo verde. Con la horda toda el huno se hizo uno en adelante.
Al oro de Bizancio, tributo llamó Atila. “¡Ni suelo, ni ocho cuartos, tributo onza por onza! El general a sueldo a flojo imperio sirve. Los generales míos son más que emperadores.”
La Roma del fundíbulo y cohortes homicidas tarde le abrió acosados los ojos hurgadores. “¡Subdesarrollo avieso, me quitas la victoria! No hollarán mis carretas el Surco Fundador!”
Boca ahíto y sin fuerzas, boca abajo en yacija junto a joven esposa, de pronto acometido de vomitos de sangre, postuma es voz que oye:
“¡Id con Dios rey adusto, rey rústico y vetusto!” Preguntadle a ese huno que come carne cruda, y que pútrida trae encima la indumentaria, a ese hediondo, al decir del chino de intramuros, si idolatra al martillo, al azote de Dios.
“Hasta el fin fue convicto, confeso igualitario. Mas sus exequias dignas fueron de un rey de reyes. Una Roma corrupta triunfó de Atila el huno. Tecnología neta triunfó de Atila el huno.”
EN LOS CAMPOS CATALAUNICOS
Mi senectud esculpe mis recuerdos. Pululan sombrasfurtivas, silentes. Extremidades, cuellos fríos palpo. La luna mira y calla y resplandece. Oigo venir hacia mí acero en mano. Pies que ante sí cadáveres empujan. Ganó a gatas refugio oculto, ¡amén! Cabe a clamores del voraz Averno. Han hecho igual los que botín procuran. Mis compañeros de armas y los hunos. Jade y márfil del huno en mi zurrón. En él guardo también alhajas nuestras. De que falte el botín culpad a Aecio. Se guarda de ultimar al huno herido. Rumia alianzas futuras con Atila. ¿Qué del mañana, hoy destruido Atila? De bárbaros está inundado el mundo. Tanto mejor que sean cual Teodorico. Fui su vasallo; lidio a pie y sin rango. Despojo ahora múltiples despojos. Partida de hunos la hecatombe tasa. Tal vez el propio Atila encabeza. Sorpréndela trompetas gemebundas. Entonan canto fúnebre los godos. Estos hunos ignoran el motivo. El campamento godo honra al rey muerto. Cuervos ni buitres probarán sus carnes. Sin testigos, prosigo mi colecta. Tira de mi hombre el peso del zurrón. La luna mira y calla y resplandece.
Del libro inédito:
“Fundadores de pesadillas nos sueñan”
Emilio V. López-Alonso
“FUGA”
Como fuga clandestina desde mi piel
siento al tiempo,
monstruo alevoso presentido,
siempre cruel
en respuesta al reclamo de mi fundamento.
Trato de localizarlo,
es que sientonces que bulle.
Crea una circulación violenta,
chocan mis bolas de acero contra
el barrote central,
protesta la fauna,
se revuelve la flora,
es el caos de mi cinturón de Venus.
Pregunté después entre los amanuenses;
pobres, qué dolor vi en los rostros.
Pregunté a los principes,
pregunté a las mujeres de todos,
pregunté a toda proyección:
nada.
El fluido se me escapa,
es algo ignoto y exclusivo de mí.
Tal vez no sea tiempo.
No dejo de preocuparme por ello.
Si al menos diera con la cisura en mi piel.
Finalmente abandono el análisis.
Creo que me trasciende, un cómplice que me añado.
Y casi al abrir pulmón, me parece
que he visto una idea mía
que tira un reloj podrido
procurando que yo no la vea
y de algo furtivo me dé cuenta.
Yo me quedo entonces quieto, en silencio,
cierro los ojos y sospecho que ya estaba enterado.
Sigo pensando, excéntico amor despejado.
Y tengo carnes.
Jesús J. Barquet
Del libro en publicación
‘Sagradas herejías (elegías)
DESTIERRO SIN ANGEL
(Para Almé, noble)
Ay, ángel, ¿dónde estás, cómo poder verte?
En qué arista del mundo tu recuerdo despidiéndome?
Qué largo adiós esta suerte de tierra desconocida?
Qué he hecho de mí o qué me han hecho?
Qué aún busco
que ya más nunca encontraré?
Quién como tú que en un recóndito
recodo del tiempo me aguarde todavía?
Si ya no puedo amar,
si ya no son mis brazos para abrazar sino
para ponerme el disfraz de cada día.
Si ya no sé quién soy ni dónde
se quedó detenida para siempre la vida.
Ay, ángel, ¿dónde estás, cómo poder verte?
Aquel sabor natal, aquellas gentes
que me enseñaron a amar:
las plantas, las calles, los amigos, la casa.
Ay de la patria, raro ventrículo de la razón
de vivir,
suerte de orgullo inmaterial,
de árbol enraizado en su paisaje,
de gaviota volando sobre su propio lar.
¿Pero cuál patria?
Aquel montón de tierra sobre el mar?
El azaroso lugar donde naci?
O un hambre del espíritu: una imperiosa
necesidad terrenal
de ese Ser único que todos anidamos?
Nada sé.
No sé ahora ni quién soy
Adiós a las playas de infinitas holguras.
Adiós a las costumbres de familiares texturas.
Adiós a nuestras huellas inocentes y amantes
sobre la arena.
Para ahora de nuevo comenzar, de nuevo
cargarme de extrañas criaturas sin perseguir
ni siquiera una Forma.
Ay, ángel, ¿dónde estás, cómo poder verte?
Quizás también tú me hayas abandonado.
Krystyan Panzica / Renacimiento
Juan M. Espino/Un Poema
en hileras
los viejos,
como frutos podridos
bajo lámparas incandescentes
esperan la muerte
- viejo oficio -
afuera
Collins Avenue
- 400 millones de luces -
en el auto mi hermana
apremia al auto delantero:
“For God’s sake... hurry up... move on!”
(nació en Aguada de Pasajeros)
y el aire, eterno, me azota el rostro
PARPADEO
BIG MAC...
HOLIDAY INN
THE AZTEC...
BURGER KING
YO TAMBIEN
soy un viejo
que espera la muerte.
RENACIMIENTILLO I
la música
ondulante marea
y se arruga
en los toscos riscos
y las canciones
de siete continentes
en lenguas
chorrean
desde las urnas
como joyas
mucho más radiantes
que el sol
RENACIMIENTILLO II
Buscando la naturaleza del sol,
yo entré en un arroyo de sombras,
y todo lo que estaba tan cerca
no podía agarrar.
Una guitarra conjurando a Saturno,
y Casandra, sin voces, se retuerce.
Mientras el cuenco de memoria se llena,
el néctar demoníaco se vierte.
Teresa Sansirene/Dos Poemas
EL PARQUE DE LA AVENIDA DEL PUERTO
Me gusta vivir cerca de esos parques
que me recuerdan a aquel donde siempre me sentaba.
Ante mi la bahía se llenaba de manos
minúsculas que me saludaban desde lejos.
Llegaba cargada de hojas,
ansiosa por escribir lo que había visto,
a los que visité, lo que alguien me contaba callado.
Pasaba horas leyendo al cardenal prohibido.
Acomodaba el mismo banco, unas veces como escritorio
para acabar un poema
y otras lo transformaba en la mesa donde comía
un pedazo de pan y tomaba un poco de café, ya frío.
Pasaba horas con mis planes;
nunca decidí cuál sería el primer lugar donde iría a vivir
después de asaltar de improviso el avión inglés
o colarme de polizonte en el barco griego.
Y frente a mi todo un malecón azul
que oscurecía lentamente.
Hoy este banco se ha llenado de hojas;
parece mucho más viejo;
ni las comparsas de este último año lo animan,
según me ha escrito Elsa.
IN MEMORIAM
No precisaba este alejamiento para escribirte
un poema.
Siempre lo supe, aún cuando te recorría
a diario;
un día, como el de hoy es aquel,
viendo tus calles sucias;
sentada en tu aquejido malecón
darme cuenta que ha crecido
ese hueco pequeño donde, nerviosa,
jugaba uno solo de mis dedos;
tus vidrieras muertas de tedio;
bares callados y parques secos
y elegía, alta y oculta
tu iglesia que abre una vez por mes para los turistas.
Te caes a pedazos lentamente
y contigo también mis sueños.
FANTASTIC VOYAGE
To M.A.
Have no reservations.
Go to Cuba.
Take along a cold embrace
—Cubans, you know,
are simply mad
about cositas
from "the North"—
and all your charm
para mi gente
cubagente buenagente
nodueña de su destino
pero sí of their survival.
No confundas la alegría
con "I support the Revolution."
Cubans have always seemed happy.
La colonia, casi happy
independencia, so happy
three interventions, less happy
capitalismo, quite happy
Batista left, very happy
Fidel bajó, requetehappy
¡paredón! yankee go home, happy
el comunismo llegó
—guát can yú dú?— be happy
a cortar caña, muy happy
en el exilio, recontrahappy
American tourists, act happy
American senators, pero qué happy!
the intelligentsia, so very happy!!
llegó el poeta, ¡coño! qué happy!!!
Go and meet their expectations
but first,
prepara bien tu façade
for daily hallucinations.
Haz un plagio subconsciente
para cada contraseña.
Do concelebrate the odes
to Nicaragua and Vietnam
but never mention exiled poets
ni se te ocurra indagar
if there are dissidents in jail:
there's no dissidence in Cuba
only antisocial lumpen
que dejó el imperialismo.
Have no fear, you've earned the right.
You haven't played your colleagues' game
much less played up
to the cabrón advantage.
Take the trip
but go aware
that Nuyorican poet kings
of Nuyorican pobres people
are only welcomed from a distance;
que mientras Cuban negras madres
of Cubanito soldier children
are never told their sons
are buried
héroes de la lucha contra el ismo,
los nuevos motherpatriafuckers
are collecting
one hundred dólares a month
per compatriota fighting head
(ciento noventa y dos millones
de divisas cada año)
en nombre de la solidaridad
with the African nations.
Cruza el charco:
los ahogados te dan permiso.
If introduced to el máximo
macho recontramáximo
remember Silvio Rodríguez
has been arrested more than once
for the audacity of a song,
y que Pablito Milanés
is a former homosexual
cured of his decadent habit
through therapeutic hard labor
and scientifically tested
ass-kicking rehabilitation
for which he truly remains
revolucionariamente grateful.
Si te ofrecen marihuana
turn it down:
it will be said you're corrupt
middle-class and peligroso,
una influencia burguesa
on the socialist artworkers,
agente del imperialismo
which doesn't jive, ¡doesn't jive!
with being humble poet king
in New York's lower east side.
Quench your eyes de arena fina,
Varadero will be fun.
Intoxica la memoria
con las consignas de turno,
official readings,
Cubanacán,
La Habana Vieja,
the guided tours,
el grupo de acero,
el de Escambray.
Enjoy the tourist first class
en el Riviera.
Trafica ideas con Retamar.
Turn down the privilege
of buying articles
produced in Cuba
or made in Cuba
rationed in Cuba
to meet demand
from friendly nations
la dirigencia
and visitors' consumption.
Tendrás que camuflage
all the contradictions:
there's no room in sunny Cuba
for unintentional naiveness.
Recuérdate del francés.
Pierre Golendorf
comunista
y number one fidelista
savored prison hospitality
three long years and a month
for the audacity
of discontent.
Recuérdate de Oscar Lewis
how he was welcomed to Cuba
"Do your research here in Cuba"
then he was thrown out of Cuba
"judío indecente,
maricón,
trabajando pa' la CIA".
El coeurcollapse a sus años
was simply inevitable.
Play by the rules:
your every thought and interaction
can be measured to perfection.
Your thirdworldness from El Barrio
can
and will
be used against you.
Ninguno de tus colegas
se arriesgará a tu rescate
(some may even have no choice
but to disavow your friendship).
Learn the rules before your voyage:
live by them while in Cuba;
fuck by them while in Cuba;
swear by them while in Cuba;
I'll see you when you get back.
Ileana Fuentes
MANUEL F. BALLAGAS/De Críticos y de Generaciones
A primera vista, parece una tarea pretenciosa la de definir a una generación literaria cuya obra (o la mejor parte de ella) permanece aún engavetada, cuando no en las entretelas imaginativas de los autores que la componen. Lo opuesto, en embargo, resultaría una constante de la historiografía y la crítica literarias, a menos que ignoremos o prescindamos de unos cuantos ejemplos que la mala memoria de los críticos nos obliga a traer a colación.
Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William Burroughs apenas daban a conocer sus primeros balbuceos cuando ya se hablaba y escribía sobre la beat generation, de la misma forma que los surrealistas dieron a conocer sus manifiestos tiempo antes de que André Breton publicara Nadja o Salvador Dalí exhibiera sus relojes blandos. Al fin y al cabo, el arte y la literatura -como la genética- trascienden, en cuanto forma de conocimiento humano, el eterno dilema del huevo o la gallina.
Para no ir más lejos, bastó con que Guillermo Cabrera Infante publicase un deplorable libro de relatos en 1960 para que la crítica reconociera inmediatamente su condición de escritor, sin equivocarse. Tiempo antes Heberto Padilla había dado a conocer un engendro titulado Las Rosas Audaces; Pablo Armando Fernández una compilación desordenada de versos titulada Toda la Poesía; Lisandro Otero un oscuro libro de cuentos (Tababo para un Jueves Santo); Antón Arrufat y José Triana acababan de estrenar obras teatrales cuyo mimetismo piñeriano escapaba ni al espectador más obtuso. Nada de esto, sin embargo, impidió que se reconocieran los nuevos valores y la nueva perspectiva que introducian estos autores en el panorama literario nacional, y aún antes de que el semanario Lunes de Revolución sucumbiera a los primeros embates dogmáticos del castrismo se hablaba de la generación promovida por dicha revista, de cuyos integrantes aún esperamos una obra maestra que no sean el oportunismo y la ambivalencia de principios morales y políticos.
Más justo hubiese sido hablar de una generación de Ciclón, pues, en rigor, fue la revista Ciclón la que aglutinó en la década de 1950 a muchos de los factores (Arrufat y Sarduy, por citar dos casos) que más tarde correrían a sumarse a las filas de Lunes, creyendo sin duda que el ciclón político que azotaba al país era el ciclón de sus ilusiones. A este efecto, un artículo publicado por Cintio Vitier en la revista mexicana Plural (Número 147, 1983) contiene reveladoras afirmaciones, que vienen a confirmar nuestros conceptos. "Ciclón resultó, claro que sin proponérselo, un antecedente de la campaña desatada por Lunes de Revolución contra todos nosotros", dice Vitier en su artículo.
Lunes de Revolución suplantó Origenes como viva expresión del esfuerzo creador literario y artístico en Cuba. Este acto presupuso la audacia con que todo grupo de escritores jóvenes se lanza a superar a sus predecesores, pero también el mezquino contubernio con un aparato de poder que acabaría por aniquilarlos en su momento.
"Origenes el instante de nuestro mal gusto más acentuado -escribiría Heberto Padilla en Lunes- es la probabilidad de nuestra ignorancia pasada, es la evidencia de nuestro colonialismo literario y nuestro servilismo a viejas formas esclavizantes de la literatura."
Y añadía, parrafos más adelante: "La poesía que ha de surgir ahora en un país nuevo no puede repetir las viejas consignas de Trocadero. El poeta que exprese su angustia o su alegría tendrá una responsabilidad por vez primera; al canto gratuito habrá que oponer una voz de servicio...".
No cabe duda de que ante la aristocrática torre de márfil origenista Padilla propone el concepto de literatura comprometida; pero este concepto, como se vio más adelante, tenía poco o nada que ver con las directivas sartiranas de la posguerta. No es compromiso solamente lo que propone el autor de Fuera del Juego, sino servicio.
Por ironía (y por conveniencia) es que ahora la burocracia cultural castista reconoce el papel jugado por Lunes de Revolución. Lo hace por boca de uno de los integrantes del propio grupo, Lisandro Otero, quien escribió recientemente para la revista Prisma Latinoamericano un artículo en el que dice que "Lunes de Revolución se convirtió en el azote de la cultura cubana... muchos intelectuales que no eran revolucionarios, pero que tampoco se oponían a la Revolución, fueron ofendidos por aquellos falsos jacobinos que pretendían hacer carrera con su extremismo".
Por su parte, el profesor Roberto Fernández Retamar se expresa en términos similares desde las páginas de la revista Casa de las Américas (Número 137, 1983). Refiriéndose a los integrantes de la generación de Lunes, y en particular a los que redactaban aquel semanario, dice Fernández Retamar que eran "una pandilla de resentidos y mediocres que, bajo un manto seudorrevolucionario, se dedicaban a atacar a numerosos valores de la cultura cubana, con la esperanza de apagar la luz para que todos los gatos fueran parados, y se les hiciera a ellos más viable ser reconocidos como los valores que no eran".
Cintio Vitier, cuyo tránsito de la torre de márfil a la torre de mando del poder burocracia en la Cuba actual merecería un extenso comentario, afirmaba en su artículo para la revista mexicana Plural que el "visceral resentiimiento" de Guillermo Cabrera Infante hacia los poetas de Origenes se le hizo patente mucho antes del triunfo revolucionario, agregando, sin embargo, que fue Heberto Padilla quien se disinguió en lo que califica de "sistemática campaña" contra los católicos rituales agrupados bajo la egida de José Lezama Lima.
El poeta Pablo Armando Fernández, quien fuera subdirector del semanairo Lunes de Revolución, intentó, en otro artículo aparecido recientemente en Plural, justificar los ataques llevados a cabo contra los origenistas, alegando que se trataba de simples querellas literarias ocasionadas por lo que calificó de "poesía religiosa y hermética", supuestamente preconizada por Origenes y detestada por los jóvenes acólitos de Cabrera Infante.
"Es curioso que tales discrepancias nunca se manifestaran antes del triunfo de la Revolución", replica Cintio Vitier en su artículo de Plural, y pasa a citar las pruebas de estimación por la obra de Origenes, que siempre dieron-se según él- aquellos escritores jóvenes que más tarde, cómodamente asentados en el poder, habrán de atacar a sus mentores de antaño.
No resulta aventurado deducir de estas opiniones y testimonios un turbio cuadro de oportunismo y mal intención. Protegidos por la fuerza política avasalladora del régimen castrista, y sin permitir siquiera el derecho de replica, los escritores de Lunes estrenaron aquella "voz de servicio" reclamada por Padilla, ensañándose-con propósitos nada literarios- en el acto de anular la apreciable labor llevada a cabo por Origenes en la década precedente (1).
El devenir histórico suele tener matices irónicos, y resulta curioso apuntar que los servicios prestados por Lunes al castrismo resultaron bastante efímeos, aunque bien remunerados con puestos diplomáticos y otra suerte de prebendas. Actualmente, las brisas políticas parecen soplar en favor de gentes como Cintio Vitier, Eliseo Diego, Fina García Marruz y Octavio Smith. Fieles siempre a las enciclicas, los escritores de Origenes han resultado dóciles también a los mandatos del Partido Comunista y a sus lineamientos culturales.
Afrirmamos en otra ocasión (Término, Vol. 1, Número 2) que las generaciones literarias formadas en los años anteriores al cataclismo social y político que representó la revolución de 1959 con sus respectivos órganos de expresión. De hecho, las revistas a través de las cuales se dieron a conocer estas jugaron un papel aglutinador que justifica que se haya bautizado a esas generaciones con el nombre de las publicaciones a que dieron origen. Sólo la primera generación posrevolucionaria (la de Arenas, García Ramos, Madrigal, Victoria, Lorenzo, Valero y otros) tiene puntos de referencia tan vagos e inquietantes como un puerto de mar o un silencio. No obstante, algunos de estos autores han conseguido publicar sus libros, y constituyen una necesidad que los restantes -los inéditos o parcialmente inéditos- lo son en gran medida por razones circunstanciales obvias, muy propias de la singular experiencia histórica que les tocó vivir.
Ni José Lezama Lima ni Guillermo Cabrera Infante conocieron los mecanismos de censura y autocensura que predominan en Cuba actualmente. El acceso de estos y sus contemporáneos al papel y la tinta no pasaba ciertamente por la oficina del censor o del policía; tampoco, afortunadamente, por la ávida caja contadora de algunos editores de un país extraño, al que hubiesen ido a parar más por puro instinto de conservación que por voluntad propia. Que sepamos, sus primeros intentos literarios no fueron premiados con la intimidad o la cárcel.
La experiencia de la primera generación posrevolucionaria de escritores cubanos (que incluye al fenómeno Mariel, pero también lo trasciende) es tan sugiere que su definição como grupo adquiere una urgencia que precede a todo otro valor creativo y su divulgación editorial. De hecho, ambas tareas vienen siendo abordadas con mayor o menor éxito por revistas como Mariel, Término, y Unveiling Cuba, sin que por eso los criticos se detengan a contemplar las muestras de talento que en ellas se exhiben, como detalles de una obra más amplia que la ausencia de medios y recursos impide publicar.
Sin desdeñar la importancia del aporte hecho por la revista Linden Lane al perezoso horizonte de las letras cubanas del exilio, hemos preferido no incluirlo en la categoría de las publicaciones antes mencionadas, pues en esencia Linden Lane constituye una manifestación generacional tardía, es decir, algo así como el segundo capítulo de Lunes de Revolución, y a fin de cuentas, una publicación de interés puramente académico, incapaz como se ha visto- de avenirse a las necesidades expresivas de los escritores más jóvenes.
La perspectiva de un desarrollo rapuíte, además, la búsqueda de un contacto permanente con los escritores que, estando en la Isla, disienten y crean, así como un distanciamiento polémico de esa zona generacional sometida que en Cuba afloró en las páginas de El Caimán Barbudo y en el exilio a través de publicaciones como Areíto. Todo esto con audacia y sin temor a ser tildados de pretenciosos, por que la pretensión siempre antecede al logro.
La generación posrevolucionaria de escritores no tiene vocación de Pandora. Las calamidades que anidan en la caja del tiempo andan ya desatadas. Para comprobar esto, basta abrir las tapas de Mariel y Término.
(1) En virtud de todo lo antes expuesto, causa gracia y asombro el alarde imaginativo de que hace gala Guillermo Cabrera Infante en el curso de una entrevista llevada a cabo en 1971 por la escritora Rita Guibert, al declarar que "... Lunes de Revolución...stood for liberalism, tolerance, and ideological and literary experimentation". (Seven Voices. Seven Latin American Writers Talk to Rita Guibert. Alfred A. Knopf, 1972).
ORLANDO ALOMAI “La Edad de Oro” en las cartas de José Martí
La primera mención de La Edad de Oro en la correspondencia de José Martí aparece el 26 de junio de 1889, en carta al “distinguido compatriota” Rodolfo Menéndez. Después de un hermosisimo párrafo introductorio, sobre los destinos de Cuba y de sus desterrados, le dice: “Ahora voy a publicar otro periódico, —para niños esta vez,— y lo recibirá siempre a tiempo.”1 También le agradece a Menéndez el envío de dos publicaciones suyas y le elogia su patriotismo, su americanismo y su amor al indio, “como lo quiero yo.”
Es sabido que La Edad de Oro, “publicación mensual de recreo e instrucción dedicada a los niños de América,” vio la luz en julio de 1889. Su editor era A. Da Costa Gómez y su redactor, José Martí. La administración radicaba en el número 77 de William Street, New York. Por la hoja publicitaria en que se exponía el programa de la revista, sabemos que su salida estaba proyectada para “cada día primero de mes” y que “el número constará de 32 páginas de dos columnas, de fina tipografía y papel excelente, con numerosas láminas y viñetas de los mejores artistas”. La cubierta de cada entrega, nos dice Gonzalo de Quesada y Aróstegui, “cual símbolo de amor y de ternura, era de color celeste”. El precio del ejemplar suelto era de 25 centavos.2
En ese julio del primer número, Martí le contesta una carta a su amigo Rafael Serra, dándole cuenta de que está enfermo: “Lo que tengo no es mal de cuerpo, sino estropeo de alma. Lo que me entristece ahora más que todo es lo que pasa en Cuba”. Le confiesa a Serra que le preocupa que puedan tomar por intruso, ambiceros o pedante su “anhelo vivísimo” y que de excusar; sino hacer como yo, que en lo propio soy moroso, y diligente en lo ajeno.” Pero, al margen de esas formalidades, no falta su solicitud por saber “si he salido aíroso, y si he dado con la manera de hablar con la gente menor.”4
En papel con membrete de La Edad de Oro, le escribe Martí el 3 de agosto de 1889 una larga carta “semioficial” a su amigo mexicano Manuel Mercado. Este le había servido el año anterior de distribuidor intermediario y propaganda de oficioso de Ramona, de la que Martí aún le seguía mando ejemplares para colocar y vender, y Mercado aún le estaba liquidando algunas cuentas pendientes. Ahora, Martí le anuncia que le ha puesto en correo quiénitos ejemplares del primer número de La Edad de Oro: “No quiero robar le tiempo repitiéndole lo que allí le digo: —que entro en esta empresa con mucha fe, y como cosa seria y útil, a la que la humildad de la forma no quita cierta importancia de pensamiento.” Los quinientos ejemplares son para que un agente central (“persona nueva, de americanismo nuestro, y de empuje”, “activo y hábil, y que entendiese nuestro pensamiento”) los distribuya por las ciudades principales de México, como se hizo con Ramona; y con la ayuda de los cartelores y circulares que le envía, haga por atraer la atención del público y de los gobiernos sobre una empresa en que he consentido entrar, porque, mientras me llega la hora de morir en otra mayor, como deseo ardientemente, en esta puedo al menos, a la vez que ayudar al sustento con decoro, poner de manera que sea durable y útil todo lo que a pura sangre me ha ido madurando en el alma. Yo no quiero que esta emérica. —Si no hubiera tenido a mis ojos esta dignidad, yo no habría en trado en esta empresa.
La carta es pródiga en instruccines y condiciones de distribución, venta y suscripción de la revista, incluso para el peor de los casos en que Mercado no pudiera dedicarle el mismo “vigilancia y cariño”, ni tuviera persona activa y de confianza a quien darle la crucial encomienda de crearle un número extenso de lectores en México, de donde ya le están llegando algunos pedidos. “Ud. conoce con qué ánimos entraré en esta labor, y hará por no dejarme caer, a solas con mi pensamiento.”
De la Argentina, sólo por la circular, ya le han ordenado mil doscientos cincuenta ejemplares mensuales. Y la revista escribirá en los próximos días al Ministro de Instrucción Pública y a los gobiernoos de los estados de México, así como a los de todos los demás pueblos de América, sometiéndoles a su consideración y protección La Edad de Oro. También, a los representantes del Congreso Pedagógico, a punto de reunirse en México, les irá la circular y un número: “Al pueblo más infeliz ha de llegar este mensaje de cariño.”
Termina Martí pidiéndole a su “hermano querido” que le perdone lo que califica de “engorro” y “majadería”, y deseando que en ello le ayude “el concepto que le merezca el periódico”. Una última suplica: “Dígame, de verás, lo que los niños de su casa han dicho de él, como niños, y lo que a Ud. como hombre le parece.”5
El 19 de septiembre se excusa, debido a su carga de trabajo, con Emilio Núñez, por no hablerle escrito ni ida a ver desde que llegó. “Pero ésta es para mandarle a Bernardo (al mismo tiempo que a mi madre, a quien no se lo he los que debieron comprender lo que significaba la obra para la educación y las letras de nuestros pueblos, tuvo que cesar con el cuarto número, después de grandes sacrificios del señor Da Costa Gómez, y el triste desengaño de Martí.9
Sin embargo, el 26 de noviembre de 1889, Martí le explica a Manuel Mercado en una dolida carta cuya primera mitad expresa:
Va el deber del artículo laborioso, y no el gusto de la carta, porque le querio escribir con sosiego, sobre mí, y sobre La Edad de Oro, que ha salido de mis manos —a pesar del amor con que la comencé, porque, por creencia o por miedo de comercio, quería el editor que yo hablase del “temor de Dios”, y que el nombre de Dios, y no la tolerancia y el espíritu divino, estuvieran en todos los artículos e historias. ¿Qué se ha de fundar así en tierras tan trabajadas por la intransigencia religiosa como las nuestras? Ni ofender de propósito el credo dominante, porque fuera abuso de confianza y falta de educación, ni propagar de propósito un credo exclusivo. Lo hu milde del trabajo sólo tenía a mis ojos la excusa de estas ideas fundamentales. La precaución del programa, y el singular éxito de crítica del periódico, no me han valido para evitar este choque con las ideas, ocultas hasta ahora, o el interés alarmado del dueño de La Edad. Es la primera vez, a pesar de lo penoso de mi vida, que abandono lo que de veras emprender. Si me lo aplaude Ud., no quiero más.10
En el párrafo final de esa carta, dedicado casi todo el elogio del poeta Guiérrez Nájera (“El no es de los de literatura canina”), Martí se da por enterado de que “G.N. hablo en “El Parti-
tomar por intruso, ambicioso o pedante su “anhelo vivísimo” y que existan quienes piensen que no quieren a su tierra bien: “yo para quien todo es sueño en la vida, y fantasmagoría, excepto mi patria.” Lo que ocurre es que ha salido al paso de los malvados y picaros, de los irresponsables y aprovechados, que procuran desacreditar su obra unificadora. Además, le adjunta a Serra, como muestra de su espíritu, su única copia de “unos versos extraños”, escritos —escapados de su alma— ese mismo día. Le promete por último ir a visitarlo el domingo y se despide como “un amigo que tiene en mucho lo que le dice de La Edad de Oro. Le paso su párrafo al administrador. Para mí, —Vd. lo ha visto como es,— esas cosas de niños son un trabajo del alma, que está bien pagado con que hombres del temple y limpieza de Vd. me lo tengan en cuenta.”3
El 27 del mismo mes, a petición del editor, le escribe a Amador Esteva, en Guantánamo, para buscarle por su intermedio un buen agente en la localidad a La Edad de Oro, de la cual ya le mandó la circular y veinte ejemplares del primer número en paquete certificado. El dicho agente debe ser una persona que emprenda la tarea “por oficio o por aficiión”, “que ponga empeño de amigo-, y que dé buenas cuentas.” Martí confía en que la revista “no debe caer mal en Guantánamo, a juzgar por dos cartas recibidas de alli en respuesta a la circular.” En carta adjunta, le envía al “muy querido Amador” las condiciones de la Agencia. Y finalmente: “Tanto el editor como yo vemos esto como empresa del corazón, y no de mero negocio, como notará Vd. en cuanto hojee el número; así que en el corazón quiero interesarle, aunque sea una sencillez. (…) De esto no se me ha a pura sangre me ha ido madurando en el alma. Yo no quiero que esta empresa se venga a tierra. Veo por acá que ha caído en los corazones desde la aparición de la circular. Los que esperaban, con la excusable malignidad del hombre, verme por esta tentativa infantil, por debajo de lo que se creían obligados a ver en mí, han venido a decirme, con su sorpresa más que con sus palabras, que se puede publi car un periódico de niños sin caer de la majestad a que ha de procurar alzar se todo hombre.
Y se detiene en este punto, para afirmo acto seguido: “Estas son verbosidades que no tienen nada que hacer con la carta de agencia que he prometido escribir, por esta vez, al Editor, que pone en esto un serio capital, y es aquel caballero modesto que representaba a la Compañía de Seguros de New York”.
Nuevamente pasa Martí a manifestarle sus ilusiones y objetivos de mayor alcance en este empeño:
No parece, de veras, que venga al mundo “La Edad de Oro”, —que es título de Da Costa, con muy malos auspicios. Verá por la circular que lleva pensamiento hondo y ya que me la echo a cuestas, que no es poco peso, ha de ser para que ayude a lo que quisiera yo ayudar, que es a llenar nuestras tierras de hombres originales criados para ser felices en la tierra en que viven, y vivir conforme a ella, sin divorciarse de ella, ni vivir infecunda mente en ella, como ciudadanos retóricos, o extranjeros desdeñosos nacidos por castigo en esta otra parte del mundo. El abono se puede traer de otras partes; pero el cultivo se ha de hacer conforme al suelo. A nuestros niños los hemos de criar para hombres de su tiempo, y hombres de a pura sangre me ha ido madurando en el alma. Yo no quiero que esta empresa se venga a tierra. Veo por acá que ha caído en los corazones desde la aparición de la circular. Los que esperaban, con la excusable malignidad del hombre, verme por esta tentativa infantil, por debajo de lo que se creían obligados a ver en mí, han venido a decirme, con su sorpresa más que con sus palabras, que se puede publi car un periódico de niños sin caer de la majestad a que ha de procurar alzar se todo hombre.
Para Martí no son los principios y las normas de la dogmática religiosa los apoyos y resortes del comportamiento moral, sino la idea y la pasión humana nas hechas motivos en la glorificación del bien, del deber, de la honradez, del servicio altruista y de la pasión acativa de aquella natural condición que lleva al hombre ascender, a saber más, en un ansia y una curiosidad nunca satisfechas.13
En su estudio, Almendros transcribe extensos y variados fragmentos significativos de La Edad de Oro, en los que Martí ofrece a los jóvenes, con sencillez, mesura y elevación, una explicación del origen de las religiones y del proceso de su construcción.
Desde el sentimiento de dependencia ante el enigmático mundo, con el ansia de no morir, con el anhelo de nestar y la ambición de poder —sin que falte en todo ello la rendida devión por los hombres de sabiduría y la reverencia por su moral vida ejemple—, hasta el artificio por el que se aprovecha y desviertúa por los egoistas el don preclaro y generoso de los hom bres santos.14
“De qué habla Martí a sus chiquillos en la revista”—se pregunta entonces Mirta Aguirre—“a cambio de no hablarles del ‘temor de Dios’?” Y se responde a sí misma:
Les habla de héroes hispanoamericanos, de honradez, de rebeldías justas, de libre examen, de valor civil, de igualdad humana, de relatividad de arquitetos de belleza, de pobres y de ricos, de plebeyos y de nobles, de razas y de pueblos oprimidos, de patriotismo y de trabajo, de bondad, de transigencia, de respeto a la vida.15
De ello hay, asimismo, ricas y abundantes muestras en los textos de La Edad de Oro, que pueden ser traídos a colación generosamente para subrayar la disposición de Martí a hablar a los niños como nunca nadie antes les había hablado: sin hipocresias ni for malismos. El sabe lo que hace, sabe cuál es su deber; el deber de decir la verdad, que tiene todo hombre honra do, y, por supuesto, todo educador. Y ese deber lo cumple a n riesgo de derperlo todo. Por esa sinceridad mu rió La Edad de Oro.16
Hasta ahí en lo que respecta a la generosidad, los grandes sacrificios, la nobleza, el entusiasmo y el interés postumos del señor Da Costa. Quedaba, eso sí, “el triste desengaño”.
Pero no olvidó nunca Martí, con los trabajos y los años, “el periódico” (según acostumbraba llamarlo), ni lo apartó de su corazón, como obra de amor que era. El primero de abril de 1895, “ya con todo al cinto”, en la carcasa considerada su testamento literario, entre consejos y disposiciones sobre “mis papeles”, le sugiere a Gonzalo de Quesada desde Montecristi: “La Edad de Oro, o algo de ella sufriría reimpresión.”17
Todavía ocho días después, el 9 de abril, desde Cabo Haitiano, le escribe a María Mantilla, “a mi María”, su comovedora despedida paternal. En esa carta, con “la vida a un lado de la mesa, y la muerte a otro, y mi pueblo a las espaldas”, le pide que se aplique a la tarea de poner en buen español un libro en francés que le envía y para lo cual le aconseja:
Es bueno que al mismo tiempo que traduzcas, —aunque no por supuesto a la misma hora,— leas un libro escribió en castellano útil y sencillo, para que tengas en el oído y en el pensamiento la lengua en que escribes. Yo no recuerdo, entre los que tú puedes tener a mano, ningún libro escrito en este español simple y puro. Yo quise escribir así en La Edad de Oro: para que los niños me entendiesen, y el lenguaje tuviera sentido y música. Tal vez debas leer, mientras estés traduciendo, La Edad de Oro.18
NOTAS:
I José Martí: Obras completas (tomo 20,
JORGE POSADA I Culos Habaneros
las cubanas que más saben guarachar cantaba alegre el Beny refiriéndose a las habaneras. Y cuánta razón teñía. Cómo sabían guarachar y, pese a la implacable erosión del socialismo, y a una letargia tristeza que ya va por veinticinco años, cómo saben todavía; guarachar, rumear, joder, satear, contonearse. Lo han aprendido de generación en generación; la bisabuela por Blanquita Becerra, la abuela por Tongolele, la madre por Olga Chaviano (monstruosa que estaba), y la nieta por la cálida Donna Summer, foránea: hija de gata huracanada, caza ratón. Lo cierto es que ese temperamento alborotado, irracional es algo innato en la habanera (no podrá negar la perturbadora violencia de la santiaguera, ni la conocida vitalidad de la camagüeyana, pero ahora estoy hablando de la habanera); famosas meñadoras que han sido toda la vida, aun desde antes de Estrada Palma y después de Castro, con una energía de criatura indomable que se les desborda de cada poro, al tiempo que mueven a la perfección, con avasallador ritmo que ha ido de la conga al mozambique, las caderas y hombros, pero, más que nada, acaso sin proponerselo mucho, balanceando frenéticamente las nalgas. Por esto, en La Habana, ha sido siempre una costumbre arraigada, casi un acto inconsciente, mirarle el culo a las mujeres dondequiera. Es raro que en la calle, pase una buena hembra por al lado de uno, y que uno vuelva la cabeza para bacilarle las nalgas y, quizá, meterle un piropo simpático mucho, balanceando que ingenioso: “¡Chiquita, perras nalgas!” y también: “¡Qué tronco de culo!” Esta manera de volterar la cabeza 360 grados, es una cosa que hacen, que hacemos la mayoría de los habaneros, y podría, incluso, ser un tema para la quintaencia del típico jodedor criollo, que es Alvarez Guedes.
Así, a lo mejor por el complejo de Edipo del que me han acusado un monón de veces -a decir verdad, mi madre era portadora de uno de losculos que más impresionaron a La Víbora-, creci impregnado del fetichismo capitalino por las nalgas y, desde niño, también yo he tenido una pasión irremediable por losculos. Recuerdo que tenía seis o siete años, y ya le miraba, sin falta, el culo a todas las amigas de mi madre y de mi madre, y que en Betty Boop, en lugar de sus piernas audaces o sus téticas misteriosas, lo que primero me llamaba la atención era su trémulo culito de nínula sensualisima. De este modo, durante años he mirado tantosculos que me he convertido en lo que en el Sur de Estados Unidos se le ha dado el nombre de ass womanizer, y en lo que mucho tiempo antes, los fenicios, en sus fogosos epigramas, solían llamar “fausto ador de nalgas”, esto es, un especialista enculos.
Quién ha podido resistir la tentación de ver delante unculo opulento y vigoroso y no caerle detrás cuadras enteras? Resulta una experiencia estremedora ir uno siguiéndolo de cerca, perseguidor secreto e inconmovible, comiéndose con los ojos una nalga -el Este- y después la otra -el salvaje Oeste-, mientras el vestido o el pantalon tan ceñido, quiere rompérse arriba, y el promiscuo vigilante puede, si el pantalon es blanco, adivinar el color de los pantalonocitos que se le marcan: rosado pálido, amarillo canario, azul cielo, rojo fuego; igual que un manual de pintura, sólo que sicaliptico. Qué habanero (o matancero o pinareño, porque la emigración hacia la capital que aún sigue indetenible, hace que, a fin de cuentas, todos terminen siendo habaneros) no se ha parado en el medio de la acera aguantiendo el aliento extasial ver a una chiquilla en minifalda? En los sesenta llegaron a ser super cortas y todo lo enseñaban sin recato; resbalosas, indiferentas, exhibicionistas caprichosas que eran; a través de las sayitas se percibía el contorno de unos muslos henchidos y la sombra reveladora de un formidable par de nalgas sonábulas. Y mejor que mejor, si se cazaban subiendo una escalera (feroz cogefilo de escaleras empinadas y de balcones apuntalados de La Habana Vieja que era, yo me agachaba, arriesgado, a disfrutar del incomparable espectáculo), cuando los blumers, al hundirse en la piel le formaban inevitably un globito cerca de la humedad absoluta -ahí, en esa tierra de nadie queda justo entre el final de las nalgas y el comienzo del matorral inextricable, y con los jugos pelotones de carne disparándoseles por cada borde. Qué época feliz, carajo, la de la minifalda, hasta que vino la maxi, esa puerta frustrada, a joderlo todo.
Que tire la primera piedra el que en una tarde verano se ha quedado boquiabierto con losculos robustos, irreverentes y despeocupados de las adolescentes; mal disimulados en los uniformes de Secundaria y de Pre, son luego golosos y ávidos, palpitantes en un short atrevido o en un hot pants deshilachado y tentador; algunos tan francos y tan elocuentemente carnales que crean debajo un vacio insondable, muy difícil de creer si no se estuviera en ese mismo momento: están hechos a mano. Que diga que no es socio intimo de Freud el que no se turbó alguna vez con losculos lánguidos de las mediotiempo culonas, batallando tenaces para demostrar que todavía si guen vivos y, en ocasiones, todavía y desafiantes. El destello de un pasado glorioso que se niega a desaparecer.
Soberbios y conmovedores desfiles deculos he visto deslizarse por todos los barrios, atrayendo la mirada lasciva de todos los varones habaneros, y la envidia de la planchada, pecado capital en una ciudad que le rinde un culto desenfrenado a las nalgas femeninas. Enormes, despampanantes, fellinianos, por así decirlo (que llevan como ninguna las mujeres abundantes, tri-
gueñas preferiblemente, de labios carmosos y grandes ojos vehementes) fluyen por Miramar, por la Quinta Avenida repleta de follaje, por La Copa, el Naútico y el Ferretero; por esa parte del Prado, del Centro Gallego, el Capitolio, el Payret y el Rialto (que los dirigentazos intentan, inútilmente llamar Centro Habana, pero el habanero es terco y no le dirá jamás de esta manera, como no le dijo nunca Ramón Pintó a Concha ni le dirá nunca, por suerte, Avenida Salvador Allende a Carlos III), deambulan las nalgas sueltas, floatantes, bailadoras de las rubias (naturales o teñidas), con sus estrechas cinurtitas de avispa y que, por su cadencia imposible, parecen ir montadas en una caja de bolas o estar girando un Hula-hoop eterno. El culo rocoso, como de granito o madera tallada, parado y agresivamente sensual de la jabá se asoma por Puentes Grandes, por Santos Suárez, trajina por todo el Cerro y, al llegar a Luyanó, con sus calles que llevan nombres de frutas tropicales, se le suma, arrollando, anhelante y gozador, el de la mulata china, esa mezcla impetuosa como el propio clima del Caribe: vertiginoso y caliente y devorador. Ya por Lawton -donde me criyó que podría recorrer a ciegas, sin perderme; cada pasaje, cada esquina, cada loma un pedazo de mí mismo-aparece, enhiesto y también macizo, con el demoledor empuje ancestral demasiado próximo, el culo bullanguero de las negras al que se une el frágil y curveado, suave al tacto (que yo lo sé muy bien), trasnochador y fiestero de la mulata, coincidiendo en él la frescura del Mediterráneo y la turbulencia de la africana: la erección y la anchura, y una turbadora sorpresa acostada bocabajo.
Cientos deculos invaden Línea, Zapata y Calzada, colman la Cinemateca (hay que verlos sábados por la noche entre el excitado gentio por Hitchcock!), suben por 12 y bajan por Veinitrés hacia el Malecón. Se detienen un momento en los jardines atestados de
Coppelia (poblados de un desaforado submundo de melenas estrafalarias, ropa extranjera de colorines y radios y grabadoras con trepidante música americana que dia a día reta a la policía) y continúan su viaje invicto Rampa abajo y Rampa arriba; y el Mandarin y el Polinesio, el Club 23, los portales de Radiocentro, el Vedado, La Habana entera se va llenando, poco a poco, de un enfurecido erotismo.
Ningúnculo habanero me ha capturado desprevenido nunca. He soñado mil veces con los prohibidos de las monjas y me obsesionaron los asepticos de las enfermeras. Los playeros, en escotadas trusas mojadas o en brevísimos bikinis y el mínimo pedazo de tela que se colaba, juguetón, entre una pelota dorada y la otra, eran una provocación constante. Y los suculentos y apetitosos de las modelos de la década del cincuenta-la Divina y la Tremenda, Belkis Fuentes, Marta Véliz con su mórbido “meneíto”, y Gladys Ziskay con aquella propaganda de Partagás doblemente sugerente: “Una tonga de gusto”, me atormentaron en la infancia. A tal punto ha llegado mi gusto renacentista por estos globos turgentes que los culos odiados y asexuales de las militares (enfundados en el único color brillante que existe en la Isla, que es el austero verdeolivo), los despreciados de las gordas, y los imperfectos, aplastados -culos que no sonculos: “Terminal Lisa”, le han puesto los guapos- de pobres mujeres que sientan con los riñones, todos han encontrado en mí, por lo menos una vez, un atento, malsano espectador.
Pero donde mi obsesión llega a su delirio extremo, a su náufraga imaginación, a su paroxismo estallante, es al ver los culos dentro de lo que en España se conoce como ranchero, en Sudamérica como vaquero, en Puerto Rico como mahones y en Cuba (en La Habana) es sólo un pitusa; un blue jeans o jean a secas; ajustadísimo, reventándoseles en el cuerpo; cualquier tipo, un polaco de marca desconocida o un Lois o el Caribú colombiano, y ni hablar de mis tres yanquis favoritos: un Levi's, un Wrangler o el extraordinario Lee -The brand that fits, una verdad innegable- que, sin remedio, me sacan de quicio. Una tremenda recreación para la vista los culos en pitusa, sostenidos por muslos largos y firmes, encajando perfectos allí, donde la asombrosa curva final de la espalda se parte en dos, se quiebra a la altura de las caderas, y esa zona blanda y mullida, se vuelve de pronto en la más embrujadora y verdadera magia nacional. Nalgas que se transforman en beligerantes envueltas en la mezclilla azul, más desteñida o más nueva, en tennis viejos o en tacones de puya, con los baños subidos y con los insinuantes boliillos de chapa cubriendo cada nalga: elculo total y definitivo, inmerso en el mundo de hermoso desenfado que inventó el cabrón de Levi-Strauss el 20 de mayo de 1873 en San Francisco y que, desde entonces, nos viene destrozando el alma.
Han pasado los años y sigo siendo el mismo. Sin embargo, ni antes ni después, ningúnculo es comparable con aquel alucinante, saludable, el primero que vi desnudo, que contemplé embriagado, que sentí (que palpé) tibio junto a mí. Fue una noche memorable de enero del 63: le decían la Guajira, y era una puta magnifica y dicharachera del Barrio de la Victoria; unas nalgas muy blancas, milagrosamente salpicadas de un vello casi imperceptible, olorosas y rotundas que todavía, a cada rato, me despiertan en sueños.
LIBROS / BOOKS
ARMANDO ROMERO I Cabrera Infante en el hotel de las palabras
En cuanto a mi he decidido no leer en mi vida más libros que el mío,”1 es lo que nos dice Laurence Sterne en Tristan Shandy y lo que también parece decirnos Guillermo Cabrera Infante al fondo de sus paradojas y saltos al vacío, contrariando la premisa mallarmeana del libro pero no en la medida de una vida sino de una literatura. Porque todo pensamiento, toda acción dentro del campo de lo literario en Cabrera Infante se desliza un poco de un centro que no existe y existe a la vez; es así como, sin vacilar, ha declarado que él es el único escritor inglés que escribe en español (Spanish language habla llamado Carlos Fuentes a retórica de puns y calambours), aunque sus modelos más destacados son irlandeses (Joyce, Sterne) y en realidad él es un cubano que parece (y podría querer ser) un chino.
Pero el ser inglés es sólo una salida astuta hacia el lenguaje porque lo que está adentro es esa tradición por los paradigmas autobiográfico-literarios (Yorcik, Dedalus) y por la ciudad, esa urgencia contranatura (donde metió sus narices Baudelaire); coincidiendo Cabrera Infante con Joyce y Sterne en esa necesidad de llevar la parodia hasta la crisis del puritanismo. Ahora bien, este escritor “inglés” escribe, según él (corrección a lente), en cubano, o mejor dicho, en habanero del centro; y es obvio que esto es así, aunque dada la radio, las canciones, la influencia cultural -La Habana como centro que fue de ese país que es el Caribe-, y las distintas interrelaciones que vienen de un mestizaje con características similares, Cabrera Infante escribirá dentro de un lenguaje que también es el de la Colombia del Atlántico y el Pacífico, la Venezuela entre Maracaibo y Caracas, el Guayaquil del Ecuador, Panamá y algunos de los otros países centroamericanos, donde podráamos incluir, faltando a la razón geográfica, a México, que con sus películas y boleros extendió la sombra de un lenguaje popular por el Caribe; es decir, que si hacemos cuenta de sus localismos encontraremos que son semejantes a los de estos países o regiones (es posible que Daniel Santos y la Sonora Matancera tengan la culpa de todo este merengue tan sabroso).
Pero en lo que sí, casi estamos de acuerdo, es que Cabrera Infante es más bien un chino, vista su reverencia a los gramas, ideo-gramas, caligramas (no confundir con otros gramas), y a esa sabiduría de choteo y contrapunto que lo hacenzen-cillamente oriental y fantástico.
Vamos pues a la búsqueda de aquella Habana perdida que nos trae el ahora tigre (ayer cachorro adolescente), entre el miedo al mal francés y los ritos de iniciación de su cultura mestiza y citadina.
La cosa empezó así: subiendo escaleras: Su ritmo es ascendente, de crecimiento, porque La Habana para un Infante difunto2 viene de la música y hacia la música va (y se pierde). El narrador (a quien presentamos excusas por identificarlo a veces con el autor, aunque sin olvidar que ambos son personajes de la literatura) llega a La Habana envuelta en las pesadillas tristes del fin de la niñez y el comienzo de la adolescencia, en la misería del migrante que tendrá que ver todo hacia arriba y ascender siempre porque nunca podrá estar más abajo.3 Y si sus padres, provincianos del oriente de Cuba, vienen a hacer La Habana (para decidirlo en inmigrate argentino), él no, él viene a conquistarla, a hacerle el amor, mejor dicho a cogérsela completamente. Va a empezar entonces la educación sentimental de este semenal (¿ser-mental?) de la literatura, buscando rubias diestras y siniestras.
La novela (llamemosla así por el momento) empieza con ciertos colores imputos por la nostalgia y el humor, deslizándonos por pasamanos y barandas de barroca arquitectura; pero a medida que transcurre va derivando hacia un tono írónico, sarcástico, más bien acido, que no deja perder el humor. Ese rasguñar poéticoicamente la realidad que lo mueve al principio por La Habana de ojos abiertos y sorpresas desaparecerá pronto ante la crudeza de calles y avenidas, hoteles y camas.
La historia que se narra es parcial como todas las historias, pero lo es más por expreso deseo del autor de suprimir todo que no sirva para afilar las flechas de su sexualidad; nos dará por corte celular ciertas del núcleo y del protoplasma de una historia personal, vista desde el punto de mira de la literatura y no al
revés. La discusión entonces se abre si esta es una novela o no, si es autobiografía o memoria; se complica cuando Cabrera Infante niega que sea cualquiera de estos géneros;4 se hace interesante cuando leemos algunas de sus declaraciones sobre el género biográfico: “Me inclino a pensar que aún en las biografías hay una distancia entre el personaje biográfiado, la escritura y la subsíquiente lectura que carga de irrealidad a los documentos más reales;5 pero vuelve a ser simple cuando recuperamos la libertad de lectores para interpretar la obra a nuestra manera, sin temor a la equivocación o a la confusión, cuando comprendemos con el autor que cada vez que nos liberamos de las atadamente de una crítica que quiere para si la estabilidad de los géneros, ganamos en cuanto gana literatura y, por ende, la vida.
“No es de mi vida negativa -nos dice el narrador- que quiero escribir (aunque introducirá su metafísica en mi felicidad más de una vez) sino de la poca vida positiva que contuvieron esos años de mi adolescencia, comenzada con el ascenso de una escalera de mármol impoluto, de arquitectura en voluta y baranda barroca.6 Es desde este ángulo que veremos las cosas y no habrá margen para el sufrimiento. Entramos al rito de iniciación sexual de este habanero mamar de gallo (para decirlo en colombiano), rito que excluirá a los otros ritos de iniciación que se esconden detrás de lo que suprueve en la novela (“La vida negativa”), para asumir en toda magnitud su tirano carval de sexo. Pero vamos a ser claros (y oscuros) desde ya: Esta novela está escrita no con ideas sino con vaginas en la cabeza, donde la mujer será una puerta por la que se llega, por la que se viene. Es por esto que desde un principio, cuando entramos a ese vecindario o solar donde vivirá el narrador sus primeros años de iniciación, el olor será bastante fuerte y nos acompaña por toda la obra. La vida en este pasaje o falansterio es reflejada y reflejante ya que las habitaciones donde se alojan los inquilinos dan puerta a puerta (ya sea por metáfora o por metonimia), frente a frente, exhibiéndose mutuamente la suciedad, la enfermedad, la promiscuidad natural de una vida pobre y citadina. Desde esta comunidad de seres comunicantes vendrá viejos o en tacones de puya, con los baños subidos y con los insinuantes boliillos de chapa cubriendo cada nalga: elculo total y definitivo, inmerso en el mundo de hermoso desenfado que inventó el cabrón de Levi-Strauss el 20 de mayo de 1873 en San Francisco y que, desde entonces, nos viene destrozando el alma.
Han pasado los años y sigo siendo el mismo no le decía no leer en mi vida más libros que el mío,”1 es lo que nos dice Laurence Sterne en Tristan Shandy y lo que también consiste similares, Cabrera Infante escribirá dentro de un lenguaje que también es el de la Colombia del Atlántico y el Pacífico, la Venezuela entre Maracaibo y Caracas, el Guayaquil del Ecuador, Panamá y algunos de los otros países centroamericanos, donde podráíamos incluir, faltando a la razón geográfica, a México, que con sus películas y boleros extendió la sombra de un lenguaje popular por el Caribe; es decir, que si hacemos cuenta de sus localismos encontraremos que son semejantes a los de estos países o regiones (es posible que Daniel Santos y la Sonora Matancera tengan la culpa de todo este merengue tan sabroso.
cesar sedienio), hasta su matrimonio, la Gran Iniciación Virginal que se deja de lado y de la que solo se habla desde el aburrimiento y ni siguiera desde el remordimiento. Se matizan estos años de aprendizaje con el nacimiento ama de hija (otro rito de iniciación que se niega desde el parto con dolor hasta la celebración) y el supuesto aborto del hijo de la única mujer que aparentido su vagina en la ciudad, su anverso femenino.
Todo el tema (con sus variantes), como hemos visto, se derrama en un largo rito iniciático; doloroso, acosado por la timidez, los complejos y la hipocondriasis: amor y sexo de enfermo (no olvidemos los subfondos puritanos comunistas que le vienen de sus padres), de artistas, donde la neurosis como en Proust o en Joyce se convierte en la salud del relato.
Pero en este mundo de la literatura caliente hay que ser precavidos porque estamos en la tierra de las palabras, donde todo va a servirlas a ellas, corredoras de imágenes en movimiento. Cabrera Infante quiere que este libro sea como un film, secuencial; y como dice la contraportada está compuesta de tableaux vivants, que conservan la misma estructura general. Cada capítulo o sección tiene una pequeña introducción que dará la clave en que se tocará la melodia, así como los tiempos y los espacios que coordinan el cuadro: vendrá del arte (literatura, cine, música, principalmente) y al arte irá por obra y gracia del espíritu infantile.
Entonces el juego es total, está permitido el malabarismo sobre las mesas (sobre las masas), bajo las faldas, entre los refajos: las palabras se mueven como las manos del autor tratando de encontrar (por tacto desmesurado) el placer gratuito de sus correspondencias: Aliteraciones, parronomias, citas (y cuitas), parodias, puns, movimientos, desplazamientos, oscilaciones, entradas y salidas, todo con un ritmo de dos en la cama de la novela. Referencias al cine que nos llevan a una sala oscura que nos dará los choques de felicidad orgánica final. Y presente en todo como siempre La Ciudad, La Bahana, esa obra mujer perdida a la que hacerle el amor fue el supremo acto de iniciación. El artista ya no adolescente (adolecente) se acuesta con la ciudad ahora en ese hotel de las palabras que es la novela.
NOTAS
1 Laurence Sterne, Tristan Shandy (Barcelona: Editorial Planeta, 1976), p. 408
2 Guillermo Cabrera Infante, La Habana para un infante difunto (Barcelona: Editorial Seix-Barral, 1979).
3 Guillermo Cabrera Infante, La Habana... p.27
4 Ver: Eugenio Suárez-Galán "La falsa memoria verdadera de G.C.I." en Insula, Número 404-405, p. 31
5 Varios autores, Guillermo Cabrera Infante, (Madrid: Editorial Fundamentos, 1974), p. 27
6 Guillermo Cabrera Infante, La Habana... p.15
ROBERTO MADRIGAL ECAY I Nosotros en 1984
Es lógico, -y a ratos ridículo que transcurriendo el año que da título a la extraordinaria novela de Orwell, se prodiguen los ensayos, merecidos homenajes, cultos, referencias y alusiones a la misma. Paralelamente, todo esto acentúa la injusticia (literaria, histórica y humana) que por sesenta años ya, se ha cometido y se sigue cometiendo contra una de las novelas más importantes (y más ignoradas) del siglo veinte, y contra uno de los más grandes escritores ruso-soviéticos. Hablo de Nosotros y de Yevgueni Zamia tin.
Temporalmente situada en el siglo XXVI, Nosotros compila 40 registros que a manera de diario ha escrito D-503, un habitante del Estado Unido, ingeniero a cargo de la construcción de la nave espacial Integral, la cual pronto zarpará cargada de literatura, transportando el mensaje de la civilización más avanzada del universo a los posibles habitantes de otros planetas, que obviamente, se hallarán en una etapa mucho más atrasada de civilización. En este reino utópico, cima del totalitarismo, las personas no tienen nombre, sino que se designan por una letra seguida de un número; las consonantes corresponden a los hombres y las vocales a las mujeres. La vida está totalmente regulada, existe una hora para el sexo, el cual debe hacerse solamente con las personas que aparecen una lista que el estado de dormir, así como el despertarse. Todos los años los estounidenses celebran el Día de la Unanimidad, reuniéndose en multitudinaria manifestación para públicamente alzar sus manos y reelegir al Bienhechor, su máximo lider. Estas movilizaciones son organizadas y supervisadas con celo y precision por los 'Guardianes', estrictos defensores del orden y la seguridad interna del estado. Son unas elecciones en las cuales, como narra D-503: "Nada inesperado puede ocurrir. Tienen más bien un significado simbólico. Nos recuerdan que somos un poderoso organismo unificado compuesto por millones de células... La historia del Estado Unido no conoce de un solo caso en que en este solemne día ni siquiera una voz solitaria haya osado violar el magnifico unisono... Celebramos nuestras elecciones abiertamente, honestamente, los veo a todos votar por el Bienhechor. ¿Cómo puede ser de otra forma si 'todos' y 'yo' somos un solo 'nosotros'??1 Debido a una involuntaria incontinencia de sus apetitos geniales por I-330, que ni siquiera se hallaba en su lista de citas seuales permitidas, D-503 se ve envuelto en una fallida conpiración contra el Bienhechor y el orden del Estado Unido. Pero la trama es mucho más rica y complicada que lo que una sintesis pudiera ofrecer, por lo que me abstendré de ofrecer más datos al respecto.
El Estado Unido basa el ejercicio de su poder en la premisa de que felicidad y libertad son categorías antagónicas y excluyentes, por lo que el ser para disfrutar de una ha de renunciar a la otra. Por supuesto, aquí se ha escogido a la felicidad sobre la libertad. Esta es la prémisa clave sobre la cual se erige el aparato totalitario moderno de corte soviético. Esta novela fue escrita en 1920, cuando la república de los soviets apenas gateaba tras el indice de Lenin y Stalin no era más que un militarote mensopreciado. Pero ya desde ese momento Zamiatin fue capaz de advertir todo el horror que se desprende la teoría leninista del poder y profetizar el estalinismo. El proletariado, es inmenso y amorfo nosotros, ha de conducir según los dictados de una conciencia ubicada en una clase social ajena, la cual le restringe su libre albedrío en aras de la prosperidad material, de la felicidad mediata.
Un elemento que resalta el dramatismo profético de la novela lo es el estar narrada en primera persona por un fanático, un hombre crecido y educado en el sistema, quien no conoce de otra cosa y cuyo conocimiento del devenir histórico le fue enseñado por el Estado Unido. D-503 se rebela constantemente contra sus instintos, represión que es otra cuerda vital del aparato de dominación. Cuando Freud dijo que la represión es la base de la cultura, se estaba refiriendo a la cultura judeo-cristiana, en la cual, como se sabe, los instintos son encadenados y quien se atreve a comportarse según sus impulses naturales, es sometido a las más terribles penitencias. La voracididad sexual ha sido sometida durante siglos a la más rigida censura religiosa, por razones obvias, el catolicismo ha jugado un papel preponderante, el totalitario moderno, descendiente ateo de la ética judeo-cristiana, ha suplantado la condición religiosa de la instintividad sexual por la ideología, pero sólo para ejercer el mismo efecto de control, para crear una base de sílda obedience sobre la cual apuntalarse. Zamiatin no crea una neo-lengua, pero si crea nuevas connotaciones a los viejos conceptos, trabajando una ambivalencia discursiva que funciona perfectamente a favor de una retórica de la opresión. Sin ser preciso en las descripciones, Zamiatin crea un ambiente cercano a La Narja Mecánica de Anthony Burgess y a 2001, Odisea del Espacio de Arthur Clarke (y de Kubrick), que a la utopía de El Talón de Hierro de Jack London. Su visión es más abarcadora y perspectiva. En su ambiente, el ser humano está sometido a una estimulación sensorial aplastantemente homogénea, metálica. Su prosa dibuja acabadamente la imagen de un mundo en el cual individuo es esclavo de su propia capacité técnica. La visualidad de su lenguaje nos hace pensar en una version de El Castillo de Kafka dirigida por George Lucas. Su corrosiva ironia le permite alcanzar una profunda penetración psicológica de personajes y grupos. Nosotros pertenecen a ese género de la ciencia-física (o la literatura fanática) que con el paso del tiempo se hace más ciencia y menos ficción.
Aunque muchas de sus impugnaciones contra el totalitarioismo, bien podrián hoy en día aplicarse por igual muchos regimenes occidentales, a 64 años de ser escrita (el número de años que Stendhal pensaba que su obra le trascendería), Nosotros es un ataque demoledor contra la filosofía leninista del poder.
Nosotros jamás fue publicada oficialmente en la Unión Soviética. Apareció por primera vez en version inglesa, en 1924, en New York. En 1929, un grupo de emigrados rusos que residían en Praga la tradujo al checo, y ese mismo año fue publicada por entregas en el magazine Voilá Rossi que éstos editaban en Praga, en idioma russo. Se ha dicho que distintas ediciones clandestinas han circulado dentro de la URSS durante y después de la II Guerra Mundial.
Orwell leó capítulo salteados de la novela hacia 1934, y hace referencia de ello y de su admiración por la novela en una carta dirigida al editor, profesor y antologador ruso exilado Gleb Struve, escrita el 17 de febrero de 19442, y poco después pudo le leerla completa, al mismo tiempo que terminaba de escribir Rebellón en la granja. La influencia de Nosotros en 1984 es evidente. Aunque desde mucho antes de la II Guerra Mundial ya Orwell había elaborado (y se había obsesionado) su idea de que tres potencias se repartirían al mundo, no fue hasta el 3 de julio de 1945 que por primera vez hace mencion de haber comenzado a escribir 1984.3 El 4 de enero de 1946 publica una crítica sobre Nosotros en la cual sugiere que Aldous Huxley la tomó como modelo para armar su Un mundo feliz, que fue publicada en 1930.4 Según Orwell: "Aunque con una trama a veces excesivamente complicada... es su comprensión intuitiva del lado irracional del totalitario-mos-sacrificios humanos, crueldad como un fin en si misma, el culto como un líder al cual se attribuyen poderes divinos-, lo que hace el libro de Zamiatin superior al de Huxley."5 No conozco ninguna version española de Nosotros, según Orlando Alomá, si su memoria no le traiciona, cree haber visto una edición impresa en España durante la rusofilia de principios de los 30. De no ser esto así, urge que la obra sea traducida a nuestra lengua.
Zamiatin creó una extensa obra literaria que comprende narraciones, ensayos, piezas teatrales y poesía. En su estilo se combinan la tradición oral de la Rusia Central, la fabulación mística, la suil sítira política y la angustia dostoyevskiana. Entre sus narraciones más destacadas figuran El Dragón y La Iglesia de Dios. Nacido en 1884, en Lebedyan, estudió ingeniería naval en San Petesburgo. Desde 1904 militó en el ala bolcheviche del Partido Social-Demócrata ruso, siendo arrestado varias veces por la policía zarista en 1906. Publicó su primera obra importante, Un cuento provinciano en 1913 y al año siguiente escribió una novelaeta que satirizaba la vida de los oficiales en un cuartel de un pueblo remoto (En el fin del mundo) lo cual ocasionó que fuera llevado a juicio acusado de "allevia contra el cuerpo de oficiales",6 escapando milagrosamente de ser condenado. Durante 1916 y 1917 supervisó en Inglaterra la construcción de buques
rompehielos para Rusia, a donde regresó a finales de 1917, incorporándose a la intensa vida literaria que se desencadenó tras el triunfo de la revolución rusa. Fue miembro de varios consejos editoriales junto a Gorki, Blok, Gumilev y otros conocidos escritores y vigilantes, pero dese de el principio optó por una fuerte posición crítica. Ya en 1919 escribiía: "El que haya encontrado su ideal hoy... se ha hundido en la tierra y es incapaz de morverse. El mundo se mantiene vivo sólo gracias a los herejes. Nuestro símbolo de fe es la herejía". Respondiendo a las ordenes del realismo socialista y a los planteamientos generales de Gorki y Mayacovski, escribió en su ensayo Literatura, revolución y entropia, publicado en 1923: "La forma más efectiva de destruir el arte es mediante la canonización de una forma y una filosofía. Lo que necesitamos en la literatura hoy son vastos horizontes filosóficos; necesitamos el más extremo, el más temido '¿Por qué?' y '¿Qué viene después?'". Fue inmediatamente acosado por los escritores proletarios. Sus fueron prohibidas por Stalin y Trostsky lo denominó 'emigrado interno'. Zamiatin renunció a la unión de escritores soviéticos y paulainamente sus amigos fueron evitar frecuentarlo. Tras casi diez años de vivir una situación existencialmente asfixiante, tuvo todavía el coraje parabirle una carta a Stalin en 1931, en la que le decía: "Como escritor, el privárseme de la oportunidad de escribir no es menosgrave que una sentencia de muerte. La situación es tal que no puedo continuar trabajando, porque la actividad creadora no es posible en una atmósfera de persecución sistemática a aumenta en intensidad año tras año.
No tengo la intención de presentarme como un inocente... sé que poseo el muy inconveniente hábito de decir lo que considero que es verdad y no lo que sea pertinente en cada momento. Específicamente, nunca he conciliado mi actitud con el servilismo literario.
Pido que se me permita partir al extranjero en compañía de mi esposa... sé que la vida en el extranjero me será difícil, ya que no puedo convertirme al campo reaccionario; esto lo atestigua mi pasado (miembro del Partido Social-Demócrata Ruso durante el zarismo, deportado dos veces, juzgado durante la guerra por una noveleta anti militarista). Sé que mientras aquí he sido acusado de derechista por escribir según mi conciencia y no siguiendo ordenes, pronto seré declarado bolchevique en el extranjero por la misma razón".
Tuvo que interceder Gorki para que sorpresivamente Stalin permitiera emigrar a Zamiatin, a finales de 1931. Se estableció en Paris, donde su cuerpo comenzó a padecer las causas del hambre y las vejaciones pasadas tras la revolución, y donde alejado del medio que nutría su obra y su vida, se fue debilitando hasta morir en marzo de 1937.
No puedo evitar la comparación entre estos hechos acaecidos durante la primera década de la Revolución Rusa y un período similar de nuestra historia, entre 1961 y 1971; con los sucesos que tuvieron lugar entre un poco antes de las célebres reuniones de la Bilioteca Nacional y la "confesión" de Padilla. Dónde estuvo nuestro Zamiatin o inclusive nuestro Gorki? Luego de despacharse los mejores puestecillos en los organismos de cultura y del servicio exterior ya que se dedicó la generación nucleada en torno a Carlos Franqui, Cabrera Infante y Lunes de Revolución? Tras pretender el dominio exclusivo de la producción artística, su verdadero legado fue la puerta en marcha de una maquinaria de represión cultural que serviría para aniquilar cualquier brote de una verdadera literatura nueva. Malos aprendices del Dr. Frankestein, el castrismo les permitió hacer y deshacer hasta que sus inflados eggs resultaron conflictivos y fueron devorados por su propio engendro.
Todavía en 1967, Franqui vigilaba diligente que durante el Salón de Mayo, las obras que expusieran los pintores cubanos acataran los criterios oficiales. Si bien es cierto que Padilla osó defender Tres Tristes Tigres en agravio de la burocracia y sus más incompetentes servidores (Lisandro Otero, Retamar, Portuondo, Callejas, me refiero a incompetencia literaria), y que se atrevió a escribir y presentar a concurso un excelente poemario, abiertamente contestatario, no es menos cierto que con su ulterior confesión echó por tierra todo logrado y todo quedó como una pugna entre intelectuales, al margen del proceso, que sirvía para que la burocracia hiciera un alarde fuerza. También es cierto que tras exilarse, Cabrera Infante adoptó una digna actitud de condena al régimen cubano, en un momento en que toda la intelectualidad del establecimiento latinoamericano lo apoyaba, y que de haber transigido Cabrera hubiera obtenido más beneficios económicos del 'boom'. Pero eso fue una vez afuera, porque dentro de la isla fue un gendarme a su manera. Según el mismo declarara en una conferencia ofrecida en la Cinematheque de Miami a fines de 1980, "de no haber sido por la revolución, yo habría terminado como el director de la Playboy cubana, rodeado de secretarias encamables". Tan feroz fue la maquinaria creada por Lunes, que todavía en 1966 Severo Sarduy evitaba declararse como exilado. En una entrevista concedida a Emir Rodríguez Monegal para Mundo Nuevo, aparecida en agosto de 1966, Sarduy decía que permanecía en Paris con el objetivo de finalizar sus estudios, y más adelante en la misma entrevista se lamentaba de lo difícil que era conseguir libros de Cuba en Paris, lo cual achacaba a que: "Los mecanismos de información, de comunicación, de Cuba con el exterior son deficientes... ahora por ejemplo, estoy leyendo un libro del buen poeta cubano que es Luis Marré, pero no es de la nouvelle vague". Recuerdo la frustración que sentimos al leer estas declaraciones un grupo de amigos, que nos arriesgabamos a hurtadillas a lectura prohibida de dicha revista, que por obra y gracia de la ineficacia del totalitaria, descubrimos que algunos números se empolvaban en un rincón de la Biblioteca de la Sede la UNESCO en La Habana. Por razones cronológicas, buscábamos en Sarduy una relativa identificación artística, y casi por decreto nos gustaba Gestos. Este mecanismo que obligaba a los escritores cubanos exilados a eludir resbalosamente la confrontación con la izquierda si querían publicar en las más prestigiosas revistas litera-
NOTAS
1. We, Yevgueni Zamiatin, E.P. Dutton, New York 1959. P. 129. Todos los textos que aquí aparecen de este libro y de las obras sobre y de Zamiatin, son traducidos por el autor del ensayo.
2. As I Please, George Orwell, ed. by Sonia Orwell and Ian Angus, Harcourt Brace Jovanovich, New York 1968, p. 95.
3. In Front of Your Nose, George Orwell, ed. by Sonia Orwell and Ian Angus, Harcourt Brace Jovanovich, New York 1968, p. 448.
4. Op. cit. p. 72.
5. Op. cit. p. 73.
6. Yevgueni Zamiatin, Translator's Introduction, by Mirra Ginsburg in "The Dragon", Random House, New York, 1967.
7. Ibid...
8. Literature, Revolution and Entropy, by Yevgueni Zamiatin, in "Dissonant Voices in Soviet Literature", ed. by P. Blake and M. Hayward. New York, Pantheon, 1962.
APUNTES / SKETCHES
El Fondo de Cultura Económica acaba de publicar Bajo este cien, muestra selecta de poemas del cubano José Kozer. El libro recoge y amplía lo mejor de varios poemas ya publicados anteriormente por el autor.
Entre el 10 y el 12 de mayo se celebró la IV Conferencia de Lenguas y Literaturas Romances que auspicia la University of Cincinnati. Más de un centenar de trabajos escritos en inglés, francés, italiano, portugués y español fueron leidos durante el evento. Numerosas sesiones se dedicaron a ponencias sobre poesía, novela y ensayo latinoamericano. Término y el Depto. de Lenguas Romances de dicha universidad se están poniendo de acuerdo para editar un tabloide que recogería una muestra de los mejores trabajos presentados sobre literatura latinoamericana. De cristalizarse este esfuerzo, nuestros suscriptores lo recibirían gratuitamente.
La revista Unveiling que dirige Ismael Lorenzo desde New York, quiere anunciar a suscriptores que a partir de su próximo número saldrá con un nuevo formato tres veces al año, por lo cual se excusa por la posible demora en la entrega de este.
La editorial Plaza & Janés de Colombia anuncia la aparición de la novela Pepe Botellas, de Gustavo Alvarez Gardeazábal. La novela cuenta la vida de un exiliado cubano que pretende ser presidente de Colombia.
Con la publicación del poemario Fanaim, de la poetisa cubana Carlota Caulfield, se inician las publicaciones de la editorial El Gato Tuerto. Esta edición billingü puede obtenerse mediante suscripción anual a la editorial, que publicará seis volumenes al año. La dirección es Ediciones El Gato Tuerto, P.O.Box 210277, San Francisco, CA 94121.
Tras prolongada ausencia regresó al circulo de publicaciones cubanas la revista Linden Lane que editan Heberto Padilla y Belkis Cuza Malé. Aunque este número fue impreso en España, con el regreso de los editores a New Jersey, la publicación reanu- dará su ciclo habitual desde los EUA nuevamente.
José Kozer y Mauricio Fernández anuncia para septiembre el lanzamiento de Enlace, una nueva revista literaria que saldrá trimestralmente desde New York.
Music, artifacts, films and lectures will compose the first retrospective exhibition the life and work of Lydia Cabrera, one of Latin America's major intellectuals. This amazingly enriching cultural, entertaining and personal eventitled, "Lydia Cabrera: an Intimate Portrait" will open May 14 and run through July 13, 1984 from 10 a.m. to 6 p.m. Monday through Friday.
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